Hacia la unión con Dios

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¿Dónde está la Palabra de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2018

 

Muchos cristianos creen que la Biblia es el libro que les enseña todas las verdades de su Fe.

Es habitual, por ejemplo, oír la pregunta: «¿Dónde está eso en la Biblia?»; y si lo dice la Biblia lo creen, pero si no lo dice la Biblia, lo rechazan. Parece que la hubieran endiosado, que la hubieran convertido en un ídolo.

Al examinar la historia del cristianismo, podemos asegurar que durante muchos años no existió la parte más importante de la Biblia, la que precisamente habla de Jesucristo y de los primeros cristianos: el Nuevo Testamento.

El primer libro que se redactó de los 27 que componen el Nuevo Testamento fue la Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses, escrita a comienzos de los años cincuenta de nuestra era. Posteriores a este, fueron apareciendo los otros libros. El último, el Apocalipsis, se terminó un poco después del año cien.

Hacia el año trescientos había confusión acerca de cuántos eran los verdaderos libros del cristianismo: en muchos lugares se afirmaba que los libros eran 19; en otros, 22; en Egipto, 35…

Fue hasta fines del siglo IV cuando la Iglesia Católica —en el Sínodo Romano (año 382) y en los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397)— seleccionó y certificó los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

Como se ve, pasaron alrededor de veinte años desde que Jesús murió hasta que se comenzó a escribir el Nuevo Testamento; transcurrieron cerca de setenta años mientras se terminó de escribir; y se cumplieron casi cuatro siglos hasta que se estableció el número y autenticidad de sus libros, es decir, el canon de libros inspirados.

¿Qué sucedió con el cristianismo durante todo ese tiempo? ¿Cómo se enseñaba el cristianismo? ¿En qué libro se basaban los pastores para predicar? ¿Dónde estaba la Palabra de Dios?

Las respuestas a estas preguntas están en la misma Biblia:

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente.

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

El vocabulario de Pablo tiene mucha relación con la Tradición:

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié [es decir, oralmente]. Ustedes la recibieron [así debe hacerse con ese anuncio verbal] y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan [significa que, además de recibir este mensaje hablado, debe guardarse para salvarse] tal como yo se la anuncié, a no ser que hayan creído cosas que no son. En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí.» (1Co 15, 1-3)

En esa misma carta, Pablo dice:

«Les envío a Timoteo, mi querido hijo, hombre digno de confianza en el Señor. Él les recordará mis normas de vida cristiana, las mismas que enseño por todas partes.» (1Co 4, 17)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

Jesús ni siquiera pidió que se escribiera la Biblia. Es más: todos los apóstoles predicaron; solo algunos de ellos escribieron algo años después de haber predicado.

Durante los primeros siglos se anunciaba a un Cristo muerto y resucitado; esa era la Palabra de Dios. Lo importante para los apóstoles nunca fue la Biblia, pues sus libros principales —los del Nuevo Testamento— no se comenzaron a escribir antes del año 51, la Biblia tampoco se terminó de escribir antes del año cien, ni se determinó el número de libros que la componían hasta finales del siglo IV.

Se puede afirmar que la Biblia surgió de la Iglesia, y no al revés.

Además, sólo una pequeña parte de la predicación apostólica se escribió en la Biblia:

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.» (Jn 16, 12-15)

«Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro.» (Jn 20, 30)

«Tendría muchas más cosas que escribirles, pero prefiero no hacerlo por escrito con papel y tinta.» (2Jn 1, 12)

«Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.» (Jn 21, 25)

En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Pablo lo afirma más categóricamente:

«Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y guarden fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta.» (2Ts 2, 15)

Dos versículos antes decía:

«De ahí que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir de nosotros la enseñanza de Dios, ustedes la aceptaron, no como enseñanza de hombres, sino como Palabra de Dios. Porque eso es realmente y como tal actúa en ustedes los creyentes.» (2Ts 2, 13)

Por otra parte, de lo que se escribió no todo se ha conservado. Pablo, por ejemplo, nombra una carta anterior a la primera que les envió a los corintios, carta que desconocemos:

«En mi carta les decía que no tuvieran trato con la gente de mala conducta.» (1Co 5, 9)

Por todo esto, se puede deducir que la Biblia no sustituyó a la predicación.

