Hacia la unión con Dios

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Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2019

Habiendo Dios decretado desde toda la eternidad que María fuese Madre del Verbo encarnado, quiso también que ya desde el primer instante de su concepción quebrantase la cabeza del dragón infernal y así la vistió galas de santidad, y preservando su alma de toda mancha, hizo de ella una digna morada para su Hijo.

El 8 de diciembre de 1854, Pío IX definió oficialmente tan gran dogma, haciéndose fiel intérprete de toda la tradición cristiana resumida en las palabras del ángel: «Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor es contigo, y bendita tú eres entre todas las mujeres». Con toda verdad, pues, exclama el verso del aleluya: «Toda hermosa eres, María, y el pecado original no se halla en ti».

Como la aurora anuncia al día, así María precede al Astro divino, que pronto iluminará a nuestras almas, y se presenta la primera en el ciclo litúrgico, como que ella es la que deberá introducir en él a su Hijo.

Como gracia propia de esta fiesta de la Inmaculada, pidamos a Dios que nos sane y libre de todos los pecados para que, de ese modo, nos hallemos dispuestos a recibir en nuestros corazones a Jesús, cuando en ellos se presente el día de Navidad.

¡Oh Virgen Inmaculada! El Señor te escogió desde el principio y te adornó preparando su morada. Te redimió de un modo singular, por medio de su gracia preservativa, del pecado de origen en que todos los hijos de Adán nacemos. Míranos cargados de culpas propias, Virgen sin mancilla, y no consientas que los hijos sean tan disímiles de su Madre, tan santa y tan pura.

 

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*Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

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La Virgen María y la Eucaristía (video)

Posted by pablofranciscomaurino en julio 21, 2019

 

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Ciclo A, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 22, 2017

VII DOMINGO DE PASCUA

Programa de vida

 

Un verdadero programa de vida para los cristianos nos ofrecen las lecturas de hoy:

Primero, en los Hechos de los Apóstoles se nos urge a perseverar en la oración, como lo hacían los primeros seguidores de Jesús: con un mismo espíritu y en compañía de la santísima Virgen María, la madre de Jesús.

Después, san Pedro nos insta a estar alegres cuando compartamos los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, rebosemos de gozo. Se trata de vivir dichosos, porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros.

Y, en tercer lugar, el Apóstol Juan nos trae las palabras de Jesús en las que nos hace notar la razón de ser de nuestra existencia: la gloria de Dios y la salvación de los hombres:

«Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste».

En estas palabras se descubren las 2 intenciones que deben movernos a realizar nuestros trabajos, a sufrir con paciencia las adversidades de la vida y a orar: la intención soteriológica, que Dios sea glorificado y la intención doxológica, que se salve la mayor cantidad de personas posibles.

¿No te animas a acogerlas también como tus metas, como las causas por las que vas a luchar, por las que vas a vivir, por las que estarías dispuesto a morir? Jamás te faltará su oración; óyelo:

«Padre, te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»

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Vea la película: TIERRA DE MARÍA

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2015

Querida familia de INFINITO + 1 en Colombia,

¡Muchísimas gracias por todo vuestro cariño, vuestro trabajo de promoción y, sobre todo, vuestras oraciones!

Gracias a la generosidad de incontables personas, TIERRA DE MARÍA se ha podido estrenar en salas de cine colombianas, permaneciendo varios meses en cartelera. Pero la mayor alegría no viene del número de espectadores o de salas, ni de cuántas semanas ha permanecido en cartelera. El gran aplauso surge espontáneo cuando recibimos mensajes preciosos de algunos espectadores para los que TIERRA DE MARÍA ha significado una invitación sencilla y directa a la conversión, a la alegría, a la esperanza… y han aceptado esa propuesta del Cielo. ¡Qué alegría tan grande! No se limitan a decir “me ha gustado” o “no me ha gustado”, sino que Dios se les ha colado en el corazón desde la pantalla, con intención de renovárselo. Hemos de aplaudir esa acción del Espíritu Santo. Sin su intervención, TIERRA DE MARÍA sería un puro entretenimiento o un simple éxito cinematográfico, en el mejor de los casos. No es el fin de ninguna de las produccion es de INFINITO + 1.

Ahora ya tenéis a la venta el DVD de TIERRA DE MARÍA, y el visionado ON LINE en varias plataformas digitales, autorizadas como iTunes y Amazon. También podéis hacer vuestro pedido escribiendo a tierrademariacolombia@infinitomasuno.org o llamando al 3005602294.

También podéis ver TIERRA DE MARÍA en copias piratas o en plataformas piratas. Es la opción de muchas personas, que quieren ver las películas, pero no desean contribuir con su dinero a que sigamos produciéndolas. Que Dios bendiga a todos, sin excepción. Os agradecemos, muy sinceramente, a todos los que soportáis económicamente nuestro trabajo, mediante el pago de la entrada al cine, del DVD o del visionado ON LINE.

Por último, os pido que sigáis rezando por nosotros y por todos los espectadores de TIERRA DE MARÍA en el mundo. Su periplo continúa. Los próximos países: República Dominicana y Brasil.

¡Un grandísimo abrazo a cada uno de vosotros!

Juan Manuel Cotelo

INFINITO MÁS UNO

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¿Cristianos o católicos?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2015

 

Reflexiones sobre temas actuales de controversia

 

 

 

Índice

 

Introducción

¿Cómo se reconoce un cristiano verdadero?

¿Dónde está la Palabra de Dios?

¿Cómo interpretar la Biblia?

¿Debemos obedecer al Papa?

¿Los cristianos deben someterse a alguna autoridad?

¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

Un solo Mediador

¿Se les puede pedir cosas a los santos?

¿Está permitido el culto a los ángeles?

¿Prohíbe Dios las imágenes?

Adorar solamente a Dios

¿Existen cosas sagradas?

¿Se debe «orar» o «rezar»?

¿Debemos hacernos la señal de la cruz?

¿Está prohibido comer carne de ciertos animales?

¿Debemos pagar el diezmo?

¿Celebrar el sábado o el domingo?

¿La fe salva?

La segunda venida de Cristo

Dios, siendo tan bueno, ¿cómo pudo crear el infierno?

¿Existe el purgatorio?

¿Cuál Biblia?

¿Sirven los sacramentos?

¿Se permite el divorcio en la Biblia?

¿Se pueden casar los curas?

¿Prohíbe la Biblia llamar «Padre» a los sacerdotes?

¿Debe uno confesarse con los sacerdotes?

¿Está Jesús realmente presente en la Hostia y el Vino consagrados?

La falta de alegría en el rito católico

En busca de la unidad

 

 

Introducción

 

Una de las características más fascinantes del homo sapiens es que fue la especie que, por primera vez en la historia, realizó rituales y ceremonias religiosas. Robert Foley (biólogo y profesor del King’s College of Cambridge, director del Laboratorio de Antropología Biológica Duckworth y autor del libro “Another unique species”) cuenta que el famoso hombre de Neandertal, que vivió entre 130.000 y 35.000 años a. de C., ya enterraba así los cadáveres de sus congéneres.

Los entierros obligan a pensar a los paleoantropólogos que el homo sapiens creía en la inmortalidad del alma, ya que hay una gran diferencia entre el mero hecho de deshacerse de un cadáver maloliente y un entierro ritual con todas sus connotaciones de respeto y de preocupación por la vida en el más allá del difunto.

Entre las especies animales, somos los únicos conocedores de nuestra condición de mortales. Los demás animales experimentan miedo ante una muerte inminente y expresan ese temor, bien con las actitudes, bien con la secreción de la adrenalina, que prepara al cuerpo para luchar o para huir. Pero nosotros, los humanos, podemos reflexionar diariamente sobre la finitud de nuestra vida, y parece razonable considerar que el conocimiento de la muerte hace que tengamos una actitud muy distinta respecto de la vida.

Así, se puede deducir que el principal distintivo del ser humano es la conciencia de que él mismo es, por naturaleza, un ser religioso: en esta etapa del hombre primitivo nacieron las creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social, y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.

Por primera vez en la historia de los seres vivos, aparece uno que se percata de su espiritualidad, de su trascendencia, de su inmortalidad.

El arte simbólico que se encontró en las cavernas con rituales mágicos, por ejemplo, es un testimonio histórico de que se adquirió el conocimiento reflexivo del destino del hombre.

De este estado reflexivo nacieron innumerables creencias que denotan la búsqueda de lo divino por parte del hombre, que también es una búsqueda de la verdad última de su ser: de dónde venimos, para dónde vamos, qué vinimos a hacer en esta vida…

Pero el Creador de la especie humana no quiso dejar al hombre solo en esa búsqueda: si bien todas las demás religiones son producto de la reflexión humana que busca a Dios, el cristianismo es la única en la que Dios busca al hombre para descubrirle lo que ignora de Él y para entregarse, dando al hombre una respuesta definitiva y sobreabundante a las cuestiones que se plantea sobre el sentido y la finalidad de su vida.

Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio misterio mediante obras y palabras. Más allá del testimonio que da Dios de sí mismo en las cosas creadas (revelación natural), se manifestó a través de su palabra (revelación sobrenatural):

Primero, habló al padre y a la madre la humanidad y, después de la caída, les prometió la salvación, y les ofreció su alianza (210.000 a 100.000 a. d C.).

Más adelante, selló con Noé una alianza eterna entre Él y todos los seres vivientes, alianza que durará tanto como dure el mundo.

Luego, eligió a Abraham y selló una alianza con él y su descendencia, de la que formó su pueblo (1.800 a. d C.).

A ese pueblo escogido le reveló su ley, por medio de Moisés (1.250 a. d C.).

Por los profetas lo preparó para que acogiera la salvación ofrecida a toda la humanidad.

Finalmente, Dios se reveló en forma plena enviando a su propio Hijo, en quien estableció su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra revelación después de Él.

La historia del cristianismo registra innumerables conquistas espirituales en la mayor parte de las regiones geográficas del mundo. Incluso las opiniones encontradas han dejado resultados provechosos: tras su análisis, han aparecido luces enriquecedoras, especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero, desafortunadamente, también se han producido divisiones: en el siglo V se separaron los Nestorianos y los Monofisistas; luego, en el siglo XI, la Iglesia Ortodoxa Griega; finalmente, en el siglo XVI, los Protestantes y los Anglicanos/Episcopalianos.

De estos dos últimos grupos han proliferado innumerables comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Además, entre ellos hay varias denominaciones que técnicamente no son cristianas, porque no aceptan la divinidad de Jesucristo; es el caso de los Testigos de Jehová, los Moon y los Mormones.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de una pluralidad de Iglesias, Comunidades Eclesiales, movimientos, grupos o sectas, estén genuinamente separadas o no. Además, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

«Personas de la casa de Cloe me han hablado de que hay rivalidades entre ustedes. Puedo usar esta palabra, ya que uno dice: “Yo soy de Pablo”,  y otro: “Yo soy de Apolo”, o “Yo soy de Cefas”, o “Yo soy de Cristo”. ¿Quieren dividir a Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1Co 1, 11-13)

Mientras el cristianismo continué así, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. Y eso es grave:

¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar.

Es hora de pedir perdón y perdonar.

Es hora de pensar más en lo que nos une que en lo que nos separa.

Es hora de buscar, encontrar y seguir el espíritu de la comprensión.

Y para facilitar esa comprensión, a continuación se plantean algunos análisis sobre temas de controversia a la luz de la Palabra de Dios. Este comienzo podrá dar paso al amor que Jesucristo quería —y quiere— para todos los cristianos.

 

 

 

¿Cómo se reconoce un cristiano verdadero?

 

Cada ser humano debe buscar la verdad en conciencia.

En la profundidad de su conciencia, el hombre descubre una ley que no se dicta él a sí mismo. Es una voz que oye con claridad en los oídos del corazón y que lo invita suavemente a amar y a obrar el bien, y a evitar el mal: «haz esto», «evita lo otro».

Esta ley que lleva el hombre en su corazón fue puesta allí por Dios para que con ella pudiera buscar la verdad, la verdad poseída por Dios.

Esa verdad se halla por encima de la conciencia y es independiente de ella. La conciencia, por eso mismo, no es la verdad ni puede crear la verdad: son muchos los hombres que fabrican sus propios errores y los llaman verdades. La verdad auténtica siempre es algo más grande que la mente humana; por eso debe ser respetada y buscada con humildad.

Tampoco se elige la verdad como si fuera «una verdad entre otras posibles verdades». Una verdad, y una sola, se presenta como real y verdadera, y esta se acepta o se rechaza.

La dignidad del ser humano lo obliga a obedecer a la conciencia, ya que según ella será juzgado, como lo explica Pablo:

«Y así demuestran que las exigencias de la Ley están grabadas en sus corazones. Serán juzgados por su propia conciencia, y los acusará o los aprobará su propia razón el día en que Dios juzgue lo más íntimo de las personas por medio de Jesucristo. Es lo que dice mi Evangelio. (Rm 2, 15-16)

Esa conciencia nos exige que ordenemos toda nuestra vida según las exigencias de la verdad, aun a pesar de que sea difícil de vivir o que no nos guste; y nos pide también que no nos dejemos llevar por comodidades, gustos, conveniencias, afinidades, opiniones personales, caprichos y cosas por el estilo; sino que sigamos la verdad que la voz de la conciencia nos muestra.

Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia tanta mayor seguridad tendrán las personas para apartarse del subjetivismo y para someterse a las normas objetivas de la moralidad: ya no juzgaremos ni actuaremos de acuerdo con nuestro modo de pensar o de sentir, sino acordes con lo justo, lo equitativo y lo correcto, es decir, de acuerdo con la verdad.

Así obtendremos el conocimiento exacto y reflexivo de las cosas y ganaremos el derecho a expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas; en esto consiste la libertad de religión.

La libertad de religión implica que no se debe imponer la forma de pensar a los demás ni, mucho menos, juzgarlos o agredirlos. Tampoco se debe ejercer sobre ellos presión psicológica ni coacción externa.

En la Biblia se lee:

«Hermanos, no se critiquen unos a otros. El que habla mal de un hermano o se hace su juez, habla contra la Ley y se hace juez de la Ley. Pero a ti, que juzgas a la Ley, ¿te corresponde juzgar a la Ley o cumplirla? Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que puede salvar y condenar. Pero, ¿quién eres tú para juzgar al prójimo?» (St 4, 11-12)

«No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes». (Mt 7, 1-2)

«Por lo tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece». (1Co 4-5)

«Sea todo hombre pronto para escuchar, tardo para hablar, remiso para la cólera. El hombre encolerizado no obra lo que le agrada a Dios. Quien piensa que sirve a Dios y no refrena su lengua se engaña a sí mismo. No vale nada su religión». (St 1, 19-20. 26)

«Yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno. Por eso, si tú estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda». (Mt 5, 22-24)

Y, ¿por qué pide Jesús que seamos buenos hermanos antes que ser buenos hijos de Dios? El siguiente pasaje nos lo explica:

Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4)

Jesús no decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué persigues a los cristianos?»; decía: «¿Por qué me persigues?»

Es que todo lo que hagamos contra los discípulos de Jesús se lo hacemos a Él.

Perseguir a otros cristianos, acosarlos, criticarlos, decirles reiteradamente que están equivocados, ofender sus creencias o las Iglesias a las que pertenecen, es perseguir a Jesús.

También lo es el sarcasmo, la descalificación, el la hostilidad, la demagogia, la coacción psicológica que se ejerza sobre los demás.

Del mismo modo, si en vez de mostrar lo bueno que tenemos nos dedicamos a exaltar los defectos de los demás, perseguimos a Jesús; también lo es recordar con saña —por ejemplo— las malas actuaciones de alguno para desacreditar a la comunidad a la que pertenece o realzar sus errores.

Todas estas son actitudes sectarias.

Si todos los individuos que conforman un grupo, comunidad o movimiento religioso practican actitudes sectarias, estamos ante una secta.

Jesús nos pone en guardia contra los sectarios:

«Cuídense de los falsos profetas: se presentan ante ustedes con piel de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 15-18)

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

Paz que proviene de la sabiduría:

¿Así que eres sabio y entendido? Si tu sabiduría es modesta, veremos sus frutos en tu conducta noble. Pero si te vuelve amargo, celoso, peleador, no te fíes de ella, que eso sería mentira. Esa clase de sabiduría no viene de arriba sino de la tierra, de tu propio genio y del demonio. Y donde hay envidia y ambición habrá también inestabilidad y muchas cosas malas. En cambio la sabiduría que viene de arriba es, ante todo, recta y pacífica, capaz de comprender a los demás y de aceptarlos; está llena de indulgencia y produce buenas obras, no es parcial ni hipócrita. Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno. (St 3, 13-18)

El segundo fruto bueno es la unidad.

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

Y el tercer fruto es el amor:

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

Ese amor debe practicarse, incluso, con los que son de otra raza y otra religión:

Jesús empezó a decir: «Bajaba un hombre por el camino de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos bandidos, que lo despojaron hasta de sus ropas, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto. Un samaritano también pasó por aquel camino y lo vio; pero éste se compadeció de él. Se acercó, curó sus heridas con aceite y vino y se las vendó; después lo montó sobre el animal que él traía, lo condujo a una posada y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos monedas y se las dio al posadero diciéndole: “Cuídalo, y si gastas más, yo te lo pagaré a mi vuelta.”» (Lc 10, 30. 33-35)

Pero el verdadero amor llega más lejos:

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros. Por lo tanto, si queremos ser buenos discípulos de Jesús, nuestro Maestro, es necesario que demos la vida por los demás.

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

No reside la doctrina cristiana en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: «En que se amen los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, sino que lo hizo por todos los hombres, incluyendo a los pecadores y a los que lo mataban tan injusta y ensañadamente.

Esta es, pues, la característica principal del cristiano: el amor. Amor que Jesús dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua…, por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, tampoco aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos, ofrecido por la unión de los cristianos, como quería Jesús.

 

 

¿Dónde está la Palabra de Dios?

 

Muchos cristianos creen que la Biblia es el libro que les enseña todas las verdades de su Fe.

Es habitual, por ejemplo, oír la pregunta: «¿Dónde está eso en la Biblia?»; y si lo dice la Biblia lo creen, pero si no lo dice la Biblia, lo rechazan. Parece que la hubieran endiosado, que la hubieran convertido en un ídolo.

Al examinar la historia del cristianismo, podemos asegurar que durante muchos años no existió la parte más importante de la Biblia, la que precisamente habla de Jesucristo y de los primeros cristianos: el Nuevo Testamento.

El primer libro que se redactó de los 27 que componen el Nuevo Testamento fue la Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses, escrita a comienzos de los años cincuenta de nuestra era. Posteriores a este, fueron apareciendo los otros libros. El último, el Apocalipsis, se terminó un poco después del año cien.

Hacia el año trescientos había confusión acerca de cuántos eran los verdaderos libros del cristianismo: en muchos lugares se afirmaba que los libros eran 19; en otros, 22; en Egipto, 35…

Fue hasta fines del siglo IV cuando la Iglesia Católica —en el Sínodo Romano (año 382) y en los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397)— seleccionó y certificó los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

Como se ve, pasaron alrededor de veinte años desde que Jesús murió hasta que se comenzó a escribir el Nuevo Testamento; transcurrieron cerca de setenta años mientras se terminó de escribir; y se cumplieron casi cuatro siglos hasta que se estableció el número y autenticidad de sus libros, es decir, el canon de libros inspirados.

¿Qué sucedió con el cristianismo durante todo ese tiempo? ¿Cómo se enseñaba el cristianismo? ¿En qué libro se basaban los pastores para predicar? ¿Dónde estaba la Palabra de Dios?

Las respuestas a estas preguntas están en la misma Biblia:

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente.

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

El vocabulario de Pablo tiene mucha relación con la Tradición:

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié [es decir, oralmente]. Ustedes la recibieron [así debe hacerse con ese anuncio verbal] y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan [significa que, además de recibir este mensaje hablado, debe guardarse para salvarse] tal como yo se la anuncié, a no ser que hayan creído cosas que no son. En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí.» (1Co 15, 1-3)

En esa misma carta, Pablo dice:

«Les envío a Timoteo, mi querido hijo, hombre digno de confianza en el Señor. Él les recordará mis normas de vida cristiana, las mismas que enseño por todas partes.» (1Co 4, 17)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

Jesús ni siquiera pidió que se escribiera la Biblia. Es más: todos los apóstoles predicaron; solo algunos de ellos escribieron algo años después de haber predicado.

Durante los primeros siglos se anunciaba a un Cristo muerto y resucitado; esa era la Palabra de Dios. Lo importante para los apóstoles nunca fue la Biblia, pues sus libros principales —los del Nuevo Testamento— no se comenzaron a escribir antes del año 51, la Biblia tampoco se terminó de escribir antes del año cien, ni se determinó el número de libros que la componían hasta finales del siglo IV.

Se puede afirmar que la Biblia surgió de la Iglesia, y no al revés.

Además, sólo una pequeña parte de la predicación apostólica se escribió en la Biblia:

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.» (Jn 16, 12-15)

«Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro.» (Jn 20, 30)

«Tendría muchas más cosas que escribirles, pero prefiero no hacerlo por escrito con papel y tinta.» (2Jn 1, 12)

«Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.» (Jn 21, 25)

En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Pablo lo afirma más categóricamente:

«Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y guarden fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta.» (2Ts 2, 15)

Dos versículos antes decía:

«De ahí que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir de nosotros la enseñanza de Dios, ustedes la aceptaron, no como enseñanza de hombres, sino como Palabra de Dios. Porque eso es realmente y como tal actúa en ustedes los creyentes.» (2Ts 2, 13)

Por otra parte, de lo que se escribió no todo se ha conservado. Pablo, por ejemplo, nombra una carta anterior a la primera que les envió a los corintios, carta que desconocemos:

«En mi carta les decía que no tuvieran trato con la gente de mala conducta.» (1Co 5, 9)

Por todo esto, se puede deducir que la Biblia no sustituyó a la predicación.

Recientes estudios en torno al Nuevo Testamento muestran que los cuatro Evangelios son la expresión escrita de las tradiciones conservadas en Palestina, Roma, Antioquía y Éfeso, tal como se retenían de la predicación apostólica.

Así lo explica Lucas, al comenzar su Evangelio:

«Algunas personas han hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido entre nosotros, tal como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y que después se hicieron servidores de la Palabra. Después de haber investigado cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo.» (Lc 1, 1-4)

 

 

¿Cómo interpretar la Biblia?

 

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos la Biblia:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos». (Ga 2, 6-7)

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de lo que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

«Ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 19b-20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

 

 

¿Debemos obedecer al Papa?

 

Jesús, desde el día que lo conoció, ya había establecido que Pedro sería la piedra sobre la que construiría su Iglesia. Y para eso le cambió el nombre:

«Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas” (que quiere decir Piedra).» (Jn 1, 41-42)

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los nombres se cambian para darle una misión específica a las personas; basta ver el caso de Abrán por Abraham, esto es, padre de muchos. En este caso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro queriendo significar así la misión que Él le encomendaba: ser la piedra donde se asentaría la Iglesia fundada por Jesucristo, la piedra donde se edificaría y se sostendría esa Iglesia, tras su partida de este mundo; porque para Jesús era muy importante que su Iglesia estuviera bien construida:

«Se parece a un hombre que construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación, y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida.» (Mt 7, 24-25; cf. Lc 6, 48)

Leamos ahora lo que sucedió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién creían que era Él:

«Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.» (Mt 16, 18-19)

Con esto, Jesús dejó claro que Pedro, por decisión de Dios, es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo; además, le dio el poder de atar y desatar: la autoridad que ejerce hoy el Papa, su sucesor.

Con frecuencia se presenta el problema de interpretar quién es la piedra o la roca, dado que en 1Co 10, 4, Pablo afirma que «bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». En este pasaje es obvio deducir que Pablo mostraba a la roca como representación de Cristo, que es la fuente de todos los bienes.

Pero Pablo no hablaba de construcción ni de cimiento, como sí lo hizo Jesús en Mt 16, 18: «edificaré mi Iglesia». Aquí Cristo es el constructor mientras que el cimiento es Pedro.

Eso quedó patente en la última aparición de Jesús a sus apóstoles cuando, como despedida, les enseñó quién debía apacentar su rebaño, es decir, los bautizados, los pertenecientes a la Iglesia:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro volvió a contestar: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

Insistió Jesús por tercera vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Entonces Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.» (Jn 21, 15-17)

Jesús mismo había dicho:

«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» (Jn 10, 11)

Lo que ordenó a Pedro, es decir, apacentar las ovejas de Jesús, consiste entonces en representar a Jesús aquí en la tierra, ya que Él se iba pronto al Cielo. Ese fue su testamento: se encuentra en el último capítulo del Evangelio de Juan.

Y, según la Biblia, después de su muerte, había que reemplazar a cada apóstol para…

«que otro ocupe su cargo. » (Hch 1, 20)

Así, cuando murió Pedro, fue elegido Lino; a Lino lo reemplazó Anacleto; al morir éste fue sucedido por Clemente…; y así hasta Juan Pablo II; con él, van 265 Papas.

Esa misión, ese servicio, no hace a Pedro ni a sus sucesores más digno que los demás hombres, solamente le da una autoridad que proviene del mismo Jesús: «Apacienta mis ovejas»: sé el Pastor, como lo fui Yo.

Ya antes, Jesús le dijo a Pedro algo que nos hace ver que lo estaba preparando para darle autoridad, como administrador de su Iglesia:

«Pedro preguntó: “Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?” El Señor contestó: “Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene”.» (Lc 12, 41-44)

¿Por qué le habló de un administrador después de la parábola de los trabajadores fieles? Porque quería pedirle esa fidelidad a su trabajador principal: el primer Papa.

Pero quizá una de las muestras mayores de la preocupación de Jesús por quien iba a ser la cabeza visible del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la siguiente:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 31-32)

Es de notar que Jesús dice aquí que «Satanás va a sacudirlos a ustedes», es decir, a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ruega por todos, sino «por ti para que tu fe no se venga abajo», porque sabía la responsabilidad que se derivaba de la autoridad que le había conferido. Además, añade: «Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos».

