Hacia la unión con Dios

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Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2017

Basados en la clasificación tradicional de los santos místicos —san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros muchos— se ha establecido un orden ascendente de las personas que buscan la santidad, a medida que avanzan. Estas etapas se denominan las edades espirituales, y tienen su fundamento en la Biblia, en los Padres de la Iglesia (orientales y latinos), en santos autores de la Edad Media y hasta en el Magisterio apostólico. Todos esto se puede corroborar en el libro: Síntesis de espiritualidad católica, de los sacerdotes José Rivera, y José María Iraburu:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=55&a=47.

Estas edades espirituales han recibido diferentes denominaciones; aquí usaremos la más adecuada a nuestros tiempos:

1. Principiantes

2. Avanzados

3. Perfectos

Ahora bien: en esta clasificación se han insertado los dones del Espíritu Santo, procurando explicar cómo esos dones van ayudando a quienes recorren esas 3 etapas buscando la santidad, la unión con Dios.

San Agustín, obispo de Hipona, en el libro De serm. Dom. in monte, relaciona las bienaventuranzas enumeradas por San Mateo (5,3-12), con los dones del Espíritu Santo; usando como base esta explicación, santo Tomás de Aquino explica también la relación de los Dones con las Bienaventuranzas en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69. Sorprende comprobar tanta similitud en las apreciaciones de san León Magno, en su Sermón sobre las bienaventuranzas (n° 95, 1-9: PL 54, 461-466), con lo que se ratifica la inspiración del Espíritu Santo sobre estos temas.

Primero, es necesario conocer los textos:

Estas son las bienaventuranzas del Evangelio de san Mateo (5, 3-12):

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Por su parte, en la Biblia Vulgata —que es la traducción de la Biblia oficial de la Iglesia—, en el libro de Isaías (11, 2-3) están descritos los dones del Espíritu Santo, así:

Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.

Principiantes

En los principiantes, los dones son incipientes y, por eso mismo, las bienaventuranzas apenas se desarrollan.

Avanzados

Por su parte, quienes ya son adelantados reciben de Dios la gracia de vivir las primeras 3 bienaventuranzas y afianzar los primeros 3 dones así:

  1. Por el don del Temor, aquel miedo a ofender a un Ser tan bueno, desarrollan grandemente la virtud de la obediencia: al director espiritual, a los superiores, a la jerarquía eclesiástica, a la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia, al Papa. Además, no les gusta gobernar ni mandar; encuentran su gozo en dejarse mandar, aun por los inferiores, en todo lo que no es pecado.

Son los que Jesús llama Pobres en el espíritu, es decir, quienes ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. De ellos es el Reino de los Cielos, según lo afirmó también Jesús.

  1. El don de la Piedad se manifiesta en 2 modos: siendo generosos con todos y desarrollando la virtud de la religión, la que mueve a dar a Dios el culto debido de adoración, alabanza, bendición, glorificación…

Esta generosidad para con Dios y para con los demás es la que los hace verdaderamente Mansos y, al mismo tiempo, su mansedumbre los vuelve generosos en grado muy elevado. Y es por eso que poseerán no solamente esta tierra (la gente valora mucho esta virtud), sino también la Tierra prometida.

  1. Reciben el don de la Ciencia, que consiste en un discernimiento que los faculta para percibir la inmensa gravedad del pecado, con la luz que Dios les da. Por eso no pueden menos que llorar. Lloran los pecados propios y ajenos. Y reciben la promesa de que serán consolados.

Perfectos

En una primera etapa, Dios les afianza:

  1. El don de la Fortaleza, que se manifiesta primero en el dominio sobre los apegos y, después, en el Hambre y sed de justicia, de conocer y ajustarse a los misterios divinos ocultos. Ellos serán saciados del mismo Dios/Justicia, que es el acopio de todas las virtudes.

  1. Con el don del Consejo, aprenden a vivir desprendidos de sí mismos y abandonarse totalmente a la Voluntad divina por una tempestad de amor que el Espíritu Santo hace nacer en sus corazones. Son ahora Misericordiosos con todos, porque están saciados de Dios. Y alcanzarán misericordia: ¡gozarán del objeto de su amor!

Y después reciben:

  1. El don de la Inteligencia, que consiste en la simplicidad de la verdad, la caridad y la unidad. Son ahora Puros, Limpios de corazón; y por eso verán a Dios, es decir, experimentarán la contemplación (de los atributos divinos, infinitamente dignos de amor): lo que “ni el ojo vio, mi el oído oyó…”. Es el cognocere de la Verdad: un descanso en el gozo, por encima de toda actividad…

  1. Y el don de la Sabiduría que los induce continuamente a hacer siempre y en todo su Voluntad; por eso, están unidos al Espíritu divino. Son los pacíficos, los que trabajan por la paz. Serán hijos de Dios, serán quienes descansan en su paz.

