Hacia la unión con Dios

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ʽLa ciencia hincha, sólo el amor edificaʼ

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2018

Estas palabras de san Pablo en 1Co 8, 1, expresan lo que está ocurriendo con tanta frecuencia hoy: algunos católicos, asumiendo la responsabilidad que tienen, han acogido la invitación que hace la Iglesia de formarse estudiando la doctrina que enseña el Magisterio y que son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias

  • Documentos eclesiales

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Catecismo

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Infortunadamente, muchos olvidan que, además de la doctrina, es necesario que la persona también estudie y —sobre todo— que viva la teología espiritual, que enseña todo lo que se relaciona con la ascética y la mística:

La ascética es el proceso purificador del alma, en el que predomina la voluntad del creyente por acercarse a la perfección y la iluminación.

La mística es la unión con la divinidad: una vez alcanzado el estado de pureza, el paso siguiente es el abandono absoluto de lo terrenal en espera de la unión con Dios.

La teología espiritual, también llamada espiritualidad, es aquella parte de  la teología católica que, a partir de los datos revelados y de la experiencia espiritual de los santos, indaga la vida espiritual: su concepto, los modos de progreso desde los inicios hasta la cumbre de la perfección mística.

Pero el objeto de la teología espiritual es la misma vida espiritual y la santidad: se explican los principios (que contienen elementos más especulativos) y las “tres vías” que muestran el camino de ascenso a la santidad desde un punto de vista más práctico. Se presentan las fuentes de la vida interior y su finalidad, la purificación del alma, los progresos del alma, la unión de las almas perfectas con Dios y las gracias extraordinarias. Se describen los principios fundamentales de la vida cristiana, el organismo sobrenatural y la perfección cristiana, el desarrollo normal de la vida cristiana y los fenómenos místicos extraordinarios. Para ello, se examinan los modos de oración y la intensidad recomendada para cada persona en el estado y etapa espiritual en el que se encuentra y se explica todo lo que concierne a la dirección espiritual y al discernimiento de los espíritus.

Por todo lo dicho, la Iglesia siempre ha enseñado que, para alcanzar el fin para el cual fue creado, todo bautizado debería no solo estudiar la doctrina, sino vivir la espiritualidad —la ascética y la mística—, para llegar a la santidad, a la unión con Dios.

Así, podemos afirmar que quienes ponen los medios para vivir una sólida vida espiritual, en busca de la santidad, sin preocuparse por formarse doctrinalmente, podrán equivocarse en conceptos y hasta podrían errar moralmente (aunque su interés en la santidad los librará con frecuencia de este defecto).

Por el contrario, quienes estudian la doctrina del Magisterio eclesial, sin ocuparse debidamente en su santidad, difícilmente se equivocarán en conceptos doctrinales, pero se quedarán cortos en su camino hacia la santidad, que es mucho más importante que el conocimiento, como se puede ver a continuación.

Jesucristo dejó perfectamente claro que todos debemos buscar —con la gracia de Dios—, la santidad, la perfección:

Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 48)

El primer Papa, san Pedro, también lo mandó:

Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos. (1P 1, 15)

Y lo reiteró:

Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy Yo. (1P 1, 16)

Lo mismo enseñó san Pablo, el otro pilar de la Iglesia:

Nos ha elegido en Él, antes de la fundación del Mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. (Ef 1, 4)

…para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él. (Col 1, 22)

Y nos impulsa a conseguirlo:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados… (Col 3, 12)

A veces, como Jesús, usa la palabra: “Perfección”, en vez de: “Santidad”:

Para que os mantengáis perfectos. (Col 4, 12)

Hasta cuando dirige cartas a sus destinatarios los llama con ese nombre:

A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación. (Rm 1, 7)

El apóstol Santiago también nos impulsa a esa perfección:

La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros. (St 1, 4)

Esa doctrina no es solamente neotestamentaria. Desde el Antiguo Testamento se enseñaba:

Habla a toda la comunidad de los Israelitas y diles: Sed santos, porque Yo, vuestro Dios, soy santo. (Lv 19, 2)

Santificaos y sed santos. (Lv 20, 7)

Sed, pues, santos para Mí, pues yo soy santo. (Lv 20, 26)

Santos han de ser para su Dios. (Lv 21, 6)

Santificaos y sed santos, pues Yo soy santo. (Lv 11, 44)

Reiterándolo versículo a versículo:

Sed, pues santos, porque Yo soy santo. (Lv 11, 45)

Y todo esto lo enseñaron los Padres de la Iglesia:

“La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

Asimismo lo enseña nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica:

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” […] Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014)

Y los santos lo expresan sencillamente como Amor:

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

Tal y como lo enseñaron ella y tantos otros santos y también la Iglesia (ver cita anterior: LG 40), la santidad, la perfección del ser humano, consiste en la plenitud del amor, en la unión con el Amor, es amar con el Amor de Dios, es el Amor mismo.

