Hacia la unión con Dios

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Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

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Hay 2 clases de católicos:

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2016

  • los que hablan, discuten y opinan (sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc.) y

  • los que trabajan por el Reino de Dios y su justicia: orando, reparando, procurando su propia santificación y evangelizando con el ejemplo.

¿A qué grupo perteneces?

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La Presentación del Señor (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 27, 2014

Una vida entregada a Dios

El Niño–Dios fue llevado al templo por sus padres, para ser presentado a Dios–Padre, como muestra de su entrega total para llevar a cabo el plan que le había trazado desde la eternidad: salvar a los hombres.

Efectivamente como nos lo cuenta el Evangelio, cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Este evento fue anunciado siglos antes por el profeta Malaquías, como lo leemos en la primera lectura: «el Señor entrará en el santuario; «Miradlo entrar».

La fiesta de hoy nos recuerda que Jesús se presentó en el templo para llevar a cabo ese plan divino de salvar a la humanidad, como el autor de la Carta a los Hebreos nos lo cuenta: que Jesús, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos, esclavos del pecado y de la muerte.

Esto significa que ya somos libres de ambos: ¡podemos evitar el pecado y así salvarnos de la que san Francisco de Asís llamaba la segunda muerte: la eterna!

Pero, como siempre ocurre, todavía podemos llegar más lejos, si queremos: podemos entregarnos nosotros mismos al Señor, como lo hizo Jesús, para trabajar por esa liberación, la mayor de todas.

Así lo han hecho muchos, en trascurso de la vida de la Iglesia, y hoy renuevan esa entrega: son las personas que han escuchado el llamado de Dios a la Vida Consagrada: religiosos, religiosas, anacoretas, eremitas, vírgenes… Todos dedicados a la causa de Jesucristo: salvar y santificar a la mayor cantidad de personas y retornar la gloria que le quitamos al Padre con nuestros pecados.

Unámonos a ellos; unámonos al ideal de Jesucristo.

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Cómo eliminar el estrés

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2011

 

El camino más corto y fácil de acabar con nuestro estrés, angustias, ansiedades, depresiones, preocupaciones… y todas las demás neurosis, es olvidarnos de nosotros mismos y concentrar nuestra atención y realizar todos nuestros trabajos por un ideal grande, de servicio a los demás.

¿Y cuáles son los ideales más grandes? Aquellos por los cuales luchó el Hombre perfecto, el Hombre por antonomasia, el paradigma de todo ser humano: Jesucristo.

Hay 3 razones por las cuales vino Cristo al mundo:

  1. para restituir la gloria y honra que le quitamos a Dios–Padre con nuestros pecados,

  2. para tratar de salvar a la mayor cantidad de personas posible y

  3. para lograr la santificación de todos los bautizados (el Reino de Dios).

Esos son sus únicos ideales, sus metas, las causas por las que el luchó: se redujo de Dios a criatura por eso, se dejó matar con una muerte atroz por eso, se quedó en la Eucaristía por eso, fundó la Iglesia por eso…

Si quieres, puedes escoger los mejores ideales: aquellos por los que Él dio su vida.

Concéntrate en ellos: que sean tu único pensamiento; ofrece tu trabajo (el que estás obligado a hacer) y tu descanso por estas intenciones, tus oraciones y penas, tus alegrías y tristezas, tu vida ordinaria o extraordinaria, tus amores…, todo, para que se den en el mundo, cada vez más, los ideales de Jesucristo… Ocúpate únicamente de eso; y despreocúpate de todo lo demás.

Y siéntete feliz cuando puedas ofrecerle padecimientos y desprecios —como Él lo hizo por ti— para que los use con esos tres fines.

Y serás como Jesucristo; te identificarás con Él… Y él sabrá que hay otro Cristo trabajando con Él, por las causas más altas de todas: las mismas de Dios.

Y, por añadidura, se te acabará el estrés.

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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