Hacia la unión con Dios

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Los servicios en la parroquia

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 23, 2019

Son 2 cosas distintas la vocación (el llamado que Dios hace en esta vida para servirlo y como medio de santificación) y algunos servicios (ministerios) que se pueden prestar en la Iglesia voluntariamente.

El pueblo de Dios está estructurado según la situación del fiel o, lo que es lo mismo, según su condición de vida. Si nos acogemos a esa estructura, no hay sino 3 vocaciones en la Iglesia Católica:

  1. Ministros sagrados o clérigos (obispos, presbíteros y diáconos)
  2. Vida consagrada (algunos son sacerdotes religiosos)
  3. Seglares

En cambio, los demás son servicios: lectores, animadores del canto, ministros de la comunión, directores de comunidades parroquiales, acólitos, catequistas, miembros de las distintas pastorales (familiar, social, litúrgica y otras), etc.

Las normas y el proceso de discernimiento se aplican a la vocación, a la que todo fiel debe responder para salvarse, para santificarse y para ser feliz.

Por el contrario, los servicios son absolutamente voluntarios y, por consiguiente, no existe la más mínima obligación de prestarlos: todos se pueden realizar libremente; asimismo, todos —sin excepción— tienen la libertad de aceptarlos o rechazarlos, cuando se los ofrecen. Debe enfatizarse que las razones para no prestar un servicio no tienen que ser importantes: el simple hecho de no querer hacerlo es suficiente. ¿Por qué? Porque las obligaciones de un cristiano son únicamente las siguientes:

  • Cumplir los 10 Mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Santa Madre Iglesia
  • Practicar las Obras de Misericordia: 7 espirituales y 7 corporales
  • Seguir el espíritu de los Consejos evangélicos (los que viven los religiosos): Humildad (que es el espíritu, el alma del consejo evangélico de la obediencia), Desprendimiento (que es el espíritu, la esencia del consejo evangélico de la pobreza) y Pureza (que es el espíritu, la sustancia del consejo evangélico de la castidad)
  • Buscar la vocación (casado, vida consagrada o vida sacerdotal) y poner todos los medios para llevarla a cabo, con la gracia de Dios.

Todo lo demás es voluntario: de libre elección o aceptación, y no existe ni la más mínima falta de amor para con el Señor el hecho de no aceptarlos o de no ofrecerse para prestar esos servicios, aun cuando las razones sean banales, superficiales, triviales, insignificantes, insustanciales…, o como las quieran denominar.

En consecuencia, no es necesario hacer discernimiento para decidir si alguien debe continuar ejerciendo un ministerio. El simple hecho de no querer hacierlo es suficiente —a los ojos de Dios— para dejar de hacerlo.

Vivimos en la libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

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Sacerdotes, profetas y reyes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2011

En el Antiguo Testamento aparecen tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo: el sacerdote, el profeta y el rey.

Eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17, 14 — 18, 22).

Nuestro Señor Jesucristo, el Divino Mediador, el perfecto mediador, reúne en sí esos tres tipos de mediadores, siendo al mismo tiempo Sacerdote, Profeta y Rey. En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos:

  1. sacerdote (Hb 4, 14-16; cf Jn 19, 23; Ap 1, 13)

  2. profeta-nabi (Lc 24, 19) y

  3. rey (Jn 6, 15; 18, 33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén [Mt 21, 1-11 y par] y la inscripción sobre la cruz [Mt 27, 37-42 y par]).

Como sacerdote ofrece el sacrificio de su misma Persona por todos los hombres; como profeta nos revela el carácter de Dios y nos explica el plan de la salvación; y como rey gobierna el vasto imperio del Reino de los Cielos.

Cristo como sacerdote

El sacerdote del Antiguo Testamento era un hombre consagrado divinamente para representar a los hombres delante de Dios. Para poder conseguir el favor divino para los representados, el sacerdote ofrecía sacrificios. Cristo se ofreció a sí mismo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para reconciliar a los hombres con Dios. Su ministerio sacerdotal no ha terminado (Hb 7, 25). Él es nuestro actual Sacerdote, que intercede al Padre a nuestro favor.

Jesucristo fue el Sacerdote que se ofreció a Sí mismo como víctima y salvó al mundo.

Cristo como profeta

El profeta traía el mensaje de Dios a los hombres por predicación y por predicción de acontecimientos futuros. Cristo hizo estas dos cosas (Mt 5 al 7, comparado con Mt 24) Moisés profetizó de Cristo como El Profeta. (Hch 3, 22-26, comparado con Mt 21, 10-11) Como apunta el Dr. J. M Pendleton: «Ninguno habló jamás como Él en la manera autorizada de enseñar; en la adaptación de lo que dijo a la generalidad del pueblo; en su revelación del carácter de Dios; en su descripción de la naturaleza; en su manifestación del camino de salvación; en la luz que arrojó sobre la doctrina de la inmortalidad del alma, la resurrección del cuerpo, la gloria del cielo y las miserias del infierno. ¿Quién entre los sabios, filósofos, patriarcas o profetas, jamás habló como Él? En la majestad de su incomparable superioridad avanza, arrancando de sus enemigos este elogio involuntario: “Nunca ha hablado hombre así como este habla” (Jn 7, 46)».

Jesucristo fue el Profeta que, por hablar alto en nombre de Dios, se lo quitaron los hombres de encima.

Cristo como rey

Los judíos, basados especialmente en las profecías de David y de Daniel, creían que el Mesías sería un rey, y acertaban, con la única diferencia de que su reino no era de este mundo. Jesús declara ante Pilato su posición como rey (Jn 18, 36-37) El ladrón arrepentido lo reconoció como rey y le pidió lugar en su reino (Lc 23, 42). Los cristianos esperamos su segunda venida, en la cual se manifestará como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (1Tm 6, 14-16). Es el deber de los siervos de Dios predicar su Palabra y hacer súbditos para este reino mientras el Señor viene, sabiendo que Él pagará a cada uno conforme a su labor.

Jesucristo, como lo proclama el título de la Cruz, es el Rey que se ha atraído a Sí todos los corazones.

En la Tradición apostólica

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino. Empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, que de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El Concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo […]. Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Un pueblo de sacerdotes

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos clave que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rm 12, 1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres […], pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Un pueblo de profetas

Sabemos por las Actas del Concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo; consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría».Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del Evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

Un pueblo de reyes

Finalmente, el oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral»; Obispos) y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de estos últimos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de paz […]. Deben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios… En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado […]. Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia […]. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El Bautismo y la situación del fiel según su condición de vida

Cada católico es proclamado en su Bautismo como Sacerdote, Profeta, y Rey, y en la Confirmación es confirmado oficialmente por el obispo de sus tres mismos derechos y deberes: Sacerdote, Profeta y Rey.

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús, el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo.

Pero después se va concretando lo específico de cada vocación, de la misión de cada uno.

Eso «específico» de cada vocación ha influido en todos los ámbitos de la Iglesia; así, se puede ver, por ejemplo, la estructura de los libros centrales del Código de Derecho canónico: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Asimismo, en algunos fieles se desarrolla más lo sacerdotal que lo profético o lo real; en otros se enfatiza más el aspecto profético que lo sacerdotal o lo real; y, finalmente, en otros sobresale más su aspecto real.

Así, se ha concretado en la idea de un triple oficio, que tradicionalmente se ha explicado como la situación del fiel según su condición de vida:

  1. Los clérigos, que ejercen sobre todo la función sacerdotal

  2. La vida consagrada, en los que descolla su función profética

  3. Los seglares, cuyo énfasis de vida es su función real

La función sacerdotal de los clérigos

La figura del clérigo evoca imágenes de sacrificio y de mediación. El sacerdote es aquel que ofrece el sacrificio para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo. El sacerdote es también un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es ésta la verdadera y propia función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

La función profética de la vida consagrada

Quien vive la vida consagrada es aquel que, profundamente inmerso en la voluntad de Dios y la conoce desde dentro. Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros con su vida ejemplar, que anuncia el estilo de vida de los glorificados, de manera que se entienda y se siga.

La función real de los seglares

La identificación del seglar como rey indica que son ellos quienes plasman con más claridad la condición o función real de Jesucristo: se refiere al mismo sentido que se le da a esta palabra cuando al final del año litúrgico se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El prefacio de esta solemnidad recoge la teología de esta celebración, más allá de la imagen que de los “reyes” de este mundo (por ejemplo el rey de España, o un Presidente de una República) podamos tener:

“Porque, ungiéndolo con óleo de alegría,
consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que, ofreciéndose a sí mismo,
como víctima inmaculada y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu Majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y de la gracia,
el reino de la justicia, del amor y de la paz.”

En la dimensión del seglar como rey se resalta el poder, el señorío del seglar sobre la creación, puesto que desde su condición secular, permaneciendo esencialmente en el mundo, es por lo que puede ser instrumento del Señor para someter la creación entera a su Señorío.

El sacerdote y el religioso, por supuesto, están en el mundo…, pero es un estar en el mundo como lugar sociológico, más que teológico. El estar en el mundo, su vocación y misión, desde su condición sacerdotal y profética, es para anunciar y dirigir las realidades terrenas hacia un horizonte: el más allá; señalar los bienes que no son de este mundo… Mientras que la presencia del seglar en el mundo es plenamente teológica: es el lugar en el que lo coloca su vocación y misión —la secularidad— para, desde esa realeza y señorío, recapitular todas las cosas en Cristo y presentarlas al Padre, que es donde aparece su dimensión sacerdotal: consagrar el mundo a Dios.

Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular; en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los seglares, por su parte, pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

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¿Dónde están?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

¿Qué pasó con esos cristianos que tenían la certeza de que esta vida es un viaje, un paso para llegar a la eternidad, donde encontraremos la felicidad auténtica, porque fuimos hechos para ser amados por Dios? Amaban a Dios por encima de todo, cumpliendo sus mandamientos, y amaban al prójimo, pensando primero en su bienestar que en el propio…

¿Qué pasó con esos católicos que eran consecuentes con su Fe? La conocían: se sabían de memoria el Catecismo, leían con asiduidad la Biblia, esperaban con ansia las encíclicas del Papa y los demás documentos de la Iglesia para leerlos y ponerlos en práctica; se enfervorecían con las vidas de los santos…

¿Qué pasó con esos laicos que se sabían parte del Cuerpo místico de Cristo y que, por lo tanto, no necesitaban llamarse “comprometidos”? Valoraban la Misa como la acción más importante de sus días; consideraban el tiempo dedicado a la oración como la mejor inversión; aprovechaban cualquier momento libre para ir a visitar al Señor en el Santísimo Sacramento; no dejaban de rezar el santo Rosario y las tres avemarías antes de acostarse; daban gracias, bendecían y alababan a Dios por todo, intercedían por la salvación de todos los hombres…

¿Qué pasó con esos seglares que, aunque no fueran religiosos, sabían que Dios está siempre a su lado, haciendo que todo nos sea propicio? Aceptaban siempre y en todo la Voluntad de Dios, sin pretender explicarla: sabían que de sus manos solo pueden salir cosas buenas para sus hijos; sabían que todos estamos llamados a ser santos, y por eso ponían todos los medios: oraban, procuraban hacer siempre su Voluntad y lo esperaban todo de Él…

¿Qué pasó con esos religiosos que se olvidaban de sí mismos para dedicarse por completo al servicio de Dios? No ahorraban trabajos ni fatigas por el Reino de Dios, vivían vidas sacrificadas y, en el silencio y la soledad, experimentaban una fructífera vida interior, acompañando así a Jesús en sus trabajos y fatigas, en su vida sacrificada y en su oración intensa y eficaz…

¿Qué pasó con esos sacerdotes que, dejando a un lado sus intereses personales, entregaban sus vidas a cumplir el mandato divino de ir por todo el mundo predicando la Buena Noticia, enseñando todo lo que Él mandó, administrando los Sacramentos y pastoreando el rebaño? Ardían en amor por la Iglesia, eran obedientísimos al Ordinario, austerísimos como lo pidió el Señor, valientes porque confiaban en el Señor más que en sí mismos; dejaban cualquier cosa a un lado para atender espiritualmente a cualquier oveja que los necesitara…

¿Dónde están? El Señor los está llamando. La Iglesia los necesita.

  

 

 

 

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¿Cómo se deben llamar: laicos o seglares?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Son muchas las dudas que existen, incluso en la legislación, en cuanto se refiere a la estructura de la Iglesia.

Hay dos maneras de dividir al Pueblo de Dios: según la constitución jerárquica de la Iglesia y según la condición de vida de sus miembros.

Según la constitución jerárquica de la Iglesia, los fieles se dividen en ministros sagrados o clérigos, por un lado y, por otro, los laicos.

Por voluntad de Cristo —y por consiguiente no por decisión o delegación de los hombres— existe en la Iglesia unos grados o categorías, llamados jerarquía, dotada de poder y misión recibidos de Cristo para: enseñar la doctrina, guardar la fe, gobernar la vida de la Iglesia, administrar los sacramentos y renovar el sacrificio de Cristo en la Cruz mediante la celebración de la Santa Misa. Es una participación del sacerdocio de Cristo; por eso se diferencia no sólo por el grado sino por su esencia.