Se puede concluir que es mucho más importante ser santos que sabios: es más importante la unión de Amor con el Dios–Amor que saber todo lo de Dios.

Además, existe un peligro inmenso para quienes concentran sus esfuerzos en el conocimiento, y dejan de lado su unión con Dios, su santidad: la soberbia. La historia lo ha demostrado: son innumerables las personas que se llenaron de conocimiento y cayeron en la tentación de la vanagloria y pretendieron desde entonces reducir todas las cosas espirituales a lo racional: si algo espiritual no se ajusta a sus conocimientos doctrinales, lo rechazan o lo ponen en duda. No se dan cuenta que Dios está muy por encima de la capacidad racional del ser humano y que su acción en el alma no puede ser interpretada o condicionada por el intelecto de unas simples criaturas. Tampoco advierten que el espíritu tiene sus propias leyes operativas, distintas e infinitamente más altas que las del raciocinio humano, que son inefables, inalcanzables, siempre un misterio, sobre todo tras la caída original, por la que el ser humano quedó tan falible, desvalido e incapacitado para amar con el Amor de Dios.

Algunos de ellos han llegado hasta el atrevimiento de cuestionar al Santo Padre, a la Iglesia, al Espíritu Santo. Es por eso que san Pablo escribió esa frase que intitula el presente artículo:

La ciencia hincha, solo el amor edifica. (1Co 8,1)

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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Por qué tan pocos llegan a la perfecta unión con Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2011

No es Dios quien quiere que haya pocos espíritus perfectos; Él querría más bien que todos lo fueran. Lo que ocurre es que encuentra pocos que sean capaces de recibir esa acción espiritual tan alta y tan sublime: como primero los prueba en pequeñas cosas, y huyen (no queriendo ni aceptando sufrir el menor desconsuelo y mortificación), no los nota lo suficientemente fuertes ni fieles en lo poco que les da cuando comienza a desbastar y labrar en ellos la estatua de la santidad, se da cuenta de que serán mucho más débiles para recibir lo más noble y elevado; por eso no continúa purificándolos ni levantándolos del polvo de la tierra a través de la mortificación, para la cual es menester mayor constancia y fortaleza de la que ellos muestran.

Efectivamente, hay muchos que desean pasar adelante, a los goces y deleites espirituales de la divina unión, y con gran insistencia piden a Dios que los lleve a este estado de perfección, pero cuando Dios los quiere comenzar a hacer pasar por los primeros esfuerzos y mortificaciones —porque es necesario—, ellos no quieren, y quitan el cuer­po, huyendo del camino angosto de la vida (Mt 7, 14), buscando el ancho de su consuelo, que es el de su perdi­ción (Jb 7, 13), y así no le dan lugar a Dios para recibir lo que le piden, cuando él se lo comienza a dar.

Es más: muchos ni siquiera quieren comen­zar a entrar en este camino angosto, en el que se sufre casi lo mismo que se suele sufrir en la vida. Se les puede decir a éstos aquello que dijo Jeremías (12, 5): Si te agotas corriendo con los que van a pie, ¿cómo podrías competir con los caballos?, lo cual es como si dijera: Si con los trabajos que ordinaria y humanamente le toca realizar a todos los seres humanos tú te cansas tanto, ¿cómo podrías igualar al caballo, para el que se requiere mayor fuerza y velocidad? Si tú no has querido dejar de conservar tus gustos, seguridades y complacencias espirituales, no sé cómo querrás entrar en las impetuosas aguas de tribulaciones y trabajos del espíritu, que son más profundos.

