Hacia la unión con Dios

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Ideas impopulares

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2014

No al aborto. No a la eutanasia. No a los anticonceptivos. No al matrimonio de homosexuales y no a que adopten niños. No a congelar y matar embriones…

Y, por otra parte, no al sacerdocio de mujeres ni a cambiar las bases de la doctrina cristiana: el Credo, los Sacramentos, los mandamientos y la oración.

Ante esta actitud de la Iglesia, muchos emiten sus juicios: “La Iglesia es muy conservadora.” “¡Qué retrógrada!; se quedó en la Edad Media…” “Por eso es que muchos se van…” “Si los curas fueran más inteligentes, aceptarían muchas cosas de estas, se adaptarían al mundo moderno.”…

Y relucen de una manera fulgurante —casi espectacular— el relativismo y el subjetivismo moral: “Eso del pecado es cuestionable; todo depende de las circunstancias.” “Lo que importa es lo que yo pienso, o cómo vea las cosas cada uno…”

Por eso, poco a poco, la humanidad sin guía, sin norte, sin valores, sin principios morales que la rijan, va cayendo en barrena, hacia su propia autodestrucción.

¡Qué tal si la Iglesia Católica apagara su voz en contra de tanto desorden! ¡Qué tal si la única luz que brilla todavía en el mundo claudicara en sus principios, en su base doctrinal! ¡Qué tal si no se oyera ya la palabra de la Iglesia, clamando por el derecho a la vida de los nonatos y ancianos! ¿Quién reclamaría el orden moral? ¿Cómo estaría el mundo en estos momentos?, ¿no estaría peor de lo que está?

Sí, son ideas impopulares. Pero la misión de la Iglesia no es buscar la popularidad: es propiciar la verdadera felicidad de la gente, con la Palabra que el mismo Dios le encargó que predicara, es decir, enseñar la verdad auténtica. Si dejara de hacer esto, dejaría de ser la Iglesia Católica que fundó Jesucristo.

Esta es en la Iglesia que no cede ni se rinde ante ninguna presión externa, la Iglesia que no falla en la observancia de sus propios principios. ¿No da mucha paz saber que estamos en buenas manos?

 

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Ciclo B, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

El primer puesto

 

Jesús les explicó a los apóstoles que el principal puesto en el Reino de Cielo será para quienes sean capaces de sufrir por ese Reino, como Él, que cumplió la profecía de Isaías que leemos hoy:

«El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.»

Efectivamente, en la carta a los Hebreos se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote que sufrió y que, por eso, después penetró en el Cielo.

Y, ¿cómo vamos a ser capaces de sufrir así?

El autor de esa misma carta nos contesta: primero, «permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe» y segundo, «vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.» En otras palabras: vivir de la fe, con la ayuda de la gracia.

El primer paso, entonces, consiste en creer en Jesús y en todo los que nos enseña la Iglesia fundada por Él. El segundo es conseguir esa fuerza espiritual, la gracia, que nos hará capaces de cumplir la misión que nos puso a cada uno de nosotros, pues nosotros no lo lograríamos con nuestras propias fuerzas.

Esa gracia se consigue pidiéndola continuamente a Dios y recibiendo con frecuencia los Sacramentos: Eucaristía y Reconciliación.

Pero, además de esos dos medios —fe y gracia—, es necesario asumir una nueva actitud de vida: la humildad.

Santiago y Juan querían ser los primeros; y por eso los otros diez se indignaron. Santiago y Juan tenían soberbia; y los otros también.

Por eso Jesús los corrigió: «el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos», porque ni yo mismo he venido a ser servido sino a servir.

La humildad, pues, es necesaria para conseguir el mejor puesto en el Cielo. ¡Y vale la pena, porque ese puesto será vitalicio, eterno!

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Ciclo B, XI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2012

Vivimos desterrados

Con frecuencia olvidamos que esta vida presente es un viaje hacia la eternidad. Que estamos de paso. Que somos expatriados.

Esta auténtica realidad hace cambiar nuestra perspectiva de la vida. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo recuerda: estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos lo contrario: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Y añade que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.

Por eso, en la primera lectura, Ezequiel habla de un árbol. Se trata del Árbol bajo el cual nos debemos cobijar si queremos conseguir a la única meta por la que vale la pena luchar: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Ese Árbol es el Reino de Dios, del que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy: como la semilla que se echa en la tierra y germina y va creciendo, sin que se sepa cómo, la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Y cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Así, el Reino de Dios va creciendo en el alma de cada cristiano si se riega y se abona, es decir: si cumple los mandamientos, frecuenta los Sacramentos y ora frecuentemente.

