Hacia la unión con Dios

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Los floreros de los templos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 24, 2015

Supuestamente las flores son para el Santísimo, para darle culto; sin embargo, están orientadas de modo que sea el pueblo quien pueda gozar de su belleza. Los acólitos son los que se dan cuenta, ya que desde el sagrario se ve la parte trasera de los floreros llena de tallos y fea; a veces hasta se ve el oasis (esponja verde donde se entierran las flores) y cinta pegante que lo sostiene todo.

Así como los floreros de los templos hay muchas actitudes y circunstancias. Por momentos parece que lo importante es la imagen de la Iglesia, no su esencia ni la fuerza que posee por el hecho de ser fundada por Jesucristo y asistida por el Espíritu Santo.

Baste ver la poca confianza en Dios que algunos tienen en la labor pastoral y en el apostolado: con frecuencia se cree más en las «tácticas de enganche», la publicidad, la alegría en los ritos y en los cantos, la simpatía del sacerdote, etc., que en la gracia de Dios.

Se invierte poco tiempo en la oración… Se ora con poca fe… Se rechaza el sacrificio para lograr la conversión de las almas… Se ama poco a los pecadores. Y estos fueron los medios enseñados y utilizados por Cristo. En resumen, se sigue más el método de los hombres que el de Dios.

Lo que se consigue es casi siempre fugaz: almas muy emocionadas al ver un sacerdote «tan moderno», tan innovador… «Cómo le llega a la gente» —repiten—, «Es un cura que está a la moda». Pero, después de las primeras pruebas, dejan el entusiasmo inicial. Son como la semilla que cae en las piedras del camino: sin raíces. Luego se agostan por el sol y mueren.

¿Queremos ese tipo de católicos?… ¿Querrá Dios ese tipo de hijos?

La fecundidad apostólica de los santos que arrastraron a tantos en pos de Jesús, dispuestos a todo por seguirlo y vivir como Él —incluso hasta el martirio—, radica en donde está la fecundidad del fundador de la Iglesia: oblación total de sí mismo por la salvación de los hombres.

 

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Un sacrificio de amor*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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UN PACTO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2012

Yo pedí a mi sierva santa Margarita: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. También contigo desearía hacer este pacto. Yo, que, como Señor absoluto podría acercarme exigiendo sin ningunas condiciones, quiero pactar con mis criaturas. Ya ves a cuánto me abajo. Y tú ¿no quieres pactar conmigo? No tengas miedo que hayas de salir perdiendo; Yo, en los tratos con mis criaturas, soy tan condescendiente y benigno, que cualquiera pensaría que me engañan. Además, es un convenio que no te obligará, ni bajo pecado mortal, ni bajo pecado venial; Yo no quiero compro­misos que te ahoguen; quiero amor, genero­sidad, paz: no zozobras ni apreturas de conciencia.

Ya ves que el pacto tiene dos partes: una que me obliga a Mí y otra que te obliga a ti. A Mí, cuidar de ti y de tus intereses; a ti, cuidar de Mí y de los míos. ¿Verdad que es un convenio muy dulce?

 

PRIMERA PARTE

Principiaremos por la parte mía: “Yo cuidaré de ti y de tus cosas”. Para eso es necesario que todas, a saber: alma, cuerpo, vida, salud, familia, asuntos, en una palabra, todo, lo remitas plenamente a la disposición de mi suave Providencia y que me dejes obrar. Yo quiero arreglarlas a mi gusto y tener las manos libres. Por eso deseo que me des todas las llaves; que me concedas licencia para entrar y salir cuando Yo quiera, que no andes vigilándome para ver y examinar lo que hago; que no me pidas cuentas de ningún paso que dé, aunque no veas la razón y aunque parezca a primera vista que va a ceder en tu daño; pues, aunque tengas muchas veces que ir a ciegas, te consolará el saber que te hallas en buenas manos. Y cuando ofreces tus cosas, no ha de ser con el fin precisamente de que Yo te las arregle a tu gusto; porque eso ya es ponerme condiciones y proceder con miras interesadas, sino para que las arregle según me parezca a Mí; para que proceda en todo como dueño y como rey con entera libertad, aunque prevea alguna vez que mi determi­nación te haya de ser dolorosa. Tú no ves sino el presente; Yo veo lo porvenir. Tú miras con el microscopio; Yo miro con telescopio de inconmensurable alcance; y soluciones que de momento parecerían felicísimas son a veces desastrosas para lo que ha de llegar; fuera de que en ocasiones, para probar tu fe y confianza en Mí y hacerte merecer gloria, permitiré de momento con intención deliberada el tras­torno de tus planes.

Mas con esto no quiero que te abandones a una especie de fatalismo quietista y descui­des tus asuntos interiores o exteriores. Debes seguir como ley aquel consejo que os dejé en el Evangelio: “Cuando hubiereis hecho cuan­to se os había mandado, decid: Siervos inútiles somos”. Debes en cualquier asunto tomar todas las diligencias que puedas, como si el éxito dependiera de ti solo, y después decirme con humilde confianza: “Corazón de Jesús, hice según mi flaqueza cuanto buenamente pude; lo demás ya es cosa tuya; el resultado lo dejo a tu Providencia”. Y después de dicho esto procura desechar toda inquietud y quedarte con el reposo de un lago en una tranquila tarde de otoño.