  1. Finalmente, llegan a adquirir la Caridad perfecta: Padecen persecución por la justicia (por ajustarse a Dios). De ellos es el Reino de los Cielos.

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Los dones del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Por el cardenal Carlo Maria Martini[1]

 

«Una rama saldrá del tronco de Jesé, un brote surgirá de sus raíces. Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.» (Is 11, 1-2).

 

A estos seis dones —que leemos en la Biblia hebrea—, en la Biblia griega y en la Biblia latina les añaden el don de la piedad.

 

Cada cristiano vive de Fe, Esperanza y Caridad; la Fe es perfeccionada por el espíritu de entendimiento, ciencia y consejo; la Esperanza, por el espíritu del temor de Dios y de fortaleza; la Caridad se expresa plenamente cuando es perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

 

1.    Entendimiento: Potencia del alma, en virtud de la cual concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.[2]

El don de la inteligencia lo necesitamos para comprender los misterios divinos, la relación entre la Cruz y la Trinidad, entre la Cruz y la paternidad de Dios; para intuir en este misterio divino el de nuestra vida y de nuestra muerte.

Lo necesitamos para comprender cómo el misterio de Dios se revela en nuestro tiempo; para comprender cómo Jesús crucificado y resucitado vive entre nosotros y podemos encontrarlo; para comprender cómo el Espíritu Santo está actuando en medio de nosotros y podemos dejarnos vivificar por Él.

Lo necesitamos para hacernos descubrir entre los pliegues de la vida cotidiana la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para hacernos contemplar en nuestras cruces la presencia del Resucitado.

 

2.   Ciencia: Conocimiento cierto de las cosas creadas por sus principios y causas.

Es la capacidad de referir a Dios todas las cosas del mundo, yendo más allá de las apariencias y comprendiendo el valor simbólico, relativo, de toda criatura con respecto al ser y al misterio de Dios, de aquel que lo ha creado todo.

Es capaz de contribuir a la búsqueda del significado último y de las urgencias penúltimas frente a las cuestiones y a los desafíos culturales y éticos más variados.

Con él es posible captar los signos de los tiempos y los fermentos evangélicos presentes en todas partes, incluso en las situaciones aparentemente más cerradas a la luz de la verdad revelada.

Es posible comprender las necesidades concretas de una determinada comunidad y trazar para ella un proyecto adecuado.

He aquí donde se halla contenida la ciencia del amor.

 

3.    Consejo: Parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer una cosa.

Es el saber orientarse en la complejidad moral de la vida.

Es acudir prácticamente a los motivos de la Fe al obrar.

Nos permite ver todo a la luz de la eternidad, en el querer de Dios, Padre bueno.

Forma personalidades fuertes, tranquilas, seguras de sí mismas; por el contrario, la acción del espíritu del mal consiste en llevarnos a la tristeza, a replegarnos sobre nosotros mismos, a una confusión que bloquea la mente, a una ansiedad que lacera e impide decidirse, haciéndonos permanecer siempre en el mismo punto.

 

4.   Temor de Dios: Miedo reverencial y respetuoso que se debe tener de agraviar a un Dios tan bueno.

Es un amor a Dios consciente de la propia fragilidad y, por consiguiente, de la posibilidad de ofender al Señor, de perder su amistad. Es una actitud de grande reverencia hacia un misterio que nos supera por todas partes, que no poseemos, que no tenemos a la mano, porque nos es dado continuamente como un don, y nosotros tenemos continuamente la posibilidad de rechazarlo, de perderlo, de descuidarlo.

El temor de Dios ve el actuar moral no como simple obediencia a una ley, sino como una relación con una persona; relación personal con Dios Padre, con el Señor Jesús. Por consiguiente, el temor de Dios nos permite vivir el actuar moral con toda la delicadeza, el respeto, la diligencia, el afecto que expresa la relación verdadera con una persona, y que exige la relación con Dios mismo, Padre y Señor.

Es la conciencia de que Dios es Mysterium fascinans, misterio que atrae y fascina por su amabilidad (digno de ser amado); y al mismo tiempo es la conciencia de que Dios es también Mysterium tremendum, con el cual no se puede jugar, que nos interpela profunda y seriamente porque es amor total y exigente, relación personal de alianza y de don.

Es el temor de faltar, de no estar a la altura de tan grande amor y, al mismo tiempo, el fuerte deseo de ser totalmente de Dios.

Las actitudes contrarias al temor de Dios son la superficialidad, el facilismo, la trivialidad en la oración y en la vida.

 

5.    Fortaleza: Vencer el temor y huir de la temeridad.

Es la victoria sobre el miedo a la muerte y a cualquier otro mal, porque sabe que está en los brazos del Padre que no lo abandona nunca.

