Hacia la unión con Dios

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A todas las mujeres*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 24, 2015

POR FAVOR Y POR AMOR, TENGA DISTANCIA CON EL SACERDOTE.

Señorita, señora:
Cuando usted, en un arranque de emotividad, siente el impulso de lanzarse al cuello del cura párroco y cogerlo a besos, o siente ganas de expresarle su amor y gratitud, por favor, piénselo bien, evite la abrazadera, evite la tocadera; eso, definitivamente, no es sano ni conveniente.

No es tan solo porque hay que guardar la distancia, compostura y las apariencias, sino porque usted está ante un ministro del Señor, y con su actitud puede convertirse en una tentación y la cáscara en el camino del presbítero.

Un sacerdote merece reverencia y respeto, por amor; también un poco de distancia.

Tanto usted como él son humanos, y pueden hacerse daño con éstas y otras emotivas manifestaciones afectivas.

La distancia entre el sacerdote y el laico (en este caso, la laica), así el sea su confesor o usted sea su hija espiritual, es necesaria.
Por otra parte, ni el padre deja de ser hombre ni usted mujer, así el interés primero sea tan sólo el de acercar el alma hacia Dios.

No lo llame por su apodo, tampoco le diga Carlitos a secas, él para usted, como para cualquier otro se llama el padre Carlos, padre Juan o padre Andrés.
No viva llamándolo como si fuera su amigo íntimo, no lo acose, déjelo crecer en su unidad con Dios, y no divida su corazón.

Queremos sacerdotes santos, pero también nosotros tenemos que actuar con santidad ante ellos.
Queremos sacerdotes célibes, ¿cierto?
Entonces, no los tentemos ni les hagamos daño con esas actitudes que van quebrantando su voluntad y poniendo en riesgo su vida consagrada.

Por último, por favor, ¡use ropa decente!
No es necesario que se arregle y se maquille así para la Santa Misa, no es necesario el uso de esos escotes pronunciados, ni ese colorete rojo encendido.

No ande sonriéndole al padre, mientras él da el sermón, ni le demuestre a las demás feligresas que usted ocupa un lugar de predilección en su corazón.

Un cura, para ser amigo de nuestra alma, tendrá que guardar un poco de distancia con nosotros, así lo queramos con todo el corazón y el nos aprecie de la misma manera.

¡A cuidar a nuestros sacerdotes!
No son tan solo las hienas de los medios de comunicación las que los despellejan; a veces, sin querer, son sus mismos feligreses.

Dios las bendiga.
Felipe Gómez

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Súplica por un alma en tentación*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2012


¡Oh Padre amadísimo, Dios infinitamente bueno!, ve aquí a tu Hijo Jesucristo que poniéndose entre tu justicia divina y los pecados de las almas, implora perdón.

¡Oh Dios de misericordia!, apiádate de la debilidad humana, ilumina los espíritus oscurecidos para que no se dejen engañar y caigan en los más terribles pecados…, da fuerza a las almas para rechazar los peligros que les presenta el enemigo de su salvación y para que vuelvan a emprender con nuevo vigor el camino de la virtud.

¡Oh Padre Eterno!, mira los padecimientos que Jesucristo, tu Divino Hijo, sufrió durante la pasión; velo delante de ti, presentándose como Víctima para obtener luz, fuerza, perdón y misericordia en favor de las almas.

Dios Santísimo, en cuya presencia ni los ángeles ni los santos son dignos de permanecer, perdona todos los pecados que se cometen por pensamiento y por deseo. ¡Recibe como expiación de estas ofensas la cabeza traspasada de espinas de tu Divino Hijo! ¡Recibe la Sangre purísima que de ella sale con tanta abundancia!… Purifica los espíritus manchados… ilumina los entendimientos oscurecidos, y que esta Sangre divina sea su fuerza y su vida!

Recibe, ¡oh Padre Santísimo!, los sufrimientos y los méritos de todas las almas que, unidos a los méritos y sufrimientos de Jesucristo, se ofrecen a Ti, con Él y por Él para que perdones al mundo.

