Hacia la unión con Dios

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Que rindan cuentas todos los culpables, incluso obispos, dice el Papa Francisco

Posted by pablofranciscomaurino en junio 5, 2019

 

El Papa Francisco dice que los culpables de abusos sexuales y quienes los encubrieron deben rendir cuentas a la justicia, algo que “en muchos casos incluye a los obispos”, señaló el vocero vaticano, Greg Burke al comentar la carta que el Santo Padre publicó este lunes. Este 20 de agosto el Pontífice publicó una carta dirigida “al Pueblo de Dios” en la que condenó los abusos sexuales cometidos por los sacerdotes, esto a raíz del informe de la Corte Suprema de Pensilvania que denuncia más de mil casos ocurridos en los últimos 70 años y en los que están involucrados unos 300 sacerdotes. “El Papa Francisco dice que se necesita urgentemente que los culpables rindan cuentas, no solo los que cometieron esos crímenes, sino también aquellos que los cubrieron. Lo cual en muchos casos incluye a los obispos. Además de hacer un llamamiento a toda la Iglesia Católica para que se adopten las medidas de protección necesarias en todas las instituciones”, señaló el Director de la Sala de Prensa, Greg Burke. El vocero señaló que el texto del Papa “es para Irlanda, para Estados Unidos, es para Chile”, pero también para el resto de fieles que conforman el pueblo de Dios. En ese sentido, Burke se refirió a los escándalos de abusos denunciados en Irlanda y que fueron condenados por Benedicto XVI en 2010; así como los casos ocurridos en Chile y que llevaron a la condena del sacerdote Fernando Karadima, también en 2010, y al informe elaborado este 2018 por Mons. Charles Scicluna luego de una visita apostólica encomendada por Francisco. Burke señaló que “es significativo que el Papa se refiera a los abusos como un crimen, no solo un pecado y que pida perdón”. Francisco “es muy consciente de que todos los esfuerzos no serán suficientes para reparar el daño hecho a las víctimas”, muchas de las cuales han sido escuchadas por el Pontífice “a lo largo de los años y esto claramente se nota en la carta. El Papa lo subraya: las heridas nunca prescriben”. Asimismo, indicó el vocero, en su carta “el Papa también pide que todos los creyentes pongan de su parte con las armas tradicionales para combatir el mal: oración y penitencia”. En su carta, el Pontífice señaló que “la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males”. “Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias”, expresó. Francisco dijo que “el dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”.

Si desea leer todo el contenido de la carta del Papa, haga clic aquí:

http://m.vatican.va/content/francescomobile/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Dios reprende a los que ama; ¿y tú?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2015

El sufrimiento ha de ser considerado como una prueba pasajera, como una corrección medicinal que Dios procura a sus hijos buscando su bien. Nosotros, imágenes suyas, también en esto debemos imitar a nuestro Padre al procurar el bien de nuestros hermanos. Así lo enseña San Agustín:

 

«Para que no se moleste el hijo pecador de ser corregido con azotes, también Él, el Hijo único sin pecado, quiso ser azotado. Por tanto aplica tú el correctivo, pero evitando la ira del corazón. El Señor mismo, refiriéndose a aquel deudor al que exigió de nuevo toda la deuda por haber sido despiadado con su consiervo, dice así: “del mismo modo obrará vuestro Padre celestial con vosotros, si cada uno no perdona de corazón a su hermano” (Mt. 18,35)

«Por tanto, […] sin perder la caridad, practica tú una saludable severidad. Ama y castiga, ama y azota. A veces acaricias, y actuando así te muestras cruel. ¿Cómo es que acaricias y te muestras cruel? Porque no recriminas los pecados, y esos pecados han de dar muerte a aquel a quien amas perversamente, perdonándole. Pon atención al efecto de tu palabra, a veces áspera, a veces dura y que ha de herir. El pecado desola el corazón, destroza el interior, sofoca el alma y la hace perecer. Apiádate, pues, y castiga» (Sermón 114, A, 5).

 

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

 

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Hoy, ¿hablar de la cruz?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2014

Para encontrar una respuesta a esta pregunta, el 11 de junio, día en que se celebra la fiesta del apóstol Bernabé, hay una luz en la liturgia de la Misa, en los Hechos de los Apóstoles:

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos”.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

-Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.”

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver los Católicos más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho” Es verdad que se hace apostolado, es verdad que se incrementan los integrantes de los grupos de oración, es verdad que a veces se ve un florecimiento del catolicismo…, pero ¿no es verdad también que la mayoría de los católicos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo? ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

Pero hay más: “Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”.

¿Cuántos católicos ayunan?

El Señor nos enseñó a ayunar, nos dio ejemplo con su vida: dolor, pena, sufrimiento… ¡La Cruz!

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del gran grupo de católicos llamados “no practicantes”. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Aunque son muchísimos más, los siguientes documentos de la Iglesia hablan de la Cruz, de un modo similar:

Lumen Gentium, 3;

Hechos de los apóstoles, 14, 22;

Santo Domingo, conclusiones, 2;

Santo Domingo, conclusiones, 10;

Santo Domingo, conclusiones, 40.

Puebla, conclusiones, 278;

Puebla, conclusiones, 296;

Puebla, conclusiones, 585;

Catecismo de la Iglesia Católica, 710.

Sobre el anonadamiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 520.

Sobre el sufrimiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 307;

Catecismo de la Iglesia Católica, 428.

Sobre la mortificación:

Catecismo de la Iglesia Católica, 2015;

Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.

Sobre el ayuno:

Catecismo de la Iglesia Católica, 575;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1430;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1434;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1969.

Y sobre el dolor:

Santo Domingo, mensaje a los pueblos de América latina y el Caribe, 8;

Santo Domingo, conclusiones, 145;

Puebla, conclusiones, 279.

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¿Es el sufrimiento sólo una consecuencia del mensaje y el testimonio cristianos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 7, 2014

 

En algunas facultades de teología enseñan que el sufrimiento de Cristo se debió únicamente a que su mensaje y su testimonio chocaron con el mundo y que, en consecuencia, quien evangeliza y da testimonio tendrá que sufrir por esa razón.

Pero tenemos que ser muy prevenidos cuando escuchamos conceptos que, como estos, están en franca oposición a lo que enseña la Iglesia. Veamos:

Nada más comenzar la carta apostólica Salvifici doloris, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, el beato Juan Pablo II, dice:

“Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia”.

Entonces, el sufrimiento tiene un valor salvífico, según el Santo Padre, ya en proceso de canonización. ¿Pero es el sufrimiento de Cristo o el nuestro?

En la conferencia del cardenal Saraiva Martins sobre el tema: El evangelio del sufrimiento en el magisterio de Juan Pablo II, en la que analiza esa misma carta apostólica[1], dice:

Las tribulaciones de Cristo, hombre-Dios, de valor infinito, no necesitan otros sufrimientos para salvar, pues constituyen la única causa de salvación para todos. El poder ilimitado de sus sufrimientos confiere lo que falta a las tribulaciones de todo hombre que sufre. Sin embargo, es necesario aprovechar los dones que produce la cruz de Cristo. Jesús, por decirlo así, ha preparado un banquete, en el que no falta ningún manjar; lo único que falta es que cada uno ocupe su lugar en la mesa y consuma los manjares preparados también para él. El convidado, ataviado con los sufrimientos que Dios mismo da a cada uno como vestido, completa la mesa.

Y continúa:

Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como él y con él, a fin de seguir salvando en él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo místico. Así pues, la Iglesia no sólo es el Cuerpo de Cristo salvado por los sufrimientos del hombre-Dios; también es su Cuerpo místico, que sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.

Hay aún más:

Impresionan profundamente las palabras del Santo Padre sobre el valor del sufrimiento, cuando afirma que “parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar” [6]. De este modo, “cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo”.[7].

Para no hacer más largo este escrito, recomiendo la lectura atenta de la carta apostólica Salvifici doloris, que se encuentra en este mismo blog:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/2014/03/07/salvifici-doloris-2/

O, también, en la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_letters/documents/hf_jp-ii_apl_11021984_salvifici-doloris_sp.html

Sobresalen en ella el capítulo IV: JESUCRISTO: EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR, y el V: PARTÍCIPES EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO. Tras su lectura se podrá completar todo el conocimiento de la enseñanza del Magisterio de la Iglesia sobre este asunto.

Solo incluyo aquí unas partes de la conclusión:

Nº: 31. Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

El Concilio Vaticano II ha expresado esta verdad: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque […] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. (100) Si estas palabras se refieren a todo lo que contempla el misterio del hombre, entonces ciertamente se refieren de modo muy particular al sufrimiento humano.


[1] Sábado 13 de diciembre de 2003. San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia)

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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¿Cada pecado nos acarrea un sufrimiento?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 14, 2014

 

Cuando el Magisterio oficial de la Iglesia Católica afirma: “El sufrimiento, la enfermedad y la muerte son consecuencia del pecado original”, no está diciendo que cada pecado causa una enfermedad o un sufrimiento. Eso significaría que cada vez que pecamos tendríamos un sufrimiento o una enfermedad; y bien sabemos que muchas veces pecamos sin que nos sobrevenga enfermedad o sufrimiento y, además, que a veces sufrimos sin que hayamos pecado, lo que significa que ese criterio está equivocado.

Lo que explica la doctrina de la Iglesia es que el pecado original, y únicamente el pecado original (no cualquier pecado), fue el causante de que en el mundo aparecieran todos los dolores, todas las enfermedades y la muerte de todos los seres humanos, tres circunstancias que no estaban en los planes divinos.

A partir de ese primer pecado, los seres humanos se enferman, sufren y mueren; antes no.

Y, ¿quién indujo al hombre a pecar? El Demonio. Por eso Jesús dijo que “a causa del Demonio” la mujer del Evangelio estaba encorvada.

Por otra parte, Dios hizo el Universo visible, con todas sus leyes: atracción de los planetas, cambios climáticos, placas tectónicas, virus, bacterias, etc. Y, sobre todas, la ley del azar: las cosas creadas se rigen por unas leyes impuestas por su creador, pero sin estar totalmente dirigidas: las nubes, por ejemplo, se mueven a merced del viento, a veces para un lado, a veces para el otro, lo que determina el frío, el calor, la lluvia, etc. Asimismo, la velocidad, dirección y fuerza del viento están determinadas por otras causas… Y así se podrían seguir examinando las variables indefinidamente.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre pendiente de la suerte del universo (el trompo) y, sobre todo, de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Pues bien, en el momento en el que el rey del universo visible (el ser humano) pecó, ese universo se desordenó en sus leyes, y comenzaron a producirse desastres, epidemias y males de todos los órdenes, con los que la humanidad empezó a experimentar algo que antes no existía: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Por eso, en la Biblia se narra la vida de Job, el caso del ciego de nacimiento, el enfermo que bajan en una camilla del techo, etc. Y también los otros seres vivos inferiores al hombre sufrieron las consecuencias de ese desorden.

Y esto ocurre, según las leyes del cosmos (ahora desordenadas por el pecado original del ser humano): algunos se enferman más que otros y unos más gravemente que otros, algunos se mueren más prematuramente que otros y unos sufren más que otros, todo dependiendo de las circunstancias que los rodean y de la ley del azar.

Por eso las enfermedades están en el genoma humano: porque el pecado fue de toda la especie, no de un par de individuos. Y, cuando los genes no son recesivos, la enfermedad se manifiesta en unos, mientras que en otros no (aunque todos las merecíamos); por eso unos nacen sanos y otros no; por eso unos nacen vivos y otros no…

Pero todo lo dicho hasta ahora es lo que ocurría antes de la venida de Cristo.

Él vino para salvarnos, para devolverle la gloria que le quitamos al Padre y para dejar al Espíritu Santo para nuestra santificación.

Pero también redimió el dolor: después del sufrimiento de Cristo el dolor adquirió unos matices nuevos, todos positivos:

  • es a veces una prueba;
  • otras veces manifiesta la gloria de Dios (que exime a muchos de las enfermedades que merecíamos);
  • otras veces es medio para alcanzar la santidad, pues nos purifica de nuestros apegos y desórdenes;
  • también es modo de unirse a la Cruz de Cristo para ayudarlo a salvar y santificar personas, y a devolverle la gloria al Padre (la que le quitamos con nuestros pecados);
  • es la muestra más grande del amor cuando lo hacemos por compadecer a Jesús (con-padecer = padecer con Él), es como mejor lo consolamos, pues ¡el amor hace suyas las penas del Amado!;
  • y es, a través del sufrimiento, como el Señor nos corrige, pues Él prefiere que suframos un poco en esta vida temporal, siempre que nos ganemos la vida eterna: qué importa sufrir diez años, veinte, cincuenta…, si después es el Cielo ¡para siempre, para siempre, para siempre!

La lista de beneficios es más larga… El sufrimiento, pues, no es para pagar culpas, porque los pagos se hacen en la otra vida: en el Infierno o en el Purgatorio (aunque, a veces Dios, por su infinita misericordia, aprovecha nuestros sufrimientos para ahorrarnos Purgatorio).

La ciencia médica cura enfermedades o las erradica porque Dios le dio, en su infinita misericordia, las herramientas para lograrlo: la inteligencia humana —principalmente—, los vegetales y animales (de donde se extractaron o derivaron químicamente la mayoría de los medicamentos), la tecnología hecha a partir de las leyes de la física y de la mecánica, etc. Dios no puede contradecirse impidiendo una lógica consecuencia del pecado original, como es la enfermedad, pero sí puede ayudar al hombre a encontrar el modo de paliarla, curarla o, en algunos casos, erradicarla. Pero continuamente nacen continuamente nuevas enfermedades, que seguirán reafirmando la perenne enseñanza de la Iglesia: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte no estaban en el plan original de Dios.

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Ciclo B, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

El primer puesto

 

Jesús les explicó a los apóstoles que el principal puesto en el Reino de Cielo será para quienes sean capaces de sufrir por ese Reino, como Él, que cumplió la profecía de Isaías que leemos hoy:

«El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.»

Efectivamente, en la carta a los Hebreos se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote que sufrió y que, por eso, después penetró en el Cielo.

Y, ¿cómo vamos a ser capaces de sufrir así?

El autor de esa misma carta nos contesta: primero, «permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe» y segundo, «vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.» En otras palabras: vivir de la fe, con la ayuda de la gracia.

El primer paso, entonces, consiste en creer en Jesús y en todo los que nos enseña la Iglesia fundada por Él. El segundo es conseguir esa fuerza espiritual, la gracia, que nos hará capaces de cumplir la misión que nos puso a cada uno de nosotros, pues nosotros no lo lograríamos con nuestras propias fuerzas.

Esa gracia se consigue pidiéndola continuamente a Dios y recibiendo con frecuencia los Sacramentos: Eucaristía y Reconciliación.

Pero, además de esos dos medios —fe y gracia—, es necesario asumir una nueva actitud de vida: la humildad.

Santiago y Juan querían ser los primeros; y por eso los otros diez se indignaron. Santiago y Juan tenían soberbia; y los otros también.

Por eso Jesús los corrigió: «el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos», porque ni yo mismo he venido a ser servido sino a servir.

La humildad, pues, es necesaria para conseguir el mejor puesto en el Cielo. ¡Y vale la pena, porque ese puesto será vitalicio, eterno!

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Ciclo B, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2012

‘Apártate, Satanás’

¿Por qué razón le grita Jesús a san Pedro: «Apártate», es decir, «Lárgate», y lo llama nada menos que «Satanás».

Solo hay una: porque «piensa como los hombres, no como Dios».

Conviene saber, por lo tanto, qué es pensar como los hombres y qué es pensar como Dios. En el mismo texto está la respuesta: pensar como los hombres es rechazar eso de «sufrir mucho». En cambio, pensar como Dios es cumplir la Voluntad del Padre —para su gloria y honra, para salvar a las almas y para que se instaure su Reino de Amor aquí en la tierra—, aunque esto implique «sufrir».

Por eso, inmediatamente después, Jesús explica a la muchedumbre que el que quiera seguirlo, debe renunciar a sí mismo y tomar su Cruz. No cualquier cruz: la Cruz de Jesús, esto es: sufrir como Él.

Así pues, quien rechaza el sufrimiento que Dios nos permite, está en la misma posición de san Pedro cuando se escandalizó de la Cruz, y podría escuchar el «lárgate» de Jesús y ser tratado por Él como el mismísimo Satanás.

Asimismo, en la carta que escribió san Pablo a los Filipenses, él les dice: «Sean imitadores míos, hermanos, y fíjense en los que siguen nuestro ejemplo. Porque muchos viven como enemigos de la Cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando».

San Pablo llora, porque sabía que muchos cristianos rechazarían la Cruz. ¿Estamos en este grupo? ¿No nos damos cuenta de que la Cruz es el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia? Ese fruto es, en primer lugar, nuestra salvación, la felicidad eterna en el Cielo. Y es el único modo de que lleguemos a hacer de este un mundo mejor: cuando el egoísmo desaparezca, cesarán todos nuestros males.

Para lograrlo, digamos con el profeta Isaías: «El Señor me ayuda».

Y no le tengamos miedo a la Cruz; repitamos con él: «Tengo cerca a mi defensor».

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El Evangelio del sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2012

CONFERENCIA DEL CARD. SARAIVA MARTINS
SOBRE EL TEMA «EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO
EN EL MAGISTERIO DE JUAN PABLO II»

Sábado 13 de diciembre de 2003
San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia)  


Desde niño, el Santo Padre experimentó el sufrimiento. Tal vez lo sintió por primera vez de modo intenso con la muerte prematura de su madre. La segunda guerra mundial y la pobreza, así como la dura situación creada por el comunismo que dominaba en Polonia, formaron al joven Karol en la dura «escuela del sacrificio y del dolor»[1]. Él mismo, con ocasión de su 50° aniversario de ordenación sacerdotal, escribió:  
«Para evitar la deportación a trabajos forzados en Alemania, en el otoño de 1940 empecé a trabajar como obrero en una cantera de piedra vinculada a la fábrica química Solvay. (…) Estaba presente cuando, durante el estallido de una carga de dinamita, las piedras golpearon a un obrero y lo mataron. Quedé profundamente desconcertado:  “Levantaron el cuerpo, en silencio avanzaban. Abatidos, sentían en todos el agravio…”»[2].

Pero el sufrimiento en los años juveniles del Santo Padre se confirmó también en su fuerza salvífica de realidad generadora de vida. Precisamente a propósito de su opción por la vocación sacerdotal, se expresó así: «…mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas; por eso, es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo, me han introducido en este camino, mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo»[3].

En esa misma línea, su pontificado quedó pronto marcado por una impronta muy particular. El 13 de mayo de 1981, alrededor de las cinco de la tarde, mientras recorría la plaza de San Pedro para saludar a los fieles, lo hirió gravemente un tiro disparado por la pistola del terrorista turco Alí Agca. Mientras desde toda la Iglesia se elevaban oraciones al Señor para obtener la salvación de la vida del Vicario de Cristo, en Polonia otro gran pastor, el siervo de Dios cardenal Wyszynski, se encontraba muy enfermo, casi en agonía. Había predicho al nuevo Pontífice que llevaría a la Iglesia al nuevo milenio. Precisamente mientras el Obispo de Roma se hallaba internado en un hospital, el cardenal Wyszynski moría, el 28 de mayo de 1981.

Estos episodios marcaron profundamente el pontificado de Juan Pablo II, hasta el punto de que, una vez restablecido, en cuanto su salud se lo permitió, emprendió el proyecto de una carta apostólica dedicada al sentido cristiano del sufrimiento humano. Así vio la luz la «Salvifici doloris», firmada por el Sumo Pontífice el 11 de febrero de 1984. Se trataba de un documento programático, esclarecedor, elaborado en unos tiempos en que el consumismo y las doctrinas ateas corrían el riesgo de influir fuertemente en la vida de los creyentes e incluso en la enseñanza de los que tenían la misión de formar al pueblo de Dios.

El sufrimiento en la enseñanza del Santo Padre:  «Salvifici doloris» 

En la introducción de la carta apostólica, el Santo Padre recuerda a todos las sorprendentes palabras de san Pablo a los Colosenses:  «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

Las tribulaciones de Cristo, hombre-Dios, de valor infinito, no necesitan otros sufrimientos para salvar, pues constituyen la única causa de salvación para todos. El poder ilimitado de sus sufrimientos confiere lo que falta a las tribulaciones de todo hombre que sufre. Sin embargo, es necesario aprovechar los dones que produce la cruz de Cristo. Jesús, por decirlo así, ha preparado un banquete, en el que no falta ningún manjar; lo único que falta es que cada uno ocupe su lugar en la mesa y consuma los manjares preparados también para él. El convidado, ataviado con los sufrimientos que Dios mismo da a cada uno como vestido, completa la mesa.

Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como él y con él, a fin de seguir salvando en él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo místico. Así pues, la Iglesia no sólo es el Cuerpo de Cristo salvado por los sufrimientos del hombre-Dios; también es su Cuerpo místico, que sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.

Como escribí en el libro La Iglesia en el alba del tercer milenio, «al añadir el adjetivo místico al Cuerpo de Cristo, se quiere subrayar, sin poner en duda su visibilidad, la dimensión espiritual y visible de la Iglesia. Se indica que, bajo la forma de una comunidad humana, se oculta una realidad divina que no se puede captar mediante una experiencia sensible sino sólo por la fe. Se afirma que, además de tener, como cualquier otra forma de asociación humana, una finalidad e intereses comunes a todos los miembros, la Iglesia está animada por la Gracia divina, la cual, por voluntad de Dios, se ha revestido de elementos sensibles en una comunidad de creyentes, haciéndose accesible, por medio de ella, a la experiencia de los hombres»[4].

En este sentido, la redención de Jesús, realizada de forma completa «en virtud de su amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se manifiesta en el sufrimiento humano»[5]. En la dimensión del amor, la redención, ya realizada plenamente, en cierto sentido se realiza constantemente.

Impresionan profundamente las palabras del Santo Padre sobre el valor del sufrimiento, cuando afirma que «parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar»[6]. De este modo, «cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo»[7].

El sufrimiento en el magisterio vivo del Santo Padre 

Durante el Ángelus del 29 de mayo de 1994, al volver al Vaticano después de haber estado internado algunas semanas en el hospital policlínico Gemelli de Roma, el Santo Padre hizo una importante referencia al sufrimiento, recordando los momentos de dolor y consternación que habían acompañado al atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981:

«Por medio de María quisiera expresar hoy mi gratitud por este don del sufrimiento, asociado nuevamente al mes mariano de mayo. Quiero agradecer este don. He comprendido que es un don necesario. El Papa debía estar en el hospital policlínico Gemelli; debía estar ausente de esta ventana durante cuatro semanas, cuatro domingos; del mismo modo que sufrió hace trece años, debía sufrir también este año.

»He meditado, he vuelto a pensar en todo esto durante mi hospitalización. Y he reencontrado a mi lado la gran figura del cardenal Wyszynski (…). Al comienzo de mi pontificado, me dijo:  “Si el Señor te ha llamado, debes llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio”. (…) Y he comprendido que debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta este tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero he visto que eso no basta:  necesitaba llevarla con el sufrimiento, con el atentado de hace trece años y con este nuevo sacrificio. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en este año? ¿Por qué en este Año de la familia? Precisamente porque se amenaza a la familia, porque se la ataca. El Papa debe ser atacado, el Papa debe sufrir, para que todas las familias y el mundo entero vean que hay un evangelio -podría decir- superior:  el evangelio del sufrimiento, con el que hay que preparar el futuro, el tercer milenio de las familias, de todas las familias y de cada familia.

»Quería añadir estas reflexiones en mi primer encuentro con vosotros, queridos romanos y peregrinos, al final de este mes mariano, porque debo este don del sufrimiento a la santísima Virgen, y se lo agradezco. Comprendo que era importante tener este argumento ante los poderosos del mundo. Tengo que encontrarme nuevamente con los poderosos del mundo y tengo que hablar. ¿Con cuáles argumentos? Me queda este argumento del sufrimiento. Y quisiera decirles:  comprended, comprended por qué el Papa ha estado nuevamente en el hospital, por qué ha sufrido nuevamente, comprendedlo, pensad una vez más en ello»[8].

Realmente, esta alocución del Papa tiene el tono de una profecía. El evangelio del sufrimiento en el magisterio de Juan Pablo II no ha sido simplemente un capítulo de una carta apostólica; no sólo ha sido un párrafo de un documento oficial. Ha sido mucho más:  se ha convertido en carne y sangre en la persona misma del Sumo Pontífice; se ha transformado en magisterio vivo. Él lo ha anunciado en su preocupación por el mundo, atormentado por guerras y por la sordera ante sus incansables llamamientos a la paz; en él se ha convertido en labor misionera al contacto con los dramas del pueblo de Dios, al que ha sabido hablar de esperanza.

Pero ha proclamado, de una forma clara y fuerte, el evangelio «superior» del sufrimiento con sus mismos sufrimientos físicos, con la cruz de la enfermedad vivida valientemente y sin descuentos a su mandato de Pastor de la Iglesia universal, «usque ad sanguinis effusionem»[9]. Tal vez sólo hoy comprendemos el lenguaje arcano que usa Dios, dotando el anuncio del Papa con el nuevo «argumento del sufrimiento». Así ha hecho a su servidor aún más elocuente, más semejante a su Hijo unigénito, como hace siempre con aquellos que lo aman totalmente. Así hizo con san Pío de Pietrelcina, a quien donó durante cincuenta y ocho años los signos de su configuración con Cristo; y así ha hecho con Juan Pablo II, transformando un hombre excepcional en un imitador fiel de Cristo crucificado y resucitado.

Ante sus pasos cansados, pero tenaces; ante sus palabras sufridas, pero obstinadamente veraces, también el mundo calla y aprende. «El Papa debía sufrir», dijo el 29 de mayo de 1994 tal vez porque, cuando todas las palabras se agotan, cuando todos los llamamientos resultan ineficaces, sólo la cruz logra abrir brecha en la obstinación del corazón humano engangrenado por el odio y el egoísmo.

Para llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio y acompañarla en él, no bastan las iniciativas, incluidas las más geniales; ni siquiera basta la oración. Hace falta el sufrimiento de los hijos de Dios, las tribulaciones de los santos, el dolor del Vicario de Cristo y de «todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador»[10].

El sufrimiento y el rosario

Al final del año 2003, dedicado por el Santo Padre al rezo del rosario, tan grato a María, no podemos por menos de recordar que el rosario constituye el equipo indispensable de quien quiere aprender «el sentido del dolor salvífico»[11]. En Oristano, el 18 de octubre de 1985, el Papa afirmó:  «Os exhorto vivamente a vosotros, los enfermos (…), a rezar cada día el santo rosario a la Virgen. Puesto que la salud es un bien, que forma parte del proyecto primitivo de la creación, rezar el rosario por los enfermos y con los enfermos, a fin de que puedan curarse o al menos lograr alivio a sus males, es una obra exquisitamente humana y cristiana. (…) Y cuando la enfermedad dura y el sufrimiento permanece, el rosario nos recuerda también que la redención de la humanidad se realiza por medio de la cruz. (…) Vale más el sufrimiento silencioso y escondido de un enfermo, que el ruido de muchas discusiones y protestas. (…) Y este es también el mensaje confiado por la Virgen de Fátima a los tres jovencitos:  el sufrimiento y el rosario por la Iglesia y por los pecadores»[12]. Los sencillos, incluso los niños[13] como los beatos Francisco y Jacinta Marto[14], han sido invitados «a ofrecer los terribles dolores que los afligen con espíritu de penitencia por la conversión de los pecadores»[15].

A través del rosario, el cristiano entra en la escuela de María, gran maestra por lo que respecta a la cátedra de la cruz:  «La Virgen de los Dolores, de pie al lado de la cruz, con la silenciosa elocuencia del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención. Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico “asociándose con corazón de Madre al sacrificio de Cristo, uniéndose a él, llena de amor, y dando su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima” (cf. Lumen gentium, 58). Íntimamente enriquecida por esta inefable experiencia, se acerca al que sufre, lo toma de la mano, lo invita a subir con ella al Calvario y a estar de pie ante Cristo crucificado»[16].

Por tanto, el rosario, el sufrimiento y la inocencia se convierten en términos constantemente presentes en las biografías de los enamorados de Dios y en la solicitud pastoral del Papa. El mismo san Pío de Pietrelcina, a quien el Santo Padre quiso canonizar personalmente el 16 de junio de 2002, amó profundamente el rosario, tan grato a María. A un periodista de «Sorella Radio» -transmisión radiofónica de hace algún tiempo en Italia- le prometió rezar cada día el rosario por todos los enfermos del mundo. En continuidad con el mensaje de Fátima, san Pío de Pietrelcina ofreció al Señor todo su ser, todo lo que tenía, por la salvación de numerosos pecadores, viviendo en plenitud una misión que parece tener muchos puntos de contacto con las apariciones a los tres pastorcitos portugueses.