También ese Reino es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Esto quiere decir que si el cristiano abona y riega su alma con esas tres costumbres (los mandamientos, los Sacramentos y la oración), su santidad crecerá cada vez más, y podrá llegar dichoso a vivir eternamente en el amor, en la paz y en la alegría auténticas, junto al Señor, la meta para la cual fue creado.

Y por añadidura, ya aquí en la tierra, experimentará una existencia llena de amor, paz y alegría, que irradiará a los demás, casi sin darse cuenta.

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Ciclo A, XXVII del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2011

La misión de cada católico

Dios, el creador y dueño del Universo, tenía unos planes para todos nosotros, ya que habíamos quedado heridos por el pecado original y, por eso, tendemos al mal: decidió que en sus planes debíamos participar todos, para poder ayudarnos.

Así, cada uno tiene una misión específica que cumplir: ser buenos seres humanos y buenos cristianos, desarrollando al máximo nuestras capacidades. Cada uno, haciendo lo que le corresponde, pondrá su «granito de arena» en el proyecto salvador de Dios, y así toda la humanidad se verá beneficiada.

Pero, ¿hemos cumplido nuestra misión? Dios se queja en la primera lectura, y parece que esa queja es para nuestros días: esperaba rectitud y va creciendo el mal; esperaba justicia y sólo se oye el grito de los oprimidos…

Él plantó una viña: la Iglesia, compuesta por todos los bautizados. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló al Papa, los Obispos y los sacerdotes, para que todos los fieles cristianos trabajemos en esa viña y demos muchos frutos buenos.

Pero, a veces, nosotros no hacemos caso a lo que ellos —la jerarquía— nos piden; criticamos a la Iglesia; aceptamos mezclar nuestra Fe con la Nueva Era y otros modos de pensar; no cumplimos los mandamientos de la Ley de Dios ni los de su Iglesia, sino que nos inventamos nuestras propias leyes; rechazamos la Confesión y los demás Sacramentos; hablamos mal de los sacerdotes y poco es lo que oramos por ellos; vivimos la vida lejos de Dios…

¿Qué tal que Dios hiciera lo que le sugirieron a Jesús los sacerdotes de su época: hacernos morir sin compasión, por ser gente tan mala?

¿No sería mejor que pongamos en práctica lo que nos recomienda san Pablo?: Presentemos nuestras peticiones a Dios y juntemos la acción de gracias a la súplica. Y, sobre todo, vivamos lo que es verdadero, noble, justo, limpio, todo lo que es fraternal y hermoso, todos los laudables valores morales.

Esta es la misión de todo cristiano.

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Ciclo C, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

Amor con amor se paga

 

Ezequiel escribió siglos atrás lo que el Corazón amantísimo del Señor le dejaba ver a su pueblo en esa época: «Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido.» En Oseas se mostró como una madre, en el Cantar de los cantares como un esposo…

Es que lo que el Corazón de Dios tiene guardado es un abismo infinito de amor por sus criaturas, los hombres. Pero tuvo que revelarse poco a poco, teniendo en cuenta la idiosincrasia y la inmadurez del ser humano en la historia.

Y, como escribió san Pablo, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y nos lo explica admirablemente: Cristo murió por los pecadores, por los malos, por los impíos; sí: cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

Ese Corazón de Jesús que murió por nosotros, sin merecerlo, es el que hoy contemplamos admirados, abismados, aterrados… pues, como pago de nuestro desamor, Él derrama su infinita misericordia sobre nosotros…

¡Nuestro pequeño y miserable corazón no puede entender que el odio, el desprecio y la falta de correspondencia al Amor se nos pague con más amor!

Y la única explicación que nos da es: «Os digo que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse».

¡Nuestra conversión es Alegría para Dios!

Ante esa alegría divina debemos reaccionar siendo agradecidos tanto cuanto podamos y reparando arrepentidos nuestro desamor: primero, una buena confesión de nuestros pecados (con sincero arrepentimiento por haber ofendido a un Dios tan bueno y la promesa de no ofenderlo más); y, después, una vida santa, conseguida con la fuerza que se obtiene de la asiduidad en la oración mental y la frecuencia de los Sacramentos.

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El sufrimiento, la enfermedad y la muerte

Posted by pablofranciscomaurino en abril 29, 2009

 

Dios creó al ser humano por amor, para amarlo: le dio la vida y todo lo que hay en el mundo para su bienestar, para hacerlo feliz.