¡Oh almas que quieren estar seguras y conso­ladas en las cosas del espíritu! Si supieran cuánto les conviene padecer sufriendo para llegar a la auténtica seguridad y al auténtico consuelo, y cómo no se puede llegar a lo que el alma más desea sin padecer, de ninguna manera buscarían consuelo ni de Dios ni de las criaturas; más bien llevarían la cruz, y, clavados en ella, querrían beber allí la hiel y el vinagre puro, y lo harían con gran dicha, viendo cómo, muriendo así al mundo y a ustedes mismas, vivirían en Dios los verdaderos deleites del espíritu y, sufriendo con paciencia y fidelidad lo poco en lo exterior, merecerían que Dios pusiera los ojos en ustedes para purgarlos y limpiarlos por algunos trabajos espirituales más interiores, para darles lo mucho: los bienes más interiores.

Muchos servicios han de haber hecho a Dios, mucha paciencia y constancia han de haber tenido por Él, y su vida y obras han de haber sido muy gratas a Él, aquellos a quienes les hace el tan hermoso regalo de tentarlos más interiormente, para hacerlos aventajados en dones y mere­cimientos, como lo hizo en el santo Tobías (Tb 12, 13), a quien dijo el arcángel san Rafael: Yo fui enviado para ponerte a prueba, es decir: Por haber sido grato a Dios, Él te hizo el regalo de enviarte la tenta­ción, con la que te probó más, para engrandecerte más. Y así, todo lo que le quedó de vida después de aquella tentación fue gozo, como dice la Escritura divina (14, 4). Ni más ni menos vemos en el santo Job que Dios aceptó sus obras, y por eso le hizo el regalo de enviarle aquellos grandes sufrimientos para engrandecerlo después mucho más, como lo hizo multiplicando sus bienes tanto en lo espiritual como también en lo temporal (Jb 1, 2; 42, 12).

San Juan de la Cruz,  Llama de amor viva, 2, 5, 27-28

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La necesaria purificación para recibir al Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2011

Como la llama del Amor de Dios —el Espíritu Santo— es amplísima e inmensa, cuando toca a la persona, cuya voluntad es estrecha y angosta, ella siente esa estrechura y angostura suya, hasta que, de tanto quemarla, la dilate y la ensanche, haciéndola capaz de Dios.

Esta llama es sabrosa y dulce, pero la persona tiene el paladar de su espíritu incapaz de esa sabrosura y dulzura por los apetitos desordenados; por esto la siente desabrida y amarga, y no puede gustar del dulce manjar del amor de Dios. Además, a pesar de sentirse cerca de esta amplísima y sabrosísima llama, no siente su sabor, sino su miseria, que es lo único que tiene en sí misma.

Esta llama también es de inmensas rique­zas y deleites, y la persona por sí misma es pobrísima y no tiene bien ninguno ni alguna cosa de qué satisfacerse; por eso, aunque conoce y siente cla­ramente sus miserias, su pobreza y su malicia, al verlas cerca de las riquezas, la bondad y los deleites de la llama, no los puede reconocer, porque la malicia no comprende a la bondad, ni los deleites bajos a los sublimes, sino hasta que esta llama acabe de purificar al alma y con su transformación la enriquezca, la glorifique y la deleite.

De esta manera, se puede decir que pelean en el alma dos fuerzas opuestas: Dios —que es todas las perfecciones en sí mismo— contra todos los hábitos imperfectos que hay en ella; Dios gana esa batalla transformando al alma en sí mismo, suavizándola, pacificándola y esclareciéndola. Y así, purificada el alma, se dispone, se hace apta, capaz de Dios, de sus altísimas delicias.

* San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 1ª, verso 4, 23

 

 

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Ciclo C, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2010

‘Sólo una cosa es necesaria’

 

Después de afirmar Jesús que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Como se deduce fácilmente, son dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.

La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, ya lo sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?

Es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.

La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: «Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas». Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico.

En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la figura de este mundo, el mundo que pasa.

Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.

Es más, incluso ahora, aquí en la tierra, se pueden pregustar las maravillas del Cielo, por una renovación interior: «Los que ya fueron iluminados probaron el don sobrenatural, recibieron el Espíritu Santo y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro». (Hb 6, 4-5)

¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo esta unión realiza al ser humano.

Es lo que hoy llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es dejar que Él se nos comunique. Experiencia mística que es imposible sin la oración: lo que hacía María, la parte mejor.

¿Cuánto oramos? ¿Cuánto invertimos diariamente en nuestra felicidad?

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El matrimonio espiritual*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 18, 2010

 

X  Los sufrimientos de la noche oscura son una participación en la Pasión de Cristo y, principalmente, en el tormento principal de la misma: el abandono de Dios.

