Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 29, 2010

¿Desde dónde reina Cristo?

Como nos cuenta la primera lectura, cuando los dirigentes de las tribus de Israel vinieron a hablar con David, le dijeron: «El Señor te dijo: «”Tú eres el que guiará a mi pueblo, tú llegarás a ser el rey de Israel”.» Con esto, según los Padres de la Iglesia, se estaba anunciando el reinado del descendiente de David: Jesucristo.

Efectivamente, porque se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los Cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor.

Eso es lo que resalta la segunda lectura de hoy: Él renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo, y logró ese puesto por una sola razón: porque derramó la Sangre en la Cruz.

Los Padres de la Iglesia y muchos santos defienden la idea de que Jesucristo reinó desde la Cruz. Efectivamente, el Evangelio nos cuenta que había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el Rey de los judíos». Y, cuando los sacerdotes le pidieron a Pilato que corrigiera el escrito, se negó.

Y, ¿cómo reinó? Con su humildad: los jefes se burlaban de Él diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él: le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Hasta uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero Jesús callaba; fue con la humildad como derrotó la soberbia del Demonio.

Cruz y humildad, pues, son el Trono y la corona de este Rey.

Eso fue lo que descubrió el otro malhechor; por eso le dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino».

Si nosotros también lo advertimos, escucharemos igualmente sus palabras: «En verdad te digo que estarás conmigo en el paraíso».

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Ciclo C, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2010

La verdadera libertad

 

Los nazarenos debieron quedar estupefactos cuando Jesús leyó el pasaje: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista», y peor quedarían cuando dijo que esa Escritura se estaba cumpliendo en ese momento.

¿Quién era él para hacer esa afirmación tan atrevida? ¿Se creía tan importante como para ser el Enviado descrito por el profeta Isaías?

Su infinita humildad hizo que no realizara los signos y milagros que en otras regiones demostraron que el Espíritu del Señor sí estaba sobre Él.

Ese es el estilo de la sabiduría: quieta, callada y ocultamente, sin que se sepa, llega a los humildes —no a los sumisos, como se acostumbra a definir hoy esa virtud—, a quienes obran en concordancia con el conocimiento propio, a quienes saben que nada es suyo (que todo es prestado por Dios), a los pobres.

La pobreza no es no tener sino saber que nada es propio. A estos llega el Mensaje de Dios, la Noticia de su salvación, por la Cruz de Cristo.

También llegó a los cautivos, que saben ahora que existe la auténtica libertad: la emancipación de las malas inclinaciones, de las dependencias, de las esclavitudes…

El hombre está oprimido por ellas, y la manera más fácil de liberarse es seguir el camino que Cristo ya recorrió: darse a los demás, si es necesario hasta el dolor, y hasta la muerte, aunque no creamos tener suficiente para dar, ya que Él nos prestará lo que tengamos que dar.

Y, además, llegó a todos los ciegos… A nosotros, por ejemplo, que olvidamos a menudo que Él está con nosotros, y que debemos cumplir la misión que nos corresponde en este mundo.

¿Qué nos detiene para convertirnos por fin en parte del Cuerpo de Cristo, el único hombre que ha sido verdaderamente libre, el Único que nos llevará a la auténtica libertad, que tanto perseguimos?

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Ciclo C, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en enero 1, 2010

«Me has preparado un cuerpo»

Ofrecer sacrificios a sus dioses ha sido una idea predominante en casi todas las religiones. Machos cabríos, toros, tórtolas, pichones y otros animales se inmolaban al Señor en el tiempo de Jesús, buscando con esa sangre, la remisión de los pecados. Dondequiera, la conciencia humana tiene impreso el sello del pecado original y busca continuamente borrar esa herida.

Pero los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibió Dios, ya que eran despreciables y sin valor ante Él, eterno y todopoderoso. Sólo la oblación del cuerpo de Jesucristo y su preciosísima Sangre eran aceptas a su Padre.

Este único sacrificio que se repite, incruento, en cada misa a la que asistimos nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Siete siglos antes estaba escrito: en Belén, pequeño entre los clanes de Judá, nacerá el Salvador.

Una mujer humilde que vivía en la ciudad que hoy se llama In Caria dice a su prima: Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor. Efectivamente, hacía pocos días que la Virgen, nuestra Madre, llevaba en su vientre al Verbo encarnado, que luego habría de derramar su Sangre y ofrecer su Cuerpo por nosotros.