LO QUE SE DEBE OFRECER

Como dije, debes ofrecerme todo, sin excluir absolutamente nada, pues sólo me excluyen algo las personas que se fían poco de Mí.

El Alma

Ponla en mis manos; tu salvación eterna, grado de gloria en el cielo, pro­gresos en la virtud, defectos, pasiones mise­rias: todo. Hay algunas personas que siempre andan henchidas de temores, angustias, desa­lientos por las cosas del espíritu. Si esto es, hijo mío, porque pecas gravemen­te, está muy justificado. Es un estado tristí­simo el del pecado mortal, que a todo trance debes abandonar en seguida, ya que te hace enemigo formal mío. Esfuérzate, acude a Mí con instancia, que Yo te ayudaré mucho y sobre todo confiésate con frecuen­cia: cada semana, si puedes, que este es un excelente remedio. Caídas graves no son obstáculo para consagrarte a Mí, con tal que haya sincero deseo de enmienda: la consa­gración será un magnífico medio para salir de ese estado.

Hay otra clase de personas que no pecan mortalmente, y sin embargo siempre están interiormente de luto, porque creen que no progresan en la vida espiritual. Esto no me satisface. Debes también aquí hacer cuanto buenamente puedas según la flaqueza humana, y lo demás abandonármelo a Mí. El Cielo es un jardín completísimo, y así debe contener toda variedad de plantas; no todo ha de ser cipreses, azucenas y claveles; también ha de haber tomillos; ofrécete a ocupar ese lugar. Todas estas amarguras en personas que no pecan grave­mente, nacen porque buscan más su gloria que la mía. La virtud, la perfección tiene dos aspectos: el de ser bien tuyo y el de ser bien mío; tú debes procurarla con empeño, mas con paz, por ser bien mío, pues lo tuyo en cuanto tuyo, ya quedamos en que debes remitirlo a mi cuidado. Además debes tener en cuenta que, si te entregas a Mí, la obra de tu perfección, más bien que tú, la haré Yo.

 

El cuerpo

También Yo quiero encargarme de tu salud y de tu vida, y por eso tienes que ponerlas en mis manos. Yo sé lo que te conviene; tú no lo sabes. Toma los medios que buenamente se puedan para conservar o recuperar la salud, y lo demás remítelo a mi cuidado, desechando aprehensiones, imaginaciones, miedos, persuadido de que no de medicinas ni de médicos sino prin­cipalmente de Mí vendrán la enfermedad y el remedio.

 

Familia

Padres, cónyuges, hijos, hermanos, pa­rientes. Hay personas que no hallan difi­cultad en ofrecérseme a sí mismos, pero a veces se resisten a poner resueltamente en mis manos algún miembro especial de su familia a quien mucho aman. No parece sino que voy a matar in continenti todo cuanto a mi bondad se confíe. ¡Qué concepto tan pobre tienen de Mí! A veces dicen que en sí no tienen dificultad en sufrir, pero que no quisieran ver sufrir a esa persona; creen que consagrarse a Mí y comenzar a sufrir todos cuantos les rodean, son cosas inseparables. ¿De dónde habrán sacado esa idea? Lo que sí hace la consagración sincera es suavizar mucho las cruces que todos tenéis que llevar en este mundo.

 

Bienes de fortuna

Fincas, negocios, carrera, oficio, empleo, casa, etc. Yo no exijo que las almas que me aman abandonen estas cosas, a no ser que las llame al estado religioso. Todo lo contrario: deben cuidar de ellas, ya que constituyen una parte de las obligaciones de su estado. Lo que pido es que las pongan en mis manos, que hagan lo que buenamente puedan a fin de que tengan feliz éxito, pero el resultado me lo reserven a Mí sin angustia, ni zozobras, ni desesperaciones.

 

Bienes espirituales

Ya sabes que todas las acciones virtuosas que ejecutas en estado de gracia, y los sufragios que después de tu muerte se ofrezcan por tu descanso, tienen una parte a la cual puedes renunciar a favor de otras personas, ya vivas, ya difuntas. Pues bien, hijo mío: desearía que de esa parte me hicieras donación plena, a fin de que Yo la distribuya entre las personas que me pareciere bien. Yo sé mejor que tú en quiénes precisa establecer mi reinado, a quiénes hace más falta, en dónde surtirá mejor efecto, y así podré repartirla con más provecho que tú. Pero esta donación no es óbice para que ciertos sufragios que o la obediencia, o la caridad, o la piedad piden en algunas ocasiones, puedas ofrecerlos tú.