Otro pasaje de la Biblia nos enseña que para Jesús, Pedro tenía una misión y una autoridad muy especiales:

«Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora?”» (Mc 14, 37)

Llama la atención que el texto diga que Jesús los encontró dormidos, pero no se preocupó por todos, sino únicamente por Pedro, quien tampoco había podido «permanecer despierto una hora». Es que Él sabía cuán importante iba a ser la autoridad de Pedro.

Por eso, en la Biblia, Pedro ocupa siempre el primer lugar:

«Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro…» (Mc 3, 16)

«Allí estaban Pedro…» (Hch 1, 13)

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro…» (Mc 9, 2)

«Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» (Lc 24, 34)

«Que se apareció a Pedro y luego a los Doce.» (1Co 15, 5)

Veamos lo que sucedió después de la resurrección de Jesús:

«El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro.» (Jn 20, 1-2)

María había podido ir corriendo en busca de los discípulos de Jesús. Pero no lo hizo: prefirió buscar a la máxima autoridad.

Y él mismo Juan muestra el respeto por esa autoridad:

«Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos por el suelo, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro, y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.» (Jn 20, 3-8)

Sólo hasta que el primado —Pedro— entró, Juan se permitió entrar y ver. De nuevo queda patente la autoridad de Pedro.

Al final del Evangelio de Marcos se lee cómo un joven instruye a las mujeres que lo vieron resucitado:

«Ahora vayan a decir a los discípulos, y en especial a Pedro, que Él se les adelanta camino de Galilea.» (Mc 16, 7)

Pablo va también en busca de esa máxima autoridad:

«Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días.» (Ga 1, 18)

La Biblia nos muestra que Pedro, ejerciendo esa autoridad, es quien decide reemplazar a Judas:

«Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, era uno de nuestro grupo, y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre. Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella.

“Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros”.» (Hch 1, 15-21)

Pedro empieza así a ejercer su autoridad.

Autoridad que no solo se ejerce para las decisiones importantes, sino también para castigar:

«Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y murió. Un gran temor se apoderó de cuantos lo oyeron.» (Hch 5, 3-5)

Tal sería la autoridad de Pedro, que toda la Iglesia oraba por él, cuando lo apresaron:

«Mandó detener también a Pedro: eran precisamente los días de la fiesta de los Panes Ázimos. Después de detenerlo lo hizo encerrar en la cárcel bajo la vigilancia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, pues su intención era juzgarlo ante el pueblo después de la Pascua. Y mientras Pedro era custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios. (Hch 12, 3-5)

Además, es Pedro el primero que predica cuando Jesús es proclamado por primera vez:

«Entonces Pedro, con los Once a su lado, se puso de pie, alzó la voz y se dirigió a ellos diciendo: “Amigos judíos y todos los que se encuentran en Jerusalén, escúchenme, pues tengo algo que enseñarles…”» (Hch 2, 14)

Y así comenzó la predicación apostólica, la Tradición.

Y es él quien dirige las discusiones y les da conclusión:

«Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo:…» (Hch 15, 6-7)

La Iglesia, entonces, lo reconocía como el Pastor universal.

Esto es, precisamente, lo que significa la palabra «católico»: universal, es decir, que está abierta a todas las razas y culturas de todos los tiempos.

Recién comenzado el cristianismo, un obispo que conoció a los apóstoles y de quienes recibió la imposición de manos, Ignacio de Antioquía, fue el que, para designar a la Iglesia fundada por Jesucristo, usó la expresión: «católica». Efectivamente, escribiendo a los cristianos de Esmirna les decía: «Donde está Cristo, allí está la Iglesia Católica».

 

 

¿Los cristianos deben someterse a alguna autoridad?

 

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.
  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.
  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.
  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.
  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.
  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.
  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).
  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)
  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)
  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos
  • Derecho canónico
  • Liturgia
  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible, se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 

 

¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los 73 libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace unos cien mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 12-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 12, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

 

Un solo Mediador

 

Un sólo Mediador se nos ha dado: Jesús (mediador es el que paga lo que uno debe).

Pero también hay intercesores, es decir, otro tipo de mediadores (mediar también significa: «interceder o rogar por uno»): son los que suplican al ofendido que perdone al ofensor o que envíe ayudas especiales al necesitado:

«Oren unos por otros para que sean salvos.» (St 5, 16)

Esto quiere decir que la salvación puede llegar mediante las oraciones de los otros.

Hay otro ejemplo en la Biblia:

«Por lo tanto, consíganse siete becerros y siete carneros y vayan a ver a mi servidor Job. Ofrecerán un sacrificio de holocausto, mientras que mi servidor Job rogará por ustedes. Ustedes no han hablado bien de mí, como hizo mi servidor Job, pero los perdonaré en consideración a él.» (Jb 42, 8)

En este caso, Job aparece como intermediario entre los hombres y Dios para rogar en favor de ellos, no para pagar sus deudas.

Pero hay un ejemplo mejor en la misma Biblia:

«“Perdona pues el pecado de este pueblo con esa gran misericordia y esa paciencia que has tenido para con él, desde su salida de Egipto hasta el día de hoy”. El Señor respondió: “Ya que tú me lo pides, lo voy a perdonar”.» (Nm 14, 19–20)

En esta ocasión, Moisés intercedió por el pueblo y fue oído.

Igual pueden interceder todos los amigos de Jesús, los amigos de Jesús que están en el Cielo (porque en el infierno no hay amigos de Jesús), es decir, los santos.

Y si los amigos de Jesús pueden servirnos de intercesores ante Él, mucho más su Madre, como lo hizo en Caná:

«Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora.” Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: “Llenen de agua esos recipientes”. Y los llenaron hasta el borde. “Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo”. Y ellos se lo llevaron.

Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: “Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final”.» (Jn 2, 1–10)

De modo, pues, que una cosa es ser Mediador y otra intercesor.

 

 

¿Se les puede pedir cosas a los santos?

 

¿Dice la Biblia algo de esto?

Efectivamente, son muchos los pasajes en los que la Biblia llama «santo» o «santos» a algunos seres humanos. Veamos algunos.

  • «No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo.» (Dn 3, 35)
  • «La sabiduría hizo que lo que ellos emprendían tuviera éxito gracias a un santo » (Sb 11, 1)
  • «Envidiaron a Moisés, en el campamento, y a Aarón, el santo del Señor.» (Sal 106, 16)
  • «Le colocó también el turbante en la cabeza, y puso en su parte delantera la lámina de oro: ésta era la corona de santidad que el Señor había mandado a Moisés.» (Lv 8, 9)
  • «Por eso el varón santo te suplica en la hora de la angustia.» (Sal 32, 6)
  • «La dama dijo entonces a su marido: «Mira, este hombre que siempre pasa por nuestra casa es un santo varón de Dios.» (2R 4, 9)
  • «Herodes veía que Juan era un hombre justo y » (Mc 6, 20)

Además, en la Biblia se llama «santo» al pueblo de Dios:

  • «Cuando el pueblo santo sea totalmente aplastado y sin fuerza, entonces se cumplirán estas cosas.» (Dn 12, 7)
  • «Pues tú eres un pueblo santo y consagrado al Señor, tu Dios.» (Dt 14, 2)
  • «El Señor hará de ti su pueblo santo, como te ha jurado si tú guardas sus mandamientos y sigues sus caminos.» (Dt 28, 9)
  • «Yo soy el Señor, quien los hace » (Ez 20, 12)
  • «Para tus santos, sin embargo, resplandecía la luz.» (Sb 18, 1)
  • «Teme al Señor, pueblo de los santos, pues nada les falta a los que lo temen.» (Sal 34, 10)

Y la Palabra de Dios nos pide constantemente que seamos santos:

  • «Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, el Señor, Dios de ustedes, soy Santo.» (Lv 19, 2)
  • «Pues Dios no nos llamó a vivir en la impureza, sino en la » (1Ts 4, 7)
  • «En Cristo, Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha.» (Ef 1, 4)
  • «Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta.» (1Pe 1, 15)
  • «Que el bueno siga practicando el bien y el santo creciendo en santidad.» (Ap 22, 11)
  • «Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdadera justicia y » (Ef 4, 24)
  • «Serán santos para su Dios y no profanarán su Nombre porque son ellos los que ofrecen los sacrificios por el fuego, alimento de su Dios; por esto han de ser » (Lv 21, 6)

Por eso, es frecuente que los cristianos, con alegría, se llamen «santos»:

  • «Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios.» (Ef 2, 19)
  • «Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también.» (Rm 16, 2)
  • «¡Feliz y santo es el que participa en la primera resurrección! La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.» (Ap 20, 6)
  • «Respecto a la colecta en favor de los santos, sigan también ustedes las normas que di a las Iglesias de Galacia.» (1Co 16, 1)
  • «Y si es esto lo que esperamos de él, querremos ser santos como él es santo.» (1Jn 3, 3)
  • «Si alguno, pues, trata de no cometer las faltas de que hablo, será como vajilla noble: será santo, útil al Señor, apropiado para toda obra buena.» (2Tm 2, 21)

Y es que Dios mismo nos pide que manifestemos con nuestra vida santa la santidad de Dios:

  • «Recuerda que ustedes se rebelaron contra mis órdenes en el desierto de Zin, cuando la comunidad murmuró por el asunto del agua, y a ustedes les mandé que manifestaran mi santidad delante de ellos. (Estas son las aguas de Meribá en Cadés en el desierto de Zin.)» (Nm 27, 14)
  • «Por tu Sabiduría formaste al hombre para que domine a todas las criaturas por debajo de ti, para que gobierne al mundo con santidad y justicia, y tome sus decisiones con recta conciencia.» (Sb 9, 2-3)
  • «Entonces Moisés dijo a Aarón: “Esto es lo que el Señor había declarado: Daré a conocer mi santidad a través de los que se allegan a mí, y a vista de todo el pueblo seré glorificado.” Aarón no agregó palabra.» (Lv 10, 3)
  • «Quisiera que saquen provecho de cada cosa y cada circunstancia, para que lleguen puros e irreprochables al día de Cristo, habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la Esto será para gloria de Dios, y un honor para mí.» (Flp 1, 10-11)
  • «…de este modo el que comunicaba la santidad se identificaría con aquellos a los que santificaba.» (Hb 2, 11)

Por otra parte, es importante que progresemos en la santidad:

«El que se queda con la leche no entiende todavía el lenguaje de la vida en santidad, no es más que un niño pequeño.» (Hb 5, 13)

Y Dios mismo nos ayuda:

«Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad.» (Hb 12, 10)

Para nunca apartarnos de esa santidad:

«Más les valdría no haber conocido los caminos de la santidad, que después de haberlos conocido, apartarse de la santa doctrina que les fue enseñada.» (2Pe 2, 21)

Por eso no debe admirar que se les diga «santos» a todos los que han vivido bien su cristianismo; que a Pablo se le diga san Pablo; a Pedro, san Pedro; y así, a muchos.

Sin embargo, algunos niegan la inmortalidad del alma. En ese caso, no existirán los santos en el Cielo, y no podrían interceder por nosotros.

Por eso, conviene revisar la Escritura:

Pero Dios creó al hombre a imagen de lo que en él es invisible, y no para que fuera un ser corruptible. (Sb 2, 23)

Porque Dios no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos. Él creó todas las cosas para que existan; las especies que aparecen en la naturaleza son medicinales, y no traen veneno ni muerte. La tierra no está sometida a la muerte. (Sb 1, 13-14)

Y, si no está sometida a la muerte, ¿en qué consiste la muerte para la Biblia?

El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio. (Qo 12, 7)

Quiere decir esto que hay algo que sobrevive.

Por eso, Jacob espera, después de muerto, irse a reunir en el más allá con su hijo, a quien cree muerto:

Todos sus hijos e hijas acudieron a consolarlo, pero él no quería ser consolado, y decía: «Estaré todavía de duelo cuando descienda donde mi hijo al lugar de las Sombras.» Y su padre lo lloró. (Gn 37, 35)

Lo mismo se explica en el Antiguo Testamento cuando hablan de los que mueren:

Abraham murió luego de una feliz ancianidad, cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 25, 8)

Ismael vivió ciento treinta y siete años. Luego murió y fue a juntarse con sus antepasados. (Gn 25, 17)

Isaac vivió ciento ochenta años; murió muy anciano y fue a reunirse con sus antepasados. Lo sepultaron sus hijos Esaú y Jacob. (Gn 35, 28-29)

Cuando Jacob hubo terminado de dar estas instrucciones a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 49, 33)

Aunque no fueran enterrados con sus antepasados, el libro sagrado afirma repetidas veces que se reunirían con ellos.

Y es que el alma, o dígase el espíritu, deja el cuerpo como quien deja una tienda que ha habitado:

«Sabiendo que pronto será desarmada esta tienda mía, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.» (2P 1, 14)

Se asegura que habrá vida:

«Pues Cristo quiso morir por el pecado y para llevarnos a Dios, siendo esta la muerte del justo por los injustos. Murió por ser carne, y luego resucitó por el Espíritu. Entonces fue a predicar a los espíritus encarcelados; me refiero a esas personas que se negaron a creer en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.» (1Pe 3, 18-20)

«Sabemos que si nuestra casa terrena o, mejor dicho, nuestra tienda de campaña, llega a desmontarse, Dios nos tiene reservado un edificio no levantado por mano de hombres, una casa para siempre en los cielos. Sí, mientras estamos bajo tiendas de campaña sentimos un peso y angustia: no querríamos que se nos quitase este vestido, sino que nos gustaría más que se nos pusiese el otro encima y que la verdadera vida se tragase todo lo que es mortal. Por eso nos viene incluso el deseo de salir de este cuerpo para ir a vivir con el Señor. (2Co 5, 1. 4. 8)

Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. (Flp 1, 21-23)

Jesús mismo le promete la vida eterna al buen ladrón:

Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

Definitivamente, en la Biblia encontramos muchas citas que ratifican que las almas siguen viviendo después de la muerte del individuo:

«Cuando abrió el quinto sello, divisé debajo del altar las almas de los que fueron degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que les correspondía dar. Se pusieron a gritar con voz muy fuerte: “Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar a hacer justicia y tomar venganza por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?”» (Ap 6, 9-10)

Cristo, en este aspecto es enfático:

«¿Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino de vivos.» (Mt 22, 32)

«Y en cuanto a saber si los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el capítulo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. (Mc 12, 26-27a) «Y todos viven por Él». (Lc 20, 38)

Por eso Esteban clamó antes morir:

«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» (Hch 7, 59b)

La muerte verdadera es la eterna:

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» Abraham le respondió: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.» (Lc 16, 23-26)

Solamente van a morir eternamente los que pecan:

«Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. Quien debe morir es el que peca.» (Ez 18, 4. 20a)

Por eso, Jesús nos dice:

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

Es que todos los que creen en Jesús creen en la resurrección:

«No se asombren de esto; llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán mi voz. Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación.» (Jn 5, 28-29)

 «Y espero de Dios, como ellos mismos esperan, la resurrección de los muertos, tanto de los justos como de los pecadores.» (Hch 24, 15)

«Les damos esto como palabra del Señor: nosotros, los que ahora vivimos, si todavía estamos con vida cuando venga el Señor, no tendremos ventaja sobre los que ya han muerto. Cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del cielo. Y primero resucitarán los que murieron en Cristo.» (1Ts 4, 15-16)

«Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven? ¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida. Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla. Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Porque es necesario que nuestro ser mortal y corruptible se revista de la vida que no conoce la muerte ni la corrupción.» (1Co 15, 35-37. 42. 3)

Y, si resucitan, están vivos, y pueden interceder por nosotros:

Luego se le había aparecido, orando en igual forma, un anciano canoso y digno que se distinguía por su buena presencia y su majestuosidad. Entonces el sumo sacerdote Onías había dicho a Judas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ruega sin cesar por el pueblo judío y por la Ciudad Santa. Es Jeremías, el profeta de Dios.» Y Jeremías había extendido su mano derecha entregando una espada de oro a Judas, mientras le decía: «Recibe como regalo de parte de Dios esta espada con la que destrozarás a los enemigos.» (2M 15, 13-16)

Y después de su muerte profetizó y anunció al rey su fin… (Sir 46, 23a)

En vida hizo prodigios, y después de muerto, todavía obró milagros. (Sir 48, 14)

El rico Epulón intercede por sus hermanos:

El otro replicó: «Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre». (Lc 16, 27)

Los santos participan ya con Cristo de la gloria del Reino del Padre. Por la fe, los cristianos creemos que la acción de los santos es más eficaz que si estuvieran todavía con nosotros. Ellos son nuestros amigos, ya que nos ofrecen un ejemplo qué seguir e interceden por nosotros.

Durante toda la historia de la humanidad, los seres humanos hemos venerado a los grandes hombres y mujeres de la historia, de la ciencia, de la inventiva, de las artes, en fin, de todas las áreas; les hacemos estatuas, fotografías, dibujos o grabados… La veneración se da también a seres humanos vivos: aplausos, flores, ovaciones, diplomas, pergaminos, etc.

El Señor le perdonó sus pecados y quiso que su poder perdurara por los siglos: se comprometió con él en lo que respecta a los reyes futuros, y le prometió que haría gloriosa su dinastía en Israel. (Sir 47, 11)

¡Oh Elías, tus milagros constituyeron tu gloria! ¿Quién podría vanagloriarse de ser como tú? (Sir 48, 4)

Entonces ¿por qué no rendirle homenaje a los santos?

Como el culto a María, el que le rendimos a los santos lleva a Dios y termina en Él.

Por eso, la Iglesia Católica distingue claramente los diferentes cultos u homenajes externos de respeto y amor que tributa el cristiano:

El culto de latría o adoración, que se tributa a Dios.

El culto de dulía o veneración, que se tributa a los ángeles y a los santos.

El culto de hiperdulía, que se tributa a la Virgen.

 

 

¿Está permitido el culto a los ángeles?

 

Como algunos cristianos niegan cualquier culto diferente al que se le da a Dios, porque lo consideran adoración, vale la pena tratar acerca de la veneración a los ángeles, que merecen un honor especial, ya que permanecen fieles a Dios, sirviéndolo y realizando algunas misiones a favor de los hombres.

Así que corre a su encuentro y pregúntale: ¿Tú estás bien? ¿Tu marido está bien? ¿El niño está bien?» Ella respondió: «Bien.» Llegó hasta el hombre de Dios y se abrazó a sus pies. Entonces se acercó Guejazí para separarla, pero el hombre de Dios le dijo: «Déjala, porque su alma está amargada y el Señor no me lo hizo saber ni me ha revelado el motivo de su pena.» (2R 4, 26-27)

Mientras Josué estaba cerca de Jericó, levantó los ojos y vio delante de sí a un hombre con una espada desenvainada en la mano. Se dirigió a él y le dijo: «¿Eres tú de los nuestros o de los enemigos?» Y él respondió: «No, yo soy el jefe del ejército del Señor, y acabo de llegar.» Josué se postró en tierra, lo adoró y dijo: «¿Qué ordena mi Señor a su servidor?» El jefe del ejército del Señor le dijo: «Quítate el calzado de tus pies; el lugar que pisas es santo.» Así lo hizo Josué. (Jos 5, 13-15)

Es evidente lo que la Palabra de Dios enseña con estos pasajes bíblicos: no solamente se puede dar muestras de veneración a los ángeles, sino que es bueno obedecerlos. Esa misma actitud de respeto se ve en otros pasajes de la Biblia:

«Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que tienen entrada a la Gloria del Señor.» Temblaron entonces, y los dos cayeron con el rostro en tierra, llenos de terror. (Tb 12, 15-16)

Esto es precisamente lo que se llama culto de veneración o de dulía, que la Iglesia Católica rinde a esos espíritus puros que están en la presencia de Dios.

 

 

¿Prohíbe Dios las imágenes?

 

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos.  (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

Adorar solamente a Dios

 

El Diccionario de la lengua española (de la Real Academia Española) define «Adorar» como: «Reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina» o «Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido».

«Venerar», en cambio, es: «Respetar en sumo grado a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a una cosa por lo que representa o recuerda» o «Dar culto a Dios, a los santos o a las cosas sagradas».

Si veneramos con monumentos a los próceres de nuestra independencia, a la bandera que nos recuerda la Patria a la que pertenecemos, ¿por qué no podemos hacerlo con todo lo que nos recuerda y nos lleva a Cristo?

Del mismo modo, muchos tienen fotografías de sus hijos, cónyuge, padre o madre, parientes o amigos, y lo hacen para recordarlos y suscitar en su corazón sentimientos gratos con que los veneran…

Veamos algunos casos en los que la Biblia pone de relieve el respeto especial (veneración) que se les tiene a algunos personajes:

Hagamos ahora el elogio de los hombres ilustres, hagamos una reseña de nuestros antepasados. El Señor les dio una bella gloria, que es una parte de su gloria eterna. Unos fueron soberanos en su reino, hombres famosos por su energía; otros sobresalieron por sus sabias decisiones, hablaron como profetas. Otros guiaron al pueblo con sus consejos, le enseñaron con sus palabras llenas de sabiduría. Otros cultivaron la música, la poesía y la prosa. Otros fueron hombres ricos, personajes poderosos que vivieron en paz en sus dominios. Todos tuvieron fama en su vida y fueron un motivo de orgullo para sus contemporáneos. Si bien ellos dejaron un nombre, y todavía se repiten sus alabanzas, otros cayeron en el olvido, desaparecieron como si no hubieran existido, y lo mismo ocurrió con sus descendientes. Pero hablemos de los hombres de bien cuyas buenas obras no se han olvidado. Sus descendientes han heredado ese hermoso legado, su raza se mantiene fiel a la Alianza, sus hijos siguen su ejemplo. Su raza durará para siempre, su gloria no desaparecerá. Sus cuerpos fueron enterrados en la paz, pero su nombre está vivo por todas las generaciones. Los pueblos cuentan su sabiduría y la asamblea proclama su alabanza. (Sir 44, 1-15)

Abraham es el padre ilustre de una multitud de naciones; nadie ha igualado nunca su gloria. (Sir 44, 19)

«¡Qué glorioso era [Josué] cuando, levantando su brazo, hería a las ciudades con su espada!» (Sir 46, 2)

Como se ve, la veneración era muy frecuente, lo sigue siendo y lo será siempre. ¿Cuánto más se debe venerar a un patriarca?

Dejando el lugar donde estaba el cuerpo, Abrahán dijo a los hititas: «Yo no soy más que un forastero en medio de ustedes. Denme una tierra en medio de ustedes, para que sea mía y pueda enterrar a mi difunta.» Los hititas le respondieron: «Escúchanos, señor: entre nosotros tú eres un príncipe de Dios. Sepulta a tu difunta en la mejor de nuestras sepulturas, pues ninguno de nosotros te negará una tumba para tu difunta.» (Gn 23, 3-6)

Sus tumbas eran veneradas miles de años:

Hermanos, no voy a demostrarles que el patriarca David murió y fue sepultado: su tumba se encuentra entre nosotros hasta el día de hoy. (Hch 2, 29)

(Recordemos que David vivió más de mil años antes.)

Jesús hizo notar la veneración que se vivía entre los judíos:

«Ustedes construyen sepulcros para los profetas y adornan los monumentos de los hombres santos.» (Mt 23, 29b)

Él mismo, el Hijo de Dios, elogió sobremanera a Juan, el bautista:

«Yo se los digo: de entre los hijos de mujer no se ha manifestado uno más grande que Juan Bautista.» (Mt 11, 11a)

 

 

¿Existen cosas sagradas?

 

Con alguna frecuencia aparecen cristianos que afirman que no debe haber lugares, objetos, tiempos, acciones y personas sagradas.

Según la Biblia sí. Y se las debe venerar, esto es, tener un respeto especial.

 

Lugares

En el antiguo testamento había lugares donde Dios se manifestó de modo especial:

Se despertó Jacob de su sueño y dijo: «Verdaderamente el Señor estaba en este lugar y yo no me di cuenta.» Sintió miedo y dijo: «¡Cuán digno de todo respeto es este lugar! ¡Es nada menos que una Casa de Dios! ¡Esta es la Puerta del Cielo!» (Gn 28, 16-17)

El Señor le dijo: «No te acerques más. Sácate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada.» (Ex 3, 5)

Cuando Salomón acabó de rezar, bajó fuego del cielo que devoró el holocausto y los  sacrificios mientras la Gloria del Señor llenó la Casa. Los sacerdotes no podían entrar en la Casa del Señor, porque su Gloria la llenaba. (2Cro 7, 1-2)

Además, Dios mismo pidió un lugar especial para habitar entre los hombres, un santuario:

Me van a hacer un santuario para que yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que yo te enseñaré. (Ex 25, 8-9)

Pero donde se verifica mejor la supremacía de las iglesias o templos es en el Nuevo Testamento:

¿No tienen sus casas para comer y beber? ¿O es que desprecian a la iglesia de Dios y quieren avergonzar a los que no tienen nada? ¿Qué les diré? ¿Tendré que aprobarlos? En esto no. (1Co 11, 22)

 

Objetos

Por ser el más sagrado objeto del Antiguo Testamento, Dios quiso detallar, paso a paso, cómo debía construirse el Arca de la Alianza:

«Harás un Arca de madera de acacia, de dos codos y medio d largo, codo y medio de ancho y otro codo y medio de alto. La revestirás de oro fino por dentro y por fuera y labrarás una cornisa de oro alrededor. Le pondrás cuatro anillos, uno en cada ángulo del Arca, dos a un lado y dos al otro. Harás también unas varas de madera de acacia y las cubrirás igualmente con oro. Las pasarás por los anillos que están a los lados del Arca para llevarla. Estas varas estarán siempre metidas en los anillos y no se sacarán de ellos. En el Arca pondrás el Testimonio que yo te daré. Le harás una cubierta, el «Lugar del Perdón», de oro puro, de dos codos y medio de largo y codo y medio de ancho. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta. Pondrás un querubín a una extremidad, y el otro en la otra; formarán un solo cuerpo con la cubierta, a sus dos lados. Los querubines extenderán sus alas hacia arriba y sus alas cubrirán el Lugar del Perdón. Estarán de frente el uno al otro y sus caras mirarán hacia el Lugar del Perdón. Lo pondrás sobre el Arca, y pondrás dentro de ella el Testimonio que yo te daré.» (Ex 25, 10-21)

En la construcción del templo había lugares más sagrados:

«El velo servirá para separar el Lugar Santo del Lugar Santísimo.» (Ex 26, 33)

Además, se utilizan los ornamentos de los sacerdotes:

Lo revistió [a Aarón] con ornamentos espléndidos y le entregó las insignias de su poder: pantalones, túnica larga, efod. Del borde de su manto pendían granadas e innumerables campanillas de oro que tintineaban a cada uno de sus pasos; se las oía resonar en el templo y el pueblo permanecía atento a ellas. Lo revistió con un traje sagrado, bordado de oro, de púrpura y de escarlata; encima llevaba el pectoral con el urim y el tumim, bordado también con hilos escarlatas. Piedras preciosas destellaban, grabadas como sellos, engastadas por el joyero en una montura de oro. Allí se leían los nombres de las tribus de Israel: era para tenerlas siempre presentes en la memoria del Señor. Le puso una corona de oro por encima del turbante, con una inscripción en relieve: “¡Consagrado al Señor!” Era un adorno precioso, una obra espléndida que atraía las miradas de todos. Antes de él jamás se había visto algo tan hermoso; ningún profano se había revestido con tales ornamentos. (Sir 45, 8-13a)

Al leer esto se deduce qué bueno es que los sacerdotes usen ornamentos y se revistan para las celebraciones.