X  ¿Pero qué angustia humana, por más dolorosa que sea podrá medirse con la de la Pasión de Cristo, quien durante toda su vida gozó de la visión beatífica, hasta que por propia y libre decisión se privó de este gozo la noche de Getsemaní?

X  Solamente Él, el único que la sufrió, puede ser capaz de dar a probar algo de ella a los que para esa gracia tiene destinados, en la intimidad de la unión que se realiza en el matrimonio espiritual.

X  Un verdadero conocimiento experimental del mal y de su radical oposición al bien únicamente podían los hombres adquirir, obrando el mal, haciéndolo.

Pues bien, el alma unida a Cristo llega por la participación en la Pasión del Crucificado (es decir, en la noche oscura de la contemplación) al «conocimiento del bien y del mal», adquiriendo experiencia de su fuerza redentora.

Siempre se insiste, en efecto, de una forma y de otra en que el alma se purifica precisamente mediante ese padecer agudísimo y vivísimo, causado por el propio conocimiento (como reconocimiento de la propia íntima condición pecadora).

X  La unión mística hay que concebirla también como una participación en la Encarnación: es tal la junta de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que el alma unida en matrimonio espiritual con Dios parece Dios; es parecida la unión de las dos naturalezas de Cristo en la unión hipostática: en el matrimonio místico entran en contacto y se unen dos personas, manteniendo su dualidad. Pero también mediante la mutua entrega surge una unión que se parece y acerca a la hipostática. Ella abre las almas a la infusión de la gracia divina, y por la absoluta y total sumisión de la propia voluntad a la divina, el Señor queda con las manos libres para poder disponer de tales almas como si fueran miembros de su propio cuerpo. Ya no viven su propia vida sino la de Cristo, ya no sufren su propia pasión sino la Pasión de Cristo.

X  El alma que ha llegado al matrimonio espiritual está en el más alto grado de amor.

X  Así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma, o mejor, el alma se transforma en Dios, según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales: según el entendimiento bebe sabiduría y ciencia, según la voluntad bebe amor suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de gloria.

X  Bebida de altísima sabiduría de Dios que la hace olvidar todas las cosas del mundo, y le parece al alma que lo que antes sabía y aun lo que sabe todo el mundo, en comparación de aquel saber, es pura ignorancia…

X  Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era el mal; porque está tan inocente que no entiende el mal ni juzga nada mal.

X  Las noticias y formas particulares de las cosas y actos imaginarios y cualquier otra aprensión que tenga forma y figura, todo lo pierde e ignora en aquel absorbimiento de amor, porque como actualmente queda absorta y embebida el alma en aquella bebida de amor, no puede estar en otra cosa actualmente, porque aquella transformación en Dios de tal manera la conforma con la sencillez y pureza de Dios (en la cual no cae forma ni figura imaginaria), que la deja limpia y pura y vacía de todas las formas y figuras que antes tenía.

X  Antes de que el alma entre en este estado de perfección, por más espiritual que sea, al entendimiento suele quedarle algo de sus antiguas ganas de saber; la voluntad se deja llevar de algunos gustillos y apetitos propios, todavía le apetece poseer algunas cosillas, guarda asimientos y preferencias, busca la estima de los demás y tiene puntillos de honra, tocante a comida y bebida gusta más de esto que de aquello, es presa de cuidados impertinentes, de variedad de gozos, dolores, esperanzas y temores.

Todo esto sucede hasta que, entrándose a beber en esta bodega interior, lo pierde todo, quedándose hecha toda amor.

X  En el matrimonio espiritual Dios le descubre sus secretos como amigo y le comunica la ciencia sabrosa de la teología mística, la ciencia secreta de Dios. Ella, a su vez, se entrega a Dios con entrega total, quiere ser toda suya y no tener ya más en sí cosa que no sea de Él.

Y como Dios ha quitado de ella todo lo que podía atar su corazón, puede entregarse no solo según la voluntad, sino de hecho absolutamente sin reservarse nada. Ni primeros movimientos siente ya levantarse contra lo que sea voluntad de Dios. No sabe otra cosa sino amar y andar siempre en deleites de amor con el Esposo.