El sacerdocio jerárquico es un poder sacramen­tal sobre el Cuerpo de Cristo, del que se origina el poder sobre la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo; es el poder de santificar, gobernar y enseñar a los fieles.

El sacerdo­cio jerárquico es participación de un poder de Dios, y sólo por un acto de Dios puede ser otorgarlo, a través del Sacramento del Orden, la ordenación.

Este Sacramento tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos). De estos tres grados, los dos primeros son sacerdotes, pero no el tercero, que constituye el grado inferior de la jerarquía y que sólo se destina a servicios relacionados con los otros dos grados.

Por contraste con los clérigos, el resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos.

En este sentido, el término laico significa el no clérigo. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada. Al no tener ningún elemento positivo de especificación, el laico en este sentido no forma ningún tipo específico de fiel, sino que equivale al que es fiel, sin otra circunstancia específica.

Ahora veamos la división según la condición de vida:

En los dos grupos descritos —clérigos y laicos— hay fieles que se obligan a cumplir de los consejos evangéli­cos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama la profesión. Y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios según una ma­nera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

Este estado no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia; pertenece a la vida y santidad de la mis­ma.

Aparece así la tripartición, según los tipos de fieles:

1) Los clérigos seculares, aquellos sacerdotes que se dedican a los asuntos de la Iglesia.

2) La vida consagrada, aquellos que hacen la profesión los consejos evangéli­cos, y que se caracterizan por la separación del mundo. Para evitar confusiones, en esta clasificación se prefiere usar el término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos.

3) Los seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

También para evitar la confusión que se puede presentar al utilizar la palabra laico que, como se dijo más arriba es aquel fiel que no es clérigo, en esta tripartición se utiliza el término: seglar: aquel fiel que no es consagrado ni sacerdote secular.

En resumen, la bipartición —clérigos y laicos— tiene por criterio el sacramento del Orden y su fundamento es la constitución jerárquica; por su parte, la tripartición —clérigos seculares, vida consagrada y seglares— tiene por criterio la condición de vida y por fundamento la diversa posición jurídica del fiel respecto de la Iglesia y del mundo.

 

Si desea entender mejor estas divisiones de los fieles de la Iglesia, puede leer:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/2008/09/28/como-esta-estructurado-el-pueblo-de-dios/

  

 

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Cómo está estructurado el Pueblo de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

Son muchas las dudas que existen en cuanto se refiere a la estructura de la Iglesia fundada por Jesucristo, incluso en la legislación, especialmente en lo que se refiere a los términos que se deben usar.

Varios de los documentos del Concilio Vaticano II, el Código de Derecho Canónico, la exhortación apostólica: La vida consagrada y otros documentos de la Iglesia, aportan material e información para lograr hacer un esquema completo, claro y conciso a la vez.

 

Con base en esos documentos, se descubre que hay dos maneras de dividir al Pueblo de Dios: según la constitución jerárquica de la Iglesia y según la condición de vida de sus miembros, así:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

            1. Los ministros sagrados o clérigos

 

            2. Los laicos

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

            1. Clérigos seculares

 

            2. Vida consagrada

 

                        a. Institutos

 

1) Institutos religiosos

 

2. Institutos seculares

 

                        b. Vida eremítica o anacorética

 

                        c. El Orden de las vírgenes

 

                        d. Viudas

 

                        e. Nuevas formas de vida consagrada

 

            3. Seglares

 

                        a. Sociedades de vida apostólica

 

                        b. Asociaciones de fieles

 

                        c. Movimientos apostólicos

 

 

He aquí la descripción:

 

A. Según la constitución jerárquica de la Iglesia

 

Debido al principio de igualdad, todos los que pertenecen al Pueblo de Dios reciben un mismo nombre, el de fieles, y todos gozan igualmente de una condición común. El Sacramento que constituye a un hombre en fiel es el Bautismo. Por eso, todos los bautizados forman la Iglesia.

 

Según la voluntad de Cristo, su fundador, no hay más que una Iglesia y solo existe una condición de fiel: se es discípulo de Cristo y miembro de la Iglesia cuando se está unido al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por tres vínculos de común unión: fe, sacramentos y unión con el Papa y los obispos.

 

Pero también, porque así lo quiso Dios, por el Sacramento del Orden, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sa­grados, que se denominan también clérigos; los demás se denominan laicos.

 

 

1. Los ministros sagrados o clérigos

 

Por voluntad de Cristo —y por consiguiente no por decisión o delegación de los hombres— existe en la Iglesia unos grados o categorías, llamados jerarquía, dotada de poder y misión recibidos de Cristo para:

 

·        enseñar la doctrina,

·        guardar la fe,

·        gobernar la vida de la Iglesia,

·        administrar los sacramentos y

·        renovar el sacrificio de Cristo en la Cruz mediante la celebración de la Santa Misa.

 

Pero la jerarquía es una participación del sacerdocio de Cristo; por eso se diferencia no sólo por el grado sino por su esencia.

 

El sacerdocio jerárquico es un poder sacramen­tal sobre el Cuerpo de Cristo, del que se origina el poder sobre la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo; es el poder de santificar, gobernar y enseñar a los fieles.

 

El sacerdo­cio jerárquico es participación de un poder de Dios, y sólo por un acto de Dios puede ser otorgarlo, a través del Sacramento del Orden, la ordenación.

 

Este Sacramento tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos). De estos tres grados, los dos primeros son sacerdotes, pero no el tercero, que constituye el grado inferior de la jerarquía y que sólo se destina a servicios relacionados con los otros dos grados.

 

Los obispos son los sucesores de los apóstoles que, unidos entre sí, forman lo que se llama el Colegio apostólico. Este Colegio apostólico no tiene autoridad sino cuando está unido al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza de ese mismo Colegio apostólico.

Los obispos reciben del Señor la misión de enseñar a todas las gentes, de predicar el Evangelio a toda criatura; son los administradores de la gracia del supremo sacerdocio y gobiernan con el poder y las facultades de Cristo y como sus enviados las iglesias particulares que se les han encomendado: a cada obispo se le encomienda una diócesis, una prelatura o un vicariato apostólico, que suelen ser zonas territoriales o geográficas, dentro de las cuales están todos los fieles a los que gobierna.

 

Los presbíteros son los sacerdotes colaboradores de su obispo, como ayuda e instrumento suyo, y lo representan en la diócesis a la que están incardinados, es decir, a la que pertenecen oficialmente.

 

Por su parte, los diáconos sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad, en la diócesis a la que pertenecen.

 

Prelaturas personales

 

Las prelaturas personales no son una zona territorial o geográfica, como las diócesis, sino un pueblo específico: por eso se habla de prelatura personal, a diferencia de las otras, que son territoriales. Así ocurre, por ejemplo, con los miembros del ejército y sus familias: son guiados por los presbíteros que los atienden y el obispo castrense que los gobierna como su prelado. En algunos casos, también están integradas por aquellos que se incorporan a sus fines y lo hacen mediante contratos o convenciones, en los que se determinan los derechos y deberes mutuos, de acuerdo con los estatu­tos de la prelatura.

 

Ejemplo de prelatura personal es el Opus Dei, cuyos miembros, esparcidos por todo el mundo, están bajo la autoridad de su obispo–prelado y tienen sus presbíteros, que los asisten espiritualmente. Dicha ayuda espiritual se extiende a quienes participan de los medios de formación que imparte la prelatura a toda clase de personas

 

Por sus poderes y funciones, los obispos, presbíteros y diáconos no se pueden reunir en una sola categoría, pero sí con relación con el sacramento del Orden que reciben y que:

 

o   produce en ellos una consagración personal, que los hace personas sagradas para ser destinados al culto divino, y —en los que son sacerdotes— su condición es la de personas que obran en Persona de Cristo cuando ejercen su sacerdocio;

o   los destina a los asuntos eclesiásticos, de modo que deben apartarse, al menos en gran parte, de los asuntos seculares (o temporales);

o   causa en ellos un estilo de vida.

 

Este es un tipo de fieles que reciben el nombre de ministros sagrados o clérigos y su conjunto se llama clero o clerecía.

 

Respecto a la condición del fiel no hay ninguna distinción entre varón y mujer: la mujer tiene todos los derechos de los fieles al igual que el varón. La ordenación sagrada no es un derecho de los fieles, pues responde a una específica voluntad de Cristo y exige, a la vez, llamada divina y de la jerarquía; por eso, que solo los varones sean sujetos para la válida ordenación no constituye ninguna discriminación de derechos respecto de las mujeres. La capacidad para ordenarse no pertenece al plano de igualdad, sino a la variedad y distinción de funciones y, por lo tanto, la diferencia entre varón y mujer no atenta contra la igualdad. El sacerdocio ministerial actúa en la Persona de Cristo, y Cristo realizó el sacrificio de la Cruz como Nuevo Adán, esto es, no solo como hombre, sino también como varón y como Esposo. Por eso, la actuación en la Persona de Cristo requiere ser varón; la mujer no puede actuar en la Persona de Cristo.

 

 

2. Los laicos

 

Por contraste con los clérigos, el resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos.

 

En este sentido, el término laico significa el no clérigo, con todos los derechos, capacidades y deberes del fiel. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada. Al no tener ningún elemento positivo de especificación, el laico en este sentido no forma ningún tipo específico de fiel, sino que equivale al que es fiel, sin otra circunstancia específica.

 

Los varones laicos que tengan la edad y condiciones determinadas por decreto de la Conferencia Episcopal, pueden ser llamados para el servicio estable (se llaman ministros instituidos) de lector y acólito, mediante el rito litúrgico prescrito. También se deja abierta la puerta a que otros servicios laicales sean solicitados por las conferencias episcopales.

 

Por encargo temporal, los laicos pueden desempeñar la función de lector en la ceremonia litúrgica; así mismo, todos los laicos pueden desempeñar las funciones de comentador, cantor y otras, según las normas.

 

Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores, ni acólitos, suplirlos en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la Palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho.

 

Los laicos que de modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de adquirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y diligencia.

 

 

 

B. Según la situación del fiel según su condición de vida

 

En los dos grupos descritos —clérigos y laicos— hay fieles que se obligan a cumplir de los consejos evangéli­cos de obediencia, pobreza y castidad, a través de una ceremonia que se llama la profesión. Y lo hacen mediante votos u otros vínculos sagrados, reconocidos y aprobados por la Iglesia, con los que se consagran a Dios según una ma­nera particular, contribuyendo así a la misión salvadora de la Iglesia.

 

Este estado no afecta a la estructura jerárquica de la Iglesia; pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la mis­ma.

 

Aparece así la tripartición, según los tipos de fieles:

 

1.      Los clérigos seculares, aquellos sacerdotes que se dedican a los asuntos de la Iglesia.

 

2.      La vida consagrada, aquellos que hacen la profesión los consejos evangéli­cos, y que se caracterizan por la separación del mundo.

 

Para evitar confusiones, en esta clasificación se prefiere usar el término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos.

 

3.      Los seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

 

También para evitar la confusión que se puede presentar al utilizar la palabra laico que, como se dijo más arriba es aquel fiel que no es clérigo, en esta tripartición se utiliza el término: seglar: aquel fiel que no es consagrado ni sacerdote secular.

 

En resumen, mientras la bipartición —clérigos y laicos— tiene por criterio la recepción del sacramento del Orden y su fundamento es la constitución jerárquica, la tripartición —clérigos seculares, vida consagrada y seglares— tiene por criterio la condición de vida y por fundamento la diversa posición jurídica del fiel respecto de la Iglesia y del mundo.

 

Aquí cabe muy bien recordar la oración con la que el sacerdote unge a los que son bautizados: “Yo te unjo para que seas como Jesucristo: sacerdote, profeta y rey”. De esta incorporación a Jesucristo por el Bautismo surgen todas las vocaciones: el sacerdocio ministerial (Cristo sacerdote), la vida consagrada (Cristo profeta) y la vida seglar (Cristo rey).

 

 

1. Clérigos seculares

 

De los clérigos se habló ya lo suficiente, más arriba, cuando se explicó que son aquellos que recibieron el Sacramento del Orden sagrado, los ministros sagrados.

 

La palabra secular significa aquí que estos ministros ordenados no profesan los consejos evangélicos y, por lo tanto, pertenecen a una diócesis (son sacerdotes diocesanos), a una prelatura o a un vicariato apostólico.

 

 

2. Vida consagrada

 

El estado de los consagrados no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia; ni es un estado intermedio entre la condición clerical y la condición laical.

 

La vida consagrada por la profesión pública y sagrada de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo se dedican totalmente a Dios como su amor supremo. Entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, buscan conseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, anuncian la gloria que nos espera en el Cielo. Esto es lo que identifica la vida consagrada y la distingue de cualquier otra forma de vida consagrada producida por la simple recepción del Bautismo o la del Orden sagrado.

