Hacia la unión con Dios

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Agosto 6 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Y nos mostró algo de su santidad

El profeta Daniel contempló en una visión cómo, en las nubes del cielo, venía el Hijo de Dios hecho hombre, al que se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron. Su imperio es eterno, nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

En el Evangelio se muestra algo de esa divinidad y santidad de Jesucristo con la narración del episodio de la transfiguración. Efectivamente, los tres evangelistas sinópticos —cada uno en un año litúrgico— cuentan que el rostro de Jesús mudó mientras oraba, y sus vestidos se llenaron de una blancura fulgurante, dejando entrever su gloria.

San Pedro, en la segunda lectura, nos recuerda lo que ya nos había enseñado Dios–Padre en el Levítico y Jesucristo en el Evangelio de san Mateo: que debemos ser santos, porque tanto el Padre como el Hijo son santos.

Esto significa que debemos vivir una vida nueva, en la que se note que hemos sido rescatados de la conducta necia heredada de nuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo: ¡que nuestro rostro debe mudar y hacerse refulgente de santidad!

Ese brillo no será notado por los que están lejos de Dios, pero quienes ya han recibido la gracia de la conversión y caminan por las sendas de la perfección, sí lograrán percibir la santidad de nuestra mirada, de nuestras palabras, actitudes y gestos, de nuestra vida santa. Es que la unión con Dios–Padre se hace evidente entre los hermanos.

Algo de eso percibió san Pedro cuando se le ocurrió hacer tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías, sin ni siquiera pensar en él ni en Santiago ni en Juan… Como nos lo dice la narración, ni sabía lo que decía.

En cambio, nosotros sí podemos comenzar nuestra transfiguración, obedeciendo lo que dijo la voz desde la nube: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadlo».

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Ciclo C, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2010

¿Aceptar la cruz?

 

Los apóstoles preferidos, Pedro, Juan y Santiago, asisten a la transfiguración del Señor: en una montaña a la que habían ido, desprevenidamente, a acompañar a Jesús a orar. Su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos.

Así es Él; su gloria aparece en los momentos más sencillos de nuestras vidas, inesperadamente. Lo que pasa es que no lo vemos con tanta claridad, no sentimos su amable presencia en nuestras vidas, no siempre lo descubrimos en los acontecimientos diarios.

Los hombres de fe, que además son sencillos, tienen esa agudeza visual de los ojos del alma: lo ven en cada circunstancia, oyen en cada momento amargo el llamado amoroso de sus labios, sienten sus delicadas reprensiones en sus conciencias…; y, lo que es mejor, siguen todas esas indicaciones para responder así a tanto amor.

Pero hay algo que siempre precede, como una firma divina, a esos acontecimientos: la cruz.

Esa cruz de cada día, esos sufrimientos, grandes o pequeños, de los que nadie puede escapar, las penalidades que, como por arte de magia, Dios convierte en el abono que hace más fecunda la acción de su gracia en nosotros.

No la desdeñemos, no le tengamos miedo, abracémosla con valentía, especialmente en esta época de preparación para la Semana Santa. Miremos a Jesús, cargando con su Cruz —con todos nuestros pecados—, generoso como ninguno, llegar a derramar toda su Sangre por amor.

Para lograr esta hermosa meta, basta que unamos todas nuestras pequeñas cruces a la Cruz donde se realizó la Redención. Así podremos conseguir, como en la transfiguración de Jesús, la transformación de «nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo».

Y así, curiosamente, encontraremos la paz.

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Ciclo B, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2009

 

 

La vida espiritual

 

Hay un aspecto de nuestra fe que muy pocos conocen y que, para los que lo viven, tiene reservadas las más maravillosas experiencias que en esta tierra se pueden disfrutar.

Se trata de la vida mística, es decir, la experiencia de lo divino. Efectivamente, el ser humano fue hecho para vivir estas experiencias; nada más podrá satisfacer esos anhelos que bullen en su interior: Dios se comunica al alma, colmándola de consuelos, gozos y deleites espirituales que nunca se podrán comparar con los terrenales.

Pero para acceder a ellos es necesario no reservarse nada, como nos lo sugiere la primera lectura: Dios le dijo a Abraham que por no haberse reservado ni siquiera a su hijo, que era lo que más quería, lo llenaría de bendiciones.

Por eso la Iglesia se goza poniendo a nuestra consideración la transfiguración del Señor el día de hoy: porque es figura de nuestra propia transfiguración, un cambio de figura, para que nos convirtamos en aquellos hijos de Dios que viven en intimidad con Dios, recibiendo de Él todas esas comunicaciones que llenan nuestras más íntimas y altas aspiraciones.

Además de no reservarnos nada, debemos orar. Orar mucho; con constancia y con confianza.

Una constancia tal que nunca dejemos de hacerlo; por ningún motivo; a diario.

Y una confianza total en ese amor divino, que lo único que busca es nuestra auténtica felicidad, la felicidad de haber llegado a la meta: el encuentro con Dios que nos transfigura. Confianza que muestra san Pablo en la segunda lectura:

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios mismo los declara justos. ¿Quién los condenará? ¿Acaso será Cristo, el que murió y, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

   

 

 

 

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