Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Tiempo de Adviento’

Tiempo de Adviento*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2010

 

(Del primer domingo de Adviento al 24 de diciembre). 

 

1.- Exposición dogmática

La lectura de los textos litúrgicos, de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento, nos descubre claramente su intención de que asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Videntes de Israel, quienes suspiraban por la llegada del Mesías en su doble adveni­miento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los progenitores del Señor, y especialmente a Abraham, a Isaac y a Jacob.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar de las promesas que les fueron hechas relativas al Mesías. A todos ellos los vemos desfilar cada año, formando el magnífico cortejo que a Cristo precedió en los siglos. Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel y Daniel, Isaías, san Juan Bautista, José y sobre todo María, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, pues de su fiat pende su cumplimiento. Todos a una ansían porque venga el Salvador y lo llaman con ardientes gemidos. Al recorrer las misas y los oficios de Adviento siéntese el alma impresionada por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías: «Ven, Señor, y no tardes». «Venid y adoremos al Rey que va a venir». «El Señor está cerca, venid y adorémoslo». «Manifiesta, Señor, tu poder y ven» «¡Oh Sabiduría! Ven a enseñarnos el camino de la prudencia». «Oh Dios, guía de la casa de Israel, ven a rescatarnos». «Oh Vástago de Jesé, ven a redimirnos, y no tardes». «Oh, llave de David y cetro de la casa de Israel, ven y saca a tu cautivo sumido en tinieblas y som­bras de muerte». «Oh, Oriente resplandor de la Luz eterna, ven y alúmbranos». «Oh, Rey de las Naciones y su deseado, ven a salvar al hombre que formaste del barro». «Oh, Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador nuestro, ven a salvarnos Señor y Dios nuestro». 

El Mesías esperado es el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su  pueblo, al que todas las naciones habrán de servir, Y como la divina misericordia alcanza no solo a Israel, sino a todo el gentilismo, debemos hacer nuestro aquel Veni,  y decir a Jesús: «Oh, Piedra angular, que reúnes en ti a todos los pueblos, ven». Todos seremos guiados juntos por un mismo Pastor. «Él —dice Isaías— pastoreará a su rebaño, y acogerá a los corderitos en sus brazos, y los llevará en sus haldas; Él, que es nuestro Dios y Señor».

Esta venida de Cristo, anunciada ya por los profetas, a la que el pueblo de Dios aspira, es una venida de misericordia. El divino Redentor se apareció en la tierra bajo la humilde condición de nuestra humana existencia. Es también una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad al fin del mundo, como Juez y supremo Remunerador de los hombres. Los Videntes del Antiguo Testamento no separaron estos dos advenimientos, por lo que también la liturgia del Adviento, al traer sus palabras, habla indistintamente de ambos. San Gregorio explica que san Juan Bautista, Precursor del Redentor, es Elías en espíritu y en virtud, es el Precursor del Juez.

Por lo demás, ¿acaso estos dos sucesos no tienen una misma finalidad? Si el Hijo de Dios se ha bajado hasta nosotros haciéndose hombre (1er advenimiento), ha sido precisamente para hacernos subir hasta su Padre, introduciéndonos en su reino celestial (2° advenimiento). Y la sentencia que el Hijo del hombre, a quien será entregado todo juicio, ha de fallar cuando por segunda vez viniere a este mundo, dependerá del recibi­miento que se le hubiere hecho al venir por vez primera. «Este niño —dijo Simeón— está puesto para ruina y para resurrección de muchos, y será una señal que excitará la contradicción». El Padre y el Espíritu darán testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios, y el mismo Jesús lo probará bien por sus palabras y sus milagros. Y los mismos hombres deberán dar ese doble testimonio de un Dios en tres personas, decidiendo así ellos mismos de su suerte futura. «Bienaventurados los que no se escandalizaren por mi causa», porque «el que pusiere en Cristo su confianza no será confundido». Y al contrario, ¡ay de aquél que chocare contra esa piedra de salvación!, porque quedará desmenuzado. «Si alguno se avergüenza de Mí o de mis palabras, —dice Jesús—, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la de su Padre y sus santos Ángeles». «Cuando el Hijo del hombre venga en su majestad, y con Él todos sus Ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Y reuniendo las Naciones todas en torno suyo, separará a los unos de los otros, como separa el pastor a las ovejas de los cabritos. Y colocaré las ovejas a su derecha y los cabritos a su siniestra. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo”. Y luego dirá a los de su izquierda: “Apartaos, malditos, e id al fuego eterno que el diablo y sus ángeles os tienen dispuesto”» (Mal 25, 31-46).

A todos cuantos hubieren negado a Cristo en la tierra, Él los desechará de Sí, separándolos para siempre de los que le han sido fieles, y juntando en torno suyo a cuantos lo hubieren acogido por su fe y su amor, los hará entrar en pos de Sí en el Reino de su Padre. Estrechamente unidos al Hijo de Dios humanizado, serán eternamente «Cristo y su místico cuerpo», o lo que san Agustín llama «el Cristo total». Y por ese motivo justificará Jesús su sentencia judicial, que separará a los buenos de los malos, diciendo: «Todo cuanto habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho; y lo que no habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo no lo habéis hecho».

 

2.- Exposición histórica

Los oráculos proféticos se habían ya cumplido: la herencia del pueblo escogido de Dios había pasado a poder de los romanos y el cetro le había sido arrebatado a la casa de Judá por la dinastía pagana de los Idumeos. El Mesías debía, pues, venir ya; el mundo lo aguardaba, y más todavía los Judíos.