 

 

a. Institutos

 

Son dos los institutos de vida consagrada: los institutos religiosos y los institutos seculares, y tienen las siguientes características:

 

v Los miembros de los institutos de vida consagrada adquieren en la Iglesia una forma estable de vivir que se llama estado.

v Es una nueva consagración, añadida a la consagración bautismal: están entregados a Dios por un título nuevo y propio.

v La nueva consagración es un valioso testimonio público que anuncia la gloria del Cielo.

v Todo ello se realiza a través de estos tres factores esenciales:

¨      la profesión formal en presencia de la Iglesia de los tres consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia,

¨      la asunción de esta obligación mediante votos, u otros sagrados vínculos asimilados teológicamente a los votos como pueden ser juramentos, promesas, etc. y

¨      la observancia de las Reglas propias de cada instituto.

 

Se llama instituto clerical aquel que se halla bajo la dirección de clérigos, que ejercitan del Orden sagrado y está reconocido como tal por la autoridad de la Iglesia.

 

Se denomina instituto laical aquel que no incluye el ejercicio del Orden sagrado. Hoy, sin embargo, para expresar adecuadamente la vocación de sus miembros, se prefiere usar el término de instituto religioso de hermanos.

 

 

1) Institutos religiosos

 

La vida religiosa, como consagración total de la persona, manifiesta el desposorio admirable establecido por Dios en la Iglesia, signo de la vida futura. De este modo el religioso consuma la plena donación de sí mismo como sacrificio ofrecido a Dios, por el que toda su existencia se hace culto continuo a Dios en la caridad.

 

Un instituto religioso es una sociedad en la que los miembros emiten votos públicos perpetuos o temporales (que han de renovarse, sin embargo, al vencer el plazo), y viven vida fraterna en común. El voto es una promesa deliberada y libre, hecha a Dios, de un bien posible y mejor, que debe ser cumplido en virtud de la religión.

 

El testimonio público que han de dar los religiosos a Cristo y a la Iglesia lleva consigo un apartamiento del mundo.

 

Los rasgos específicos de un instituto religioso son los siguientes:

 

§  La profesión de los consejos evangélicos mediante votos públicos perpetuos (o que lo vayan a ser). En un instituto religioso no caben otros sagrados vínculos que los originados por los votos, a diferencia de los institutos seculares.

§  La vida común, no entendida sólo como incorporación a una sociedad como miembro, sino en cuanto significa vida en comunidad dentro de la misma casa y bajo una común disciplina.

§  La separación del mundo según la índole y finalidad de cada instituto. Esto se fundamenta en el hecho de que el estado religio­so, en cuanto que deja a sus miembros más libres de los cuidados terrenos, ma­nifiesta también mejor a todos los creyentes los bienes celestiales ya presentes en esta vida, al tiempo que da un testimonio de la vida nueva y eterna conse­guida por la Redención de Cristo, y anuncia la resurrección futura y la glo­ria del Reino celestial.

 

Nadie piense que los religiosos por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inúti­les dentro de la ciudad terrena. Porque, aunque en algunos casos no estén di­rectamente cerca de sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de un modo más profundo en las entrañas de Cristo y cooperan con ellos espiritualmente para que la edificación de la Ciudad terrena se fundamente siempre en Dios y a Él se dirija, no sea que hayan trabajado en vano los que la edifican.

 

Los institutos puramente contemplativos son para la Iglesia un motivo de gloria y una fuente de gracias celestiales. En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, el esfuerzo (la ascesis) personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios.

 

En los institutos de vida activa y contemplativa, las diversas familias se dedican, además de la contemplación, a la actividad apostólica y misionera o a obras de caridad.

 

 

2. Institutos seculares

 

Son institutos de vida consagrada: se consagran, tienden a la perfección de la caridad, pero sus fieles viven en el mundo, y se dedican a procurar la santificación del mundo haciendo apostolado en el mundo; esa es la razón de su existencia..

 

Son institutos de vida consagrada por la profesión verdadera y completa de los consejos evangélicos reconocida como tal por la Iglesia, pero si los institutos religiosos profesan los consejos evangélicos necesariamente mediante votos públicos, los institutos seculares —también de modo público— los asumen mediante otros vínculos sagrados, como juramentos, promesas, etc., según lo que establezcan las constituciones en cada caso.

 

Otra diferencia con los institutos religiosos consiste en que sus miembros han de vivir en las circunstancias ordinarias del mundo, ya solos, ya con su propia familia, ya en grupos de vida fraterna, de acuerdo con las constituciones, es decir: no tienen la vida fraterna en común.

 

La tercera diferencia es que no se les exige separación del mundo, sino inserción en el mismo. Secular no es sinónimo de laico; aquí la secularidad es la condición de clérigos o laicos que abrazan esta forma de vida permaneciendo en el siglo, por contraposición a los religiosos, a quienes se les exige una separación del mismo.

 

Los institutos seculares suelen estar formados por miembros laicos (no sacerdotes), pero hay también institutos seculares clericales, que dan una valiosa aportación. En ellos, sacerdotes diocesanos se consagran a Cristo según un carisma específico, para ser fermento de comunión y generosidad apostólica entre los hermanos del instituto.

 

Está establecido que los miembros se incorporan en forma definitiva al instituto mediante vínculos temporales que, en cuanto tales, deben ser siempre renovados periódicamente. Y se incorporan en forma perpetua, cuando asumen los vínculos sagrados perpetuos y, por tanto, no renovables.

 

 

b. Vida eremítica o anacorética

 

Además de los institutos de vida consagrada, la Iglesia reconoce a los ermitaños o anacoretas quienes, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo.

 

Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante votos u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo su dirección.

 

Los anacoretas nunca han sido considerados como instituto; se trata de la vida eremítica pura (hay algunas órdenes, por ejemplo camaldulenses, que dentro de sus constituciones tienen la posibilidad de vivir la vida eremítica, pero no son anacoretas).

 

 

c. El Orden de las vírgenes

 

Asemejadas a las forma de vida consagrada eremítica están las vírgenes quienes, formulando el propósito santo de seguir más de cerca a Cristo, son consagradas a Dios por el obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran los desposorios místicos con Jesucristo, Hijo de Dios, y se entregan al servicio de la Iglesia.

 

Esta forma de vida es para algunas mujeres fieles (y únicamente para mujeres). Sólo practican un consejo, aunque queda plenificado por ser sólo uno y solemnizado litúrgicamente. Aunque en el canon están dentro de la vida consagrada, por ser sólo un consejo evangélico, la mayor parte de los comentaristas dicen que no es vida consagrada, sino que se le asemeja.

 

El ritual y las normas de la Santa Sede establecen los requisitos que se han de cumplir: no ser viudas, no haber vivido pública o manifiestamente en estado o condición contraria a la castidad; edad, prudencia y costumbres —según quienes las conocen— que garanticen la perseverancia en su propósito.

 

Pueden asociarse, pero su asociación no da lugar a un instituto de vida consagrada; si se asocian se rigen por lo establecido para las asociaciones de fieles (que se describen más abajo).

 

 

d. Viudas

 

Hoy vuelve a practicarse también la consagración de las viudas, que se remonta a los tiempos apostólicos, así como la de los viudos. Estas personas, mediante el voto de castidad perpetua como signo del Reino de Dios, consagran su condición para dedicarse a la oración y al servicio de la Iglesia.

 

 

e. Nuevas formas de vida consagrada

 

Se deja abierta la puerta a nuevas formas de vida religiosa o consagrada, cuya aprobación se reserva la Sede Apostólica, encomendando entre tanto a los obispos el discernimiento sobre las mismas.

 

 

3. Seglares

 

Finalmente, ya no como vida consagrada, están lo seglares, que se pueden asociar, si así lo desean.

 

 

a. Sociedades de vida apostólica

 

Sociedades de vida común sin votos era su nombre anterior.

 

Sus miembros no profesan votos, aunque algunas sociedades pueden abrazar los consejos evangélicos mediante otros vínculos que determinen las constituciones; en estos casos, la profesión sería privada. Buscan el fin apostólico propio de la sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de las constituciones.

 

No son institutos de vida consagrada, porque les falta por definición el elemento fundamental de la consagración: la profesión pública de los tres consejos evangélicos.

 

Se asemejan, no obstante, a los institutos de vida consagrada y más específicamente a los institutos religiosos, por los fines que persiguen y, simultáneamente, por la vida en común a la que se comprometen sus socios. La vida en común es el elemento esencial de estas sociedades.

 

Esta asimilación —no identificación— implica, como principal consecuencia que buena parte de las normas por la que se rigen sea según los institutos de vida consagrada o los institutos religiosos.

 

 

b. Asociaciones de fieles

 

Existen en la Iglesia asociaciones en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, como iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación del orden temporal con espíritu cristiano.

 

Se llaman clericales las que están bajo la dirección de clérigos, hacen suyo el ejercicio del Orden sagrado y son reconocidas como tales por la autoridad competente.

 

Se llaman órdenes terceras, miembros asociados o con otro nombre adecuado, las que, viviendo en el mundo y participando del espíritu de un instituto religioso, se dedican al apostolado y buscan la perfección cristiana bajo la alta dirección de ese instituto.

 

Las asociaciones públicas de fieles son las que han sido erigidas por la autoridad eclesiástica competente, y llevan consigo la posibilidad de actuar en nombre de la Iglesia, dentro del ámbito de los fines que se proponen alcanzar.

 

Las asociaciones privadas en ningún momento pueden actuar en nombre de la Iglesia; son fruto de la iniciativa privada de los fieles, aunque pueden adquirir personalidad jurídica por decreto de la autoridad si bien, aunque no deseen obtener esa personalidad jurídica, deben someter sus estatutos a la revisión de la autoridad eclesiástica.

 

 

c. Movimientos apostólicos

 

Como un apartado más, además de hablar de las asociaciones de fieles, habría que hablar hoy, también, de los movimientos apostólicos. Jurídicamente es posible que estén englobados dentro de las asociaciones de fieles, pero en el ámbito eclesial y magisterial se habla de estos movimientos como una realidad con autonomía propia.

 

 

 

 

 

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ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

ORACIÓN DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

FÓRMULA PARA INICIAR LA ORACIÓN MENTAL DE CADA DÍA

 

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Madre mía inmaculada y Virgen de Dolores, san José, san Pablo de la Cruz y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

 

¡Oh, infinito abismo de poder, de sabiduría, de belleza, de amor, de misericordia!… ¿Quién eres Tú…?

Y, ¿quién soy yo? Una criatura tan miserable, un atado de pecados, una mancha despreciable, el último de todos, el más pequeño, el más pobre, el peor,…

Oh, abismo ilimitado de Bondad, mi amantísimo Dios, Padre mío, mi sumo Bien, me sacaste de mi nada y te me diste todo; sé que estás aquí, que me estás viendo, que me estás oyendo…; ven y cauteriza con el incendio de tu Amor mis muchos pecados, mis apegos, mis miserias, mis imperfecciones, para que pueda hacer con fruto este rato de oración, ¡y dejarme amar por ti y amarte con tu mismo Amor!…

 

 

FÓRMULA PARA FINALIZAR LA ORACIÓN MENTAL DE CADA DÍA

 

Te doy gracias, mi amantísimo Dios, por lo que me has comunicado en este rato de oración. Te pido ayuda para poner por obra mis propósitos.

 

Padre mío, mi amor, mi vida, deseo verme reducido a una agonía espiritual que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad, dejando morir místicamente todos mis temores e inquietudes, para padecer con Cristo —obediente, pobre y casto— por amor a ti. Quiero hacer silencio y humillarme en mi interior, sumergido en mi propia nada, no anhelando ni rehusando nada, agonizando aquí hasta que Tú quieras o muriendo aquí de puro amor por ti. ¡Sí, ansío morir a mí mismo y vivir solamente para ti!…; morir en la Cruz con una muerte mística, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Madre mía inmaculada y Virgen de los Dolores, san José, san Pablo de la Cruz y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

EXAMEN DE CONCIENCIA PARA LOS PASIONISTAS SEGLARES

¿Hice santa mi vida cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales, eclesiales y sociales? ¿Amé eficaz y efectivamente a cada uno de mis seres queridos? ¿Fui un trabajador honesto y responsable? ¿Actué en todo momento como un buen cristiano?, ¿y como un buen ciudadano? ¿Irradié en todas partes paz y alegría?

¿Se me notaron la Fe, la Esperanza y la Caridad en cada uno de mis actos y actitudes?

¿Admiré el abismo infinito de poder, sabiduría y bondad de Dios, con una Fe pura y desnuda de toda figura e imaginación, con atención amorosa en el inabarcable, el incomprensible, el inefable?

¿Viví profundamente la Esperanza de llegar a ese mar infinito de Amor? ¿Estuve seguro de aquel que es bondad y misericordia, de aquel con el cual vivo día y noche, que me conoce y que conozco, que me ama y que amo?¿Tuve absoluta confianza en Él? ¿Lo esperé todo de Él? ¿Me abandoné como un bebé?

