Hacia la unión con Dios

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Fluir del alma por corrientes de la Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2019

El Espíritu de Dios pronuncia en el fluir secreto de nuestro espíritu esta palabra: «Salid con una contemplación y gozo eterno al modo divino».

Todas las riquezas que hay en nuestro Dios por naturaleza están en nosotros por el Amor infinito que es el Espíritu Santo. En este amor se gusta el sabor de todo aquello que se puede anhelar. Por este Amor estamos muertos a nosotros mismos, salimos fuera del propio yo para sumergirnos amorosamente en el abismo de las tinieblas donde todo modo se disipa. Entonces, en el abrazo de la Trinidad Santa, nuestro espíritu permanece por la eternidad en la unidad supraesencial, en el descanso y en el gozo. En esta misma unidad, conforme al modo de su fecundidad, el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre y todas las criaturas se contienen en ellos. Esto excede la distinción de las personas, porque aquí, en la fecundidad viviente de la naturaleza, las nociones de paternidad y de filiación son simples conceptos de razón.

Este es el origen y principio de una salida eterna, de una actividad eterna, sin comienzo. Hay aquí un principio sin principio, porque cuando el Padre todopoderoso se comprende a sí mismo perfectamente en el fondo de su fecundidad nace el Hijo, Verbo eterno del Padre, constituyéndose otra Persona en la Divinidad. A causa de esta generación eterna todas las criaturas vienen a ser eternamente antes de ser creadas en el tiempo. Así Dios las contempla y las conoce en Él mismo, no distintas por completo, porque todo lo que está en Dios es Dios.

Esta procedencia eterna, la vida que tenemos en Dios eternamente y por la cual somos sin nosotros mismos, es el Principio de nuestro ser creado en el tiempo. Nuestro ser creado está dependiendo del ser eterno y es una sola cosa con Él, conforme a su existencia esencial. Este ser eterno, esta Vida eterna que tenemos y que somos en la Sabiduría eterna de Dios, es la semejanza con Dios. Tiene una eterna subsistencia sin distinción en la Esencia divina. Un eterno desbordarse debido a la generación del Hijo en la eternidad, con distinción de razón eterna. Mediante estos dos puntos nuestro ser eterno es tan semejante a Dios que Dios se reconoce y se refleja sin cesar en esta semejanza en cuanto a la Esencia y en cuanto a las personas. Hay aquí distinción y alteridad según la razón, pero esta semejanza es una sola cosa con la Imagen misma de la Santísima Trinidad, la Sabiduría de Dios en la cual Dios se contempla a sí mismo y todas las cosas en un eterno ahora, sin antes ni después. Con una simple mirada Él se contempla a sí mismo y todas las cosas. Esta es la Imagen y la Semejanza de Dios y nuestra Imagen y Semejanza, porque aquí Dios se refleja en todas las cosas. En esta imagen divina todas las criaturas tienen una vida eterna fuera de ellas mismas, como en su ejemplar eterno. Esta es la Imagen y esta es la Semejanza que nos hace la Santísima Trinidad.

También Dios quiere que salgamos de nosotros mismos por tal generación divina, y que persigamos sobrenaturalmente la Imagen, que es nuestra propia vida; y la poseamos con Él por la acción y el gozo, en la bienaventuranza eterna. Venimos a descubrir en el seno del Padre nuestro propio Fondo y Origen. Allí es donde nuestro vivir y nuestro ser tienen su principio. De nuestro propio fondo, es decir, del Padre y todo cuanto vive en Él, brota el fulgor de una Claridad eterna, o sea: la generación del Hijo. En esta Claridad, es decir, en el Hijo, se revela el Padre y todo lo que vive en Él. Porque todo lo que es y tiene se lo da al Hijo excepto la propia Paternidad, que es su identidad incomunicable. Por eso todo cuanto vive en el Padre fluye a la unidad; lo que vive en el Hijo se manifiesta y fluye fuera. Por eso nuestra imagen eterna siempre permanece en el Fondo simple, en tinieblas y sin modo. Pero la claridad inmensa que brota de Él revela y manifiesta el misterio de Dios según ciertos modos. Todos los hombres que están elevados por encima de su condición de criaturas a una vida contemplativa son una sola cosa con esta divina Claridad, están siendo esta misma Claridad. Ven, sienten, descubren mediante esta Luz divina que son ellos mismos el mismo Fondo simple, conforme a lo que hay en ellos de increado. De allí brota la Claridad sin medida según un modo divino y, conforme a la simplicidad de la esencia, permanece eternamente en el seno de la unidad sin modo.

Por esta razón los hombres íntimamente contemplativos deben salir según el modo de esta contemplación, por encima de la razón y de toda distinción, más allá incluso de su ser creado. Han de sumergirse eternamente con simple mirada en la unidad mediante la Luz que allí se engendra. Así llegan a transformarse hasta el punto de no ser más que uno con esta misma Luz que ellos ven y por la que ven. De esta manera los hombres dados a la contemplación persiguen la Imagen eterna, modelo conforme al cual fueron creados, y contemplan a Dios y todas las cosas sin distinción, de una simple mirada en la Claridad divina.