Conclusión 

Jesús, después de sufrir por la redención de todos, donó una Madre a los hombres para educarlos en la escuela del evangelio del sufrimiento, y ofreció al mundo el rosario para confortar a los que sufren y salvar a las almas necesitadas. También nos señaló a san Pío de Pietrelcina, siervo sufriente, y a los santos, como el camino para unirnos a su obra de salvación. Hoy regala a la Iglesia y al mundo la enseñanza y el testimonio del Vicario de Cristo, del enamorado de Dios, del propagador del evangelio del sufrimiento.

La Eucaristía, la Iglesia, María, el rosario, los santos, san Pío de Pietrelcina, el sufrimiento, el hombre en su misterio y con su dignidad de persona:  estos son los grandes amores de Juan Pablo II.


Notas

[1] Padre Pío de Pietrelcina, Epistolario, vol. III, San Giovanni Rotondo 1987, p. 106.

[2] Juan Pablo II, «Don y misterio», BAC, Madrid 1996, pp. 22-23.

[3] Ib., p. 52.

[4] Cardenal José Saraiva Martins, La Chiesa all’alba del terzo millennioRiflessioni teologico-pastorali, Ciudad del Vaticano 2001, p. 18.

[5] Salvifici doloris, 24.

[6] Ib.

[7] Ib.

[8] L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de junio de 1994, p. 4.

[9] Discurso del Santo Padre durante el consistorio ordinario público, 21 de octubre de 2003, n. 3: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 24 de octubre de 2003, p. 7.

[10] Salvifici doloris, 26.

[11] Rosarium Virginis Mariae, 25.

[12] Alocución a los enfermos en la catedral de Oristano, n. 2:  L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de noviembre de 1985, p. 10.

[13] En el testimonio de la muerte prematura de la sierva de Dios María del Pilar Cimadevilla y López-Dóriga, que falleció a los diez años -cuyo caso se estudió recientemente durante un congreso  teológico  en la Congregación para las causas de los santos- se puede descubrir la  misma  asociación entre «rosario, sufrimiento e inocencia» (cf. Congregatio de causis sanctorum, Matriten. Beatificationis et canonizationis servae Dei Mariae a Columna Cimadevilla et López-Dóriga, Relatio et vota congressus peculiaris super virtutibus die 28 octobris anno 2003 habiti, Roma 2003, p. 66).

[14] Son muy importantes las palabras que pronunció el Santo Padre con ocasión del 80° aniversario de las apariciones de la santísima Virgen en Fátima, cuando subrayó que las apariciones marianas de 1917 constituyen uno de los signos de los tiempos, capaz de expresar «un renovado e intenso sentido de solidaridad y mutua dependencia en el Cuerpo místico de Cristo, que va consolidándose en todos los bautizados» (Mensaje del Papa a mons. Serafim de Sousa, obispo de Leiría-Fátima, 1 de octubre de 1997: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 17 de octubre de 1997, p. 2).

[15] Cardenal José Saraiva Martins, «Conclusione del Simposio “Eucaristia, santità e santificazione”», en Congregación para las causas de los santos, Eucaristia: santità e santificazione, Ciudad del Vaticano 2000, p. 364.

[16] Cf. La síntesis del discurso del Papa recogida por Greco, A., Sofferenza ed evangelizzazione nel Magisterio di Giovanni Paolo II, Tarento 1998, pp. 34-35.

Card. José SARAIVA M., c.m.f.
Prefecto de la Congregación para las causas de los santos

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Ciclo B, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

La muerte

Nos dice el libro de la Sabiduría: «Dios no hizo la muerte. Dios creó al hombre para la inmortalidad». Entonces, ¿cómo entró la muerte en el mundo?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que «la muerte es consecuencia del pecado». Efectivamente, Dios creó al hombre para que viviera sin sufrimientos ni enfermedades en este mundo un tiempo señalado, luego del cual pasaría al Cielo a gozar de la visión beatífica.

Como nos sigue diciendo el mismo libro de la Sabiduría, la envidia del diablo lo incitó a tentar al hombre, y éste se dejó llevar por esa tentación. Así el ser humano pecó contra Dios.

Después, Jesucristo vino del Cielo, se hizo hombre y pagó nuestros pecados, abriéndonos de nuevo las puertas del Cielo, que habíamos cerrado con esos pecados; pero quedaron las consecuencias lógicas de nuestros pecados: la enfermedad, el sufrimiento y la muerte, que no estaban en los planes de Dios.

Además, los innumerables méritos de la vida de Jesús trajeron otros beneficios maravillosos: lo que era malo —la enfermedad, el sufrimiento y la muerte— ahora se vuelve útil: quien acepta y ofrece a Dios la enfermedad, el sufrimiento o la muerte se hace santo y ayuda a los demás a conseguir esa santidad, que es la seguridad de llegar el Cielo a vivir infinitamente felices.

Y para que nos quedara claro, Él mismo declaró que la muerte corporal no es la que nos debe preocupar, sino la muerte eterna, que consiste en no conseguir llegar al Cielo; por eso, cuando muere la niña del relato del Evangelio, dice: «La niña no está muerta, está dormida»; y la despierta de ese sueño.

Esta felicidad, la auténtica, se consigue con el ejercicio de las 3 virtudes teologales: la Fe —la que curó a la mujer que padecía flujos—, la esperanza —lo único que importa es lograr la vida eterna, ¡la felicidad!— y la caridad efectiva, como nos dice san Pablo en la segunda lectura: «Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres».

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Jesucristo, modelo de oración

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 11, 2011

 

Soledad

Pero él buscaba siempre lugares solitarios dónde orar. (Lc 5, 16)

En aquellos días se fue a orar a un cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12)

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» (Lc 11, 1)

 

Perdonar antes

«Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo.» (Mc 11, 25)

 

Oración humilde

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. (Mt 11, 25-26; Cf. Lc 10, 21-22)

«Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan. (Mt 6, 5-8)

Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y  despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas.” Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.” Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lc 18, 9-14)

 

Oración confiada

«Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. ¿Acaso alguno de ustedes daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O le daría una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11)

«Asimismo yo les digo: si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá.» (Mt 18, 19)

«Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán.» Mc 11, 24)

 

Oración perseverante

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: “No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 5-13)

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: “Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza”.» Y el Señor dijo: «¿Se han fijado en las palabras de este juez malo? ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». (Lc 18, 1-8)

 

Oración agradecida

Y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» (Lc 17, 16-18)

 

En toda circunstancia

 

Antes de un milagro

Entonces mandó a la gente que se sentara en el suelo y, tomando los siete panes, dio gracias, los partió y empezó a darlos a sus discípulos para que los repartieran. Ellos se los sirvieron a la gente. (Mc 8, 6; Cf. Mt 15, 35-36)

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: (Lc 3, 21)

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. (Lc 9, 28)

Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. (Jn 11, 41)

 

Antes de algo importante

Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «Según el parecer de la gente ¿quién soy yo?» (Lc 9, 18)

«Pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

 

Para la eficacia apostólica

«Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha.»  (Mt 9, 38)

 

Cuando se quiere algo difícil

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

 

En la tentación

«Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» (Mt 26, 41)

 

En el sufrimiento

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»  Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.» Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.» Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.» (Mt 26, 36-42; Cf. Mc 14, 32.42; Lc 22, 40-46)

(Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.») Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. (Lc 23, 34)

Y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. (Lc 23, 46)

 

Lo que quiere Jesús

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13; Cf. Lc 11 2-4)

Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesús, el Cristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo. He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste —pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío—; yo ya he sido glorificado a través de ellos. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría. Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo, y por ellos ofrezco el sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego sólo por estos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí. Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me amabas antes que comenzara el mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos.» (Jn 17, 1-26)

 

En espíritu y en verdad

«Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.» (Jn 4, 23-24)

 

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El Papa reflexiona sobre el sufrimiento de Cristo en Getsemaní*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2011


El cristiano debe evitar la “somnolencia” ante Dios y ante el dolor del mundo

De hecho, el sufrimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos ocupó casi toda la catequesis sobre la pasión y muerte, enfocando todo el Triduo Santo desde un aspecto distinto a años anteriores, en los cuales explicaba cada una de las celebraciones.

El Papa subrayó la importancia, después de los Oficios del Jueves Santo y el Lavatorio de los Pies, de participar en la Adoración Eucarística, que precisamente hace memoria de este momento especialmente duro de la vida de Jesús.

Retirado a rezar, mientras esperaba la llegada del traidor Judas, Jesús, “consciente de su inminente muerte en la cruz”, siente “una gran angustia y la cercanía de la muerte”.

Este momento, afirmó el Papa, supone “un elemento de gran importancia para toda la Iglesia”.

“Jesús dice a los suyos: quedaos aquí y vigilad; y este llamamiento a la vigilancia se refiere de modo preciso a este momento de angustia, de amenaza, en el que llegará el traidor, pero concierne a toda la historia de la Iglesia”, explicó.

Esta exhortación de Cristo es “un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no era solo el problema de aquel momento, sino que es el problema de toda la historia”.

Esta somnolencia, afirmó, “es una cierta insensibilidad del alma hacia el poder del mal, una insensibilidad hacia todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas: pensamos que quizás no será tan grave, y olvidamos”.

Y no es sólo, añadió, “la insensibilidad hacia el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad hacia Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal”.

Por ello, el Pontífice invitó a todos a no quedarse “en el camino de la comodidad”, sino que este momento de adoración nocturna del Jueves Santo sea “momento de hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios”.

La voluntad de Dios

Después, el Papa quiso detenerse sobre la oración de Jesús en Getsemaní: “No se haga mi voluntad, sino la tuya“.

Esta voluntad de Cristo, explicó el Papa, es que “no debería morir”, “que se le ahorre este cáliz del sufrimiento: es la voluntad humana, de la naturaleza humana, y Cristo siente, con toda la consciencia de su ser, la vida, el abismo de la muerte, el terror de la nada, esta amenaza del sufrimiento”.

Es más, apuntó, “Él más que nosotros”, siente “el abismo del mal. Siente, con la muerte, también todo el sufrimiento de la humanidad. Siente que todo esto es el cáliz que tiene que beber, que debe hacerse beber a sí mismo, aceptar el mal del mundo, todo lo que es terrible, la aversión contra Dios, todo el pecado”.

“Podemos comprender que Jesús, con su alma humana, estuviese aterrorizado ante esta realidad, que percibe en toda su crueldad: mi voluntad sería no beber el cáliz, pero mi voluntad está subordinada a tu voluntad, a la voluntad de Dios, a la voluntad del Padre, que es también la verdadera voluntad del Hijo”.

En el Huerto, Jesús transforma “esta voluntad natural suya en voluntad de Dios, en un “sí” a la voluntad de Dios”.

“El hombre de por sí está tentado de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir su propia voluntad, de sentirse libre sólo si es autónomo; opone su propia autonomía contra la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es todo el drama de la humanidad”.

Pero la verdad, subrayó, es que “esta autonomía es errónea y este entrar en la voluntad de Dios no es una oposición a uno mismo, no es una esclavitud que violenta mi voluntad, sino que es entrar en la verdad y en el amor, en el bien”.

Jesús, afirmó el Papa, invita a todos a “entrar en este movimiento suyo: salir de nuestro “no” y entrar en el “sí” del Hijo. Mi voluntad existe, pero la decisiva es la voluntad del Padre, porque ésta es la verdad y el amor”.

Sumo Sacerdote

Por último, el Papa explicó cómo en Getsemaní, Jesús se convierte en el verdadero Sumo Sacerdote, prefigurado en el sacerdocio levítico.

La Carta a los Hebreos, afirmó, “nos dio una profunda interpretación de esta oración del Señor, de este drama del Getsemaní. Dice: estas lágrimas de Jesús, esta oración, estos gritos de Jesús, esta angustia, todo esto no es sencillamente una concesión a la debilidad de la carne, como podría decirse”.

“Precisamente así realiza la tarea del Sumo Sacerdote, porque el Sumo Sacerdote debe llevar al ser humano, con todos sus problemas y sufrimientos, a la altura de Dios”.

“En este drama del Getsemaní, donde parece que la fuerza de Dios ya no está presente, Jesús realiza la función del Sumo Sacerdote. Y dice además que en este acto de obediencia, es decir, de conformación de la voluntad natural humana a la voluntad de Dios, se perfecciona como sacerdote”.

El Papa llamó la atención sobre el “gran contraste entre Jesús, con su angustia, con su sufrimiento, en comparación con el gran filósofo Sócrates, que permanece pacífico, imperturbable ante la muerte”.

Esta muerte “parece esto lo ideal. Podemos admirar a este filósofo”, reconoció el Papa. Pero la misión de Jesús “no era esta total indiferencia y libertad; su misión era llevar en sí mismo todo el sufrimiento, todo el drama humano”.

Esta “humillación del Getsemaní es esencial para la misión” de Jesús, afirmó el Papa. “Él lleva consigo nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta cortina del Santísimo, que hasta ahora el hombre cerraba contra Dios, se abre por este sufrimiento y obediencia suyas”.

Por ello, el Papa invitó a los presentes a intentar “comprender el estado de ánimo con el que Jesús vivió el momento de la prueba extrema, para captar lo que orientaba su actuación”.

“El criterio que guió cada elección de Jesús durante toda su vida fue la firme voluntad de amar al Padre, de ser uno con el Padre, y de serle fiel; esta decisión de corresponder a su amor le impulsó a abrazar, en toda circunstancia, el proyecto del Padre”.

“Dispongámonos a acoger también nosotros en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en la voluntad de Dios, aunque parece dura, en contraste con nuestras intenciones, se encuentra nuestro verdadero bien, el camino de la vida”, concluyó.

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Métodos fáciles para hacer oración de meditación*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

 

Presentación

Muchas veces he insinuado a la gente un ratito de meditación. Aún recuerdo lo que un día me respondió una señora. Me miró sorprendida y como quien no me cree en mis cabales, me dijo: «Padre, que yo no tengo vocación de monjita». «Yo, rezar, todo lo que quiera… pero eso de meditar me queda muy difícil».

Muchos creen eso, que meditar es muy difícil. Y son gente buena, piadosa. Y todo depende, pienso yo, de que a los seglares se les ha hablado muy poco del ejercicio de la oración de meditación. Y creen que eso debe ser demasiado complicado.

Este es el motivo que me ha movido a ofrecerte este artículo. Primero, para ayudarte a descubrir que la oración de meditación no es para ninguna clase social en particular sino para todo cristiano que quiere sentir y personalizar su fe. Y en segundo lugar, para facilitarte unos pequeños caminos que te sirvan de guía y puedas tú mismo hacer la experiencia de que meditar no es difícil, y que tú también puedes hacerlo.

Son caminos; no son los únicos; hay muchos más. Tú mismo podrás luego encontrar el tuyo, el que a ti personalmente te vaya mejor. De momento puedes empezar a caminar por alguno de estos. Si te indico demasiados puntos para tu reflexión no es para que tengas que recorrerlos todos. Elige aquellos que creas que te van mejor.

No tengas miedo en lanzarte a la experiencia. Al principio, puede que te sientas un tanto desorientado y hasta creas que estás perdiendo el tiempo. Mira, pierde el tiempo el que no hace nada, el que no intenta nada. No hay tiempo perdido para quien busca los mejores caminos para ahondar en el misterio del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz.

Te recomiendo para ello:

  • Comienza por querer meditar. Luego, decídete a meditar. Fija un momento concreto durante el día. Podrías comenzar por diez o quince minutos. Luego podrás ampliarlo.  

 

  • Pongo en tus manos este escrito con mi más sincero deseo de que despierte en ti las ganas de meditar.  

 

Tu amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

¿Yo puedo meditar?

La mayoría de los cristianos se han quedado con la oración de petición. No está mal. Es cosa buena. Pero se están perdiendo toda una serie de posibilidades.

Con frecuencia, los cristianos se lamentan de la ineficacia de su oración. «Pido y pido, y Dios no me ha escuchado». Y esto crea en muchos una especie de decepción contra Dios… Hasta se podía hablar de que a veces se molestan con Dios. «Si Dios no me hace caso, ¿para qué seguir rezándole? ¿Para qué seguir creyendo en Él?»

Nuestra oración debería ir acompañada de una mayor interiorización. Podemos «pedirle cosas», pero mucho más útil e importante es unirse a Él, conocer más de cerca el misterio de su amor. Meternos en su misterio. Dejarnos impregnar de su amor. Y esto lo hacemos mediante la oración de meditación. Meditando los misterios de la vida de Jesús, sobre todo, ese misterio supremo de su Pasión y Muerte que es la máxima expresión del amor de Dios para con nosotros.

 

Acércate más

Un discípulo pedía al Maestro que le enseñase a orar. El Maestro, muy complaciente le dijo: «Hijo, acércate».

El discípulo se acercó al Maestro. «Más cerca», le dice.

El discípulo se acercó más, hasta quedar pegado al Maestro. «Acércate más, hijo.»

El discípulo le dijo: «Maestro, ya no puedo más, tu cuerpo y el mío están pegados el uno al otro. ¿Cómo podré acercarme más?»

No te habrás acercado lo suficiente mientras sólo tu cuerpo y el mío estén pegados. Es preciso que acerques tu espíritu al mío. No estaremos verdaderamente unidos mientras tú no hayas metido tu alma en la mía, tu corazón en el mío. ¿No me pedías que te enseñase a meditar?

La meditación no consiste tan sólo en ver a Jesús por fuera. No es suficiente mirar con los ojos, ni tocarlo con las manos. Es necesario acercarse más a Él, hasta entrar en su propia intimidad, en sus sentimientos, en sus pensamientos, en sus actitudes. Es meterse y sentir por dentro lo que Él mismo sentía. Eso es la meditación. Y, en el fondo, esa es también la realidad de la oración.

Oración y meditación tienen como finalidad esencial la unión. Unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Jesús expresó y manifestó esto con frecuencia, hablando de su relación amorosa con el Padre y también de la relación que debe existir entre el Padre y nosotros:

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21) «… yo en ellos y tú en mí». (Jn 17, 23)

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor». (Jn 15, 9)

«Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo». (Flp 2, 5).

Meditar es entrar en comunión espiritual con Jesús. Es entrar en comunión de sentimientos, de afectos, de tristeza, de alegría, de miedos y de angustias de Jesús en su Pasión y Muerte. La gran pregunta que tenemos que hacernos, al meditar en su Pasión y Muerte, es: ¿Qué sentía realmente Jesús en ese momento? ¿Qué sentía sobre mí? ¿Qué pensaba de mí? ¿Cómo me tenía presente a mí en ese instante?

No meditamos para saber más sobre Dios o sobre Jesús. Para saber más estudiamos teología. Se puede saber mucho de Dios y de Jesús y nuestro corazón puede estar muy lejos de ellos. Meditamos para sentir más a Dios, para sentir más a Jesús. La meditación nos hará conocer mejor el misterio del amor de Dios, pero no con la ciencia de la teología, sino con la ciencia que se aprende en la experiencia.

Comienza

Los niños pequeños no tienen demasiadas ideas sobre su mamá; ni sabrían definirla; pero los niños chiquitos tienen mucha experiencia de lo que es una madre. No se ama mucho por saber mucha psicología sobre el amor. Por eso, aquel otro Maestro, cuyo discípulo le pedía que le enseñase la iluminación de Dios, le respondió: «Medita». «Pero, Maestro —respondió el discípulo—, yo no sé meditar». Y el Maestro impasible insistió: «Pues medita». «¿Y cómo meditar si no sé meditar?» «Pues medita. A amar se aprende amando y a meditar se aprende meditando. No aprende el que no comienza. No aprende a meditar el que no comienza a meditar».

¿Cómo enseñarle al niño chiquito a andar? Él mismo comienza a gatear, a tenerse en pie, temblando de miedo a caerse. Y más de una vez se cae. Pero andando se aprende a andar. A meditar se aprende meditando. ¿No aprendiste también así a rezar? ¿No aprendiste también así a hablar?

Querer, sentir ganas

El niño aprende a hablar porque siente necesidad de expresarse. Al principio sólo la madre es capaz de interpretar sus medias palabras. Pero él siente necesidad de comunicarse. (Alguien dijo que todo niño, al nacer, tiene en potencia todas las lenguas: el chino, el japonés, el español o el quechua… Para él todas las lenguas son iguales. Escuchando y hablando una en concreto se identifica con ella. Y esa lengua será su lengua propia toda su vida.)

Cada uno de nosotros sentimos necesidad de expresarnos también delante de Dios. Necesitamos decirle nuestros sentimientos y necesitamos sentir los suyos. Esa necesidad es la que nos tiene que llevar a la oración de meditación.

De ahí que el primer paso para meditar es querer, sentir ganas de meditar. El resto vendrá de por sí. Encontrarás muchas lenguas con las que poder comunicarte con Él, decirle tus cosas y escuchar las que Él te dice. Pero tú mismo irás luego aprendiendo tu propio camino, tu propio lenguaje. Habrá muchas maneras de interiorizar a Jesús en tu corazón.

Tú tienes que ir encontrando la tuya propia. Es la mejor. No se trata de imitar lo que hacen los demás. Tú anda tu propio camino. No intentes copiar caminos. Tú tienes el propio.

No partir del «no puedo»

El peor obstáculo que puedes encontrar en el camino de la meditación es decir: «yo no puedo, eso no es cosa para mí». Cuando el no puedo se adueña de tu corazón, tú mismo te estás poniendo una barrera difícil de saltar. No digas «no puedo», en tanto no hayas hecho la prueba. No sientas que la derrota hunde tu corazón, «cuando aún no has puesto el balón en juego».

Ahí está el Espíritu Santo

Pero, además, no olvides que la oración de meditación es una experiencia del misterio del amor de Dios revelado en Jesús. Y si tú no puedes entrar en el corazón de alguien si antes no te abre su corazón, tampoco podrás entrar al corazón de Dios y de Jesús, si ellos no se te hubieran abierto primero. Pero el corazón de Dios ya lo tienes abierto de par en par. La mejor muestra del corazón abierto de Dios es Jesús colgado de la Cruz. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3, 16).

Pero también es preciso que tu corazón esté abierto. Y aquí sí puedes encontrar dificultades. Con frecuencia tenemos miedo a abrirnos a Él, miedo a abrirnos a su amor. Pero ahí está el Espíritu Santo, testigo del amor de Dios hacia ti, y fuerza que ora en ti. No olvides que más que orar tú, es el Espíritu que ora en ti. Y esto no es una invención moderna. Te lo dice san Pablo:

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8, 26-27).

Ésta es la gran ventaja que tenemos. Cuando decimos que no podemos orar, que no podemos meditar, nos estamos olvidando de quien sí puede orar y meditar dentro de nosotros, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo está siempre como ayuda en nuestras debilidades. El mismo Jesús, en los discursos de la Última Cena, decía al prometernos el Espíritu que Él nos enviaría:

«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

No sólo nos recordará todo lo que Jesús dijo, sino que también nos recordará todo lo que Jesús hizo. Y lo máximo que hizo Jesús fue morir por nosotros en la Cruz. Por tanto, una de las misiones más importantes del Espíritu Santo será traernos a la memoria, al recuerdo, el amor del Padre revelado en la Muerte de Jesús. Será Él quien, al hacer presente este misterio de amor en nosotros, nos haga posible la gracia de la meditación, la gracia de poder experimentarlo y revivirlo en nuestro corazón.

La meditación sobre la Pasión y Muerte de Jesús

A muchos les asusta el camino de la Cruz. Posiblemente porque aún no han descubierto el verdadero sentido de la Cruz. Solemos identificar la Cruz con el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, las desgracias, los fracasos. Vista así la Cruz resulta poco amable. Si cuando uno va a someterse a una operación quirúrgica sólo piensa en el bisturí, en la anestesia, en los malestares postoperatorios, ¿quién se dejaría operar? Pero bisturí, anestesia y consiguientes malestares, ¿qué otra cosa son sino expresión de una salud que puede recuperarse?

La Pasión y Muerte de Jesús es cierto que están llenas de dolor. Pero el dolor aquí es una simple expresión de cuánto nos ama. «Me ama hasta ser capaz de dar la vida por mí». Lo importante es la «vida por mí». Es decir: el amor infinito de que soy objeto, el valor de mi vida que merece que Dios sacrifique la de su Hijo para que yo viva.

¿Qué es lo que medito en la Pasión y Muerte de Jesús? Medito en el amor. Un amor que leo y descubro en el sufrimiento de Jesús.

Medito en la verdad de Dios. Porque ahí descubro y encuentro que Dios se me revela no como el juez que condena, sino como el Dios que me «ama hasta el extremo». La meditación sobre la Pasión no puede llevarme a quedar aturdido por los golpes del martillo, sino a quedarme extasiado de su amor por mí. Quedarme en el martillo, los clavos, los maderos, es como hacerle perder horizonte a la Muerte de Jesús.

Medito en mi propia grandeza. Yo no puedo ser una basura. Primero, porque Dios no hace basuras y, en segundo lugar, porque nadie da su vida por una basura. ¿Tendrá aquí sentido aquello del tesoro y la perla del Evangelio? Vio el valor del tesoro escondido y de la perla tan preciosa que «vendió con alegría todo lo que tenía para comprarla». ¿No será que Dios ve lo que valgo yo y por eso entrega generoso a su Hijo para ganarme a mí?

De la meditación sobre la Pasión de Jesús sólo se puede sacar una consecuencia clara: dios me ama, Dios me valora. Yo soy importante. Por eso san Pablo de la Cruz insistía tanto en la meditación de la Pasión como una manera de que todos los hombres, aun los más pobres e ignorantes, tomasen conciencia de su dignidad.

Los métodos

Te he dicho que cada uno tiene que andar sus propios caminos. De todos modos, aquí queremos sugerirte algunos posibles caminos o métodos muy sencillos y simples. No son los únicos, tal vez tampoco los más importantes, porque los más importantes para ti son aquellos que mejor van contigo.

Son ayudas para que comiences. Luego tú mismo irás encontrando tu propio camino. Pero comienza por algo para que no te enredes en la maleza, y renuncies porque no ves nada por delante.

Tiempos de meditación

Se podría decir que no hay tiempos de meditación, porque todo el día tú puedes caminar por la vida con el corazón lleno de diversos sentimientos y recuerdos dolorosos y amorosos.

De todos modos, es conveniente dedicarle un tiempo adecuado a lo largo del día. Es conveniente comenzar por dedicarle de diez a quince minutos diarios. Es posible que luego tú mismo le vayas encontrando tanto gusto que alargues tu tiempo a media hora.

Escoge un momento oportuno. El que tú crees que es el más adecuado a tus posibilidades. Es tiempo que ha de ser para ti algo sagrado. Durante el día tienes tu tiempo laboral, tu tiempo recreacional, tu tiempo de diversión. ¿Por qué no tu tiempo personal? ¿Por qué no tu tiempo y el tiempo de Dios en ti?

Método «aplicación de los sentidos» (1)

A. Crea primero un ambiente propicio dentro de ti.

1      Ponte delante de Dios que te mira con cariño, con mucho amor. Aviva dentro de tu corazón esta mirada de Dios que te ve por dentro.

2      Aviva dentro de ti este sentimiento de fe: «Creo que me miras. Creo que me ves. Creo que tu mirada me descubre como soy por dentro».

3      Como si sintieses la mirada amorosa de Dios dentro de ti, reconoce con humildad tu realidad delante de Él. No trates de ocultarle nada, deja que las pequeñas basuras que llevas dentro se iluminen. Reconoce tus debilidades. ¿Cuál es la debilidad que en este momento más te humilla delante de Dios?

4      Pídele ahora que también tú quieres verle a Él por dentro. Quieres ver lo que siente su corazón por ti. Pídele: «Señor, hazme ver tu rostro». «Señor, dame un corazón que te ame como Tú me amas».

5    Pídele a María que te ayude a adentrarte en el misterio de la Pasión de Jesús, tal y como ella la vivió: «Madre, tú callaste durante toda la Pasión de tu Hijo. No dijiste ni una palabra. Todo lo vivías en tu corazón. Concédeme que también yo calle, pero que mi corazón la viva como el tuyo».

B. Cuerpo de la meditación

1      Escoge uno de los pasajes de la Pasión de Jesús. Léelo despacio, que te vaya quedando dentro.

2      Comienza por mirar, contemplar la escena. No hables nada. Simplemente mira, dejando que tu mirada vaya como metiéndose en la escena, no como espectador sino como algo que te interesa.

3      Fíjate en el rostro de Jesús. Su expresión, la que pudo tener según la escena que se medita. Mira al entorno que lo rodea, la expresión de los que están con Él.

4      Luego, trata de verte a ti mismo como parte de la escena.

¿Qué lugar ocupas tú allí? Deja que la mirada de Jesús se clave en ti y que con ella te pregunte: «¿Qué haces tú aquí? ¿De qué lado estás?»