Todo, pues, has de entregármelo con entera confianza, para que Yo lo administre como me parezca bien; y aunque no debes hacerlo con miras interesadas, ya verás cómo, a pesar de que en ocasiones sueltas pondré a prueba tu confianza haciendo que salgan mal, sin embargo, en conjunto tus asuntos han de caminar mejor; tanto mejor cuanto fuere el interés con que tú tomes los míos. Cuanto más pienses tú en Mí, más pensaré Yo en ti; cuanto más te preocupes de mi gloria, más me preo­cuparé de la tuya; cuanto más trabajes por mis asuntos, más trabajaré por los tuyos. Tienes que procurar, hijo mío, ser más desinteresado. Hay algunas personas que sólo piensan en sí; su mundo espiritual es un sistema planetario en el cual ellos ocupan el centro, y todo lo demás, incluso mis intereses —al menos en la práctica—, son especie de planetas que giran alrededor; este egocentrismo interior es mal sistema astronómico.

No quiere decir lo dicho que no se pueda pedir al Sagrado Corazón por nues­tros intereses, pero se ha de hacer así:

a) O pidiendo simplemente por tal o cual necesidad propia o ajena sin ofrecer ninguna obra buena por eso, y diciéndole al Corazón Divino que sólo queremos que nos oiga si es para el aumento de su reinado; pero que si lo que suplicamos es indiferente a su gloria solamente deseamos que haga su voluntad. La razón de esto es que el alma verdaderamente consagrada sólo anhela el reinado del Sagrado Corazón, según el com­promiso. Y no se vaya a pensar que por abandonarse a Él van a dejar de importarnos esas necesidades, sino que por interesarnos mucho las dejamos en las mejores manos, confiando siempre en que Él nos dará lo que más nos convenga, aunque aparentemente a veces sea al contrario, pues Él no puede querer sino nuestro bien. Además, la con­fianza es lo que más lo compromete en nuestro favor. En resumen: busquemos su reinado en todo, y sólo su reinado, y con­fiemos en que Él nos proporcionará lo mejor.

b) La otra manera de lograr un favor del cielo es ofreciendo por ello el mérito de una obra buena hecha en gracia (Santa Misa, comunión, etc.); pero, como quien se consagra ofrece ese mérito al Corazón de Jesús, solo por caridad, cortesía u obligación —como ya se dijo— podemos disponer de él, pidiendo por una necesidad, en esa for­ma; y en tal caso decirle al Sagrado Corazón que si no es de su agrado, haga y disponga como le parezca mejor.

No es contra el espíritu de esta primera parte de la consagración el pedir al Sagrado Corazón que nos purifique más y más de nuestras culpas, para que reinando mejor en nosotros podamos trabajar más eficaz­mente por su reinado en los demás; que nos llene de todas las virtudes; que lleve pronto al Cielo tal o cual alma del Purgatorio etc., pero sin ofrecer ninguna obra por esas intenciones, contentándonos con encomendarlas, llenos de confianza en la voluntad del Divino Corazón.

 

SEGUNDA PARTE

Hijo mío, hemos llegado con esto a la segunda parte de la consagración: “Cuida tú de mi honra y de mis cosas”. Esta es la parte para ti más importante, porque en rigor es la propiamente tuya. La anterior era la mía; si en ella te pedí aquella entrega de todo, era con el fin de tener las manos libres para cumplir la parte del convenio que me toca; mas la tuya, en la que debes poner toda la decisión de tu alma, la que ha de formar el termómetro que marque los grados de tu amor para conmigo, es la presente: cuidar de mis santos intereses.

¿Sabes cuáles son mis intereses? Yo, hijo mío, no tengo otros que las almas: éstas son mis intereses y mis joyas y mi amor; quiero, como decía a mi sierva Mar­garita, “establecer el imperio de mi Amor” en todos los corazones. No ha llegado todavía mi reinado; hay de él cierta extensión externa en las naciones católicas, pero ese reinado hondo, por el cual el amor para conmigo sea el que, no de nombre sino de hecho, mande, gobierne e impere establemente en el alma; ese reinado ¡qué poco extendido está aún en los pueblos cristianos! Y no es que el terreno falte; son numerosas las almas preparadas para ello, y cada día serán más; lo que faltan son apóstoles; dame un corazón tocado con este divino imán, y verás qué pronta­mente quedan imantados otros.

 

Maneras de apostolado

¡Qué fácil es ser apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los medios de trabajar! Míralos:

 

1º La oración. O sea, pedir al Cielo mi reino continuamente; pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis santos. Pedirlo en la Iglesia, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines, Corazón Divino!”. Esta ha de ser la excla­mación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se te haga habitual; busca mañas e indus­trias para acordarte. ¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantáneas! Dame una mu­chedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecunda sobre el mundo.

 

2º El sacrificio. Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores a veces pequeños, a veces grandes, suelen sobrevenirnos a todos, como me sobrevinieron a Mí, a mi Madre y a mis santos! Pues bien, todo eso llevado en silencio, con paciencia y aun con alegría si puedes; todo eso ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la Cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres!

¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo, o de mortificación. Procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate; y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine.

Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos! Y éste ¡sí que es eficaz!

 

3º Ocupaciones diarias. Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupa­das; como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y esmero, no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío; todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso, procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean mone­das preciosísimas que caigan en la alcancía que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo, porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

 

4º La Propaganda. A veces podrías prestar tu apoyo a alguna empresa de mi Corazón Divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas, si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndalo; colócalo otras veces en un sobre, y envíalo de misión a cualquier punto del globo.

¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves que sí existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas. No hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al helio tropo, que miran sin cesar al astro–rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa! ¡Una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte ¡qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así!

 

5º La reparación. ¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca y librarlo del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darme no sólo por tus pecados sino por los in­finitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día, y propaganda entusiasta, que sirven de apostolado, sirven de reparación, si se hacen con esta intención. “¡Que reines!”, “Perdónanos nuestras deudas”, “¡Porque reines!”, “En reparación por lo que te ofendemos, Señor”, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de Apóstol que funda el reino de Dios, y el de Sacerdote y Victima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón Divino, pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué hermoso para ti!

 

CONCLUSIÓN

¡Animo, pues; lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso como tú. Escoge un día de fiesta, el primero que llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, te confiesas y comul­gas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas nece­sarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso ni a pecado venial; quiero anchura de corazón, generosi­dad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buena­mente. ¿Quién no puede hacer lo que buenamente pueda?

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante; si no la renuevas cada día, pronto la abandonaras; si la renuevas acaba­rás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo camino, ¡qué brisa primaveral, qué torrente de san­gre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

Y ahora, hijo mío, dos consejos, para terminar. Uno es que procures no olvidarme en el Sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi Persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento, porque es el del Amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visi­tas de amigo! El otro consejo es que pro­cures, si es posible, sacar un ratito al día, para leer y meditar cosas de mi Corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la concha, en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN

 

¡Sacratísima Reina de los Cielos y Madre mía amabilísima! Yo, N. N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin em­bargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero conociendo bien mi indignidad e inconstan­cia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuida­dos el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

 

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y amor: gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de “cuidar Tú de mí y yo de Ti”, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo: todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mí ofrecieren otros en vida o después de muerto; por si de algo pue­de servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero, en cambio, Corazón amabi­lísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más: bien, quisiera hacer mucho, para que reines en el mundo; quiero, con oración larga o ja­culatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis pequeños vencimientos, y en fin, con la propaganda, no estar, a ser posible, un momento sin ha­cer algo por ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado y tu gloria, hasta mi postrer aliento, que ¡ojala! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervientísimo. Amén.

 

 

 

NIHIL OBSTAT. José Restrepo, Pbro.

IMPRIMATUR. Ernestus Solano, Pbro. Vic. Gen.

Bogotae, 1 junii, 1962. Reg. L. Resp., Fol. 68, No. 982.

 

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Por qué tan pocos llegan a la perfecta unión con Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2011

No es Dios quien quiere que haya pocos espíritus perfectos; Él querría más bien que todos lo fueran. Lo que ocurre es que encuentra pocos que sean capaces de recibir esa acción espiritual tan alta y tan sublime: como primero los prueba en pequeñas cosas, y huyen (no queriendo ni aceptando sufrir el menor desconsuelo y mortificación), no los nota lo suficientemente fuertes ni fieles en lo poco que les da cuando comienza a desbastar y labrar en ellos la estatua de la santidad, se da cuenta de que serán mucho más débiles para recibir lo más noble y elevado; por eso no continúa purificándolos ni levantándolos del polvo de la tierra a través de la mortificación, para la cual es menester mayor constancia y fortaleza de la que ellos muestran.

Efectivamente, hay muchos que desean pasar adelante, a los goces y deleites espirituales de la divina unión, y con gran insistencia piden a Dios que los lleve a este estado de perfección, pero cuando Dios los quiere comenzar a hacer pasar por los primeros esfuerzos y mortificaciones —porque es necesario—, ellos no quieren, y quitan el cuer­po, huyendo del camino angosto de la vida (Mt 7, 14), buscando el ancho de su consuelo, que es el de su perdi­ción (Jb 7, 13), y así no le dan lugar a Dios para recibir lo que le piden, cuando él se lo comienza a dar.

Es más: muchos ni siquiera quieren comen­zar a entrar en este camino angosto, en el que se sufre casi lo mismo que se suele sufrir en la vida. Se les puede decir a éstos aquello que dijo Jeremías (12, 5): Si te agotas corriendo con los que van a pie, ¿cómo podrías competir con los caballos?, lo cual es como si dijera: Si con los trabajos que ordinaria y humanamente le toca realizar a todos los seres humanos tú te cansas tanto, ¿cómo podrías igualar al caballo, para el que se requiere mayor fuerza y velocidad? Si tú no has querido dejar de conservar tus gustos, seguridades y complacencias espirituales, no sé cómo querrás entrar en las impetuosas aguas de tribulaciones y trabajos del espíritu, que son más profundos.