En el plan de Dios no estaban ni la enfermedad, ni los sufrimientos ni la muerte: después de un tiempo determinado de felicidad aquí en la tierra, el hombre, sin morir, subiría al Cielo a gozar del amor de Dios eternamente.

Pero el hombre se rebeló contra Dios y quiso ser como Él, olvidándose de su condición de criatura. Ofendió a un Dios eterno y, por lo tanto, merecía un castigo eterno.

El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo.

Además, como Dios es perfecto, debe ser lógico. Todo acto tiene sus consecuencias; por eso, desde aquel momento el hombre se enferma, sufre y muere; son las secuelas de su grave pecado.

Para la primera consecuencia del pecado, Dios —que es amor— no podía permitir que el hombre, hecho por amor y para ser feliz, se fuera al castigo eterno. Por eso, Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre y pagó nuestro pecado, sufriendo atrozmente. Por ese sacrificio de amor, por ese sacrificio voluntario, ahora ya podemos ir a gozar de la felicidad eterna, pues Jesús nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Pero en esta tierra quedaron las otras consecuencias del pecado del ser humano: el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Esto quiere decir que la felicidad absoluta que Dios nos promete está allá, no acá.

En esta tierra lo máximo que podremos alcanzar es una felicidad relativa que, como el adjetivo lo dice, depende de algo; en este caso, de la unión que se logre aquí con Dios.

Efectivamente, por medio de una vida en gracia de Dios, de la oración y del uso de los Sacramentos, las personas pueden lograr un grado mayor o menor de unión con Dios, ya aquí en esta vida terrena, y gozar de las inefables delicias que nos esperan en el Cielo, por algunos períodos te tiempo más o menos largos y más o menos intensos; es decir, vivir la vida mística, que es la única que se puede llamar auténticamente feliz, pues las alegrías que se llegan experimentar aquí no llenan las ansias de felicidad que bullen en nuestro interior.

Sin embargo, hay infinidad de cristianos (católicos y no católicos) que creen que la felicidad está en el bienestar material, aquí en la tierra, luchan por conseguirla a toda costa sin lograrlo nunca y, lo que es peor, se preguntan todavía por qué existe el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

   

 

 

 

 

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Avatares de la fórmula de la consagración

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2009

Colombia era el único país de habla hispana (fuera de España, por supuesto) que en la celebración de la Eucaristía no había cambiado el pronombre personal vosotros por el ustedes. Dicho de otra manera, solamente en España y en Colombia el sacerdote–celebrante seguía diciendo: «El Señor esté con vosotros», mientras que en el resto de Hispanoamérica, ya desde hace bastante tiempo estaban diciendo: «El Señor esté con ustedes».

Había quienes defendían el uso del pronombre español vosotros, mostrando así una forma de respeto por las cosas divinas, mientras que otros objetaban la idea afirmando que aquello no era más que una herencia idiomática de España, de la que había de destetarse…

El hecho es que la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos quiso que, en el proceso llamado de inculturación, se respetasen las costumbres y la cultura de cada país y de cada región, no imponiendo, en este caso, el uso de un pronombre personal que se usa únicamente en España, en los actos cultuales como la Misa.

Por eso, en la nueva edición colombiana del Misal se cambió el vosotros por el ustedes y todo el lenguaje que se relacione, como se está haciendo en todos los leccionarios: falta únicamente el correspondiente al ferial Adviento a Pascua.

Sin embargo, el venerable Juan Pablo II se reservó el derecho de mantener la fórmula de la consagración con el vosotros, después de aprobar la tercera edición latina.

En una de las asambleas de la Conferencia Episcopal de Colombia se hizo una votación para que la fórmula de la consagración quedara con el pronombre personal ustedes, pero esa votación no convenció a la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Por consiguiente, la fórmula quedó con el vosotros.

Sin saberse por qué razón, la oración presidencial que hace alusión a la paz, después del embolismo, también se dejó con el vosotros: «Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, la paz os doy…».

Es probable que se haya tomado esta decisión por el tradicional criterio de hacer eso ya que son las mismísimas palabras de nuestro Señor Jesucristo y están tan cerca de la fórmula de la consagración. Lo que está claro es que la Conferencia Episcopal de Colombia solo discutió únicamente la fórmula de la consagración.

Por último, como ya se sabe, fue Su Santidad Benedicto XVI quien ordenó corregir el error que se cometió desde hace ya casi cuarenta años: haber traducido mal las palabras que Jesucristo usó para la consagración del vino. Fueron ellas: «Tomad y bebed todos de él… que será derramada por vosotros y por muchos.