Ha llegado ya a aquel estado, cuya forma y ser es el amor. Ella todo es amor, si así se puede decir, y todas sus acciones son amor, y todas sus potencias y caudal de su alma emplea en amar. Como el alma ve que su Amado nada aprecia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí es que desando ella servirlo perfectamente, todo lo emplea en amor puro de Dios…

X  Como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer Dios que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que lo ame, porque la propiedad del amor es igualar al alma que ama con la cosa amada. De ahí que el alma aquí tiene perfecto amor, por eso se llama esposa del Hijo de Dios, lo cual significa igualdad con Él, igualdad en la cual todas las cosas de los dos son comunes a ambos.

X  Tan natural le es a ella trabajar por Él y por su honra, que muchas veces lo hace sin pensarlo y sin darse cuenta de que está trabajando para Dios. Todos los hábitos de imperfección que tenía: hábito de hablar cosas inútiles y de pensarlas y obrarlas, sin mirar en ello a la mayor perfección del alma, cumplimientos, procurar parecer bien, etc.; todos estos oficios u ocupaciones los ha dejado ya.

X  Ya no tiene otro ejercicio o empleo que el de amar. Todas sus facultades se mueven ya por el amor y en el amor.

X  Ante Dios más valor tiene un poquito de este puro amor y más provecho a la Iglesia, aunque parezca que no hace nada, que muchas otras obras juntas.

X  Si el mundo da por perdida a un alma que no quiere saber nada de sus cosas y pasatiempos, ella acepta de buena gana tal imputación o murmuración. Lo confiesa espontánea y resueltamente: «Sí, me hice perdidiza, pero fui ganada». Ganada para Dios, porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios.

X  El alma reconoce que sin mérito de su parte Dios le ha hecho grandísimas mercedes y todo lo atribuye, no a sí sino a Dios. Si ha hallado gracia a los ojos del Esposo divino, todo ha sido efecto de la mirada amorosa de éste, que con su gracia la ha dejado tan hermosa que ha merecido ser amada del modo más tierno por Él.

X  Dios no puede amar cosa fuera de Sí. Por eso, amar Dios al alma es meterla en cierta manera en Sí mismo igualándola consigo, y así ama al alma en Sí, consigo, con el mismo amor con que Él se ama, y por eso en cada obra, por cuanto la hace por Dios, merece el alma el amor de Dios. Merece al mismo Dios.

X  El recuerdo de su primer estado feo y vergonzoso le sirve para gozarse aún más en la compañía de su Esposo divino.

X  Cuando Dios ve al alma graciosa en sus ojos, mucho se mueve a hacerle más gracia, por cuanto en ella mora bien agradado. De manera que, si antes de que estuviese en su gracia, por Sí solo la amaba, ahora que ya está en su gracia no solo la ama por Sí, sino también por ella; y así enamorado de su hermosura siempre le va Él comunicando más amor y gracia, y como la va honrando y engrandeciendo más, siempre se va prendado y enamorado más de ella. ¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un alma cuando da en agradarse de ella? No hay cómo poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién es Él.

X  Esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual, hacer Dios en ella y comunicársele por Sí solo, no por medio de ángeles ni por medio de habilidad natural.

X  A medida que crece el amor crece también y se hace más intenso el deseo de entender clara y desnudamente las verdades divinas y de adentrarse más y más en los abismos de los incomprensibles juicios y misterios divinos, y a trueque de esto le sería grande consuelo y alegría encontrar por todos los aprietos y trabajos del mundo, por dificultoso y penoso que fuese.

X  El alma desea entrar en multitud de trabajos y tribulaciones, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios. Porque el mas puro padecer trae más íntimo y puro entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto no contentándose con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios».

X  ¡Oh, si se acabase de entender cómo se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, si no es entrando en la espesura del padecer!

X  A esta visión divina predestinó Dios al alma desde la eternidad. Pero es algo que «ningún ojo lo vio, ningún oído lo oyó ni cayó en corazón de hombre» (1Co 2, 9; Is 64, 3). Pero lo que de ella llega a barruntar el alma es algo tan grande, que para expresarlo no hay otra palabra que «aquello».

X  No es posible dar una explicación de este misterioso «aquello». El Señor se refirió a él por medio de siete distintas expresiones y comparaciones en el Apocalipsis.

«Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraíso de mi Dios» (2, 7).

«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2, 10c).

«Al que venciere le daré el maná escondido y le pondré una piedrecilla blanca y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo que nadie lo sabe sino el que lo recibe» (2, 17b-c).

«Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin le daré potestad sobre las gentes, y las regirá con vara de hierro y como un vaso de barro se desmenuzarán, así como Yo también la he recibido de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana» (2, 26-28)

«El vencedor será revestido de vestiduras, yo no borraré jamás su nombre del libro de la vida y reconoceré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles» (3, 5)

«Al que venciere lo haré columna del templo de mi Dios y no saldrá fuera ya jamás, y escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la Jerusalén nueva, la que desciende del Cielo de mi Dios, y también Mi nombre nuevo» (3,12).

«Al vencedor lo sentaré conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido y me he sentado con mi Padre en su Trono» (3, 21)

Hasta aquí son palabras del Hijo de Dios para dar a entender «aquello», y es que lo inefable no se deja encerrar en palabras humanas.

* Doctrina de san Juan de la Cruz, por santa Teresa Benedicta de la Cruz

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Vida activa o contemplativa*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2009

Vida activa o contemplativa

según el Cántico espiritual

 de San Juan de la Cruz

 

 

CANCIÓN 28

 

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

pues ya sólo amar es mi ejercicio.

 

DECLARACIÓN

 

2. En la canción pasada ha dicho la persona, es decir, la esposa, que se dio toda al Esposo sin dejar nada para sí: En esta dice la manera como lo cumple, afirmando que ya está su alma empleada en cuerpo y potencias y toda su habilidad, ya no en las cosas en general, sino en las que son para el servicio de su Esposo; y que por eso ya no anda buscando su propio provecho o ganancia, ni anda tras sus gustos, ni tampoco se ocupa en otras cosas y tratos extraños y ajenos de Dios; y que aun con el mismo Dios ya no tiene otro estilo ni manera de trato sino ejercicio de amor, por cuanto ha ya trocado y mudado todo su primer trato en amor, según ahora se dirá.

 

Mi alma se ha empleado.

 

3. Da a entender la entrega que de sí mismo hizo al Amado en aquella unión de amor, donde quedó ya su alma con todas al potencias —entendimiento, voluntad y memoria— dedicada y mancipada [sujetada, hecha esclava] a su servicio, empleando el entendimiento en entender las cosas que son más para su servicio para hacerlas, y su voluntad en amar todo lo que a Dios agrada y en todas las cosas aficionar la voluntad a Dios, y la memoria en el cuidado de lo que es para su servicio y lo que más le ha de agradar. Y dice más:

 

Y todo mi caudal en su servicio.

 

4. Por todo su caudal entiende aquí todo lo que pertenece a la parte sensitiva de la persona, en la cual se incluye el cuerpo con todos sus sentidos y potencias, así interiores como exteriores, y toda la habilidad natural: las cuatro pasiones —gozo, esperanza, temor y dolor—, los apetitos naturales y el demás caudal del alma. Todo, dice, está ya empleado en servicio de su Amado, y también la parte racional y espiritual del alma. Porque ya todo lo trata según Dios, rige y gobierna los sentidos interiores y exteriores enderezando a Él sus operaciones y tiene ceñidas también a Dios las cuatro pasiones del alma: no se goza sino de Dios, ni tiene esperanza en otra cosa que en Dios, ni teme sino sólo a Dios, ni se duele sino según Dios; y también todos sus apetitos y cuidados van sólo a Dios.

 

5. Y todo este caudal está ya empleado y enderezado hacia Dios de tal manera que (aun sin que lo advierta del alma), en los primeros movimientos se inclina a obrar en Dios y por Dios; porque el entendimiento, la voluntad y memoria se van pronto a Dios, y los afectos, los sentidos, los deseos y apetitos, la esperanza, el gozo y también todo el caudal se inclina rápidamente a Dios, aunque, como digo, no advierta el alma que obra por Dios. De ahí que muy frecuentemente obra por Dios, y entien­de en Él y en sus cosas, sin pensar ni acordarse que lo hace por Él, porque el hábito de proceder en esta manera ya la hace carecer de la advertencia y hasta de los actos fervorosos que solía tener al princi­pio. Y por eso dice:

 

Ya no guardo ganado.

 

6. Que es tanto como decir: ya no ando tras mis gustos y apetitos, porque, habiéndolos dado a Dios, ya no los guarda para mí. Y no sólo dice que ya no guarda este ganado, esta ganancia, sino que dice más aún:

 

Ni ya tengo otro oficio.