¡Oh Dios de misericordia y amor!, sé la fortaleza de los débiles, la luz de los ciegos y el amor de todas las almas.

¡Dios de amor! ¡Padre de bondad!, por los méritos, los ruegos y sufrimientos de tu Hijo muy amado, da luz a esta alma para que llegue a rechazar el mal y abrace con decisión tu Voluntad Santísima. No permitas que sea causa de tanto daño para ella y para otras almas inocentes y puras.

(Compuesta por el Señor)

 

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Jesucristo, modelo de oración

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 11, 2011

 

Soledad

Pero él buscaba siempre lugares solitarios dónde orar. (Lc 5, 16)

En aquellos días se fue a orar a un cerro y pasó toda la noche en oración con Dios. (Lc 6,12)

Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» (Lc 11, 1)

 

Perdonar antes

«Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo.» (Mc 11, 25)

 

Oración humilde

En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. (Mt 11, 25-26; Cf. Lc 10, 21-22)

«Cuando ustedes recen, no imiten a los que dan espectáculo; les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. Cuando pidan a Dios, no imiten a los paganos con sus letanías interminables: ellos creen que un bombardeo de palabras hará que se los oiga. No hagan como ellos, pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan. (Mt 6, 5-8)

Jesús dijo esta parábola por algunos que estaban convencidos de ser justos y  despreciaban a los demás. «Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto de pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas.” Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador.” Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lc 18, 9-14)

 

Oración confiada

«Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama. ¿Acaso alguno de ustedes daría a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O le daría una culebra cuando le pide un pescado? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡con cuánta mayor razón el Padre de ustedes, que está en el Cielo, dará cosas buenas a los que se las pidan!» (Mt 7, 7-11)

«Asimismo yo les digo: si en la tierra dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir alguna cosa, mi Padre Celestial se lo concederá.» (Mt 18, 19)

«Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán.» Mc 11, 24)

 

Oración perseverante

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada que ofrecerle”. Y el otro le responde a usted desde adentro: “No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará espíritu santo a los que se lo pidan!» (Lc 11, 5-13)

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: “Hazme justicia contra mi adversario”. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: “Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza”.» Y el Señor dijo: «¿Se han fijado en las palabras de este juez malo? ¿Acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, si claman a él día y noche, mientras él deja que esperen? Yo les aseguro que les hará justicia, y lo hará pronto. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». (Lc 18, 1-8)

 

Oración agradecida

Y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» (Lc 17, 16-18)

 

En toda circunstancia

 

Antes de un milagro

Entonces mandó a la gente que se sentara en el suelo y, tomando los siete panes, dio gracias, los partió y empezó a darlos a sus discípulos para que los repartieran. Ellos se los sirvieron a la gente. (Mc 8, 6; Cf. Mt 15, 35-36)

Un día fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: (Lc 3, 21)

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. (Lc 9, 28)

Y quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y exclamó: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. (Jn 11, 41)

 

Antes de algo importante

Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «Según el parecer de la gente ¿quién soy yo?» (Lc 9, 18)

«Pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

 

Para la eficacia apostólica

«Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha.»  (Mt 9, 38)

 

Cuando se quiere algo difícil

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

 

En la tentación

«Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» (Mt 26, 41)

 

En el sufrimiento

Llegó Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí, mientras yo voy más allá a orar.»  Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Y les dijo: «Siento una tristeza de muerte. Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos.» Fue un poco más adelante y, postrándose hasta tocar la tierra con su cara, oró así: «Padre, si es posible, que esta copa se aleje de mí. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú.» Volvió donde sus discípulos, y los halló dormidos; y dijo a Pedro: «¿De modo que no pudieron permanecer despiertos ni una hora conmigo? Estén despiertos y recen para que no caigan en la tentación. El espíritu es animoso, pero la carne es débil.» De nuevo se apartó por segunda vez a orar: «Padre, si esta copa no puede ser apartada de mí sin que yo la beba, que se haga tu voluntad.» (Mt 26, 36-42; Cf. Mc 14, 32.42; Lc 22, 40-46)

(Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.») Después los soldados se repartieron sus ropas echándolas a suerte. (Lc 23, 34)