5      Escucha lo que se dice, se habla, los diálogos… Que todo lo que se dice allí lo escuche tu corazón.

6      Trata de acercarte a Él: ¿Qué le dirías? ¿Qué le preguntarías?

¿Qué te diría Jesús? Escucha su voz.

7      Ahora intenta meterte dentro de Él: ¿Qué sentimientos descubres en Jesús? ¿Qué pensaría Jesús?

Permanece dentro del corazón de Jesús.

8      Trata de sentir dentro de ti lo que Él sentía. Que tú y Él viváis los mismos sentimientos.

Termina:

¿Qué es lo que más me llegó al corazón? ¿Cómo me veo a mí mismo frente a lo que he meditado?

¿En qué puedo cambiar mi vida a la luz de lo que he meditado?

¿Qué sentimientos he de seguir recordando durante el día?

Algunas escenas entre tantas:

1      Jesús en el Huerto: Mc 14, 32-40; Mt 26, 36-46

2      Prendimiento: Mt 26, 47-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 2-11

3      Negaciones de Pedro: Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62

4      Las burlas de Jesús: Lc 22, 63-65; Mt 26,67-68; Mc 14, 65

5      Jesús y Barrabás: Mt 27, 15-18 y 20, 22-26

6      Silencio de Jesús: Mt 27, 11-14

7      La flagelación: Mt 27, 27-31; Mc 15, 16-20

8      El Cirineo: Lc 23, 26; Mt 27, 31-34; Mc 15, 20-23

9      Jesús perdona: Lc 23, 33-34

10 Burlas en la cruz: Lc 22, 35-38; Mt 27, 39-43

11 El buen ladrón: Lc 23, 39-43; Mt 27, 44; Mc 15, 32

12 Jesús y su Madre: Jn 19, 25-27

13 Abandono en la Cruz: Mc 15, 33-39

14 Muerte de Jesús: Lc 23, 44-46

15 Sepultura: Lc 23, 50-56

Éstas no son sino algunas de esas escenas dolorosas de la Pasión de Jesús. Pueden serte útiles para comenzar. Luego podrás recorrerlas todas.

Importante:

–        No es cuestión de tener muchas ideas, sino sentir dentro de ti lo que Jesús sentía en cada escena.

–        De cada meditación haz una jaculatoria para repetir durante el día como resonancia de lo que has meditado. Un ejemplo de la Oración del Huerto: «Padre, hoy no quiero hacer mi voluntad sino la tuya». «Padre, también yo tengo miedo muchas veces, pero me fio de Ti».

 

Método «aplicación de los sentidos» (2)

A. Ambientación espiritual de fe, mediante el Padre Nuestro

1      «Padre nuestro»… Trata de sentir a Dios como Padre y a ti como hijo y a los demás como hermanos. Deja que tu corazón se empape bien de la paternidad de Dios y de tu filiación.  

 

2     «Padre, glorifica tu nombre»… Ponte en actitud de admiración, adoración y agradecimiento al amor paternal de Dios. Siéntete amado de Él.

3 «Padre, venga tu Reino»… Trata de identificarte con los intereses de Dios y que Dios sea reconocido por todos y todos trabajemos por su Reino en la tierra.

4      «Padre, hágase tu voluntad»… Trata de poner tu corazón en una actitud de aceptación de su voluntad renunciando a la tuya…  

 

5      «Padre, danos el pan»… Trata de sentir tu indigencia, tu pobreza y la necesidad que tienes de Dios en tu corazón…

 

6     «Padre, perdónanos»… Trata de sentir la necesidad de que Dios te perdone, te limpie interiormente reconociendo y repasando brevemente tus fallos.

7      «Padre, que yo perdone»… Despierta en tu corazón sentimientos de perdón hacia aquellos que no te caen bien o con los que tienes alguna enemistad, no te hablas…

 

8      «Padre, no me dejes caer»… Reconoce tu debilidad y que sin la ayuda de la gracia no puedes nada.

B Medita el amor del Padre en la Pasión

1  Escoge cualquier escena de la Pasión; por ejemplo, la muerte de Jesús.

2      «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

3      Verme a mí desde dentro, con todos mis fallos, indigno de ser amado.

4      Ver cómo por encima de mis debilidades, Dios me ama gratuitamente.

5      Mira a Jesús colgado de la Cruz, muerto, y escucha cómo te habla del Padre, de cuánto el Padre te ama. «Así te ama mi Padre…. ».

6      Contemplando a Jesús como entregado por el Padre, trata de sentirte amado por Él.

7      Métete en el corazón de Jesús para sentir su amor muriendo por ti.

8      Métete en el corazón de Dios para contemplar cómo vería Él la muerte de Jesús por nosotros. ¿Cómo vería Dios el corazón de su Hijo amándonos?

9      Trata de sentir en tu corazón la alegría de ser amado hasta el punto de dar la vida por ti.

C ¿Qué puedo hacer ahora?

1      ¿Cómo amo yo a Dios en mi corazón?

2      ¿Qué soy capaz de hacer para demostrarle mi amor por Él?

3      ¿Qué puedo hacer yo para amar a todos como Dios los ama?

4      ¿Hay alguien que rechazo en mi corazón? ¿Soy capaz de perdonarlo de verdad?

5      ¿Qué hay en mi corazón que me impide vivir este amor de Dios en mí?

6      ¿En qué cosas creo que debo cambiar en mi vida para expresarle mi amor a Él?

7      Mirando al Crucifijo ¿qué decisión tomo ahora en mi vida?

Escoge una jaculatoria para el día:

«Que la Pasión de Jesús esté siempre impresa en mi corazón».

«Tanto me ama Dios que Jesús murió por mí».

Meditar la Pasión de Jesús mediante jaculatorias

A. «Y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 41-42).

Jaculatorias:

«Padre, si quieres, sáname de esta enfermedad. Pero prefiero hacer tu voluntad, aunque no me cure»,

«Padre, me siento débil. Si quieres, líbrame de esta tentación que me molesta. Pero estoy dispuesto a tener que luchar, si así lo prefieres tú».

«Padre, ya sabes lo que me cuesta aceptar tu voluntad, pero como Jesús, también yo te digo «no se haga mi voluntad sino la tuya».

B. «Y sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22, 44).

Jaculatorias:

«Señor, que cuando me sienta triste, busque consuelo rezándote a Ti».

«Señor, que cuando no tenga ganas de nada, no deje mi oración a Ti».

«Señor, que cuando sienta tristeza en mi alma, busque mi alegría hablando contigo en la oración».

C. «Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

Jaculatorias:

«Jesús, ¿tanto te costó también a Ti, aceptar la voluntad del Padre? Dame tu fortaleza para que no traicione nunca los planes que Tú tienes en mi vida».

«Jesús, ¿sudar sangre para ser fiel al Padre? Siento vergüenza de lo fácil que yo me quejo de todo».

«Jesús, Tú sudaste sangre por mí, que yo aprenda a vencer mis respetos humanos cuando deba confesarte en público».

D. «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del Hombre?» (Lc 22, 48).

Jaculatorias:

«Señor, ¿por un simple placer y satisfacción de mis sentidos, también yo quiero entregarte?»

«Señor, dame la gracia de quitarme las máscaras de mis mentiras y que pueda vivir en tu verdad».

«Señor, que sea sincero siempre conmigo y contigo, aunque muchas veces me duela reconocer la mentira que llevo dentro».

E. «Éste estaba con Él. Pero Pedro lo negó: ¡Mujer, no conozco a ese hombre!» (Lc 22, 56-58).

Jaculatorias:

«Jesús, dame la valentía de no negarte nunca delante de mis amigos».

«Jesús, que con mi vida no diga también yo que “no te conozco”. Porque Tú sabes bien que te conozco».

«Jesús, que tenga la valentía de confesarte con el testimonio de vida, allí donde mis amigos me están pidiendo que te niegue».

F. «Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 52).

Jaculatorias:

«Señor, dale lágrimas a mi corazón, para que llore con fe las veces que no te he confesado delante de los demás».

«Señor, que llore en mi corazón por las veces que te ofendí con mi pecado».

«Señor, dame la gracia de arrepentirme de las veces que he dado un mal testimonio de Ti, como cristiano».

G. «Pilato le preguntó con mucha insistencia, pero Él no respondió nada» (Lc 23, 9).

Jaculatorias:

«Jesús, Tú callabas cuando te acusaban en falso; dame la gracia de no defenderme cuando alguien habla mal de mí».

«Jesús, Tú callabas cuando eras acusado injustamente; que la mejor respuesta a los que murmuran de mí, sea el testimonio de mi vida».

«Jesús, Tú callabas cuando estaba en juego tu inocencia y tu misma vida; que mi mejor respuesta a los que hablan mal de mí, sea el amarlos más todavía».

H. «Echaron mano de un tal Simón de Cirene… y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús» (Lc 23, 26).

Jaculatorias:

«Jesús, también Tú sentiste la debilidad bajo la Cruz. Te pido que no me desaliente en mis propias debilidades».

«Jesús, necesitaste que un cualquiera te ayudase a llevar tu Cruz. Dame generosidad para que también yo ayude a mis hermanos a llevar las suyas».

I. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Jaculatorias:

«Gracias, Jesús, porque estoy seguro de que nunca me faltará tu perdón».

«Gracias, Jesús, porque tu amor que perdona es más grande que mis pecados».

«Gracias, Jesús, porque en tu muerte me enseñas a perdonar aunque yo tenga la razón».

Meditación de la Pasión de Jesús para los momentos difíciles de la vida

A. Disposiciones interiores para meditar

1      Comienza pidiéndole al Espíritu Santo que ilumine tu mente, y aliente tu corazón para que puedas encontrarte a ti mismo en la Pasión de Jesús.

2      Luego, mírate a ti mismo por dentro: imagínate que eres como un templo («sois templos del Espíritu Santo»), o bien como una especie de sagrario, donde Jesús habita. Procura sentirte como habitado por Dios.

3      Con la mente y el corazón procura buscar la figura de María en la Pasión de su Hijo. Entra ahora en su corazón dolorido: ¿qué sentiría como madre? ¿Qué actitudes descubres en medio de su dolor?

4      Pídele ahora que te ayude a comprender y vivir la Pasión de su Hijo como ella misma la vivió y sentir lo que ella sintió.

B. Verme como parte de la Pasión de Jesús

1      Recuerda: «Todos cuantos tenían enfermos de diversas enfermedades y dolencias se los llevaban a Jesús» (Lc 4, 40).

2      Reconocer mis enfermedades: los dolores físicos, los dolores sicológicos, tristeza, penas, desilusiones, miedos, inseguridades, aburrimiento.

3      Reconocer las enfermedades de mi alma: las debilidades y flaquezas que me hacen caer, los pecados que más me duele haber cometido, mi falta de caridad, mis faltas para con Dios, para con mis hermanos.

4      Ver ahora a Jesús cargado con la Cruz hecha con todas mis debilidades, mis caídas, mis flaquezas, mis infidelidades. Trata de ver cada una de estas situaciones tuyas amontonadas sobre las espaldas de Jesús.

5      Verte aliviado espiritualmente porque Él se hace cargo de todo lo que a ti te está pesando tanto.

6      Métete dentro de su corazón para sentir lo que Él sentiría al cargar con toda esa tu vida.

7      Preséntale a todos los que te hacen sufrir y dile que los aceptas como Él te está aceptando a ti.

8      Preséntale a todos los que también están sufriendo y se sienten débiles. Preséntale a las personas que conoces y sufren. Preséntale a los enfermos del barrio, a la gente necesitada y pobre, a tanto niño abandonado en la calle. Pídele que los haga fuertes, que Él pueda ser su esperanza en un mundo que les niega la esperanza.

9      Míralo a Él despacio, más con el corazón que con los ojos. Y deja que Él te mire a ti. Deja que sus ojos penetren en tu corazón y vean lo bueno que llevas dentro, también toda la pobreza que hay dentro de ti.

C. Actitudes

1      Jesús, en su Pasión, callaba… No se defendía… No se quejaba… ¿Qué actitud tomo yo en estos casos? ¿Callo? ¿Me quejo? ¿Me lamento o incluso critico?

2      Jesús, en su Pasión, se apoya interiormente en su Padre Dios, incluso aunque Éste parezca no dar la cara. ¿En quién me apoyo yo en mis sufrimientos y debilidades?

3      Jesús, en su Pasión, amaba a los que lo hacían sufrir… ¿Cómo veo yo a los que me fastidian?

D. Decisiones

1      Viendo a Jesús en su Pasión ¿qué resoluciones decido tomar en mi vida para el futuro?

2       ¿Qué defecto en particular debo corregir en mi vida?

3      ¿Qué debo hacer yo con los que fallan o veo débiles?

4      ¿Hoy qué cosas y qué actitudes debo mejorar en mí para parecerme más a Jesús?

5      ¿Hoy qué actitudes puedo asumir con aquellos que a mi lado están sufriendo?

Jaculatoria:

«Jesús, Tú que cargaste con mi vida sobre tus espaldas, concédeme que yo alivie el peso que cargan mis hermanos».

Método «mariposilla que se quema»

«Deje que la pobre mariposilla se abrase toda, se reduzca a cenizas en esa llama amorosa de la dulcísima hoguera del corazón amoroso de Jesús y, hecha cenizas, deje que esa poca ceniza de su nada se abisme, se pierda, se consuma, en el abismo infinito de la infinita bondad; y allí deshecha de amor, haga fiesta continua, con cánticos de amor, con sagradas complacencias, con sueños amorosos, con santo silencio» (San Pablo de la Cruz, L. I, 279).

1      Para comenzar esta manera de meditar imagínate una luz encendida en la oscuridad. Ve cómo las mariposillas se lanzan a la luz hasta que la luz que las fascina termina por quemarlas.

2      Luego, trata de mirar al corazón de Dios, en el corazón de Cristo crucificado, ardiendo en llamas de amor. Quédate contemplando un rato el corazón de Dios encendido en llamas y Dios que te grita: «Te amo, soy tu padre». «Cree en mi amor, fíate de mi amor, déjate amar».

3      Contempla luego tu corazón deseoso de ser amado, hambriento de cariño, de ternura. Contempla las decepciones amorosas que has tenido. Has creído en tantos amores que luego te han fallado, te han abandonado. Tú te entregaste totalmente y te han fallado.

4      Pero tú sigues necesitado de amor. Mira el corazón ardiente de Dios sobre la Cruz. «Tanto amó Dios al hombre, que entregó a su Hijo único».

«Dios es amor».

«Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él».

5      Imagínate que eres como la mariposilla revoloteando alrededor del corazón de Jesús crucificado.

–  Deja que su amor se te vaya metiendo dentro: «Señor, creo que Tú sí me amas de verdad». «Creo en tu amor para conmigo». Repítelo hasta que sientas que tu corazón sí cree de verdad en el amor de Dios Padre.

–  Deja que en tu corazón se vaya encendiendo ese amor de Dios crucificado y vayas sintiendo también tú el calor del fuego de ese amor.

–   Deja que el calor del amor del corazón de Dios vaya calentando, quemando todo lo feo que hay en ti, hasta sentirte limpio y brillante.

6      Despierta sentimientos de alegría al saberte amado. Puedes utilizar algunos versículos del Magníficat de María:

– Proclama mi alma la grandeza del Señor.

– Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

– Porque me ha mirado y me ha amado.

– Porque su amor quiere hacer cosas grandes en mi corazón.

–  Incluso podrías poner la música de algún canto que hable del amor de Dios…

8      Termina:

–  haciendo un acto de fe en el amor de Dios hacia ti,

–  haciendo un acto de agradecimiento: agradécele tanto amor,

–  renovándole tu amor hacia Él y hacia todos los hombres,

–  si hay alguien que no simpatiza contigo, dile al Señor que tú también lo quieres amar a él.

9      Actitud para la jornada: trata de repetir durante el día:

«Dios me ama».

«Gracias, Señor por tu amor».

«Sé que debo “amarte con toda mi mente, con todo mi corazón, con todo mi ser, y a mi prójimo como a mí mismo”, o como Tú mismo lo amas».

 

Método «examen de tus pecados»

«…Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn, 4, 10).

«… mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

–        Ponte en presencia de Jesús en su Pasión. Y hazte una pregunta: «¿Y todo esto lo hizo por qué, por quién?» Y trata de sentir que la razón última de la Pasión de Jesús eres tú mismo, como pecador.

–        Esto hace que no seas espectador de ella sino que te metas hasta dentro, como uno de los principales actores. Tú en la Pasión no eres actor de relleno, eres actor principal.

–        Él sufre la Pasión como «propiciación por mis pecados». Sufre su Pasión como reparación de mis pecados. Sufre como consecuencia de mis pecados. Si yo no hubiese pecado ¿hubiese sufrido tanto?

Y aquí puedes hacer una doble experiencia:

La primera: mis pecados son cosa seria…. hacen sufrir a Dios, condenan a Dios, cargan con la Cruz a Dios, crucifican a Dios y matan a Dios.

La segunda: debo hacer un examen de mi historia de pecado:

–       mis pecados personales en el cumplimiento de mis deberes para con Dios,

–       mis pecados personales contra mi hermano, sobre todo, mis pecados de desamor, injusticia, incomprensión,

–       mis pecados de indiferencia ante el dolor de los demás.

No como quien hace un inventario de cosas que no me afectan. Sino como quien va viendo en cada uno una manera de someter a Jesús a su Pasión.

–       De los actuales pecados, defectos e imperfecciones de mi vida, ¿cuál me parece que realmente más le hace doler el corazón a Jesús, más le hiere en su espíritu? Es posible que a mí me parezcan tonterías. Pero vistos desde el cuerpo golpeado y el alma herida de Jesús ¿cómo los veo?

–       Más que sentirme juzgado y condenado por Él, debo sentirme, a pesar de todo, amado por Él. Me ama, aún siendo pecador… El poder de su amor es más grande que mis propias debilidades.

Termina dándole gracias por sus heridas. Pidiéndole perdón por lo que tú le haces sufrir a Él y le haces sufrir en los hermanos.

Pidiéndole perdón porque, pese a lo que Él ha hecho por ti, tú aún sigues sin dar importancia al pecado en tu vida.

Pidiéndole perdón porque, viendo lo que Él hace por ti, tú apenas haces nada por los demás.

Y decide en qué cosas crees que debes cambiar. Toma la decisión mirándolo, porque el verdadero valor y significado del pecado sólo puede medirse desde la experiencia de sus efectos en Jesús durante su Pasión.

 

Método «pescar»

«También quisiera que alguna vez fuera a pescar. ¿Cómo? Veamos: La Pasión santísima de Jesús es un mar de dolores, pero también es un mar de amor. Dígale al Señor que le enseñe a pescar en ese mar. Sumérjase en él y cuanto más se sumerja, menos hallará fondo. Déjese penetrar enteramente por el amor y el dolor. De esta manera hará totalmente suyas las penas del dulce Jesús» (San Pablo de la Cruz, L. III, 516).

–       Mentalmente figúrate la Pasión de Jesús como un mar de dolor y un mar de amor. Igual que el agua del mar que es a la vez salada y a la vez fresca para los días de calor.

–       Piensa en todo lo que Jesús debió sufrir en sus horas de Pasión. Pero piensa también cuánto amor había en su corazón. «Con verdadero deseo he deseado que llegase esta hora». El dolor lo ponen los hombres y lo sufre Él. Pero el amor lo pone Jesús y lo sientes tú. Imagínate cómo ardería su corazón en ganas de expresarte y manifestarte todo el amor que el Padre tiene por ti.

–        Pídele con paz: «Jesús, enséñame a descubrir ese fondo de tu dolor y de tu amor». Pídele que te enseñe a sentir y creer de verdad que nadie te ha amado tanto como Él.

–        Sumérgete en ese mar de dolor y de amor como si te echases al mar en un día caluroso de verano. Métete en ese dolor como si tú mismo lo sintieses, parecido a lo que sucede cuando metes el dedo o la mano en agua hirviendo. Y métete también en ese inmenso amor y siéntete todo rodeado del cariño de Dios.

–        Haz tuyos sus sufrimientos. Y haz tuyo todo su cariño, toda su ternura y todo su amor. Trata de sentirte amado por Él como se sintió Pedro después de negarlo y sus ojos tropezaron con la mirada tierna de Jesús que le llegó hasta el fondo del alma.

–        Sumérgete también en el dolor de cada hombre, mujer, niño, joven o anciano. Acércate al dolor de los demás. ¿Quieres imaginarte a ti como uno de ellos? ¿Como un necesitado como ellos? ¿Vestido de andrajos como ellos? ¿Cómo te sientes viviendo en esa condición casi inhumana?

–       Y ahora la pesca: ¿qué sentimiento más te ha impresionado? ¿Qué actitud de Jesús más ha tocado tu corazón? Y como quien lleva los peces pescados a casa, lleva dentro de ti esos sentimientos para vivirlos durante el día. Llévate también contigo a lo largo del día éste o aquel sufrimiento de alguno de tus hermanos….

Termina dándole gracias por lo que sufrió por ti y por todo el amor con que te amó y te sigue amando.

Método «coloquial»

«Sí no puede meditar en la Pasión de Jesús, hable de ella con Él, con algún coloquio amoroso» (San Pablo de la Cruz, L I, 401).

1      Comienza como siempre creando un clima de paz, de serenidad, de tranquilidad y de fe, dentro de tu corazón.

2      Aviva tu corazón en actitud de fe, de admiración, adoración y reverencia hacia Dios…

Pero sobre todo, aviva la experiencia paternal de Dios y tu condición filial: Él es tu padre y tú su hijo.

3      Haz una breve oración pidiéndole que sea Él mismo quien te enseñe a descubrir el misterio de su amor revelado y manifestado en el dolor de su Pasión y Muerte.

4      Y como el hijo pequeño que se deja guiar por la mano de su madre y que pregunta de todo, siente que le agarras la mano a Jesús y pídele que Él te vaya guiando, que sea Él quien te responda. Se trata de una breve meditación en la que tú preguntas y dejas que Él sea el que responde:

– Señor, ¿qué es lo que más te dolió durante las horas de tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué actitud humana más te dolió y repugnó durante tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿qué dolor físico fue el que más te hizo sufrir?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento te sentiste más solo y abandonado de todos?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento me tuviste más presente en tu corazón?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué es lo que hoy más te duele en la vida de mis hermanos? ¿Qué es lo que hoy te sigue haciendo sufrir en la vida de tantos hombres y mujeres? ¿Qué es lo que más hiere tu corazón en mi vida; por ejemplo en mi trato con los demás?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿cuál de los personajes de la Pasión te causó más dolor? ¿Judas, Pedro, Caifás, Pilato, Herodes…?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿en qué personaje me viste más retratado a mí en tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

6      Luego desahoga tus sentimientos con Él…

– sentimientos de compañía,

– sentimientos de pena,

– sentimientos de amor hacia Él,

– sentimientos de agradecimiento,

–  sentimientos de decisión de cambiar tu vida…

Jaculatoria para el día:

Puedes convertir en jaculatoria cualquiera de los sentimientos que has tenido o has visto en Jesús.

O puedes repetir:

«Que la Pasión santísima de Jesús esté impresa y grabada siempre en mi corazón».

Método «esconderse en las llagas de Jesús»

“Procure permanecer escondido en las llagas santísimas de Jesús, que será enriquecido de todo bien y de toda verdadera luz, para volar hacia la perfección según su estado» (San Pablo de la Cruz, 1, 558).

 

1      Esta meditación puedes comenzarla poniendo primero paz en tu espíritu, reconociendo humildemente tu pobreza espiritual, y la poca fidelidad que tienes a las exigencias del amor de Dios.

2      Luego, pon tus ojos y los ojos de tu corazón en el Crucificado. Y contempla todas las llagas de su cuerpo entregado y maltratado colgado de la Cruz:

–  anda repasando con tu mirada cada una de sus heridas,

– hazlo despacio identificándote con cada una de ellas,

– repasa luego las cinco llagas: las de sus manos y las de sus pies, y la llaga del costado.

3      Contempla cada llaga como si cada una tuviese un letrero: Amor. Así ama Dios.

4     Y después quédate mirando la gran llaga, la del costado, por la que puedes meterte hasta el corazón mismo de Jesús:

–        métete en esa llaga abierta hasta el fondo,

–        siente dentro el calor del corazón de Jesús,

–        siéntete amado por Él,

–        siéntete acogido por Él,

–        siente la seguridad de ese refugio amoroso del Corazón de Dios.

5      Vive ahí dentro como si fuese tu propia casa. Siéntete a gusto ahí dentro.

6      Contempla también a Jesús llagado en su cuerpo místico: en tantos hermanos nuestros que pecan y así lo hieren más y más. Intenta tocar a ese Jesús adolorido que tantas veces se cruza en tu camino.

7      Es el momento de sentirse bañado por la Sangre que mana del costado de Jesús…

– sentir que de ahí dentro nació la Iglesia…

– bebe a gusto en la fuente misma de la Iglesia,

– reaviva tu fe en la Iglesia,

– siéntete tú mismo Iglesia.

Es también el momento de meter en las llagas de Jesús a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren soledad, a los que viven pidiendo limosna y sienten el rechazo de la sociedad; para que sepan que están compartiendo la Cruz de Cristo y que, por eso, son privilegiados, pues así lo ayudan a salvar personas.

Haz la prueba de ir metiendo en la llaga del costado a los privilegiados que se hacen víctimas con Él: cada una de las personas necesitadas, pobres, enfermas…

8      Vivencia para el día, repite con frecuencia:

Señor:

–  Cuando me sienta solo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté triste, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté sufriendo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando me sienta incomprendido, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando sienta que te he ofendido, en tus llagas, escóndeme.

–  Cuando sienta miedo de acercarme a Ti, en tus llagas, escóndeme.

–  ¡Gracias por hacerme uno contigo!

Señor:

– Cuando mis hermanos sientan la desesperanza, en tus llagas, escóndelos.

–  Cuando mis hermanos sientan la frialdad de los demás, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la dureza de la pobreza, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la inseguridad del futuro, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la injusticia social, en tus llagas, escóndelos.

– Que sepan que todas sus cruces son participación de tu vida divina, y así se hacen uno contigo.

Método «ofrecimiento de la Pasión»

«Ofrezca al Padre la Pasión de su divino Hijo, dígale que si el mundo no merece esta visita de tanta misericordia, lo merece en cambio Jesús. Dígaselo, háblele con claridad, pero con suma reverencia… pues el mundo vive olvidado de las penas de Jesús, que son el milagro de los milagros del amor de Dios» (San Pablo de la Cruz L II, 499).

1      Comienza la meditación poniéndote en la presencia de Dios que ve y mira tu corazón.

2      Luego, contempla el mundo que te rodea.

–        ¿Qué importancia dan a Dios los hombres que conoces en torno tuyo?

–        ¿Qué importancia dan a la Pasión y Muerte de Jesús las personas con las que vives y las que viven en tu entorno?

–        Trata de sentir pena por el olvido de Dios en el corazón de tanta gente: el olvido de su amor, el olvido de lo que ha sufrido por nosotros.

3     Contemplando a Jesús crucificado y muerto en la Cruz, celebra como una especie de Misa en tu corazón:

–        extiende tus manos abiertas y míralas,

–        imagínate que tus manos son como la patena y el cáliz de la Misa,

–        en ellas pon el Cuerpo roto de Jesús y su preciosa Sangre,

–        ofréceselos al Padre:

«Padre, me duele el olvido en que te tiene el mundo. Padre, me duele que el mundo no crea en tu amor. Padre, me duele que el mundo no se deje amar por tu Amor crucificado.»

«Yo no tengo nada que ofrecerte, sino mis propios olvidos. Porque también yo me he olvidado demasiado de que Tú me amas. Pero

–        te ofrezco la Cruz de Jesús,

–        te ofrezco la Pasión santísima de Jesús,

–        te ofrezco la Muerte de Jesús,

–        te ofrezco a Jesús mismo, tu Hijo, al que Tú entregaste por nosotros.»

4      Quédate así un rato, mientras tu espíritu se sienta a gusto. Piensa que es Jesús mismo que se ofrece en tus manos al Padre. Piensa que eres como un sacerdote para el mundo desde cuyas manos ofreces al Padre todo el amor que Él mismo te ha manifestado en Jesús crucificado.

5      Siente que en tus manos tienes el «milagro de los milagros del amor de Dios» y que como no tienes nada tuyo que ofrecerle, lo ofreces a Él mismo.

6      Mantente así el tiempo que necesites, sin prisas, sintiendo dentro de ti esa doble experiencia: el corazón de los hombres y el corazón de Jesús Crucificado. El olvido de los hombres y las ganas de Dios de manifestarles su amor.

7      A lo largo del día, mira con frecuencia tus manos en las que le has ofrecido a Dios la Pasión y Muerte de Jesús…

8      A lo largo del día piensa que unas manos que han ofrecido la Pasión y Muerte de Jesús, no pueden ser manos que hieran a los demás, sino manos que expresen amor a los demás.