 

7. Muchos oficios no provecho­sos suele tener el alma antes de llegar a hacer esta donación y entrega de sí y de su caudal al Amado, con los cuales procuraba servir a su propio apetito y al de otros. Porque cuantos hábitos imperfectos tenía, tantos oficios podemos decir que tenía; como hablar cosas inútiles, y pen­sarlas y obrarlas también, no usando de esto conforme a la perfección del alma; también suele tener otros apetitos desordenados como buscar ostentaciones, cum­plimientos, adulaciones, respetos, procurar parecer bien y dar gusto con sus cosas a la gente, y otras cosas muchas inútiles con que procura agradar a la gente, empleando en ella todos sus cuidados y el apetito y la obra, y finalmente hasta el caudal de su alma. Todos estos oficios dice que ya no los tiene, porque ya todas sus palabras y sus pensamientos y obras son de Dios y enderezadas a Dios, no llevando ellas las imperfecciones que solían tener. Y así, es como si dijera: ya no ando buscando dar gusto a mi apetito ni al ajeno, ni me ocupo ni entretengo en otros pasatiempos inútiles ni en cosas del mundo,

 

pues ya sólo amar es mi ejercicio.

 

8. Como si dijera que ya todos estos oficios están puestos en ejercicio de amor de Dios: qua toda la habilidad de mi alma y cuerpo, memoria, entendimiento y voluntad, sentidos interiores y exteriores y apetitos de la parte sensitiva y espiritual, todo se mueve por amor y en el amor, haciendo todo lo que hago con amor y padeciendo todo lo que padezco con sabor de amor. Esto mismo quiso dar a entender David cuando dijo: Mi fortaleza guardaré para ti (Sal 58, 10).

 

9. Aquí es de notar que, cuando el alma llega a este estado, todo el ejercicio de la parte espiritual y de la parte sensitiva, sea en hacer o en padecer, de cualquier manera que sea, siempre le causa más amor y regalo [gusto o complacencia] en Dios, como hemos dicho; y hasta el mismo ejercicio de oración y trato con Dios que antes solía tener en otras consideraciones y modos, ya todo es ejercicio de amor. De manera que sea su trato acerca de lo tem­poral o de lo espiritual, siem­pre puede decir esta tal alma: ya sólo amar es mi ejercicio.

 

10. ¡Dichosa vida, y dichoso estado, y dichosa el alma que a él llega!; allí todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite de desposorio, en que de veras puede la esposa decir al divino Esposo aquellas palabras que de puro amor le dice en los Cantares (7, 13): Todas las manzanas nuevas y viejas guardé para ti, que es como si dijera: Amado mío, todo lo áspero y trabajoso quiero por ti y todo lo suave y sabroso para ti.

 

Pero el acomodado sentido de este verso es decir que el alma en este estado de desposorio espiritual ordina­riamente anda en unión de amor de Dios, que es común y ordinaria asistencia de voluntad amorosa en Dios.

 

 

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

 

1. Verdaderamente esta alma ha perdido el apego a todas las cosas y sólo ha ganado en amor, no empleando ya el espíritu en otra cosa. Por lo cual, decae hasta a lo que es vida activa y otros ejercicios exteriores, por cumplir de veras con la única cosa sola es necesaria (Lc 10, 42), como que dijo el Esposo: la asistencia y continuo ejercicio de amor en Dios. Lo cual Él valora y estima tanto, que, así como reprendió a Marta (Lc 10, 41) porque quería apartar a María de sus pies por ocuparla en otras cosas activas en servicio del Señor (entendiendo que ella se lo hacía todo y que María no hacía nada, pues se estaba holgando [entreteniéndose con gusto] con el Señor, siendo ello muy al revés, pues no hay obra mejor ni más necesaria que el amor), así también en los Cantares (3, 5) defiende a la esposa, conjurando a todas las criaturas del mundo, las cuales se entienden allí por las hijas de Jerusalén, que no impidan a la Esposa el sueño espiritual de amor, ni la hagan velar, ni abrir los ojos a otra cosa hasta que ella quiera.