Juan Bautista dócil a la voz del Señor, abandona el desierto en donde paso toda la infancia; y viniendo a la región del Jordán, junto a Betania, administra el bautismo de penitencia para preparar las almas a la venida de Cristo. Sus virtudes son tan excelsas, que se diría ser el mismo Mesías; por lo cual los fariseos le envían desde Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas para informarse de ello. Mas Juan les responde que él es aquél de quien Isaías dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor». Jesús viene entonces al Jordán para ser bautizado por Juan, y éste declara que Él es el Cordero de Dios, cuya Sangre borrará los pecados de los hombres.

Luego Juan Bautista es apresado en el castillo de Maqueronte, al oriente del Mar Muerto, y allí tiene noticia de los innumerables milagros que obra Jesús, y probablemente de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, acaecida en Galilea en el año segundo de su ministerio público. Entonces Juan envía desde la cárcel a dos de sus discípulos, para que Cristo manifieste pública­mente a todos su divina misión: «¿Eres tú el que debe venir?», y Jesús responde con las palabras que Isaías decía del Mesías: «Dios mismo vendrá y nos visitará. Entonces los ojos de los ciegos verán, y las orejas de los sordos se abrirán; en­tonces saltará el cojo como un ciervo y será desatada la lengua de los mudos». Todos esos portentos vaticinados por Isaías los obra el Hijo de María: luego Él es el Mesías.

Respecto a Juan, prosigue el Maestro, de él dejó escrito Isaías: «He aquí que Yo envío delante de vosotros a mi Ángel para que os preceda y os prepare el camino». Juan es el precursor de Jesús y «ha venido para dar testimonio de la Luz», testimonio que dio ya a los judíos en su tiempo y que sigue dándonos todos los días, y con mayor insistencia los Evangelios del Adviento.

Antiguamente los Domingos de Adviento se sucedían en orden inverso al de hoy, siendo llamado Domingo primero el más próximo a Navidad, y así los demás por este orden retrospectivo. Así los Evangelios que hablan del Bautista se sucedían por su orden histórico.

 

3.- Exposición litúrgica

La fecha inicial del año litúrgico era en el siglo V la festividad de la Anunciación. Celebrada al principio en marzo, esta solem­nidad fue trasladada a Diciembre. En el siglo X, el año comenzaba el primer domingo de Adviento, o sea, unas cuatro o cinco semanas antes de Navidad. En un Concilio de Zaragoza (año 380) se prescribe una preparación de ocho días para la fiesta de Navidad. En el Concilio de Tours de 563, se menciona al Adviento como período litúrgico que tiene ya sus ritos y fórmulas propias. El Domingo 1° de Adviento es el que cae más cerca del día de la fiesta de san Andrés (30 de Noviembre). La alegría que engendra el pensamiento de poseer dentro de poco al Salvador, fue y es todavía como la nota dominante del santo Adviento; por eso no se deja de cantar el Aleluya, y las campanas voltean mientras en el coro se entonan las grandes antífonas: ¡Oh! El 3er domingo, el altar se ve engalanado con flores, los ornamentos pueden ser de color rosa y se vuelven a oír las suaves melodías del órgano.

En el siglo VII se dio también a este Tiempo un carácter penitencial llamándose en la Edad Media «Cuaresma de Navidad», por lo cual muchos ayunaban a diario y hasta cubrían las sagradas imágenes, como ahora en el Tiempo de Pasión. Ese espíritu de penitencia se trasluce en la omisión del Gloria y de los ornamentos morados y en muchos textos litúrgicos.

En el santo Adviento no nos preocupemos sólo de su venida misericordiosa, al revés de los judíos, que únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías. Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia y digamos con la Iglesia: «Veni, Domine», ven, Salvador y Juez mío. Líbrame aquí de mis pecados, y llévame algún día a tu Cielo. Adveniat regnum tuum. Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti pongo toda mi esperanza. Per Adventum tuum, libera nos, Domine.

¡Oh, cuan benéfica es la liturgia de este tiempo, que así nos dispone a celebrar el advenimiento de Jesús en vista del segundo, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez! «Haz, Señor —pide la Iglesia—, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios, ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarlo seguros cuando viniere a juzgarnos». 

Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia del mundo, la cual comienza con la esperanza de su venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso adveni­miento. Y la Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino. Si Cristo bajó a la tierra, accediendo a los apremiantes llamamientos de los justos del Antiguo Testamento, bajará también hoy día en vista de las llamadas que le dirige la humanidad, generación tras generación, y vendrá sobre todo por Navidad a las almas fieles con una infu­sión nueva de gracia. Vendrá por fin Jesús, llamado por los últi­mos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Nuestras aspiraciones a Cristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Oficio Divino y el Misal ponen en nuestros labios las palabras mismas que ellos en otros tiempos pronunciaron. ¿No es, pues, uno mismo el grito de fe, de esperanza y amor que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos? Animémonos de los mismos entusiasmos y de las mismas súplicas de un Isaías, de un Juan Bautista y de la benditísima Virgen María, de esas tres figuras que cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento; aspiremos con sinceridad, con amor, con impaciencia, por Jesús, en su doble advenimiento: «Al Rey que va a venir, venid adorémoslo».

Se nota que las iniciales de las grandes antífonas ¡Oh! dan por orden inverso estas dos palabras: Ero cras, que significa: Mañana estaré, es decir, estaré con vosotros.

  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

  

 

 

 

Posted in Liturgia | Etiquetado: , , , , , | Comentarios desactivados en Tiempo de Adviento*