Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, VI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2009

‘¡Impuro, impuro!’

 

En la época de Jesús, quien había sido declarado enfermo de lepra, debía ir harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Y también debía vivir solo, lejos de los pueblos y ciudades.

Esta regla, según los Padres de la Iglesia, fue impuesta por Dios como un símbolo del pecado que todos cometemos, pues sabemos que quien diga que no ha pecado es un mentiroso, como nos lo enseñó san Juan. Es por esa consciencia que tenemos de ser pecadores que todos los pueblos, desde que el homo sapiens camina por la tierra, han ofrecido sacrificios a sus dioses.

Pero Dios mismo vino en busca del hombre que se creía irremediablemente perdido, y pagó todos sus pecados.

Por eso la Iglesia nos propone que gritemos, ya no: «¡Impuros, impuros!», sino las palabras del salmo de hoy: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; ¡y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!».

Se acercó Jesús a nosotros, leprosos por el pecado, que pedíamos: «Si quieres, puedes limpiarme». Y, sintiendo lástima, extendió la mano, nos tocó y dijo: «Quiero: queden limpios».

Por eso, como nos enseña hoy san Pablo, cuando comamos o bebamos o hagamos cualquier otra cosa, hagámoslo todo para gloria de ese Dios que nos perdonó y nos sigue perdonando en el Sacramento de la Confesión.

Y hagamos lo que hizo el leproso curado: divulguemos el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no pueda evitar el agradecimiento de todos los seres humanos.

Y, aunque se esconda en descampado —en los sagrarios, en el silencio del alma, en la Fe desértica de cada cristiano—, aun así acudan a Él, para darle gloria con su buen comportamiento.

   

 

 

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