  

   

  

 

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2008

 

  

 

 

 

 

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

 

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestran su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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¿Lujuria?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2008

Pocos se animan a hablar abiertamente de los ataques de los demonios de la lujuria, lo que ocurre a todo ser humano y muchas más veces de las que creemos.

Cuando esto ocurre, debemos deducir que el demonio está atacando, porque percibe que Dios quiere llevarnos hacia la santidad y sabe que, de no hacerlo, nos escaparemos de sus manos. Por eso es necesario que pongamos los remedios.

Lo primero que se debe hacer es mantenerse en gracia de Dios: si se ha caído, confesarse con dolor de haber ofendido a ese Dios tan bueno, con arrepentimiento sincerísimo y con un propósito firmísimo de no querer ofender nunca más a nuestro Señor. Este acto de obediencia a Dios (Jn 20, 21-13) trae al alma una fuerza espiritual (la gracia) para no seguir cayendo en este pecado.

Segundo, es necesario frecuentar los sacramentos (comunión y confesión), para seguir recibiendo esa fuerza del Cielo para no caer.

Tercero, hacer oración. Dedicar todos los días unos minutos a estar con Jesús; aprovechar ese tiempo para pedirle perdón y gracia para no caer más.

Cuarto, una gran devoción a la Santísima Virgen: rezar todas las noches las 3 avemarías antes de acostarse, pidiendo la pureza; rezar diariamente el Rosario y tratarla con frecuencia.

Quinto: cuidar la vista. Si no se es capaz de mirar a las personas del otro sexo en los ojos, recordando que son almas a quienes Dios quiere con todas sus fuerzas, mirar al cielo o al suelo. Nunca ver imágenes eróticas en televisión (cambiar inmediatamente de canal) o en Internet, no asistir a cine sin verificar qué tipo de película es la que queremos ver, cerrar las revistas que contengan ese tipo de imágenes.

Sexto: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la impureza son la pereza y la gula. No permitir ni un minuto de pereza: máximo 7 horas de sueño y media hora de descanso después de las comidas. Y, por otra parte, nunca quedar llenos después de comer: que siempre se sienta que faltó comer alguna cosa más.

Séptimo: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la virtud de la pureza son el pudor y la modestia. Pudor y modestia en vestirse, en la forma como nos portamos, caminamos, miramos, nos expresamos, hablamos, etc.

Y, particularmente, en los momentos de tentación, es necesario luchar contra ella, haciendo 2 cosas: rezar varias veces, y con mucho cariño y fervor, la oración: “Bendita sea tu pureza…” y quitar el pensamiento que nos está llevando al pecado, si es necesario haciéndonos violencia, como san Francisco de Asís y otros santos que, por preservar la hermosísima virtud de la pureza, llegaron al extremo de echarse a un estanque helado o a una zarza llena de espinas… Y así lograron la gema de esta virtud angélica, con la que ahora engalanan al mismo Cielo.

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Los Sacramentos fueron instituidos por Cristo…*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Los Sacramentos

Fueron instituidos por Cristo…

Para introducir la humanidad en la Iglesia de Cristo.

Para darle la fortaleza con qué hacer frente a las potencias misteriosas del mal, y así poderse defender y proteger de ellos…

Para que pudiera normalizar sus relaciones con Dios, las cuales quedan deterioradas por los pecados actuales…

Para conservar, desarrollar y acrecentar la vida.

Para regular la vida social de la misma Iglesia, ayudándola —en su camino misionero— a conseguir su fin…

Para multiplicar los hijos de Dios en la Iglesia, y de ese modo poder asistirlos, reconfortarlos y alimentarlos en su tránsito de la tierra al cielo…

 

Son signos materiales correspondientes a la parte material del hombre, el cual tiene necesidad de ver, sentir, tocar, gustar… Pero son signos materiales que confieren la gracia, y la gracia no tiene que ver con la materia, sino con el espíritu; o sea, el alma del hombre, a la que revisten y compenetran, dándole la fuerza necesaria en los diferentes momentos de su vida sobre la tierra.

 

1. Bautismo

2. Confirmación

3. Eucaristía

4. Penitencia y reconciliación

5. Orden sacerdotal

6. Matrimonio

7. Unción de los enfermos

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¿Sirven los sacramentos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 20, 2008

 

Algunos cristianos creen que si aceptan los sacramentos —especialmente su acción salvadora— disminuirían a Cristo o negarían que solo Cristo salva.

