Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Viernes Santo’

¿Cuántas veces se puede comulgar en un día?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 28, 2017

El Código de Derecho Canónico dice, en el códice nº 917:

«Quien ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe»

Esto significa, en buen romance, que los fieles pueden comulgar 2 veces al día, pero que quienes deseen recibir la comunión por segunda vez en el mismo día deben asistir a la celebración eucarística.

Por eso, aunque «se aconseja encarecidamente que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística» (Ídem, n° 918, que es un consejo, no una orden), todos los fieles pueden (y tienen el derecho) de recibir la primera comunión del día sin la obligatoriedad de asistir a Misa.

Esa es la razón por la que el Viernes Santo, tanto los sacerdotes celebrantes como el pueblo, pueden comulgar sin que haya habido una celebración eucarística; también es esa la razón por la que a los enfermos se les lleva la comunión a sus casas o a la habitación del hospital; finalmente, es por eso que se les da el viático a los moribundos.

La sagrada comunión no se le puede negar, como lo explicita el mismo Código de Derecho Canónico, n° 915, sino a las siguientes personas:

«los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave.»

Al negarles la sagrada comunión a quienes llegan tarde a la celebración, se los pondría en el mismo nivel de los mencionados en este códice.

 

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La Semana Santa, ¿semana mayor para los laicos?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 22, 2013

En una encuesta hecha a laicos de toda la nación se desvelaron muchos aspectos concernientes a la Fe, dentro de los cuales se destacan, a continuación, los relativos a la liturgia.

La mayoría de los encuestados criticó por monótona la liturgia de la Semana Santa, aduciendo, para ello, que las ceremonias son muy largas (“especialmente el sermón”), que hay repetición (“todos los años lo mismo”) y, sobre todo, que son inútiles para la vida diaria más que incomprensibles.

Aunado a eso, se descubrió una inmensa ignorancia con respecto a la razón de ser de cada ceremonia: el lavatorio de los pies, la posición acostados boca abajo de los sacerdotes, la adoración a la Cruz, la oscuridad de la noche pascual, su celebración el sábado por la noche y no el domingo, el significado de la luz en el cirio y muchas cosas más, como también se percibió inseguridad por parte de muchos de qué es precepto y qué no.

Entre todos los encuestados hubo énfasis principalmente al afirmar que hay poca información de parte del clero, que de ahí nace su ignorancia y hasta se escucharon alusiones a otras Iglesias y sectas en donde, según ellos, sí se les explica todo con detalle y se les induce a estudiar su fe.

Se puede deducir, obviamente, que todo esto obedece principalmente a que nos falta mucha oración y unión con la Cruz —a laicos y a ordenados— para dar un testimonio de vida atrayente, no por nosotros mismos, sino para que el Espíritu Santo mueva los corazones de quienes nos ven; pero, además, vale la pena dar una explicación —concisa, pero completa— de lo que es, en esencia, la historia de los ángeles caídos y su maléfica acción en el mundo sobre el ser humano (especialmente el pecado original), la Encarnación y la Redención, para luego pasar a describir, cada día, la liturgia que se va a celebrar:

El Jueves Santo, la institución de la Eucaristía: en el momento de la consagración del pan y del vino, el sacerdote deja de ser él mismo para convertirse en Jesús: son sus palabras las que convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Y esto no es figurativo, no es simbólico. Allí, con intervención humana pero con fuerza divina se realiza la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre. Y esto es un milagro que deja asombrado a cualquiera. Pero hay más: en ese mismo momento de la consagración, se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén, y desaparecen los años que han transcurrido desde que Jesús murió, y ahí está el cristiano asistiendo al sacrificio de Jesús, percibiendo con los ojos del alma cómo alguien paga sus culpas muriendo en la Cruz, la prueba de amor más sublime que pueda existir. Este es otro espectáculo que vale más que mil cantos de alabanza… También el Jueves Santo se llevó a cabo la institución del sacramento del orden: unas personas escogidas por Dios se hacen sacerdotes para servirlo y para servirnos, administrándonos los Sacramentos y guiándonos en nuestro peregrinar terreno y presidiendo las celebraciones… Además, se muestra el amor que Dios le tiene a la virtud de la humildad —lo opuesto a la soberbia de Satanás— en la posición del sacerdote boca abajo y en el lavatorio de los pies, a ejemplo de Jesucristo.

El Viernes Santo se conmemora —no únicamente se rememora— la pasión y muerte de quien pagó nuestras culpas y nos abrió de nuevo las puertas del cielo. ¡Cómo no asistir!

El Sábado Santo, vísperas y vigilia de la Resurrección del Señor, por eso ya Domingo de Resurrección, es el más importante de todos los días del año, pues “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra Fe”. Él, el primero que resucitó, va delante de nosotros hacia ese estado de una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

Así, con la fuerza del Espíritu Santo, conseguida con nuestra vida unida realmente a la de Cristo y con estas explicaciones —cortas pero convincentes—, los fieles no verán las ceremonias católicas monótonas ni largas ni repetitivas ni inútiles, y se acercarán más al Amor de Dios en su Iglesia.

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