Recientes estudios en torno al Nuevo Testamento muestran que los cuatro Evangelios son la expresión escrita de las tradiciones conservadas en Palestina, Roma, Antioquía y Éfeso, tal como se retenían de la predicación apostólica.

Así lo explica Lucas, al comenzar su Evangelio:

«Algunas personas han hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido entre nosotros, tal como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y que después se hicieron servidores de la Palabra. Después de haber investigado cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo.» (Lc 1, 1-4)

 

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Ciclo A, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 23, 2011

El demonio ataca

 

Luego de la creación del hombre, el demonio lo incitó para que cometiera el mismo pecado en el que él incurrió: la soberbia. «Serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es», dijo el demonio.

Así fue la caída; pero el don de Dios no tiene comparación: la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda la humanidad, específicamente a todos aquellos que aprovechan el derroche de la gracia y el don de la verdadera rectitud.

Cuando el demonio le dijo a Jesús: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará ordenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna», lo estaba tentando con la soberbia. Lo tentó también con el placer: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». Y lo tentó con el tener: «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras».

Hoy, igualmente, él desea que caigamos en las tentaciones que nos pone a diario: la fama o el reconocimiento de los demás como finalidad principal y última de la vida; el deseo exagerado de poseer bienes materiales o dinero; y el hedonismo, el culto al placer del cuerpo, que nos cosifica a todos, incluida la mujer, que se ha ido convirtiendo en objeto de placer sexual.

Y todos hemos experimentado esos tres tipos de tentaciones. Se puede decir, entonces, que nuestra relación con el demonio es frecuente, diaria. Por eso es extraño que algunos se admiren al oír hablar del demonio; quizá piensan que él solamente ataca con la posesión, que es la más rara de sus formas de agredir. Recordemos que, además, el demonio hostiga también con las obsesiones.

Llama la atención que Jesús haya respondido al demonio con palabras de la Sagradas Escrituras. Lo hizo para enseñarnos que ante las tentaciones debemos seguir la Palabra de Dios contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, cuyo resumen y actualización está en elCatecismo de la Iglesia Católica.

 

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Jueves Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

¡Y se quedó con nosotros!

 

La primera información escrita de la última cena del Señor fue la primera carta de san Pablo a los corintios; era una tradición que se conocía de boca en boca.

Oralmente, entonces, se sabían las tradiciones más importantes de la esencia de nuestra Fe. Luego, con el transcurso de los años, apareció esta carta y, después, los Evangelios; así se dejaron por escrito los testimonios orales. Es esta la razón por la cual la Iglesia enseña que la Palabra de Dios está contenida en la Tradición Apostólica y en la Biblia, y ambas están resumidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Dentro de la Tradición Apostólica está la Liturgia, que hoy celebra la institución de dos Sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal; además, se revive el gesto humilde y amoroso de Jesús de lavar los pies a sus discípulos.

Jesús nos prometió quedarse entre nosotros y nos cumplió: en cada partícula de la Hostia consagrada y en cada gota del Vino consagrado están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Así, nos sirve de alimento espiritual —fuerza para ser cada vez más parecidos a Él— y, además, lo podemos visitar cuando queramos… Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de Cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo en nuestras almas! ¡Y pensar que hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

Por otro lado, hoy Jesús ordena a los primeros sacerdotes. Sus sucesores, los obispos y los presbíteros están entre nosotros para administrar los Sacramentos, para servirnos como guías espirituales, para orar con y por el pueblo de Dios, para dirigir las celebraciones litúrgicas, para lavar los pies —los pecados— con el amor de Cristo…

Es la Ley del amor. ¡Demos gracias a Dios por tantos beneficios!

 

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