¿Tuve intimidad con aquel que es todo Amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor? ¿Fui para todos alter Christus, ipse Christus? ¿Fue mi mirada siempre una mirada de amor transformador? ¿Se me notó su dulzura y su ternura para con todos? Como el rey Midas, ¿todo lo que toqué se convirtió en amor, paz y gozo? ¿Ayuné todo para amar solo a Dios sin sustentarme más en las criaturas? ¿Me crucifiqué detrás de la Cruz por el Reino de Dios y su justicia, amando a Jesús? ¿Aproveché estos tesoros: incomodidades, frío, calor, sed, hambre, cansancio, pobreza, fracaso, vergüenzas, incomprensión, desconfianza, rechazo, críticas, falsas acusaciones, ofensas, irrespeto, «injusticias», desprecios, humillaciones, deshonra, desprestigio, ingratitud, indiferencia de los seres queridos, desamor, esclavitud, soledad, desconsuelo, enfermedad, dolor, desamparo…?

¿Hice algunos minutos de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración? ¿Seguí las indicaciones de mi director espiritual? ¿Me mantuve en la presencia de Dios, orando en todo momento? ¿Hice silencio? ¿Previne todo con la oración, diciendo: «Señor, en tu Nombre actuaré y sé que seré poderoso»?

¿Ofrecí las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador? ¿Ofrecí mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios?

¿Renové el Sacrificio de Cristo al asistir hoy a la Eucaristía? ¿Al comulgar, con cuánto amor recibí al Amor de los amores? ¿Visité al Santísimo Sacramento, al prisionero del Amor?

¿Honré a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María? ¿La tuve todo el día como especial protectora?

¿Medité, en estos días, los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Me arrepentí sinceramente de todos mis pecados, preparándome así para recibir el Sacramento de la Reconciliación?

¿Traté de vivir la pobreza dentro de mi estado? ¿Tuve las cosas como medios, no como fines? ¿Viví con sobriedad? ¿Administré los bienes con prudencia? ¿Ejercí la caridad con ellos?

¿Estuve sin apegos por las criaturas, para tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios? ¿Cuánto oré y me sacrifiqué con ese Amor por la felicidad de mis seres queridos?, ¿y por toda la humanidad?

¿Busqué en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios? ¿Permanecí indiferente a todo lo que no fue amor? ¿Traté de vivir en estado de inocencia y de gracia, alabando a Dios con mi vida? ¿Se notó que el Espíritu Santo mora en mí? ¿Hice y dije lo que Jesús haría y diría?

¿Fui el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos —en mi casa, en mi trabajo, en la Iglesia y en la sociedad— como Jesús, humilde, paciente, crucificado?

¿Fui hoy obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual?

¿Me acordé de que lo único que merezco es el infierno? ¿Me dejé ofender, calumniar y agredir, con tranquilidad, bondad, benevolencia y amor?

¿Controvertí? ¿Comprendí, excusé, disculpé y disimulé las faltas de los demás? Si corregí a alguien, ¿lo hice con mi amor y con mi ejemplo?, ¿lo dejé actuar a Él?

¿Usé mis virtudes sabiendo que son solo préstamos? ¿Pensé en mi propia imagen, la defendí? ¿Hablé de mí? ¿Me oculté por completo, como la nada? ¿Cuántos actos de humildad hice hoy? ¿Estuve a los pies de todos?

Medité algo del Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia, el Código de Derecho Canónico, el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos» o la constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II?

¿Oré por el Papa, los Obispos, los Presbíteros (especialmente por mi párroco) y los diáconos?

¿Oré hoy y ofrecí sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos?

¿Aproveché las oportunidades que se me presentaron hoy para enseñar a meditar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y para proponer algún modo de corresponder a semejante gracia?

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Si, después de leer los 2 escritos que están a continuación, estás interesado en amar así al Amor, siguiendo este modo de vida, escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano), preguntándole lo que debes hacer.

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

LA ESPIRITUALIDAD PASIONISTA Y LA VIDA SEGLAR*
 

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¿SANTOS LOS SEGLARES?*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

San Pablo de la Cruz: ¿SANTOS LOS SEGLARES?

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Nota aclaratoria:

El Sacramento del Orden tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos); los dos primeros se llaman sacerdotes. Los tres grados conforman el grupo de clérigos. El resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada.

Por otra parte, la vida consagrada está constituida por aquellos fieles que hacen votos, y que se caracterizan por la separación del mundo. Para evitar confusiones, ahora se prefiere usar este término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos. Los demás fieles se llaman seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

En resumen: si se quiere decir que alguien no es clérigo (sacerdote o diácono) se dice que es laico. Laico es, pues, lo opuesto a clérigo.

Y si lo que se quiere decir es que la persona no es religiosa, se dice que es seglar. Seglar, entonces es lo opuesto a religioso o persona de vida consagrada.

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Presentación

Tendría que comenzar la presentación de este escrito con una confesión personal. Tan acostumbrado a ver a San Pablo de la Cruz como el místico y el contemplativo, el hombre de las soledades, me había olvidado de ver en él al seglar, al laico. Y como consecuencia, su preocupación por la santidad de los seglares.

Debo reconocer que para mí ha sido todo un descubrimiento y una sorpresa. Es cierto que no podemos pedirle que desarrollara en su época —en pleno siglo XVIII— una teología del laico como la que hoy disponemos. Ni tampoco una visión del laico comprometido en la transformación de las estructuras de la sociedad. Pero, sí descubrimos en él algo de sumo interés. La conciencia que Pablo tenía, ya en aquel entonces, de la llamada universal a la santidad, que el Concilio Vaticano II confirmará en el cap. 5 de la Constitución sobre la Iglesia. Hoy, esto para nosotros nos resulta algo evidente. Pero no lo era hasta hace muy pocos años. Aún no están lejanos aquellos días en los que si uno quería ser santo, el único camino que le quedaba era hacerse sacerdote o religioso o religiosa. Eran los trata­dos de teología y de Vida Religiosa los hablaban de estados de perfección.

San Pablo de la Cruz fue un gran convencido de que la santidad es una gracia que Dios concede a todos y que la verdadera exigencia de la santidad nace del dinamismo del bautismo. Además, san Pablo de la Cruz no entiende la santidad enmarca­da en espacios geográficos o condiciones de vida. La gracia del bautismo, la llamada de Dios está por encima de todos esos condicionamientos. Así, tiene una profunda fe de la posibilidad de la santidad en la realidad concreta del propio estado de cada uno, casado, soltero, viudez, etc.

Llama incluso la atención el que las grandes intuiciones e inspiraciones fundacionales de san Pablo de la Cruz se den en él no cuando ya era sacerdote, sino siendo aún seglar. Y lo que sorprende más es que en ningún momento él mismo había pensado ordenarse de sacerdote. Fueron sus amigos, monseñor Cavallieri y el Cardenal Corradini, quienes motivaron en él la decisión de recibir el sacerdocio. Así llegó a ordenarse a los treinta y tres años de edad.

Por otra parte, pudiera llamar la atención el que, teniendo tan gran interés por la santidad cristiana de los laicos, sin embargo nunca se haya decidido a crear algún movimiento laical de espiritualidad y apostolado. Las razones, las diremos más tarde, eran ajenas a su voluntad.

En las páginas que siguen quisiéramos hacer una apretada síntesis de esta experiencia de la santidad laical de Pablo de la Cruz. La finalidad es despertar en la conciencia de los seglares que ellos no son cristianos de segunda mano, sino que su Bautismo es el mismo de todos: laicos o sacerdotes, religiosos o seglares. Y que son esas semillas bautismales las que están apuntando cada día más alto hacia un crecimiento espiritual cuya meta no es otra que la de llegar a la talla de Cristo.

En la Iglesia es más lo que nos hace parecidos que aquello que nos diversifica. Las condiciones de vida son caminos. Pero lo que empuja al caminante es la gracia de su bautismo y las llamadas diarias de Dios en su corazón.

Vuestro hermano y amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

 

 

1. Experiencias de un laico

Durante el Sínodo de Obispos sobre la familia, en 1980, el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos presentó un informe detallado de todas las causas que estaban en estudio. Alguien de la asamblea se levantó y le preguntó cuántas de las miles de causas introducidas correspondían a seglares. En la sala se hizo un gran silencio. La repuesta fue escueta: unas cuantas. Es decir muy pocas. Casi todos los candidatos a los altares eran curitas, monjitas o religiosos, obispos o papas. Y en un gesto de humor eclesiástico, monseñor A. Padiyara dijo: «De la India se han remitido a Roma dos causas correspondientes a seglares. ¿Llegaron o se hundieron tal vez en el mar?» El Cardenal Palazzini, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, respondía: «Llegaron, sí. Llegaron. Pero sus causas aún no han sido introducidas».

Con igual sentido del humor, monseñor R. Lebel, terminada la exposición de Palazzini comentó: «En la lista escuchada figuran muchas viudas. ¿Quiere decir que la misión del marido carece de importancia? Y claro, estas viudas no están ahí tanto por ser viudas, sino porque han sido fundadoras de Institutos Religiosos, y sus hijas religiosas han tomado a pecho el promover su glorificación, cosa que no hubiera sucedido si hubiesen tenido sólo una descendencia carnal». Y termina haciendo una afirma­ción y una sugerencia: Como afirmación dice: «la esencia de los padres y madres de familia, reconocidos oficialmente como santos por la Iglesia, no deriva de la carencia de virtud en el seno de la familia, sino de la falta de apoyo en el interminable camino para reconocerlos santos». Sugerencia: «¿No.se podría pensar en otros procedimientos para lograr este reconocimiento?»

Es cierto, el camino de los altares pareciera a veces más difícil de andar que el camino mismo de la santidad. Y a los santos sucede un poco lo que en la vida social: el que no tiene padrinos, dice el refrán, no se bautiza. Y los santos que no tienen detrás de ellos una comunidad de monjas o de religiosos, se pierden en el camino con toda su santidad, y la gloria de Bernini les queda demasiado lejos.

Así, el Pueblo de Dios tiene como deformada su idea de los santos y de la santidad. Y hasta la iconografía ayuda a ello. ¿Has visto alguna vez en los altares la imagen de algún santo con corbata y conjunto de pantalón, chaleco y chaqueta? Para ser santo hay que ponerle siempre una sotana, aunque sea de monaguillo, o un hábito de esta o aquella Con­gregación Religiosa. De ahí que, aún Santos que vivieron la vida seglar, luego se presentan en sociedad, con etiqueta religiosa. Y más que hablarnos de su santidad en la lucha diaria de la vida, aparecen como testigos de una santidad lejos del mundo.

Personalmente me hubiese gustado ver a santa Rosa de Lima, no con el hábito de religiosa, sino con su vestido de hija de familia, como fue en realidad su vida. Y a santa Gema Galgani la hubiera preferido ver con su vestido sencillo y pobre en la casa de las tías Giannini, y no con esa especie de hábito y escudo de religiosa Pasionista. Es cierto que siempre soñó en ser Pasionista, pero en realidad ella se santificó en casa de familia.

 

Pablo, el seglar

No sé cuánta importancia se ha dado en la Congregación Pasionista a la etapa seglar del Fundador. Y la verdad es que, durante treinta y tres años. San Pablo de la Cruz fue un seglar y un laico en la Iglesia. Un seglar comprometido en las labores familiares, y preocupado en cómo sostener económicamente a la familia en sus necesida­des. El mismo reconoce que una de las razones que lo detuvieron para seguir las inspiraciones que Dios le daba de fundar la Congregación, era precisamente esa. Escribe a monseñor Gattinara:

Pero como yo no podía seguir tan santa inspiración, debido a tener que prestar la necesaria asistencia a mi casa, esto es, a mi padre, madre y hermanos, guardaba en secreto, dentro de mi corazón, la sobredicha vocación, no confiriéndola más que con mi reverendo Padre Director».

La etapa laical de la vida de san Pablo de la Cruz es una de las etapas más ricas en intuiciones místicas, en experiencias de Dios y del misterio del amor revelado en la Cruz.

Su gran encuentro con Dios en 1713 se da en un clima de secularidad. Pablo no tiene ni idea de los planes posteriores de Dios sobre su vida. Es simplemente un seglar.

Las grandes intuiciones y manifestaciones del misterio de la Cruz y de los males que afligen al mundo, en el verano de 1720, no tienen lugar en el alma de Pablo cuando éste ya es religioso, sino cuando es todavía un seglar.

Su retiro espiritual de cuarenta días en Castellazo tiene lugar cuando Pablo tenía veintiséis años y era todavía un hijo de familia.

Es decir, que las grandes intuiciones fundacionales, y las grandes intuiciones sobre la realidad de la Iglesia, la causa radical de todos los males que la afligen y el verdadero camino de solución, san Pablo de la Cruz los experimenta cuando aún es un seglar en el mundo.

Y es durante ese tiempo que Pablo vive su vida bautismal con toda intensidad. Cuando aún no piensa en fundación alguna sino que siente la experiencia de su bautismo, san Pablo de la Cruz está llevando una vida espiritual muy intensa. Su hermana Teresa fue quien, en los Procesos de beatificación, nos aportó una serie de detalles de la vida espiritual de Pablo y de su hermano Juan Bautista.

Esta espiritualidad cristiana de san Pablo de la Cruz está marcada por una espiritualidad profundamente familiar, sobre todo por el magisterio espiritual de su madre. Es ahí, en la familia, donde Pablo bebe esas aguas pu­ras y cristalinas de la devoción y la piedad. Se trata de una piedad muy seria, nada beata, sino profundamente enraizada en el misterio de Jesús revelador del amor del Padre en la Cruz.