Por eso rechazan los sacramentos diciendo que no se gana la salvación con ritos externos, cultos o cosas materiales. Quieren ir directamente a Cristo, sin intermediario alguno.

Pero continuamente invocan, como camino para llegar a Cristo, la Biblia. Libro sagrado y santo, pero libro material, hecho de hojas y tinta. Palabra de Dios, pero escrita en palabras humanas, las cuales se expresan con sonidos de lenguaje humano, en idiomas humanos diversos, escrito por autores humanos, de épocas diversas, de distintas culturas, de diferentes formas de pensar…

Y es que la Biblia no cayó del cielo; ni la escribió Dios directamente. Él utilizó medios: hombres que escribían palabras humanas; papiro, pergamino o papel y tinta; varios idiomas, diversas culturas y distintas psicologías; y sigue utilizando los mismos medios: cuando un predicador lee en voz alta la Biblia usa sonidos del lenguaje humano que vuelan y llegan a los oídos de los que escuchan; cuando uno adquiere una Biblia le dan un libro material lleno de letras impresas en hojas materiales.

Algunos dicen con frecuencia que debe hacerse contacto directo con Dios, sin intermediarios; pero la Biblia es para ellos un intermediario, una tremenda mediación entre ellos —seres humanos— y Dios.

Eso mismo son los sacramentos que —afirma la Real Academia Española— son «signos sensibles de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

El sacramento es un don divino de salvación, otorgado a través de una forma visible y palpable que concretiza ese don. La Biblia, para algunos cristianos, es un sacramento en el pleno sentido de la palabra, dotado por Dios de una eficacia intrínseca sobrenatural para iluminar, para convertir, para salvar.

El ser humano necesita de los sacramentos, pues está compuesto de cuerpo y alma espiritual —materia y espíritu—; necesita de las cosas materiales para subir a lo más espiritual. Si debemos dar gloria a Dios con todo nuestro ser, debemos poner a su servicio también esas cosas materiales.

De hecho, Dios mismo se hizo hombre. El cristianismo no es de ángeles y espíritus sin materia: es un conglomerado de seres humanos —materia y espíritu, otra vez— que siguen a la Palabra de Dios hecha Carne:

«Y la Palabra se hizo Carne, puso su tienda entre nosotros.» (Jn 1, 14)

¡Este es el principal sacramento: un Dios hecho hombre!

Y ese Hombre hizo milagros a través de signos, de sacramentos:

Veamos, por ejemplo, ¿por qué usó Jesús tierra y saliva para curar?

«Dicho esto, hizo un poco de lodo con tierra y saliva, untó con él los ojos del ciego y le dijo: “Vete y lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir el Enviado).” El ciego fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente.» (Jn 9, 6-7)

¿No podía haber dicho: «Desde este momento estás curado»? Él es Dios; para Él no hay nada imposible.

Sin embargo, usó muchos signos materiales, es decir, sacramentos:

«Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Enseguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”.» (Mc 7, 33-34)

Es más, algunos de entre la gente sabían que debían usar un sacramento, un signo —tocar su ropa, por ejemplo—, para poder lograr lo que querían:

«Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. La mujer pensaba: “Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.” Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana.» (Mc 5, 27-29)

Hay más todavía: ¿Por qué Jesús no hacía los milagros sin emitir palabras? ¿Para qué hablaba? ¿Acaso hay algo imposible para Él?

«Jesús le contestó: “Puedes volver, tu hijo está vivo.” El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Al llegar a la bajada de los cerros, se topó con sus sirvientes que venían a decirle que su hijo estaba sano.» (Jn 4, 50-51)

Es que Él quiso necesitar del signo —del sacramento—, para que pudiéramos entender visualmente, auditivamente, tactilmente, como seres humanos que somos. Dice el texto que «el hombre creyó en la palabra de Jesús». La palabra es, en este caso, ese signo.

 

La Eucaristía

Y, cuando se habla de la salvación, del rescate, de la purificación, de la ira aplacada de Dios, se muestra que eso se da por un signo, por un sacramento:

«Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la Sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba.» (Col 1, 20)

«En cambio, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la Sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

«Pero con toda seguridad la Sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el Espíritu eterno como víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo.» (Hb 9, 14)

«Y por su Sangre nos ha purificado de nuestros pecados, haciendo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre.» (Ap 1, 6)

La Sangre de Cristo es el signo, el sacramento.

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

La vida divina, entonces, viene a nosotros mediante el sacramento. El modo de unirnos a Cristo y permanecer en Él es la Eucaristía.

 

El Bautismo

Otro sacramento es el agua, que posee atributos inesperados en el Bautismo: aquella agua lava los pecados.