Es el don que nos da la capacidad de profesar la Fe, incluso en las contradicciones y en los peligros. El caso más serio del don de la fortaleza es el martirio, la superación del miedo a la muerte, simplemente porque estamos en las manos de Dios.

Perfecciona la virtud de la Esperanza, llevándola al heroísmo, al desprecio de la muerte, a la superación del  miedo a la muerte.

 

6.   Piedad: Don que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas; y por el amor al prójimo, actos de amor y compasión.

Nos hace orar con gusto y de buena gana, con entusiasmo, nos hace salir del corazón una oración fluida, serena, calmada.

Nos coloca en condiciones de vivir la oración de los hijos que gritan a Dios invocándolo con el apelativo: «¡Padre!».

Es la capacidad de hablar con Dios filialmente, con ternura; de alabarlo y adorarlo.

Es la orientación del corazón y de toda la vida para adorar a Dios como Padre, para rendirle el culto que lo reconoce como fuente y meta de todo don auténtico.

Es la ternura hacia Dios, el estar enamorados de Él y el deseo de rendirle gloria en cada cosa.

¡Es tan dulce llamar a Dios «Padre nuestro»! Nos hace mirar hacia Dios con sencillez filial y con verdad.

Es, por otra parte, el don de la sensibilidad en la relación humana, que nos permite tratar a todos con la mayor delicadeza, con amabilidad.

Por consiguiente, es un don que compenetra la vida cotidiana, la vida de familia, las relaciones de cada día, haciéndolas hermosas, fáciles, agradables; un don que elimina las espinas, los choques, y suaviza nuestras relaciones.

La actividad contraria es la dureza del corazón, la falta de sensibilidad, el no saber comprender a los otros.

Es difusivo y benéfico, comenzando por la oración filial y afectuosa, en las relaciones de los hijos con los padres, de los padres con los hijos, de los esposos entre sí, en las relaciones de trabajo, de amistad, de parroquia, de comunidad, de grupo…, porque está impregnado de atención, respeto y sensibilidad.

 

7.    Sabiduría: Conducta prudente en la vida.

Es el don de verlo todo con los ojos de Dios, con su mirada, de verlo todo desde arriba. Es el don de ver los acontecimientos y las situaciones como los ve Jesús crucificado y resucitado, desde lo alto de la Cruz y desde la gloria de la Resurrección. Se trata de verlos desde lo alto y desde el centro. No por una inteligencia particular o una luz intelectual, sino por instinto divino.

Sabiduría significa precisamente «sabor». Está ligado a la Caridad, al amor, más que a la inteligencia. Es la inteligencia del amor, del corazón. Es una penetración amorosa que percibe el sabor de los misterios de Dios: del misterio trinitario, del misterio de la Cruz, de los misterios del Reino, del misterio de la historia…

Y esa sabiduría se les da también a las personas más sencillas, e incluso más a ellas que a los otros. ¡Cuán grande es en ellos el sentido de la providencia divina, cuán baja la estimación de las cosas terrenas, cuán grande la paz íntima y el gozo de una vida intachable…!

Es el don que permite enmarcar cada problema en un marco más amplio: el marco de la verdad completa, de la verdad auténtica.

Lo que es opuesto a la sabiduría es la falta de sabor de las cosas de Dios, la carencia del sentido de Dios, del sentido del misterio, del sentido de la providencia…

Es la historia de un hombre que ha hecho sus cuentas sin Dios, sin la muerte, sin tener presente la verdad de la vida; de quien vive sin sentido, preocupado solamente por el presente; de quien no comprende, en los acontecimientos oscuros o contrarios a las expectativas comunes, el designio de Dios; de quien hace sus cálculos sin contar con la Cruz; de un hombre que ha construido su casa sobre la arena, que no ha conocido el orden de la vida evangélica, declarado en el sermón de la montaña.

No reconoce ese orden de la vida evangélica, expresado en hacerse pequeños, en no pretender los primeros puestos, en respetar la autoridad, en amar la oración, en vivir en común, en perdonar las ofensas…

Se trata de un don instintivo, del cual uno se da cuenta después. No es necesario que lo sintamos, por cuanto el Espíritu no tiene necesidad de hacerse sentir para actuar en nosotros.

 

Muchas personas —tal vez con frecuencia también nosotros— se mueven por su voluntad, cuentan con sus propias fuerzas, piensan que todo lo tienen en la mano…

 

Oremos intensamente para que el fuego del Espíritu Santo arda no solo en nuestros corazones, sino que caliente e ilumine los corazones de toda nuestra sociedad.

 

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[1] Arzobispo de Milán

[2] Las definiciones que se presentan en los cuadros fueron extraídas del Diccionario de la Real Academia Española

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