En esta etapa de su vida, Pablo vive toda una serie de experien­cias espirituales muy fuertes. En primer lugar, el descubrimiento del valor de la oración, sobre todo, de la oración–meditación.

Cuantos atestiguan sobre esta etapa de la vida de Pablo coinciden en que, tanto él corno su hermano Juan Bautista, dedicaban muchas horas del día y de la noche a la oración. Y él mismo confesará más tarde que, desde su conversión en 1713, Dios le regaló con el don de la oración. Se pudiera afirmar que, a la edad de los veintiséis años, Pablo era ya un místico contemplativo.

Según refieren los testigos, Pablo debió incluso sufrir mucho de parte de sus confesores durante estos años. No sabemos si por probarlo o simplemente porque no siempre estos confesores estaban a la altura de su espíritu y no lograban entender los misterios de la gracia que a diario se manifestaban en su alma. Uno de estos confesores llegó a someterlo a toda una serie de humillaciones en la Iglesia en presencia de todo el pueblo. En una ocasión en que Pablo oraba recogido con la cara entre las manos, se acercó este bendito confesor y públicamente lo reprochó diciendo: «¿Es esta la manera de estar en presencia del Santísimo Sacramento?» Y más de una vez lo privó públicamente de la sagrada comunión. Parece que, ante la dócil obediencia del joven Pablo, este áspero confesor se rindió recono­ciendo su incapacidad para guiar un alma que no lograba entender y lo remitió a otro confesor.

 

La vocación de fundador como seglar y como laico

Es interesante descubrir que Pablo siente la llamada a fundar en la Iglesia una congregación cuando es todavía un seglar. Y sin pensar para nada en la posible ordenación sacerdotal. ¿Cómo concibió él la Congregación en aquel entonces? ¿Como Congrega­ción laical? ¿Como Congregación sacerdotal? Posiblemente, du­rante esos años Pablo piense más en una Congregación de gente entregada plenamente a Dios en la vivencia del misterio de la Cruz, y con la misión de anunciarlo al pueblo. Pero anunciarlo como él mismo ya lo hacía. Como un seglar que recorre las calles tocando la campanilla invitando a todos al Catecismo y a escuchar la Palabra de Dios.

Y de ahí que el mismo monseñor Emilio Cavalieri, Obispo de Troya y Foggia, su gran amigo, hacia el año 1723, le sugiera la idea de la ordenación sacerdotal. Y la razón que le da es precisamente ésta, «jamás en la historia de la Iglesia se ha visto que sea aprobado un Instituto fundado por dos hermanos y además en condición de laicos».

Cuando Pablo viaja por primera vez a Roma a fin de presentar al Papa la obra de la Congregación, no pasa de ser un simple seglar, aunque para entonces esté llevando una vida de ermitaño. La mente de Pablo no está en ningún momento pensando en el sacerdocio.

 

Razones para no querer el sacerdocio

Es preciso situarnos en la sociedad y en la Iglesia que Pablo vive. La verdadera razón habría que buscarla en la situación y en la condición en la que vivían los sacerdotes por aquel entonces. La ordenación sacerdotal era considerada más como una manera de «situarse en la vida y como una posibilidad de hacer carrera», que como una verdadera vocación de servicio.

El P. F. Giorgini en su estudio sobre La marisma toscana… dice a este propósito: «la mentalidad social de aquel tiempo veía con frecuencia en el estado eclesiástico una agencia de colocaciones para dar ocupación a los que no tenían otras posibilidades.» Y aún añade: «muchos sacerdotes pasan la vida celebrando únicamente la misa para ganarse el estipendio, sin preocuparse de ser aprobados para confesar o delegados para administrar los sacramentos».

Una descripción de la realidad del clero de la época la encontra­mos en una carta de monseñor Ciani, Obispo de Masa Marítima: «Los eclesiásticos abundan, pero no valen casi nada, ya que al estar carentes de toda ciencia y formación no pueden aportar ayuda alguna y apenas si son capaces de celebrar la misa, y es imposible confiarles mayores oficios». En el mismo tono escribía monseñor Franci, Obispo de Grosseto en 1740: «Es imposible encontrar sacerdotes capaces, que al lado del Obispo militen la buena milicia e instruyan al pueblo a ellos confiado, con aquella diligencia y doctrina que sería conveniente».

Así, el estado sacerdotal en la «sociedad del setecientos, era humanamente apetecible», pero Pablo no piensa ni en apetencias humanas ni tampoco en colocaciones que puedan solucionar los problemas económicos de la familia. Para ello ya había renunciado a la posibilidad de un arreglo matrimonial. El espíritu del joven Pablo Danei está viviendo de otras realidades más serias y más comprometedoras.

El sacerdocio no se le presentaba como un horizonte capaz de arrastrar y ponerle alas a su espíritu. Al fin y al cabo, tenemos que reconocerlo, Dios habla a las almas también a través de las realidades que están viviendo. Y la pobreza del clero era evidente en todos los campos. Baste recordar los requisitos mínimos que se exigían para ingresar al seminario, si es que se puede llamar seminario: «tener siete años de edad, estar bautizado y confirmado, saber los rudimentos de la fe (Padrenuestro, Ave Mana, Salve Regina, Credo, Mandamientos y Mandamientos de la Iglesia, Pecados Capitales, Virtudes Teologales y Morales, actos de fe, esperanza y caridad, y el acto de contrición, certificado de frecuentar la escuela y haber comenzado a aprender a leer y escribir, atestado del párroco acerca de las costumbres de vida y la frecuencia, si tiene edad, de la confesión y la comunión, etc.».

Aquí encontramos la razón por la que Pablo no se siente llamado al sacerdocio. Muy por el contrario, él mismo se siente llamado a trabajar por la renovación de los sacerdotes. Y ésta será una de sus grandes preocupaciones toda la vida. Claro que se pudieran hacer una serie de interrogantes sobre el particular. ¿No era preferible ordenarse sacerdote para así mejor poder ayudar en esta renovación de los sacerdotes? ¿Hasta dónde él podría, como laico, ejercer una verdadera influencia en el cambio y renovación sacerdotal? Los caminos de Dios no son fáciles de reconocer.

 

Ordenación sacerdotal de Pablo y Juan Bautista

La decisión de ordenarse sacerdotes debieron tomarla los dos hermanos hacia fines de 1726, fecha en que sabemos que monseñor Corradini pidió las Cartas Testimoniales a monseñor De Gattinara. Ya antes monseñor Cavalieri le había insinuado la idea de la ordenación sacerdotal, incluso para facilitar la aprobación de la Congrega­ción. Y más tarde, la decisión pareciera nacer de la influencia y veneración que sentía hacia el cardenal Corradini, con quien trabajaba en el Hospital de San Gallicano, en Roma.

El mismo Pablo escribía a su gran amigo, el sacerdote Don Erasmo Tuccinardi, el  15 de marzo de  1727: «Los superiores quieren que seamos ordenados sacerdotes; para ello consiguie­ron la licencia del Sumo Pontífice de que podamos seguir con el mismo hábito de penitencia y con la misma vida que llevamos». Y en la misma carta le expresa unos sentimientos que casi diríamos de miedo ante la responsabilidad que están por asumir: «no tengo tiempo de contarle más ampliamente las disposiciones de la Divina Providencia sobre el particular; pero le confieso que el verme cargado de tantas imperfecciones me hace temer que todo esto, por culpa mía, redunde en mayor castigo; ruego, por caridad con fervor al Señor para que nos proteja en tantas necesidades».

Los miedos de Pablo se deben, posiblemente, al contraste entre la realidad que está viendo y el ideal sacerdotal que arde en su corazón. Dentro de su corazón no se siente llamado al sacerdocio. Y por otra parte, los «superiores quieren que seamos ordenados». Experimenta la invitación de la iglesia a ordenarse como una manera de ser más eficaz en la misma obra que el Señor le había inspirado. Y esto nos revela dos cosas: por una parte, el elevado concepto que Pablo tiene del sacerdocio, pese a los modelos que a diario desfilan delante de sus ojos. Y por otra, el convencimiento de sus posibilidades de entrega a Dios, en su simple condición de laico no ordenado. Y a la que habría que añadir una tercera: el profundo sentido de Iglesia que hay en su corazón. Siente que debe acceder a la ordenación sacerdotal por la llamada misma que le hace la Iglesia.

Desde fines de 1726, Pablo comienza su preparación al sacerdocio bajo la dirección del P. Domingo María de Roma, del Convento de los Menores Observantes de la Isla Tiberina, quien les dio a él, y a su hermano Juan Bautista, clases de Teología y de Pastoral.

Además, en este tiempo por tres veces hizo los Ejercicios Espiri­tuales dirigidos por los Padres Jesuitas y Lazaristas.

El 16 de febrero de 1727 recibieron la Tonsura y el día 23 del mismo mes las dos primeras Órdenes Menores y al día siguiente las otras dos. El Sábado Santo, 12 de abril, fueron admitidos al Subdiaconado en la Basílica Lateranense. El 1 de mayo fueron ordenados de Diáconos en la Capilla privada de monseñor Baccari, que era Vicerregente de Roma. Y ordenados sacerdotes el 7 de junio de 1727, de manos del Papa Benedicto XII1

Ese día Pablo dejaba su condición laical y daba comienzo a una nueva experiencia en su vida. La experiencia sacerdotal. Un sacerdocio que vivirá siempre con toda la intensi­dad de su vida y que él consagrará en gran parte a la ayuda espiritual de los sacerdotes. En todas las misiones populares, Pablo hacía una misión paralela con el clero y aun trató de organizarlo en grupos de reflexión y meditación, cosa que por otra parte, no siempre le daba los resultados apetecidos.

 

2. La santidad laical

A. Santificarse en su estado de seglar

 

Los monos no entienden de peces

Los monos entienden mucho de árboles, de plátanos y de otras muchas cosas. Pero de peces no entienden nada. Uno de esos monitos simpáticos jugueteaba en una rama tendida sobre el río. En un momento determinado, contempló a un pez, feliz, nadando dentro del agua. Asustado, metió la mano, lo pescó y lo puso sobre la hierba a secarse al sol. Como alguien lo reprendió, el monito respondió inocentemente: «Pobrecito, si se estaba ahogando, estaba todo mojado, y ahora se está secando». Lo que para el mono era una manera de impedir que el pez se ahogase, para el pez era la manera de poder vivir.

Muchos cristianos pareciera que tampoco entienden mucho de peces. Creen que estar en el mundo, vivir en condición de secularidad laical en el mundo es un riesgo a su santidad. Y entonces, para ser santos, sienten que deben salirse del mundo. Como si la santidad fuese pura cuestión de geografía. Jesús dijo a sus discípulos: «No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del maligno. ». (Jn 17, 11)

La santidad y perfección cristiana es una semilla llamada a crecer allí donde Dios la siembra. Y la semilla bautismal está llamada a germinar, crecer y dar fruto allí donde cada uno es llamado por Dios a vivir. También la geografía es espacio de gracia y espacio de Dios. No es cuestión de dónde estamos sino donde Dios quiere que estemos. Esto era muy claro para Pablo de la Cruz; para él, los caminos los marca Dios y no nosotros. En una carta a su íntimo amigo, el señor Tomás Fossi, demasiado empeñado en que todos sus hijos e hijas se metiesen al convento. Pablo le escribe:

Pero en cuan to a la elección de estado, déjelos en plena libertad, porque la vocación tiene que venir de Dios, y si no se sienten inclinados a la vida religiosa, no hay otra cosa que hacer sino adorar su divina disposición. ¿Quién sabe si esa jovencita, metiéndose a monja, no tendrá que vivir en el monasterio como un condenado a las galeras? ¡Oh, cuánta experiencia tengo en esto, y cuánta ruina se ocasiona a los monasterios por estas muchachas que entran en ellos por respeto humano, para dar gusto a los padres; viviendo en clausura una vida desesperada, con el peligro evidente de su eterna condenación. Al contrario, si esa que no se siente con vocación religiosa, se casa, supuesta la buena educación recibida en la familia, será una santa mujer, que formará una familia santa. Algo parecido digo de los hijos. Dejemos, pues, a Dios el cuidado de todo, atendamos a nuestros propios deberes y estemos seguros de que todo marchará bien. (Lt. I. 367)

El agua es vida para los peces, pero el mono puede ahogarse en ella. Como la rama del árbol es vida para el mono, pero muerte para el pez. El convento es camino de santidad para el llamado a la vida consagrada, pero puede ser camino de muerte para aquellos a quienes Dios quiere como los testigos de su amor en el mundo.

Tomás Fossi es un tanto terco en sus convicciones. No entiende que el mundo pueda ser lugar de santidad y perfección cristiana. Vive obsesionado con la vocación religiosa, sobre todo de sus hijas. Mientras tanto, Pablo procura cambiarle la cabeza y convencerlo de que el cristiano debe florecer allí donde Dios lo plante. Fossi insiste sobre la vocación religiosa de sus hijas. He aquí la respuesta de Pablo:

En cuanto a sus hijas, ¡oh, cuánto le he recomendado dejarlas en libertad en la elección de estado, siguiendo aquello a que son llamadas! Su deseo de verlas a todas monjas es bueno, pero si Dios no las llama ¿qué va a hacer usted? Y si la Providencia del Señor las quiere casadas, ¿por qué no ha de condescender?¿Es que no pueden ser unas santas esposas? (Lt. I. 373)

 

El propio estado es el mejor lugar para la santidad

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, habla de la santidad como exigencia bautismal. Un bautismo llamado a germinar en las diversas situaciones y condiciones de vida. Y en todas ellas la tierra fecunda de crecimiento.