 

Método «descansar sobre la Cruz»

«Ea, pues, repose en paz sobre la cruz, duérmase, con sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado; padezca, calle y cante espiritualmente. «Yo no me gloriaré en otra cosa, sino en la cruz de mi dulce Salvador» (San Pablo de la Cruz L. II, 719; Gal 6,14).

1      Puedes comenzar ambientándote con la lectura de la crucifixión. Llegados al Calvario, lo desnudan de sus vestidos y lo tienden de espaldas sobre el madero de la Cruz. Y le clavan con clavos las manos y los pies.

2      Quédate unos momentos en silencio contemplando con los ojos de tu corazón la escena de la crucifixión. Deja que tu corazón se empape bien.

3      Luego, trata suavemente de meterte en el corazón de Jesús para escuchar con los oídos de tu corazón lo que Él siente en esos momentos.

Jesús cansado y agotado del camino del Calvario encuentra como única cama de descanso los maderos de una Cruz.

4      Unido espiritualmente a Jesús, pídele que, por unos momentos, te deje a ti echarte sobre su Cruz.

– Imagínate tumbado sobre la Cruz de Jesús.

–  Descansa unos instantes sobre ella, en silencio.

–  No te muevas, intenta sentir la dureza del madero, pero intenta también sentir la serenidad, la paz, el amor de Jesús en tu corazón.

5      Piensa que tus sufrimientos son una cruz como la de Jesús.

–  Échate suavemente sobre esa cruz de tu vida, trata de sentirla.

– Piensa en la Cruz de Jesús y piensa en la tuya… ¿a cuál de las dos la ves más dura y dolorosa?

6      Trata de descansar sobre la Cruz de Jesús… y luego trata de descansar sobre tu propia cruz.

7      Mírala con ojos de fe: no en lo que tiene de dolor, sino en lo que significa de amor. No la veas como un castigo que tienes que sufrir. Por el contrario, intenta verla como la cruz en la que también tú estás llamado a morir por los demás. Haz de tu cruz una oportunidad para ofrecer tus sufrimientos: por la Iglesia, por los que viven alejados de Dios, por la santidad de los tuyos y tu propia santidad.

8     Piensa que Jesús no hizo su cruz. Se la hicieron otros. Y otros lo clavaron a ella. Abre los ojos del corazón para contemplar a tantos hermanos tuyos clavados en tantas cruces de dolor, pobreza, desesperanza…; tampoco ellos se han construido su cruz. ¿Cuántas cruces he labrado yo para crucificar a mis hermanos?

9      Toma una decisión: Durante el día no quejarte de tus sufrimientos, sino callar e incluso darle gracias a Jesús que te permite parecerte a Él y hacer algo por los demás.

Jaculatoria para el día:

«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu santa Cruz, redimiste al mundo».

Método «beber del cáliz de Jesús»

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42).

«… beba dulcemente del cáliz que le ofrece Jesús, pues, si bien es amargo al sentido, sin embargo es agradable al espíritu, porque lo enriquece de modo extraordinario» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

–        Comienza imaginándote a Jesús, postrado en tierra, la noche de Getsemaní. Casi desfallecido, sin fuerzas, con el alma llena de tristeza.

–        Escucha el grito de su oración al Padre y que brota de la soledad de su corazón «si quieres, aparta de mí este cáliz»… Aparta de mí mi Pasión. Aparta de mí mi condena. Aparta de mí la Cruz. Aparta de mí la muerte.

–        Entra en su corazón que siente el mismo rechazo que cualquiera al dolor, el sufrimiento, los desprecios y la muerte. Fíjate bien que es una oración hecha grito, hecha de dolor y angustia, aunque también de confianza y seguridad en el Padre.

–       Haz que tu corazón escuche callado la actitud de obediencia filial a lo que instintivamente repugna… «que no se haga mi voluntad, sino lo que tú quieres».

–       Únete a Jesús así caído y piensa desde tu corazón en tantos hermanos que también hoy gritan al Padre su propia angustia, su tristeza, sus miedos de cada día; y saca el propósito de enseñarles a todos la sabiduría de la Cruz: que unidos a las penas de Jesús ayudarán a cada hombre y mujer.

–       Jesús llama a su Pasión «cáliz, copa». Como si toda su Pasión estuviese metida en un vaso y que Él mismo tiene que tomar en sus manos y acercarlo a sus labios y beberlo.

–       Durante unos momentos, en silencio, deja que tu corazón se compenetre con esa angustia y rechazo que siente Jesús. No hables palabras. Trata de sentir en ti lo que Él sentía y experimentaba. Y dile que no quieres dejarlo solo: que eres tú quien se merece todo ese sufrimiento.

–       Luego, entra dentro de ti mismo. Imagínate que tienes en tus manos un vaso grande. Ve metiendo en él todos tus sufrimientos, frustraciones, insatisfacciones, desilusiones. Llénalo con todo aquello que tú estás rechazando ahora mismo en tu vida. Lo que más te duele. Lo que más te hace sentir miedo de cara al futuro.

–       ¿Sientes ganas de tomarlo? ¿Sientes ganas de beberlo entero o más bien tu corazón protesta, grita y hasta se desespera?

–        Mirando fijamente a Jesús, ¿qué cosas quisieras decirle también tú hoy a Dios? ¿Que te disculpe de beber y tragarte tus sufrimientos?

–        Mejor si comienzas por contemplar a Jesús de nuevo. ¿Te atreverías a pedirle que te dé ese cáliz de su Pasión, que tú estás dispuesto a beberlo por Él, en vez de Él? ¿Te atreves ahora a quejarte de que Dios no te oye, no te escucha, no te ama? ¿Te atreverías a beber el cáliz del sufrimiento por todos esos hombres, mujeres y niños que a diario contemplas en los noticiarios de la televisión?

–        ¿Por qué no echas tus propios sufrimientos corporales, afectivos, emocionales, morales y espirituales en el mismo cáliz de la Pasión de Jesús? ¿No crees que si bebes tu propio cáliz en el cáliz de la Pasión tu propia pasión tendía otro sentido?

–        Comprométete a ir bebiendo a sorbitos a lo largo del día el cáliz de su Pasión y de tu pasión, diciendo con frecuencia: «Padre, quita de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad».

Método «mi gota de sufrimiento»

«Arroje esa pequeña gota de su padecer en el mar inmenso de los padecimientos de Jesús. Y así verá cómo su alma, toda embriagada de amor, quedará sumergida totalmente en el puro amor y el puro padecer, viéndose penetrada interior y exteriormente» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

1      Como siempre, comienza por ponerte delante de Cristo Crucificado, tratando de hacer silencio interior lleno de fe. Renuncia a tus ideas, a lo que sientes y ponte en desnudez, espiritual en su presencia.

2      Lee alguno de los pasajes de los relatos de la Pasión de Jesús, cualquiera, el que mejor se adapte a tu estado en ese momento.

3      O bien, échale una mirada a Jesús colgado de la Cruz, contemplando lo que Él sufre. Y deseando completar sus sufrimientos…

4      Imagínate estar junto al mar, la inmensidad de las aguas.

Haz la prueba de echar una gotita de agua en el mar:

– ¿Puedes encontrarla ahora?

– ¿Sabes dónde está?

– ¿Puedes recogerla?

5      Esa gotita de agua se ha perdido en la inmensidad del mar.

Ya no existe porque ha quedado absorbida por el agua del mar.

Ya ha adquirido el sabor del agua del mar. Es tan pequeña, comparada con la grandeza del mar, que prácticamente resulta insignificante.

6      ¿Verdad que te quejas y lamentas de todo lo que te pasa? ¿Quisieras comparar tus sufrimientos con los de Jesús?

7      Tú estás sufriendo.

Cuéntale a Jesús todos esos sufrimientos que en estos momentos atormentan tu cuerpo o tu espíritu.

–  Arrójalos en el mar de los sufrimientos de Jesús en su Pasión.

–  ¿Crees que los podrás encontrar? ¿No se parecerán a la gota de agua que has echado en el mar?

–  Piensa que lo mismo que la gota de agua, también tus sufrimientos han quedado perdidos y absorbidos por los sufrimientos de Jesús.

– Piensa que también esos sufrimientos tuyos, arrojados en el mar de los sufrimientos de Jesús, ya no tienen sabor propio, también ellos tienen ya el sabor de los dolores de Jesús. Ahora están unidos místicamente a los suyos y tienen una grandísima eficacia: le devuelven la gloria que le quitamos a Dios-Padre con nuestros pecados, lo ayudan a salvar y a santificar a mucha gente y así se va construyendo su Reino de amor en los corazones de los hombres.

9      Medita callado en tu corazón:

– Todavía siento que nadie sufre tanto como yo…

– me rebelo porque todo me sale mal y Dios me tiene dejado de su mano….

– pero, al ver ahora mis sufrimientos perdidos en el mar de sufrimientos de Jesús, ¿podré quejarme? Y al ver mi gota en el mar de dolor de mis hermanos, ¿podré quejarme contra Dios?

10 Procura sentir en ti los mismos sentimientos de Jesús en sus padecimientos de la Pasión… Mira su anhelo por salvar a todos…

– Identifícate interiormente con ellos. Y ahora déjate perder a ti mismo en un mismo dolor: el tuyo y el de Jesús.

– Ama tu condición dolorosa como Jesús amaba la suya. Ámalo a Él sintiéndote amado por Él, sintiéndote así identificado con Él interior y exteriormente. Y serás eficaz.

11 A lo largo del día, ofrécele tu padecer unido al suyo, ofrécele los sufrimientos que Él padeció y en ellos, como gota en el mar de su dolor, ofrécele los tuyos. Trata de vivir identificado a Él por dentro, en tus sentimientos, y por fuera, en tus padecimientos.

Método «el ramillete»

«Mi Amado es para mí una bolsita de mirra… mi Amado es para mí un ramillete de nardos» (Ct 1,1214).

«Haga un ramillete de las penas de Jesús y guárdelo en el fondo de su corazón, y de vez en cuando haga memoria amorosa y dolorosa con dulces palabras» (San Pablo de la Cruz, L I, 108).

«Lleve en su corazón un ramillete de las penas de Jesús y de los dolores de María» (San Pablo de la Cruz, L I, 99).

Los que se pasean por un bello jardín no salen de él a gusto si no se llevan entre las manos algunas flores para olerlas y guardárselas durante el día.

Así nosotros, al leer o meditar la Pasión de Cristo es gratificante que escojamos algunas palabras, pensamientos o hechos que nos hayan impactado más, y formemos con ellos un ramillete, para guardarlo y olerlo espiritualmente durante el día. Es el ramillete de las penas de Jesús.

De los consejos de San Pablo de la Cruz se desprenden los siguientes movimientos:

– Haz un ramillete de las penas de Jesús (escribe): espinas, clavos, desprecios, llagas, etc.

– Guarda el escrito (ramillete) junto al corazón; expresa sentimientos de amor, recuerda las penas de Jesús, piensa en ellas durante el día…

– Haz actos de amor y dolor, de acción de gracias.

– Ofrece frecuentemente este ramillete a Dios Padre por las necesidades que el Espíritu de Dios te inspire en cada momento: la salvación de todos los hombres, la santificación de cada uno de los miembros la Iglesia, la honra y gloria de Dios…

– Ten libertad para hacerlo como el Espíritu Santo te inspire, sin esfuerzos de cabeza, sin fórmulas aprendidas de memoria, con paz, con amor, espontáneamente.

Aplicación:

Añade al ramillete tus penas, las de tus familiares y las del prójimo. Lo importante es que hagas memoria de Jesús encarnado en la naturaleza sufriente, para pagar nuestras culpas. Lo importante es que tengas “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5), y te acerques al pueblo que sufre, para enseñarle a darle sentido cristiano al sufrimiento, a ser otros Cristos, el mismo Cristo.

Compromiso

Tener junto a mí el ramillete de las penas de Jesús me mueve a hacer actos de fe, esperanza y caridad, de unión mística con Él, sufriendo con Él, por Él y en Él, y ofreciéndolo por la gloria de su Padre, la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo y la santificación de los bautizados, únicas metas por las que vale la pena vivir y morir.

Selección adaptada del folleto: Métodos fáciles para meditar 

Clemente Sobrado, pasionista

Congregación de la Pasión de Jesucristo (PASIONISTAS)

Colombia

 

Nihil obstat:

P. Pío Zarrabe C. P. Vicario Regional l-IX-1994

Puede Imprimirse:

Mons. Augusto Vargas Alzamora, Arzobispo de Lima. 7-IX-1994

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El verdadero enemigo de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

EL VERDADERO ENEMIGO DE LA FELICIDAD

 ¿Por qué sufrimos?
 ¿Cómo aparece la depresión?
 ¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos?
 ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia?
 ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira?
 ¿Qué nos enfurece?
 ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?
 ¿Qué hace que nos afecte tanto la falta de dinero?
 ¿Cómo se acaban las amistades?
 ¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Manuel es un muchacho a quien le angustiaba la falta de unión en su familia: su único familiar en la ciudad, su hermano mayor, quien le daba alojamiento mientras estudiaba, estaba peleando con él; ya no se hablaban y se preparaba cada uno su comida, cosa que no habían dejado de hacer nunca. Para él era como no tener familia…
Según contó, los roces se presentaron porque, tratando de ayudar a su hermano, le aconsejó que no arrendara una de las habitaciones de la casa a cualquiera, sin percatarse primero qué tan bueno podría ser el arrendatario. Ambos —según él— son orgullosos y se dejaron de tratar después de una discusión en la que cada uno defendía a gritos sus “derechos”: «Yo soy dueño de esta casa» «Yo también vivo aquí; y acuérdese que soy su hermano».

La causa de todo es la soberbia…

Yendo a misa, en un semáforo que estaba en rojo, se me acercó un niño pequeño y pobre a venderme unos caramelos. Sonriendo le dije que no y le di las gracias. Sin embargo, insistió ofreciéndome “hacer un negocio” conmigo. Tras mi nueva negativa no se retiró, sino que se obstinó en su empeño. Decidí cerrar la ventana del carro, pero el niño se colgó del vidrio impidiéndome hacerlo. Con rabia le cogí el brazo fuertemente y se lo retiré del vidrio y lo logré cerrar con tan mala suerte que se le cayeron varios caramelos. El niño lloraba frotándose el brazo…
No he dejado de pensar en lo sucedido: dejándome llevar por la ira, agredí a un niño pobre que, quizás angustiado por su pobreza, insiste, machaconamente y sin prudencia (porque no tuvo oportunidad de aprenderla), en que le hagan una compra.

¡Soberbia!, peor que la de Manuel… La causa de todos nuestros males.
Efectivamente, en un altísimo porcentaje, la respuesta a las preguntas del recuadro al comienzo de estas líneas es la soberbia.
El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra:

Soberbia: del latín superbia.
 Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
 Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Pero son muchas las formas que toma la soberbia:
Unas veces, como orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
Otras, como presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo.
Y, además de estas, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que se tratan de exponer y explicar a continuación, junto con el daño que puede ocasionarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo en que vivimos.

La imagen que proyecto a los demás
Casi todos pensamos que actuamos bien; creemos que somos buenos.
Casi todos nos sentimos “expertos” para solucionar las vidas de los demás.
Con frecuencia nos ocultamos a nosotros mismos nuestros defectos; y quizá lo logramos… Pero no a todos podemos engañar. La gente se da cuenta de más cosas y circunstancias que nosotros mismos, y de nuestras verdaderas intenciones. Bajo la apariencia de bondad, salen al exterior nuestros deseos de aplausos, de un “qué dirán” positivo. Muchas veces —no nos engañemos— pretendemos que nos alaben, que nos tomen por buenos.
Algunos son más hábiles que otros en proyectar esa imagen a los demás. Y algunos son más duchos que otros para descubrir el engaño.
Todos conocemos, por ejemplo, ese tipo de personas que “nunca se equivocan”, que “siempre tienen la razón”, que siempre dan una explicación a su mal comportamiento y a sus palabras desacertadas. Y quizá muchos hemos caído en ese error alguna vez… o muchas.

Noemí no permitía que sus compañeros de trabajo cuestionaran la calidad de su labor; según ella, hacía todo perfecto. Un día, el jefe la llamó para encargarle una tarea que otro había hecho mal:
–Señora Noemí, como ya sabe, estos papeles no se entregaron a tiempo la vez pasada; le ruego que los haga llegar lo más pronto posible.
–¡Pero, señor, usted no me había pedido que los enviara!
–¿Le dije acaso que usted había fallado?
–Pero es que…
Noemí volvió la cabeza y se percató de algunas miradas de sus compañeros que, admirados por su conducta, mecían la cabeza de un lado para otro y murmuraban: «No tiene remedio»…

¿Cuántas veces hemos hecho algo parecido? ¿Cuántas veces al día decimos la consabida frase: «Pero es que…»?
¿Por qué nos preocupa tanto nuestra imagen? ¿Qué nos lleva a tratar de mantenerla intacta por todos los medios? ¿A qué le tememos? ¿Es que no somos humanos ni nos podemos equivocar? ¿Acaso conocemos a alguien que nunca yerra?…
Pero, sobre todas esas preguntas se yergue una más importante:
¿Qué pretendemos esconder con esa conducta? La experiencia unida a los estudios científicos han demostrado que bajo esa actitud de querer proyectar una imagen que no poseemos está siempre la conciencia cierta de que somos inferiores a los demás, es decir, una autoestima pobre.

Fernando es un hombre de mediana edad, de cuna humilde (cosa que nunca ha aceptado), a quien no le ha ido bien en la vida.
Aunque, al morir, su padre le confió el cuidado de toda su familia, su hermano fue el que se encargó de hacerlo; fue su hermano el que triunfó en los negocios, el que les dio estabilidad económica, el que les facilitó apoyo para sus empresas, el que les presta dinero para realizar todos sus sueños y poder alardear ante los demás de tener una fortuna apreciable, granjeada —por supuesto—, con sus “inmensas virtudes para hacer negocios, con sus buenas relaciones sociales y con los supuestos pergaminos de la familia”…
Ahora Fernando les dice a todos que las posesiones de su hermano son suyas, y finge triunfos que nunca tuvo. Casi todos los que lo conocen detestan su actitud constante de querer mostrar posesiones y cualidades que no tiene, su altivez y vanagloria persistentes, y un engreimiento que raya en el desprecio de los demás.
Mientras su ex esposa y sus hijos pasan dificultades económicas, viaja con frecuencia y hace gastos suntuarios; ante todos pretende que sus ingresos son altos y muy justos despilfarrando, mientras que al juez que lleva su caso de separación le lleva una relación de inmensas deudas a su hermano y jefe, de quien devenga un salario paupérrimo.
Este pobre hombre trata de encubrir sus faltas ante los demás intentando proyectar una imagen mejor de sí. Lo peor de todo es que quienes lo conocen, no solo se dan cuenta de sus intentonas, sino que se alejan de él cada vez más.

Si somos sinceros, en mayor o menor grado muchos de nosotros hemos caído en esa trampa de nuestro principal enemigo: la soberbia.
Cuando dejemos de decir sin atención aquello de que “nadie es perfecto”, cuando lo comprendamos de veras, cuando nos percatemos de que no somos la excepción, habremos dado el primer paso para no poner una coraza defensiva ante los demás. ¡Somos como todos!: erramos, pecamos, caemos, reaccionamos mal…
Si lo pensamos con un poco de sabiduría, llegaremos a la conclusión de que en las condiciones de los demás seríamos iguales de malos o peores.
Analicémoslo detenidamente: si hubiésemos nacido en el hogar en que nació Hitler, si hubiéramos heredado sus genes, si hubiéramos tenido los amigos que él tuvo y hubiéramos vivido las circunstancias que él vivió, ¿quién se atrevería a negar que habríamos hecho el mal que él hizo a la humanidad?…
¿Qué sería del Fernando de nuestra historia si alguien lo ama por lo que es, y no por lo que dice que tiene? Es probable que se comenzaría a valorar y, en la medida que lo haga, dejará de hacerse propaganda, dejará de inventar virtudes o cualidades, haciendas o propiedades, puesto que él sabe lo que vale por sí mismo, como ser humano que es, con cualidades y defectos, como todos.
Otra de las veladas formas de la soberbia No aceptar las ofensas de los demás.

A uno de mis maestros de kung–fu lo vi combatir con el mejor exponente de artes marciales de mi país. Fue una demostración extraordinaria de conocimientos y de habilidad física; quienes asistimos a este “espectáculo” (si se puede decir así) nos percatamos de qué tan lejos estábamos (y estamos) de llegar a esa destreza, a esa maestría.
Unos días después, mientras mi profesor me dictaba unas clases particulares en su academia, arribaron dos karatecas de otra academia de artes marciales a quienes yo conocía y de quienes tenía la certeza de que eran inferiores en cualidades marciales. Uno de ellos se presentó diciendo que era cinturón negro y que quería verificar cuánto sabía mi maestro. El otro afirmó que cualquiera de ellos le ganaría en duelo, y le pidió, en nombre de la valentía, que aceptara el reto instantáneamente.
Era para mí más que evidente que mi maestro no solo podría vencer a uno de ellos sino a ambos al mismo tiempo pero para mi sorpresa el maestro se negó:
–La valentía se expresa cuando hay que defender una buena causa, no para demostrar nada.
Uno de los retadores le preguntó:
–¿Es usted cobarde?
–Puede comenzar a pegarme. No me defenderé.
Estas últimas palabras fueron mágicas: no siguieron insistiendo…

El hombre que está seguro de su poder no siente la necesidad de demostrarlo porque conoce su fortaleza, y jamás se aprovecha de ella.
Lo mismo sucede cuando dicen cosas de nosotros que, sean verdades o no, hablan mal de nosotros: el sabio calla y el necio dice que “el que calla otorga” y se defiende con todas las armas posibles, incluyendo la ofensa; y de todos los modos posibles, incluyendo la venganza. Todo esto lleva, por supuesto, fácilmente a la pérdida de la paz individual y social.
Por otra parte, la competencia, cualquiera que sea, incita los ánimos para demostrar que somos mejores que los demás en cualquier campo: el deporte, la inteligencia, las artes, la ciencia, la política, los negocios, la habilidad para ganar dinero, la capacidad para conquistar bien sea una pareja o triunfos en la vida… Y lleva fácilmente a la soberbia.
Otra vez se hace indispensable recalcar que siempre habrá críticas contra nosotros, que no hay seres perfectos, que somos uno más —diferente, por supuesto— pero con cualidades y defectos, como todos.
Se podrá pensar que es indispensable negar lo que es falso, que cuando hacen una acusación falsa en contra nuestra, por amor a la verdad, conviene corregir el error. Efectivamente, si de esta acusación se derivan problemas o penalizaciones, es necesario rectificar; pero, en la mayoría de las ocasiones la crítica o la censura de nuestros actos se hace en el ámbito coloquial, sin consecuencias penosas graves para nadie diferente del acusado, que bien puede alzarse de hombros, si se valora por encima de los criterios de los demás, es decir, si es grande espiritualmente.
Gritar o emplear la fuerza física es propio de los que creen débiles sus argumentos o de los que no tienen la razón. La fuerza de los argumentos es intrínseca. La verdad no necesita ser defendida, se sostiene por sí sola.
Y cuando ofendemos al interlocutor estamos haciendo algo peor que cuando gritamos.
En fin, no necesitamos proyectar ninguna imagen para ser valorados ni para ser apreciados, basta un poco de conciencia certera de que somos iguales a los demás; ni superiores ni inferiores: unos tienen unas cualidades y unos defectos; otros poseen otras y otros, respectivamente.

La imagen que creo que proyecto a los demás
Otro error fatal para la felicidad y para la paz interior es el autoengaño. Comienza este por valorarnos poco y querer proyectar una imagen falsa de nosotros mismos; y sigue al creer saber lo que los demás piensan de cada uno de nosotros.
Pretender hacer creer, por ejemplo, que somos bondadosos, al hacer sin convencimiento propio un acto de caridad, sino exclusivamente para que los demás lo vean y nos aplaudan, va cargado de un humor maligno. El humor es el genio o la disposición en que uno se halla para hacer una cosa; y es perceptible:

En su consultorio, cuando un médico se interesaba sólo por el dinero que ganaba, los pacientes eran pocos.
Un día, hace muchos años, alguien le explicó que no era un negocio lo que él tenía, sino que prestaba un servicio. De pronto, su interés por el bienestar de los pacientes fue mayor que el beneficio económico que representaban. Eran seres humanos los que iban a buscar salud, y no bolsillos que podía desocupar.
Y los pacientes, poco a poco, se fueron aumentando…
¿Por qué se dio ese cambio en el número de pacientes?
Porque, al comienzo, ellos advertían fácilmente que no se interesaba en ellos, sino en sus billeteras. Por el humor, ese olor que se expele al hablar, al mirar, al expresarse, al movernos…
Ahora se dan cuenta de que su atención se centra en sus dolencias, en sus malestares, en sus intereses; y en cómo solucionarlos de la mejor manera posible.
Así lo han aprendido sus alumnos de posgrado y, quienes lo han puesto en práctica le han alegrado con sus buenas noticias: son felices sirviendo y, sin buscarlo, ¡ganan más dinero!

Hay que aprender a ser bondadosos, no a parecerlo.
Y así como se hace con la bondad, se pueden evaluar las demás virtudes.
Podemos hacer un examen de conciencia al respecto, preguntándonos lo siguiente para cada virtud:

 ¿Vivo diariamente y con sinceridad esta virtud?
 O, por el contrario, ¿solamente intento mostrarla?
 Cuando vivo esta virtud, ¿lo hago para servir o para lucirme?

Una vez hecho este análisis, se puede organizar un plan de lucha interior que busque lograr 3 objetivos:

1. Erradicar defectos,
2. mejorar virtudes o
3. hacer que las cualidades que ya se poseen tengan una recta intención.

El no aceptar los errores, defectos y pecados contrarios a cada una de estas virtudes sería soberbia.
Como se ve, es mucho lo que se puede mejorar en sinceridad, en buena intención. La lucha diaria será muy provechosa para el enriquecimiento de cada uno de nosotros, como también para prosperar en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales.

La imagen que intento proyectar a Dios
Si intentamos engañarnos, nos hacemos daño. Si procuramos embaucar a los demás, los alejamos de nosotros. Pero si tratamos de fingir ante Dios, somos unos tontos: el que nos creó, ¿va a caer en nuestras trampas?; el que todo lo ve, ¿va a ser presa de la duda?; el que todo lo sabe, ¿va a ser engañado?…
En la Biblia Jesús cuenta una historia que nos sirve para exponer mejor esta idea:

«Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”.
Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Es de notar que los fariseos eran los más celosos observantes de la ley de Dios; algo así como los católicos convencidos y practicantes de hoy. Por su parte, los publicanos eran considerados pecadores.
Si se mira con detenimiento, la conducta del fariseo era de admirar: cumplía cabalmente sus obligaciones religiosas, hacía ayunos (los ayunos de entonces eran muy fuertes) y daba limosnas generosas…
Pero Jesús explica que la humildad del pecador atrae las gracias divinas, mientras que la soberbia del fariseo las rechaza.
Y nosotros, ¿nos creemos especiales por vivir bien nuestra religión? Eso sería soberbia y rechazaríamos la ayuda del cielo.

Eugenia es una señora muy especial: desde hace 14 años pertenece al grupo de oración de su parroquia, lleva 10 como catequista (da clases de catecismo para preparar niños a la primera comunión) y ahora es ministro extraordinario de la comunión, es decir, reparte la comunión con autorización del obispo. Todos la conocen en el barrio porque recoge comida y ropa para repartirla entre los más necesitados…
Un día, en una reunión social, alguien le dijo:
–Oye, Eugenia, ¿qué tal es el grupo de oración de san Juan Bosco?
Se refería a la parroquia contigua. Ella respondió:
–¡Nooo! Esos no saben hacer oración. Además, su director tiene errores crasos…

La soberbia, en la que todos caemos a diario, fue la responsable de que en la frase de Eugenia se entrevieran dos aspectos: primero, que —según ella— el grupo de oración al que pertenece es mejor que otros, y segundo, que ella es muy buen juez, probablemente debido a sus “muchos conocimientos” y a su trayectoria en la Iglesia.
Así actuamos a veces, cuando nos creemos “dueños” de la verdad.
Como esta, son muchas las formas de soberbia en las que podemos caer, produciendo daño propio y ajeno y, lo que es peor, deteriorando nuestras relaciones con Dios, único que puede ayudarnos a ser mejores y fuente única de nuestra felicidad.
Pero quizá la peor muestra de soberbia en este campo se da en el ecumenismo, el movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas.
Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.
Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace algún tiempo, un amigo verificó algo de eso cuando buscaba con quién instruirse más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oyó a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordó y le preguntó si era franciscano. Le respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendió qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!
Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.
No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, porque viven en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…
Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.
Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno».

¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!
Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».
Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamarnos a todos, hasta a los pecadores.
¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias?
Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!
Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.
Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros».