¡Oh almas que quieren estar seguras y conso­ladas en las cosas del espíritu! Si supieran cuánto les conviene padecer sufriendo para llegar a la auténtica seguridad y al auténtico consuelo, y cómo no se puede llegar a lo que el alma más desea sin padecer, de ninguna manera buscarían consuelo ni de Dios ni de las criaturas; más bien llevarían la cruz, y, clavados en ella, querrían beber allí la hiel y el vinagre puro, y lo harían con gran dicha, viendo cómo, muriendo así al mundo y a ustedes mismas, vivirían en Dios los verdaderos deleites del espíritu y, sufriendo con paciencia y fidelidad lo poco en lo exterior, merecerían que Dios pusiera los ojos en ustedes para purgarlos y limpiarlos por algunos trabajos espirituales más interiores, para darles lo mucho: los bienes más interiores.

Muchos servicios han de haber hecho a Dios, mucha paciencia y constancia han de haber tenido por Él, y su vida y obras han de haber sido muy gratas a Él, aquellos a quienes les hace el tan hermoso regalo de tentarlos más interiormente, para hacerlos aventajados en dones y mere­cimientos, como lo hizo en el santo Tobías (Tb 12, 13), a quien dijo el arcángel san Rafael: Yo fui enviado para ponerte a prueba, es decir: Por haber sido grato a Dios, Él te hizo el regalo de enviarte la tenta­ción, con la que te probó más, para engrandecerte más. Y así, todo lo que le quedó de vida después de aquella tentación fue gozo, como dice la Escritura divina (14, 4). Ni más ni menos vemos en el santo Job que Dios aceptó sus obras, y por eso le hizo el regalo de enviarle aquellos grandes sufrimientos para engrandecerlo después mucho más, como lo hizo multiplicando sus bienes tanto en lo espiritual como también en lo temporal (Jb 1, 2; 42, 12).

San Juan de la Cruz,  Llama de amor viva, 2, 5, 27-28

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , | Comentarios desactivados en Por qué tan pocos llegan a la perfecta unión con Dios*

La Muerte Mística* (para religiosos)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 18, 2011

LA MUERTE MÍSTICA

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser un mártir y fidelísimo hijo hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí mismo, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirado de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movido por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumiso y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contento de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí mismo en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privado del mismo; antes bien, muy dispuesto a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contento y resignado volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolado, muerto y sepultado en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligido, abandonado, desolado, le haré compañía en el huerto. Si despreciado, injuriado, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimido y angustiado en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencido de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí mismo, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unido a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí mismo; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mío. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí mismo para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerto, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

 

LA MUERTE MÍSTICA Y EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí mismo, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísimo como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadido únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remiso en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome todo a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí mismo y gozaré de verme despreciado por los demás, y pospuesto a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacido. En resumen, intentaré ser pobrísimo, y verme privado de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerto, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santo y, por fin, bienaventurado. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser todo de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí mismo para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contento con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesto a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener un religioso muerto a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santo. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser un gran santo.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí mismo!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí mismo, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré todo en mi oficio, dejando la dirección a mi compañero, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandado como el menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicado joven, pero gran penitente y humildísimo: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unido a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducido a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichoso yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Espíritu Santo, después del dogma de la Trinidad, nos re­cuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos pingües de la Re­dención.

Si Jesucristo en la Cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la vís­pera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de su Pasión. El altar viene siendo como la prolon­gación del Calvario, y la Misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una vícti­ma, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en su Sangre, de manera que, bajo las Sa­gradas Especies, Jesús mis­mo ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la cruz.

«Comiendo las víctimas, se participa del sacrificio»[1], y así, la Eucaristía fue insti­tuida en forma de alimento, a fin de que pudiésemos comulgar de la Víctima del Calvario. La Hostia santa se convierte en «trigo que nutre nuestras almas». Como Cristo al ser hecho Hijo de Dios recibió la vida eterna del Padre, así también los cristianos parti­cipan de su eterna vida, uniéndose a Jesús en el Sacramento, que es el símbolo de la unidad.

Esta posesión anticipada de la vida divina acá en la tierra por la Eucaristía es prenda y comienzo de aquella otra de que plenamen­te disfrutaremos en el cielo, porque «el Pan mismo de los ángeles, que ahora comemos bajo los sagrados velos, lo comere­mos después en el cielo ya sin velos» (Concilio Tridentino).

Veamos en la Misa el centro de todo el culto de la Iglesia a la Eucaristía, y en la Comunión, el medio establecido por Jesús para que con mayor plenitud participemos en ese divino Sacrificio; y así nuestra devoción al Cuerpo y Sangre del Salvador nos alcanzará los frutos perennes de su Redención.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] La celebración de la Misa tiene el mismo valor qua la muerte de Jesucristo, dice san Juan Crisóstomo.

