Hacia la unión con Dios

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Los vicios capitales en la vida de oración*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2010

 

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[1].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. En cambio, los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero y luego usan los otros, porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

 San Juan de la Cruz


[1] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

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