Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Sanación’

Ciclo A, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2011

¿Por qué no reaccionamos?

 

Es angustioso el clamor de san Pablo: Vemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto. Y también nosotros, aunque ya tengamos el Espíritu como un anticipo de lo que hemos de recibir, gemimos en nuestro interior mientras esperamos nuestros derechos de hijos de Dios y la redención de nuestro cuerpo.

Quizá esa angustia se deba a que no se ha cumplido todavía en nosotros lo que había dicho Dios, siete siglos antes, a través del profeta Isaías: «Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y haberla hecho germinar, para que dé la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la Palabra que salga de mi boca».

Efectivamente, al mirar la situación del mundo, si nos percatamos que solo un poco más de un millón de seres humanos (el 17% de la humanidad) son católicos, diremos que la palabra de Dios no ha calado aún en el mundo…

Jesús lo expresa así: «Este es un pueblo de conciencia endurecida. Sus oídos no saben escuchar, sus ojos están cerrados. No quieren ver con sus ojos, ni oír con sus oídos y comprender con su corazón…; los convertiría y los sanaría».

Sabemos cómo mejorar este desastroso panorama: la solución es oír la Palabra de Dios y ponerla en práctica.

Pero algunos, cuando oyen la Palabra del Reino, no la profundizan: viene entonces el Maligno y les arrebata lo que fue sembrado en su corazón.

Otros oyen la Palabra y la reciben con alegría pero, apenas sobreviene alguna contrariedad o persecución por causa de la Palabra, se vienen abajo.

Y a la mayoría, las preocupaciones de esta vida y los encantos de las riquezas les ahogan esta Palabra, y al final no producen fruto.

En cambio, los que oyen la Palabra y la ponen en práctica, ciertamente dan fruto y producen treinta, sesenta o cien veces más.

¿A cuál de estos cuatro grupos pertenecemos?

¿A cuál queremos vincularnos hoy?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XV domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 12, 2009

El buen pastor da su vida por las ovejas

 

¡Qué amor tan singular nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos! Es el mismo amor que enseñó a sus Apóstoles y discípulos: los sacerdotes de hoy. Quería que ellos dieran la vida por sus ovejas, los demás fieles de la Iglesia, como Él la dio; en efecto, dijo claramente: «Yo doy mi vida por las ovejas»; y en otro pasaje: «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado».

Si vemos que hoy no todos los sacerdotes se entregan con todas sus fuerzas, con todo su corazón, a ese servicio que el Fundador les encargó, si notamos que algunos no son capaces de dar su vida por el pueblo de Dios; es porque las ovejas han olvidado que hay que orar y ofrecer sacrificios por sus pastores, ya que ellos son atacados más fuertemente por el Demonio, pues él sabe que gana una gran batalla cuando derriba al pastor: las ovejas se dispersan.

Por eso se acierta cuando se dice que toda comunidad tiene el pastor que se merece. No los pueden dejar solos en esa lucha.

Orar y ofrecer sacrificios por los pastores. Si así lo hacen los laicos, verán a los sacerdotes como a san Pedro, que estaba lleno del Espíritu Santo, cuando les dijo a los Jefes del pueblo y a los Ancianos:

«Hoy debemos responder por el bien que hemos hecho a un enfermo. ¿A quién se debe esa sanación? Sépanlo todos ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el Nombre de Jesucristo el Nazareno».

Sanación. ¡La gente quedará sana con la acción de los sacerdotes!: resucitarán los que estaban muertos por el pecado, oirán los que estaban sordos a las cosas de Dios, caminarán los que eran paralíticos para avanzar en la vida espiritual, los ciegos espirituales comenzarán a ver las maravillas de Dios…; en fin: el mundo será como lo quiere Dios.

Así, pues, laico: en tus manos está la salvación del mundo.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, IV domingo de Pascua

¿Sanación intergeneracional?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2008

¿Sanación intergeneracional?

 

  1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas o ataduras intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas o ataduras son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas ni ataduras, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

  1. La sanación «intergeneracional»

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Dios de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que el Señor Dios, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice el Señor, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. […] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; […] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra del Señor. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. […] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. […] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. […] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. […] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. […] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice el Señor.

Esto se corrobora en Dt 24, 16:

No serán ejecutados los padres por culpa de los hijos ni los hijos serán ejecutados por culpa de los padres. Cada cual será ejecutado por su propio pecado.

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

  1. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Con el fin de recoger todos estos documentos de la Iglesia en uno solo, se editó el Enchiridion Symbolorum o Denzinger. Esta labor que se ha seguido realizando hasta ahora.

Pues bien: en ninguno de los documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia Católica hay nada escrito acerca de la sanación intergeneracional ni acerca de las llamadas cadenas ni ataduras intergeneracionales. Lo cual significa que estos temas están fuera del depósito de la fe, de la Revelación Universal; es decir: no son cristianos.

Por otra parte, no se puede afirmar que estos temas de la sanación intergeneracional, cadenas ni ataduras intergeneracionales son nuevas revelaciones del Espíritu Santo, pues no debemos olvidar lo que afirma el Magisterio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él.» (nº 73).

  1. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

  1. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18).

Posted in Precisiones doctrinales | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Sanación intergeneracional?