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La Muerte Mística* (para religiosas)

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 17, 2010

 

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser una mártir y fidelísima hija hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA

COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí misma, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirada de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movida por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumisa y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contenta de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí misma en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privada del mismo; antes bien, muy dispuesta a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contenta y resignada volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolada, muerta y sepultada en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligida, abandonada, desolada, le haré compañía en el huerto. Si despreciada, injuriada, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimida y angustiada en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencida de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí misma, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unida a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí misma; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mía. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí misma para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerta, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

LA MUERTE MÍSTICA Y

EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí misma, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísima como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadida únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remisa en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome toda a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí misma y gozaré de verme despreciada por los demás, y pospuesta a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacida. En resumen, intentaré ser pobrísima, y verme privada de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerta, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santa y, por fin, bienaventurada. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser toda de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí misma para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contenta con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesta a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener una religiosa muerta a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santa. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí misma, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser una gran santa.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí misma!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí misma, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré toda en mi oficio, dejando la dirección a mi compañera, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandada como la menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicada joven, pero gran penitente y humildísima: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unida a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducida a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichosa yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

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Palabras clave de la Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

 

Sacrificio, expiación, reparación, mortificación, penitencia, son algunos de los vocablos que solemos escuchar en esta época cuaresmal. Parecen significar lo mismo, pero intuimos que tienen sus diferencias. ¿Cuáles son?

Extrayendo del Diccionario de la lengua española las acepciones concernientes a la vida espiritual, he aquí la definición de estas palabras, para salir de la confusión:

Sacrificio: Ofrenda que se hace a Dios. Tiene dos sentidos: en señal de homenaje o de expiación.

Expiación: Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio (de una ofrenda a Dios). En este caso, nuestros sacrificios se unen a los de Cristo, para que tengan valor.

Reparación: Desagravio, satisfacción completa de una ofensa, daño o injuria hecha a Dios. Es lo que se logra con la expiación.

Mortificación: Domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando la voluntad, con el fin de conseguir la libertad que se necesita para llegar a la perfección que Dios nos pide (Cf. Mt 5, 48), es decir, la santidad, la felicidad. 

Penitencia: Serie de ejercicios penosos con que procuramos la mortificación de nuestras pasiones y sentidos.

Todos estamos obligados, como criaturas que somos, a ofrecer homenajes a Dios, a desagraviarlo por nuestras ofensas y a purificarnos de nuestras culpas. Y, por otra parte, debemos domar nuestras pasiones para llegar a la perfección, a la felicidad auténtica. Pero cada uno, de acuerdo con su director espiritual, debe acordar la calidad y la cantidad de estos actos.

Estas prácticas se deben enseñar con mucha prudencia y sabiduría espiritual. Son muchos los factores que influyen en la toma de esta decisión:

–el estado de la persona: si es casado, soltero o viudo;

–la vocación y el carisma al que fue llamado: sacerdote secular, vida consagrada, seglar;

–la cantidad y calidad de los pecados que se quieren purgar;

–el conocimiento que tenga de la bondad y maldad de los actos;

–su situación biológica y psicológica (su salud); y, sobre todo,

–si es un principiante, un aprovechado o un perfecto, es decir, su situación espiritual.

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El secreto de la eficacia apostólica

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 19, 2009

Las técnicas, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia es, para la prensa, la causa del abandono del camino católico de muchos.

Para ese supuesto “fracaso” de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias “de venta”, no saber “llegar” al público, no saber promover el “producto”…

Además —dicen los medios—, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas.

Pero ningún medio de comunicación habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

“Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».” (La Biblia Latinoamericana, Lc 10,2)

Tampoco hay palabras escritas o habladas acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

“Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».” (Mc 8,34; Mt 16,24)

“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.” (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

“Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.” (He 9,16)

“Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.” (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz personal es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

“De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.” (2Co 6,4-5)

“Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.” (2Co 11,27-28)

“Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.” (Ef 3,13)

“Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1,24)

Si queremos el bien de la Iglesia, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarle; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.” (Rm 12,1)

“Ofrezcamos a Dios en todo tiempo, por medio de Jesús, el sacrificio de alabanza” (He 13,15)

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.” (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la situación moral y espiritual de hoy una gigante calamidad?

“Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.” (Mt 17,21)

O antes de emprender una difícil empresa (Jc 20,26; Est 4,16; He 13,2-3).

Pero la Biblia no considera el ayuno como un rito mágico; por eso mismo sólo lo valora positivamente cuando va acompañado de la oración y de la ayuda al necesitado (Tb 12,8-9; Jr 14,10-12; Is 58,3-7). En esta misma línea de valoración positiva, pero condicionada, se coloca Jesús:

“Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. (Mt 6,16-17)

Y también la primitiva comunidad cristiana lo hace. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

–Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.” (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver los Católicos más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho” Es verdad que se hace apostolado, es verdad que se incrementan los integrantes de los grupos de oración, es verdad que a veces se ve un florecimiento del catolicismo…, pero ¿no es verdad también que la mayoría de los católicos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo? ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

Pero hay más: “Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”.

¿Cuántos católicos ayunan?

“En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.” (He 14,23)

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús: Mt 4.

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

“Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del gran grupo de católicos llamados “no practicantes”. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el “yo” para que crezca el Señor a la manera de Juan, el bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

1.  La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

2.  La oración y el sacrificio ayudarán a que seamos más comprensivos y tolerantes.

3.  La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

4.  La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

5.  La oración y el sacrificio nos pondrán “a tono” con los deseos del Señor.

6.  La oración y el sacrificio nos acarrearán ese “gancho” que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas ¡y en una muerte de Cruz!