El bueno de Fossi no sólo piensa en la vocación religiosa de las hijas, sino que él mismo cree no sentirse a gusto en su condición de casado. No acierta a leer los impulsos de perfección que Dios despierta en su corazón y confunde la perfección cristiana con el cambio de condición de vida. Está dispuesto a dejar la familia y hacerse religioso. El P. Pablo de la Cruz necesita toda una dosis de humor y aguante con el pobre don Tomás.

Usted quiere llevar vida de monje solitario, y Dios bendito quiere que usted haga una vida de buen seglar casado. En la casa de mi Padre, dice el dulce Jesús, hay muchas mansiones. Por consiguiente, carísimo don Tomás, pacifique su corazón y no conturbe su alma con tan inútiles reflexiones. Las virtudes debe ejercitarlas con tranquilidad de ánimo, según el estado en que se encuentra, y no le faltarán para ello constantes ocasiones.

 

Dios da la gracia según las condiciones de estado

En su terquedad y falta de sentido de discernimiento, Fossi llega a sugerirle al P. Pablo de la Cruz, la idea de que puede abandonar su casa una vez que lo deje todo bien arreglado. Pablo le responde siempre en la misma línea:

Respecto de ese punto, tengo que decirle que el abandonar su casa, por más que la deje bien atendida, no sólo será un gran error, sino también un alejarse de la abundancia de esas gracias que Dios, por medio de las cruces que pone sobre sus  espaldas, va sembrando continuamente en su alma. En consecuencia, yo no puedo ni debo aconsejarle semejante resolución, antes me veo en la obligación de decirle que tiene absolutamente que atender a su familia. Y por mayores contrariedades que experimente, lo que tiene que nacer es besar humildemente la mano que lo hiere, buscando su mayor provecho espiritual, pues el camino que usted tiene que seguir para alcanzar la santa perfección no es otro que ése. (Lt. I, 399)

 

«No te pido que los saques del mundo»

Cuando se vive más a impulsos del sentimiento que del verdadero discernimiento espiritual, se suele buscar toda una serie de subterfugios. Ahora don Tomás ya ha encontrado otra rendijilla por donde entrar a la decisión de la voluntad de Pablo de la Cruz, que lo está dirigiendo. Si «dejar arregladas las cosas de casa» no son razón suficiente para dejar la familia y hacerse religioso, entonces don Tomás piensa que cabría otra salida: que su esposa se meta a un monasterio y así él podrá irse al convento. El P. Pablo no se deja impactar con las ocurrencias de su dirigido y le contesta:

«En cuanto a separarse del mundo, tanto usted como su esposa, todavía no ha llegado el tiempo. Constrúyanse un hermoso retiro en lo más íntimo de su espíritu, y en ese sagrado desierto traten con el Supremo Bien, en soledad, adorándolo en espíritu y en verdad» (Lt. I, 347)

No es preciso salirse del mundo para encontrar la soledad. La soledad no es tanto cuestión de cerrar los oídos a los ruidos del mundo cuanto el saber crear un espacio de silencio dentro de nosotros mismos. Se puede vivir con el bullicio del mundo en la soledad de un convento, y se puede vivir la soledad del convento en medio de los ruidos del mundo. El problema de Dios y el alma se definen no en la periferia de la vida, sino en el secreto del corazón. El desierto no es tanto cuestión de arena sino problema del alma, del corazón. Ahí está el verdadero santuario donde podemos adorar a Dios en la verdad.

No vivir la propia realidad impide que seamos nosotros mismos

Una de las mayores tentaciones del corazón humano suele ser no sentirse a gusto con lo que se es, ni estar a gusto allí donde se está. Pensar que la felicidad está siempre en la puerta siguiente es olvidarse que la felicidad está dentro de nuestra casa. Esto es similar al cuento de aquel que soñó con un tesoro bajo el puente en el río. Se levantó de noche, tomó pico y pala y se fue a excavar en el rio buscando el tesoro. Alguien que pasaba por el puente, al verlo, le preguntó qué hacía. Estoy buscando el tesoro. El pasajero muy cortésmente le respondió. «Si quieres encontrar el tesoro regresa a casa y cava en tu cocina que allí está». Los tesoros no siempre están fuera, ni debajo de los puentes. Hay demasiados tesoros que sólo se en­cuentran en la propia cocina, entre cacerolas y pucheros.

Por ahora no consienta que tales pensamientos se adueñen de su corazón, porque, aunque buenos, le impiden otros de mayor perfección, según su presente estado. Todo su deseo debe ser agradar a Dios y de vivir abandonado como un niño en los brazos de la divina Voluntad. Y mientras tanto, sea su convento y su retiro su propio interior, en el que su espíritu debe permanecer solitario y escondido en el seno de Dios. (Lt. I. 363)

El fundador de los pasionistas está tan convencido de que la condición de vida del seglar es tan camino de perfección cristiana como la vida de convento, que se siente molesto cuando, en una ocasión, pareciera que Sor María Querubini Bresciani le escribe de una manera un tanto despectiva de los seglares. Pablo, en un tono enérgico, como si le hubiesen tocado una de las fibras delicadas del alma, le responde:

Pero eso que me dice de «gente de mundo», no es bueno. ¿Y usted qué es? ¿Acaso del cielo? Humíllese, aniquílese y reconozca su propia nada e indignidad, y que no merece ni siquiera estar bajo tos pies de esos que usted dice gente de mundo: acaso son más espirituales que usted. No me vuelva a hablar así. Esto se lo digo, no para que ande con escrúpulos, que no debe nacerlo, sino para que aprenda a ser otra vez humilde. (Lt. I. 264)

Pocas veces hemos visto una actitud tan enérgica en Pablo de la Cruz. Pareciera como si le hubiesen tocado el nervio más lino de su espíritu. Ignoramos la reacción que pudo tener la monjita Sor Querubina. Lo que sí estamos seguros es que nunca más se habrá atrevido a hablar despectivamente de los seglares.

 

B. Virtudes de la santidad en familia

La vida cristiana vivida en el mundo tiene sus propias exigencias y sus propias virtudes, nacidas precisamente de la necesidad de vivir el Evangelio desde las realidades concretas de la vida. Sobre todo, la familia es una escuela de virtudes y es también una exigencia de la práctica de la virtud.

 

Gusto por las cosas de la familia

La primera virtud cristiana de la vida familiar es «sentir el gusto» de la familia. Sentir el gusto de servir a Dios en las cosas de la casa. La familia es un don de Dios, y los demás miembros de la familia son regalos que Dios nos hace en nuestro camino hacia Él.

Guste la voluntad de Dios en las faenas de la casa. Hágalo todo con diligencia, porque así lo quiere Dios. Cultive la devoción en su familia. Que su familia viva feliz y contenta y sea toda de Dios. Tenga el corazón fijo en el cielo, de forma que no haya viento capaz de torcer esa devoción. (Lt. I. 386)

Sentir el gusto por la familia, el hogar, los nuestros, es sentir gusto por esa realidad en la que Dios nos pone y por el don que nos hace en los demás. Y sentir gusto por la familia significa además un empeño diario en crear un clima y un ambiente familiar donde todos sientan la alegría del vivir. La felicidad y la alegría del hogar es una manera de expresar la alegría misma de Dios.

 

Las virtudes del propio estado suplen a las penitencias y austeridades

Pablo de la Cruz tenía un enorme sentido de la realidad. Y hasta se diría que era un hombre que vivía la experiencia divina desde los pequeños detalles de la vida diaria. Para él, Dios no es algo que hay que vivir en espacios cerrados, sino una presencia que se vive las veinticuatro horas del día.

Incluso, ciertos deseos de austeridades y penitencias pueden resultar evasiones fáciles que tratan de huir de esa realidad concreta. Escribe a don Tomás:

Le ruego que haga morir en la divina Voluntad todos sus deseos de penitencia. Se lo digo en el Señor, que no son para usted. Dios bendito aceptará su buen deseo, pero no quiere esto. Procure ejercitar las virtudes propias de su estado y principalmente la humildad del corazón, la verdadera resignación a la divina Voluntad en las ocasiones que se le ofrezcan, en abrazar las contradicciones y las adversidades con paz y sumisión de espíritu, en mantener unida y en caridad a su familia, teniéndo­los a todos contentos en Dios. etc. (Lt. I. pág. 675)

Llama la atención la insistencia de Pablo en la alegría, la felicidad y la armonía familiar. Y sobre todo, el que Pablo vea en ello un camino de fidelidad a la gracia y por tanto un camino de santidad. ¿Ser santo haciendo felices a los demás? ¿Ser santo iluminando de felicidad el hogar? Los santos siempre hacen más fácil la santidad. Los que no lo somos la hacemos mucho más complicada.

El 1 de marzo de 1758, escribiéndole desde el retiro de San Ángel de Vetralla, le indica las verdaderas virtudes que deben adornar su espíritu:

Las más importantes virtudes para usted son la humildad de corazón, la paciencia, la mansedumbre y la caridad para con todos, mirando a su prójimo como imagen de Dios, y amándolo en Dios y por Dios. No hay que andar solícito por lo que ha de venir sino, con paz y con serenidad de espíritu, ejercitar las virtudes según que tas ocasiones se presentan, teniendo el corazón siempre bien preparado, con mucha confianza en Dios y desconfianza de sí mismo». (Lt. I. 689)

Dentro de ese marco de realismo y del concepto de santidad cristiana de la vida seglar, Pablo prefiere que se conserve la salud y las fuerzas físicas para atender a los quehaceres de la familia y no que se desgaste en penitencias y austeridades.

En cuanto a soltar rienda a las penitencias, yo no pienso de esa manera, porque Dios no lo quiere, sino que prefiere que conserve su salud y las fuerzas físicas para atender a la familia.

Pablo llega a fijarse en ciertos detalles que pudieran parecer mínimos, pero que revelan una pedagogía de su mentalidad sobre lo que es la santidad de un seglar, llamado a vivir como esposo y como padre, al frente de una familia.

Coma lo necesario, manténgase fuerte para poder cumplir con sus deberes. Su débil cuerpo no tiene necesidad de penitencias aflictivas. Reciba con agrado las que Dios le manda […] Esta es la voluntad de Dios: que usted puede ser santo aún en medio de quehaceres, cuando los hace para su gloria. (Lt. I. pág. 546, 545)

 

C. Criterios sobre la educación de los hijos

Leyendo las cartas del Fundador, nos encontramos con una serie de recomendaciones o criterios pedagógicos muy simples, de gran sentido común, sobre la educación de los hijos.

Evitar el rigorismo minucioso

A los padres de familia les resulta demasiado fácil transferir su propia problemática en los hijos. Incluso es fácil exigirles el rigorismo espiritual que uno pueda tener consigo mismo. Y esto es carecer de una verdadera perspectiva de la realidad. Ni los hi­jos tienen la misma madurez de los padres, ni todos los hijos están llamados al mismo camino espiritual de los padres. Cada uno de nosotros es distinto y personal delante de Dios.

Usted pretende demasiado, va demasiado por el camino de la sutileza, piensa demasiado, y por eso le parece que está obligado a corregirlo todo, y a instruirlos a todos […] es un celo indiscreto que no le conviene». (Lt. I. pág. 661)

 

Nada de prisas en exigir la santidad…

Una de las cosas más maravillosas de Dios es la de adaptarse a nuestro propio caminar. Nos empuja, y a la vez, camina a nuestro ritmo. El empeño de santidad ha de ser fuerte, pero sin pretender forzar el espíritu.

Reflexione sobre los avisos que le tengo dados, esto es, no pretender en sus hijos una santidad repentina. Llévelos, por el contrario, con dulzura y discreción a la perfección cristiana, enséñeles a temer a Dios y a huir del pecado. También le tengo dicho que un cuarto de hora de meditación, o a lo más, media hora, basta para los hijos y las hijas. De lo contrario, se can­sarán, se fastidiarán y terminarán pomo liacernada, porque se ven constreñidos a ello.

No sea extremista, carísimo don Tomás, que es una cosa muy peligrosa. La santa discreción es la sal que condimenta todas las demás virtudes. (Lt. I. pág. 661)

 

La sana diversión es necesaria

Mente sana en cuerpo sano, pero también habría que decir «santidad sana en sicología sana». La santidad y perfección cristiana no es enemiga del sano esparcimiento. La santidad no puede ser un corsé que estreche nuestro espíritu; al contrario, la santidad es la libertad de los hijos que viven con amplitud de horizontes. Algunos suelen confundir santidad con seriedad y congestión de nervios. Pablo era en todo esto muy humano. Sabía perfectamente que, sobre todo, los jóvenes necesitan respirar, sentirse libres y que Dios también es fiesta en la vida.