Para que quedara bien claro, Pedro afirmó:

«Ustedes reconocen en esto la figura del bautismo que ahora los salva.» (1Pe 3, 21)

¡El Bautismo que ahora los salva! Entonces, ¿Pedro dice que es el Bautismo el que nos salva? ¿Acaso no es Jesús el que nos salva?

Lo que pasa es que el sacramento del Bautismo es «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Solo la muerte y la Resurrección de Jesucristo nos salvan. Pero los sacramentos nos acercan y ponen a nuestro alcance esa muerte y Resurrección salvadoras. Esto lo explica muy bien Pablo:

«Como ustedes saben, todos nosotros, al ser bautizados en Cristo Jesús, hemos sido sumergidos en su muerte. Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva.» (Rm 6, 3-4)

Recordemos también que para salvarse no solo se necesita el Espíritu, sino también el agua, signo material:

«Jesús le contestó: “En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.» (Jn 3, 5)

«Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el Bautismo y lava tus pecados invocando su Nombre.» (Hch 22, 16)

«El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» (Mc 16, 16)

«En el bautismo volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo.» (Tt 3, 5)

El padre de los protestantes, Martín Lutero, bautizaba a los niños recién nacidos. Juan Calvino —defensor de Lutero y quizá el más importante propulsor del protestantismo— escribió lo siguiente acerca de la idea de algunos de dejar a los niños sin bautizar hasta que sean capaces de escoger por sí mismos:

«Todo esto repugna maliciosamente a la verdad de Dios. Porque si se los deja como meros hijos de Adán, se los deja en la muerte, tal como se dice (en la escritura); en Adán no podemos hacer otra cosa que morir. Al contrario, Jesucristo dice que se deje que los niños se acerquen a Él (Mt 19, 14). ¿Por qué? Porque Él es la vida. Él quiere, por tanto, hacerlos participar de sí para darles vida.» (Institución cristiana, IV, 16-17: O. C. T. 4, p 951)

Y en forma conclusiva afirmó:

«Finalmente retengamos esta sencilla afirmación, a saber, que mientras no haya sido regenerado en el agua viva, nadie entrará en el Reino de Dios.» (Institución cristiana, IV, 25: O. C. T. 4, p 963)

¿Por qué escribía todo esto Calvino? Porque sabía que todos los hombres, aunque personalmente no hayan pecado, tan solo por descender de Adán tienen el pecado original:

«Un solo hombre hizo entrar el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Después la muerte se propagó a todos los hombres.» (Rm 5, 12)

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud.» (Rm 5, 19)

A pesar de todo, algunos cristianos creen que es necesario que la persona tenga conciencia para que se le pueda administrar el Bautismo.

Si un niño recién nacido se enferma y el médico le administra un medicamento para curarlo, ¿hay necesidad de que el niño esté consciente para que el medicamento le haga efecto? No; las drogas actúan por su capacidad intrínseca de curar, tanto en los adultos como en los niños. Para que surtan efecto no es necesario que el paciente sepa qué droga le están administrando, ni cuál es su mecanismo de acción.

El pecado original —recordémoslo— es la enfermedad del espíritu, por la que se pierde la salvación eterna. ¿Para qué esperar, si el sacramento del Bautismo tiene esa capacidad intrínseca para lavar el pecado original, como se ha visto?

Para librar a un menor de un gran mal no es necesario pedirle permiso. No les pedimos permiso a los niños para vacunarlos, por ejemplo; ni para curar sus enfermedades; ni para enseñarle cómo debe portarse en la vida; tampoco para inscribirlo en el registro civil y, más tarde, usarlos en su propio beneficio.

El nombre que nos ponen nuestros padres es inconsulto: no nos pidieron consejo ni opinión y, sin embargo, lo llevamos toda la vida. Así sucede con el Bautismo.

Nadie se disgusta al recibir, siendo pequeño, una gran herencia, aunque nos la den sin pedirnos permiso. Y, ¿qué mayor herencia que la salvación eterna? Es que para lo que es absolutamente bueno y esencial no se requiere pedirle permiso al menor de edad.

Además, la Biblia nos cuenta que se bautizaban familias enteras:

Se bautizó con toda su familia a aquella hora de la noche. (Hch 16, 33b)

En este versículo no se dice: «Se bautizó con su esposa», sino: «Se bautizó con toda su familia».

Recibió el bautismo junto con los de su familia. (Hch 16, 15a)

Tampoco se dice: «se bautizaron solo los adultos». Se dice: «Recibió el bautismo junto con los de su familia»; recordemos que por familia se entendían los padres, los hijos y hasta los servidores y esclavos.