Ese amor y esa unidad, entonces, son la vacuna contra esta clase de soberbia.
Pero, además, la soberbia, verdadero virus del alma, se mete en todas partes: en la oración, en la comprensión de los mandamientos, en la lectura de la Biblia y del Catecismo de la Iglesia Católica, en la confesión de nuestros pecados, en nuestras devociones, a la hora de asistir a la Santa Misa… En fin, ese virus pequeñito, sin que nos demos cuenta, afecta toda nuestra fe.
Para comprender mejor esto, analicemos las siguientes preguntas con detenimiento:

 ¿Cuál es la imagen que tengo de Dios? ¿lo veo tan inmenso que no lo puedo comprender y dedico mi vida a descubrirlo poco a poco, sabiendo que nunca llegaré a penetrar su ser por completo? O, por el contrario, ¿creo que con mi inteligencia soy capaz de abarcarlo y entenderlo?
 ¿Está mi oración mental llena de palabras adornadas o elegantes? O, en cambio, ¿hablo con sencillez y humildad, sabiéndome siempre una criatura frente a Dios?…
 ¿Tengo una confianza absoluta en que Dios, si quiere, puede darme lo que le pido? O, al contrario, ¿me lleno de dudas a la hora de pedir?
 ¿Tengo miedo de presentarme ante un Dios tan perfecto, siendo yo un pobre pecador, o me da seguridad saber que Él vino a buscar a los pecadores y que me ama tal y como soy, siempre y cuando me arrepienta sinceramente y luche por vencer mis defectos?
 ¿Me rebelo cuando no consigo lo que le pido a Dios, o me digo que Él siempre sabe más y acato su voluntad?
 ¿Critico los mandamientos de la Ley de Dios o los de la Iglesia? ¿Digo que la Iglesia es retrógrada porque no acepta el uso de anticonceptivos, la esterilización o el aborto… O, en cambio, ¿soy humilde al acatar las normas que nos dio Jesús a través de su Iglesia?
 ¿Leo la Biblia por mi cuenta y riesgo, o apoyado en las explicaciones del Magisterio de la Iglesia? ¿Acepto que a la Iglesia la asiste el Espíritu Santo para interpretar la Biblia y que el Catecismo es una buena forma de entender mi Fe?
 ¿No me confieso porque pienso que lo puedo hacer directamente con Dios, o acato la orden que Él dio, y soy capaz de humillarme contándole mis pecados a otro pecador? ¿Acepto que el sacerdote tiene ese poder delegado por Dios?
 ¿Niego la devoción a la Virgen María y a los santos o, siento que no necesito de intercesores, porque soy perfectamente capaz, por mis grandes virtudes, de dirigirme directamente a Dios? O, por el contrario, ¿soy humilde y me acojo a todos los medios que haya a mi alcance para lograr las cosas buenas y nobles que deseo?
 ¿Me comporto en las iglesias como si Dios no estuviera allí? O, ¿creo firmemente en la presencia real de Jesús en la Hostia y el Vino consagrados, arrodillándome con devoción, haciendo un silencio respetuoso, adorándolo como al Señor de señores, Rey de reyes, Dios del universo?
 Como católico, ¿busco a Dios para usarlo en beneficio de mis egoísmos? O, al contrario, ¿pretendo únicamente devolverle a Dios la gloria que le hemos quitado con nuestros pecados y ayudarle a salvar almas?

Los temas son innumerables, pero la última pregunta del listado anterior es quizá la más importante, y se podría expresar de estos 2 modos:
¿Me busco yo o lo busco a Él?
¿Lo que me mueve es la soberbia? ¿o es el amor?

La imagen que realmente proyecto a Dios
Como ya se dijo, a Dios no lo podemos engañar. Él, incluso, sabe más de nosotros que nosotros mismos. Por eso, se da cuenta de nuestras más recónditas intenciones, de nuestros pensamientos más íntimos…
El primer obstáculo que solemos poner en nuestra relación con Dios es la concepción que tenemos de nosotros mismos: nuestras virtudes, nuestras cualidades y nuestras habilidades son, como nuestra vida, obsequios de Dios; nada de eso merecíamos.
Nacemos y vivimos porque Él lo quiso, no porque nos lo hayamos ganado por nuestros méritos. Tenemos inteligencia, salud, destrezas mentales o manuales, simplemente porque a Él le dio la gana. Todo lo bueno que hay en nosotros es un regalo de Dios.
Entonces, ¿de qué nos gloriamos, de qué nos ufanamos, de qué nos sentimos engreídos, de qué nos jactamos…? ¿Qué tenemos bueno que no nos lo haya dado Dios?
Asimismo, si no robamos, si no matamos, si no le hacemos mal a nadie, eso es, sencillamente, lo normal (aunque no sea lo común).
Lo mismo sucede con las acciones buenas que realizamos: el cumplir las obligaciones que tenemos como hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, empleados o patrones: no es meritorio hacer el bien, simplemente es ser consecuentes con nuestra condición.
Ser buenos seres humanos o buenos católicos es lo que se espera de nosotros.
Nosotros ya hicimos la prueba que Dios nos puso y la perdimos: caímos en el pecado original. Habíamos perdido el derecho a la felicidad eterna en el cielo. Fue el Hijo de Dios, Jesucristo, quien gratis —por amor— pagó la deuda que teníamos con Dios Padre y, gratis, nos ganó de nuevo la posibilidad de ser dichosos por siempre junto a Él.
Dios quiere hacer de nosotros hombres santos y nos da la gracia para lograrlo; una gracia que proviene de los méritos de Jesús, no de nuestros méritos. Si nos ponemos en disposición para recibir esa gracia, si ponemos todos los medios materiales y espirituales, el Espíritu Santo actuará en nuestras vidas para hacernos como Él nos quiere: santos. Pero, a veces, estorbamos esa acción del Espíritu Santo.
En cambio, santos son los que simplemente hicieron lo que debían hacer. No estorbaron la acción del Espíritu Santo; Él pudo hacer su obra en ellos.
Por lo tanto, lo único que nos corresponde es no estorbar. Y si lo logramos, habremos hecho lo que Dios quería.
Él sabe que somos simplemente criaturas; que caímos con el pecado original y que, por lo tanto, somos débiles y susceptibles; que podemos volver a caer y que, de hecho, lo hacemos cada momento.
Pero Él nos ha querido llenar de sus tesoros de amor: la gracia de Dios conferida por los Sacramentos. El mismo san Pablo dice que llevamos esos tesoros en vasos de barro.
Y así, simples vasos de barro, Dios nos ama, con un amor infinito, como infinito es todo lo de Él.
Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué no aceptar nuestra condición de criaturas, de pecadores?
Junto a Dios somos pequeños, pobres, pecadores… ¡Las tres “P” que nos distinguen!
Y así, con esas tres “P”, Dios nos ama tanto que su Hijo dio la vida por nosotros.
Con estos pensamientos, hemos llegado a la concepción más cercana a la verdadera humildad, lo contrario a la soberbia. Cuanto más nos alejemos de esta idea, tanto más cerca estaremos de la soberbia.
Porque eso es lo que soy cuando me siento mejor de lo que soy; cuando hablo como si fuera un “doctor”, un sabio; cuando actúo con vanagloria, esto es, con vana gloria, ¡porque la gloria es solo para Dios!
Y si miro mis soberbias, mis codicias, mis envidias, mis odios, mi gula, mi lujuria, mi pereza… siento que aterrizo en mi pequeña, pobre y pecadora realidad…
Pero Dios me llena de esperanza, porque Él me puede levantar cuantas veces me caiga: la confesión de mis pecados ante un sacerdote borra de su mente todos mis pecados, me limpia y me llena de gracia para seguir adelante en mis luchas por darle gusto… ¡Me da siempre una nueva oportunidad! ¡Qué muestra de amor tan grande!
Y si mis pecados son veniales puedo hacer un acto de contrición y un propósito firmes, y ¡arriba otra vez!
Además, en ambos casos, puedo recibir fuerza adicional en la Eucaristía: asisto a la Santa Misa con devoción y comulgo con el mismo Cristo que murió por mí en la Cruz, y me lleno de Él para vencerme en la próxima escaramuza contra la soberbia.
Sé que así, con su gracia, al final venceré: con Dios el triunfo está sellado con anticipación.
Por eso ahora paladeo, despacio, las palabras de esa oración tan corta que nos enseñaron cuando éramos niños:
«Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.: No quiero las alabanzas ni la gloria para mí, sino para ti, Dios Padre; no te la quitaré nunca más, Dios Hijo; ayúdame a glorificarte a ti, Dios Espíritu Santo. Porque la gloria es tuya desde el principio, desde la eternidad; la gloria es todavía hoy únicamente para ti; y seguirá siendo para ti siempre, por los siglos de los siglos, hasta después de que se acabe el mundo, por toda la eternidad.

Querer obligar a los demás

Sucedió con Andrés. Su esposa no le colaboraba en nada: todos los negocios los hacía él, había instalado varias veces almacenes que atendía él solo.
Le pregunté qué hacía su esposa y me contestó: «Lo de la casa, doctor, pero no me ayuda en nada…»
Tenían 4 hijos y no tenían empleada del servicio doméstico; la pobre mujer debía encargarse de mantener el aseo del hogar, de la comida y de la ropa de todos, de los estudios y de la educación de los niños (todos escolares), de hacer el mercado, de atender a su marido en todo, de asistir a las reuniones de padres de familia en el colegio, de sacarlos al parque y a las diversiones en vacaciones… Todo eso le tocaba hacerlo a ella, porque Andrés no tenía tiempo, ya que estaba muy ocupado en sus negocios… Él no hacía nada de eso y —según él— ¡ella no le colaboraba en nada!
«¿Colaborar?», le pregunté. Y me respondió: «Bueno, yo sé que no es colaborarme, porque es su obligación…»
Esto ya era el colmo. Pretendía que la esclava que se había conseguido como esposa, además de lo que ya hacía, le atendiera el almacén, quién sabe para hacer qué, mientras ella se mataba; además, Andrés llegaba tan cansado a la casa que no podía atender a ninguno de sus hijos, según me dijo. ¡Pobrecito!

Nos aterra esta historia y, sin embargo, ¡cuantas veces actuamos como Andrés! No siempre somos tan injustos, pero, ¿no es verdad que muchas veces deseamos que los demás piensen como nosotros, sin dejarles la más mínima libertad?
Y nos creemos “expertos” en solucionar los defectos de los demás: «Si fulanita me hiciera caso…» «Es que mengano debería…» «¡Si zutano se dejara ayudar!…» Los ejemplos podrían llenar muchas páginas y no acabaríamos de exponerlos.
Y si se trata de querer manejar la vida de los demás, qué mejor ejemplo que el de exigir que todos cumplan las leyes (las objetivas y las que nosotros inventamos) o el de reclamar nuestros derechos.

Ayer iba manejando mi carro por la calzada que me correspondía.
Por la vía contraria se acercaba un autobús que se detuvo, detrás del cual venía también un taxi, que no quiso esperar e, irrespetando mi legítimo derecho, se pasó a mi camino quedando frente a mí. La verdad, yo había podido pasar por un lado (había espacio), pero me resistía a darle paso a un infractor; por eso recibí un insulto (el consabido por todos), que me hizo reaccionar arracionalmente: lo reté (como un animal que muestra los dientes).
Por fortuna, sentí miedo de que tuviera un arma, y eso me hizo pensar en que lo que estaba haciendo era completamente contrario a mi dignidad de ser humano y a mi calidad de cristiano.
Además, lo que pretendía era inaudito: educar ¡por la fuerza! (qué contradicción: educar con la fuerza a un ser humano) a un hombre adulto en unos segundos, cuando durante toda su vida le habían enseñado a ser violento para defenderse…
Y lo peor de todo es que —¡qué horror!— este supuesto “educador de hombres” estaba a la altura de un animal que no posee inteligencia…

De estos errores se pueden aprender cosas positivas:
1. Primero, que, por ser pequeños, pobres y pecadores, nunca llegaremos a conseguir la perfección… Esto es bueno, ya que siempre que caiga en el error de la vana–gloria, habrá algo que me recuerde que soy de barro: frágil y quebradizo; de ese modo, quedará perpetuamente salvaguardada la gloria de Dios.
2. Segundo, debemos aprender que la aspiración de doblegar a los demás a nuestra forma de pensar es siempre soberbia. Por el contrario, el respeto a la libertad ajena es propio del alma grande que, como Dios, desea que el bien obrar nazca del interior de los demás —sin forzamientos—, y sabe esperar con paciencia hasta que se decidan a hacerlo y, en el peor de los casos, tolera las decisiones opuestas a su parecer, sabiendo que los demás son hermanos que pueden equivocarse, como nosotros. No quiere decir esto que se tolere el error; se tolera al hermano que cae en él, se lo ama y se lo aconseja, y se ora por él insistentemente, hasta que encuentre la verdad y, con ella, parte de la felicidad.
3. La tercera lección de este episodio es que las acciones pacíficas evitan los encuentros dañosos: si hubiera pensado en mi interior que aquel taxista tenía afán por llegar a algún lugar, que pensó que el bus se había detenido indefinidamente, que yo podía pasar por un lado sin estorbarle y sin perjudicarme (lo único que debía hacer era virar un poco), que nada puedo enseñar “a las malas” y que podría haber ofrecido esa pequeña molestia por la salud espiritual de ese taxista, me habría evitado un disgusto y se lo habría evitado a él, nos habría ahorrado unos minutos, habría actuado a la altura de un ser humano, habría sido consecuente con mi condición de católico y, lo que es mejor, habría convertido esa situación en una ocasión para orar por el taxista —en una actitud cristiana— y, por lo tanto, nos habríamos enriquecido ambos…
En menor medida, siempre que criticamos a alguien estamos tratando de decir que somos mejores que los demás, que sabemos más que ellos, que poseemos la verdad o que los demás caen más en el error, etc.
Por eso la crítica es doblemente mala: por más pequeña que sea, suscita nuestra soberbia e incita a la comparación, siempre con resultados adversos al amor de Dios.

El remedio
“La humildad es la verdad”, dijo santa Teresa de Ávila; y tenía razón: humildad es saberse criatura, saberse de barro, saberse débil, auxiliarse en Dios, acogerse a la intercesión de los ángeles y de los santos. Es saber que si Dios nos deja un instante, no solo caemos, sino que dejamos de existir. Pero hay más: es actuar con concordancia con ese modo de pensar.
Así como se vio la definición del Diccionario para la palabra soberbia, leamos la de la humildad, su contraria:

Humildad: del latín humilitas, -atis.
Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

De acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, nadie ha sido totalmente humilde. Algunos, como san Francisco de asís y san José, se han convertido en verdaderos paradigmas de esa virtud. Pero quienes nunca fallaron al vivirla son la Santísima Virgen María y Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Por eso, vale la pena analizar someramente alguno de sus actos o actitudes al respecto:
Empecemos por san Francisco de Asís. Su vida de entera, tras su conversión, fue una oda a la humildad. Leamos sólo un pasaje de su biografía:

«Celebrado por todos y por todos ensalzado, solo para él era un ser vilísimo, solo él se consideraba con todo ardor objeto de menosprecio. Con frecuencia se veía honrado de todos y por ello se sentía tan profundamente herido, que, rehusado todo halago humano, se hacía insultar por alguien. Llamaba a un hermano y le decía: “Te mando por obediencia que me injuries sin compasión y me digas la verdad contra la falsedad de estos”. Y mientras el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba villano, mercenario, sinsustancia, él, entre sonrisas y aplausos, respondía: “El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone”. De este modo traía a su memoria el origen humilde de su cuna.
Con objeto de probar que en verdad era digno de desprecio y de dar a los demás ejemplo de auténtica confesión, no tenía reparo en manifestar ante todo el público, durante la predicación, la falta que hubiera cometido. Más aún: si le asaltaba, tal vez, algún mal pensar sobre otro o sin reflexionar le dirigía una palabra menos correcta, al punto confesaba su culpa con toda humildad al mismo de quien había pensado o hablado y le pedía perdón.
La conciencia, testigo de toda inocencia, no lo dejaba reposar, vigilándose con toda solicitud en tanto la llaga del alma no quedase enteramente curada.
No le agradaba que nadie se apercibiera de sus progresos en todo género de empresas; sorteaba por todos los medios la admiración, para no incurrir en vanidad.»

En estos párrafos se ve una de las expresiones históricas más bellas de la virtud de la humildad.
Bien lejos nos sentimos de este santo al comparar nuestras vanidades, orgullos y soberbias con esa purísima humildad, pero también es edificante e iluminador este ejemplo que invita a seguirlo. La lucha será dura, pero bien sabemos que, con la ayuda del Espíritu Santo, nos acercaremos cada día un poco más.
Adentrémonos ahora en las vidas de dos seres humanos muy especiales, para comprender mejor esta virtud y para aprender a vivirla, ya que en ellos residió de forma maravillosa.
Se trata, en primer lugar, de la Virgen María, aquella mujer en la que esperaban todas las generaciones, puesto que sería ella la Madre del Salvador de la humanidad.
Anunciada con siglos de anterioridad, el pueblo judío la ansiaba tanto, que la esterilidad femenina, ya una gran pena, tenía una connotación adicional: “De esta no nacerá el Mesías”.
Madre de Dios, título extraordinario, imposible de emular y solo explicable para quienes se han dado cuenta del poder infinito de Dios; y, sin embargo, ¿quién era ella? ¿Una reina o emperatriz, llena de títulos nobiliarios y de posesiones, que nacería y viviría en la ciudad más importante del reino más poderoso del mundo, ante cuyo esposo se doblaban todas las rodillas…?
No. Era, simplemente la esposa de un humilde carpintero, que vivía en una ciudad desconocida si no fuera por los muchos ladrones y prostitutas que la habitaban… Cicerón, hacía poco, escribía que quienes dedicaban su vida a trabajos manuales no debían ser considerados seres humanos…
Cuando fue visitada por el ángel que le informó que la tercera Persona de la Santísima Trinidad la fecundaría para traer al mundo visible al Hijo de Dios, no salió a la calle gritando: «¡A mí, a mí me escogieron para ser la madre del Mesías! ¡Soy yo!…» Ella, según el Evangelio, guardaba todas esas cosas en su corazón:
Ubiquémonos en Nazaret, en la casa paterna de María:

«Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”.
María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí tal como has dicho”. Después la dejó el ángel».

Se nota claramente que, después de preguntar lo necesario para hacer lo que Dios le mandaba hacer, la actitud de María fue ponerse a las órdenes de su Señor, no en calidad de empleada o de asalariada o de “voluntaria”, tal y como lo entendemos hoy día, sino en calidad de esclava. Y esclavo significa la persona que por estar bajo el dominio de otra carece en absoluto de libertad.
Asistir a la Santa Misa, hacer oración, dar limosnas, ofrecer a Dios unos minutos a la semana para trabajar en una obra social o apostólica…, todo eso es nada cuando lo comparamos con el hecho de entregar a Dios nuestra libertad: le estamos dando lo mejor de nuestra vida, toda nuestra vida.

«De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia”.
Después de que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer”. Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían.
María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior».

Nada de propaganda. Nada de soberbia. Nada de orgullo. Nada de vanagloria…

«Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que se revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres”.
Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio. Permaneció viuda, y tenía ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor con ayunos y oraciones. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Como el ángel le contó que su prima estaba embarazada, María la visitó. Leamos el pasaje:

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la Madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre! Muestra su misericordia siglo tras siglo a todos aquellos que viven en su presencia. Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su siervo, se acordó de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes para siempre.”»

¡Admirables palabras de elogio las de Isabel! ¡Y verídicas: bendita entre todas las mujeres del mundo y de la historia, bendito más que nada ni que nadie el fruto que hay en tu vientre: el Hijo de Dios. Y, por lo tanto, ella es la Madre de mi Señor, de alegría de mis entrañas, dichosa.
Y, sin embargo, las palabras de María muestran la humildad de la mujer más maravillosa que ha existido:
La grandeza del Señor se fijó en su humilde esclava. ¡Esclava! no más que esclava.
Es el Poderoso el que ha hecho obras grandes: ¡Santo es su Nombre!
Es que Él deshace a los soberbios y sus planes, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, y despide a los ricos con las manos vacías.
¿Aprenderemos? Si ella, la mayor criatura del universo, más encumbrada que los ángeles (superiores en naturaleza a los seres humanos), Madre de uno que es Dios, se llama a sí misma esclava, nosotros, ¿a qué aspiramos? ¿a llenarnos de nosotros mismos?
Además, ese silencio, esa humildad, esa sencillez y esa pequeñez fueron la causa de que la historia cambiara para nuestro bien.
Y esa eficacia se puede verificar en la historia de cada uno de nosotros, cuando no interrumpimos la acción del Espíritu Santo.
Es que no se trata de “hacer” cosas; el que las hace es Dios. Se trata de “dejar hacer” su obra al Espíritu Santo.
Debemos ser una especie de cristal, a través del cual pase la luz del sol, es decir, la gracia de Dios; pero ese cristal puede estar opacado por las manchas de nuestra soberbia…
En la medida en que desaparezcamos pasará la luz de Dios a los demás, más clara y pura; en la medida en que seamos transparentes se verá la acción del Espíritu Santo en las almas; en la medida en que no nos hagamos sentir, en que no nos notemos, en que pasemos desapercibidos, Dios hará su obra.
Limpios por la humildad que consiste en sabernos nada —Él es que actúa—, seríamos tan transparentes que nos asemejaríamos a nuestra Madre del cielo.
Es también impresionante verificar que la humildad de María, la Madre de Dios, no se ha mermado después de los episodios de la Encarnación, la visita a su prima Isabel, el nacimiento, los elogios de Ana y Simeón e, incluso, después de su paso por la vida temporal.
Los Evangelios la muestran muy pocas veces después de estos acontecimientos: en la pérdida y hallazgo del Niño Dios en el templo y en la realización del primer milagro de Jesús. Después de este último acontecimiento, parece que la Virgen —la humildad personificada— desaparece de la escena, para dar paso a Jesús, con la siguiente frase: «Hagan lo que Él les diga».
Sale Jesús al escenario, comienza su vida pública, y María desaparece, para dejarse ver en el momento del dolor, cuando Jesús es apresado. Humildad y valentía: cuando todos huyen y lo dejan solo, reaparece María…
Hoy, siglos después, María permanece en el corazón de los católicos, oculta en nuestra pequeñez, infundiéndonos brío para seguir adelante… en silencio. Un silencio eficaz como ninguno.
Es, además, despreciada por muchos que quieren destruirla, acabar con la devoción que se le tiene en el mundo entero, sacarla del Evangelio y de la vida de Fe (y esto lo desean hasta sus propios hijos cristianos)…
Y, sin embargo, ¡qué eficacia la de María: nos trajo al Hijo de Dios!
Él mismo quiso venir al mundo a través de María.
Cuando se manifestó al pueblo de Israel, los pastores lo encontraron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó al resto del mundo, los Reyes Magos lo hallaron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó por primera vez como Mesías, en las bodas de Caná, estaba junto a María, su Madre.
Cuando nos redimió con su Sangre, junto a Él se encontraba María, su Madre.
Cuando la Iglesia oraba unida, lo hacía junto a María, su Madre.
He aquí la primera paradoja cristiana: cuanto más importante es alguien para los designios de salvación, tanto más sencilla y humilde la escoge Dios.
Por lo tanto, si queremos ser buenos instrumentos de Dios, debemos ser muy humildes.
La segunda paradoja cristiana: cuanto más humilde es el instrumento, tanto más eficaz es.
¡Tachemos nuestro ego de nuestras vidas, para ser eficaces en las manos de Dios!
La tercera paradoja cristiana es palabra del mismo Dios: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».
Y, si María permaneció y permanece tan oculta, ¿qué pretenderá Dios con la vida escondida de san José?

 En el universo, en la creación entera, soy sólo una simple y pequeña criaturita. Por eso mi vida a partir de ahora será adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que me dio la vida, lo que tengo, la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto al Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas.

  
 Nada tengo, nada sé, nada puedo, nada valgo, nada soy… Nada merezco… Pero «todo lo puedo en aquél que me fortalece».

 Sólo el humilde puede ver el poder de Dios.

 Señor, que tu gloria resplandezca en mi humildad.

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Ciclo C, VI domingo de pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 24, 2010

De verdad, ¿esperas en la otra vida?

 

Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, dijo Jesús a sus discípulos.

Y nosotros, ¿cómo actuamos cuando se nos muere un ser querido? Dar respuesta a esta pregunta puede enseñarnos mucho.

¿Qué es lo que nos produce dolor cuando muere un ser querido? ¿No es su ausencia, la falta que nos hace? Quien se murió, sin embargo, está probablemente en el Cielo, gozando de Dios, sin dolores, penas, sufrimientos…, en la plenitud del bien.

Y nosotros, mientras tanto, sufriendo. ¿No deberíamos estar felices? ¿No hay de egoísmo en estos sentimientos? ¿No hace el amor que pensemos más en el bien de la persona amada que en el nuestro?

¿Qué tanto estamos viviendo el cristianismo que decimos profesar? ¿Por qué a veces se nos olvida lo que espera a quienes parten para el más allá?

Lo oímos la lectura del Apocalipsis de hoy: viviremos en la Ciudad santa, que baja del Cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Templo no hay ninguno en ella, porque su templo es el Señor Dios todopoderoso. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Anuncio de esa Luz es el Evangelio; por eso, quienes hemos oído las palabras contenidas en él vivimos de la Esperanza. Un cristiano no piensa que cada día que pasa es un día menos de vida, porque para él es un acercamiento a la verdadera Vida sin fin, a la vida de eterna felicidad, al encuentro con el amor completo e inmutable. Es que para nosotros no será el fin, será el principio.

Pero, ¡qué resistencia a creerlo de veras!; aunque es fácil de entender, ¡qué difícil asimilarlo en nuestras vidas, en nuestros actos; esto es, convertirlo en realidad!

Es necesario, pues, acudir a la Omnipotencia Suplicante: pidámosle ayuda a nuestra Señora para vivir, de hoy en adelante, con una visión diferente: aquí sólo comenzó la vida, con la que ganaremos la Vida (con mayúscula).

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El sufrimiento y la muerte

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 27, 2010

¿CONDICIÓN NATURAL DEL HOMBRE O CONSECUENCIA DEL PECADO ORIGINAL?

 

¿Cuál es la posición oficial de la Iglesia Católica?

El Catecismo de la Iglesia Católica, al tratar el tema del estado original del ser humano (antes del pecado original), es específico y claro al respecto:

Nº 376: Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir (Gn 2,16-17; 3, 19) ni sufrir (Gn 3, 16).

Esta doctrina está en las Sagradas Escrituras, como lo demuestran las citas bíblicas anotadas por el mismo nº 376 del Catecismo:

Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás.”  (Gn 2,16-17)

Nº 400: la consecuencia explícitamente anunciada para el caso de desobediencia (cf. Gn 2, 17), se realizará: el hombre “volverá al polvo del que fue formado” (Gn 3,19). La muerte hace su entrada en la historia de la humanidad. (cf. Rm 5,12).

Y es tras el pecado original, cuando la Palabra de Dios habla de la muerte como castigo:

 “Como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron…” (Rm 5,12).

Volvamos al Catecismo:

Nº 403: Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán

Nº 405: Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte.

El siguiente número del Catecismo es contundente:

Nº 1008: La muerte es consecuencia del pecado. Intérprete auténtico de las afirmaciones de la Sagrada Escritura (cf. Gn 2, 17; 3, 3; 3, 19; Sb 1, 13; Rm 5, 12; 6, 23) y de la Tradición, el Magisterio de la Iglesia enseña que la muerte entró en el mundo a causa del pecado del hombre (cf. DS 1511). Aunque el hombre poseyera una naturaleza mortal, Dios lo destinaba a no morir. Por tanto, la muerte fue contraria a los designios de Dios Creador, y entró en el mundo como consecuencia del pecado (cf. Sb 2, 23-24). “La muerte temporal de la cual el hombre se habría liberado si no hubiera pecado” (GS 18),

Como se ve en las citas de este número del Catecismo, no solo esta doctrina está en la Biblia, sino que la Iglesia se ha pronunciado específicamente respecto de la muerte como consecuencia del pecado.

Tampoco antes existía el dolor, como lo cita el nº 376:

A la mujer le dijo: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos.” (Gn 3, 16)

Y cuando el Catecismo habla del enfermo ante Dios, afirma:

Nº 1502: Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado.

Desde el punto de vista lógico, era evidente: ¿Se puede concebir a un Dios que hiciera al hombre sufriente, propenso a la enfermedad y mortal? No sería infinitamente misericordioso, ni siquiera bueno; y por lo tanto no sería Dios.

Se ha enseñado, por otra parte, que el hombre sufre y muere porque no es Dios. ¿Acaso toda criatura debe sufrir y morir? ¿Sufren y mueren otras criaturas, como los ángeles? ¿Sufren las plantas que son también criaturas?