También le he dicho que no las esclavice tanto, que a sus tiempos les deje tomarse algunas honestas diversiones, aunque sea bajo la discreta vigilancia de la madre. De otro modo se aburrirán y perderán la alegría de su alma y con ello perderán también la devoción, el ánimo y hasta la salud. Aunque estoy convencido de que en esto, me ha hecho poco caso. (Ibíd.)

 

D. Espiritualidad familiar

No vamos a pretender en Pablo de la Cruz, que vivió en el siglo XVIII, una espiritualidad familiar estructurada como hoy. Ni tampoco unas líneas teológicas, frutos del desarrollo mismo de la teología actual. Lo importante es destacar ese sentido intuitivo de la fe que le hace descubrir la experiencia cristiana de la fe en la realidad familiar.

 

La gracia de los padres

En primer lugar, Pablo de la Cruz cree en esa gracia particular que asiste a los padres en su misión educativa y formativa de los hijos. Es lo que nosotros llamaríamos hoy «gracia de estado», porque es la misión que Dios les ha encomendado. Escribe Pablo:

No dude, sin embargo, de que la semilla de la educación y de la palabra divina producirán su fruto, pues la Divina Majestad ha dado una gran virtud y eficacia a las santas palabras de los padres a sus hijos. Así que continúe como va. Llévelas de buena manera, hábleles de la Pasión de Jesucristo, de los dolores de María Santísima, de las vidas de los santos, de la muerte, del infierno, de lo horrible del pecado. Pero esto debe hacerse con palabras sencillas, infantiles, con brevedad. Enséñeles a hacer actos de amor de Dios, a besar a menudo el santo Crucifijo y a tener devoción a María santísima y a los Ángeles Custodios. (Lt. I, pág. 556)

Pablo entiende la educación de una manera muy bella: sembrar semillas y luego saber esperar. A la vez, los padres deben confiar en la eficacia de su gracia de estado para educar a sus hijos. No deberán faltar los recursos sicológicos, como adaptarse a su condición infantil, las palabras sencillas y pequeños resortes simples como besar el Crucifijo, pero por encima de todo ha de estar su confianza en esa gracia que Dios les concede como responsables que son de la formación de los hijos.

 

Vivir la vocación familiar

La realidad familiar, los problemas, penas y esperanzas de cada día han de ser una fuente de experiencia bautismal y por tanto de experiencia de Dios y de la salvación.

Mientras tanto, usted debe poner todo su empeño en ser fiel a la vocación que Dios le ha dado, procurando atender con toda solicitud al buen gobierno de su familia, tanto en lo espiritual como en lo temporal, manteniendo una paz inalterable en casa, usando la máxima diligencia para que su señora y los hijos estén siempre contentos en Dios, y cuidando de que tanto en el vestir como en todo lo demás, caminen según su estado, porque no a todos les es dado atender al total menosprecio de si mismos, ni se puede volar, si no se tiene alas, A tal efecto, usted no debe hacer sino aquellas limosnas que le permita su actual situación, para no dar motivo a la familia a que se lamente de cosas que les hacen falta. De esta manera, conservando la paz, estarán mejor dispuestos para pensar en las cosas espirituales, según el estado en que se encuentran, pues no todos pueden ni son llamados a seguir un camino extraordinario». (Lt. I. pág. 701)

 

Santidad como pareja

El matrimonio es un compromiso de dos. La gracia sacramental del matrimonio es gracia de unión, gracia de pareja. Y por tanto también es gracia de santidad de pareja. Gracia, por tanto, que bien pudiera llamarse también de misión. La misión que cada uno de los dos tiene de ayudara la santidad y perfección cristiana del otro.

Ayude con santos consejos a su señora esposa y compañera de espíritu. Espero de ella mucho bien. La saludo en Jesucristo, y la deseo santa en la Cruz del salvador, otro tanto lo espero de toda su casa.

Amarse como esposos es también ayudarse mutuamente en el crecimiento de la le y de la santidad. Por otra parte, la esposa, no es sólo compañera sicológica que complementa al marido, es también «compañera de espíritu», compañera de camino por las experiencias bautismales de la gracia.

No siempre Pablo se encuentra con matrimonios como el de Tomás Fossi. Su experiencia lo hace partícipe también de situa­ciones delicadas. El 16 de junio de 1758 escribe una carta muy interesante a la señora Cecilia Constanzi Tolfa. Su marido lleva, según parece, una doble vida, y las consecuencias no se hacen esperaren la vida de Cecilia. Ella le pide a Pablo que haga lo posible por hablar con él a fin de corregirlo. Pablo, muy sabiamente le manifiesta no ser conveniente, más bien cree que sería preferible a que sea el esposo quien manifestase alguna intención de llegar a este encuentro:

Si él viniese aquí espontáneamente a hacer los ejercicios, entonces podría esperarse algún resultado. De lo contrario no sabría decirle nada esperanzador. Cuando el tiempo refresque un poco o en la próxima cuaresma organizaremos una tanda de ejercicios, y entonces invitaríamos también a su esposo, si quisiese venir. (Lt. III pág. 524-525)

Mientras tanto, Pablo le hace algunas sugerencias prácticas:

Mientras tanto, si se diese el caso de que él se acercase por aquí, ciertamente yo trataría de iluminarlo a fin de que cumpla con sus deberes. Usted procure ejercitarse en el sufrimiento, dejando de lamentarse, y orando a Dios por él pidiendo que cambie…

Señora Cecilia, atienda usted misma a la buena educación de sus hijos, y supla así las deficiencias de su esposo. En la meditación diaria de la Pasión Santísima de Jesucristo y en la devota frecuencia de los sacramentos, aprenderá la caridad y la paciencia, la mansedumbre hacia su esposo y para con los demás: (Ibíd.. pág. 525)

Peor parece aún la situación de la señora Lucrecia Bastiani Paladini. Su matrimonio da la impresión de irse agrietando cada vez más. Esto ya aparece en la correspondencia de 1760. Sin embargo, en 1773 las rosas llegaron ya a rebasar hasta tal punto que la Señora Lucrecia consulta a Pablo sobre la actitud que debe tomar. Ella está pensando en la separación definitiva. Pablo entonces, le escribe:

No puede ni debe abandonar a su esposo, sino hacer un buen uso de la cruz, y, sufriendo con paciencia por amor a Dios y con resignación a la divina voluntad, mostrar que ama a Dios no sólo con palabras sino con hechos. Para quien ama a Dios, dice san Pablo, todas las cosas ayudan, prósperas o adversas, amargas o dulces, pequeñas o grandes, todas, insisto, ayudan y coope­ran en bien del alma.

Jesucristo nos mostró su amor no sólo con sus divinas palabras y con santos deseos, sino con sus divinos ejemplos y padeciendo mucho en su honor, en su fama y en su vida, la que entregó por nosotros en la cruz.

Por lo demás. San Pablo dice que la esposa infiel será ganada para Dios por su marido fiel, y que marido infiel será ganado para Dios por la esposa fiel. (Lt. III, pág. 592)

 

Hay que ganarse a las suegras para ganarse alguito de cielo

Uno se sorprende de que un contemplativo al estilo de san Pablo de la Cruz descienda a toda una serie de detalles, aparentemente insignificantes. Es cierto que ni todas las suegras son tan malas como se dice, ni posiblemente tan buenas corno ellas se imaginan. Pero Pablo es consciente de que la relación entre nuera y suegra es muy importante porque en parte condiciona el éxito mismo del matrimonio de la pareja.

A una señora, cuyo nombre ignoramos, le escribe el 28 de diciembre de 1769 desde Roma:

Sobre todo sea muy dulce y serena con la suegra. No le responda. Mas sufra en silencio. Es una buena mujer, yo lo sé, pero Dios quiere hacerla a usted santa bendita hija… Y Dios se sirve de ella como de un instrumento para ejercitarla a usted en la virtud: la humildad, la mansedumbre, la paciencia, etc. Hágalo así, hija bendita, y será santa. Y permanezca callada, muestre buen semblante y jamás se lamente con su esposo sobre la suegra, a fin de no contristarlo. (Lt. IV, pág. 125)

No se trata de aguantar leña y callar. Pablo sugiere toda una serie de motivaciones. Dios también nos habla a través de las suegras. Es buena, aunque un tanto difícil. Busque en ello el ejercicio positivo de las virtudes domésticas. Y sobre todo, le sugiere un criterio muy sutil: «no lamentarse con el esposo sobre la suegra», al fin y al cabo es su madre, y como hijo puede sentirse dolido. Se trata de pequeños detalles pero en los que se reflejan la finura espiritual y humana de Pablo de la Cruz.

 

Orar con los hijos

San Pablo de la Cruz siempre tuvo una gran fe en la oración y meditación, sobre todo de la Pasión de Jesús, como camino de perfección cristiana. Y tal vez una de sus más finas intuiciones fue la de creer que la oración–meditación es para todos, incluso para los niños, jóvenes y adolescentes.

De ahí que, dentro de la pedagogía de la fe, los padres aparezcan siempre como maestros de oración para los hijos. Pero Pablo de la Cruz tiene un detalle pedagógico importante. No basta con enseñar a rezar. Es esencial «rezar, orar y meditar con ellos»: la presencia del padre que se pone delante de Dios en compañía de sus hijos.

En orden a la oración de sus hijos e hijas, queda en libertad de dejarlos que la llagan por su cuenta. ¡Pero cuánto les ayudará su presencia para que la hagan fielmente! Y, además, por esta su caritativa asistencia, su Divina Majestad le concederá mayor recogimiento, y lo llevará a una más profunda soledad interior. (Lt. I. pág. 644)

La experiencia de compartir la oración con los hijos la considera Pablo una «caritativa asistencia», caritativa presencia. Una presencia que, mientras ayuda a los hijos, hace crecer también en espiritualidad a los padres.

E. Criterios sobre la continencia conyugal

Tomás Fossi le plantea con frecuencia a Pablo la posibilidad de vivir en continencia absoluta dentro del matrimonio, tal vez, por esa misma tendencia mística de hacerse religioso y como quien no ha descubierto su verdadera vocación en el estado al que Dios le ha llamado: el matrimonio.

Pablo de la Cruz nunca aceptó que Tomás tomase tal decisión, salvo en dos circunstancias muy concretas: primero, que nazca de un mutuo acuerdo entre los dos, esposo y esposa, y en segundo lugar, que sea temporal. Parte aquí del principio mismo de San Pablo de la Cruz, que considera la entrega mutua como una manera de vivir también el camino de santidad y perfección, y que para ser santo no es necesario negar las exigencias de la sexua­lidad de la pareja. El 11 de agosto de 1746 le escribe:

Ya sabe usted que, acerca de la continencia conyugal, yo siempre he sido fuerte, en especial por los motivos que usted me ha expresado por escrito y de viva voz. Uno y otro deben conservar una santa libertad conyugal, esto es, la libertad, tanto de pedir como de dar. Así se conserva mejor la santa caridad y se cierra el paso al demonio para muchas tentaciones, máxime teniendo en cuenta los celos a que usted mismo me hace referencia, ¿No ve y toca con la mano lo errónea que seria una tal resolución? ¿Y que esto nace de la misma esposa, más por modestia, que de la decisión de su voluntad? Le recomiendo que reflexione mucho sobre esto. Sé que le dije que de común acuerdo pueden tomar esa resolución por algún tiempo, o en tiempo de gran solemnidad, temporalmente, para dedicarse a la oración. Esto también San Pablo lo aconsejaba. (Lt. I, pág. 555)

Resulta interesante ver las motivaciones que Pablo sugiere para no renunciar a la vida íntima conyugal. En primer lugar, la vida íntima «conserva mejor la santa caridad». Lo que significa que Pablo de la Cruz ve en la relación sexual un deber de amor, de caridad del uno para con el otro y no sólo expresa esa caridad sino que la aviva y la conserva.