Por otra parte, hay quienes dicen que, ya que Jesucristo se bautizó a los 33 años, nadie debe bautizarse antes. De aquí nacen varias preguntas: ¿Qué le sucederá a alguien que muera a los 24 años o a otro que conoció los caminos de Dios a los 45 años?

Por lo demás, no es necesario que hagamos las cosas tal y como Jesús las hizo. ¿Por qué, por ejemplo, no ayunamos 40 días y 40 noches después del bautismo?. ¿Por qué no morimos a los 33 años?. ¿Por qué no trabajamos todos 30 años como carpinteros?…

Otro aspecto de controversia es si se debe bautizar o no a una persona que no ha recibido la enseñanza necesaria. Jesús nos responde eso:

Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» (Mt 28, 18-19))

Está claro: primero, el Bautismo; luego, la enseñanza.

Analicemos, como muestra, lo que afirman algunos cristianos: que hay que bautizarse en un río, puesto que en un río se bautizó Jesús.

El día de Pentecostés, después de que apareció el Espíritu Santo, Pedro se puso a predicar, y muchas personas lo escucharon.

Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas. (Hch 2, 41)

Sabemos que en Jerusalén no hay ríos. ¿Dónde se bautizaron entonces?

Siguiendo el camino llegaron a un lugar donde había agua. El etíope dijo: «Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?» .Felipe respondió: «Puedes ser bautizado si crees con todo tu corazón.» El etíope replicó: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.» Entonces hizo parar su carro. Bajaron ambos al agua y Felipe bautizó al eunuco. (Hch 8, 36-38)

El texto no dice: «Aquí hay un río», sino «Aquí hay agua»; lo que hace suponer que se trataba de un pozo o un charco.

Es que este sacramento es, como se vio más arriba, «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Y lo mismo ocurre con los demás sacramentos.

Cuando algunos cristianos dicen que es la fe en Cristo la que salva y no los sacramentos, están olvidando que precisamente los sacramentos son acciones de fe.

 

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

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Los Sacramentos y la Biblia*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2008

 

BAUTISMO

Originariamente es un rito purificatorio simbólico, consistente en sumergirse o rociarse con agua. Frecuente en la historia de las religiones y no desconocido en el mundo del AT (Nm 19, 2-10). Juan, el precursor, lo utiliza como señal de penitencia (Mt 3, 2-11 par). Jesús, que se somete a este rito (Mt 3, 13-17), lo convierte en rito de entrada en el reino (Mt 28, 19; He 1, 38; 8, 12.16.36-38; 9, 18; 10, 48; etc.). Pero justamente por eso, en adelante ya no será un simple rito externo, sino un acontecimiento eficaz y transformador (Mt 3, 11; Jn 3, 3-8; He 1, 5). Relacionado con la muerte sacrificial de Cristo (Mc 10, 38; Lc 12, 50), es una participación en esa muerte y en la consiguiente resurrección (Rm 6, 3-9; Ga 3, 27; Col 2, 12) y comporta una profunda renovación en la vida y en la conducta (Rm 6, 4-14; 1 Co 6, 11; Tt 3, 3-5).

Ver 139; 135; 137-138.

 

CONFIRMACIÓN

La imposición de las manos es un rito para confirmar el bautismo y recibir los dones del Espíritu (Hch 8, 14.18; 19, 6; 9, 17), que no puede conferir cualquier ministro (Hch 8, 14-17). Hb 6, 2.

 

RECONCILIACIÓN

Tiene en la Biblia dos principales significados:

a)      Proclamación de la fe en Dios, especialmente en Dios misericordioso (Sal 40, 10; 95, 5-6; 104; 105) y en Jesucristo (Mt 16, 16; Rm 10, 9-10; 1 Tm 6, 12; 1 Jn 2, 23).

b)      b) Reconocimiento y manifestación de los propios pecados, bien como individuo (Lv 16, 21; Nm 5, 7; Jos 7, 19; Pro 28, 13; Sir 4, 26; St 5, 16; 1 Jn 1, 9; ver Lc 5, 8; 15, 21), bien como colectividad (Esd 9, 6-15; Bar 1, 15-22; Dn 9, 4-16; Sal 106; Mc 1, 5 par).