Dios mismo mandó fabricar objetos sagrados:

La mesa de los panes:

«Harás también una mesa de madera de acacia, de dos codos de largo, uno de ancho y uno y medio de alto.» (Ex 25, 23)

El candelabro de oro:

«Labrarás igualmente un candelabro de oro puro. Su pie y su tallo serán de oro macizo; sus capullos y flores formarán cuerpo con él.» (Ex 25, 31)

El altar de los holocaustos:

«Harás también un altar de madera de acacia, que tendrá dos metros y medio de largo y otros tantos de ancho, esto es, cuadrado, y metro y medio de altura.» (Ex 27, 1)

La pila de bronce:

El Señor se dirigió a Moisés y le dijo: «Harás una pila de bronce con un pie de bronce para el lavatorio. La colocarás entre la Tienda de las Citas y el altar y se echará agua en ella para que Aarón y sus hijos se laven las manos y los pies. Que se laven con esta agua cuando entren a la Tienda de las Citas, no sea que mueran. Lo mismo cuando se presenten al altar para cumplir su ministerio y ofrecer un sacrificio por el fuego al Señor, que se laven las manos y los pies,  no sea que mueran; este será un rito perpetuo para Aarón y su descendencia de generación en generación.» (Ex 30 17-21)

El altar de los perfumes:

«Harás también un altar para quemar el incienso. Lo harás de madera de acacia.» (Ex 30, 1)

«Derramará aceite y pondrá incienso.» (Lv 2, 1b)

Todos estos objetos sagrados y muchos más tienen por objeto el culto divino.

También están las reliquias:

Resulta que en ese momento unas personas estaban sepultando a un difunto, cuando divisaron a los moabitas. Deprisa tiraron el cadáver al sepulcro de Eliseo y se pusieron a salvo. Pero el hombre, al tocar los huesos de Eliseo, cobró vida y se puso de pie. (2R 13, 21)

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento:

Hasta tal punto que imponían a los enfermos pañuelos o ropas que él había usado, y mejoraban. También salían de ellos los espíritus malos. (Hch 19, 12)

 

Tiempos

Los israelitas, según las órdenes de Dios, consideraban sagrado el séptimo día:

«Seis días trabajarás, y al séptimo descansarás; tu buey y tu burro reposarán, y el hijo de tu esclava podrá respirar, tal como el extranjero. Cumplan todas estas cosas que les he dicho.» (Ex 23, 12-13a)

El séptimo año:

«Seis años sembrarás tus campos y sacarás sus frutos; al séptimo no los cultivarás y los dejarás descansar. Los pobres de tu pueblo comerán lo que encuentren allí, y si sobra algo, lo comerán los animales del campo. Harás lo mismo con tu viña y tu olivar.» (Ex 23, 10-11)

El año jubilar:

«El año cincuenta será para ustedes un año santo.» (Lv 25, 10)

Además, tenían días festivos:

«Tres veces al año me celebrarán con una fiesta: La celebración de la fiesta de los Ázimos será de siete días. Comerás panes sin levadura, como te tengo mandado, en el mes de Abib (de la primavera), el mes en que saliste de Egipto. Ustedes no se presentarán delante de mí con las manos vacías. Luego la fiesta de la siega de los primeros frutos de tus trabajos, de todo aquello que hayas sembrado en el campo. Luego la fiesta de la recolección a fin de año, cuando recoges todos los frutos del campo. Con eso, todos tus varones se presentarán tres veces al año delante del Señor, tu Señor.» (Ex 23, 14-17)

Ya entre los cristianos, en el Nuevo Testamento, el primer día de la semana se erigió para celebrar la resurrección del Señor:

«El primer día de la semana estábamos reunidos para la fracción del pan, y Pablo, que debía irse al día siguiente, comenzó a conversar con ellos. Pero su discurso se alargó hasta la medianoche.» (Hch 20, 6-7)

Y, continuando la costumbre de los israelitas, el antiguo pueblo de Dios, paulatinamente fueron apareciendo fiestas y tiempos para los cristianos, el nuevo pueblo de Dios: Pascua (la Nueva Alianza) y Cuaresma, Navidad y Adviento, etc.

 

Acciones

En el Antiguo Testamento se hacían sacrificios:

«Esta es la ley de la víctima ofrecida por un el delito: esta víctima es cosa muy santa.» (Lv 7, 1)

«Si quiere ofrecer un holocausto, es decir, una víctima totalmente quemada, presentará a la entrada de la Tienda de las Citas el macho sin defecto que haya escogido, y así su sacrificio será agradable al Señor. Pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima, para que el Señor se la reciba para perdón de sus pecados. Sacrificará el novillo delante del Señor y los sacerdotes, hijos de Aarón, ofrecerán la sangre derramándola sobre el altar que está a la entrada de la Tienda de las Citas, y todo en derredor.» (Lv 1, 3-7a)

Y oblaciones:

«Cuando alguien ofrezca al Señor una ofrenda, ésta consistirá en flor de harina, sobre la que derramará aceite y pondrá incienso. Cuando quieras ofrecer alguna masa cocida al horno, será de flor de harina en panes sin levadura amasados con aceite, o en tortas sin levadura untadas de aceite. .Si ofreces al Señor las primicias de tus sembrados, presentarás las espigas tostadas al fuego, o granos nuevos partidos. Así será tu ofrenda de primicias. El sacerdote quemará en tu nombre parte del grano molido y del aceite, con todo el incienso. Es un sacrificio por el fuego para el Señor. (Lv 2, 1. 4. 14.16)

Ya en el Nuevo Testamento, se celebra la cena del Señor:

Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones. (Hch 2, 42)

Y, como lo pidió Jesús, se hacía repetidamente:

«La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?» (1Co 10, 16)

 

Personas

Para hacer esas celebraciones es necesario que haya sacerdotes consagrados al servicio de Dios en el culto y merecen un respeto especial:

Dios hizo que apareciera Moisés, un descendiente de Jacob, un hombre muy amado por Dios y por los hombres y cuya memoria será bendita para siempre. Lo hizo tan glorioso como los ángeles, lo volvió poderoso, terrible para sus enemigos; por su sola palabra se multiplicaban los prodigios. El Señor lo glorificó en presencia de los reyes, le dio mandamientos para su pueblo y le dejó ver un reflejo de su gloria. (Sir 45, 1-3)

¿Qué es si no veneración todo lo que Dios hizo con este hombre? Nosotros, criaturas, ¿no veneraríamos, a ejemplo del Creador, a las personas consagradas?

David le preguntó: «¿Cómo te atreviste a alzar tu mano para matar al rey ungido por el Señor?» (2S 1, 14)

Dios elevó y consagró igual que a él a su hermano Aarón, de la tribu de Leví. (Sir 45, 6)

Esas consagraciones pedidas por Dios son realmente valiosas:

«Esta es la manera como consagrarás a los sacerdotes…» (Ex 29, 1a)

Hoy, con la Nueva Alianza que sustituye a la Antigua, celebramos la resurrección del Señor a ejemplo de los primeros cristianos, ¿no veneraremos a los sacerdotes consagrados al servicio de Dios en el culto?

 

 

¿Se debe «orar» o «rezar»?

 

Entre algunos cristianos, la oración suele practicarse sistemáticamente mediante la improvisación, con fórmulas espontáneas. Llegan incluso a criticar a otros porque, según ellos, nunca oran, sino sólo rezan, pues habitualmente recurren a fórmulas hechas.

El Diccionario de la lengua española define claramente que orar es «Hacer oración a Dios, vocal o mentalmente». Y rezar: «Dirigir oral o mentalmente súplicas o alabanzas a Dios, la Virgen o los santos.» Está claro, entonces, que no debemos diferenciar las dos palabras, pues son sinónimas.

Lo que quizá quieren expresar es que no se deben hacer oraciones vocales, con fórmulas preestablecidas.

Sin embargo, por la Biblia, todos deberíamos saber que hay oraciones vocales perfectamente válidas, como cuando Jesucristo enseñó la maravillosa oración del Padrenuestro:

«Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.” Les dijo: “Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación.”» (Lc 11, 1-4)

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13)

Pensemos que el mismo Cristo, estando en la cruz, para dirigirse a su Padre en oración, usó fórmulas que se encontraban en los salmos:

«A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: “Elí, Elí, lamá sabactani”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mt 27, 46)

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?» (Sal 21, 2)

Por otra parte, el libro entero de los salmos, ¿qué otra cosa es sino un hermoso libro de oraciones? Y se trata, por lo tanto, de fórmulas hechas ya.

Si alguien, inspirado por el Espíritu Santo, dice una oración, ¿qué tiene de malo escribirla para que otros se aprovechen de sus beneficios?

¿Es que la oración pierde inmediatamente su valor al escribirse? ¿Acaso no fue el mismo Espíritu Santo quien la inspiró?

Eso es lo que sucede en la Iglesia cuando redacta oraciones que les sirven a muchos otros para acercarse más a Dios.

Toda la liturgia de la Iglesia (misales, leccionarios, Oficio Divino, devocionarios, etc.) es obra del Espíritu Santo.

 

 

¿Debemos hacernos la señal de la cruz?

 

Algunos cristianos piensan que no se deben santiguar ni hacer la señal de la Cruz, porque dicen que la Cruz es señal de muerte, y que Cristo no está muerto, está vivo, está resucitado.

Veamos algunos apartes del la Biblia, para saber si estos cristianos aciertan:

Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba. (Col 1, 20)

Ustedes estaban muertos por sus pecados, y su misma persona no estaba circuncidada, pero Dios los hizo revivir junto a Cristo: ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Les quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz. (Col 2, 13-15)

Destruyó el odio en la cruz, y habiendo reunido a los dos pueblos, los reconcilió con Dios por medio de la misma cruz. (Ef 2, 16)

O sea, que Jesús nos reconcilió por medio de la cruz. Pero hay más: lo que engrandeció a Jesucristo fue la cruz:

Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11)

Desdichadamente, muchos no quieren a la cruz «porque —dicen ellos— la Cruz es señal de muerte, y Cristo está vivo, está resucitado»:

Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. (Flp 3, 18)

Pablo llora por eso. Es más: dice que lo único que lo enorgullece es la cruz de Cristo:

En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. (Ga 6, 14)

A pesar de que dice en otra parte que vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado, Pablo no quiere sentirse orgulloso sino únicamente de la cruz de Cristo.

Levantemos la mirada hacia Jesús, que dirige esta competición de la fe y la lleva a su término. Él escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. (He 12, 2)

Es la cruz la que lo llevó a la derecha de Dios. Y también es la cruz la que deben cargar los que desean seguirlo:

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. (Mt 16, 24; Mc 8, 34)

Aunque para algunos, la cruz resulta una locura:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido. Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios. Ya lo dijo la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca. Pues el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios cuando ponía por obra su sabiduría; entonces a Dios le pareció bien salvar a los creyentes con esta locura que predicamos. Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. (1Co 1, 17-25)

Llama mucho la atención estas palabras de Pablo, en las que dice que él predica a un Mesías crucificado; no dice «a un Mesías resucitado», sino «a un Mesías crucificado». Y luego, para dar a entender cómo el hombre con su supuesta sabiduría nunca alcanzará la sabiduría de Dios, afirma que hasta la debilidad de Dios es más fuerte: la cruz de Cristo.

Pedro, por su parte, confirma esa doctrina:

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empezáramos una vida santa. Y por su suplicio han sido sanados. (1Pe 2, 24)

Sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado.

Sin la cruz, Aquél que es la vida no hubiera sido clavado en le leño. Si no hubiese sido clavado, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no podríamos disfrutar del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado…

Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

La glorificación de Cristo pasa a través del suplicio de la cruz y la antítesis sufrimiento–glorificación se hace fundamental en la historia de la redención: Cristo, encarnado en su realidad concreta humano–divina, se somete voluntariamente a la humillante condición de esclavo (la cruz, del latín «crux», es decir, tormento, estaba reservada a los esclavos), y el infame suplicio se transforma en gloria imperecedera. Por eso la cruz es el símbolo y el compendio del cristianismo:

«Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tendrá por él vida eterna». (Jn 3, 14-15)

 

 

¿Está prohibido comer carne de ciertos animales?

 

Algunos de los seguidores de Jesús afirman que la Biblia prohíbe comer la carne de algunos animales. Efectivamente, esta prohibición está únicamente en el Antiguo Testamento.

«El cerdo, que tiene la pezuña partida, hendida en dos uñas, pero no rumia, será impuro para ustedes. Ustedes no comerán su carne y tampoco tocarán su cadáver: serán impuros para ustedes.» (Lv 11, 7-8)

Había dos razones para que se dieran estas indicaciones: en primer lugar, por higiene: la carne de cerdo, como se sabe, puede producir enfermedades cuando se conserva en lugares donde hace mucho calor y hay poco aseo, dos condiciones frecuentísimas en ese tiempo y lugar. Por otra parte, con estas leyes el pueblo judío aprendía a obedecer a Dios en cosas sencillas y externas, con las que se preparaba para obedecer en aspectos más trascendentales y profundas, que lo llevarán a la santidad.

Ya que esa santidad a la que se está invitando al pueblo es algo más interior y profundo, en el Nuevo Testamento se encuentran frases que derogan esas leyes antiguas y pasajeras:

«Piensen que el Reino de Dios no es cuestión de comida o bebida, sino de justicia, de paz y alegría en el Espíritu Santo.» (Rm 14, 17)

«Ciertamente no es un alimento el que nos hará agradables a Dios; de comerlo, no será grande el provecho, y de no comer, no nos faltará. Cuídense, pues, de que sus derechos no hagan caer a los débiles.» (1Co 8, 8-9)

Cuando Pedro creyó que seguían vigentes esas leyes, aprendió una lección:

Entonces una voz le habló: «Pedro, levántate, mata y come.» Pedro contestó: «¡De ninguna manera, Señor! Jamás he comido nada profano o impuro.» Y se le habló por segunda vez: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo llames impuro.» (Hch 10, 13-15)

Jala muchos cristianos la aprendan también, porque:

«Lo que entra por la boca no hace impura a la persona.» (Mt 15, 11a; cf. Mc 7, 15a)

Así Jesús declaraba que todos los alimentos son puros. (Mc 7, 20a)

«Porque todo lo que Dios ha creado es bueno y no hay por qué rechazar un alimento que se toma dando gracias a Dios.» (1Tm 4, 4)

En consecuencia, hagamos caso omiso de las críticas que nos hagan en ese sentido:

«Por tanto, que nadie los venga a criticar por lo que comen o beben, por no respetar fiestas, lunas nuevas o el día sábado.» (Col 2, 16)

Sin embargo, queda una pequeña duda: ¿Por qué los Apóstoles recomendaron no comer carne sacrificada a los ídolos?:

«Que no coman carne sacrificada a los ídolos, ni sangre, ni carne de animales sin desangrar, y que se abstengan de relaciones sexuales prohibidas. Observen estas normas dejándose guiar por el Espíritu Santo. Adiós.» (Hch 15, 29)

Se trataba de una circunstancia particular del momento: los judíos recién convertidos al cristianismo, por su poca formación, no podían entender todavía que los cristianos tomaran sangre o comieran carne que había sido ofrecida a los ídolos (para ellos eso seguía siendo idolatría). Para evitar esas posibles confusiones entre ellos, producto de su inmadurez, se hicieron esas recomendaciones. Más adelante, como lo cuenta la historia, esto se superó cuando entendieron los textos que declaran puros todos los alimentos.

 

 

¿Debemos pagar el diezmo?

 

Es verdad que, en el Antiguo Testamento Dios ordenó dar el diezmo a los sacerdotes levitas:

A los hijos de Leví les doy como herencia todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que presten, es decir, del servicio de la Tienda de las Citas. (Nm 18, 21)

Pero Jesús derogó esa orden en el Nuevo Testamento:

Coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario. (Lc 10, 7)

«Lo que les ofrezcan» significa que los cristianos quedan libres para ofrecer lo que deseen para sostener a los sacerdotes.

Es que los sacerdotes deben vivir confiados en la providencia divina (sin más amparo que el de Dios). Lo expresa el mismo Jesús:

«A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. No lleven oro, plata o monedas en el cinturón. Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento. (Mt 10, 7-10)

Por eso, la Iglesia Católica, si bien expresa en su quinto mandamiento: «Ayudar a la Iglesia en sus necesidades», no impone valor alguno. Sugiere únicamente que se done el salario de un día por año (o, lo que es lo mismo, el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane) a la parroquia a la que cada uno pertenezca.

Sin embargo, son muchos los católicos que dan más de esa medida. Hay algunos, por ejemplo que, basados en unas palabras de Jesús, dan el 1 % de sus ingresos:

«Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o propiedades por causa de mi Nombre, recibirá cien veces más y tendrá por herencia la vida eterna. (Mt 19, 29)

Ya que el Señor ofrece el ciento por uno, ellos dan el uno por ciento.

Para la gloria de Dios, son muchos los que sobrepasan estas medidas: dan más, porque saben que el sostenimiento de una parroquia cuesta: servicios, vino, hostias, velas, volantes para repartir, sueldo del sacristán…; por otra parte, se necesita dinero para el transporte y el vestido del sacerdote, junto con su alimentación y los utensilios de aseo que debe gastar, etc.

Pero también se dan casos en los que el sacerdote apenas le alcanza para pagar lo necesario, o pasa necesidades, porque los feligreses dan muy poco. A pesar de esto, la Iglesia no cambia su criterio, basada en las palabras de Jesús.

Es que el Nuevo Testamento imprime un nuevo orden a las cosas:

Entonces sigue: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad. Con esto anula el primer orden de las cosas para establecer el segundo. (Hb 10, 9)

Porque la Ley antigua era represiva:

Destruyó el sistema represivo de la Ley. (Ef 2, 15a)

Ahora el parámetro es el amor: cuanto más interiorizada está la esencia de la vida cristiana en nuestras almas, tanto más generosos somos para ayudar a resolver las necesidades de los sacerdotes y en todo lo demás.

 

 

¿Celebrar el sábado o el domingo?

 

Algunos cristianos dicen que el día del Señor es el sábado y no el domingo; que, por lo tanto, es el sábado el que debe guardarse, como dice el Antiguo Testamento.

Lo primero que debe saberse es que, etimológicamente, «domingo» proviene del latín: «dominicus» [dies, día] del Señor. Es el día consagrado a Él. Y es el primer día de la semana.

En el Apocalipsis, Juan habla del «día del Señor»:

Se apoderó de mí el Espíritu el día del Señor y oí a mis espaldas una voz que sonaba como trompeta: (Ap 1-10)

Desde la época de los apóstoles, el día de culto, el día que se guarda es el domingo:

«Nosotros nos embarcamos en Filipos apenas terminaron las fiestas de los Panes Ázimos. Cinco días después nos reunimos con ellos en Tróade, donde nos detuvimos siete días. El primer día de la semana estábamos reunidos para la fracción del pan, y Pablo, que debía irse al día siguiente, comenzó a conversar con ellos. Pero su discurso se alargó hasta la medianoche.» (Hch 20, 6-7)

«Cada domingo, cada uno de ustedes ponga aparte lo que pueda, y no esperen a que yo llegue para recoger las limosnas.» (1Co 16, 2)

Se celebraba en memoria de la resurrección del Señor:

El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. (Jn 20, 1)

Jesús, pues, resucitó en la madrugada del primer día de la semana. Se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. (Mc 16, 9)

En memoria de las apariciones de Cristo resucitado:

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20, 19)

Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con ustedes». (Jn 20, 26)

Y en memoria de la venida del Espíritu Santo:

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran. (Hch 2, 1-4)

San Pablo dice claramente que el sábado era una sombra que desaparecía con la realidad de Cristo:

Por tanto, que nadie los venga a criticar por lo que comen o beben, por no respetar fiestas, lunas nuevas o el día sábado. Tales cosas no eran más que sombras, mientras que lo real es la persona de Cristo. (Col 2, 16-17)

 

 

¿La fe salva?

 

Una polémica se ha suscitado entre los cristianos por el siguiente texto:

«Sin embargo, hemos reconocido que las personas no son justas como Dios las quiere por haber observado la Ley, sino por la fe en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser hechos justos a partir de la fe en Cristo Jesús, y no por las prácticas de la Ley. Porque el cumplimiento de la Ley no hará nunca de ningún mortal una persona justa según Dios.» (Ga 2, 16; cf. Ga 3, 11; cf. Rm 3, 20.28)

Por un lado, hay quienes piensan que estos párrafos del Nuevo Testamento dan lugar a que todos pensemos que podemos hacer todo el mal que queramos, y que basta decir que creemos en Cristo para ganar el cielo. Efectivamente, el primer protestante, Martín Lutero, decía:

«Mira qué rico es el cristiano que, aunque quiera, no puede perder su salvación por más pecados que cometa, con tal que persevere en creer. Porque ningún pecado puede condenarlo si no es el de incredulidad.» (Citado por Christiani, L., Luther et Luthéranisme, París, 1908, p. 75. La cita de Lutero procede de su obra: De la cautividad babilónica.)

Pero a la gran mayoría de los creyentes les causa una duda que, como se verá, tiene sus raíces en la falta de cotejar este con otros pasajes de la Biblia, como los que siguen:

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.”» (Mt 19, 16–17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación.

Y Pablo es más categórico:

«Porque no son justos ante Dios los que escuchan la Ley, sino los que la cumplen.» (Rm 2, 13)

«El Señor le dará su merecido por lo que ha hecho.» (2Tm 4, 14)

«Actuando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.» (1Tm 4, 16)

Santiago es todavía más enfático:

«Entiendan, pues, que uno llega a la verdadera rectitud a través de las obras y no sólo por la fe.» (St 2, 24)

Pedro, por su parte, escribe:

«El Padre que invocan no hace diferencias entre personas, sino que juzga a cada uno según sus obras.» (1Pe 1, 17)

En ese sentido, el Apocalipsis es terminante:

«A sus hijos los heriré de muerte; así entenderán todas las Iglesias que yo soy el que escudriña el corazón y la mente, dando a cada uno según sus obras.» (Ap 2, 23)

«Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono, mientras eran abiertos unos libros. Luego fue abierto otro, el libro de la vida. Entonces fueron juzgados los muertos de acuerdo con lo que está escrito en esos libros, es decir, cada uno según sus obras. El mar devolvió los muertos que guardaba, y también la Muerte y el Lugar de los muertos devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.» (Ap 20, 12-13)

«Voy a llegar pronto y llevo conmigo el salario para dar a cada uno conforme a su trabajo.» (Ap 22, 12)

El mismo Jesús afirma:

Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego. Por lo tanto, ustedes los reconocerán por sus obras. (Mt 7, 19-20)

Además, Pablo añade que la fe que vale es la fe que actúa:

«Para los que están en Cristo Jesús, ya no son ventajas el tener o no tener la circuncisión; solamente vale la fe que actúa mediante el amor.» (Ga 5, 6)

Y que, aunque Cristo nos salvó, todavía tenemos la posibilidad de pecar y morir:

«El pecado paga un salario y es la muerte.» (Rm 6, 23)

Parece que todas estas citas bíblicas se oponen a las primeras.

Pero la siguiente deshace el conflicto:

«Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe? Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer, y ustedes le dicen: “Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense”, sin darles lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve eso?

Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, muere sola. Y sería fácil decirle a uno: “Tú tienes fe, pero yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Pues muy bien, pero eso lo creen también los demonios y tiemblan”.

¿Será necesario demostrarte, si no lo sabes todavía, que la fe sin obras no tiene sentido? Abraham, nuestro padre, ¿no fue reconocido justo por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ya ves que la fe acompañaba a sus obras, y por las obras su fe llegó a la madurez. Esto es lo que recuerda la Escritura: Abraham creyó en Dios, y por eso fue reconocido justo, y fue llamado amigo de Dios.

Entiendan, pues, que uno llega a la verdadera rectitud a través de las obras y no sólo por la fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta: fue admitida entre los justos por sus obras, por haber dado hospedaje a los espías y porque los hizo partir por otro camino. Porque así como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe que no produce obras está muerta.» (St 2, 14–26)*

La conclusión obvia es que la fe que no se expresa en obras está muerta, es decir, no existe; mientras que la fe viva —la verdadera fe— es la que produce frutos: se cumplen los mandamientos:

«El hombre contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás”.» (Lc 10, 27–28)

Todos sabemos que amar es hacer todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo como lo dice el texto es actuar, realizar obras, y eso fue lo que produjo la exclamación positiva de Jesús.

Esto se hace más evidente al recordar otro pasaje bíblico:

Los discípulos le dijeron: «Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios.» Jesús les respondió: «¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo.» (Jn 16, 29-32a)

Llama la atención que Jesús da a entender que la fe —creer— no significa solamente decir «creo» o «creemos»: cuando los discípulos dijeron: «Ahora sí creemos», Jesús les hizo caer en cuenta que todavía no lo hacían.