Un año más tarde, el 23 de setiembre de 1747, Pablo vuelve a reiterar su insistencia en la riqueza espiritual de la vida intima de la pareja. Fossi no es fácil de convencer cuando algo le entra en la cabeza. Ahora le habla a Pablo de la posibilidad de un voto de castidad conyugal. Pablo le responde:

En cuanto a la continencia, le digo que se valga del consejo de san Pablo, el cual aconseja a los casados la continencia temporal, para mejor dedicarse a la oración. Queda, pues, eso a su discreción y libertad, para ejercitarse en esa virtud, pero de ninguna manera haga voto, sino que ambos conserven siempre su libertad. (Lt. I. pág. 558)

Y el 5 de julio de 1749, le escribe desde Vetralla lo siguiente:

Acerca de la continencia, le vuelvo a decir que por ahora no me siento inclinado a darle licencia para guardarla perpetuamente, sino temporalmente, esto es en las novenas y otros tiempos, pero siempre de común acuerdo. Por lo tanto, diga a su señora y piadosísima esposa cuál es mi parecer, pues no quiero que se obliguen con voto, sino que queden con la santa libertad conyugal. Si luego, a lo largo de tales novenas, se sienten ambos seguros y sin peligro y quieren continuar absteniéndose por más tiempo, háganlo con la bendición de Dios, pero vayan poco a poco, probando si es esa la voluntad.de Dios, pues no basta para ello sentir ciertos fuertes impulsos, que pueden nacer del fervor de la devoción que Dios le da, pero que deben ser probados para ver si hay perseverancia, alejamiento y mortificación del instinto, etc. (Lt. I. pág. 583)

Fossi es demasiado impulsivo. Se deja llevar demasiado de sus impulsos y sentimientos. Por el contrario, Pablo de la Cruz, mantiene constante equilibrio de discernimiento. Y sobre todo, hay algo que él no quiere que se pierda en la vida de la pareja: su santa libertad de hijos de Dios. Por el sacramento del matrimonio la voluntad de Dios, para ellos, es que vivan y mutuamente se expresen y manifiesten su propio amor y caridad, también mediante la vida íntima de sus cuerpos. Para renunciar a ella, Pablo exige de un discernimiento que pueda manifestar que ahora el Señor los llama por otros caminos diferentes. Mientras tanto deben vivir la realidad de su condición de pareja

Rasgos de la santidad seglar

La visión de san Pablo de la Cruz sobre la santidad seglar es muy simple. Me atrevería a decir que, más que inventar cosas, aprovecha los medios normales y ordinarios de la vida cristiana. Esto que pudiera parecer pobreza de recursos más bien lo vemos como una manera de ver la santidad y la perfección del cristiano como un proceso de un normal desarrollo de la vida bautismal. Dicho de otra manera, para el Fundador de los Pasionistas, para ser santo no se requiere nada especial. Basta con vivir coherentemente la vida diaria, con los medios normales que la Iglesia ofrece a todos.

¿Qué exige a las almas dirigidas por él y que viven en el mundo? Lo que la Iglesia les brinda diariamente: vida sacramental (la penitencia y la eucaristía), una vida de oración y meditación que, incluso, en aquellos que tienen dificultades, pueden suplirlas con jaculatorias a lo largo del día.

Sin embargo, notamos tres detalles importantes que convendría resaltar:

Por una parte, la perfección cristiana consiste para él en responder con fidelidad a la voluntad de Dios. De ahí que en el camino de la santidad, para Pablo es esencial el sentido de discernimiento. ¿Es ésta la voluntad de Dios sobre mí? Si ésta es la voluntad divina, importan poco los caminos y los medios. La misma voluntad de Dios se hace camino y se hace instru­mento de santificación.

Por otra parte, Pablo de la Cruz, que busca siempre la libertad espiritual de las almas, tampoco cae en lo que hoy llamaríamos «la informalidad» espiritual. Es frecuente que exija a sus dirigidos y dirigidas un pequeño reglamento de vida. No como un elemento esclavizante, sino como una manera de ayudar a la fragilidad de la libertad. Cuando todo se deja a la improvi­sación de cada momento, se termina por hacer muchas cosas, dejando de hacer a veces lo fundamental. Por falta de espacio no los copiamos aquí. Pero quien lea sus cartas se encontrará con una serie de estos reglamentos de vida. Y esto tanto para seglares como incluso para aquellos sacerdotes que le piden les sirva de guía espiritual.

Y finalmente, un tercer elemento en los caminos de la santificación de las almas es la meditación diaria, sobre todo la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. Pablo tiene una fe inmensa en la eficacia de la meditación y en concreto de la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. En la meditación descubre Pablo de la Cruz la manera más práctica y eficaz de interiorizar la fe y los misterios de la fe, en contra de tantas prácticas piadosas de carácter externo que no logran ahondar en el alma.

Al escribir esto, me pregunto qué sentiría Pablo de la Cruz al leer el capítulo 5 de la Constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II. «Llamamiento universal a la santidad». ¿No era esa su idea? Todo bautizado, por exigencia misma de su bautismo está llamado a la santidad cristiana…

 

3. La «tejedora de Piansano»

Son muchas las almas de seglares dirigidas espiritualmente por el Fundador de los Pasionistas. Queremos hacer una breve alusión a una en particular. Elegimos a Lucía Burlini, la «tejedora de Piansano», por dos motivos.

En primer lugar, porque fue una de las almas más queridas y amadas por el P. Pablo de la Cruz. Sus cartas las encabezaba casi siempre con términos como «Hermana mía en Cristo Jesús», «Hermana mía amadísima en Cristo Jesús», «Hija mía en Jesús crucificado». Ella misma era consciente de esta ternura y cariño de Pablo hacia ella. Ella misma confiesa en los Procesos Ordinarios de Canonización de Corneto que «el P. Pablo me decía que aunque se hubiera deshecho de todas las demás personas a quienes había tomado bajo su dirección espiritual, nunca lo hubiera hecho conmigo».

Y en segundo lugar, porque Lucía Burlini es el modelo de la santidad del seglar humilde, sencillo y que vive de su trabajo diario. Y no sólo eso, sino que a la pobreza material, Lucía unía la pobreza cultural. Era analfabeta. No sabía ni leer ni escribir. Hasta el punto de darse aquí un fenómeno raro de dirección espiritual. Pablo mantuvo una larga correspondencia con ella, pero a través del sacerdote Juan Antonio Lucattini. Y esto lo hacia cuando aún Lucattini era seminarista. Pablo dirigía prácticamente a ambos. Hay cartas en las que les dice; «es mi intención que las cartas a Lucía le sirvan también a usted, por lo que no me alargo más».

Lucía conoció por primera vez a Pablo de la Cruz en 1734, con motivo de la misión predicada en Cellere. Murió a los 79 años de edad, y la Iglesia la ha declarado ya Venerable. Pablo no sólo fue su director espiritual, sino que en muchas ocasiones Lucía fue de las pocas personas que pudieron conocer las profundidades del alma de Pablo. Pablo, de ordinario era muy parco en hablar de sí mismo. Ni siquiera con los religiosos exteriorizaba el mundo de problemas que tantas veces lo agobiaban espiritualmente. Lo hacía con el fin de no inquietarlos con sus sufrimientos interiores. Y, sin embargo, en una carta del 1 de Julio de 1752 se abre con Lucía y Lucattlni. Merece la pena copiar algunos de sus párrafos:

Compadeceos de mí al menos vosotros siervos de Dios, porque la mano del Señor ha caído sobre mí… Me encuentro en una tribulación tan grande, como no la he tenido nunca hasta ahora… He perdido el apetito y no puedo dormir, pues durante el sueño estoy temblando de miedo, como si en la mañana tuviera que ser llamado a la horca…

Recurro a la caridad de los amigos de Dios, especialmente de Lucía, suplicándole que dé alguna limosna al pobrecillo que le escribe, pidiendo ardientemente al Señor, tanto en sus oraciones como en la santísima comunión, por mis grandes, grandísimas necesidades…

Será un milagro que mi pobre humanidad no ceda… Expongan Lucía y usted nuestras necesidades al Señor… ¡Ay, por caridad, por caridad pidan ardientemente al Señor que nos socorra en tantas necesidades!

Si Lucía y usted me hicieran la caridad de decirme algo para aconsejarme… No puedo más. (Lt. II, pág. 821)

Lucía fue siempre como una madre para la Congregación Pasionista. Llegó a formar como la «cadena de pobres» cuya finalidad era pedir de casa en casa para recaudar limosnas para los religiosos. Muchas de estas familias eran pobres, pero que de su pobreza sabían compartir. En más de una ocasión pedían harina y luego en el horno público cocían el pan para llevárselo a los religiosos, sobre todo, a los que vivían en la ermita de Nuestra Señora del Cerro.

 

Metas de santidad

Pese a la condición de seglar y de analfabeta. Pablo presenta a Lucia el amplio camino de la contemplación y la vida en pura fe. Me atrevería a llamar a Lucía «la seglar contemplativa y mística». Pablo cree en el maravilloso poder de la gracia y en la fuerza transformadora de la Cruz en las almas, independientemente de donde se encuentren, qué conocimientos intelectuales tienen o su condición de vida. La santidad es para él algo que acontece entre el alma y Dios. Así que da lo mismo que las flores crezcan en un bello y cuidado Jardín o en la rendija de unas rocas.

Pablo de la Cruz, de gran olfato espiritual para las almas, descubre que la de Lucía es un alma privilegiada de Dios. Que lo que tiene de analfabeta lo tiene de sabiduría divina. Y lo que no sabe escribir con la pluma lo escribe con el testimonio de su vida. Le escribe:

Toda humillada y reconcentrada en su nada, en su nada poder, nada tener, nada saber, con alta filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la ínjlnita caridad de Dios, que es todo fuego de amor. Nuestro Dios es un fuego consumidor. Y ahí, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa: y esta Divina natividad la celebrará en el divino Verbo Cristo nuestro Señor.

Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto.

Eran tiempos difíciles. Ciertos rigorismos limitaban la participa­ción diaria en la santa comunión. Muchos sacerdotes imbuidos de jansenismo se negaban a darla a los fieles. Antes que Juan Antonio Lucattini, Lucía tuvo otro confesor, don Domingo Parri. Este le prohibía comulgar. Mientras tanto, Pablo de la Cruz se las ingeniaba para que a Lucía no le faltase alimento espiritual de la Comunión. Así le pide a Lucattini que le dé a Lucía la comunión por la mañana, a una hora adecuada, cuando no haya gente en la Iglesia.

Pablo tiene una gran fe en la santidad de Lucía hasta el punto de que, escribiendo a Lucattini, le dice:

Y Lucía ¿qué hace? Deme alguna noticia de ella, pues, aunque he dejado la dirección de todas las almas, excepto las de la Congregación, porque verdaderamente me resulta imposible atenderlas y, lo que es peor, no tengo luz para dirigirlas, a Lucía empero no la he abandonado, sino que le guardo mi servicio en Dios, para que no se olvide de mí en mis grandes necesidades. Dígale, pues, que pida mucho al Señor y a María Santísima por toda esta pobre Congregación…

 

Otras almas que volaban alto

Los santos tienen un imán especial para atraer a las almas grandes. San Pablo de la Cruz vivió una gran experiencia con toda clase de almas místicas, pero posiblemente, las almas más finas de su dirección espiritual fueron precisamente seglares. Lucía Burlini, de la que acabamos de hablar. Inés Grazi, que descubrió los caminos de la santidad gracias «a un dolor de muelas». Rosa Calabresi, que marcó los últimos años de la vida de Pablo. La relación espiritual entre Pablo y Rosa comenzó en 1760 cuando Rosa le escribió por primera vez, aún sin conocerlo personalmente. Desde entonces, hasta la muerte de Pablo le escribía semanalmente. La pena es que Rosa quemó toda la correspondencia, como quien quiere evitar destapar el vaso de perfume para que no se pierda. Se conocieron personalmente el 22 de abril de 1775 en la sacristía de los santos Juan y Pablo de Roma. Durante dos meses de permanencia en la Ciudad Eterna las conferencias espirituales entre los dos eran frecuentes. Estas conferencias Rosa siempre las consideró como «una continua oración».

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4. Los pasionistas seglares

San Pablo de la Cruz fue siempre muy consciente de que Dios le pedía la fundación de la Congregación Pasionista como un don para la Iglesia. Y, a la vez, tuvo una clara conciencia de que su carisma «la experiencia del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz», no era un privilegio de la Congregación, sino que la Congregación había sido creada en la Iglesia precisamente para «despertar esta memoria y grato recuerdo». Esta es una idea clave en su vida de fundador, desde los comienzos mismos de la Congregación. Hay un texto en la Noticia de 1747 que lo dice con toda claridad:

El gran Padre de las misericordias se ha dignado establecer en la Santa Iglesia una nueva Orden, un nuevo Instituto, en estos tiempos lamentables, tan calamitosos, en que a cara descubier­ta campean por sus respetos toda suene de iniquidades, con perjuicio incluso de nuestra santa Fe, que es atacada en lo más vivo en muchas partes de la cristiandad. El mundo continúa sumido en un profundo olvido de las amarguísimas penas que por amor suyo sufrió Jesucristo nuestro verdadero Bien, habiéndose poco menos que extinguido la memoria de su Santísima Pasión entre los fieles. De aquí que esta nueva Congregación tenga en cuenta uno y otro desorden para extirparlo, y, promoviendo una tal devoción, pretenda extirpar el vicio e implantar la virtud llevando las almas al cielo por el camino de la perfección, siendo la Pasión de Jesús, el medio eficacísimo para obtener todo bien. (Noticia 1747 n. 12)

Pablo de la Cruz no está pensando sólo en una comunidad religiosa que hace memoria del misterio de la Cruz. Está pensando en que los fieles seglares lleguen también a hacer esta misma memoria. Pablo está pensando en que la experiencia fundamental de la Congregación sea compartida también con el resto de fieles del Pueblo de Dios. No para que los seglares se hagan todos religiosos pasionistas, sino para que ellos puedan lograr descubrir su propio «camino de perfección» o santidad en su propia vida. Recuérdese la insistencia de Pablo a don Tomás Fossi sobre la necesidad de santificarse «en su propio estado».

Ya que has terminado de leer estos 5 artículos,

si estás interesado en amar así al Amor,

siguiendo este modo de vida,

escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano),

preguntándole lo que debes hacer.

Su correo electrónico es:

pablofranciscomaurino@gmail.com

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