Y, en el caso del ser humano, no solamente no se creó con la idea de que sufriera y muriera sino que, por el contrario, fue hecho santo, para hacerse como Dios:

Nº 398: El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente “divinizado” por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso “ser como Dios.” (cf. Gn 3, 5)

Nº 399: Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original (cf. Rm 3,23).

Tampoco debemos afirmar que la enfermedad es producida por el desgaste natural del organismo. Los médicos saben que todas las enfermedades tienes otras etiologías (causas u orígenes); saben que el desgaste del organismo puede facilitarlas pero no producirlas.

¿Acaso no se enferman también los niños?

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Salvifici doloris*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2010

CARTA APOSTÓLICA

SALVIFICI DOLORIS

DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES,
FAMILIAS RELIGIOSAS
Y FIELES DE LA IGLESIA CATÓLICA
SOBRE EL SENTIDO CRISTIANO
DEL SUFRIMIENTO HUMANO

Venerables Hermanos en el episcopado,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

INTRODUCCIÓN

1. « Suplo en mi carne —dice el apóstol Pablo, indicando el valor salvífico del sufrimiento— lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia ».(1)

Estas palabras parecen encontrarse al final del largo camino por el que discurre el sufrimiento presente en la historia del hombre e iluminado por la palabra de Dios. Ellas tienen el valor casi de un descubrimiento definitivo que va acompañado de alegría; por ello el Apóstol escribe: « Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros ».(2) La alegría deriva del descubrimiento del sentido del sufrimiento; tal descubrimiento, aunque participa en él de modo personalísimo Pablo de Tarso que escribe estas palabras, es a la vez válido para los demás. El Apóstol comunica el propio descubrimiento y goza por todos aquellos a quienes puede ayudar —como le ayudó a él mismo— a penetrar en el sentido salvífico del sufrimiento.

2. El tema del sufrimiento —precisamente bajo el aspecto de este sentido salvífico— parece estar profundamente inserto en el contexto del Año de la Redención como Jubileo extraordinario de la Iglesia; también esta circunstancia depone directamente en favor de la atención que debe prestarse a ello precisamente durante este período. Con independencia de este hecho, es un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía. En cierto sentido coexiste con él en el mundo y por ello hay que volver sobre él constantemente. Aunque San Pablo ha escrito en la carta a los Romanos que « la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto »;(3) aunque el hombre conoce bien y tiene presentes los sufrimientos del mundo animal, sin embargo lo que expresamos con la palabra « sufrimiento » parece ser particularmente esencial a la naturaleza del hombre. Ello es tan profundo como el hombre, precisamente porque manifiesta a su manera la profundidad propia del hombre y de algún modo la supera. El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está en cierto sentido « destinado » a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa es llamado a hacerlo.

3. Si el tema del sufrimiento debe ser afrontado de manera particular en el contexto del Año de la Redención, esto sucede ante todo porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento. Y al mismo tiempo, en el Año de la Redención pensamos de nuevo en la verdad expresada en la Encíclica Redemptor hominis: en Cristo « cada hombre se convierte en camino de la Iglesia ».(4) Se puede decir que el hombre se convierte de modo particular en camino de la Iglesia, cuando en su vida entra el sufrimiento. Esto sucede, como es sabido, en diversos momentos de la vida; se realiza de maneras diferentes; asume dimensiones diversas; sin embargo, de una forma o de otra, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable de la existencia terrena del hombre.

Dado pues que el hombre, a través de su vida terrena, camino en un modo o en otro por el camino del sufrimiento, la Iglesia debería —en todo tiempo, y quizá especialmente en el Año de la Redención— encontrarse con el hombre precisamente en este camino. La Iglesia, que nace del misterio de la redención en la cruz de Cristo, está obligada a buscar el encuentro con el hombre, de modo particular en el camino de su sufrimiento. En tal encuentro el hombre « se convierte en el camino de la Iglesia », y es este uno de los caminos más importantes.

4. De aquí deriva también esta reflexión, precisamente en el Año de la Redención: la reflexión sobre el sufrimiento. El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio específico. Este particular respeto por todo sufrimiento humano debe ser puesto al principio de cuanto será expuesto a continuación desde la más profunda necesidad del corazón, y también desde el profundo imperativo de la fe. En el tema del sufrimiento, estos dos motivos parecen acercarse particularmente y unirse entre sí: la necesidad del corazón nos manda vencer la timidez, y el imperativo de la fe —formulado, por ejemplo, en las palabras de San Pablo recordadas al principio— brinda el contenido, en nombre y en virtud del cual osamos tocar lo que parece en todo hombre algo tan intangible; porque el hombre, en su sufrimiento, es un misterio intangible.

II

EL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO

5. Aunque en su dimensión subjetiva, como hecho personal, encerrado en el concreto e irrepetible interior del hombre, el sufrimiento parece casi inefable e intransferible, quizá al mismo tiempo ninguna otra cosa exige —en su « realidad objetiva »— ser tratada, meditada, concebida en la forma de un explícito problema; y exige que en torno a él hagan preguntas de fondo y se busquen respuestas. Como se ve, no se trata aquí solamente de dar una descripción del sufrimiento. Hay otros criterios, que van más allá de la esfera de la descripción y que hemos de tener en cuenta, cuando queremos penetrar en el mundo del sufrimiento humano.

Puede ser que la medicina, en cuanto ciencia y a la vez arte de curar, descubra en el vasto terreno del sufrimiento del hombre el sector más conocido, el identificado con mayor precisión y relativamente más compensado por los métodos del « reaccionar » (es decir, de la terapéutica). Sin embargo, éste es sólo un sector. El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional. El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados por la medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones. El sufrimiento es algo todavía más amplio que la enfermedad, más complejo y a la vez aún más profundamente enraizado en la humanidad misma. Una cierta idea de este problema nos viene de la distinción entre sufrimiento físico y sufrimiento moral. Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual como el inmediato o directo sujeto del sufrimiento. Aunque se puedan usar como sinónimos, hasta un cierto punto, las palabras « sufrimiento » y « dolor », el sufrimiento físico se da cuando de cualquier manera « duele el cuerpo », mientras que el sufrimiento moral es « dolor del alma ». Se trata, en efecto, del dolor de tipo espiritual, y no sólo de la dimensión « psíquica » del dolor que acompaña tanto el sufrimiento moral como el físico. La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico; pero a la vez aquél aparece como menos identificado y menos alcanzable por la terapéutica.

6. La Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento. De los libros del Antiguo Testamento mencionaremos sólo algunos ejemplos de situaciones que llevan el signo del sufrimiento, ante todo moral: el peligro de muerte,(5) la muerte de los propios hijos,(6) y especialmente la muerte del hijo primogénito y único.(7) También la falta de prole,(8) la nostalgia de la patria,(9) la persecución y hostilidad del ambiente,(10) el escarnio y la irrisión hacia quien sufre,(11) la soledad y el abandono.(12) Y otros más, como el remordimiento de conciencia,(13) la dificultad en comprender por qué los malos prosperan y los justos sufren,(14) la infidelidad e ingratitud por parte de amigos y vecinos,(15) las desventuras de la propia nación.(l6)

El Antiguo Testamento, tratando al hombre como un « conjunto » psicofísico, une con frecuencia los sufrimientos « morales » con el dolor de determinadas partes del organismo: de los huesos,(17) de los riñones,(18) del hígado,(19) de las vísceras,(20) del corazón.(21) En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte « física » o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo.

7. Como se ve a través de los ejemplos aducidos, en la Sagrada Escritura encontramos un vasto elenco de situaciones dolorosas para el hombre por diversos motivos. Este elenco diversificado no agota ciertamente todo lo que sobre el sufrimiento ha dicho ya y repite constantemente el libro de la historia del hombre (éste es más bien un «libro no escrito»), y más todavía el libro de la historia de la humanidad, leído a través de la historia de cada hombre.

Se puede decir que el hombre sufre, cuando experimenta cualquier mal. En el vocabulario del Antiguo Testamento, la relación entre sufrimiento y mal se pone en evidencia como identidad. Aquel vocabulario, en efecto, no poseía una palabra específica para indicar el «sufrimiento»; por ello definía como «mal» todo aquello que era sufrimiento.(22) Solamente la lengua griega y con ella el Nuevo Testamento (y las versiones griegas del Antiguo) se sirven del verbo «pas*¥ = estoy afectado por…, experimento una sensación, sufro», y gracias a él el sufrimiento no es directamente identificable con el mal (objetivo), sino que expresa una situación en la que el hombre prueba el mal, y probándolo, se hace sujeto de sufrimiento. Este, en verdad, tiene a la vez carácter activo y pasivo (de « patior »). Incluso cuando el hombre se procura por sí mismo un sufrimiento, cuando es el autor del mismo, ese sufrimiento queda como algo pasivo en su esencia metafísica.

Sin embargo, esto no quiere decir que el sufrimiento en sentido psicológico no esté marcado por una « actividad » específica. Esta es, efectivamente, aquella múltiple y subjetivamente diferenciada « actividad » de dolor, de tristeza, de desilusión, de abatimiento o hasta de desesperación, según la intensidad del sufrimiento, de su profundidad o indirectamente según toda la estructura del sujeto que sufre y de su específica sensibilidad. Dentro de lo que constituye la forma psicológica del sufrimiento, se halla siempre una experiencia de mal, a causa del cual el hombre sufre.

Así pues, la realidad del sufrimiento pone una pregunta sobre la esencia del mal: ¿qué es el mal?

Esta pregunta parece inseparable, en cierto sentido, del tema del sufrimiento. La respuesta cristiana a esa pregunta es distinta de la que dan algunas tradiciones culturales y religiosas, que creen que la existencia es un mal del cual hay que liberarse. El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe, profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación o distorsión del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado. Sufre en particular cuando « debería » tener parte —en circunstancias normales— en este bien y no lo tiene.

Así pues, en el concepto cristiano la realidad del sufrimiento se explica por medio del mal que está siempre referido, de algún modo, a un bien.

8. El sufrimiento humano constituye en sí mismo casi un específico « mundo » que existe junto con el hombre, que aparece en él y pasa, o a veces no pasa, pero se consolida y se profundiza en él. Este mundo del sufrimiento, dividido en muchos y muy numerosos sujetos, existe casi en la dispersión. Cada hombre, mediante su sufrimiento personal, constituye no sólo una pequeña parte de ese « mundo », sino que a la vez aquel « mundo » está en él como una entidad finita e irrepetible. Unida a ello está, sin embargo, la dimensión interpersonal y social. El mundo del sufrimiento posee como una cierta compactibilidad propia. Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones; quizá sobre todo mediante la persistente pregunta acerca del sentido de tal situación. Por ello, aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad. Trataremos de seguir también esa llamada en estas reflexiones.

Pensando en el mundo del sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, no es posible, finalmente, dejar de notar que tal mundo, en algunos períodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Esto sucede, por ejemplo, en casos de calamidades naturales, de epidemias, de catástrofes y cataclismos o de diversos flagelos sociales. Pensemos, por ejemplo, en el caso de una mala cosecha y, como consecuencia del mismo —o de otras diversas causas—, en el drama del hambre.

Pensemos, finalmente, en la guerra. Hablo de ella de modo especial. Habla de las dos últimas guerras mundiales, de las que la segunda ha traído consigo un cúmulo todavía mayor de muerte y un pesado acervo de sufrimientos humanos. A su vez, la segunda mitad de nuestro siglo —como en proporción con los errores y trasgresiones de nuestra civilización contemporánea— lleva en sí una amenaza tan horrible de guerra nuclear, que no podemos pensar en este período sino en términos de un incomparable acumularse de sufrimientos, hasta llegar a la posible autodestrucción de la humanidad. De esta manera ese mundo de sufrimiento, que en definitiva tiene su sujeto en cada hombre, parece transformarse en nuestra época —quizá más que en cualquier otro momento— en un particular « sufrimiento del mundo »; del mundo que ha sido transformado, como nunca antes, por el progreso realizado por el hombre y que, a la vez, está en peligro más que nunca, a causa de los errores y culpas del hombre.

III

A LA BÚSQUEDA DE UNA RESPUESTA
A LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO
DEL SUFRIMIENTO

9. Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. Esta no sólo acompaña el sufrimiento humano, sino que parece determinar incluso el contenido humano, eso por lo que el sufrimiento es propiamente sufrimiento humano.

Obviamente el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero solamente el hombre, cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué; y sufre de manera humanamente aún más profunda, si no encuentra una respuesta satisfactoria. Esta es una pregunta difícil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son difíciles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia —tal vez más aún que cualquier otra— indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar.

10. El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha, como podemos ver en la Revelación del Antiguo Testamento. En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva.

Es conocida la historia de este hombre justo, que sin ninguna culpa propia es probado por innumerables sufrimientos. Pierde sus bienes, los hijos e hijas, y finalmente él mismo padece una grave enfermedad. En esta horrible situación se presentan en su casa tres viejos amigos, los cuales —cada uno con palabras distintas— tratan de convencerlo de que, habiendo sido afectado por tantos y tan terribles sufrimientos, debe haber cometido alguna culpa grave. En efecto, el sufrimiento —dicen— se abate siempre sobre el hombre como pena por el reato; es mandado por Dios que es absolutamente justo y encuentra la propia motivación en la justicia. Se diría que los viejos amigos de Job quieren no sólo convencerlo de la justificación moral del mal, sino que, en cierto sentido, tratan de defender el sentido moral del sufrimiento ante sí mismos. El sufrimiento, para ellos, puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado y, por tanto, sólo en el campo de la justicia de Dios, que paga bien con bien y mal con mal.

Su punto de referencia en este caso es la doctrina expresada en otros libros del Antiguo Testamento, que nos muestran el sufrimiento como pena infligida por Dios a causa del pecado de los hombres. El Dios de la Revelación es Legislador y Juez en una medida tal que ninguna autoridad temporal puede hacerlo. El Dios de la Revelación, en efecto, es ante todo el Creador, de quien, junto con la existencia, proviene el bien esencial de la creación. Por tanto, también la violación consciente y libre de este bien por parte del hombre es no sólo una transgresión de la ley, sino, a la vez, una ofensa al Creador, que es el Primer Legislador. Tal transgresión tiene carácter de pecado, según el sentido exacto, es decir, bíblico y teológico de esta palabra. Al mal moral del pecado corresponde el castigo, que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente, en el que este orden es establecido por la voluntad del Creador y Supremo Legislador. De ahí deriva también una de las verdades fundamentales de la fe religiosa, basada asimismo en la Revelación: o sea que Dios es un juez justo, que premia el bien y castiga el mal: « (Señor) eres justo en cuanto has hecho con nosotros, y todas tus obras son verdad, y rectos tus caminos, y justos todos tus juicios. Y has juzgado con justicia en todos tus juicios, en todo lo que has traído sobre nosotros … con juicio justo has traído todos estos males a causa de nuestros pecados ».(23)

En la opinión manifestada por los amigos de Job, se expresa una convicción que se encuentra también en la conciencia moral de la humanidad: el orden moral objetivo requiere una pena por la transgresión, por el pecado y por el reato. El sufrimiento aparece, bajo este punto de vista, como un « mal justificado ». La convicción de quienes explican el sufrimiento como castigo del pecado, halla su apoyo en el orden de la justicia, y corresponde con la opinión expresada por uno de los amigos de Job: « Por lo que siempre vi, los que aran la iniquidad y siembran la desventura, la cosechan ».(24)

11. Job, sin embargo, contesta la verdad del principio que identifica el sufrimiento con el castigo del pecado y lo hace en base a su propia experiencia. En efecto, él es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia.

El libro de Job no desvirtúa las bases del orden moral trascendente, fundado en la justicia, como las propone toda la Revelación en la Antigua y en la Nueva Alianza. Pero, a la vez, el libro demuestra con toda claridad que los principios de este orden no se pueden aplicar de manera exclusiva y superficial. Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento. La Revelación, palabra de Dios mismo, pone con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa. Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima. En la introducción del libro aparece que Dios permitió esta prueba por provocación de Satanás. Este, en efecto, puso en duda ante el Señor la justicia de Job: « ¿Acaso teme Job a Dios en balde?… Has bendecido el trabajo de sus manos, y sus ganados se esparcen por el país. Pero extiende tu mano y tócalo en lo suyo, (veremos) si no te maldice en tu rostro ».(25) Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba.

El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre este tema. En cierto modo es un anuncio de la pasión de Cristo. Pero ya en sí mismo es un argumento suficiente para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral, basado sólo en la justicia. Si tal respuesta tiene una fundamental y transcendente razón y validez, a la vez se presenta no sólo como insatisfactoria en casos semejantes al del sufrimiento del justo Job, sino que más bien parece rebajar y empobrecer el concepto de justicia, que encontramos en la Revelación.

12. El libro de Job pone de modo perspicaz el « por qué » del sufrimiento; muestra también que éste alcanza al inocente, pero no da todavía la solución al problema.

Ya en el Antiguo Testamento notamos una orientación que tiende a superar el concepto según el cual el sufrimiento tiene sentido únicamente como castigo por el pecado, en cuanto se subraya a la vez el valor educativo de la pena sufrimiento. Así pues, en los sufrimientos infligidos por Dios al Pueblo elegido está presente una invitación de su misericordia, la cual corrige para llevar a la conversión: « Los castigos no vienen para la destrucción sino para la corrección de nuestro pueblo ».(26)

Así se afirma la dimensión personal de la pena. Según esta dimensión, la pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino ante todo porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre.

Este es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios.

13. Pero para poder percibir la verdadera respuesta al « por qué » del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento, que es siempre un misterio; somos conscientes de la insuficiencia e inadecuación de nuestras explicaciones. Cristo nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el « por qué » del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino.

Para hallar el sentido profundo del sufrimiento, siguiendo la Palabra revelada de Dios, hay que abrirse ampliamente al sujeto humano en sus múltiples potencialidades, sobre todo, hay que acoger la luz de la Revelación, no sólo en cuanto expresa el orden transcendente de la justicia, sino en cuanto ilumina este orden con el Amor como fuente definitiva de todo lo que existe. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo.

IV

JESUCRISTO:

EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR

14. « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(27) Estas palabras, pronunciadas por Cristo en el coloquio con Nicodemo, nos introducen al centro mismo de la acción salvífica de Dios. Ellas manifiestan también la esencia misma de la soteriología cristiana, es decir, de la teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento. Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al « mundo » para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. Contemporáneamente, la misma palabra « da » (« dio ») indica que esta liberación debe ser realizada por el Hijo unigénito mediante su propio sufrimiento. Y en ello se manifiesta el amor, el amor infinito, tanto de ese Hijo unigénito como del Padre, que por eso « da » a su Hijo. Este es el amor hacia el hombre, el amor por el « mundo »: el amor salvífico.

Nos encontramos aquí —hay que darse cuenta claramente en nuestra reflexión común sobre este problema— ante una dimensión completamente nueva de nuestro tema. Es una dimensión diversa de la que determinaba y en cierto sentido encerraba la búsqueda del significado del sufrimiento dentro de los límites de la justicia. Esta es la dimensión de la redención, a la que en el Antiguo Testamento ya parecían ser un preludio las palabras del justo Job, al menos según la Vulgata: « Porque yo sé que mi Redentor vive, y al fin… yo veré a Dios ».(28) Mientras hasta ahora nuestra consideración se ha concentrado ante todo, y en cierto modo exclusivamente, en el sufrimiento en su múltiple dimensión temporal, (como sucedía igualmente con los sufrimientos del justo Job), las palabras antes citadas del coloquio de Jesús con Nicodemo se refieren al sufrimiento en su sentido fundamental y definitivo. Dios da su Hijo unigénito, para que el hombre « no muera »; y el significado del « no muera » está precisado claramente en las palabras que siguen: « sino que tenga la vida eterna ».

El hombre « muere », cuando pierde « la vida eterna ». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazado por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo. En su misión salvífica Él debe, por tanto, tocar el mal en sus mismas raíces transcendentales, en las que éste se desarrolla en la historia del hombre. Estas raíces transcendentales del mal están fijadas en el pecado y en la muerte: en efecto, éstas se encuentran en la base de la pérdida de la vida eterna. La misión del Hijo unigénito consiste en vencer el pecado y la muerte. Él vence el pecado con su obediencia hasta la muerte, y vence la muerte con su resurrección.

15. Cuando se dice que Cristo con su misión toca el mal en sus mismas raíces, nosotros pensamos no sólo en el mal y el sufrimiento definitivo, escatológico (para que el hombre « no muera, sino que tenga la vida eterna »), sino también —al menos indirectamente— en el mal y el sufrimiento en su dimensión temporal e histórica. El mal, en efecto, está vinculado al pecado y a la muerte. Y aunque se debe juzgar con gran cautela el sufrimiento del hombre como consecuencia de pecados concretos (esto indica precisamente el ejemplo del justo Job), sin embargo, éste no puede separarse del pecado de origen, de lo que en San Juan se llama « el pecado del mundo»,(29) del trasfondo pecaminoso de las acciones personales y de los procesos sociales en la historia del hombre. Si no es lícito aplicar aquí el criterio restringido de la dependencia directa (como hacían los tres amigos de Job), sin embargo no se puede ni siquiera renunciar al criterio de que, en la base de los sufrimientos humanos, hay una implicación múltiple con el pecado.

De modo parecido sucede cuando se trata de la muerte. Esta muchas veces es esperada incluso como una liberación de los sufrimientos de esta vida. Al mismo tiempo, no es posible dejar de reconocer que ella constituye casi una síntesis definitiva de la acción destructora tanto en el organismo corpóreo como en la psique. Pero ante todo la muerte comporta la disociación de toda la personalidad psicofísica del hombre. El alma sobrevive y subsiste separada del cuerpo, mientras el cuerpo es sometido a una gradual descomposición según las palabras del Señor Dios, pronunciadas después del pecado cometido por el hombre al comienzo de su historia terrena: « Polvo eres, y al polvo volverás ».(30) Aunque la muerte no es pues un sufrimiento en el sentido temporal de la palabra, aunque en un cierto modo se encuentra más allá de todos los sufrimientos, el mal que el ser humano experimenta contemporáneamente con ella, tiene un carácter definitivo y totalizante. Con su obra salvífica el Hijo unigénito libera al hombre del pecado y de la muerte. Ante todo Él borra de la historia del hombre el dominio del pecado, que se ha radicado bajo la influencia del espíritu maligno, partiendo del pecado original, y da luego al hombre la posibilidad de vivir en la gracia santificante. En línea con la victoria sobre el pecado, Él quita también el dominio de la muerte, abriendo con su resurrección el camino a la futura resurrección de los cuerpos. Una y otra son condiciones esenciales de la « vida eterna », es decir, de la felicidad definitiva del hombre en unión con Dios; esto quiere decir, para los salvados, que en la perspectiva escatológica el sufrimiento es totalmente cancelado.

Como resultado de la obra salvífica de Cristo, el hombre existe sobre la tierra con la esperanza de la vida y de la santidad eternas. Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana, ni libera del sufrimiento toda la dimensión histórica de la existencia humana, sin embargo, sobre toda esa dimensión y sobre cada sufrimiento esta victoria proyecta una luz nueva, que es la luz de la salvación. Es la luz del Evangelio, es decir, de la Buena Nueva. En el centro de esta luz se encuentra la verdad propuesta en el coloquio con Nicodemo: « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo ».(31) Esta verdad cambia radicalmente el cuadro de la historia del hombre y su situación terrena. A pesar del pecado que se ha enraizado en esta historia como herencia original, como « pecado del mundo » y como suma de los pecados personales, Dios Padre ha amado a su Hijo unigénito, es decir, lo ama de manera duradera; y luego, precisamente por este amor que supera todo, Él « entrega » este Hijo, a fin de que toque las raíces mismas del mal humano y así se aproxime de manera salvífica al mundo entero del sufrimiento, del que el hombre es partícipe.

16. En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. «Pasó haciendo bien »,(32) y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal. Estos son los « pobres de espíritu », « los que lloran », « los que tienen hambre y sed de justicia », « los que padecen persecución por la justicia », cuando los insultan, los persiguen y, con mentira, dicen contra ellos todo género de mal por Cristo…(33) Así según Mateo. Lucas menciona explícitamente a los que ahora padecen hambre.(34)

De todos modos Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión incluso por parte de los más cercanos; pero sobre todo fue rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarlo de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaban: « Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él y le escupirán, y le azotarán y le darán muerte, pero a los tres días resucitará ».(35) Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible « que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna ». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor.

Por eso Cristo reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz.(36) y cuando el mismo Pedro, durante la captura en Getsemaní, intenta defenderlo con la espada, Cristo le dice: « Vuelve tu espada a su lugar … ¿Cómo van a cumplirse las Escrituras, de que así conviene que sea? ».(37) Y además añade: «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo? ».(38) Esta respuesta —como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio— muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que había expresado en la conversación con Nicodemo: « Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(39) Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica; va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual Él ha amado el mundo y al hombre en el mundo. Por esto San Pablo escribirá de Cristo: « Me amó y se entregó por mí ».(40)

17. Las Escrituras tenían que cumplirse. Eran muchos los testigos mesiánicos del Antiguo Testamento que anunciaban los sufrimientos del futuro Ungido de Dios. Particularmente conmovedor entre todos es el que solemos llamar el cuarto Poema del Siervo de Yavé, contenido en el Libro de Isaías. El profeta, al que justamente se le llama « el quinto evangelista », presenta en este Poema la imagen de los sufrimientos del Siervo con un realismo tan agudo como si lo viera con sus propios ojos: con los del cuerpo y del espíritu. La pasión de Cristo resulta, a la luz de los versículos de Isaías, casi aún más expresiva y conmovedora que en las descripciones de los mismos evangelistas. He aquí cómo se presenta ante nosotros el verdadero Varón de dolores:

« No hay en él parecer, no hay hermosura
para que le miremos …
Despreciado y abandonado de los hombres,
varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento,
y como uno ante el cual se oculta el rostro,
menospreciado sin que le tengamos en cuenta.
Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos
y cargó con nuestros dolores,
mientras que nosotros le tuvimos por castigado,
herido por Dios y abatido.
Fue traspasado por nuestras iniquidades
y molido por nuestros pecados.
El castigo de nuestra paz fue sobre él,
y en sus llagas hemos sido curados.
Todos nosotros andábamos errantes como ovejas,
siguiendo cada uno su camino,
y Yavé cargó sobre él
la iniquidad de todos nosotros »
.(41)

El Poema del Siervo doliente contiene una descripción en la que se pueden identificar, en un cierto sentido, los momentos de la pasión de Cristo en sus diversos particulares: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el vilipendio de la dignidad misma del prisionero, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas y el escarnio, el camino con la cruz, la crucifixión y la agonía.

Más aún que esta descripción de la pasión nos impresiona en las palabras del profeta la profundidad del sacrificio de Cristo. Él, aunque inocente, se carga con los sufrimientos de todos los hombres, porque se carga con los pecados de todos. « Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos »: todo el pecado del hombre en su extensión y profundidad es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor. Si el sufrimiento « es medido » con el mal sufrido, entonces las palabras del profeta permiten comprender la medida de este mal y de este sufrimiento, con el que Cristo se cargó. Puede decirse que éste es sufrimiento « sustitutivo »; pero sobre todo es « redentor ». El Varón de dolores de aquella profecía es verdaderamente aquel « cordero de Dios, que quita el pecado del mundo ».(42) En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque Él únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquel amor hacia el Padre que supera el mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien.

Encontramos aquí la dualidad de naturaleza de un único sujeto personal del sufrimiento redentor. Aquél que con su pasión y muerte en la cruz realiza la Redención, es el Hijo unigénito que Dios « dio ». Y al mismo tiempo este Hijo de la misma naturaleza que el Padre, sufre como hombre. Su sufrimiento tiene dimensiones humanas, tiene también una profundidad e intensidad —únicas en la historia de la humanidad— que, aun siendo humanas, pueden tener también una incomparable profundidad e intensidad de sufrimiento, en cuanto que el Hombre que sufre es en persona el mismo Hijo unigénito: « Dios de Dios ». Por lo tanto, solamente Él —el Hijo unigénito— es capaz de abarcar la medida del mal contenida en el pecado del hombre: en cada pecado y en el pecado « total », según las dimensiones de la existencia histórica de la humanidad sobre la tierra.

