Hacia la unión con Dios

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La furia de la naturaleza, ¿ira de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 23, 2011

 

A Dios lo invocamos en los problemas, cuando nos falta dinero, para conseguir novio o novia, cuando compramos loterías, para conseguir trabajo… y en las tragedias. El resto del tiempo con frecuencia nos olvidamos de Dios, y vivimos como ateos: actuamos como si Dios no existiera, hablamos como si Dios no existiera (¡qué palabrotas!) y hasta pensamos como si Dios no existiera.

Pero resulta bastante curioso observar la actitud de la gente cuando, por ejemplo, hay un terremoto:

–Estaba predicho en las apariciones de la Virgen. No hay nada qué hacer.

–¡Nostradamus!

–¡Dios mío: perdóname!

–¡Dios mío: perdónanos!

–¡Es un castigo divino!

–Es que, aunque usted no lo crea, ya está cerca el fin del mundo.

–¡Claro! Es que en esa ciudad hay mucho pecado.

–Y, además, eso está llena de sectas satánicas.

(No sigo, porque las demás frases son más fuertes)

Quizá aquí no solo está presente la ignorancia en lo religioso sino en lo que la ciencia ha descubierto. Veamos algunos aspectos:

Los científicos han llegado a la conclusión de que el comienzo del universo se dio entre los 15,000 y los 18,000 millones de años antes de Cristo (A de C), aunque en los últimos años algunos tienen la tendencia a hablar de valores un poco menores.

El Creador le dio el ser al universo de modo que funcionara bajo ciertos parámetros determinados, uno de los cuales es el azar.

La tierra, una nebulosa inicialmente, se condensó unos 4,500 millones de años A de C. Fuego vomitado por volcanes primero, y luego, un enfriamiento paulatino que, con la presencia de agua, fueron el «caldo de cultivo» para la aparición de la vida unicelular.

Y, ¿cómo evolucionó la vida?

La evolución no es un proceso lógico con intenciones u objetivos a largo plazo, como puede ser el perfeccionamiento o cualquier cosa por el estilo. Es algo que sencillamente sucede, de forma impredecible, a un ritmo variable y de modo inconsistente. Esto es el concepto del azar, del que se hablaba anteriormente, y que constituye una de las reglas de la evolución de las especies.

Si lo ponemos de una manera gráfica para comprenderlo mejor, habría que decir que es como si el Creador hubiese puesto a girar un trompo, como lo haría un niño, con la diferencia de que el niño puede despreocuparse de la suerte del trompo, mientras que Dios permanece siempre al lado de los seres vivientes, respetando la condición propia de su actividad (que en el hombre es libre), pero pendiente de su suerte e interviniendo para su bien, especialmente cuando solicita su ayuda.

Aunque Dios no ha abandonado a su creación, y a pesar de que está al tanto de los acontecimientos e interviniendo en la historia, ha dejado que el azar sea una de las reglas del devenir universal y humano.

Así se producen, según los científicos que aceptan la teoría de la evolución, la extinción de las especies y la formación de nuevas especies.

Pero hubo 3 momentos especiales en la historia del universo en los que se hizo evidente la participación de Dios:

1)  La creación del cosmos, hace entre 18.000 y 15.000 millones de años;

2)  la creación de la vida, hace unos 3.500 millones de años y

3)  la creación del ser humano, hace unos 100.000 años.

Como se lee, no fue un paso de la evolución, fue una creación; y crear es, producir algo de la nada.

Estos 3 pasos no tienen explicación científica ni natural, pero sí sobrenatural. Es claro que la Biblia está dándole la razón a la ciencia, y viceversa.

En lo demás, Dios frecuentemente no quiere intervenir, puesto que echaría hacia atrás sus creaciones, como la regla del azar.

Así que mantener en la mente la idea del azar en la historia de la vida y, obviamente, en la del ser humano es sabio: nuestra vida es una aventura.

Aventura, porque no sabemos cuándo moriremos.

Aventura, porque no sabemos los acontecimientos que el futuro nos depara.

Aventura, porque la vida de los seres queridos no está comprada.

Aventura, porque no dominamos todavía las fuerzas de la naturaleza: ni siquiera podemos precisar el advenimiento los terremotos, los huracanes, los maremotos, la caída de los meteoritos…

Aventura, porque siempre estamos en peligro de perecer o de accidentarnos.

Aventura, porque no sabemos siquiera si seremos felices…

Podemos llegar a tener suerte, triunfos, alegrías, metas logradas, hijos, nietos… y, muchas veces, no lo sabemos todavía.

En fin, ¡son tantas las cosas buenas o malas que pueden pasar!…

Esta actitud de ver la vida como una aventura es sabia también, porque es natural. ¡Y también es de Dios, puesto que Él nos hizo e hizo el ecosistema en que vivimos!

Al mismo tiempo, Dios tiene previsto que seamos felices, que cada uno de los hombres sea feliz. Con esa finalidad nos dio la vida.

Entonces, ¿por qué permite que nos sucedan estas tragedias? ¿Cuál es el porqué del dolor humano?

Veamos: para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y cuanto más se exprima, más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir bebiendo únicamente agua mineral sólo unos pocos días: es necesario que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio… en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se “quema las pestañas” frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la “final”…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro “yo”, para que aparezca el “tú”: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Es el dolor el que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es el dolor el que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es el dolor el que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es el dolor el que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían, como está sucediendo en el mundo entero para auxiliar a los habitantes del eje cafetero colombiano.

Además, es el dolor el que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, debemos permitir que nuestros hijos sufran para que aprendan a vivir.

 

 

 

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