Y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. (Lc 23, 46)

 

Lo que quiere Jesús

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13; Cf. Lc 11 2-4)

Dicho esto, Jesús elevó los ojos al cielo y exclamó: «Padre, ha llegado la hora: ¡glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti! Tú le diste poder sobre todos los mortales, y quieres que comunique la vida eterna a todos aquellos que le encomendaste. Y esta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que Tú has enviado, Jesús, el Cristo. Yo te he glorificado en la tierra y he terminado la obra que me habías encomendado. Ahora, Padre, dame junto a ti la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo. He manifestado tu Nombre a los hombres: hablo de los que me diste, tomándolos del mundo. Eran tuyos, y tú me los diste y han guardado tu Palabra. Ahora reconocen que todo aquello que me has dado viene de ti. El mensaje que recibí se lo he entregado y ellos lo han recibido, y reconocen de verdad que yo he salido de ti y creen que tú me has enviado. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que son tuyos y que tú me diste —pues todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío—; yo ya he sido glorificado a través de ellos. Yo ya no estoy más en el mundo, pero ellos se quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti. Padre Santo, guárdalos en ese Nombre tuyo que a mí me diste, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo los cuidaba en tu Nombre, pues tú me los habías encomendado, y ninguno de ellos se perdió, excepto el que llevaba en sí la perdición, pues en esto había de cumplirse la Escritura. Pero ahora que voy a ti, y estando todavía en el mundo, digo estas cosas para que tengan en ellos la plenitud de mi alegría. Yo les he dado tu mensaje, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo, y por ellos ofrezco el sacrificio, para que también ellos sean consagrados en la verdad. No ruego sólo por estos, sino también por todos aquellos que creerán en mí por su palabra. Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. Así alcanzarán la perfección en la unidad, y el mundo conocerá que tú me has enviado y que yo los he amado a ellos como tú me amas a mí. Padre, ya que me los has dado, quiero que estén conmigo donde yo estoy y que contemplen la Gloria que tú ya me das, porque me amabas antes que comenzara el mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocía, y éstos a su vez han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amas esté en ellos y también yo esté en ellos.» (Jn 17, 1-26)

 

En espíritu y en verdad

«Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad.» (Jn 4, 23-24)

 

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Ciclo A, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 23, 2011

El demonio ataca

 

Luego de la creación del hombre, el demonio lo incitó para que cometiera el mismo pecado en el que él incurrió: la soberbia. «Serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es», dijo el demonio.

Así fue la caída; pero el don de Dios no tiene comparación: la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda la humanidad, específicamente a todos aquellos que aprovechan el derroche de la gracia y el don de la verdadera rectitud.

Cuando el demonio le dijo a Jesús: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará ordenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna», lo estaba tentando con la soberbia. Lo tentó también con el placer: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». Y lo tentó con el tener: «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras».

Hoy, igualmente, él desea que caigamos en las tentaciones que nos pone a diario: la fama o el reconocimiento de los demás como finalidad principal y última de la vida; el deseo exagerado de poseer bienes materiales o dinero; y el hedonismo, el culto al placer del cuerpo, que nos cosifica a todos, incluida la mujer, que se ha ido convirtiendo en objeto de placer sexual.

Y todos hemos experimentado esos tres tipos de tentaciones. Se puede decir, entonces, que nuestra relación con el demonio es frecuente, diaria. Por eso es extraño que algunos se admiren al oír hablar del demonio; quizá piensan que él solamente ataca con la posesión, que es la más rara de sus formas de agredir. Recordemos que, además, el demonio hostiga también con las obsesiones.

Llama la atención que Jesús haya respondido al demonio con palabras de la Sagradas Escrituras. Lo hizo para enseñarnos que ante las tentaciones debemos seguir la Palabra de Dios contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, cuyo resumen y actualización está en elCatecismo de la Iglesia Católica.

 

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Ciclo C, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

Obedecer a Dios antes que a los hombres

 

Azotaron a los apóstoles y les prohibieron hablar en nombre de Jesús.