 

MATRIMONIO

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1, 27-28; 2, 20-24), quien de suyo lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19, 4-5; ver Gn 4, 23-24, donde el primer polígamo es presentado como un hombre cruel y vengativo). Cierto que la Biblia se hace eco de la condescendencia de Dios con las costumbres matrimoniales del tiempo (Gn 24, 2-8; 29-15-30; 38, 6-26; Lv 18, 6-19; Dt 7, 1-3; 25, 10; Rt 2, 20), entre las que merecen especial atención la posibilidad de divorcio (Dt 21, 15; 24, 1) y la poligamia, favorecida esta última por el gran aprecio de la fecundidad (Gn 16, 2; 29, 15-30; Ex 21, 10; Dt 21, 10-15; 1Sm 1, 2). Pero el ideal es otro, por lo que desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25, 19-28; 41, 50; Tb 11, 5-15; Jdt 8, 2-8; Pro 5, 15-20; 18, 22; Sir 26, 1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20, 10; Dt 22, 22; Ez 18, 6; Mal 2, 14-16). Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12; Jn 2, 1-11) y Pablo (1 Co 7, 2-5.10-11; Ef 5, 31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 23-32). Sin embargo, tanto Jesucristo como Pablo reconocen que el hombre y la mujer pueden también realizarse fuera del matrimonio como personas y como hijos y servidores del reino (Mt 19, 12; Lc 14, 26; 18, 29-30; 1 Co 7, 7-8.25-40).

 

EUCARISTÍA

Etimológicamente significa «acción de gracias», y en este sentido se utiliza con frecuencia en al Biblia griega (Sb 16, 28; 18, 2; 2M 1, 11; 12, 31; He 24, 3; Rm 16, 4; 1 Co 1, 14; 1 Co 14, 16; Ef 5, 4; Col 2, 7; 4, 2; 1Ts 3, 9; 1 Tm 2, 1; .4, 3; Ap 7, 12; 11, 17). Pero en el lenguaje posbíblico, la Iglesia cristiana ha hecho del término Eucaristía la expresión técnica para referirse al gesto con el que Jesús en la última cena instituye un sacrificio de acción de gracias, a la vez anticipativo y rememorativo del sacrificio de la cruz (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 22-25). Jesús repite el gesto en Lc 24, 30, y la primitiva comunidad se siente comprometida a hacer lo mismo, si bien en el NT lo expresa con las palabras «fracción del pan» (He 2, 42.46; 20, 7; ver 27, 35).

 

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Además del sentido bíblico ya explicado del término «consagración», la unción con aceite se utiliza en la Biblia como muestra de honor y de respeto (Sal 23, 5; ver 92, 11; Lc 7, 38-46; Mt 26, 6-13 par; Jn 12, 1-8; 19, 40) y también como elemento curativo (Is 1, 6; Lc 10, 34; Mc 6, 13). De ahí que la unción pase a constituir un elemento sacramental para simbolizar la fuerza curativo–salvífica de la acción divina sobre el hombre (St 5, 15).

 

ORDEN SACERDOTAL

La Biblia se hace eco de dos tipos de sacerdocio:

a)      El sacerdocio ministerial, que en el pueblo israelita era ejercido por los miembros de la tribu de Leví, con la familia de Aarón a la cabeza (Ex 28-29; 32, 25-29; Nm 25, 10-13; Dt 33, 8-11; 1 Re 1, 7-8.25-26; 2 Re 23, 9; Ez 44, 15-31). A estos sacerdotes ministeriales correspondía custodiar el arca de la alianza (1S 2, 12-17), ofrecer sacrificios (Lv 2, 2-10; Nm 18, 1-19; Sir 50, 5-21), recordar a los israelitas la ley y demás beneficios divinos (Dt 27, 9 ss; 33, 10, Ne 8, 10 ss). No siempre fueron fieles a su misión (Is 28, 7; Jr 2, 8; Os 4, 4-11; 5, 1 ss), por lo que los profetas anuncian un nuevo sacerdocio (Jr 33, 18; Za 3, 6-10; Mal 3, 14; Sal 110, 4), que tendrá pleno cumplimiento en Jesucristo (Hb 5-10) y en los sacerdotes de la nueva alianza (Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 24-25).

b)      b) El sacerdocio común, que afecta a todos los miembros del pueblo de Dios y del que el sacerdocio familiar es una especie de tipo (Gn 12, 7-8; 13, 18; 16, 25). Ya el AT proclama esta condición sacerdotal de todo el pueblo (Ex 19, 6; Is 61, 6), y el NT la confirma (1 Pe 2, 5.9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 5; ver Rm 12, 1; Hb 12, 28).

 

 

Bibliografía: La Biblia Latinoamericana.

 

 

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