Lo mismo debe pensarse cuando nos preguntamos si la fe basta para entrar en el Reino de los Cielos, como dijo Lutero. Jesús contestó esa pregunta:

«No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo.» (Mt 7, 21)

No podemos dudar de la fe del que dice: «¡Señor!, ¡Señor!». Para decir eso es necesario tener fe. Pero, para Jesús, eso no basta: es necesario hacer la voluntad de Dios Padre:

«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de Gloria, que es suyo. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos. Colocará a las ovejas a su derecha y a los chivos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver”. Entonces los justos dirán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y te fuimos a ver?” El Rey responderá: “En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”. Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron.” Estos preguntarán también: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?” El Rey les responderá: “En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con alguno de estos más pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí.” Y éstos irán a un suplicio eterno, y los buenos a la vida eterna.» (Mt 25, 31-46)

Los demonios creen en Jesús, y no se salvaron. Los hombres que digan que creen en Jesús pueden perderse eternamente, si no actúan en consecuencia.

Se comprenden ahora muy bien otras frases del Nuevo Testamento:

  • Pongan por obra lo que dice la Palabra y no se conformen con oírla, pues se engañarían a sí mismos. (St 1, 22)
  • «Porque lo que importa no es haber sido circuncidado o no, sino el observar los mandamientos de Dios. » (1Co 7, 19)
  • «Dios pagará a cada uno según su trabajo.» (1Co 3, 8)
  • «Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.» (Mt 16, 27)
  • «Él pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Dará vida eterna a quien haya seguido el camino de la gloria, del honor y la inmortalidad, siendo constante en hacer el bien; y en cambio habrá sentencia de reprobación para quienes no han seguido la verdad, sino más bien la injusticia. Habrá sufrimientos y angustias para todos los seres humanos que hayan hecho el mal, en primer lugar para el judío, y también para el griego. La gloria, en cambio, el honor y la paz serán para todos los que han hecho el bien» (Rm 2, 6–10)

Al despedirse de sus discípulos, Jesús les dijo:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

Este es el final del Evangelio de Mateo: la despedida, el testamento de Jesús. Y aquí no dice: «Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a tener fe.» Lo que dice es: «Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.»

Por lo tanto, en cuanto a la salvación, hay 2 momentos: uno para ser salvo y otro para permanecer salvado. Para ser salvo (la redención objetiva), no hay ningún mérito de nosotros, es solo la Fe en Cristo. Para permanecer salvo (la redención subjetiva) la sola Fe no basta, debe estar viva y dar frutos.

El mismo Pablo luchaba para permanecer salvo:

«Castigo mi cuerpo y lo tengo bajo control, no sea que después de predicar a otros yo me vea eliminado.» (1Co 9, 27)

Porque siempre existirá el peligro de caer:

«Por tanto, amadísimos míos, que siempre me han escuchado, sigan procurando su salvación con temor y temblor; y si lo hicieron cuando me tenían presente, háganlo más todavía cuando estoy lejos.» (Flp 2, 12)

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié. Ustedes la recibieron y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan tal como yo se la anuncié» (1Co 15, 1-2)

«Así, pues, el que crea estar en pie tenga cuidado de no caer.» (1Co 10, 12)

Pablo habla de una lucha para lograr la salvación. Es seguro entonces que la fe sola no salva.

«No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un “perfecto”, sino que prosigo mi carrera hasta conquistar, puesto que ya he sido conquistado por Cristo. No, hermanos, yo no me creo todavía calificado, pero para mí ahora sólo vale lo que está adelante, y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, quiero decir, de la llamada de Dios en Cristo Jesús.» (Flp 3, 12-14)

 

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Otra propiedad que debe tenerse en cuenta es que amar a Dios es también cuestión de obras, no solo de fe:

«Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para fuera, sino de verdad y con hechos. En esto conoceremos que somos de la verdad. (1Jn 3, 18-19a)

«Aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy.» (1Co 13, 2)

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

Por otra parte, es necesario recordar que Jesús especificó cómo se lo ama:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

 

 

La segunda venida de Cristo

 

Una de las mayores inquietudes de algunos cristianos nació con las siguientes palabras de Jesús:

«Después de esos días de angustia, el sol se oscurecerá, la luna perderá su brillo, caerán las estrellas del cielo y se bambolearán los mecanismos del universo. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre. Mientras todas las razas de la tierra se golpearán el pecho, verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo con el poder divino y la plenitud de la gloria. Enviará a sus ángeles, que tocarán la trompeta y reunirán a los elegidos de los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del mundo.» (Mt 24, 29-31)

¿Cuándo sucederá todo esto? Esa fue la pregunta de los discípulos que estaban escuchando. Y Él ya respondió:

«Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre.» (Mt 24, 36; Mc 13, 32)

Ni siquiera el Hijo lo sabe. Y es que no nos corresponde saberlo:

Les respondió: «No les corresponde a ustedes conocer los plazos y los pasos que solamente el Padre tenía autoridad para decidir.» (Hch 1, 7)

«Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor.» (Mt 24, 42)

Aún más: no necesitamos saberlo:

«¿Cuándo sucederá eso? ¿Cómo será? Sobre esto, hermanos, no necesitan que se les hable, pues saben perfectamente que el día del Señor llega como un ladrón en plena noche. Cuando todos se sientan en paz y seguridad, les caerá de repente la catástrofe encima, lo mismo que llegan los dolores de parto a la mujer embarazada, y nadie podrá escapar. Pero ustedes, hermanos, no andan en tinieblas, de modo que ese día no los sorprenderá como hace el ladrón. Todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día: no somos de la noche ni de las tinieblas. Entonces no durmamos como los demás, sino permanezcamos sobrios y despiertos. (1Ts 5, 1-6)

Ni nos debe inquietar:

«Que no se dejen perturbar tan fácilmente. No se asusten por manifestaciones del Espíritu, o por rumores, o por alguna carta que pasa por nuestra, que dicen que el día del Señor es inminente. (2Ts 2, 2)

Sin embargo, algunos se han atrevido a pronosticar fechas en las que, por supuesto, nunca se ha cumplido la venida del Reino de Dios. Esa palabra no viene de Dios:

«Si un profeta pretende hablar en mi nombre sin que lo haya mandado, o si habla en nombre de otros dioses, morirá. Acaso preguntas: “¿Cómo vamos a saber que una palabra no viene de el Señor?” Si algún profeta habla en nombre del Señor y lo que dice no sucede, tú sabrás que esta palabra no viene del Señor. El profeta habrá hablado para jactarse y no le harás caso. (Dt 18, 20-22)

Y se siguen dando posibles fechas para su cumplimiento.

Además, recordemos que:

…primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones. (Mc 13, 10)

Y antes los judíos deben convertirse:

«Quiero, hermanos, que entiendan este misterio y no se sientan superiores. Una parte de Israel va a quedarse endurecida hasta que el conjunto de las naciones haya entrado; entonces todo Israel se salvará, según dice la Escritura: De Sión saldrá el libertador que limpiará a los hijos de Jacob de todas sus faltas. (Rm 11, 25-26)

«Y les digo que ya no me volverán a ver hasta que digan: ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!» (Mt 23, 39)

 

 

Dios, siendo tan bueno, ¿cómo pudo crear el infierno?

 

No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia:

«Y, al salir, verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí. El gusano que los devora no morirá, y el fuego que los quema no se apagará, y todos se sentirán horrorizados al verlos. (Is 66, 24)

«Ya tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» (Mt 3, 12)

El mismo Jesús señala la existencia del infierno:

«Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» (Mc 9, 47-48)

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!”» (Mt 25, 41)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles; éstos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que obraban el mal, y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y rechinar de dientes.» (Mt 13, 41-42)

«Así pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 13, 49-50)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

«El patrón de ese servidor vendrá en el día que no lo espera y a la hora que menos piensa. Le quitará el puesto y lo mandará donde los hipócritas: allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 24, 50-51)

Y Pablo reafirma lo que será el infierno:

«Serán condenados a la perdición eterna, lejos del rostro del Señor y de su Gloria irresistible.» (2Ts 1, 9)

 

 

¿Existe el purgatorio?

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. (Mt 18, 34)

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación. Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, Pablo ruega para que el Señor le conceda misericordia a Onesíforo, ya muerto:

«Que el Señor bendiga a la familia de Onesíforo, pues a menudo vino a confortarme y no se avergonzó de mis cadenas. Apenas llegó a Roma, se puso a buscarme hasta que me encontró. El Señor le conceda que alcance misericordia ante el Señor aquel día; tú conoces mejor que nadie los servicios que me prestó en Éfeso.» (2Tm 1, 16-18)

En el segundo libro de los Macabeos hay otra clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado. Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2M 12, 43–46)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

 

¿Cuál Biblia?

 

A primera vista, las diferentes ediciones de la Biblia son iguales. Pero, como se verá, existen diferencias.

Hay algunos libros del Libro Sagrado que se llaman Protocanónicos, de «Proto-», que significa «prioridad, preeminencia o superioridad» porque se los incluyó primero en el canon (catálogo de los libros tenidos como auténticamente sagrados).

Otros, por el contrario, se llaman Deuterocanónicos, que tiene el significado de «segundos», porque se incluyeron en el canon después de un período de dudas.

Con respecto al Antiguo Testamento, ha de saberse que treinta y nueve libros del Antiguo Testamento están escritos en lengua hebrea, y son admitidos por todos los cristianos —incluso por los judíos—; son los protocanónicos.

Los siete restantes: los dos de los Macabeos, Sabiduría, Baruc, Tobías, Judit y Eclesiástico (además de unos pasajes de Daniel y Ester), conforman los libros llamados deuterocanónicos, incluidos en la Biblia Griega, llamada «de los LXX», cuyos originales generalmente están en griego (aunque se ha encontrado que partes considerables también fueron escritas en hebreo y algunos trozos en otras lenguas, como el arameo).

Estos libros deuterocanónicos son aceptados tanto por los católicos, como por los orientales y los anglicanos, pero no por los protestantes, ni por las sectas, movimientos y grupos nacidos de ellos, porque los consideran apócrifos, esto es, no auténticos como Palabra de Dios.

Sorprende saber, sin embargo, que estos 7 libros estuvieron en la Biblia de los protestantes, desde la publicación de Casiodoro de Reina en 1569 y la de Cipriano de Valera en 1602 hasta 1827, cuando las Sociedades Bíblicas los eliminaron, según información del Diccionario ilustrado de la Biblia (protestante).

En lo que se refiere al Nuevo Testamento, son deuterocanónicos otros 7: Hebreos, Santiago, segunda carta de Pedro, segunda y tercera carta de Juan, Judas y Apocalipsis.

Curiosamente, tanto los libros protocanónicos como los deuterocanónicos del Nuevo Testamento —conservados todos en lengua griega—, son considerados inspirados (y por lo tanto del canon) por los protestantes y los grupos, movimientos y sectas derivadas de ellos.

Quiere esto decir que los católicos aceptan como inspirados 73 libros de la Biblia, mientras que los protestantes y sus ramificaciones eliminaron 7, para quedarse con 66.

Por último, dado que la Tradición Apostólica es Palabra de Dios, como se vio, la Biblia católica contiene explicaciones del Magisterio de la Iglesia (notas al pie) sobre algunos textos, para su mejor comprensión.

Debe añadirse aquí que la Biblia que usan los Testigos de Jehová y la de los Mormones está modificada en gran cantidad y que se debe considerar totalmente diferente.

 

 

¿Sirven los sacramentos?

 

Algunos cristianos creen que si aceptan los sacramentos —especialmente su acción salvadora— disminuirían a Cristo o negarían que solo Cristo salva.

Por eso rechazan los sacramentos diciendo que no se gana la salvación con ritos externos, cultos o cosas materiales. Quieren ir directamente a Cristo, sin intermediario alguno.

Pero continuamente invocan, como camino para llegar a Cristo, la Biblia. Libro sagrado y santo, pero libro material, hecho de hojas y tinta. Palabra de Dios, pero escrita en palabras humanas, las cuales se expresan con sonidos de lenguaje humano, en idiomas humanos diversos, escrito por autores humanos, de épocas diversas, de distintas culturas, de diferentes formas de pensar…

Y es que la Biblia no cayó del cielo; ni la escribió Dios directamente. Él utilizó medios: hombres que escribían palabras humanas; papiro, pergamino o papel y tinta; varios idiomas, diversas culturas y distintas psicologías; y sigue utilizando los mismos medios: cuando un predicador lee en voz alta la Biblia usa sonidos del lenguaje humano que vuelan y llegan a los oídos de los que escuchan; cuando uno adquiere una Biblia le dan un libro material lleno de letras impresas en hojas materiales.

Algunos dicen con frecuencia que debe hacerse contacto directo con Dios, sin intermediarios; pero la Biblia es para ellos un intermediario, una tremenda mediación entre ellos —seres humanos— y Dios.

Eso mismo son los sacramentos que —afirma la Real Academia Española— son «signos sensibles de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

El sacramento es un don divino de salvación, otorgado a través de una forma visible y palpable que concretiza ese don. La Biblia, para algunos cristianos, es un sacramento en el pleno sentido de la palabra, dotado por Dios de una eficacia intrínseca sobrenatural para iluminar, para convertir, para salvar.

El ser humano necesita de los sacramentos, pues está compuesto de cuerpo y alma espiritual —materia y espíritu—; necesita de las cosas materiales para subir a lo más espiritual. Si debemos dar gloria a Dios con todo nuestro ser, debemos poner a su servicio también esas cosas materiales.

De hecho, Dios mismo se hizo hombre. El cristianismo no es de ángeles y espíritus sin materia: es un conglomerado de seres humanos —materia y espíritu, otra vez— que siguen a la Palabra de Dios hecha Carne:

«Y la Palabra se hizo Carne, puso su tienda entre nosotros.» (Jn 1, 14)

¡Este es el principal sacramento: un Dios hecho hombre!

Y ese Hombre hizo milagros a través de signos, de sacramentos:

Veamos, por ejemplo, ¿por qué usó Jesús tierra y saliva para curar?

«Dicho esto, hizo un poco de lodo con tierra y saliva, untó con él los ojos del ciego y le dijo: “Vete y lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir el Enviado).” El ciego fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente.» (Jn 9, 6-7)

¿No podía haber dicho: «Desde este momento estás curado»? Él es Dios; para Él no hay nada imposible.

Sin embargo, usó muchos signos materiales, es decir, sacramentos:

«Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Enseguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”.» (Mc 7, 33-35)

Es más, algunos de entre la gente sabían que debían usar un sacramento, un signo —tocar su ropa, por ejemplo—, para poder lograr lo que querían:

«Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. La mujer pensaba: “Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.” Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana.» (Mc 5, 27-29)

Hay más todavía: ¿Por qué Jesús no hacía los milagros sin emitir palabras? ¿Para qué hablaba? ¿Acaso hay algo imposible para Él?

«Jesús le contestó: “Puedes volver, tu hijo está vivo.” El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Al llegar a la bajada de los cerros, se topó con sus sirvientes que venían a decirle que su hijo estaba sano.» (Jn 4, 50-51)

Es que Él quiso necesitar del signo —del sacramento—, para que pudiéramos entender visualmente, auditivamente, tactilmente, como seres humanos que somos. Dice el texto que «el hombre creyó en la palabra de Jesús». La palabra es, en este caso, ese signo.

 

La Eucaristía

Y, cuando se habla de la salvación, del rescate, de la purificación, de la ira aplacada de Dios, se muestra que eso se da por un signo, por un sacramento:

«Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la Sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba.» (Col 1, 20)

«En cambio, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la Sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

«Pero con toda seguridad la Sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el Espíritu eterno como víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo.» (Hb 9, 14)

«Y por su Sangre nos ha purificado de nuestros pecados, haciendo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre.» (Ap 1, 6)

La Sangre de Cristo es el signo, el sacramento.

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

La vida divina, entonces, viene a nosotros mediante el sacramento. El modo de unirnos a Cristo y permanecer en Él es la Eucaristía.

 

El Bautismo

Otro sacramento es el agua, que posee atributos inesperados en el Bautismo: aquella agua lava los pecados.

Para que quedara bien claro, Pedro afirmó:

«Ustedes reconocen en esto la figura del bautismo que ahora los salva.» (1Pe 3, 21)

¡El Bautismo que ahora los salva! Entonces, ¿Pedro dice que es el Bautismo el que nos salva? ¿Acaso no es Jesús el que nos salva?

Lo que pasa es que el sacramento del Bautismo es «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Solo la muerte y la Resurrección de Jesucristo nos salvan. Pero los sacramentos nos acercan y ponen a nuestro alcance esa muerte y Resurrección salvadoras. Esto lo explica muy bien Pablo:

«Como ustedes saben, todos nosotros, al ser bautizados en Cristo Jesús, hemos sido sumergidos en su muerte. Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva.» (Rm 6, 3-4)

Recordemos también que para salvarse no solo se necesita el Espíritu, sino también el agua, signo material:

«Jesús le contestó: “En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.» (Jn 3, 5)

«Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el Bautismo y lava tus pecados invocando su Nombre.» (Hch 22, 16)

«El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» (Mc 16, 16)

«En el bautismo volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo.» (Tt 3, 5)

El padre de los protestantes, Martín Lutero, bautizaba a los niños recién nacidos. Juan Calvino —defensor de Lutero y quizá el más importante propulsor del protestantismo— escribió lo siguiente acerca de la idea de algunos de dejar a los niños sin bautizar hasta que sean capaces de escoger por sí mismos:

«Todo esto repugna maliciosamente a la verdad de Dios. Porque si se los deja como meros hijos de Adán, se los deja en la muerte, tal como se dice (en la escritura); en Adán no podemos hacer otra cosa que morir. Al contrario, Jesucristo dice que se deje que los niños se acerquen a Él (Mt 19, 14). ¿Por qué? Porque Él es la vida. Él quiere, por tanto, hacerlos participar de sí para darles vida.» (Institución cristiana, IV, 16-17: O. C. T. 4, p 951)

Y en forma conclusiva afirmó:

«Finalmente retengamos esta sencilla afirmación, a saber, que mientras no haya sido regenerado en el agua viva, nadie entrará en el Reino de Dios.» (Institución cristiana, IV, 25: O. C. T. 4, p 963)

¿Por qué escribía todo esto Calvino? Porque sabía que todos los hombres, aunque personalmente no hayan pecado, tan solo por descender de Adán tienen el pecado original:

«Un solo hombre hizo entrar el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Después la muerte se propagó a todos los hombres.» (Rm 5, 12)

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud.» (Rm 5, 19)

A pesar de todo, algunos cristianos creen que es necesario que la persona tenga conciencia para que se le pueda administrar el Bautismo.

Si un niño recién nacido se enferma y el médico le administra un medicamento para curarlo, ¿hay necesidad de que el niño esté consciente para que el medicamento le haga efecto? No; las drogas actúan por su capacidad intrínseca de curar, tanto en los adultos como en los niños. Para que surtan efecto no es necesario que el paciente sepa qué droga le están administrando, ni cuál es su mecanismo de acción.

El pecado original —recordémoslo— es la enfermedad del espíritu, por la que se pierde la salvación eterna. ¿Para qué esperar, si el sacramento del Bautismo tiene esa capacidad intrínseca para lavar el pecado original, como se ha visto?

Para librar a un menor de un gran mal no es necesario pedirle permiso. No les pedimos permiso a los niños para vacunarlos, por ejemplo; ni para curar sus enfermedades; ni para enseñarle cómo debe portarse en la vida; tampoco para inscribirlo en el registro civil y, más tarde, usarlos en su propio beneficio.

El nombre que nos ponen nuestros padres es inconsulto: no nos pidieron consejo ni opinión y, sin embargo, lo llevamos toda la vida. Así sucede con el Bautismo.

Nadie se disgusta al recibir, siendo pequeño, una gran herencia, aunque nos la den sin pedirnos permiso. Y, ¿qué mayor herencia que la salvación eterna? Es que para lo que es absolutamente bueno y esencial no se requiere pedirle permiso al menor de edad.

Además, la Biblia nos cuenta que se bautizaban familias enteras:

Se bautizó con toda su familia a aquella hora de la noche. (Hch 16, 33b)

En este versículo no se dice: «Se bautizó con su esposa», sino: «Se bautizó con toda su familia».

Recibió el bautismo junto con los de su familia. (Hch 16, 15a)

Tampoco se dice: «se bautizaron solo los adultos». Se dice: «Recibió el bautismo junto con los de su familia»; recordemos que por familia se entendían los padres, los hijos y hasta los servidores y esclavos.

Por otra parte, hay quienes dicen que, ya que Jesucristo se bautizó a los 33 años, nadie debe bautizarse antes. De aquí nacen varias preguntas: ¿Qué le sucederá a alguien que muera a los 24 años o a otro que conoció los caminos de Dios a los 45 años?

Por lo demás, no es necesario que hagamos las cosas tal y como Jesús las hizo. ¿Por qué, por ejemplo, no ayunamos 40 días y 40 noches después del bautismo?. ¿Por qué no morimos a los 33 años?. ¿Por qué no trabajamos todos 30 años como carpinteros?…

Otro aspecto de controversia es si se debe bautizar o no a una persona que no ha recibido la enseñanza necesaria. Jesús nos responde eso:

Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» (Mt 28, 18-19))

Está claro: primero, el Bautismo; luego, la enseñanza.

Analicemos, como muestra, lo que afirman algunos cristianos: que hay que bautizarse en un río, puesto que en un río se bautizó Jesús.

El día de Pentecostés, después de que apareció el Espíritu Santo, Pedro se puso a predicar, y muchas personas lo escucharon.

Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas. (Hch 2, 41)

Sabemos que en Jerusalén no hay ríos. ¿Dónde se bautizaron entonces?

Siguiendo el camino llegaron a un lugar donde había agua. El etíope dijo: «Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?» .Felipe respondió: «Puedes ser bautizado si crees con todo tu corazón.» El etíope replicó: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.» Entonces hizo parar su carro. Bajaron ambos al agua y Felipe bautizó al eunuco. (Hch 8, 36-38)

El texto no dice: «Aquí hay un río», sino «Aquí hay agua»; lo que hace suponer que se trataba de un pozo o un charco.

Es que este sacramento es, como se vio más arriba, «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Y lo mismo ocurre con los demás sacramentos.

Cuando algunos cristianos dicen que es la fe en Cristo la que salva y no los sacramentos, están olvidando que precisamente los sacramentos son acciones de fe.

 

 

¿Se permite el divorcio en la Biblia?

 

Muchos grupos cristianos no católicos admiten el divorcio y las nuevas nupcias, basados en una ley pasajera (de carácter temporal) hecha para el pueblo judío:

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, puede ser que le encuentre algún defecto y ya no la quiera. En ese caso, escribirá un certificado de divorcio que le entregará antes de despedirla de su casa. (Dt 24, 1)

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19, 4-5).

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de infidelidad, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia:

«Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5, 32)

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de infidelidad, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles?” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Le 18, 20)

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Le 20, 10)

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

«Odio el divorcio, dice el Señor, Dios de Israel, y al que hace el mal sin manifestar vergüenza. Tengan, pues, mucho cuidado y no cometan tal traición.» (Ml 2, 16)

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Y, ¿qué es lo que hace la Iglesia Católica cuando anula un matrimonio?

Para contestar esta pregunta, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

La anulación consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

 

 

¿Se pueden casar los curas?

 

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra -—o viceversa— porque ella —o él— es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del sacramento. ¡Alcanza la realidad frontalmente! Dios se convierte en él(la) esposo(a) del ser personal. De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da una verdadera dimensión. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

De aquí que quien se entrega a Dios en el celibato sacerdotal tenga más cerca de sí la realidad (le es más asequible) y, por consiguiente, se capacita para un juicio más recto acerca de su sexualidad y la de los demás: solteros y casados (por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones).

Por todo esto hablaba Pablo así:

Yo quisiera verlos libres de preocupaciones. El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. De igual manera la mujer soltera y la joven sin casar se preocupan del servicio del Señor y de ser santas en su cuerpo y en su espíritu. Mientras que la casada se preocupa de las cosas del mundo y de agradar a su esposo. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-35)

Se trata, como dice Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y es que Jesús (que no se casó) enseñó el celibato como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros incapacitados, que fueron mutilados por los hombres. Hay otros todavía, que se hicieron tales por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!» (Mt 19, 12)

Por eso, la Iglesia Católica les pide a quienes se sienten llamados por Dios al sacerdocio ministerial que vivan célibes, esto es, solteros. Ellos, siendo totalmente libres, aceptan esa propuesta de la Iglesia.

Y eso se extiende a quienes desean llevar una vida religiosa: los monjes y las monjas:

La mujer está ligada a su marido mientras éste vive. Pero si se muere queda libre y puede casarse con quien desee, siempre que sea un matrimonio cristiano. De todos modos será más feliz si permanece sin casarse; éste es mi consejo. Y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios. (1Co 7, 39-40)

 

¿Prohíbe la Biblia llamar «Padre» a los sacerdotes?