7.  La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

 

 

Los siguientes documentos de la Iglesia hablan de estos temas de un modo similar:

·     Sobre la Cruz:

Lumen Gentium, 3;

Hechos de los apóstoles, 14, 22;

Santo Domingo, conclusiones, 2;

Santo Domingo, conclusiones, 10;

Santo Domingo, conclusiones, 40.

Puebla, conclusiones, 278;

Puebla, conclusiones, 296;

Puebla, conclusiones,  585;

Catecismo de la Iglesia Católica, 710.

·     Sobre el anonadamiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 520.

·     Sobre el sufrimiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 307;

Catecismo de la Iglesia Católica, 428.

·     Sobre la mortificación:

Catecismo de la Iglesia Católica, 2015;

Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.

·     Sobre el ayuno:

Catecismo de la Iglesia Católica, 575;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1430;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1434;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1969.

·     Y sobre el dolor:

Santo Domingo, mensaje a los pueblos de América latina y el Caribe, 8;

Santo Domingo, conclusiones, 145;

Puebla, conclusiones, 279.

   

 

 

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¿Asistir a Misa?*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Ø    Santa Teresa de Ávila suplicaba un día al Señor que le indicara cómo podría pagarle todas los favores que le había otorgado, y Él le contestó: «Oyendo una Misa».

Ø    Una santa decía a Nuestro Señor: «Quisiera ofrecerte todas las oraciones de los santos, todos los sufrimientos de los mártires, toda la pureza de las vírgenes…» Y Dios le contestó: «No hace falta que me ofrezcas todo eso. Basta una Santa Misa; ella vale más que todo lo que me deseabas ofrecer».

Ø    «Todas las buenas obras del mundo reunidas no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres; mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, quien se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y, al mismo tiempo, le rinde un honor infinito.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

Ø    Con la Misa se tributa a Dios más honor que el que pueden tributarle todos los ángeles y santos en el Cielo, puesto que el de estos es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo Jesucristo, que le tributa un honor infinito (san Alfonso María de Ligorio)

Ø    Una Misa vale más que irse hasta Jerusalén descalzo o ayunar toda la vida «a pan y agua» o decir todas las oraciones que han dicho los santos o hacer mil sacrificios… Porque una Misa tiene valor infinito, ya que allí se ofrece al mismo Jesucristo, el Hijo de Dios.

Ø    Con razón decía san Bernardo: «Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres».

Ø    El Calvario fue el primer Altar, el Altar verdadero; después, todo altar se convierte en Calvario.

Ø    No hay en el mundo lengua con qué poder expresar la grandeza y el valor de la Santa Misa.

Ø    Con cada misa aumentas tu grado de gloria en el Cielo; en ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el Cielo.

Ø    «Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos». (María Sofía Claux, alma del purgatorio)

Ø    La Santa Misa es el acto más sublime y más santo que se puede celebrar todos los días en la tierra. Nada hay más sublime en el mundo que Jesucristo, y nada más sublime en Jesucristo que su Santo Sacrificio en la Cruz, actualizado en cada Misa, puesto que la Santa Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz.

Ø    Misa, Cena y Cruz son un mismo sacrificio.

Ø    «Oír una Misa en vida o dar limosna para que se celebre aprovecha más que dejarla para después de la muerte». (San Anselmo)

Ø    «Más aprovecha para la remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oír una Misa que todas las oraciones del mundo.» (Eugenio III, Papa)

Ø    Con la asistencia a la Misa rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor Jesucristo.

Ø    Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten envidiablemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.

Ø    A la hora de tu muerte tu mayor consolación serán las Misas que hayas oído durante tu vida. Cada Misa que oíste te acompañará al tribunal divino y abogará para que alcances el perdón.

Ø    Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados en proporción con el fervor con que la oigas.

Ø    Si la verdad es que Cristo se ofrece al Padre eterno todos los días en la Santa Misa por la salvación de los hombres, ¿vamos a dejarlo solo?

Ø    Busquemos la media hora diaria para unirnos a Jesús en la Santa Misa, para adorar al Padre y darle el honor que se merece, para darle gracias por tantos favores recibidos, para aplacar su ira irritada por tantos pecados y darle plena reparación por ellos, para implorar gracia y misericordia para todos los hombres del mundo… En fin, para agrandar nuestro Cielo y hacer más gloriosa la Pasión de Cristo.

Ø    Tú, que tanto te gusta hacer el bien, ¿vas a dejar pasar diariamente la ocasión de unirte a la obra más grande que se realiza en la tierra y que es realizada por el mismo Cristo?

Ø    «Si supiéramos lo que ganamos con una Misa, jamás dejaríamos de asistir a ella.» (San Juan María Vianney, el santo cura de Ars)

 

 

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Aprovechar la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos. […]

En el ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote, pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.

En la consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la Sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios.

Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del purgatorio, para que su Sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehusa nada.

En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese de que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su Padre, pidiéndole en su nombre.

 

——————— 0 ———————

 

Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas.

Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje sus comuniones […]; no puede comprender cuánto pierde en omitir­las; haga a menudo la comunión espiritual.

