Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2012

‘Es que somos humanos’

 

Esta frase es la disculpa más utilizada: «Es que soy humano, y por eso…», como si ser humanos consistiera siempre en hacer lo malo. ¿Acaso no es humano servir, hacer obras de caridad, ser generoso, etc.? Efectivamente, lo humano no es solo lo negativo: porque somos humanos también hacemos el bien. No son los animales —ni tampoco los ángeles— los que hacen los orfanatos, ancianatos, dispensarios de salud gratuitos…

En realidad, cuando hablamos así, lo que queremos decir es que no somos aún muy espirituales, sino que somos todavía muy carnales, como dice san Pablo.

Y son carnales, como nos explica hoy el apóstol Santiago, quienes tienen envidias y rivalidades, los que viven en guerras y contiendas…

También lo son quienes acechan al justo, porque les resulta incómodo: porque se opone a sus malas acciones, les echa en cara sus pecados, les reprende su educación errada; tal y como nos lo explica hoy el libro de la Sabiduría.

Dicen esos carnales: «Veamos si sus palabras son verdaderas; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».

En cambio, el espiritual posee la sabiduría que viene de arriba, que ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

Otra característica del hombre carnal es que quiere ser el primero, el más reconocido, el más apreciado y respetado…; es decir: el que más soberbia tiene.

Para prevenirnos de este error, Jesús sentenció:

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Somos humanos; por supuesto. Pero podemos —y debemos— ser humanos espirituales; no humanos carnales.

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Ciclo C, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 11, 2010

¿De verdad tenemos fe?

 

Quizá algún día hayan sido nuestras las palabras de Habacuc: ¿Hasta cuándo, Dios mío, te pediré socorro sin que Tú me hagas caso? ¿Por qué me obligas a ver la injusticia? ¿Acaso tus ojos soportan la opresión? Sólo observo robos y atropello, y no hay más que querellas y altercados…

Dios le respondió a él, diciendo: «El que vacila nunca contará con mi favor, el justo sí vivirá por su fidelidad».

Por eso nunca debemos vacilar en nuestra fe; por eso debemos ser fieles, y creer en Él, que nos amó hasta dar su vida por nuestra felicidad, derramando hasta la última gota de su santísima Sangre…

Él nunca nos faltará en los momentos de necesidad; y, si parece que lo hace, es para que nosotros nos beneficiemos en algo que no alcanzamos a ver. Él ve las situaciones de nuestra vida con un telescopio de largo alcance; nosotros, con microscopio: así, situaciones que parecerían beneficiosas resultan desastrosas a largo plazo; y al revés. Solo Dios sabe cuánto provecho nos hará cualquier situación en la que nos encontremos, por mala que parezca.

San Pablo nos invita hoy a que reavivemos el don que recibimos en el Bautismo, «porque Dios no nos dio un espíritu de timidez, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de buen juicio», sostenidos por la fuerza de Dios.

Los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». Hagamos nosotros lo mismo, con constancia, y llegaremos a tenerla —como dijo Jesús— más grande que un granito de mostaza: no solo le diremos a un árbol: Arráncate y plántate en el mar, y el árbol nos obedecerá, sino que haremos mayores milagros.

Eso fue lo que hicieron los ya innumerables santos: ¡milagros! La fuerza y el poder de Dios no se han debilitado: lo que faltan son mujeres y hombres de fe.

Y cuando hayamos hecho todo lo que se nos haya mandado, digamos como los santos: «Somos simplemente servidores; no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer, lo que era nuestro deber».

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