Hoy estamos celebrando que ese embarazo llega casi a su fin, y nos aprestamos a observar —de nuevo, y con el alma abierta a las gracias que Dios da por estos días— el espectáculo más grande que puede ver un ser humano: Dios–Hombre, perfecto Dios y perfecto hombre, en una pequeña criatura que, como todos, sonríe al ver a su Madre, llora cuando tiene hambre, se duerme al son de la canción de cuna que, con una sonrisa, le canta la santísima Virgen María…

Con ese corazón humano que palpita hoy, siete días antes del parto, nos ama a cada uno de nosotros; nos lo demostrará entregándose para pagar todas nuestras culpas, sufriendo lo indecible y muriendo por nosotros.

¿Lo amamos así?

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Ciclo B, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2009

 

 

La vida espiritual

 

Hay un aspecto de nuestra fe que muy pocos conocen y que, para los que lo viven, tiene reservadas las más maravillosas experiencias que en esta tierra se pueden disfrutar.

Se trata de la vida mística, es decir, la experiencia de lo divino. Efectivamente, el ser humano fue hecho para vivir estas experiencias; nada más podrá satisfacer esos anhelos que bullen en su interior: Dios se comunica al alma, colmándola de consuelos, gozos y deleites espirituales que nunca se podrán comparar con los terrenales.

Pero para acceder a ellos es necesario no reservarse nada, como nos lo sugiere la primera lectura: Dios le dijo a Abraham que por no haberse reservado ni siquiera a su hijo, que era lo que más quería, lo llenaría de bendiciones.

Por eso la Iglesia se goza poniendo a nuestra consideración la transfiguración del Señor el día de hoy: porque es figura de nuestra propia transfiguración, un cambio de figura, para que nos convirtamos en aquellos hijos de Dios que viven en intimidad con Dios, recibiendo de Él todas esas comunicaciones que llenan nuestras más íntimas y altas aspiraciones.

Además de no reservarnos nada, debemos orar. Orar mucho; con constancia y con confianza.

Una constancia tal que nunca dejemos de hacerlo; por ningún motivo; a diario.

Y una confianza total en ese amor divino, que lo único que busca es nuestra auténtica felicidad, la felicidad de haber llegado a la meta: el encuentro con Dios que nos transfigura. Confianza que muestra san Pablo en la segunda lectura:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios mismo los declara justos. ¿Quién los condenará? ¿Acaso será Cristo, el que murió y, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

   

 

 

 

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Ciclo B, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 19, 2009

Nuestra realización personal

 

En las lecturas de este año B, es Dios mismo por medio de Isaías quien nos grita: A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan sin dinero y coman, pidan sin pagar. Si me hacen caso, comerán cosas deliciosas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

Estas palabras tienen un mensaje más profundo de lo que aparece a primera vista: habla primero de cosas materiales —comida, bebida—, pero termina diciendo que nuestra alma vivirá. Lo que pasa es que, como lo dice esta primera lectura, así como el Cielo está muy alto por encima de la tierra, así también los caminos de Dios se elevan por encima de nuestros caminos y sus proyectos son muy superiores a los nuestros.

Del principal proyecto, precisamente, nos habla san Juan en la segunda lectura: vencer al mundo para llegar a la única meta que realmente importa: la felicidad eterna en el Cielo. Y, ¿qué nos dice? Que quien vence al mundo es el que cree que Jesús es el Hijo de Dios, que viene por el agua y la sangre: Jesucristo; y el Espíritu Santo también da su testimonio, el Espíritu que es la verdad.

Por eso Juan el Bautista dice: «Yo los he bautizado con agua, pero Él los bautizará en el Espíritu Santo.» Y así ocurrió: nos bautizaron con el agua que brotó del costado de Cristo, fuimos salvados por el derramamiento voluntario de su Sangre y el Espíritu Santo nos lleva misteriosamente hacia la santidad, es decir, al Cielo, donde seremos infinita e inmensamente felices.

Si Dios es amor, podemos decir que Él solo se realiza amando. Y si nosotros fuimos hechos para ser amados por Él, también podemos afirmar que nuestra realización personal consiste en ser amados por la Santísima Trinidad. Por eso, en el momento en el que Juan Bautizaba a Jesús, se vio la gloria de la Santísima Trinidad. Fue un presagio de lo que nos espera allá arriba, donde lograremos la tan anhelada realización personal.

 

 

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