Esta es la forma más noble de contemplación y la más provechosa a que se puede llegar en esta vida. En ella el hombre logra perfectamente ser libre y dueño de sí mismo. Puede crecer en la altura de su vida cada vez que amorosamente entra en la unidad por encima de todo lo que se pueda comprender. Queda libre y señor de sí en su vida interior y en la práctica de todas las virtudes. La mirada que él hunde en la luz divina lo mantiene por encima de todo ejercicio interior; trasciende toda virtud y todo mérito porque es la corona y recompensa a que aspiramos. Entonces la tenemos y poseemos en cierto modo porque la vida contemplativa es vida celestial. Si estuviésemos libres de este destierro seríamos más capaces en la medida de nuestro ser creado para recibir la Iluminación. La gloria de Dios podría penetrarnos mejor y más noblemente con sus rayos en todo nuestro ser.

Tal es el modo por encima de todos los modos, conforme al cual se sale de sí mismo para entregarse a la contemplación divina y abismarse de cara a la eternidad. Así se llega a la transformación en la divina Claridad.

Esta salida del hombre dado a la contemplación es salida de amor. Mediante el amor de fruición excede su ser creado para descubrir y gustar la felicidad que Dios es en sí mismo y que Él comunica sin cesar en el secreto del espíritu, donde el hombre se asimila a la nobleza de Cristo.

 

*BEATO JAN VAN RUUSBROEC

Del libro: Las bodas del alma (capítulo IV)

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Explicación de la Muerte Mística

Posted by pablofranciscomaurino en enero 29, 2011

Ideas clave para la interpretación del texto sobre la Muerte Mística*

 

–  Anhelo por alcanzar un momento ideal pleno y definitivo de felicidad

–  No en una acción: en el futuro

–  Continuos fracasos

–  El ser humano puede devolver todo su ser amorosamente al ser infinito de Dios de donde saliera para dormirse en el conocimiento infinito de la esencia originaria

–  Para realizar ese nexo maravilloso nació el hombre

–  La más terrible y grande negatividad se convierte en la máxima y suprema positividad

–  Hace uno de dos que jamás fueron estrictamente dos

–  Todo está consumado: el ser, la acción, el saber, el amor (para retornar a la fuente del amor, su principio emanador)

–  Se puede dar antes del momento último de la vida (la muerte física), cuando con libertad amorosa decide ofrendarse a Dios

–  Es Dios quien refluye de su existencia fuera de Sí a la existencia dentro de Sí

–  Es un nuevo impulso de amor que produce el retorno al principio

–  Es la unión entre el «en Sí» y el «fuera de Sí» de la esencia divina, que lleva a vivir una existencia, la más parecida, al vivir divino–humano de Jesús

–  Este morir oblativo «fuera de Sí» que retorna al primitivo «ser en Sí» separable del acto final de la vida que es el morir es la muerte mística

 

El morir de Jesús

–  La encarnación: «Me has preparado un cuerpo» (Hb 10, 5)

–  Aceptado amorosamente por el Verbo, este designio lo puso en estado de ofrecer a la Trinidad algo que de ella procedía, sin ser la misma Trinidad: la creación material concentrada en su totalidad en el hombre

–  Aunque este es el sacrificio único de su muerte —Jesús es cabeza de todos los hombres— es un sacrificio renovable, explicitable y actualizable: la celebración de la Eucaristía es la dimensión social de esa renovación, explicitación y actualización

–  Y es renovable, explicitable y actualizable por la unión de nuestro propio sacrificio al suyo: cada hombre puede igualmente repetir anticipadamente el ofrecimiento de su propia muerte antes de que suceda como amorosa oblación al modo de Jesús

–  Para resucitar con Cristo a una vida nueva, como un hombre nuevo

 

La muerte mística

–  Retorno a la nada creatural (n – T)

–  Renuncia al propio querer por el querer de Dios: la santa indiferencia

–  Renuncia al autoafianzamiento para llegar el abandono total

–  El puro amor

–  Morir con Cristo

 

Religiosos:

1. Pobreza

2.    Castidad

3.    Obediencia

4.    Silencio

5.    Humildad

6.    Caridad

7.     Mortificación

 

 * El texto se encuantra en este mismo blog , y se cree que fue escrito por san Pablo de la Cruz

  

 

 

 

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Ciclo C, Bautismo del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2010

El consuelo del Señor

 Las lecturas que se recomiendan para este año C nos hablan de una sensación de consuelo muy grande. Efectivamente, en el capítulo 40 del Profeta Isaías se oye a nuestro Dios gritar:

Consuelen, consuelen a mi pueblo. Hablen a la Iglesia, hablen a su corazón, y díganle que su jornada ha terminado, que ha sido pagada su culpa.

Y es que, según escribió san Pablo a Tito, la generosidad del Dios Salvador acaba de manifestarse a todos los hombres. Ahora nos queda aguardar la feliz esperanza, la manifestación gloriosa de nuestro magnífico Dios y Salvador, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todo pecado y purificar a un pueblo que fuera suyo, dedicado a toda obra buena. Pero se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres; no se fijó en lo bueno que hubiéramos hecho, sino que tuvo misericordia de nosotros y nos salvó.

Ese derroche de amor comenzó con un Bautismo: el día que fue bautizado también Jesús entre el pueblo que venía a recibir el bautismo de Juan. Y mientras estaba en oración, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre Él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.»

En el Bautismo, volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo que Dios derramó sobre nosotros por Cristo Jesús, nuestro Salvador. Habiendo sido reformados por gracia, esperamos ahora nuestra herencia, la vida eterna.

Pero también en la primera lectura hay una voz que clama: Abran el camino a Dios en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.

Para lograr esto, para ver estas maravillas, el Apóstol nos enseña el camino: rechazar la vida sin Dios y las codicias mundanas, y viviendo en el mundo presente como seres responsables, justos y que sirven a Dios.

   

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