Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, IV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

El amor verdadero

 

No hay sentimiento más noble que el amor.

La nobleza y la bondad, como el altruismo y la filantropía, palidecen ante el amor.

Muchos han escrito sobre el amor, pero pocos lo han hecho como san Pablo; hoy, esas singulares palabras están en la Liturgia. Pareciera que no hay nada que quitar ni nada que añadir.

Pero sí podemos tratar de entenderlas en su máxima expresión:

Sólo Dios puede amar de veras, y esa cualidad es insondable; tanto, que únicamente en la otra vida «veremos cara a cara», entonces podremos conocer como Dios nos conoce. Y como «mi conocer es por ahora inmaduro» y sólo se ama lo que se conoce, hoy no sabemos amar de verdad.

Lo prueba la vida cotidiana: casi todos luchando egoístamente por lo suyo; solamente unos pocos viviendo para los demás. Y en la célula de la sociedad, que es la familia, muchos esposos tratando de aprovecharse al máximo de su cónyuge, mientras que solo unos pocos dan ejemplo de entrega verdadera, sin esperar nada a cambio, fuera de la satisfacción de ver feliz al otro.

¿Cuál es el secreto de estos, los que sí saben amar? Tal vez saben que es imposible amar sin sacrificio, ese espíritu de sacrificio que da con gusto y que se da con gusto: la satisfacción de saciar las ansias del ser amado, y que también sacia las ansias de felicidad de quien se entrega por amor.

Llenarse de dinero, de fama, de cosas materiales, de placer… siempre deja un vacío. Pero dar enriquece el alma, como hace una madre cuando limpia a su bebé dejando a un lado el asco, cuando lo amamanta aunque la hiera, cuando hace todo por su bienestar aun a costa del suyo, ¡y sabiendo que él no se da cuenta de todos sus sacrificios!…

Esto es lo único que nos puede hacer felices y, lo que es mejor, nos prepara para la otra vida, donde ya no habrá necesidad de fe pues ya veremos el Amor cara a cara; ni esperanza, ¡pues experimentaremos el Amor perfecto!

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La paradoja de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2009

Todos queremos ser felices. De hecho, todo lo hacemos con el fin de encontrar la felicidad. Y con frecuencia nos equivocamos, porque con algunas cosas que hacemos no logramos la dicha que esperábamos. Podemos afirmar, por ejemplo, que el pecado es una forma equivocada de buscar la felicidad…

Y, ¿qué es la felicidad? «Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien», dice el Diccionario.

Pero la teología mística nos dice a los católicos que la auténtica felicidad es mucho más:

Dios, el Uno, el supremo Bien, la supraesencia del ser, es un fuego de amor que, a la manera del sol, irradia todo ese amor y, por un acto supremo de su inteligencia, creó al ser humano, emanación de sí, para amarlo y así hacerlo plenamente feliz.

Por eso el hombre sólo será plenamente feliz cuando vuelva a su fuente: a ese Sol ardiente de amor, que lo encenderá, lo enardecerá, lo abrasará (lo hará una brasa) en el fuego ardentísimo de su amor.

Y esto se puede empezar a paladear ya, aquí en la tierra, a través de las experiencias místicas: Dios toca al ser humano con su propio Ser, y le hace probar el amor con el que inunda de felicidad a sus hijos en el Cielo; son auténticas vivencias celestiales, que hacen que el ser humano, a partir de ese momento, ya no desee otra cosa que morir para estar con el Amado: todo placer terrenal le parecerá despreciable, aun el mismo amor humano…

Pero para que Dios haga ese toque, es necesario que la persona deje de intentar llegar a Dios por sus propios medios. Usar los medios naturales con los que se conocen las cosas para conocer al Creador es inútil, porque la criatura es incapaz de Dios: la infinita inmensidad de Dios es inabarcable para el ser humano.

La persona, por lo tanto, no debe usar los sentidos ni las potencias del alma (inteligencia, memoria y voluntad) para llegar a Dios sino que, por el contrario, debe cerrarse a estos modos normales de conocer, y así dejar libre su parte superior, el espíritu, que es el que la capacita para recibir ese maravilloso toque divino…

Así lo postuló, desde el siglo VI, el seudo Dionisio Areopagita: «Quitamos todo aquello que impide conocer desnudamente al Incognoscible.» (Mistica theologia, II). Y cuando lo postuló inició la descripción de la teología mística.

Esto quiere decir que para alcanzar la felicidad auténtica es necesario desarraigar todas nuestras pobres formas de entender y de querer; y tanto más costará apartarlas de nosotros cuanto más arraigadas estén en nosotros.

Por eso el primer paso que se debe dar es la abnegación evangélica torturante, purificadora, expresada en las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Lc 9, 23a). Abnegación descrita por todos los santos místicos que descubrieron el secreto de la felicidad, como el venerable Juan Taulero y san Juan de la Cruz, y cuyo paradigma es Jesús Crucificado. Sabido el secreto, ¿por qué tan pocos lo siguen?

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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