 

En la Biblia se usa el término «padre» para designar al padre biológico:

«Respeta a tu padre y a tu madre, para que se prolongue tu vida sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da.» (Ex 20, 12)

Jesús mismo lo hace:

«Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falsos testimonios, honra a tu padre y a tu madre.» (Lc 18, 20)

Hay muchos lugares del Antiguo y del Nuevo Testamento donde se ve ese sentido:

«Esto les escribo, padres: ustedes conocen al que es desde el principio.» (1Jn 2, 13)

Pero, además, se usa para llamar al padre espiritual. Es el caso de Eliseo, que llama «padre» a Elías, aunque no era su padre biológico:

Eliseo lo vio alejarse y clamaba: «¡Padre, padre mío, carro de Israel y su caballería!» Luego Eliseo no lo vio más. Tomó sus vestidos y los desgarró.  (2R 2, 12)

Lo mismo sucede en otros pasajes bíblicos:

Sus servidores se acercaron a él cuando se iba, y le dijeron: «Padre, si el profeta te hubiera mandado hacer una cosa difícil, ¿no la habrías hecho? Y ¡qué fácil es bañarte, como el profeta te ha ordenado!»  (2R 5, 13)

Cuando el rey de Israel los vio, preguntó a Eliseo: «¿Debo matarlos, padre mío?». (2R 6, 22)

También se lee la palabra «padre» en el Nuevo Testamento:

Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» (Lc 16, 24)

Esteban respondió: «Hermanos y padres, escúchenme: El Dios glorioso se apareció a nuestro padre Abraham mientras estaba en Mesopotamia, antes de que fuera a vivir a Jarán. (Hch 7, 2)

«Hermanos y padres, escúchenme, pues les quiero dar algunas explicaciones.» (Hch 22, 1)

Los sacerdotes son verdaderos «padres» de los bautizados:

«Hijos queridos, no les escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo, el que ustedes tenían desde el comienzo; este mandamiento antiguo es la palabra misma que han oído.» (1Jn 2, 7)

«Hijitos míos, de nuevo sufro por ustedes dolores de alumbramiento, hasta que Cristo haya tomado forma en ustedes.» (Ga 4, 19)

«Esto les escribo, hijitos: ustedes recibieron ya el perdón de sus pecados.» (1Jn 2, 12)

«Les he escrito, hijitos, porque ya conocen al Padre. Les he escrito, padres, porque conocen al que es desde el principio.» (1Jn 2, 14a)

«Ustedes, hijitos, son de Dios, y ya han logrado la victoria sobre esa gente, pues el que está en ustedes es más poderoso que el que está en el mundo.» (1Jn 4, 4)

«Pues aunque tuvieran diez mil monitores de vida cristiana, no pueden tener muchos padres, y he sido yo quien les transmitió la vida en Cristo Jesús por medio del Evangelio.» (1Co 4, 15)

¿Entonces —se preguntan algunos— por qué dijo Jesús esto que sigue?:

«Lo que es ustedes, no se dejen llamar Maestro, porque no tienen más que un Maestro, y todos ustedes son hermanos. No llamen Padre a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, el que está en el Cielo. Tampoco se dejen ustedes llamar Guía, porque ustedes no tienen más Guía que Cristo.» (Mt 23, 8-10)

Desde el principio de la frase Jesús es claro: «Lo que es ustedes, no se dejen llamar…». Lo que está enseñando es la humildad: que no nos hagamos llamar padres ni maestros ni jefes ni guías, porque podríamos caer en el pecado de la soberbia. Para estar seguros de que eso era lo que quería explicar Jesús, basta leer todo el texto con los dos versículos anteriores:

«Todo lo hacen para ser vistos por los hombres. Miren esas largas citas de la Ley que llevan en la frente, y los largos flecos de su manto. Les gusta ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos reservados en las sinagogas. Les agrada que los saluden en las plazas y que la gente los llame Maestro. Lo que es ustedes, no se dejen llamar…» (Mt 23, 5-8a)

Recordemos otro pasaje donde el Señor insiste en lo mismo:

«El más grande entre ustedes se hará el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.» (Mt 23, 11-12)

 

 

¿Debe uno confesarse con los sacerdotes?

 

Dios es infinitamente misericordioso: sabe que el pecado original dejó en el ser humano esa herida que nos hace tender al mal y, por eso, se inventó otro milagro de su amor: el perdón de los pecados. Es un tribunal de justicia en el que el reo se declara culpable y el juez (Dios), en vez de condenarlo, lo perdona.

Y Dios quiso, como se verá, que ese perdón se diera a través del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o confesión de los pecados.

Aunque algunos cristianos protestantes (evangélicos) no aceptan el sacramento de la Penitencia, el iniciador del protestantismo, Martín Lutero, escribió:

«No hay duda de que la confesión de los pecados es necesaria y mandada por Dios […] La confesión secreta, como se usa hoy, aunque no puede probarse por la escritura, me agrada muchísimo, y la estimo útil y necesaria y no quisiera que fuese suprimida, antes me alegro de que exista en la Iglesia de Cristo, siendo como es, remedio de las conciencias afligidas…» (De la cautividad babilónica, W. A., VI, 548).

Y, aunque se atrevió a negar algunos sacramentos, siempre defendió la Penitencia:

«Niego que haya siete sacramentos. No admito sino tres: el Bautismo, la Penitencia y el Pan…» (De la cautividad babilónica, W. A., VI, 501).

Sin embargo, a veces aparecen dudas acerca de si un pecador (el sacerdote) puede perdonar los pecados. Esas dudas tienen su base en el desconocimiento de la Biblia o en una interpretación errónea de la misma; y también, en no usar la lógica:

Cuando vamos donde un médico lo que nos importa es que nos cure, no su vida personal. Además, un médico enfermo puede curar a otro ser humano, no necesita estar sano. Lo mismo sucede con el sacerdote: aunque él sea un pecador como nosotros, puede perdonar los pecados, curar las almas; como el médico enfermo cura los cuerpos.

Asimismo, las sentencias de un juez son válidas, aunque él viva una vida desordenada, sea infiel a su esposa, no cumpla las leyes del tránsito, robe o mate…; todos sabemos que el juez malo, como el bueno, tiene autoridad delegada de la rama jurisdiccional; es decir, su autoridad no proviene de él mismo, proviene de una autoridad superior.

El sacerdote no perdona pecados porque él no los ha cometido, lo hace porque el sacerdote tiene una autoridad que proviene de Dios. ¿Acaso Él no tiene poder para encargar a unos hombres que perdonen los pecados en su nombre?:

«¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.” Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos.» (Jn 20, 21-23)

Jesús mismo es el que deja a los apóstoles y discípulos este poder de perdonar los pecados.

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Dios se compromete a dar por bueno en el Cielo lo que sus ministros —la Iglesia que Él fundó— dictaminen en la tierra. A través de la Iglesia ha hecho el prodigio de acercar a nosotros el juicio, la sentencia —sentencia o juicio de salvación y perdón— de Dios.

«Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: “Amigo, tus pecados quedan perdonados.” De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: “¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús leyó sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: ‛Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‛Levántate y anda’? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.” Entonces dijo al paralítico: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Lc 5 20-25)

Algunos siguen pensando como los fariseos. Pero, ¿qué dijo la gente después de ese episodio?

«La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mt 9, 8)

Sacramento administrado por los hombres escogidos por Jesús y sus descendientes.

Más tarde, Pablo lo confirma:

«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo y que a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. Pues en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo con él; ya no tomaba en cuenta los pecados de los hombres, sino que a nosotros nos entregaba el mensaje de la reconciliación. Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios! Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios.» (2Co 5, 18-21)

Los sacerdotes son los sucesores de los apóstoles y de los discípulos, a quienes les delegó esa autoridad divina: Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que iban a necesitar del perdón de los pecados.

 

Dios es la autoridad superior que le da al sacerdote el poder de perdonar los pecados.

Por eso, en la Confesión el sacerdote dice: «Yo te absuelvo de tus pecados

en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

 

La misma Biblia cuenta que el sacramento de la Confesión se celebraba entre los primeros cristianos:

«Venían muchos y confesaban sus pecados.» (Hch 19, 18)

«Confiésense unos a otros sus pecados para que sean perdonados.» (St 5, 16)

Como se ve, el sacramento de la Confesión o Reconciliación está descrito en la Biblia. Es que ese es uno de los servicios que le corresponde al sacerdote:

«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado.» (Hb 5, 1)

A propósito del sacerdote pecador, vale la pena decir que, aunque todos somos pecadores, quizá él sea menos pecador de lo que muchos imaginan, por las siguientes razones:

  • Su formación religiosa seria.
  • El gran respeto que siente por Dios.
  • La conciencia clara de que sus malas actuaciones darían lugar al escándalo del que se aterra Jesús en el Evangelio.
  • El temor de ofender a Dios, quien nos ama tanto, que le fue infundido en el seminario.
  • La asistencia y vigilancia de sus superiores.
  • Las oraciones que por él hacen muchos de sus feligreses y algunos religiosos.
  • La intercesión que la Virgen María y los santos hacen por los sacerdotes, «los otros Cristos», hijos predilectos de Dios.

Además, hay 4 aspectos que tienen peso a la hora de analizar las bondades del sacramento de la Penitencia o Confesión:

  1. La seguridad que tiene el feligrés al oír las palabras del sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Este acto lo llena de paz interior y de sensación de alivio, porque queda seguro de que Dios lo perdonó.
  2. La humildad que se necesita para contarle a «otro pecador» sus fallas enriquece espiritualmente al que se confiesa, lo acerca más a Dios, y le proporciona una alegría espiritual muy grande («se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.», dijo María, la Madre de Dios).
  3. Los consejos que el sacerdote recomienda, con la gracia de Dios, sirven para una lucha nueva y para sentir, a veces, una «sacudida» espiritual, que nos impulsa más a ser cada vez mejores.
  4. El penitente debe hacer luego una o varias oraciones o sacrificios en reparación por la ofensa cometida, y con esto siente haber saldado la cuenta.

 

 

¿Está Jesús realmente presente en la Hostia y el Vino consagrados?

 

Veamos la Biblia:

  • «Después tomó pan y, dando gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía.” Hizo lo mismo con la copa después de cenar, diciendo: “Esta copa es la alianza nueva sellada con mi Sangre, que es derramada por ustedes”». (Lc 22, 19–20)
  • «Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y Coman; esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: “Beban todos de ella: esto es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que es derramada por una muchedumbre, para el perdón de sus pecados”.» (Mt 26, 26–28)
  • «Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen; esto es mi Cuerpo.” Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esto es mi Sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre.”» (Mc 14, 22–24)
  • «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi Cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía.” De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía.” Fíjense bien: cada vez que comen de este pan y beben de esta copa están proclamando la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el Cuerpo y la Sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber de la copa. El que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación por no reconocer el cuerpo.» (1Co 11, 23–29)

¿Está Jesús realmente en la Eucaristía? ¿Quiso Jesús hacer de ese un acto simbólico?

Dice la Biblia:

«La sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

Y Jesús mismo advirtió:

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

Como se sabe, Jesús fundó una Iglesia para toda la posteridad. Por eso sus palabras tienen vigencia todavía hoy, y la seguirán teniendo hasta el fin del mundo, por los siglos de los siglos.

Entonces, ¿dónde puedo encontrar ese Cuerpo de Cristo sin el cual no tengo vida en mí, con el que vivo de vida eterna, según el mismo Jesús? ¿Dónde puedo encontrar esa Sangre de Cristo que me purifica de todo pecado, sin la cual no tengo vida en mí y con la que vivo de vida eterna?

La Sangre de Cristo se derramó en el Calvario hace cerca de veinte siglos, y muy lejos de donde yo vivo. El Cuerpo de Cristo ya no estaba en el sepulcro cuando llegaron los apóstoles…

Las respuestas están en la Biblia:

«La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?» (1Co 10, 16)

Ahora veamos un acontecimiento que narra el Nuevo Testamento en Jn, 6 32–67:

«Jesús contestó: “En verdad les digo: No fue Moisés quien les dio el pan del cielo. Es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. El pan que Dios da es Aquel que baja del cielo y que da vida al mundo.” Ellos dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida”. […] Los judíos murmuraban porque Jesús había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo”. […] Los judíos discutían entre sí: “¿Cómo puede este darnos a comer su Carne?” Jesús les dijo: “En verdad les digo que si no comen la Carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.” […] Así habló Jesús en Cafarnaún enseñando en la sinagoga. Al escucharlo, cierto número de discípulos de Jesús dijeron: “¡Este lenguaje es muy duro! ¿Quién querrá escucharlo?” Jesús se dio cuenta de que sus discípulos criticaban su discurso y les dijo: “¿Les desconcierta lo que he dicho?” […] A partir de entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y dejaron de seguirlo. Jesús preguntó a los Doce: “¿Quieren marcharse también ustedes?”»

Como se ve, a pesar de que se apartaban muchos de su lado, Jesús no se retractó: siguió afirmando explícitamente que Él es el pan de vida y que hay que comer su Carne y beber su Sangre para tener vida; y lo repitió 3 veces, como reiterándolo, aun a pesar de quedarse solo, sin sus discípulos.

En cada partícula de la Santa Hostia y en cada gota minúscula del Vino ya consagrados, están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

 

 

La falta de alegría en el rito católico

 

Muchos cristianos se quejan de la falta de alegría del rito católico de la Eucaristía; incluso se habla de cierta frialdad. También se aducen la monotonía y la repetición. Hoy, sin embargo, se hacen ceremonias en las que participan activamente los feligreses y que son muy atractivas: la música y los cantos, la preparación cuidadosa por parte de los sacerdotes, las homilías atrayentes, etcétera, hacen del símbolo algo hermoso, diáfano. Hay que ver, por otra parte, la solemnidad de algunos sacerdotes en la Celebración Eucarística, su gravedad, su compostura, su galanura, su elegancia, características todas que corresponden a la dignidad y a la altura de la ceremonia que están oficiando.

Pero muy por encima de esos aspectos externos, los ojos de la Fe entresacan un mundo extremadamente rico en experiencias espirituales; y se dice extremadamente rico sin el deseo de exagerar, ya que se trata de verdaderos portentos, de auténticos milagros, como se pasa a considerar:

  1. En el momento de la consagración del pan y del vino, el sacerdote deja de ser él mismo para convertirse en Jesús: son sus palabras las que convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre.

Y esto no es figurativo, no es simbólico. Allí, con intervención humana pero con fuerza divina se realiza la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre.

Luego de las palabras del sacerdote: «Esto es mi Cuerpo» la apariencia de la Hostia continúa, pero ya no es la sustancia de un pedazo de pan lo que está en sus manos, es la sustancia del Cuerpo de Jesucristo. Parece pan, sabe a pan, huele a pan, tiene el mismo color y peso del pan, pero es el Cuerpo de Jesús.

Y después de: «Este es el cáliz de mi Sangre», la sustancia del vino se transforma en la sustancia —la esencia— de la Sangre que Cristo derramó en la Cruz por nosotros. Parece vino, sabe a vino, huele a vino, tiene el mismo color y peso del vino, pero es la Sangre de Jesús.

Y esto es un milagro que deja asombrado a cualquiera.

  1. Pero hay más: en ese momento de la consagración, se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén, y desaparecen los años que han transcurrido desde que Jesús murió, y ahí está el cristiano asistiendo al sacrificio de Jesús, percibiendo con los ojos del alma cómo alguien paga sus culpas muriendo en la Cruz, la prueba de amor más sublime que pueda existir.

Este es otro espectáculo que vale más que mil cantos de alabanza…

  1. Si se tiene fe suficiente, se pueden ver todos los ángeles, los querubines, los serafines, los arcángeles, los santos, la Virgen María, postrados, en actitud de intensa adoración, consumidos por el dolor de ver al Hijo de Dios hecho una piltrafa, destrozado, agonizante… El Espíritu Santo y el Padre contemplan el milagro más maravilloso que ha habido en la historia de la humanidad: un Dios hecho hombre que se rebaja hasta la muerte, y muerte de Cruz, por amor. La muestra más grande de humildad hecha realidad (invisible, pero realidad)…

¿No es esto más grande que cualquier reunión de cristianos que estudian la Palabra y que alaban y agradecen al Dios vivo al unísono?

  1. Todavía hay más: unos minutos después, los que se acercan a recibir la comunión experimentan el encuentro más grande para un ser humano: el mismo Dios —hecho pequeño en una Hostia— se introduce en el cuerpo y en el alma del creyente y lo transforma completamente.

Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo a Él! ¡Y hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

¡Y se puede comulgar a diario! ¡Y hay algunos que no lo hacen…!

 

 

EN BUSCA DE LA UNIDAD

 

Las diferencias entre los cristianos se intentan remediar por el camino más acorde con el espíritu de Jesús: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que los cristianos han recomendado a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para «defender» sus ideas o intereses.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución…, a un costo muy alto, mejor, el más alto: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina cristiana está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los más recientes; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —a veces justos, por cierto— llenando la historia de paradigmas que pueden enfervorizar al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos, como todos.

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.» (Jn 15, 12)

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios nos pide.

Por todo el globo terráqueo un gran número de personas ha hecho eco de esas palabras con actos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos a ellos para que, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta: la unión de los cristianos.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

 

* Doce veces usa Santiago la palabra «obras», que es eliminada en la versión popular de la Biblia «Dios llega al hombre (protestante). En la segunda edición y en la versión completa de la Biblia «Dios habla hoy» colocan el título: «Hechos y no palabras»

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Oración para obtener la confianza

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2014

Señor, me da vergüenza admitir que me falta confiar más en ti; no he logrado abandonarme completamente en ti, a pesar de las evidentísimas muestras de tu amor por mí.

Sé que me creaste por amor, y por amor te redujiste al estado de criatura, para compartir mi vida mortal y redimirme, dándolo todo en tu dolorosísima Pasión y agonizar y morir en un abandono total, tanto de los hombres como de tu mismo Padre… Pero quizás no he meditado suficientemente esa prueba de amor…

Sé que constantemente velas por lo único que importa: mi salvación y mi santificación, propiciando en mi vida las circunstancias favorables para que enderece el camino cuando me desvío y para que persevere cuando lo estoy siguiendo acertadamente. Pero a veces no entiendo esos planes tuyos: sólo percibo lo que en mi ignorancia me atrevo a deducir: que me has abandonado. No me doy cuenta de que todo —absolutamente todo— lo planeas para mi bien, para mi verdadero bien; pues de ti solamente puede salir el bien, ya que eres el Amor en esencia y me amas infinitamente. No descubro que hasta en las situaciones que parecen más adversas está tu mano providente, tratando de ayudarme a que encuentre la verdadera felicidad. Soy tan torpe espiritualmente, que uso mis propios criterios para evaluar lo que pasa; y mis criterios son humanos, no divinos; son racionales, no espirituales; tienen una mirada temporal, no eterna. ¡Qué arrogancia la mía!: le creo más a mis juicios que a los tuyos, ¡que eres la sabiduría encarnada!…

¿Cuándo creeré de verdad que me amas? ¿Cuándo tendré la suficiente humildad para no cuestionar tus sapientísimos y amorosísimos planes? ¿Cuándo dejaré atrás los miedos y las preocupaciones, para abandonarme en tu amor infinito? ¿Cuándo?…

La confianza es —lo sé también— inversamente proporcional a la soberbia: cuanta más soberbia tengo, tanto más disminuye mi confianza en ti; esto significa que me falta mucha humildad. Dicho de otra manera: si, para solucionar los problemas, confío en mí (en mis capacidades, en mis talentos, en mi inteligencia…), no podré confiar en ti. Hace falta, pues, que disminuya la confianza que me tengo y así podré confiar más en ti. Además, debo recordar que es tonto —por decir lo menos— confiar en una criatura como yo, en vez de confiar en Dios: Él es todopoderoso y yo, impotente; Él es omnisciente, yo ignorante; Él todo lo tiene y yo soy un indigente.

Pero también en esto me siento incapaz: ¿Cómo conseguiré esa humildad de saber que sin ti nada tengo, nada sé y nada puedo? ¿Cuándo me daré cuenta de que sin ti nada soy?, ¿de qué Tú eres y, en cambio, yo tengo el ser prestado, porque Tú me lo has dado? ¿Cómo recordaré siempre que Tú eres el TODO y yo la nada, una nada pecadora?

Pues, ya que ni siquiera esto puedo, te lo pido, Señor: dame Tú la humildad más profunda y una confianza absoluta en el gigantesco amor que me tienes. Sé que me puedes escuchar más cuando soy humilde; por eso vengo a ti, abatido por la conciencia de mi nada…; o, mejor: de que soy peor que la nada, porque la nada no peca y yo sí, a pedirte lo que no puedo: que me hagas el ser más humilde de toda la tierra y el hijo que más confía en tu amorosa providencia.

Te lo pido por la intercesión de tu santísima Madre, la Virgen María —mi Madre también—, que fue la más humilde de todas las criaturas y la que más confió en tus amorosos designios, aun cuando notaba que las cosas no salían bien, según los criterios mundanos: la pobreza que tuvo que soportar, el tener que ver nacer a su Hijo santísimo en un establo, el huir a otro país con su esposo y su Hijo recién nacido, el perderlo durante 3 días y luego escuchar su sorprendente respuesta, el saber cómo lo odiaban y, finalmente, el verlo —humillado, despreciado, destrozado y abandonado por todos— morir con la muerte destinada a esclavos… Ella me escuchará y abogará por mí. Y sé que Tú nunca dejas de atender sus peticiones…

Además, como Ella es la Reina de todos los ángeles y de todos los santos, sé que les pedirá a todos ellos —sus súbditos— que la acompañen en esa petición. Escúchalos, por favor, Señor.

Si lo que más te gusta que se luzca es tu misericordia, sé que escucharás mi súplica y me darás lo que te pido, pues soy la criatura más miserable (la más necesitada de tu infinita misericordia), y no querrás desaprovechar esta oportunidad para mostrar tu bondad y llenarte de gloria.

Asimismo, sé que lo que te pido es lo que Tú más quieres: que sea santo, y bien sabemos que no hay santidad sin humildad; por eso, sé que no dejarás de dármela.

Finalmente, te lo pido, como nos lo dijiste en el Evangelio y como lo hizo san Pedro con aquel paralítico, en tu Nombre:

«Jesús Nazareno, que en tu Nombre yo, el más pequeñito de tus hijos, eche a andar por los caminos de la humildad, de la confianza y del amor.»

Amén.

 

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El demonio ataca a María

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2014

Veamos lo que le pasó a san José cuando se enteró de que María estaba embarazada, para entender un modo que todavía usa el demonio para atacar a la Virgen y, con ello, destruir al cristianismo.

Dice el primer capítulo del Evangelio de san Mateo que José era un hombre justo. Así son la mayoría de los cristianos que no veneran a María, los protestantes o evangélicos: hombres y mujeres buenos, como José. Pero, como José, deciden abandonar a María, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre justo, es probable que tengan miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel, y que está narrada en el primer capítulo del Evangelio de san Lucas.

Debe notarse que allí María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos simplemente cumpliendo las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo. Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del mismo fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama Madre del Señor?

Pero lo que más exalta su personalidad es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima respondió diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava”.

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la más grande criatura, sino la más humilde de todas.

Y para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María: «Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» [1]

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido: «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» [2]

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús: «Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» [3]

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María: «Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» [4]

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

[1] Lc 2, 16

[2] Mt 2, 10-11

[3] Jn 2, 1-2

[4] Jn 19, 25

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El Credo Mariano, de san Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 25, 2014

 

1 Creo, como revelaste a santa Brígida, que eres la reina del cielo, madre de misericordia, el gozo y el camino de los pecadores hacia Dios, y que nadie hay tan maldito que, mientras viva, le falte tu misericordia, y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 

2 Creo que Tú eres la madre de todos los hombres y que, en san Juan, a todos los recibiste por hijos según la voluntad de Jesús.

 

3 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida, madre de todos los pecadores que desean enmendarse, y que suplicas misericordia para el alma pecadora.

 

4 Creo que Tú eres nuestra vida.

Digo con san Bernardino de Siena que todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo que hayan sido hechas sólo por Dios (incluyendo a Jesús); y, después de Dios, te llamaré, con san Agustín, la única esperanza de los pecadores.

Te creo, tal como te vio santa Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que Tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

 

5 Por ti recibimos el inestimable don de la santa perseverancia.

Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome Tú no temeré, conduciéndome Tú no me cansaré, con tu favor llegaré a ti.

 

6 Creo que Tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a santa Brígida, que Tú, como madre, los asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a san Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte.

 

7 Tú eres la esperanza de todos, especialmente, de los pecadores; Tú, la ciudad de refugio, y en particular de los privados de todo socorro.

 

8 Tú eres la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados; y, tal como oyó santa Brígida que Jesús te decía: “Sería misericordioso incluso con el demonio si me lo pidiere con humildad”, creo que no rechazas al pecador por fétido que sea; y si te suplicare, te diré con san Bernardo, Tú lo arrancarás del abismo de la desesperación, con mano piadosa.

 

9 Creo que quieres ayudar al que te invoca, y que eres la salvación de los que te invocan, y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos.

 

10 Creo, como hiciste saber a santa Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno.

Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda; y que aquél a quien tú quieres, se salvará.

 

11 Creo, como dijiste a santa Brígida que, cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas.

 

12 Confieso con san Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió del Cielo, y te fue impuesto por orden divina.

Reconozco, con san Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que san Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído.

 

13 Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad.

Y con tu san Buenaventura confieso que no se puede devotamente pronunciar tu Nombre sin utilidad del que lo pronuncie.

Y creo lo que dijiste a santa Brígida: que nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu Nombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio.

 

14 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las gracias que Dios nos da pasan por tus manos; que todas las misericordias dispensadas a los hombres nos vienen por tu mediación; y que nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta.

Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria.

 

15 Creo que eres la cooperadora de nuestra justificación: reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; colaboradora de la redención, la salvadora del mundo.

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no son recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tiene acceso a la salvación; y que nadie se salvará si no es por ti.

 

16 Creo que Dios ha dispuesto no conceder nada si no es por ti; que nuestra salvación está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que en vano reza a los santos aquél a quien tú no ayudas; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin ellos; y que si tú callas, nadie ayudará, nadie pedirá; orando tú, todos ayudarán y orarán.

Y finalmente, te digo con santo Tomás: eres toda esperanza de vida; y con san Agustín: Sólo Tú y únicamente Tú confesamos que se preocupa en el Cielo de nosotros.

 

17 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que, quien te encuentra, encuentra todo bien.

 

18 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los santos juntos; y confieso con san Juan Damasceno que puedes ciertamente salvarnos a todos.

Creo que eres la abogada que no rehúsa defender las causas de los pobres miserables.

Te diré, con san Andrés Cretense: “Salve divina reconciliación de los hombres”.

Y con san Germán: “tu defensa es inagotable”.

 

19 Te contemplo como la pacificadora entre Dios y los pecadores, te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombres, y especialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a santa Catalina de Siena.

Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a santa Brígida: Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como san Epifanio, “toda ojos”; confirmado por lo que entendió santa Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo: “Madre, pídeme lo que quieras”, contestaste: “Pido misericordia para los miserables”.

 

20 Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice san Buenaventura.

Y así como los cuerpos celestes y terrestres son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de ti, de la divina misericordia, según revelaste a santa Brígida.

Por lo que, con san Buenaventura, creo que contra ti, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican.

Por tanto, estoy persuadido como el mismo santo, de que quien obra en obsequio tuyo, lejos está de la perdición.

Yo creo con san Hilario que sucederá que, por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti, jamás perecerá para siempre.

 

21 [Creo] con san Buenaventura que quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación.