18. Puede afirmarse que las consideraciones anteriores nos llevan ya directamente a Getsemaní y al Gólgota, donde se cumplió el Poema del Siervo doliente, contenido en el Libro de Isaías. Antes de llegar allí, leamos los versículos sucesivos del Poema, que dan una anticipación profética de la pasión del Getsemaní y del Gólgota. El Siervo doliente —y esto a su vez es esencial para un análisis de la pasión de Cristo— se carga con aquellos sufrimientos, de los que se ha hablado, de un modo completamente voluntario:

« Maltratado, mas él se sometió,
no abrió la boca,
como cordero llevado al matadero,
como oveja muda ante los trasquiladores.
Fue arrebatado por un juicio inicuo,
sin que nadie defendiera su causa,
pues fue arrancado de la tierra de los vivientes
y herido de muerte por el crimen de su pueblo.
Dispuesta estaba entra los impíos su sepultura,
y fue en la muerte igualado a los malhechores,
a pesar de no haber cometido maldad
ni haber mentira en su boca ».(43)

Cristo sufre voluntariamente y sufre inocentemente. Acoge con su sufrimiento aquel interrogante que, puesto muchas veces por los hombres, ha sido expresado, en un cierto sentido, de manera radical en el Libro de Job. Sin embargo, Cristo no sólo lleva consigo la misma pregunta (y esto de una manera todavía más radical, ya que Él no es sólo un hombre como Job, sino el unigénito Hijo de Dios), pero lleva también el máximo de la posible respuesta a este interrogante. La respuesta emerge, se podría decir, de la misma materia de la que está formada la pregunta. Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintética de esta enseñanza: « la doctrina de la Cruz », como dirá un día San Pablo.(44)

Esta « doctrina de la Cruz » llena con una realidad definitiva la imagen de la antigua profecía. Muchos lugares, muchos discursos durante la predicación pública de Cristo atestiguan cómo Él acepta ya desde el inicio este sufrimiento, que es la voluntad del Padre para la salvación del mundo. Sin embargo, la oración en Getsemaní tiene aquí una importancia decisiva. Las palabras: « Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú »; (45) y a continuación: « Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad »,(46) tienen una pluriforme elocuencia. Prueban la verdad de aquel amor, que el Hijo unigénito da al Padre en su obediencia. Al mismo tiempo, demuestran la verdad de su sufrimiento. Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece. Él dice: « pase de mí », precisamente como dice Cristo en Getsemaní.

Sus palabras demuestran a la vez esta única e incomparable profundidad e intensidad del sufrimiento, que pudo experimentar solamente el Hombre que es el Hijo unigénito; demuestran aquella profundidad e intensidad que las palabras proféticas antes citadas ayudan, a su manera, a comprender. No ciertamente hasta lo más profundo (para esto se debería entender el misterio divino-humano del Sujeto), sino al menos para percibir la diferencia (y a la vez semejanza) que se verifica entre todo posible sufrimiento del hombre y el del Dios-Hombre. Getsemaní es el lugar en el que precisamente este sufrimiento, expresado en toda su verdad por el profeta sobre el mal padecido en el mismo, se ha revelado casi definitivamente ante los ojos de Cristo.

Después de las palabras en Getsemaní vienen las pronunciadas en el Gólgota, que atestiguan esta profundidad —única en la historia del mundo— del mal del sufrimiento que se padece. Cuando Cristo dice: « Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? », sus palabras no son sólo expresión de aquel abandono que varias veces se hacía sentir en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y concretamente en el Salmo 22 [21], del que proceden las palabras citadas.(47) Puede decirse que estas palabras sobre el abandono nacen en el terreno de la inseparable unión del Hijo con el Padre, y nacen porque el Padre « cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros » (48) y sobre la idea de lo que dirá San Pablo: « A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros ».(49) Junto con este horrible peso, midiendo « todo » el mal de dar las espaldas a Dios, contenido en el pecado, Cristo, mediante la profundidad divina de la unión filial con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable este sufrimiento que es la separación, el rechazo del Padre, la ruptura con Dios. Pero precisamente mediante tal sufrimiento Él realiza la Redención, y expirando puede decir: « Todo está acabado ».(50)

Puede decirse también que se ha cumplido la Escritura, que han sido definitivamente hechas realidad las palabras del citado Poema del Siervo doliente: « Quiso Yavé quebrantarlo con padecimientos ».(51) El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo. Y a la vez ésta ha entrado en una dimensión completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido unida al amor, a aquel amor del que Cristo hablaba a Nicodemo, a aquel amor que crea el bien, sacándolo incluso del mal, sacándolo por medio del sufrimiento, así como el bien supremo de la redención del mundo ha sido sacado de la cruz de Cristo, y de ella toma constantemente su arranque. La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva.(52) En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante.

V

PARTÍCIPES EN LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO

19. El mismo Poema del Siervo doliente del libro de Isaías nos conduce precisamente, a través de los versículos sucesivos, en la dirección de este interrogante y de esta respuesta:

« Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado,
verá descendencia que prolongará sus días
y el deseo de Yavé prosperará en sus manos.
Por la fatiga de su alma verá
y se saciará de su conocimiento.
El justo, mi siervo, justificará a muchos,
y cargará con las iniquidades de ellos.
Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres,
y dividirá la presa con los poderosos
por haberse entregado a la muerte
y haber sido contado entra los pecadores,
llevando sobre sí los pecados de muchos
e intercediendo por los pecadores ».(53)

Puede afirmarse que junto con la pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación.

Parece como si Job la hubiera presentido cuando dice: « Yo sé en efecto que mi Redentor vive … »; (54) y como si hubiese encaminado hacia ella su propio sufrimiento, el cual, sin la redención, no hubiera podido revelarle la plenitud de su significado. En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. Cristo —sin culpa alguna propia— cargó sobre sí « el mal total del pecado ». La experiencia de este mal determinó la medida incomparable de sufrimiento de Cristo que se convirtió en el precio de la redención. De esto habla el Poema del Siervo doliente en Isaías. De esto hablarán a su tiempo los testigos de la Nueva Alianza, estipulada en la Sangre de Cristo. He aquí las palabras del apóstol Pedro, en su primera carta: « Habéis sido rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha ».(55) Y el apóstol Pablo dirá en la carta a los Gálatas: « Se entregó por nuestros pecados para liberarnos de este siglo malo »; (56) y en la carta a los Corintios: « Habéis sido comprados a precio. Glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo ».(57)

Con éstas y con palabras semejantes los testigos de la Nueva Alianza hablan de la grandeza de la redención, que se lleva a cabo mediante el sufrimiento de Cristo. El Redentor ha sufrido en vez del hombre y por el hombre. Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo.

20. Los textos del Nuevo Testamento expresan en muchos puntos este concepto. En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: « En todo apremiados, pero no acosados; perplejos, pero no desconcertados; perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal… sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…».(58)

San Pablo habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían partícipes los primeros cristianos « a causa de Jesús ». Tales sufrimientos permiten a los destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia de la resurrección. El hombre halla en la resurrección una luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: « Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así por Cristo abunda nuestra consolación ».(59) En otros lugares se dirige a sus destinatarios con palabras de ánimo: « El Señor enderece vuestros corazones en la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo ».(60) Y en la carta a los Romanos: « Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional ».(61)

La participación misma en los padecimientos de Cristo halla en estas expresiones apostólicas casi una doble dimensión. Si un hombre se hace partícipe de los sufrimientos de Cristo, esto acontece porque Cristo ha abierto su sufrimiento al hombre porque Él mismo en su sufrimiento redentor se ha hecho en cierto sentido partícipe de todos los sufrimientos humanos. El hombre, al descubrir por la fe el sufrimiento redentor de Cristo, descubre al mismo tiempo en él sus propios sufrimientos, los revive mediante la fe, enriquecidos con un nuevo contenido y con un nuevo significado.

Este descubrimiento dictó a san Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a los Gálatas: « Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí ».(62) La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al que amó así, vive en el hombre: en Pablo. Y viviendo en él —a medida que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor —Cristo se une asimismo de modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: « Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo ». (63)

21. La cruz de Cristo arroja de modo muy penetrante luz salvífica sobre la vida del hombre y, concretamente, sobre su sufrimiento, porque mediante la fe lo alcanza junto con la resurrección: el misterio de la pasión está incluido en el misterio pascual. Los testigos de la pasión de Cristo son a la vez testigos de su resurrección. Escribe San Pablo: « Para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a Él en su muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos ».(64)

Verdaderamente el Apóstol experimentó antes « la fuerza de la resurrección » de Cristo en el camino de Damasco, y sólo después, en esta luz pascual, llegó a la « participación en sus padecimientos », de la que habla, por ejemplo, en la carta a los Gálatas. La vía de Pablo es claramente pascual: la participación en la cruz de Cristo se realiza a través de la experiencia del Resucitado, y por tanto mediante una especial participación en la resurrección. Por esto, incluso en la expresión del Apóstol sobre el tema del sufrimiento aparece a menudo el motivo de la gloria, a la que da inicio la cruz de Cristo.

Los testigos de la cruz y de la resurrección estaban convencidos de que « por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios ».(65) Y Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses, dice: « Nos gloriamos nosotros mismos de vosotros… por vuestra paciencia y vuestra fe en todas vuestras persecuciones y en las tribulaciones que soportáis. Todo esto es prueba del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual padecéis ».(66) Así pues, la participación en los sufrimientos de Cristo es, al mismo tiempo, sufrimiento por el reino de Dios. A los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena. Cristo nos ha introducido en este reino mediante su sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el mismo reino los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo.

22. A la perspectiva del reino de Dios está unida la esperanza de aquella gloria, cuyo comienzo está en la cruz de Cristo. La resurrección ha revelado esta gloria —la gloria escatológica— que en la cruz de Cristo estaba completamente ofuscada por la inmensidad del sufrimiento. Quienes participan en los sufrimientos de Cristo están también llamados, mediante sus propios sufrimientos, a tomar parte en la gloria. Pablo expresa esto en diversos puntos. Escribe a los Romanos: « Somos … coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con Él para ser con Él glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros ».(67) En la segunda carta a los Corintios leemos: « Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles ».(68) El apóstol Pedro expresará esta verdad en las siguientes palabras de su primera carta: « Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo ». (69)

El motivo del sufrimiento y de la gloria tiene una característica estrictamente evangélica, que se aclara mediante la referencia a la cruz y a la resurrección. La resurrección es ante todo la manifestación de la gloria, que corresponde a la elevación de Cristo por medio de la cruz. En efecto, si la cruz ha sido a los ojos de los hombres la expoliación de Cristo, al mismo tiempo ésta ha sido a los ojos de Dios su elevación. En la cruz Cristo ha alcanzado y realizado con teda plenitud su misión: cumpliendo la voluntad del Padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder, y en la humillación toda su grandeza mesiánica. ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente, las referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen »?(70) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con la fuerza de un ejempló supremo El sufrimiento es también una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual. De esto han dado prueba, en las diversas generaciones, los mártires y confesores de Cristo, fieles a las palabras: « No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla ».(71)

La resurrección de Cristo ha revelado « la gloria del siglo futuro » y, contemporáneamente, ha confirmado « el honor de la Cruz »: aquella gloria que está contenida en el sufrimiento mismo de Cristo, y que muchas veces se ha reflejado y se refleja en el sufrimiento del hombre, como expresión de su grandeza espiritual. Hay que reconocer el testimonio glorioso no sólo de los mártires de la fe, sino también de otros numerosos hombres que a veces, aun sin la fe en Cristo, sufren y dan la vida por la verdad y por una justa causa. En los sufrimientos de todos éstos es confirmada de modo particular la gran dignidad del hombre.

23. El sufrimiento, en efecto, es siempre una prueba —a veces una prueba bastante dura—, a la que es sometida la humanidad. Desde las páginas de las cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. Él escribe en la segunda carta a los Corintios: « Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo ».(72) En la segunda carta a Timoteo leemos: « Por esta causa sufro, pero no me avergüenza, porque sé a quién me he confiado ».(73) Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: « Todo lo puedo en aquél que me conforta ».(74)

Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo. En Él Dios ha demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta expoliación. Con esto se puede explicar también la recomendación de la primera carta de Pedro: « Mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre ».(75)

En la carta a los Romanos el apóstol Pablo se pronuncia todavía más ampliamente sobre el tema de este « nacer de la fuerza en la debilidad », del vigorizarse espiritualmente del hombre en medio de las pruebas y tribulaciones, que es la vocación especial de quienes participan en los sufrimientos de Cristo. « Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado ».(76) En el sufrimiento está como contenida una particular llamada a la virtud, que el hombre debe ejercitar por su parte. Esta es la virtud de la perseverancia al soportar lo que molesta y hace daño. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no prevalecerá sobre él, no lo privará de su propia dignidad unida a la conciencia del sentido de la vida. Y así, este sentido se manifiesta junto con la acción del amor de Dios, que es el don supremo del Espíritu Santo. A medida que participa de este amor, el hombre se encuentra hasta el fondo en el sufrimiento: reencuentra « el alma », que le parecía haber « perdido » (77) a causa del sufrimiento.

24. Sin embargo, la experiencia del Apóstol, partícipe de los sufrimientos de Cristo, va más allá. En la carta a los Colosenses leemos las palabras que constituyen casi la última etapa del itinerario espiritual respecto al sufrimiento. San Pablo escribe: « Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia ».(78) Y él mismo, en otra Carta, pregunta a los destinatarios: « ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ».(79)

En el misterio pascual Cristo ha dado comienzo a la unión con el hombre en la comunidad de la Iglesia. El misterio de la Iglesia se expresa en esto: que ya en el momento del Bautismo, que configura con Cristo, y después a través de su Sacrificio —sacramentalmente mediante la Eucaristía— la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como cuerpo de Cristo. En este cuerpo Cristo quiere estar unido con todos los hombres, y de modo particular está unido a los que sufren. Las palabras citadas de la carta a los Colosenses testimonian el carácter excepcional de esta unión. En efecto, el que sufre en unión con Cristo —como en unión con Cristo soporta sus « tribulaciones » el apóstol Pablo— no sólo saca de Cristo aquella fuerza, de la que se ha hablado precedentemente, sino que « completa » con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. En este marco evangélico se pone de relieve, de modo particular, la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo —en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia—, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo.

¿Esto quiere decir que la redención realizada por Cristo no es completa? No. Esto significa únicamente que la redención, obrada en virtud del amor satisfactorio, permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. En esta dimensión —en la dimensión del amor— la redención ya realizada plenamente, se realiza, en cierto sentido, constantemente. Cristo ha obrado la redención completamente y hasta el final; pero, al mismo tiempo, no la ha cerrado. En este sufrimiento redentor, a través del cual se ha obrado la redención del mundo, Cristo se ha abierto desde el comienzo, y constantemente se abre, a cada sufrimiento humano. Sí, parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.

De este modo, con tal apertura a cada sufrimiento humano, Cristo ha obrado con su sufrimiento la redención del mundo. Al mismo tiempo, esta redención, aunque realizada plenamente con el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla a su manera en la historia del hombre. Vive y se desarrolla como cuerpo de Cristo, o sea la Iglesia, y en esta dimensión cada sufrimiento humano, en virtud de la unión en el amor con Cristo, completa el sufrimiento de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa la obra redentora de Cristo. El misterio de la Iglesia —de aquel cuerpo que completa en sí también el cuerpo crucificado y resucitado de Cristo— indica contemporáneamente aquel espacio, en el que los sufrimientos humanos completan los de Cristo. Sólo en este marco y en esta dimensión de la Iglesia cuerpo de Cristo, que se desarrolla continuamente en el espacio y en el tiempo, se puede pensar y hablar de « lo que falta a los padecimientos de Cristo ». El Apóstol, por lo demás, lo pone claramente de relieve, cuando habla de completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

Precisamente la Iglesia, que aprovecha sin cesar los infinitos recursos de la redención, introduciéndola en la vida de la humanidad, es la dimensión en la que el sufrimiento redentor de Cristo puede ser completado constantemente por el sufrimiento del hombre. Con esto se pone de relieve la naturaleza divino-humana de la Iglesia. El sufrimiento parece participar en cierto modo de las características de esta naturaleza. Por eso, tiene igualmente un valor especial ante la Iglesia. Es un bien ante el cual la Iglesia se inclina con veneración, con toda la profundidad de su fe en la redención. Se inclina, juntamente con toda la profundidad de aquella fe, con la que abraza en sí misma el inefable misterio del Cuerpo de Cristo.

VI

EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

25. Los testigos de la cruz y de la resurrección de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico Evangelio del sufrimiento. El mismo Redentor ha escrito este Evangelio ante todo con el propio sufrimiento asumido por amor, para que el hombre « no perezca, sino que tenga la vida eterna ».(80) Este sufrimiento, junto con la palabra viva de su enseñanza, se ha convertido en un rico manantial para cuantos han participado en los sufrimientos de Jesús en la primera generación de sus discípulos y confesores y luego en las que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos.

Es ante todo consolador —como es evangélica e históricamente exacto— notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos. En realidad, desde el antiguo coloquio tenido con el ángel, Ella entrevé en su misión de madre el « destino » a compartir de manera única e irrepetible la misión misma del Hijo. Y la confirmación de ello le vino bastante pronto, tanto de los acontecimientos que acompañaron el nacimiento de Jesús en Belén, cuanto del anuncio formal del anciano Simeón, que habló de una espada muy aguda que le traspasaría el alma, así como de las ansias y estrecheces de la fuga precipitada a Egipto, provocada por la cruel decisión de Herodes.

Más aún, después de los acontecimientos de la vida oculta y pública de su Hijo, indudablemente compartidos por Ella con aguda sensibilidad, fue en el Calvario donde el sufrimiento de María Santísima, junto al de Jesús, alcanzó un vértice ya difícilmente imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano, pero ciertamente misterioso y sobrenaturalmente fecundo para los fines de la salvación universal. Su subida al Calvario, su « estar » a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como por otra parte las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes.

Testigo de la pasión de su Hijo con su presencia y partícipe de la misma con su compasión, María Santísima ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento, realizando por adelantado la expresión paulina citada al comienzo. Ciertamente Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne —como también en su corazón— lo que falta a la pasión de Cristo.

A la luz del incomparable ejemplo de Cristo, reflejado con singular evidencia en la vida de su Madre, el Evangelio del sufrimiento, a través de la experiencia y la palabra de los Apóstoles, se convierte en fuente inagotable para las generaciones siempre nuevas que se suceden en la historia de la Iglesia. El Evangelio del sufrimiento significa no sólo la presencia del sufrimiento en el Evangelio, como uno de los temas de la Buena Nueva, sino además la revelación de la fuerza salvadora y del significado salvífico del sufrimiento en la misión mesiánica de Cristo y luego en la misión y en la vocación de la Iglesia.

Cristo no escondía a sus oyentes la necesidad del sufrimiento. Decía muy claramente: « Si alguno quiere venir en pos de mí… tome cada día su cruz »,(81) y a sus discípulos ponía unas exigencias de naturaleza moral, cuya realización es posible sólo a condición de que « se nieguen a sí mismos ».(82) La senda que lleva al Reino de los cielos es « estrecha y angosta », y Cristo la contrapone a la senda « ancha y espaciosa » que, sin embargo, « lleva a la perdición ».(83) Varias veces dijo también Cristo que sus discípulos y confesores encontrarían múltiples persecuciones; esto —como se sabe— se verificó no sólo en los primeros siglos de la vida de la Iglesia bajo el imperio romano, sino que se ha realizado y se realiza en diversos períodos de la historia y en diferentes lugares de la tierra, aun en nuestros días.

He aquí algunas frases de Cristo sobre este tema: « Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aun por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas ».(84)

El Evangelio del sufrimiento habla ante todo, en diversos puntos, del sufrimiento «por Cristo», « a causa de Cristo », y esto lo hace con las palabras mismas de Cristo, o bien con las palabras de sus Apóstoles. El Maestro no esconde a sus discípulos y seguidores la perspectiva de tal sufrimiento; al contrario lo revela con toda franqueza, indicando contemporáneamente las fuerzas sobrenaturales que les acompañarán en medio de las persecuciones y tribulaciones « por su nombre ». Estas serán en conjunto como una verificación especial de la semejanza a Cristo y de la unión con Él. « Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros… pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece… No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán… Pero todas estas cosas las harán con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado ».(85) « Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo ».(86)

Este primer capítulo del Evangelio del sufrimiento, que habla de las persecuciones, o sea de las tribulaciones por causa de Cristo, contiene en sí una llamada especial al valor y a la fortaleza, sostenida por la elocuencia de la resurrección. Cristo ha vencido definitivamente al mundo con su resurrección; sin embargo, gracias a su relación con la pasión y la muerte, ha vencido al mismo tiempo este mundo con su sufrimiento. Sí, el sufrimiento ha sido incluido de modo singular en aquella victoria sobre el mundo, que se ha manifestado en la resurrección. Cristo conserva en su cuerpo resucitado las señales de las heridas de la cruz en sus manos, en sus pies y en el costado. A través de la resurrección manifiesta la fuerza victoriosa del sufrimiento, y quiere infundir la convicción de esta fuerza en el corazón de los que escogió como sus Apóstoles y de todos aquellos que continuamente elige y envía. El apóstol Pablo dirá: « Y todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones ».(87)

26. Si el primer gran capítulo del Evangelio del sufrimiento está escrito, a lo largo de las generaciones, por aquellos que sufren persecuciones por Cristo, igualmente se desarrolla a través de la historia otro gran capítulo de este Evangelio. Lo escriben todos los que sufren con Cristo, uniendo los propios sufrimientos humanos a su sufrimiento salvador. En ellos se realiza lo que los primeros testigos de la pasión y resurrección han dicho y escrito sobre la participación en los sufrimientos de Cristo. Por consiguiente, en ellos se cumple el Evangelio del sufrimiento y, a la vez, cada uno de ellos continúa en cierto modo a escribirlo; lo escribe y lo proclama al mundo, lo anuncia en su ambiente y a los hombres contemporáneos.

A través de los siglos y generaciones se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como por ejemplo San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, etc. Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Halla como una nueva dimensión de toda su vida y de su vocación. Este descubrimiento es una confirmación particular de la grandeza espiritual que en el hombre supera el cuerpo de modo un tanto incomprensible. Cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los hombres sanos y normales.

Esta madurez interior y grandeza espiritual en el sufrimiento, ciertamente son fruto de una particular conversión y cooperación con la gracia del Redentor crucificado. Él mismo es quien actúa en medio de los sufrimientos humanos por medio de su Espíritu de Verdad, por medio del Espíritu Consolador. Él es quien transforma, en cierto sentido, la esencia misma de la vida espiritual, indicando al hombre que sufre un lugar cercano a sí. Él es —como Maestro y Guía interior— quien enseña al hermano y a la hermana que sufren este intercambio admirable, colocado en lo profundo del misterio de la redención. El sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna. Cristo con su sufrimiento en la cruz ha tocado las raíces mismas del mal: las del pecado y las de la muerte. Ha vencido al artífice del mal, que es Satanás, y su rebelión permanente contra el Creador. Ante el hermano o la hermana que sufren, Cristo abre y despliega gradualmente los horizontes del Reino de Dios, de un mundo convertido al Creador, de un mundo liberado del pecado, que se está edificando sobre el poder salvífico del amor. Y, de una forma lenta pero eficaz, Cristo introduce en este mundo, en este Reino del Padre al hombre que sufre, en cierto modo a través de lo íntimo de su sufrimiento. En efecto, el sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. Cristo, mediante su propio sufrimiento salvífico, se encuentra muy dentro de todo sufrimiento humano, y puede actuar desde el interior del mismo con el poder de su Espíritu de Verdad, de su Espíritu Consolador.

No basta. El divino Redentor quiere penetrar en el ánimo de todo paciente a través del corazón de su Madre Santísima, primicia y vértice de todos los redimidos. Como continuación de la maternidad que por obra del Espíritu Santo le había dado la vida, Cristo moribundo confirió a la siempre Virgen María una nueva maternidad —espiritual y universal— hacia todos los hombres, a fin de que cada uno, en la peregrinación de la fe, quedara, junto con María, estrechamente unido a Él hasta la cruz, y cada sufrimiento, regenerado con la fuerza de esta cruz, se convirtiera, desde la debilidad del hombre, en fuerza de Dios.

Pero este proceso interior no se desarrolla siempre de igual manera. A menudo comienza y se instaura con dificultad. El punto mismo de partida es ya diverso; diversa es la disposición, que el hombre lleva en su sufrimiento. Se puede sin embargo decir que casi siempre cada uno entra en el sufrimiento con una protesta típicamente humana y con la pregunta del « por qué ». Se pregunta sobre el sentido del sufrimiento y busca una respuesta a esta pregunta a nivel humano. Ciertamente pone muchas veces esta pregunta también a Dios, al igual que a Cristo. Además, no puede dejar de notar que Aquel, a quien pone su pregunta, sufre Él mismo, y por consiguiente quiere responderle desde la cruz, desde el centro de su propio sufrimiento. Sin embargo a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respuesta comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo.

La respuesta que llega mediante esta participación, a lo largo del camino del encuentro interior con el Maestro, es a su vez algo más que una mera respuesta abstracta a la pregunta acerca del significado del sufrimiento. Esta es, en efecto, ante todo una llamada. Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: « Sígueme », « Ven », toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.

27. De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros ».(88) Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consuma al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás. El hombre se siente condenado a recibir ayuda y asistencia por parte de los demás y, a la vez, se considera a sí mismo inútil. El descubrimiento del sentido salvífico del sufrimiento en unión con Cristo transforma esta sensación deprimente. La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre « completa lo que falta a los padecimientos de Cristo »; que en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible. En el cuerpo de Cristo, que crece incesantemente desde la cruz del Redentor, precisamente el sufrimiento, penetrado por el espíritu del sacrificio de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que cualquier otra cosa, es el que abre el camino a la gracia que transforma las almas. El sufrimiento, más que todo lo demás, hace presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención. En la lucha « cósmica » entra las fuerzas espirituales del bien y las del mal, de las que habla la carta a los Efesios,(89) los sufrimientos humanos, unidos al sufrimiento redentor de Cristo, constituyen un particular apoyo a las fuerzas del bien, abriendo el camino a la victoria de estas fuerzas salvíficas.

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe continuamente, y continuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja. Los manantiales de la fuerza divina brotan precisamente en medio de la debilidad humana. Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás. El hombre, cuanto más se siente amenazado por el pecado, cuanto más pesadas son las estructuras del pecado que lleva en sí el mundo de hoy, tanto más grande es la elocuencia que posee en sí el sufrimiento humano. Y tanto más la Iglesia siente la necesidad de recurrir al valor de los sufrimientos humanos para la salvación del mundo.

VII

EL BUEN SAMARITANO

28. Pertenece también al Evangelio del sufrimiento —y de modo orgánico— la parábola del buen Samaritano. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta « ¿Y quién es mi prójimo? ».(90) En efecto, entra los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén a Jericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido por los ladrones, precisamente el Samaritano demostró ser verdaderamente el « prójimo » para aquel infeliz. « Prójimo » quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor al prójimo. Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita, pero cada uno « lo vio y pasó de largo ». En cambio, el Samaritano « lo vio y tuvo compasión… Acercóse, le vendó las heridas », a continuación « le condujo al mesón y cuidó de él ».(91) y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero, comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes.

La parábola del buen Samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido « pasar de largo », con indiferencia, sino que debemos « pararnos » junto a él. Buen Samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen Samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que « se conmueve » ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.

Sin embargo, el buen Samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es en definitiva buen Samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio « yo », abriendo este « yo » al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede « encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás »,(92) Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo.

29. Siguiendo la parábola evangélica, se podría decir que el sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano, está también presente para irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio « yo » en favor de los demás hombres, de los hombres que sufren. Podría decirse que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento. No puede el hombre « prójimo » pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe « pararse », « conmoverse », actuando como el Samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente cristiana, pero a la vez tan universalmente humana. No sin razón, aun en el lenguaje habitual se llama obra « de buen samaritano » toda actividad en favor de los hombres que sufren y de todos los necesitados de ayuda.

Esta actividad asume, en el transcurso de los siglos, formas institucionales organizadas y constituye un terreno de trabajo en las respectivas profesiones. ¡Cuánto tiene « de buen samaritano » la profesión del médico, de la enfermera, u otras similares! Por razón del contenido « evangélico », encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión. Y las instituciones que, a lo largo de las generaciones, han realizado un servicio « de samaritano » se han desarrollado y especializado todavía más en nuestros días. Esto prueba indudablemente que el hombre de hoy se para con cada vez mayor atención y perspicacia junto a los sufrimientos del prójimo, intenta comprenderlos y prevenirlos cada vez con mayor precisión. Posee una capacidad y especialización cada vez mayores en este sector. Viendo todo esto, podemos decir que la parábola del Samaritano del Evangelio se ha convertido en uno de los elementos esenciales de la cultura moral y de la civilización universalmente humana. Y pensando en todos los hombres, que con su ciencia y capacidad prestan tantos servicios al prójimo que sufre, no podemos menos de dirigirles unas palabras de aprecio y gratitud.