Y, sin embargo, dijeron: Hay que obedecer primero a Dios que a los hombres.

¿Actuamos igual los cristianos de hoy? Cuando sentimos en nuestro interior la lucha entre las pasiones y la gracia, ¿nos dejamos dominar por el respeto humano o por un excesivo amor propio?

O, por el contrario, obedecemos a Dios sin importar las consecuencias.

¿No es verdad que cuando se nos presenta una tentación o nos vemos en peligro de pecar, dejándonos cegar, procuramos convencernos de que en aquello no hay ningún mal ni corremos peligro alguno, que tenemos bastante talento para juzgar por nosotros mismos y que no necesitamos pedir consejo?

Tememos ponernos en ridículo a los ojos del mundo… Nos falta energía para resistir y, cerrándonos al impulso de la gracia, de esa ocasión caemos en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregar a Jesús en manos de Herodes.

En cambio, leemos de nuevo lo que hacían los primeros cristianos: obedecían primero a Dios, aunque les costara azotes, ¡o la misma muerte! Eran capaces de dar la vida antes de desobedecer a Dios.

Por eso, porque Jesús sabía de qué serían capaces sus discípulos, es que les dice, después de resucitado: «Echad la red a la derecha» Y, después, no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Que esos ciento cincuenta y tres peces grandes nos quedan como recuerdo de que no vale la pena angustiarse por las cosas materiales, que Dios lo puede todo, que él siempre está con nosotros, que nada es tan necesario como nos parece a nosotros, que lo único que importa es hacer la voluntad de Dios.

Así, esos pobres e ignorantes doce, con la fuerza de Dios, iniciaron la era del cristianismo y la esparcieron por el mundo entero.

Y los cristianos de hoy podemos —¡y debemos!— seguir difundiendo por todas partes este mensaje, para cambiar el mundo.

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Ciclo C, I domingo de cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 2, 2010

¿Tentaciones?

 

Consuela saber que Jesús tuvo tentaciones. Y las tuvo en el momento en que se aprestaba a realizar la obra salvífica, la razón por la que vino a este mundo.

Es verdad que Él era Dios, pero también era hombre: basta verlo llorar cuando muere su amigo Lázaro; mirar su cara de tristeza cuando se retiró, dolido, el joven rico; asistir con la imaginación al Monte de los Olivos y observar su profundo dolor y angustia… Sufría, sentía, se dolía, se alegraba como nosotros…, pero como amaba más que nosotros, esos sentimientos eran más intensos.

Quería enseñarnos que todos los pasos que vamos a dar deben ir precedidos por una intensa oración, acompañada por algo de mortificación, por un poco de sacrificio. Intentaba, con su ejemplo, decirnos que todos necesitamos preparar nuestra alma —el sufrimiento es la vida del alma—, para que, al dejar de lado los apetitos egoístas, tuviéramos alas para volar por los senderos de la santidad hasta la eternidad, fin verdadero de nuestras vidas.

Jesús aprovecha que el demonio intenta hacerlo caer, para que nosotros sepamos qué hacer cuando sobrevenga la tentación: acudir afanosamente a la oración y a la mortificación, para llenarnos de fortaleza interior, y así enfrentar, con valentía, nuestras malas inclinaciones.

Además, debemos acudir a la Ley de Dios, para que sepamos qué hacer en cada caso. Reconoceremos que esa es la Ley suave que Él vivió: amar a Dios sobre todas las cosas (obedecerlo) y al prójimo como a nosotros mismos. Y, ¿cómo vivió esa Ley? Nos enseñó, durante treinta años, cómo debíamos portarnos, viviendo una vida sencilla y humilde, y pagó nuestras culpas dándolo todo en la Cruz.

¿No nos impulsa esto a seguir su ejemplo? ¿Acabaremos con esa cobardía que no nos deja vivir como los ángeles, ángeles con los pies bien puestos en la tierra?

Iniciemos esta Cuaresma pidiendo a Jesús que, por nuestra unión a su Cruz, nos limpie e impregne nuestro corazón de amor, de alegría y de paz, para poder darlas a los demás.

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