 

22 La devoción a Vos, creo con san Efrén, que es pasaje para el Cielo.

Creo con san Anselmo que aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el “¡ay!” eterno [la condenación].

Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios concede sólo a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.

Por lo que, con san Antonino, concluiré: así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos, defendiéndolos, se salvarán y alcanzarán la Gloria.

 

23 Creo, como revelaste a santa Brígida, que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, y todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, a toda hora serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con san Alfonso, “grandemente felices y afortunados son tus devotos”.

San Bernardino asegura que especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio; así como lo que santa Brígida escuchó que decía Jesús: “Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio”.

 

24 Creo que Tú, estando para subir al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

Creo también, como prometiste al Papa Juan XXII, que los inscritos [en la, cofradía del] Carmen, en el sábado después de su muerte serán liberados del purgatorio.

Pero más felices son tus devotos, porque se les abrirá la puerta del cielo. Tú eres: la apertura de la Jerusalén celestial, puerta del cielo, feliz puerta del cielo, vehículo que conduce al cielo.

 

25 Creo que tu poder actúa en la Jerusalén [celestial] ordenando lo que quieres, e introduciendo allí a los que quieres.

Por ti se abrió el cielo, y se vació el infierno; fue instaurada la Jerusalén celestial.

Y has dado la vida a los miserables que esperaban la condenación (san Bernardo).

 

26 Creo que quienes obran según Tú, no pecarán; los que te descubren, tendrán la vida eterna.

Te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a santa María Magdalena de Pazzi.

Por tanto, como san Bernardo, diré que tu devoción es certísimo signo para conseguir la vida eterna; y con el beato Alano, que practicar esta devoción [saludarla siempre con el Ave], es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.

Y concluiré, con el Abad Guerrico que quien te sirve, está tan seguro del Paraíso, como si ya estuviera en él.

 

27 Creo con san Antonino que no hay entre todos los santos quien se compadezca en las enfermedades como tú, beatísima Virgen María.

Tú, das mucho más de lo que se te pide. Donde hay miseria allí acudes, allá corres y socorres con tu misericordia. Tú siempre miras en derredor tuyo buscando a quien salvar.

Te diré con el abad de Celles: Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar.

Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: “Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia”.

Sostengo con san Fulgencio que el cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si Tú no los sostuvieses con tus ruegos.

 

28 Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles; y tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Creo que lo próximo a ser Dios, es ser la Madre de Dios.

Y, por consiguiente: no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios (Alberto Magno).

 

29 Creo que vuestra dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto.

Y confieso con san Buenaventura que ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a una pura criatura: es la más grande [gracia] que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo más espacioso; pero no puede hacer nada mayor que la Madre de Dios.

 

30 Creo que por ti ha sido hecho todo el universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios.

Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

 

31 Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidos a todas las criaturas; y creo al Señor, que reveló a santa Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los ángeles.

Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza.

 

32 Creo que fuiste niña, pero de la niñez sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.

 

33 Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo.

 

34 Creo, con san Alberto Magno, que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después ofreciste a Él todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;

y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José.

Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito, incluso a la dignidad de Madre de Dios.

 

35 Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que,

a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste.

Y, como dijiste a la benedictina santa Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

 

36 Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a santa Brígida, que, mereciste ser destinada a la Maternidad divina, porque pensaste y supiste que, por ti, no eras nada ni tenías nada.

 

37 Creo que por tu humildad ocultaste a san José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Santa Isabel, y siempre elegiste el último lugar.

 

38 Creo, según dijiste a santa Brígida, que tenías de ti misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada eras ni tenías, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador.

 

39 Y confieso con san Bernardino de Siena, que no existió criatura alguna que se haya humillado más que Tú. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya.

 

40 Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante; y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo.

 

41 Creo que sólo tú cumpliste el precepto: “amarás al Señor […]”, y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

 

42 Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a Sta. Brígida, sólo pensabas en Dios, y nada te agradaba sino Dios.

 

43 Creo con Suárez, Ruperto, san Bernardino y san Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma velaba. Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: “Yo duermo, pero mi corazón vela”.

Creo que, mientras vivías en la tierra, permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto.

Y que estabas tan llena de una caridad tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, de forma que heriste y robaste el divino Corazón.

 

44 Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [se te pueda igualar]…

 

45 Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que Tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado con el amor que nos tienes a cada uno de nosotros.

 

46 Te diré con san Agustín: tu fe abrió el cielo cuando asentiste al ángel anunciador.

 

47 Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste.

Te llamaré, con san Cirilo: cetro de la fe ortodoxa.

 

48 Creo que eres la Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

Creo que fuiste mortificadísima.

Creo lo que dicen de ti san Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan mortificada de los ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

 

49 Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración.

Creo lo que dijiste a santa Brígida: todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada te reservaste salvo un ligero alimento, y el vestido.

Creo que despreciabas las riquezas humanas.

Creo firmemente que hiciste voto de pobreza.

 

 

 

ESTUDIO DEL CREDO MARIANO[1]

 

Esbozo metodológico para una Mariología experiencial

 

 1.- Un texto mariano singular

El año 1896 el Ven. P. Germán de san Estanislao, CP publicaba la primera edición de los Escritos de san Gabriel de la Dolorosa[2]. Era una sencilla colección de cartas familiares con algún que otro texto menor de naturaleza ascética. Pero aquella edición contenía una verdadera joya. Era una composición del Santo que no llevaba título alguno[3], pero que entre sus devotos es conocido como el Credo de María. A la muerte de su autor desapareció ese escrito suyo[4]. Lo habían sustraído los devotos para conservarlo como reliquia. Así desapareció el manuscrito del Credo. Pero cuando se realizó la perquisición de los escritos para el proceso de beatificación, el devoto poseedor del Símbolo entregó cuidadosamente su preciada reliquia. Inmediatamente fue transcrito en el convento de los Santos Juan y Pablo de Roma, debidamente autenticado, y sometido a revisión canónica. El texto fue añadido al dossier de los escritos gabrielinos el 1 de diciembre de 1894. El 4 de junio de 1895 se expedía el decreto de la revisión realizada[5]. La edición de1896 era parcial y deficiente. Se realizaron varias otras más completas[6], pero la edición crítica se ha hecho esperar hasta el año 1986[7] .

El Símbolo fue compuesto en el último período de la vida de San Gabriel entre los años 1860‑1861[8] Consta de siete partes, de siete artículos cada una[9]. La composición del Credo fue una forma de cumplir el voto que había hecho de difundir la devoción a los Dolores de Maria. El autógrafo es un texto incompleto[10]. A pesar del juicio altamente favorable que mereció el escrito a los miembros de la revisión canónica, no ha sido valorizado como notable pieza mariológica hasta tiempos muy recientes[11].

De este Credo o Símbolo mariano se ha dicho que es “una colección de alabanzas a María”[12]. Se ha notado que es “el testimonio más hermoso de la devoción de san Gabriel a la Virgen”[13] . El P. Cavatassi llega a afirmar que “es un texto que toca los vértices más elevados de la piedad mariana occidental, y en la Historia de la Iglesia tiene sólo un precedente análogo en el celebérrimo Hymnos Acáthistos de las Iglesias Orientales”[14].

2.- El autor

El Credo no podía ser sino obra de un gran devoto de María. Y San Gabriel lo fue[15]. A esta su piedad mariana se había atribuido ya en vida, toda su santidad.[16]: El oficio litúrgico del santo se hacía eco de esta persuasión universal: “La Virgen Dolorosa fue para él —en cierta medida— el sentido de toda su vida, y la maestra de toda su santidad, hasta el punto de que los contemporáneos lo tuvieron como suscitado por Dios con el fin de que la devoción a la Dolorosa recibiera un singular desarrollo gracias a su ejemplo “.

En este marianismo singular de San Gabriel influyó mucho —sin duda— el marco histórico del siglo XIX, con el mensaje de sus grandes apariciones marianas, y de la definición dogmática de la Inmaculada (8.12.1854)[17].

La devoción a María le venía a San Gabriel de lejos. En su casa era muy venerada una imagen de la Dolorosa. Al quedarse huérfano de madre a la edad de tres años, la Virgen empieza a hacer las veces de madre. En Spoleto, a donde se traslada su familia en 1841, hay muchos lugares de gran renombre mariano. En la catedral se venera una antiquísima Santa Icone. Los PP. Servitas fomentan la devoción a la Dolorosa. Los Hermanos de La Salle, en cuyo colegio estudia Gabriel, forman su corazón en un gran amor a la Virgen. En el liceo de los PP. Jesuitas conoce la Congregación Mañana y se hace inmediatamente socio. Uno de los profesores que tuvo en el liceo jesuita le escribió desde Roma una carta donde se contenían frases de exhortación mariana como las siguientes: “Este año es el triunfo de María Inmaculada. Procúrate una imagen que represente este singularísimo privilegio, colócala en la pared de tu habitación, arrodíllate a sus pies y con gran efecto, pon toda tu alma y este asunto [el de la vocación] en sus manos. Pídele, insiste para que te dirija amorosamente, te ilumine y te preserve de los engaños del demonio. Pídele continuamente perdón de tus infidelidades. Recuérdale que Ella es tu Madre; que tú no eres tuyo sino de Ella, y que como cosa suya disponga de ti y te ponga en el camino que te lleve al paraíso. ¡Oh qué buena y amante es María!”

Una obra de santidad tan perfecta como la que realizó la Virgen en san Gabriel no podía permanecer oculta bajo el celemín de una historia sin memoria. Ella, que cantó en su Magnificat la gloria futura con que Dios la había de recompensar, proporcionó también a su devoto un renombre singular. “Desde su beatificación y canonización —escribió Juan XXIII— aquel joven brilla en la Iglesia como una nueva estrella, enseña con un ejemplo a los fieles y protege con su intercesión a sus devotos”[18].

La gloria póstuma de san Gabriel es un fenómeno bien llamativo. La canonización del santo pasionista desencadenó en la Iglesia un anhelo imitativo de su santidad que se ha eclipsado tras el Vaticano II, pero a lo largo de la primera mitad del siglo XX fue uno de los fenómenos más influyentes en el fomento de la piedad mariana de la juventud. Y hay que reconocer que su ejemplaridad fue extraordinariamente benéfica para la Iglesia[19]. El marianismo juvenil de la primera mitad del siglo XX se nutría de la lectura de san Gabriel, porque en él veía plasmado el mejor modelo de una piedad mariana seriamente vivida y dotada de un singular valor cristocéntrico[20]. “Ad Jesum per Mariam”.

 

3.- La cima de una experiencia mariana única

La composición del Credo Mariano señala en la vida de san Gabriel la cima de una experiencia mariana muy singular que empezó con su vocación. La llamada a la vida religiosa la recibió Gabriel en una manera milagrosa, cuando en la octava de la Asunción (22.8.1856) oyó que la sagrada imagen lo interpelaba claramente con estas palabras: “¡Francisco! ¿Qué haces en el mundo? El mundo no es para ti. ¡Sigue tu vocación!”. La llamada divina le llegaba de labios de María. Desde aquel momento la experiencia vocacional dejaba su vida marcada para siempre con un auténtico sello de marianismo. La Virgen que lo llamaba a la vida religiosa sería la que le ayudaría a mantenerse perseverante en ella, y lograr un nivel de heroico radicalismo.

El día 6 de septiembre del mismo año 1856 abandonó Spoleto para ingresar en la Congregación Pasionista. Al día siguiente llegó a Loreto. Allí pasó el día 8, solemne fiesta de la Natividad de María. En aquel santuario mariano y en tan solemne fiesta reflexionó sobre lo vivido desde la milagrosa llamada y decidió responder con toda generosidad a la Virgen en la nueva vida que iba a emprender. En el Noviciado cambia su nombre de bautismo (Francisco) toma el de Gabriel, en recuerdo del arcángel que anunció a María su divina maternidad. Como apellido religioso, escogió un título mariano —el más vinculado con la espiritualidad de la Congregación en que va a ingresar— la Dolorosa. Desde entonces la historia le conocerá con este nombre doblemente mariano, Gabriel de la Dolorosa. La vestición del hábito tiene lugar el día de los Dolores de María (21 de septiembre).

Una fuerte convicción guió a Gabriel desde su Noviciado, a lo largo de toda su existencia religiosa: que María es el medio imprescindible para llegar a Jesús y ser llevado por él a la Trinidad.

Desde esta inquebrantable persuasión, se empleó a fondo para hacer de su vida una imitación perfecta de la Virgen. Leyó lo mejor de la espiritualidad mariana que encontró en el Noviciado Pero, sobre todo, se entregó al fiel cumplimiento de sus obligaciones de clérigo pasionista. Para él la meta de la santidad y la mediación mariana para alcanzarla fueron consideradas como un todo inseparable. El no disoció existencialmente a María de Jesús ni de la Trinidad. Ya estaba diseñado el proyecto sobrenatural de Gabriel. La santidad del joven pasionista será toda ella obra de María. Así lo afirma la colecta de su fiesta: “¡Oh Dios, que, por medio de María, has honrado a san Gabriel con la gloria de la santidad y de los milagros!”. Pero fue un proceso lento y paulatino. Conforme alcanzaba las metas de la marianización de su vida, sintió anhelos de nuevas entregas. Hizo voto de promover la devoción a los Dolores de María. Quiso grabar sobre su pecho el nombre de María. En este ambiente, y cuando su experiencia mariana llegaba a la cumbre, decidió componer el Credo Mariano.

 

4.- El contexto místico-mariano del Credo

La vida mística de san Gabriel se inicia cuando a los 18 años de su vida, tiene la milagrosa locución del icono mariano de Spoleto. Por la conexión inseparable que suele mediar entre las locuciones y las visiones, es muy probable que aquella locución de tan decisivo influjo en la vida del joven Possenti se viera acompañada de una visión de la Virgen. Este episodio marca el inicio de la vida mística de san Gabriel. Esta iniciación primera se completó luego con la difícil y precoz entrada en la pasividad mística. Estos hechos son de gran importancia en el itinerario espiritual de san Gabriel hacia la redacción del Credo.

Cuando ingresó en el Noviciado, fuertemente impresionado por la llamada de la Virgen, y aborreciendo su vida mundana precedente, que le hizo desoír tres veces la llamada divina, le embargó un fuerte anhelo de expiar sus pecados y darse a una vida de penitencia en la nueva vida que emprendía con la toma de hábito. Esto explica el fuerte sentido ascético de los primeros tiempos de su vida religiosa.

Para confirmar el voluntarismo de los primeros tiempos de su itinerario espiritual basta leer los propósitos compuestos en los primeros años de su vida religiosa. En cuarenta resoluciones había condensado toda la espiritualidad del Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del jesuita P. Rodríguez, uno de los autores más puramente ascéticos de la literatura espiritual moderna. Pero la espiritualidad de la Congregación en cuyo seno ingresaba era de orientación mística y tendía a la pasividad desde una actitud de entera sumisión al divino querer. No le fue fácil a san Gabriel dar aquel viraje. El terrible conflicto interior producido por este cambio tuvo —sin duda— su repercusión en el colapso de su salud, que degeneró en la tisis pulmonar que acabó con sus días.

¿Cómo se verificó en san Gabriel este decisivo cambio? De una manera sencilla. Fue la total entrega a María y su actuación maternal la que facilitó en su espíritu la adopción de las disposiciones propias de la contemplación infusa y la subordinación de todos sus anhelos al simplicísimo y místico deseo de no querer sino lo que Dios quería. A partir de esta evolución el absoluto de san Gabriel es el querer de Dios. Las palabras que cierran su última carta son éstas: “Dios lo quiere así; así lo quiero también yo”. Este difícil y doloroso cambio evidencia hasta qué punto es la Virgen María, la Madre de la mística cristiana, la que lleva a las almas —mediante la acción del Espíritu que en ella habita plenamente— a morir a lo natural y renacer a lo místico sobrenatural que se manifiesta en la vida según el Espíritu.

En esta etapa mística que empieza de manos de la Virgen tiene lugar —sin duda— el conjunto de experiencias marianas que lo inspiraron a componer su Credo.

5.- El contenido

 

La impresión primera que produce la lectura es que el texto es algo inconexo, por la yuxtaposición de proposiciones sueltas[21]. Según la edición crítica, el texto tenía una articulación en siete partes de siete artículos cada una, siguiendo el esquema de los siete dolores de la Virgen

Analicemos al detalle el contenido del Credo.

 

-La Divina Maternidad

La fe en el misterio mariano fundamental, que es la divina maternidad de María, aparece formulada de la siguiente forma:

Creo que la dignidad de ser Madre de Dios es, en su género, infinita. Y que su estado fue sumo, que sólo puede darse a las criaturas puras. Y confieso con san Buenaventura que: Ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a simples criaturas: es la mayor que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo mayor; pero no puede hacer nada mayor que a la Madre de Dios.

Creo que lo inmediato a ser Dios, es ser la Madre de Dios. Y, por consiguiente, “no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios” (san Alberto Magno), y que tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Como se ve, no se describe la esencia del dogma sino que se desarrollan algunas derivaciones doctrinales acerca del gran misterio. Llama la atención —sin embargo— la sobriedad y la finura de los enunciados, lo mismo que la seguridad doctrinal que su autor posee.

 

La plenitud de gracia

De la divina maternidad se deriva la plenitud de Gracia que María posee. Gabriel resume así dicha verdad:

Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidas a todas las criaturas.

 

-La relación con los ángeles y el cosmos

En dos sencillos enunciados recoge la doctrina mariana sobre el particular:

Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles.

Creo que por ti ha sido hecho todo el Universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios. Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

La vida histórica de María

Hay un amplio desarrollo de la vida histórica de María en el Credo.

Señalamos los puntos esenciales. Empieza con la imposición del nombre de María, cuyo origen y sentido detalla conforme a los libros de piedad mariana del tiempo[22]. Igualmente, se detiene en describir la belleza de María[23] .Toca también el tema la virginidad de María cuyo sentido y valor ensalza[24]. De la niñez de María recuerda su inocencia[25].

-La vida teologal de la Virgen

Singular importancia da el santo en su Credo a la vida teologal de la Virgen.

 

De la fe de María afirma:

Te diré con san Agustín: “Tu fe abrió el Cielo cuando asentiste al ángel anunciador”.

Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste. Te llamaré, con san Cirilo: Cetro de la fe ortodoxa.

 

En cuanto a la esperanza afirma:

Creo que eres Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

 

Donde se detiene con mayor interés es en el amor de María, a Dios y al prójimo:

Sobre el amor de Dios confiesa:

Creo que sólo tú cumpliste el precepto: Amarás al Señor…; y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante. Y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo

Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a santa Brígida, sólo pensabas en Dios, y que nada te agradaba sino Dios.

Creo que, mientras vivías en la tierra permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto. Y que estabas tan llena de caridad, tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, que heriste y robaste el divino Corazón.

En cuanto al amor al prójimo dice:

Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [que se te pueda igualar] … Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado al amor que nos tienes a cada uno de nosotros

Creo lo que dijiste a santa Brígida: “Todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada reservaste salvo alimento y ropa austeros”.

-Las virtudes de María

Particular atención dedica a las virtudes de la Virgen.

Ante todo enuncia el principio de que la vida virtuosa de María no estuvo exenta de esfuerzo:

Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración

 

En este ejercicio de las virtudes se fija, en primer lugar, en el desprendimiento de los bienes terrenos[26]. Le sigue la atracción por la vida contemplativa[27], el amor a la humildad[28], la mortificación[29].

 

-Asunción y Coronación

El curso de la vida histórica de María lo cierra el Credo con la mención de la Asunción y de la coronación de María[30].

-Títulos marianos

Entre los atributos de María, menciona el Credo la maternidad espiritual de María[31], la corredención[32], y la Mediación universal[33]. María es contemplada también como pacificadora[34] y la que trae la reconciliación de todos[35]. Es también el principio universal de salvación[36]. Además, María escucha toda plegaria[37].

-Madre de misericordia

El atributo que más exalta el santo es el de la misericordia de la Virgen[38]. Por eso es proclamada como la esperanza de la salvación[39]. María es también confesada como madre de la perseverancia[40], y camino seguro de santidad[41].

Para el final de la vida, la Virgen es consuelo de los agonizantes[42]. En el Purgatorio, María es intercesora poderosa para obtener de Dios la pronta salida del mismo[43].

Por fin , la devoción a María es prenda segura de salvación[44].

Este es en síntesis, el contenido del Credo mariano de San Gabriel.

 

 

6.- Un Credo muy singular

 

El texto gabrielino se denomina Credo por la frecuencia de la expresión: “creo” y equivalentes[45].

El Credo Mariano —llamado también Símbolo— es una larga lista de proposiciones teológicas relativas a la Virgen.

Es fácil relacionar el texto con las fórmulas de fe que se han elaborado en la Iglesia desde los primeros siglos cristianos hasta nuestros días, con el fin de ofrecer a los fieles un resumen de lo más esencial de la fe común de la Iglesia.

El Símbolo de san Gabriel constituye una variedad interesante dentro del género literario de los credos y confesiones de fe. Su peculiaridad primera está en el carácter personal y no público/oficial de su credo. Responde a la imagen interior que se había formado de la Virgen, cuyos títulos y grandezas resume en forma de enunciados cortos estructurados a modo de un género intermedio entre el credo y el elogio devoto. Son verdaderamente una confesión, en la que se exterioriza la interior convicción en alabanza amorosa de la Virgen. De ahí que el Símbolo no conste de enunciados de “mínimos” como suelen serlo los credos oficiales que recogen, a modo de artículos de contenido esencial, lo que en todas partes, y siempre se ha creído en la Iglesia universal. El Símbolo mariano de san Gabriel no tiene el valor dogmático de las confesiones de fe infalible, ni tiene la pretensión de elaborar un credo comparable con dichos símbolos. Es una serie de enunciados que expresan las convicciones personales del santo, en las que atribuye a la Madre de Dios todo lo mejor que un devoto puede pensar como digno de la más excelente criatura. Entre lo esencial y universal —lo que es obligatorio para todos—, y la piedad singular que acepta con asentimiento de fe determinados enunciados, hay una gama amplísima de matices en las verdades mariológicas.

La segunda característica del Credo gabrielino es su temática original. Es un credo mariológico. Prescindiendo de todo aquello que es exclusivo de la Divinidad (naturaleza divina, persona del Verbo), y rechazando lo que no es compatible con el estricto dogma católico, san Gabriel atribuye a María todos aquellos privilegios que la piedad de los santos Padres[46], los doctores[47], los santos[48], los teólogos[49], las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas[50], y la devoción popular atribuye a María.

Como en siglos pasados, los individuos y las colectividades confesaban como de fe y hacían voto de defender hasta la sangre verdades como la Concepción Inmaculada de María, su Asunción a los cielos o, en la actualidad, muchos devotos de la Virgen la creen mediadora de todas las gracias, corredentora, etc., san Gabriel fue enunciando en hermosas proposiciones la rica doctrina patrística y de tos autores marianos antiguos y modernos, hasta el más cercano a su siglo, san Alfonso María de Ligorio. Para evitar en un texto muy largo la monotonía de la expresión creo, utiliza fórmulas variadas que en su espíritu equivalen a una verdadera confesión de fe, de tipo personal. Se trata de una profesión de fe muy singular[51].

La concentración en el misterio de la Virgen matiza su fe con el referente mariano. El Credo se centra en lo divino de María, que constituye el verdadero objeto de la fe. Al mismo tiempo, subraya lo mariano de Dios en la historia de la salvación .Como la humanidad pregnante de la Madre envuelve el ser humano de del Hijo de Dios, así, la confesión de fe mariana incluye la fe en el Hijo divino. La concentración mariana no es exclusión cristológica o trinitaria del misterio de Jesús.

7.- Lo incomunicable de la experiencia personal de la fe

 

El Credo Mariano surge en la vida de Gabriel como un acto de personalización de los credos dogmáticos oficiales, en una vivencia desde la peculiaridad de su experiencia mariana. Por eso, para entender el género literario tan especial de su Credo hay que distinguir entre los actos de fe íntimos y personales, y las confesiones de fe públicas, oficiales y colectivas.

La fe es un acto siempre personal de adhesión a la verdad revelada. Este acto no recibe una formulación particular, toda vez que acontece en el ámbito de la intimidad personal. La formulación explícita se hace necesaria cuando en la profesión de la fe coinciden varias personas, las cuales expresan externamente la común creencia. Así han surgido en la Iglesia las profesiones de fe comunitarias. Esta fe común y colectiva se expresa, a su vez, en diversidad de formulaciones de géneros literarios diversos. Se dan fórmulas simples y fórmulas más desarrolladas, pero con una intención igualmente universal de expresar toda la fe. A veces las confesiones de fe se centran en algunos aspectos más concretos que forman como una unidad homogénea. Tal es el caso del Quicumque, centrado en el dogma trinitario, o las confesiones neotestamentarias de tipo formalmente cristológico.

Las confesiones de fe, generalmente, recogen aquellas verdades fundamentales que son de fe para todos los creyentes. Pero hay casos en los cuales, personas aisladas o grupos de personas pronuncian un acto de fe sobre verdades no definidas, y que —por tanto— no se imponen como de fe. Tal fue el caso de los que profesaban creer en la concepción inmaculada de María antes de la definición del 8.12.1854 o su Asunción. En esos casos se llegó a veces hasta actos de fe con un compromiso de martirio, como en los votos de sangre. Esta lista de verdades no conoce límites. Cuantas verdades no entran en conflicto con la revelación, y son aceptadas como piadosas creencias pueden ser elevadas a actos personales de fe. Se pude creen en la corredención mariana, en su mediación universal, en la impecabilidad de María, en la ciencia beatifica de la Virgen etc., etc.

En estos actos individuales de fe en verdades que no se imponen como de fe, es de suma importancia determinar la fuente íntima de donde brota la necesidad de formular en forma personal una realidad objetiva y común como es la fe codificada en fórmulas universales y colectivas.

Esa fuente oculta es la vivencia personal única, y al modo propio de la unicidad irrepetible de cada existencia personal. Nadie vive igual que otro su fe. Pero ¿quién la concientiza en esa dimensión de la unicidad e irrepetibilidad de la persona? ¿Y quién logra dar una forma personal a las vivencias incomunicables de la experiencia mística mariana?

El siglo de san Gabriel fue un siglo de grandes vivencias marianas. Pero sólo él se lanzó a expresar en un credo lo que sentía y vivía de la Virgen en su existencia personal.