Estas se extienden a todos los que ejercen de manera desinteresada el propio servicio al prójimo que sufre, empeñándose voluntariamente en la ayuda « como buenos samaritanos », y destinando a esta causa todo el tiempo y las fuerzas que tienen a su disposición fuera del trabajo profesional. Esta espontánea actividad « de buen samaritano » o caritativa, puede llamarse actividad social, puede también definirse como apostolado, siempre que se emprende por motivos auténticamente evangélicos, sobre todo si esto ocurre en unión con la Iglesia o con otra Comunidad cristiana. La actividad voluntaria « de buen samaritano » se realiza a través de instituciones adecuadas o también por medio de organizaciones creadas para esta finalidad. Actuar de esta manera tiene una gran importancia, especialmente si se trata de asumir tareas más amplias, que exigen la cooperación y el uso de medios técnicos. No es menos preciosa también la actividad individual, especialmente por parte de las personas que están mejor preparadas para ella, teniendo en cuenta las diversas clases de sufrimiento humano a las que la ayuda no puede ser llevada sino individual o personalmente. Ayuda familiar, por su parte, significa tanto los actos de amor al prójimo hechos a las personas pertenecientes a la misma familia, como la ayuda recíproca entra las familias.

Es difícil enumerar aquí todos los tipos y ámbitos de la actividad « como samaritano » que existen en la Iglesia y en la sociedad. Hay que reconocer que son muy numerosos, y expresar también alegría porque, gracias a ellos, los valores morales fundamentales, como el valor de la solidaridad humana, el valor del amor cristiano al prójimo, forman el marco de la vida social y de las relaciones interpersonales, combatiendo en este frente las diversas formas de odio, violencia, crueldad, desprecio por el hombre, o las de la mera « insensibilidad », o sea la indiferencia hacia el prójimo y sus sufrimientos.

Es enorme el significado de las actitudes oportunas que deben emplearse en la educación. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, del que es un símbolo la figura del Samaritano evangélico. La Iglesia obviamente debe hacer lo mismo, profundizando aún más intensamente —dentro de lo posible— en los motivos que Cristo ha recogido en su parábola y en todo el Evangelio. La elocuencia de la parábola del buen Samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma.

30. La parábola del buen Samaritano, que —como hemos dicho— pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo, a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento no se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: « El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor ».(93) Cristo realiza con sobreabundancia este programa mesiánico de su misión: Él pasa « haciendo el bien »,(94) y el bien de sus obras destaca sobre todo ante el sufrimiento humano. La parábola del buen Samaritano está en profunda armonía con el comportamiento de Cristo mismo.

Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final, que Mateo ha recogido en su Evangelio: « Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme ».(95) A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: « En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis ».(96) La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: « En verdad os diga que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo ».(97)

Se podría ciertamente alargar la lista de los sufrimientos que han encontrado la sensibilidad humana, la compasión, la ayuda, o que no las han encontrado. La primera y la segunda parte de la declaración de Cristo sobre el juicio final indican sin ambigüedad cuán esencial es, en la perspectiva de la vida eterna de cada hombre, el « pararse », como hizo el buen Samaritano, junto al sufrimiento de su prójimo, el tener « compasión », y finalmente el dar ayuda. En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la « civilización del amor ». En este amor el significado salvífico del sufrimiento se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva. Las palabras de Cristo sobre el juicio final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica.

Estas palabras sobre el amor, sobre los actos de amor relacionados con el sufrimiento humano, nos permiten una vez más descubrir, en la raíz de todos los sufrimientos humanos, el mismo sufrimiento redentor de Cristo. Cristo dice: « A mí me lo hicisteis ». Él mismo es el que en cada uno experimenta el amor; Él mismo es el que recibe ayuda, cuando esto se hace a cada uno que sufre sin excepción. Él mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes « de los sufrimientos de Cristo ».(98) Así como todos son llamados a « completar » con el propio sufrimiento « lo que falta a los padecimientos de Cristo ».(99) Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.

VIII

CONCLUSIÓN

31. Este es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión.

El sufrimiento ciertamente pertenece al misterio del hombre. Quizás no está rodeado, como está el mismo hombre, por ese misterio que es particularmente impenetrable. El Concilio Vaticano II ha expresado esta verdad: « En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque … Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al hombre y le descubre la sublimidad de su vocación ».(100) Si estas palabras se refieren a todo lo que contempla el misterio del hombre, entonces ciertamente se refieren de modo muy particular al sufrimiento humano. Precisamente en este punto el « manifestar el hombre al hombre y descubrirle la sublimidad de su vocación » es particularmente indispensable. Sucede también —como lo prueba la experiencia— que esto es particularmente dramático. Pero cuando se realiza en plenitud y se convierte en luz para la vida humana, esto es también particularmente alegre. « Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte ».(101)

Concluimos las presentes consideraciones sobre el sufrimiento en el año en el que la Iglesia vive el Jubileo extraordinario relacionado con el aniversario de la Redención.

El misterio de la redención del mundo está arraigado en el sufrimiento de modo maravilloso, y éste a su vez encuentra en ese misterio su supremo y más seguro punto de referencia.

Deseamos vivir este Año de la Redención unidos especialmente a todos los que sufren. Es menester pues que a la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo —especialmente cuantos sufren a causa de su fe en El Crucificado y Resucitado— para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos.(102) Acudan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el « Redentor del hombre », el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas.

Con María, Madre de Cristo, que estaba junto a la Cruz, (103) nos detenemos ante todas las cruces del hombre de hoy.

Invoquemos a todos los Santos que a lo largo de los siglos fueron especialmente partícipes de los sufrimientos de Cristo. Pidámosles que nos sostengan.

Y os pedimos a todos los que sufrís, que nos ayudéis. Precisamente a vosotros, que sois débiles, pedimos que seáis una fuente de fuerza para la Iglesia y para la humanidad. En la terrible batalla entre las fuerzas del bien y del mal, que nos presenta el mundo contemporáneo, venza vuestro sufrimiento en unión con la cruz de Cristo.

A todos, queridos hermanos y hermanas, os envío mi Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Lourdes, el día 11 de febrero del año 1984, sexto de mi Pontificado.

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1. Col 1, 24.

2. Ibid.

3. Rom 8, 22.

4. Cf. nn. 14; 18; 21; 22: AAS 71 (1979) 284 s.; 304; 320; 323.

5. Como lo probó Ezequías (cf. Is 38, 1-3).

6. Como temía Agar (cf. Gén 15-16), como imaginaba Jacob (cf. Gén 37, 33-35), como experimentó David (cf. 2 Sam 19, 1).

7. Como temía Ana, la madre de Tobías (cf. Tob 10, 1-7; cf. también Jer 6, 26; Am 8, 10; Zac 12, 10).

8. Tal fue la prueba de Abrahán (cf. Gén 15, 2), de Raquel (cf. Gén 30, 1), o de Ana, la madre de Samuel (cf. 1 Sam 1, 6-10).

9. Como el lamento de los exiliados en Babilonia (cf. Sal 137 [136]).

10. Sufridas, por ejemplo, por el salmista (cf. Sal 22 [21], 17-21) o por Jeremías (cf. Jer 18, 18).

11. Esta fue la prueba de Job (cf. Job 19, 18; 30, 1. 9), de algunos salmistas (cf. Sal 22 [21], 7-9; 42 [41], 11; 44 [43], 16-17), de Jeremías (cf. Jer 20, 7), del Siervo doliente (cf. Is 53, 3).

12. Por lo que hubieron de sufrir también ciertos salmistas (cf. Sal 22 [21], 2-3; 31 [30], 13; 38 [37], 12; 88 [87], 9. 19), Jeremías (cf. Jer 15, 17) o el Siervo doliente (cf. Is 53, 3).

13. Del salmista (cf. Sal 51 [50], 5, de los testigos de los sufrimientos del Siervo (cf. Is 53, 3-6), del profeta Zacarías (cf. Zac 12, 10).

14. Esto lo sentían vivamente el salmista (cf. Sal 73 [72], 3-14) y el Cohelet (cf. Ecl 4, 1-3).

15. Este fue el sufrimiento de Job (cf. Job 19, 19), de ciertos salmistas (cf. Sal 41 [40], 10; 55 [54], 13-15), de Jeremías (cf. Jer 20, 10); mientras que en el libro del Eclesiástico se medita sobre tal miseria (cf. Eclo 37, 1-6).

16. Además de los numerosos pasajes del Libro de las Lamentaciones, cf. los lamentos de los salmistas (cf. Sal 55 [43], 10-17; 77 [76], 3-11; 79 [78], 11; 89 [88], 51), o de los profetas (cf. Is 22, 4; Jer 4, 8; 13, 17; 14, 17-18; Ez 9, 8; 21, 11-12); cf. tambien las plegarias de Azarías (cf. Dan 3, 31-40) y de Daniel (cf. Dan 9, 16-19).

17. Por ej. Is 38, 13; Jer 23, 9; Sal 31 [30], 10-11; Sal 42 [41], 10-11.

18. Por ej. Sal 73 [72], 21; Job 16, 13; Lam 3, 13.

19. Por ej. Lam 2, 11.

20. Por ej. Is 16, 11; Jer 4, 19; Job 30, 27; Lam 1, 20.

21. Por ej. 1 Sam 1, 8; Jer 4, 19; 8, 18; Lam 1, 20.22; Sal 38 [37], 9. 11.

22. A este propósito es oportuno recordar que la raíz hebrea ” designa globalmente lo que es mal, en contra- posición a lo que es bien (tob), sin distinguir entre sentido físico, psíquico y ético Aquella se encuentra en la forma sustantiva ra’ y ra’a que indica indiferentemente el mal en sí mismo, la acción mala o aquel que la realiza. En las formas verbales, además de la forma simple (qal), que designa de manera variada «el ser mal», se encuentran la forma reflexiva-pasiva (niphal) «sufrir el mal», «ser afectado por el mal» y la forma causativa (hiphil) «hacer el mal», «infligir el mal» a alguno. Dado que falta en el hebreo una verdadera correspondencia con el griego “pascw” = «sufro», también este verbo se halla raramente en la versión de los Setenta.

23. Dan 3, 27 s.; cf. Sal 19 [18], 10; 36 [35], 7; 48 [47], 12; 51 [50], 6; 99 [98], 4; 119 [118], 75; Mal 3, 16-21; Mt 20, 16; Mc 10, 31; Lc 17, 34; Jn 5, 30; Rom 2, 2.

24. Job 4, 8.

25. Job 1, 9-11.

26. 2 Mac 6, 12.

27. Jn 3, 16.

28. Job 19, 25-26.

29. Jn 1, 29.

30. Gén 3, 19.

31. Jn 3, 16.

32. Act 10, 38.

33. Cf. Mt 5, 3-11.

34. Cf. Lc 6, 21.

35. Mc 10, 33-34.

36. Cf. Mt 16, 23.

37. Mt 26, 52. 54.

38. Jn 18, 11.

39. Jn 3, 16.

40. Gál 2, 20.

41. Is 53, 2-6.

42. Jn 1, 29.

43. Is 53, 7-9.

44. Cf. 1 Cor 1, 18.

45. Mt 26, 39.

46. Mt 26, 42.

47. Sal 22 [21], 2.

48. Is 53, 6.

49. 2 Cor 5, 21.

50. Jn 19, 30.

51. Is 53, 10.

52. Cf. Jn 7, 37-38.

53. Is 53, 10-12.

54. Job 19, 25.

55. 1 Pe 1, 18-19.

56. Gál 1, 4.

57. 1 Cor 6, 20.

58. 2 Cor 4, 8-11, 14.

59. 2 Cor 1, 5.

60. 2 Tes 3, 5.

61. Rom 12, 1.

62. Gál 2, 19-20.

63. Gál 6, 14.

64. Flp 3, 10-11.

65. Act 14, 22.

66. 2 Tes 1, 4-5.

67. Rom 8, 17-18.

68. 2 Cor 4, 17-18.

69. 1 Pe 4, 13.

70. Lc 23, 34.

71. Mt 10, 28.

72. 2 Cor 12, 9.

73. 2 Tim 1, 12.

74. Flp 4, 13.

75. 1 Pe 4, 16.

76. Rom 5, 3-5.

77. Cf. Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12, 25.

78. Col 1, 24.

79. 1 Cor 6, 15.

80. Jn 3, 16.

81. Lc 9, 23.

82. Cf. Lc 9, 23.

83. Cf. Mt 7, 13-14.

84. Lc 21, 12-19.

85. Jn 15, 18-21.

86. Jn 16, 33.

87. 2 Tim 3, 12.

88. Col 1, 24.

89. Cf. Ef 6, 12.

90. Lc 10, 29.

91. Lc 10, 33-34.

92. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, 24.

93. Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2.

94. Act 10, 38.

95. Mt 25, 34-36.

96. Mt 25, 40.

97. Mt 25, 45.

98. 1 Pe 4, 13.

99. Col 1, 24.

100. Conc. Ecum. Vat. II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et spes, 22.

101. Ibid.

102. Cf. Jn 17, 11. 21-22.

103. Cf. Jn 19, 25.

 

 

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“Gracias, Dios mío”*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

Anoche soñé que estaba en el Cielo y que un ángel me servía de guía para mostrarme los alrededores. Caminaba lado a lado a través de un largo salón de trabajo lleno de ángeles.

Mi ángel guía se detuvo enfrente de la primera sección y dijo:

«Esta es la sección de “Recibo”. Aquí todas las peticiones hechas a Dios en oración son recibidas.»

Miré alrededor del área, estaban extremadamente ocupados, y eran tantos los ángeles manejando las peticiones de todas las partes del mundo que quedé impresionado.

Luego pasamos a través de un largo corredor hasta que llegamos a la segunda sección.

El ángel me dijo entonces:

«Esta es la sección de empaque y despacho. Aquí, las gracias y las bendiciones que fueron solicitadas por las personas, son procesadas y entregadas a aquellos seres vivos que las pidieron.»

Noté cuán ocupados estaban allí también. Habían muchísimos ángeles trabajando muy duro; eran muchas las bendiciones que estaban siendo enviadas a la tierra.

Finalmente, en el punto más lejano del corredor, nos detuvimos en una puerta de una sección muy pequeña. Para mi gran sorpresa, había solo un ángel sentado allí, y con muy poco qué hacer.

«Este es el cuarto de confirmación de recibo», me informó el ángel. Parecía un poco apenado.

–¿Como es que hay tan poco trabajo aquí?, le pregunté.

–Es muy triste” —suspiró el ángel—, luego de que las personas reciben las bendiciones que solicitaron, muy pocos envían la confirmación de recibo de vuelta.

–Y, ¿cómo se debe confirmar el recibo de una bendición?, le pregunté al ángel.

–Muy simple, me contestó, solo tienes que decir “Gracias, Dios mío”.

Le pregunté al ángel:

–¿Y cuáles deben ser confirmadas?

–Si tienes comida en tu nevera, ropa con qué vestirte, un techo y un lugar para dormir…, eres más rico que el 75% de las personas de este mundo.

Si tienes dinero en el banco, en tu cartera, y monedas sueltas en tu alcancía, estás en el 8% de la riqueza del mundo.

Además…, si te levantaste esta mañana con más salud que enfermedad, tú estás más bendecido que muchos que no llegarán ni siquiera a sobrevivir este día…

Si nunca has experimentado miedo en una batalla, soledad en encerramiento, la agonía de la tortura, o el dolor de morir de hambre…, estás sobre 700 millones de personas de este mundo.

Si puedes asistir a una iglesia sin miedo a sufrir hostigamiento, arresto, tortura o la muerte…, eres envidiado por eso y más bendecido que 3 millones de personas de este mundo.

Si tus padres están aún vivos y aun están casados…, eres un caso raro.

Si puedes mantener tu cabeza en alto con una sonrisa, no eres simplemente raro…, eres único entre todos aquellos que viven en dudas y desesperanza.

Si recibiste este mensaje en tu propio computador, eres parte del 1% en el mundo que tiene esa oportunidad.

Y si puedes leer este mensaje, has recibido doble bendición, porque hay alguien que piensa que eres especial, y eres más bendecido que 2 mil millones de personas que no pueden leer.

Que tengas un maravilloso día; cuenta tus bendiciones y, si tú quieres, pasa este mensaje a aquellas personas que quieras recordarle lo bendecidos que están.

 Anónimo

  

 

 

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Pensamientos sobre el sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2009

Frases adaptadas del libro:

Para sufrir menos…, para sufrir mejor*

De: Novello Pederzini

Editorial Católica Sin Fronteras

 

  • Hasta de los detalles más pequeños de tu vida está pendiente tu Padre–Dios: «¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre de ustedes. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo» (Mt 10, 29-31).

 

  • Dios te trata con la ternura y el respeto que un padre siente por su hijo: «Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos» (Hb 12, 7a).

 

  • Dios no permite pruebas o tentaciones superiores a tus fuerzas: «Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla» (1Co 10, 13b).

 

  • Todo es querido o permitido por Dios, para tu bien.

 

  • Tan solo del pecado no es Dios la causa directa; el pecado nace del hombre, de su libertad. Pero Dios se sirve incluso de las malas acciones y del pecado para realizar sus designios de bondad y de salvación.

 

  • Aunque no sepas la razón, cada sufrimiento está planeado o permitido por Dios para tu felicidad.

 

  • ¿Podemos dudar de que Dios tenga la inteligencia necesaria para conocer lo que te conviene y lo que te perjudica?

 

  • Dios sabe más que tú. Y te ama más de lo que tú puedas amarte o de lo que te puedes imaginar.

 

  • Todo cuanto ocurre en ti o en torno a ti, especialmente cuando el mal te aflige, todo sucede por voluntad o por permisión de Dios.

 

  • Todo cuanto pasa, aun los más mínimos detalles, es lo más conveniente y lo mejor para ti, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes.

 

  • Si has sido elegido por Dios a seguir un camino de especial sufrimiento, debes saber que ese es el camino de los predilectos de su Corazón: estás destinado a realizar, con Él, un designio más alto de salvación para ti y para el mundo. ¡Ayúdalo a reparar! ¡Ayúdalo a salvar almas! ¡Ayúdalo a instaurar su Reino de amor, de paz y de alegría en el mundo!

 

  • Si te niegas a recibir de sus manos las tribulaciones a las que has sido destinado, obras en contra de tus mejores intereses.

 

  • Lo mejor es lo que Él ha querido para ti, no lo que tú piensas con tu inteligencia, demasiado limitada.

 

  • Ve en todas las personas y en todos los acontecimientos unos mensajeros providenciales de la voluntad de Dios.

 

  • No son las adversidades las que te hacen desgraciado; es tu falta de docilidad, que nace de una voluntad todavía rebelde contra la infinita sabiduría divina.

 

  • Saborea y ama tu sufrimiento, lleva con alegría la cruz que te corresponde: Él se ha convertido en tu compañero de camino y lleva el peso del dolor contigo.

 

  • La única admirable sensatez en esta vida está encerrada todavía —y para siempre— en el «¡fiat!» que pronunció la Virgen María: «¡Hágase en mí según tu palabra!».

 

  • Fuimos hechos para el Cielo: para gozar de la belleza, la bondad y la sabiduría de Dios; pero en la tierra nos apegamos a las cosas, a las personas y especialmente a nosotros mismos. Si no amamos a Dios por encima de todas las criaturas, todavía no podemos dejarnos amar de Él; necesitamos purificarnos. Es entonces cuando interviene el Señor y permite lo que nosotros llamamos desventura; permite que nuestros ídolos sean destrozados, que encontremos amargura y desilusión donde creíamos saborear la dulzura del placer y del gozo. Y así nos hacemos cada vez más susceptibles del amor de Dios.

 

  • «Los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse». (Rm 8, 18)

 

  • La verdadera alegría nace cuando has renunciado a discutir, a cuestionar o a poner en tela de juicio los acontecimientos, convencido de que todo cuanto sucede es para tu bien, y que todo está previsto, dispuesto, asegurado, en conformidad con un plan que tiene un final feliz, aunque a ti no te lo parezca.

 

  • En la generosa y amante adhesión a la voluntad de Dios, en el esfuerzo de amar la cruz y el dolor como la cosa que mejor realiza en ti el plan divino, se halla el suave secreto de la paz y la serenidad.

 

  • La Fe en el amor que Dios te tiene: he aquí la fuente de toda aceptación, de todo equilibrio y progreso espiritual, de toda paz, siempre, y especialmente en aquellos momentos en que nos asaltan el sufrimiento y la prueba.

 

  • Dios te ama, te ama personalmente; sabe tu nombre, tu persona, tu pasado, tu presente y tu porvenir. Conoce tu temperamento, tus cualidades, tus defectos, tus méritos y tus pecados. Te conoce en cada una de tus facetas íntimas más secretas. Conoce —lo ha dicho Él— el número de cabellos de tu cabeza…

 

  • En ti pensaba en su agonía; aquella sangre la derramó por ti…

 

  • Para ti, precisamente para ti, de una manera especial, te ha preparado una eternidad de gozo. Allá arriba hay un puesto reservado que te espera: tu puesto. Nadie ocupará la porción de Paraíso celosamente destinada para ti, si tú quieres conquistarla.

 

  • El Señor es un Dios amoroso, dulcemente inclinado hacia ti, que eres un tesoro que lo atrae sobre la tierra, como si no existiera otro objeto de su atención y de su interés.

 

  • Habitúate a la percepción de esta presencia constante, aun cuando no la sientas de una manera dulce e inmediata. Porque, a veces, se oculta el Señor, se hace esperar y buscar; permite la oscuridad y la tormenta; y tú tienes la impresión de que Él te ha abandonado. Pero su mirada permanece constantemente fija en ti y no te abandona ni un solo instante; ni siquiera cuando tú lo traicionas y lo ofendes: es la mirada dulcísima de una madre, que te sigue, te abre el camino, te protege, te acaricia, te sonríe, te consuela…

 

  • Cuando el dolor, la prueba, el sufrimiento, se presenten en el horizonte, has de saber aceptarlo de su mano como un don preparado, pensado, dosificado para ti. No debe preocuparte el porqué de lo que Él ha decidido y realizado en ti. Para ti debe ser suficiente saber que Él lo ha querido; lo ha querido para ti; y lo ha querido porque, conociéndote y amándote, no encontró mejor camino para la realización de su designio amoroso en tu persona. Arrójate en sus brazos.

 

  • No temas nada y nada desees desmedidamente, sino sólo lo que Él quiere y tal como Él lo quiere.

 

  • Presta especial atención a la llamada precisa e insistente, por tu nombre, cuando te invita a sufrir. Se trata de una invitación de confianza, de predilección, de amor extraordinario. Te llama, quiere tu colaboración a su acción; te honra al contar con tu contribución personal. Se trata de una alianza, casi de un contrato de trabajo, para una gran realización en la que todos tienen su parte preciosa e insustituible.

 

  • Arrójate en los brazos de Dios, di con prontitud el propio «fiat», ten como norma habitual de vida el «No se haga mi voluntad, sino la tuya», renuncia a toda discusión estéril, acepta todo de la mano amorosa del Señor como lo mejor y lo más conveniente para ti…

 

  • Quien te tiende la mano es el mismo Jesús, que ha sufrido antes y más que tú; que ha sufrido por ti.

 

  • A cada una de tus cruces, Él responde con una ayuda. A cada uno de tus dolores, por humanamente insoportablemente que sea, corresponde una gracia suya particular. Y, si cada pequeña cruz es un fragmento de su Cruz, tú debes aceptarla y vivirla con Él, con amor intenso, con adhesión perfecta a sus arcanos designios, con firme convicción de recibir de Él la fuerza indispensable.

 

  • Después de pecar suele quedar en el alma una vaga inquietud, la angustia, el temor de que Dios se comportará con cierta distancia, privándola de su tierna familiaridad. Nada más equivocado: Dios nos ama porque es bueno, no por que lo seamos nosotros. Y no desea de nosotros sino que creamos firmemente en su amor. Si estás arrepentido y le has pedido perdón (los pecados mortales en la confesión), Él lo ha olvidado todo y para siempre.

 

  • Deja solo a los paganos la preocupación del mañana. Vive el presente, solo el presente: es lo que Dios quiere cada instante para ti; es lo mejor para ti: Dios así lo ha previsto. El mañana ya tendrá sus penas o alegrías: «No se preocupen por el día de mañana, pues a cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 34)

 

  • Todas las dificultades, las dudas, los temores de cualquier clase y gravedad sobre tu futuro, deben servir únicamente para hacerte perder toda confianza en ti mismo, y despertarte una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas tus miserias y todos tus cálculos.

 

  • Para tu afán de hoy existe una Providencia particular, suficiente, proporcionada. Para tu preocupación de mañana, de igual manera, habrá otra Providencia particular, suficiente, proporcionada.

 

  • Aprende a gustar cada una de las pequeñas y grandes alegrías que el presente te reserva. Y si estás llamado a sufrir, estima en todo su valor, con cuidadoso empeño, el dolor de ese instante: es esa cruz particular, y de ese determinado instante, la que el Señor te ha confiado; y te asegura su ayuda para llevarla. Aprovecha, vive el instante presente, que para ti es la manifestación de la presencia divina.

 

  • Habla poco con las criaturas y mucho con Dios: no disminuyas el mérito de tus sufrimientos contando lo que sufres. No eches a perder su perfume y su valor confiándolo al juicio y a la compasión de quien está a tu lado. Silencia con empeño hasta las más pequeñas mortificaciones, porque cuando se mantienen secretas por amor son flores fragantes cuyo aroma solo Dios aspira.

 

  • Sufre amando a Dios con todas tus fuerzas: es el medio más poderoso y eficaz para llegar pronto y fácilmente a la más íntima unión con el Señor, a la más alta santidad, a la más intensa paz del alma. Di: «Porque te amo, Dios mío, sufro todo por ti». Santo no es el que hace milagros, el que tiene éxtasis, sino el que hace más actos de amor a Dios a lo largo del día.

 

  • Esta vida es, como dijo santa Teresa, «solo una mala noche en una mala posada».

 

  • Tu puesto está allá arriba. El Señor te ha precedido y te ha preparado un puesto; Él mismo nos lo dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar» (Jn 14, 2). Un puesto como tú lo deseas, como lo has buscado siempre, sin encontrarlo jamás aquí abajo. 

 

  • Las bellezas terrenas son solo una pequeña muestra de la infinita belleza que observarás en Dios. Toda la infinita sabiduría de Dios se volcará en ti. Toda la bondad que ves aquí no es nada comparada con el infinito amor que recibirás de Dios. Aquí abajo se nos da el anticipo, la figura, la sombra; en el Paraíso, la dulce e inacabable realidad. 

 

  • Cuando los místicos han vislumbrado algún pálido reflejo, han expresado un entusiasmo indescriptible, como en esta expresión de Pascal: «Alegría, alegría…, lloro de alegría». Un llanto de alegría que se da con solo pensar en la auténtica alegría que nos espera: la alegría de ser, para siempre, felices en los brazos de Dios.

 

__________________________________________________

*Este libro se puede adquirir en:

Comunicaciones Sin Fronteras:
       Bogotá, Colombia: Cra. 13 nº 43A-16. Tels.: 2323362 ó 2883278.
       Quito, Ecuador: Calle Mejía y Venezuela Tel.: 2586616
www.comunicacionessinfronteras.com
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Para estar en la gloria eterna

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

¿Qué dice la Biblia acerca de la gloria del Cielo? ¿Quién se salvará? En la carta a los romanos está la respuesta:

«Porque te salvarás si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos.» (Rm 10, 9)

La fe es la que nos salva. Pero esa fe se demuestra con hechos:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: […] «si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Está claro, pues, que hay que cumplir los mandamientos para entrar en el Cielo. Al cumplirlos, demostramos que tenemos fe. Lo mismo ocurre con la obras de misericordia: las viviremos solo si tenemos fe. Y así sucede con las demás enseñanzas y ejemplos de Cristo: amar a los enemigos, poner la otra mejilla, hacer la Voluntad de Dios, etc., etc., etc.

Pero, además, la fe se tiene que probar:

«Si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón la fe de ustedes, que vale mucho más. Esta prueba les merecerá alabanza, honor y gloria el día en que se manifieste Cristo Jesús.» (1P 1, 7)

Dice el texto que pasar la prueba de la fe nos merecerá la alabanza, el honor y la gloria, es decir, el Cielo prometido.

Y, ¡en qué consiste esa prueba? Es un sufrimiento que nos amolda, nos afirma, nos hace fuertes, para poder llegar a ese lugar definitivo: la gloria eterna. Nos lo explica claramente Pedro, en su primera carta:

«Dios, de quien procede toda gracia, los ha llamado en Cristo para que compartan su gloria eterna, y ahora deja que sufran por un tiempo con el fin de amoldarlos, afirmarlos, hacerlos fuertes y ponerlos en su lugar definitivo.» (1P 5, 10)

Entonces, ¿es necesario sufrir para acceder a la gloria? Sí. Pablo es todavía más explícito, más categórico:

«Si hemos sufrido con Él, estaremos con Él también en la Gloria.» (Rm 8, 17c)

Sufrir con Él; ese fue el camino que recorrió Cristo y, por lo tanto, el que debemos recorrer sus seguidores, los cristianos.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Los inevitables sufrimientos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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