 

 

Mensaje de María Sofía Claux (alma del purgatorio),

dirigido a la hermana Margarita María Mousset,

del monasterio de la Visitación de San–Ceré, 1863


 

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Ayuno y abstinencia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Dicen los Pastores con su estribillo anual en el tiempo de Cuaresma: “El sentido del ayuno y la abstinencia no es el del masoquista, ni Dios quiere algo así; el auténtico sentido del ayuno y la abstinencia es el de ayudar a los necesitados con lo que nos ahorramos”.

Pero son pocos los que explican que el ayuno y la abstinencia tienen una finalidad expiatoria:  el dolor y arrepentimiento que se tiene de las malas acciones realizadas, el sentimiento de haber ejecutado algo que no se quisiera haber hecho, nos llevan a desear borrar las culpas, purificándonos de ellas por medio de algún sacrificio —por los méritos de Jesucristo— y a hacer el propósito de no pecar más.

El ayuno y la abstinencia tienen también un sentido ascético:  los ejercicios penosos con los que mortificamos nuestras pasiones y sentidos nos hacen quedar libres de toda atadura terrenal, de todo apego, purificándonos, y así podemos conseguir la perfección espiritual que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Y sabemos que esos sacrificios tienen esta utilidad si los unimos a los méritos de Jesucristo.

El sacrificio enriquece poderosamente la fuerza de la oración: la oración se avalora con el sacrificio, puesto que queda unida a los méritos de Jesucristo.

Estos actos de mortificación interior y exterior nos hacen crecer como seres humanos: nos llenan de virtudes que no tendríamos sin ellos.

Hacer ayuno y la abstinencia nos une efectivamente a Jesucristo, que nos dio ese ejemplo durante cuarenta días.

Con la penitencia se consuela a Jesús, que está viendo que el pecado todavía impera en muchas partes del mundo y que, por lo tanto, los hombres todavía no son conscientes de su dignidad de hijos de Dios.

El ayuno y la abstinencia son la mejor arma para la eficacia en las tareas apostólicas: con ellos preparó Jesús su vida pública.

¿Acaso dicen los Evangelios que Jesús hizo ese ayuno para ayudar económicamente a los pobres? El Espíritu Santo no inspiró a ningún evangelista a escribir esto.

Otra cosa es que el buen cristiano quiera practicar la caridad con el dinero que ahorra, especialmente cooperando con la campaña de la Comunicación cristiana de bienes,  que organiza cada año la Conferencia Episcopal, y que tanto bien hace; pero eso es una consecuencia, no la esencia del ayuno y la abstinencia.

 

 

 

 

 

 

 

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El Dolor humano

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

 «La religión católica es trágica: su principal representación es una cruz, en la que está un muerto desangrado».

Esta frase de un desconocedor del cristianismo debe suscitar un análisis profundo de nuestra vida y de nuestra Fe.

Lo primero que debe hacerse es estudiar la naturaleza:

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y cuanto más se exprime, tanto más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano necesita que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años! (si es que no hacen posgrado); los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio…, en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué Dios se inventó esta ley?

Hay una frase suya puede explicárnoslo:

«En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». (Jn 12, 24)

Esto quiere decir, en primer lugar, que cada acto de amor extirpa de mí un poco de egoísmo o, por lo menos, de egocentrismo. Esta pequeña violencia que me hago al olvidar mi satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco mi egoísmo, y no me importa, puesto que estoy enamorado.

Ese «morir un poco mi egoísmo» es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en ella (o en él) que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y —¡qué paradoja!— así me hago feliz: amar es lo que más felicidad trae.

En la medida en que sintamos más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, nos sacrificamos más por él. Basta ver el amor de una madre y hacer memoria de la cantidad de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él…, como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se «quema las pestañas» frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a las metas que se propuso…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro «yo», para que aparezca el «tú»: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Asimismo, es la cruz de cada día la que nos gana méritos para obtener el Cielo para nosotros y para nuestros seres queridos.

Es la cruz de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es la cruz de cada día la que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es la cruz de cada día la que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es la cruz de cada día la que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

En fin, es la cruz de cada día la que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría. Sabiduría que conocen los padres: a veces deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

Debemos aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios:

El católico que quiere transformar a la sociedad debe seguir el ejemplo de Cristo: que vivió una vida sencilla de trabajo y amor, que nos sirvió como ejemplo; dedicó solamente 3 de 30 años, el 10%, de su vida a predicar (¡cómo nos sobran palabras, y cuánta falta nos hace la acción!); y que murió por sus amigos, dándolo todo en la cruz. Mirémoslo…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado… ¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

¡Y ese dolor trajo la Redención a la humanidad entera!

¡Y ese dolor hizo que pudiéramos tener la esperanza de llegar al Cielo!

¡Y ese dolor fue el que venció a la verdadera muerte: la eterna! Ahora podemos resucitar para vivir felices por siempre.

¡Sólo después de ese dolor —Amor— nos podemos llamar hijos de Dios!

Ahora sí podemos entender por qué nuestro emblema es un Dios hecho hombre, muerto y colgado de una Cruz.

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

 

 

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