8.- El motivo formal de fe en el Credo Mariano

 

¿Cuál es el motivo formal por el cual Gabriel cree en las verdades marinas de su Credo? ¿Dónde se da en tales enunciados devotos la condición de verdades reveladas necesaria para que sobre esos enunciados se apoye un acto de fe?

¿Cómo encaja este texto de las profesiones de fe? ¿Cómo se entiende la fe en los enunciados del Credo Mariano de San Gabriel?. ¿Con qué base dogmática cuenta el santo al pronunciar sobre tan numerosos y diversos aspectos del misterio de María una afirmación de fe?¿Cuál es la base mística o teológica en que se sustentan las creencias profesadas por el santo como enunciados de fe?

El Credo Mariano de San Gabriel pertenece al orden de credos de temática unificada, desde la perspectiva del misterio mariano. Es —además— una profesión de fe estrictamente personal[52], que versa sobre verdades aún no presentadas por la Iglesia como de fe divina. Estas profesiones están condicionadas por unas opciones personales de muy diferente motivación. No es una profesión de algunas pocas verdades aisladas comúnmente tenidas como de fe entre las personas piadosas y con la perspectiva de próxima definición de fe, al menos, de una posibilidad de semejante definibilidad. Es un credo universal en el cual el misterio mariano se mira en los contenidos muy detallados y especificados. En este credo está fuertemente presente la convicción de realizar un acto explícito de fe. Para ello es necesario poseer un marco de referencias de pertenencia a la fe lo suficientemente seguro como para aventurarse a expresar la creencia en términos de fe. En este aspecto, el Credo se sitúa en la franja piadosa de la credulidad que —sin ser de objetos definidos— posee una suficiente garantía como para asentar sorbe ella una afirmación de fe. Podría pensarse que el Credo no supera ese nivel de numerosos devotos de María que asienten a todas las verdades marianas que se encuentran expuestas en los libros de piedad mariana. Ciertamente, este motivo no está ausente en su texto. Pero, tratándose un santo cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas por la Iglesia, el nivel espiritual en que vive el contenido del Credo es el orden superior de lo místico y no una simple credulidad devota que se queda con lo mejor de las enseñanzas piadosas sobre la Virgen.

Para convenirse de ello es menester insistir en la metodología que rige esta selección de verdades marianas. Ya se ha dicho que el santo leyó todo lo que en la biblioteca del teologado había de literatura mariana. Más aún, el propio director de los teólogos había compuesto un tratado de mariología. Por tanto, el ambiente de estudios era de un cierto rigor y exigencia técnica en Mariología[53].

Prescindiendo de los contenidos, veamos algunos aceptos de su metodología.

Todos los enunciados están justificados por algún razonamiento teológico o la autoridad de algún autor famoso. En la selección de los enunciados, san Gabriel prefiere los testimonios basados en santos que se han distinguido por su ciencia —doctores— y su preferencia mariana: san Bernardo, san Buenaventura, etc.

En segundo lugar, vienen los grandes teólogos que han formulado con particular desarrollo la fe mariana. Tal es el caso de Guerrico, el abad de Celles Raimundo Jordán, Suárez.

Junto a los doctores, los teólogos y los santos, vienen las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas. Son las más numerosas. santa Brígida, santa Matilde, santa Gertrudis, santa Isabel, OSB. Esta preferencia da a entender con qué instinto espiritual realizaba la selección de las proposiciones. Era la congenialidad de su mundo mariano interior, con las afirmaciones de las personas que sentían lo mismo que él. Era un criterio de congenialidad espiritual.

Este instinto de congenialidad lo guió en el intento original de reducir a síntesis todas las verdades marianas que ocupan la franja de la pía credulidad que separa la mariología crítica de un Windenfeld, y la fría teología mariana especulativa.

Se podría decir formalmente que el ámbito teológico del Credo es la piedad popular marina. Su fundamento está en la vivencia personal del que ha compuesto el Credo.

9.- Carácter estrictamente personal

 

¿Con qué finalidad lo compuso el santo? El hecho de haber querido escribirlo con su sangre y llevar un trozo del mismo sobre el corazón denota su finalidad estrictamente personal. Esto crea —como ya hemos dicho— una variante muy original entre las confesiones de fe utilizadas en la Iglesia con una finalidad estrictamente colectiva y grupal, y las expresiones de fe personal que dan salida a las convicciones no impuestas como de fe dogmática. En este sentido, la composición del Credo tenía en san Gabriel una doble finalidad. En primer lugar debió de sentir una presión interior que lo llevó a dar expresión al mundo de convicciones interiores sobre las maravillas del misterio mariano. Es sabido que la intensidad de las vivencias interiores busca su salida expresiva en muy variadas formas. Una de ellas es la escritura. La pérdida de cuaderno autobiográfico del santo, quemado por expresa petición del mismo, poco antes de morir, encuentra una compensación en este texto en que es muy fácil seguir sus preferencias espirituales. No habla, p. e., de la Inmaculada, siendo así que conoció su definición dogmática cuando tenía 16 años. Tampoco habla de la Asunción, cuya fiesta se celebraba en la Congregación pasionista con gran solemnidad, precedida de una cuarentena de prácticas piadosas. La preferencia por el motivo de la misericordia debía de recordarle su conversión por la llamada de María en una locución sobrenatural el 22 de agosto de 1856. La insistencia en el motivo de las virtudes de María tiene su razón de ser en una práctica marina de tipo seriamente imitativo.

Otra motivación importante a la hora de pasar al papel sus convicciones de fe sobre la Virgen fue la de tener a mano un resumen de todos los títulos y grandezas de María. En este sentido, lo había precedido su propio Director Espiritual, autor de una devota mariología que recogía gran número de textos patrísticos sobre la Virgen.

Pero tal vez el principal móvil interior que lo lanzó a componer su Credo no tenía una explicación a nivel de conciencia clara. Era un impulso más fuerte que él. Era un fuego interior que no podía retener sin darle salida al exterior con la forma de un texto escrito. Con fuerza análoga los grandes artistas se ven impulsados a crear. Un parecido impulso interior incoercible llevó también a los autores inspirados a componer sus textos, cuyo sentido se descubriría en la recepción de la comunidad creyente a la cual destinaba tales escritos. En otras palabras, el impulso interior que llevó a san Gabriel a redactar su Credo tenía mucho que ver con su misión de suscitar de la devoción[54] mariana en el siglo XX. Con razón este siglo ha sido llamado saeculum marianum; y san Gabriel fue uno de los santos que más decisivamente influyeron para que en él se viviera tan intensamente la piedad mariana, especialmente en la juventud[55]. La redacción de su Credo tenía mucho que ver con esa su misión de santo mariano, suscitador de la piedad mariana en los jóvenes de la primera mitad del siglo XX. La redacción del Credo era un efecto primero de aquel voto suyo especial, de propagar la devoción a los Dolores de la Virgen que se ha mencionado ya. Para propagarla tenía que conocerla. Para hablar de la Virgen, tenía que tener a mano un bosquejo completo de los títulos y grandezas de María. Así nació el Credo Mariano.

9.- Actualidad del Credo

¿Qué lugar ocupa en la mariología actual la síntesis personal de san Gabriel en su Credo Mariano? El editor crítico y comentarista del mismo se inclina a creer que el Santo pertenece –teológicamente- a la corriente que en el Vaticano II se llamó maximalista, pero “con tanto equilibrio y tacto, con tal apertura a la armonía de los dogmas, con tal atracción por el misterio de Dios, con tal adhesión a Cristo, y con tal atención al pensamiento de la Iglesia, que parece anticiparse a los nuevos tiempos y a la nueva teología mariana[56]

El enfoque del B. Juan XXIII en punto al marianismo del santo pasionista –según las palabras pronunciadas en el centenario de su muerte- mira más al testimonio de una piedad mariana autenticada por la práctica de las virtudes[57] .Sin embrago, ni la clasificación del Santo entre los mariólogos maximalistas, ni su reducción al rango de un puro testimonio mariano confirmado por la vida virtuosa hacen justicia a la imagen mariológica del santo que emerge de su Credo Mariano. La verdad es que el Creo ofrece auténticas aportaciones en el campo estrictamente teológico.

En primer lugar estamos ante un tipo nuevo de credo o profesión de fe.

Este Credo es una profesión de fe viva y personal. Nada tiene de convencional, sino que es de gran originalidad. Tampoco es colectivo. Es individual, de uso privado, no destinado a la publicidad. Por esto mismo, no es oficial a ningún nivel eclesiástico. No tenía investidura alguna para darle tal rango. No es genérico ni de tenor esencial al modo de de todos los credos desde el Símbolo Apostólico hasta el reciente “Ad tuendam fidem” de Juan Pablo II. Es un Credo amplio, desarrollado, minucioso, detallado hasta la minucia. En este campo de las formulaciones de la fe San Gabriel testimonia la originalidad de una fe personalizada, vivida desde la unicidad irrepetible de todo creyente. No hay dos fieles que crean del mismo modo. San Gabriel es un santo mariano de características únicas. Y también lo es su Credo. La fe es una realidad de todos, mas cada uno la vive, y la formula al modo propio. Así es también la Mariología

El Credo de San Gabriel da actualidad al hecho vaticinado por Jeremías (31,34), de una palabra interior presente en el corazón de todos. Confirma la enseñanza de Jesús, de que todos serán instruidos personalmente por el Espíritu (Jn. 6,45) y por tanto, cada uno posee un modo íntimo de creer personal y único dentro del marco de la misma fe de la Iglesia. Junto a los credos oficiales y colectivos, hay modos de creer personales, y el credo de san Gabriel es una muestra de esa fe personal e íntima.

Aun siendo tan interesante y tan vital este aspecto de las formulaciones personales de la fe, no es la aportación más válida del Credo Mariano de San Gabriel. Más allá de todo lo personal de semejante Credo, hay también aportaciones de orden objetivo y metodológico en el ámbito de la Mariología[58], y también de la ciencia teológica en general. En el orden de Mariología el Credo de San Gabriel no se sitúa en el ámbito dogmática, que se impone como de fe a todo creyente, y consta de los cuatro dogmas marianos de la Inmaculada Concepción, la Divina Maternidad, la perpetua virginidad, y la Asunción corporal cielo. El Credo Mariano no es de finalidad dogmática. ¿Pertenecerá, entonces, al orden de la Mariología científica que profundiza los contenidos de la dogmática mariana?. Tampoco parece ser el caso. El Credo Mariano no tiene el aire de una Mariología científica racional y abstracta, que desarrolla sistemáticamente y en forma rigurosa lo implícito de los cuatro dogmas marianos. Su inspiración es otra. Den efecto, junto a la Mariología dogmática y la sistemática, Junto a ellas, hay una Mariología que ofrece sus contenidos doctrinales por el despliegue interno de los datos marianos concientizados por vía mística, mediante la actuación de los dones intelectuales del Espíritu santo. Esta es una verdadera Mariología y -como tal- es también susceptible de una expresión y exposición sistemática analógica a la racional/científica, pero desde una metodología diferente. Es la Mariología mística de base experimental[59].

Esta es la Mariología que en el curso de los siglos ha hecho progresar el dogma mariano, más que la racional/científica. Es la que ha llevado al progreso dogmática que ha culminado en las grandes definiciones, como la Inmaculada y la Asunción, y quizás también la misma maternidad divina de María[60]. Marín-Sola expuso la teoría del doble progreso de la teología y del dogma, por vía intelectual, y por vía donal o de experiencia mística. El Credo de san Gabriel codifica las leyes y la metodología de esta vía del progreso de la Mariología por vía vivencial y mística. Con todo lo imperfecto e incompleto que resultó su Credo, y -a pesar de su deficiente realización- no hay duda que en la Mariología ha creado un género literario único.

A. M. Artola, CP.

Profesor de Sagrada Escritura

En el Seminario “Redemptoris Mater”

CALLAO-LIMA

Texto en el idioma original (italiano)

 

 

Contenuti del Simbolo

 

1 – Credo [o Maria] come rivelaste a S. Brigida:

Quod es regina caeli, Mater misericordiae, iustorum gaudium et aditus peccatorum ad Deum;

e che: Nullus est adeo maledictus, qui quamdiu vivit,careat tua misericordia;

e che: Nullus est ita abiectus a Deo, qui si te invocaverit, non revertatur ad Deum et habiturus sit

misericordiam;et miser erit qui ad misericordem, cum possit,non accedit.

2 – Credo che: voi siate la madre di tutti gli uomini,

e che in Giovanni li riceveste tutti per figli, giusta la volontà di Gesù.

3 – Credo che voi siate quale alla vostra Brigida vi dichiaraste:

Quasi mater omnium peccatorum volentium se emendare;

e che: Clamas pro anima peccatrice: “Miserere mei”.

4 – Credo che: Voi siate la nostra vita.

Dico con S. Bernardino da Siena che: Omnes indulgentias factas in veteri Testamento,

non ambigo Deum fecisse solum (non escluso Gesù),

et, post Deum, spes unica peccatorum, vi dirò con S. Agostino.

Vi credo quale vi vide S. Geltrude, col manto aperto in cui stavano rifugiate molte fiere, leoni, orsi, tigri, e che voi non solo non li cacciavate, ma con gran pietà gli accoglievate ed accarezzevate.

5 – Per voi, noi riceviamo il dono inestimabile della S. Perseveranza:

Te sequens non deviam, te rogans non desperabo, te tenente non corruam, te protegente non metuam,

te duce non faticabor, te propitia perveniam ad te.

6 – Voi siete il respiro dei cristiani ed il loro aiuto, massime in morte, conforme diceste a S. Brigida:

Quod tu ut mater occurris eis in morte, ut ipsi consolationem et refrigerium habeant,

e che: Non est tuum – come diceste a S. Giovanni di Dio –

quod non est tuum, in mortis hora, tuos devotos derelinquere.

7 – Voi siete la speranza di tutti, massime dei peccatori;

Tu civitas refugii,

e di quelli specialmente che son privi d’ogni soccorso.

8 – Voi siete: Protectrix damnatorum, spes desperatorum;

e come intese S. Brigida che vi diceva Gesù che:

Etiam diabolo misericordiam exhiberes, si humiliter peteret;

Tu peccatorem quantumcumque foetidum non horres;

si ad te suspiraverit – vi dirò con S. Bernardo –

tu illum a desperationis barathro pia manu retrahis.

9 – Credo che: voi voliate ad aiutare chi vi invoca;

e che siate: Salus te invocantium;

e che: Plus vis tu facere nobis bonum, quam nos

accipere concupiscimus.

10 – Credo, come voi significaste a S. Geltrude, che:

aprite il manto per accogliere tutti quelli che a voi ricorrono, e che gli Angeli attendono a difendere

i vostri devoti dalle infestazioni dell’inferno.

Voi preoccupate quei che vi cercano, ed anche non richiesta, correte pronta in aiuto;

e che: Quern tu vis, salvus erit.

11 – Credo, come diceste a S. Brigida, che:

Daemones audientes Mariam, statim relinquunt animam.

12 – Confesso con S. Epifanio, Antonino ed altri,che il vostro Nome

scese dal Cielo e fu imposto per divina ordinazione.

Riconosco con S. Antonio da Padova nel Nome vostro

le stesse dolcezze che S. Bernardo considera nel Nome di Gesù:

Nomen tuum, o Maria, iubilus in corde, mel in ore, in aure melos.

13 – Credo che, dopo il Nome di Gesù, [Non] sit aliud nomen

unde tantum gratiae, spei et suavitatis piae mentes concipiant.

E col vostro S. Bonaventura confesso che:

Nomen tuum devote nominari non potest sine nominantis utilitate.

E credo ciò che diceste a S. Brigida, che:

Nullus est in hac vita tarn frigidus ab amore Dei, qui, si invocaverit Nomen tuum cum proposito poenitendi, statim diabolus ab ipso non discedat.

14 – Credo che: la vostra intercessione sia moralmente necessaria per la nostra salute;

che tutte le grazie che Dio ci dispensa passino per [le] vostre mani;

e che tutte le misericordie che si sono dispensate agli uomini,

tutte sono venute per mezzo vostro;

e che: Nullus potest caelum intrare, nisi per te transeat tamquam per portam;

credo che la vostra intercessione sia non solo a noi utile, ma necessaria, moralmente.

15 – Credo che: voi siate la Cooperatrice di nostra giustificazione;

homninum Reparatricem;

salutis hominum auctricem;

totius bumani generis reparatricem;

adiutri[cem] redemptionis;

mundi salvatricem.

Che nel mare di questa terra restan sommersi tutti quei

che non si troveranno ricevuti nella vostra nave;

e per conseguenza credo che:

Nemini, nisi per te, pateat aditus ad salutem,

e che: Nemo est qui salvus fiat, nisi per te.

16 – Credo che:

Deus decrevit nihil dare nisi per te;

che: salus nostra in manu tua est,

e che: qui petit sine te, sine alis tentat volare;

credo altresì che: frustra alios Sanctos oraret quem tu non adiuvares,

e che: quod possunt omnes isti tecum, tu sola potes sine illis omnibus,

e che: te tacente, nullus iuvabit, nullus orabit;

te orante, omnes iuvabant et orabunt.

E finalmente vi dico con S. Tommaso: Omnis spes vitae;

e vi dico con S. Agostino: Unam ac te solam pro nobis in Caelo fatemur esse sollicitam.

17 – Credo che: voi siate la tesoreria di Gesù,

e che: Nemo donum Dei suscipit nisi per te;

e che: Inventa te, invenitur omne bonum.

18 – Credo che: Unum suspirium tuum plus potest quam omnium Sanctorum simul suffragia,

e confesso con S. Giovanni Damasceno che: Potes quidem omnes salvare.

Vi credo che siate quell’Avv[ocata] che non ricusate difendere le cause dei più miserabili.

Vi dirò con S. Andrea Cretense: Salve, divina hominum reconciliatio.

E con S. Germano: Non est satietas defensionis tuae.

19 – Vi ravviso per la Paciera tra peccatori e Dio,

e vi credo per quell’esca dolcissima creata da Dio

Per prender gli uomini e specialmente i peccatori per tirarli a lui,

come E[gli] stesso lo rivelò a S. Caterina da Siena;

ed in conseguenza: Sicut magnes attrahit ferrum,sic tu attrahis dura corda, come diceste a S. Brigida.

Voi siete tutt’occhi per compatire e soccorrere le nostre miserie,

onde vi dirò con S. Epifanio multoculam”;

e ciò lo conferma quel che intese S. Brigida, quando voi richiesta da Gesù:

Mater, pete quid vis a me, voi rispondeste: Misericordiam peto pro miseris.

20 – Credo che quell’innata misericordia delle vostre materne viscere che aveste pellegrina ancora su questa terra verso dei miseri, sia superata in grandezza adesso che regnate in cielo, in quel modo che il sole supera in grandezza di splendore la luna, mi dice S. Bonav[entura].

E che siccome i corpi celesti e terreni sono illuminati dal sole, così non vi e nel mondo chi per vostro mezzo non partecipi della divina misericordia, come rivelaste a S. Brigida;

onde credo con S. Bonav[entura] che: In te, Domina,peccant non solum qui tibi iniuriam irrogant,

sed etiam qui te non rogant.

Onde è che mi persuado col medesimo Santo che: Qui praestat in obsequio tuo, procul fiet a perditione;

e ciò credo con S. Ilario che avverrà: Quantumcumque quis fuerit peccator, si [tui djevotus extiterit,

numquam in aeternum peri[bi]t.

21 – Con S. Bonav[entura]: Qui neglexerit te, morietur in peccatis suis

Qui non invocat te in hac vita, non pervenient ad regnum Dei;

.. .a quibus averteris vultum tuum, non erit spes ad salutem.

22 – La vostra devozione credo con S. Efrem che sia Charta libertatis.

Credo con S. Anselmo che: Aeternum “vae” non sentiet ille pro quo semel tu oraveris.

E che la vostra devozione è avere certe armi di salute, che Iddio non concede

se non a coloro che Egli vuol salvi, come m’assicura il Damasceno.

Onde concluderò con S. Antonino: Sicut impossibile est ut illi a quibus tu oculos tuae misericordiae avertis,

salventur, ita necessarium quod hi, ad quos convertis oculos tuos pro eis advocans, salventur et glorificentur.

23 – Credo, come già rivelaste a S. Brigida:

esser voi la Madre di tutte le anime purganti, mentre tutte le pene che esse meritano per le colpe commesse

in vita, in ogni ora per le vostre preghiere sono in qualche modo mitigate.

Troppo dunque felici e fortunati, vi dirò con S. Alfonso, sono i vostri devoti,

[e l’unica volta in cui S. Alfonso è citato esplicitamente nel Simbolo]

mentre ci assicura S. Bernardino che: A tormentis purgatorii liberas maxime devotos tuos,

conforme a ciò che intese S. Brigida che vi diceva Gesù: Tu es Mater mea, tu Mater misericordiae,

tu consolatio eorum qui sunt in purgatorio.

24 – Credo che Voi, stando per andare al Paradiso domandaste, e senza dubbio otteneste,

di potervi condurre con voi tutte le anime che si trovavano in purg[atorio].

Credo altresì, come prometteste al Papa Giovanni XXII, che gli ascritti al Carmine,

nel sabato dopo la morte sarebbero liberati dal purg[atorio].

Ma più felici sono i vostri devoti, poiché: Porta caeli reserabitur eis.

Voi siete: Reseramentum caelestis Jerusalem, sIanua caeli, 6Felix caeli porta, 7Vehiculum ad caelum.

25 – Credo che: ln Jerusalem potestas tua imperando quod vis et quos vis introducendo.

Per te caelum apertum est, infernus evacuatus, instaurata caelestis Jerusalem,

miseris damnationem expectantibus vita data est. S. Bern[ardo].

26 – Credo che: Qui operantur in te non peccabunt, qui elucidant te vitam aeternam habebunt;

e vi riconosco per quella celeste nocchiera, che conducete all’eterno porto i vostri devoti ricoverati nella

navicella della vostra protezione, come mostraste a S. M[aria] Maddalena dei Pazzi;

onde la vostra devozione, dirò con S. Bernardo, certissimum est signum salutis aeternae consequendae,

e col B. Alano: Habens devotionem hanc (salutandi saepe cum Ave) (8), signum est praedestinationis

permagnum ad gloriam.

Onde concluderò con Guerrico Abate: Qui tibi famulatur, ita securus est de Paradiso, ac si esset in Paradiso.

27 – Credo con S. Antonino che: Non reperitur aliquis Sanctorum, ita compati in infirmitatibus,

sicut tu, Beatissima Virgo Maria.

Date più di quel che vi si chiede. Voi, ubicumque fuerit miseria, tua curris et succurris misericordia.

Tu semper circuis quaerens quem salves.

Saepe, vi dirò coll’Abate di Celles, quos iustitia Filii tui potest damnare,tu Mater misericordiae liberas.

Onde credo ciò che il Signore disse a S. Brigida: Nisi praeces tuae intervenirent, non esset spes misericordiae.

Onde tengo con S. Fulgenzio che: Caelum et terra iamdudum ruissent si tu tuis precibus non sustentasses.

28 – Credo che la vostra altezza sia superiore a tutti i Santi ed Angeli;

e che: Tanta est perfectio tua, ut soli Deo cognoscenda reservetur.

Credo che: Immediate post esse Deum, est esse Matrem Dei; e che in conseguenza: Magis Deo coniungi non

potuisti, nisi fieres Deus (Alber[to] Magno).

29 – Credo che Dignitas Matris Dei, suo genere est infinita,

e che il vostro stato fu sommo, quae purae creaturae dari possit.

E confesso con S. Bonaventura che: Esse Matrem Dei, est gratia maxima purae creaturae conferibilis: ipsa est quam maiorem facere non potest Deus. Maiorem mundum facere potest Deus, maius caelum, maiorem quam Matrem Dei facere non potest.

30 – Credo quod propter te totus mundus factus est,

e che: Tua dispositione perseverat mundus quem et tu cum Deo ab initio fundasti,.

e che per amor tuo non distrusse Iddio l’uomo dopo il peccato.

31 – Credo che Iddio vi abbia dotata in sommo grado di tutte le grazie e doni generali e particolari

conferiti a tutte le creature;

e credo al Signore che rivelò a S. Brigida che la vostra bellezza superò la bellezza di tutti gli uomini

e degli Angeli.

Credo che la vostra bellezza fugava moti impuri ed ingeriva purità.

32 – Credo che foste bambina, ma di essa [aveste] solo1’innocenza e non già il difetto d’incapacità.

Foste Vergine prima, nell’atto e dopo il parto; senza la sterilità foste madre, ma Vergine.

Nella vita attiva operavate, ma senza che 1’operare vi distogliesse dall’unione con Dio;

nella contemplativa stavate raccolta in Dio, ma senza negligenza alcuna dei vostri doveri.

33 – A voi toccò la morte, ma senza le sue angustie e senza la corruzione del corpo.

34 – Credo, con S. Alberto Magno, che foste la prima che, senza consiglio e senza esempio di altri,

offriste a Dio la vostra verginità; e poi gli donaste tutte le Vergini che vi hanno imitato,

e che di esse ne siate la gonfaloniera;

e che per voi si mantenne vergine il vostro purissimo Sposo Giuseppe,

e che sareste stata pronta per conservare la verginità a rinunziare, col divino beneplacito,

anche la dignità di Madre di Dio.

35 – Credo, come fu rivelato a S. Matilde, quod ita modeste de te sentiebas, ut cum tot gratias haberes,

nulli te praetulisti;

e come diceste a S. Elisabetta benedettina, tengo per fermo quod te repu[ta]bas vilissimam

et gratia Dei indignam.

36 – Credo, o Madre mia, giusta voi lo esprimeste a S. Brig[ida], quod promeruisti Maternitatem Dei,

quia cogitasti et scivisti nihil a te esse et habere.

37 –Credo che per la vostra umiltà celaste a S. Giuseppe la divina Maternità, ad onta che il manifestarlo

pareva necessario.

Serviste a S. Elisabetta, 3e sempre vi eleggeste l’ultimo posto.