 

2. Aquí debe notarse que, en tanto que el alma no llega a este estado de unión de amor, le conviene ejercitar el amor así en la vida activa como en la contemplativa. Pero, cuando ya llega a él, no le es conveniente ocuparse en otras obras y ejercicios exteriores que le pueda impedir ni un poco aquella asistencia de amor en Dios, aunque sean de gran servicio de Dios, porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas. Que, por eso, María Magdalena, según dice la tradición, aunque con su predicación hacía gran provecho y lo va a hacer muy grande después, por el gran deseo que tenía de agradar a su Esposo y aprovechar a la Iglesia, se escondió en el desierto treinta años para entregarse de veras a este amor, pareciéndole que en todas maneras ganaría [le aprovecharía] mucho más de esta manera, por lo mucho que aprovecha e importa a la Iglesia un poquito de este amor.

 

3. De donde, cuando alguna persona tuviese algo de este grado de solitario amor, grande agravio se le hace, a ella y a la Iglesia, si, aunque fuese por poco espacio, la quisiesen ocupar en cosas exteriores o activas, aunque fuesen de mucha importancia. Porque, pues si el mismo Dios reprendió a Marta por impedir este amor, ¿quién se atreverá a hacerlo y quedará sin reprensión? Al fin y al cabo ¡fue para este amor que fuimos creados!

 

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan llegar al mundo entero con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios (incluso sin contar el buen ejemplo que de sí darían), si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alto grado como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas es­pirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios[1].

 

4. ¡Oh, cuánto se pudiera escribir aquí de esto!, mas no es de este lugar. Esto he dicho para dar a entender la siguiente canción; porque en ella el alma responde a todos aquellos que impugnan este santo ocio del alma y quieren que todo sea obrar, que se luzca y se hinche el ojo por fuera, no entendiendo ellos la vena y raíz oculta de donde nace el agua y se hace todo fruto.

 

 


[1] Las duras palabras del santo no condenan en sí la activi­dad apostólica, sino sus excesos, en particular el efectismo y la profesionalización al margen de la íntima y suprema motivación [la fuerza intrínseca divina], que debe presidir toda obra, como afirma en la última frase.

   

 

 

 

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Ayuno y abstinencia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Dicen los Pastores con su estribillo anual en el tiempo de Cuaresma: “El sentido del ayuno y la abstinencia no es el del masoquista, ni Dios quiere algo así; el auténtico sentido del ayuno y la abstinencia es el de ayudar a los necesitados con lo que nos ahorramos”.

Pero son pocos los que explican que el ayuno y la abstinencia tienen una finalidad expiatoria:  el dolor y arrepentimiento que se tiene de las malas acciones realizadas, el sentimiento de haber ejecutado algo que no se quisiera haber hecho, nos llevan a desear borrar las culpas, purificándonos de ellas por medio de algún sacrificio —por los méritos de Jesucristo— y a hacer el propósito de no pecar más.

El ayuno y la abstinencia tienen también un sentido ascético:  los ejercicios penosos con los que mortificamos nuestras pasiones y sentidos nos hacen quedar libres de toda atadura terrenal, de todo apego, purificándonos, y así podemos conseguir la perfección espiritual que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Y sabemos que esos sacrificios tienen esta utilidad si los unimos a los méritos de Jesucristo.

El sacrificio enriquece poderosamente la fuerza de la oración: la oración se avalora con el sacrificio, puesto que queda unida a los méritos de Jesucristo.

Estos actos de mortificación interior y exterior nos hacen crecer como seres humanos: nos llenan de virtudes que no tendríamos sin ellos.

Hacer ayuno y la abstinencia nos une efectivamente a Jesucristo, que nos dio ese ejemplo durante cuarenta días.

Con la penitencia se consuela a Jesús, que está viendo que el pecado todavía impera en muchas partes del mundo y que, por lo tanto, los hombres todavía no son conscientes de su dignidad de hijos de Dios.

El ayuno y la abstinencia son la mejor arma para la eficacia en las tareas apostólicas: con ellos preparó Jesús su vida pública.

¿Acaso dicen los Evangelios que Jesús hizo ese ayuno para ayudar económicamente a los pobres? El Espíritu Santo no inspiró a ningún evangelista a escribir esto.

Otra cosa es que el buen cristiano quiera practicar la caridad con el dinero que ahorra, especialmente cooperando con la campaña de la Comunicación cristiana de bienes,  que organiza cada año la Conferencia Episcopal, y que tanto bien hace; pero eso es una consecuencia, no la esencia del ayuno y la abstinencia.

 

 

 

 

 

 

 

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