38 – Credo, secondo diceste a S. Brig[ida], essere di si basso concetto presso voi stessa, eo quod cogitasti et

scivisti nihil a te esse et habere, et ideo noluisti laudem tuam, sed solum Datoris et Creatoris.

39 – E confesso con S. Bernardino da Siena,1che non vi sia stata creatura che più si sia umiliata di voi,

e che nel mondo non vi è di umiltà neppure il minimo grado a confronto della vostra umiltà.

40 – Credo essere stato tanto il fuoco di cui voi ardevate verso Dio che, posto in quello tutto il cielo e la terra

in un momento si sarebbero consumati;

e che al vostro confronto eran aure fresche tutti gli ardori dei Serafini.

41 – Credo che voi sola perfettamente adempiste il precetto: Diliges Dominum…,

e che voi, nel primo momento del viver vostro, avanzaste 1’amore di tutti gli Angeli e uomini verso Dio;

e che i beati Serafini potevano scendere ad imparare nel vostro cuore il modo di amare Dio.

42 – Credo che per un tal fuoco divino — con S. Bonav[entura] — che giammai foste tentata,

e che, in una parola, come già rivelaste a S. Brigida: Nihil nisi Deum cogitabas, nulla tibi nisi Deus placuerunt.

43 – Credo con il Suarez, Ruperto, S. Bernardino, S. Ambrogio, che: Cum quiesceret corpus tuum,

vigilabat animus,

e che a voi il sonno non impediva [di] amare Iddio.

Onde a voi ancora appartiene quell’Ego dormio et cor meum vigilat,

e che, in una parola, mentre viveste in terra, continuamente stavate amando Dio;

e che giammai faceste se non quello che conosceste esser di suo gusto,

e che foste sì riempita di tanta carità, qualis et quanta percipi potest a pura creatura in terra,

in modo che vulnerasti et rapuisti divinum Cor.

44 – Credo che voi talmente amaste il prossimo, che […]

non vi e stato né vi sarà chi più di voi lo abbia amato,

e per conseguenza non vi è al mondo creatura che

45 – E che se si unisse 1’amore che tutte le madri portano ai figli, tutti gli sposi alle loro spose e tutti i Santi

ed Angeli ai loro devoti, non giunge all’amore che voi portate ad un’anima sola;

e che 1’amore che tutte le madri han portato ai loro figli, è un’ombra a paragone dell’amore che ad uno solo

di noi ci portate.

46 – Vi dirò con S. Agostino: Fides tua Caelum aperuit cum Angelo nuntianti consensit.

47 – Credo, col Suarez, che ayeste più fede che tutti gli uomini ed Angeli,

e che, etiam discipulis dubitantibus, non dubitasti.

Onde dirò con S. Cirillo: Sceptrum orthodoxae fidei.

48 – Credo che voi siate Mater Sanctae Spei,

ed il tipo della confidenza in Dio.

Voi foste mortificatissima.

Credo a ciò che di voi S. Epifanio e il Damasceno ci dicono, che foste sì mortificata negli occhi, che li

tenevate sempre bassi e giammai li fissavate in alcuno.

49 – Credo ciò che voi rivelaste a S. Elisabetta benedettina:

che non aveste alcuna virtù senza fatica ed orazione.

Credo ciò che diceste a S. Brigida: Omnia quae potuisti habere, dedisti indigentibus

nihilque nisi cibum tenuem et vestitum reservasti,

Credo che mundanae divitiae velut lutum tibi vilescebant.

Credo fermamente che faceste voto di povertà.

 


[1] Texto leído el 6 de diciembre de 2004, en el XXI Congreso Mariológico Internacional de Roma (4-8 diciembre del 2004) con el título de La fe, forma radical de acogida a la acción divina en la Historia. El “Credo Mariano” de San Gabriel de la Dolorosa.

[2] Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata, della Congregazione dei Passionisti, per cura del P. Germano di S.Stanislao, della stessa Congregazione, Milano, 1896, 125-131)

[3] No es uniforme la terminología que se utiliza para designar el escrito de san Gabriel. El original no llevaba título alguno. El confesor del santo -Ven. P. Norberto Casinelli- habla de Símbolo della Madonna. En el texto presentado a la revisión canónica de los escritos el Ven. P. Germán le puso como título Symbolus Marianus. Con este título se subrayaba el sentido de contraseña o distintivo mariano. Pero el uso posterior ha preferido el neutro symbolum que se utiliza para designar Íos simbolos de fe en la terminología eclesiástica. ( v.g. Symbolum Apostolorum etc.).Luego el uso ha preferido este último sentido, de ahí la variante de Credo Mariano .Este Credo ha entrado a formar parte de las prácticas piadosas marianas. Así el agustino P. Valerio Rodrigo lo incluyó entre las devociones mañanas en su devocionario LUZ Y CONSUELO DEL ALMA (Madrid,1955) como la primera dichas prácticas, con el título de Símbolo Mariano (pp.354‑357)

[4] En la deposición procesal para la canonización de Gabriel, su director espiritual el Ven. Norberto de Santa María recordaba sencillamente lo siguiente: “Había compuesto para sí un símbolo que llama Símbolo de la Virgen, símbolo que bien guardado, lo llevaba pendiente del cuello con protestas de devoción a su querida Reina y Señora. Si mal no recuerdo, cuando lo compuso y trataba de copiado para colgársela al cuello, me suplicó e importunó para que le permitiese escribirlo con su propia sangre. No le concedí el permiso, por eso lo escribió con tinta. Siento de veras no poder dar a conocer el contenido de tal símbolo, porque no lo recuerdo. A su muerte no se le pudo encontrar, ni siquiera, por cuanto recuerdo, cuando se quitó el hábito, porque quizá había encontrado modo de destruirlo, para que no fuese visto por ninguno de los que debían cuidado”. (Deposición canónica del Ven. Norberto, en FONTI storico-biografiche di san Gabriele dell´Addolorata, Edizione critica a cura di NATALE CAVATASSI, C.P. e FABIANO GIORGINI, C.P. Edizioni ”Eco” 1969,p.133, línea 20.

[5] No se recuperó todo el texto. Una parte de las hojas del cuadernillo que llevaba sobre el pecho, fue arrancada. Tal vez era la parte más importante, pues probablemente contendía los artículos sobre los Dolores de María (.Cf. N. CAVATASSI; Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104)

[6] Ver la historia de estas ediciones en N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata en SAN GABRIELE DELL’ADDOLORATA E IL SUO TEMPO .Studi, Ricerche, Documenti. Editrice”Eco”103-105., San Gabriele ,Teramo,19861,pp.122‑150.

[7]N.CAVATASSI,San Gabríele dell’Addolorata e il suo Tempo.Studi, Ricerche, Documenti, Editrice Eco, San Gabriele ,Teramo, 19861, pp. 122‑150.

[8] Probablemente se escribió a fines de 1861.Las pistas cronológicas son las siguientes. El voto de propagar la devoción a los Dolores se coloca por los años 1860-6l. Inmediatamente después de emitir este voto, el Santo procedió a redactar el texto. La negativa del permiso para copiarla en limpio con la propia sangre debe datarse de la última época de la vida del Santo (1861).Por ello, la fecha más probable corresponde a los meses entre final de 1860 y todo el año 1861.Por entornes el santo estaba cursando la última etapa de los estudios de Teología.

[9] Las siete partes las ha dividido el P. Cavatassi en la edición crítica del Símbolo, de la siguiente forma: 1‑Privilegios marianos;¸II-Las virtudes de la Virgen;III‑La maternidad espiritual de María: IV‑La maternidad espiritual que se extiende a las almas del purgatorio; V‑La mediación de las gracias; VI‑La devoción a María, garantía de salvación; VI ‑Las actitudes interiores de María

[10] La idea de perfeccionar el texto en una redacción definitiva que llevaría cabo cuando la escribiese con su sangre, le impidió dejar el Credo en redacción completa. Con frecuencia deja espacios en blanco con la idea de completar más tarde el párrafo introduciendo las citas escogidas. Hay señales de que trabajaba con papelitos sueltos –a modo de fichas- donde tenía copiados los textos que luego incluiría en el lugar apropiado. Así, en la pg.3 hay un espacio libre de dos o tres líneas, que dejó en blanco para añadir alguna idea. Toda la página cuatro está en blanco. La quinta sólo contiene un artículo incompleto. La octava y la novena tienen también espacios en blanco. La décima sólo lleva escrita una mitad. La undécima está en blanco. La duodécima lleva sólo la dirección del P. Norberto -y de otra mano-. De la decimotercera y decimocuarta sólo quedan algunos rasgos. La decimoquinta y décimosexta, están escritas en caligrafía más cuidada, eran las que llevaba en una bolsita sobre su pecho. Contenían 14 artículos. Un parte de esta hoja está quedó intencionadamente recortada. Con toda probabilidad, a la muerte del santo, alguien la sustrajo pro devoción, y no la restituyó nunca. El editor piensa que esta parte que falta correspondería a la sección dedicada los Dolores de María. (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104).

[11] Los estudios se han publicado en las Actas de dos congresos de estudios gabrielistas tenidos en Isola del gran Sasso en los años 1984 y 1985 (San Gabriele dell’Adídolorata e ii suo tempo Studi, Ricerche, Documentazione) editados en los años 1986‑1987 respectivamente.

[12] Stanislao BATTISTELLI, C.P.,S. Gabriele dell`Addolorata.San Gabriel, 10 ed. 1970,p. 138.En la primera edición de 1896 llevaba como subtítulo: “Corona di elogi alla Madre diu Dio” (Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata…, p 125)

[13] Fusto POZZI, CP. S. Gabriele dell`Addolorata .S. Gabriele, 1974, p. 206

[14] N.CAVATASSI, San Gabriele e il suo tempo,p.113

 

[15] San Gabriel de la Dolorosa (en el siglo Francisco Possenti), nació en Asís (Italia) el 1 de marzo de 1838.Huérfano de madre a los cuatro años, en 1844 empieza la enseñanza primaria en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Después de su primera comunión (1850) frecuenta el liceo de los Jesuitas de Spoleto. A raíz de un a primera enfermedad grave, piensa en hacerse religioso, pero no lleva a la práctica su piadosa decisión. En una segunda enfermedad decide entrar entre los jesuitas, sin poner por obra su buen deseo. El 22 de agosto de 1856,octava de la Asunción, en la solemne procesión de la Santa Icone de Spoleto, la Virgen le llama a la vida religiosa. Dejando su vida mundana, pide ingresar entre los pasionistas. Entra en el Noviciado de Morravalle (Italia) el 9 de septiembre de 1856. Viste el hábito el 21 de septiembre del mismo año, y el 22 de septiembre de 1857 emite la profesión religiosa. A los 24 años de edad muere en el convento pasionista de Isola del Gran Sasso el 27 de febrero de 1862 .Se introduce su causa de canonización en 1891.En 1908 es beatificado, viviendo todavía su Director espiritual el P. Norberto de Santa María. El 13 de mayo de 1920 es canonizado.”Difícilmente se hallará una existencia más enraizada en la devoción a María, más unida en sus destinos a la Santísima Virgen, y más en íntima dependencia de su protección verdaderamente materna ” (Cf. Benito del MORAL, Almas marianas Madrid 1954, p. 19).

[16] « A la intervención maternal de Nuestra Señora hay que atribuir en Gabriel, desde su actuación vocacional hasta su popularidad de Santo Taumaturgo” E. S. GIBERT, Sobre las cumbre del Gran Sasso, Madrid 1973, 47, nota 68.

[17] Cuando nació Gabriel en 1838, hacía sólo ocho años que había tenido lugar en París la aparición de la Milagrosa. Contaba cuatro años de edad, cuando en 1842, acontecía en Roma la sensacional conversión del judío Alfonso María de Ratisbona. En 1846 ‑ Gabriel contaba a razón ocho años de edad ‑ toda Europa se sorprende con la visión de la Virgen de La Saleta cuyos destinatarios eran Maximino y Melania. Gabriel tenía dieciséis años cuando el B. Pío IX definió la Inmaculada Concepción. Poco después, en Lourdes se dejaba ver la Inmaculada Concepción. El mismo año de su muerte –1862- el 18 de enero tenía lugar la aprobación oficial de las apariciones de Lourdes. Este ambiente mariano favoreció la eclosión de genios religiosos profundamente influenciados por la acción de la Virgen María. San Gabriel de la Dolorosa fue uno de ellos.

Los tres últimos años de su vida transcurrieron en un convento de larga historia mariana. Isola del Gran Sasso poseía un convento fundado por San Francisco, donde se dio culto a la Inmaculada antes que en ningún otro lugar de Italia.

[18] Este estudiante pasionista fue el primer santo joven canonizado en la Iglesia después de la triada jesuita de San Luis, San Estanislao y San Juan Berchmans. Hacía varios siglos que no subían a los altares jóvenes que ofrecieran el modelo de continuidad con la santidad joven de tiempos antiguos. Y ese ejemplo era necesario. San Gabriel abre la serie. Cuando el fue beatificado en 1908 todavía no se había introducido la causa de Teresita de Lisieux. San Gabriel fue canonizado en 1920 y la santa de Lisieux no era todavía beata. La glorificación del joven santo pasionista provocó un numeroso ejército de émulos. El año 1923 tenía Jugar la beatificación de Teresita; el año 1925 su canonización. Luego ha venido la pléyade de santos jóvenes que es la gloria del presente siglo.

[19]Desde la beatificación en 1908, fue grande el influjo de Gabriel en las Casas de Formación. No había en aquellos años Noviciado, Escolasticado, Seminario, o internado católico donde no se leyera la biografía de San Gabriel. Los hermanos de La Salle lo consideraban como un aventajado ejemplar de la educación impartida en sus colegios. Los jesuitas propagaban su conocimiento como antiguo discípulo del Liceo de Spoleto. San Gabriel se convirtió en el modelo de los jóvenes aspirantes al sacerdocio en la difícil etapa de su formación.

[20] El concepto que de san Gabriel se tenía en la Iglesia preconciliar se transparenta bien en un detalle del año 1962 en que se abrió el Vaticano II. El mismo día en que se celebraba el centenario de la muerte del Santo (27 de febrero) Juan XXIII presidió una sesión de la comisión Central Preparatoria del Concilio. El papa aprovechó la coincidencia para hablar así a los miembros de la Comisión: “En este sencillo acto de nuestra presencia entusiasta en la continuación de la preparación del Concilio, deseamos encontrar nuevos auspicios de fervor al conmemorar hoy el centenario de la muerte de la selecta flor de la Congregación de los Padres Pasionistas, San Gabriel de la Dolorosa que San Pío X y Benedicto XV ofrecieron a la veneración de la Iglesia universal” (Ecclesia, 1962, vol. I, p,299).

[21] Esta falta de conexión se debe al hecho de que el Santo no pudo realzar la refundición definitiva de sus textos

[22] Confieso con S. Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió Cielo, y te fue impuesto por orden divina. Reconozco, con S. Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que S. Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído

               

Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad. Y con vuestro San Buenaventura confieso que no se pude devotamente

pronunciar tu nombe sin utilidad del que lo lo pronuncie. Y creo lo que dijiste a Sta. Brígida, que: Nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu ombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio

[23] Y creo al Señor, que reveló a Sta. Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los Ángeles. Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza

[24] Creo, con S. Alberto Magno,que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después le ofreciste todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José. Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito incluso a la dignidad de Madre de Dios . Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

[25] Creo que fuiste niña, pero de ella sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

[26] Creo que considerabas las riquezas mundanas como vil barro

[27] En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.          Creo con Suárez, Ruperto, S. Bernardino y S. Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma vigilaba.     Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: Yo duermo, pero mi corazón vela

[28] Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que, a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste. Y, como dijiste a la benedictina Sta. Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a Sta. Brígida, que, si mereciste ser destinada a la Maternidad divina, ni pensaste ni supiste serlo por ti

Creo que por tu humildad ocultaste a S. José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Isabel, y siempre elegiste allí el último lugar

Creo, según dijiste a Sta. Brígida, que tenías de tí misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada se te debía, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador

Y confieso con S. Bernardino de Siena,que no existió criatura alguna que se haya humillado más

que tú.. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya

[29] Creo que fuiste ¿mortificadísima.Creo lo que dicen de ti S. Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan sacrificada de ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

[30] Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo Creo [¡oh María!], como revelaste a Sta. Brígida: Que eres Reina del cielo

[31] Creo quetú eres la madre de todos los hombres y que, en Juan, a todos recibiste por hijos según la voluntad de Jesús

 

 

[32] Creo que tú eres la Cooperadora de nuestra justificación: Reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; ayuda para nuestra redención;

[33] Creo que Dios ha dispuesto no dar nada sino es por ti; que: nuestra salva-ción está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que: en vano reza a los Santos aquél a quien tú no ayudes; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin todos ellos; y que si tú callas ayudará, nadie orará; orando tú, todos ayudarán y orarán. Y finalmente, te digo con Sto. Tomás: Toda esperanza de vida; te preocupas por nosotros

 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las misericordias dispensadas a los hombres, todas vienen por tu mediación; y que Nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta .

 Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria

 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que : Nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que: El que te encuentra, encuentra todo bien.

 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los Santos juntos; y confieso con S. Juan Damasceno que: Puedes cierta-mente salvarnos a todos.

 Creo que eres aquella Abogada que no rehusa defender las causas de los pobres miserables. Y con San Germán:Tu defensa es inagotable.

 Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia.

Sostengo con S. Fulgencio que: El cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si tu no los sostuvieses con tus ruegos.

[34] Te contemplo como la Pacificadora entre Dios y los pecadores.

[35] Te diré, con S. Andrés Cretense: Salve divina reconciliación de los hombres (XVIII,4)

[36] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. Por lo que, con S. Antonino, concluiré: Así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos por ellos invocantes, se salvarán y glorificarán

 Creo que: Tu poder en Jerusalén dispone lo que deseas introduciendo a los que quieres.

 Por ti está el cielo abierto, y el infierno vacío, instaurada la Jerusalén celestial, se ha dado la vida a los míseros que esperaban la condenación.

[37] Creo que quieres ayudar al que te invoca; das mucho más de lo que se te pide.

Tú, acudes y socorres a donde se encuentre la miseria. Tú siempre miras a tu alrededor buscando a quien salvar.

[38]Creo, como revelaste a Sta. Brígida: Que eres […] el camino de los pecadores hacia Dios;

 y que nadie hay tan malo que, mientras viva, le falte tu misericordia;y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida:Madre de todos los pecadores que desean enmendarse;

 y que suplicas “Misericordia” para el alma pecadora )

 Creo que tú eres nuestra vida. Digo con S. Bernardino de Siena que: Todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo hayan sido hechas sólo por Dios (sin excluir a Jesús); y te llamaré, con S. Agustín,después de Dios, esperanza única de los pecadores

 Te creo tal como te vio Sta. Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

Tú eres la esperanza de todos; especialmente, de los pecadores: Tu, ciudad de reugio, y en particular de los privados de todo socorro .Tú eres: Protectora de los condenados, esperanza de los desesperados;y tal como entendió Sta. Brígida, que Jesús te decía: sería misericordioso incluso con el demonio, si me lo pidiere con humildad; que no rechazas al pecador aunque apeste, si te suplicara –te diré con S. Bernardo,tu le arrancarás del abismo de la desesperación con mano piadosa

 Te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombre, y espe-cialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a Sta. Ca-talina de Siena. Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a Sta. Brígida.

Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como S.Epifanio, “todaojos”; confirmado por lo que entendió Sta. Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo Madre, pídeme lo que quieras, contestaste: Pido misericordia para los miserables.

Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice S. Buenaventura. Y así como los cuerpos celestes y terrenos son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de tí, de la divina misericordia, según revelaste a Sta. Brígida. Por lo que, con :S. Buenaventura, creo que: Contra Tí, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican. De ahí que coincido con el mismo Santo en que: El que obra en tu obsequio, lejos está de la perdición.

Yo creo con S. Hilario que sucederá que: Por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti jamás perecerá para siempre.

Creo con S. Antonino que: no hay entre todos los Santos quien se compadezca en las enfermedades

como tú, Beatísima Virgen María. Tu, te diré con el Abad de Celles, Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar

Creo, como hiciste saber a Sta. Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los Ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno. Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda.; y que aquél a quien tú quieres, se salvará .

[Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. (XV)

[39] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. . Con S. Buenaventura: Quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación

Creo que:los que obran según tú no pecarán, los que de descubren tendrán la vida eterna.

Y te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a Sta. María Magdalena de Pazzi.

Y concluiré, con el Abad Guerrico: Quien te sirve, está tan seguro del Paraíso como si ya estuviera en él.

Creo, como dijiste a Sta. Brígida, que cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas y que eres la salvación de los que te invocan; y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti.

[40] Por ti recibimos el inestimable don de la Santa Perseverancia.

[41] Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome tú no temeré, conduciéndome tú no cansaré, con tu favor llegaré a ti

[42] Creo que tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a Sta. Brígida: Que tú, como madre, les asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a S. Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte

[43] Creo, como revelaste a Sta. Brígida: que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, aunque todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, en cualquier momento serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con S. Alfonso, que felices y afortunados son tus devotos [es la única vez que se cita expresamente a S. Alfonso en el Símbolo]. Y S. Bernardino asegura que: Especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio. Así como lo que Sta. Brígida enscuchó que decía Jesús: Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio (XXIII)

 

 Creo que tú, próxima a encaminarte al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

 Creo también que , como prometiste al Papa Juan XXII que los inscitos [en la , cofradía del] Carmen,

en el sábado después de su muetre serán liberados del purgatorio.Pero más felices son tus devotos,

porque: Les está reservada la puerta del cielo.

 Tú eres: la garantía de la Jerusalén celestial, Puerta del cielo,Feliz puerta del cielo, Vehículo que conduce al cielo

[44] Creo con S. Anselmo que: Aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el eterno “¡ay de ti!”. Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios sólo concede a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.Por lo que, como S. Bernardo, diré que tu devoción es ciertísimo signo para conseguir la vida eterna;

 y con el Beato Alano: Practicar esta devoción ( saludarla siempre con el Ave), es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.)

[45] La palabra “creo” aparece 53 veces. Es por mucho la fórmula más frecuente. La expresión “confieso” como sinónimo de la precedente, se utiliza 5 veces…El circunloquio ”Os diré”, con igual sentido que las voces anteriores, se repite 5 veces. ”Vos sois”, en sentido asertivo, 4 veces. “Digo”, como afirmación de fe, 3 veces, lo mismo que “Os creo”. “Reconozco, 2 veces. “Concluiré” en el sentido de una conclusión teológica, se cita dos veces. Una sola vez aparecen usadas las expresiones:”Tengo (sostengo),”Tengo seguro (fermo)”,”Estoy persuadido” “Os contemplo (vi ravviso), “Me asegura”;”Creo al Señor que reveló”

[46] Entre los Padres aparecen citados en el Credo: Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Andrés de Creta, Epifanio, Cirilo de Alejandría, Germán de Constantinopla, Fulgencio de Ruspe, Juan Damasceno, Efrén de Nisibe. m

[47] Además de los citados en la nota anterior, están: San Bernardo, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Alfonso de Ligorio.

[48] san Bernardino de Siena, San Antonino de Florencia, San Juan de Dios. B. Alain de la Roche.

[49] Guerrico, Ruperto de Deutz, Bernardino de Bustis, Ricardo de San Lorenzo, Conrado de Sajonia, Juan XXII, Raimundo Jordán, Justino de Miechow, Luis de Blois, Francisco Suárez,

[50] Santa Brígida, Santa Matilde, Santa Gertrudis, Santa Isabel de Schônau, OSB, Santa Catalina de Siena, Santa María Magdalena de`Pazzi.

[51] El segundo caso de un “credo” personal es el que se encuentra entre los escritos del místico lasalliano H. Estanislao José .En un texto titulado “Mi Credo” expresa sus convicciones personales sobre la acción de Dios en su vida, y la presencia de María en la misma. Es un escrito bien articulado de30 puntos. En él ocupa la Virgen un puesto relevante, mas no es un credo de tipo teológico, sino existencial y personal, al estilo de la confianza que en Dios ponían los personajes de AT como Abrahán., y os piadosos salmistas.(Cf. Ginés de María, FSC, Hermano Estanislao José. Un joven heroico desconocido, Madrid, 1983,p. 104-107).)

[52] El autor de la edición crítica excluye toda finalidad de difusión pública del escrito gabrielino (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p. 115

[53] El editor crítico del Credo niega explícitamente que se den contactos literarios entre la Mariología del P. Norberto y el Credo de San Gabriel (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p.106).Pero no se puede excluir unba inspiración común.Sin duda, el santo se violanzado a compoenr su credo, sigyiuendo el ejemplo del Director del Teologado.

[54] El editor crítico del Credo cree que la conservación y publicación del Credo se relacionan implícitamente con el voto de propagar la devoción a al Virgen (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.115)

[55] Cuando fue beatificado en 1908, no había ningún joven de los tiempos modernos elevado a la gloria de los altares. Sólo se recordaban los ejemplos de san Luis, san Estanislao y san Juan Berchmans. Cuando Gabriel fue canonizado en 1920, Teresita de Lisieux no había sido beatificada. El fervor por la santidad joven que se encendió a principios de siglo y caldeó los corazones de los jóvenes en período de formación, tuvo su mejor modelo en san Gabriel de la Dolorosa’

[56] N.CAVATASSI, N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p. 113.

[57] Con motivo del primer centenario de la muerte de san Gabriel (1862‑1962) el Papa Juan XXIII escribió al P. General de los Pasionistas una carta ‑ la Sanctitatis Altrix‑ en que subrayaba el carácter práctico de la piedad mariana del santo:”:”Resplande­ció en san Gabriel un‑a singular devoción a la Virgen Maria, y este amor no fue en él un entusiasmo

probado con las obras.”. (Ecclesia, 1962, vol. I, p. 297)

[58] El Credo de San Gabriel es un Símbolo Mariano. Por ello, su aportación original está en el campo de la Mariología.,

[59] “Hay, pues, dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. […]. Correlativamente a estas dos fuentes deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. […]. De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos“. (F. MARÍN SOLA; La evolución homogénea del Dogma Católico. Edic de E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, pp. 403-404).

[60] “Ni la Inmaculada, ni la perpetua virginidad de María, ni la exención de toda culpa actual hubieran sido propuestas como dogmas, de no haber mediado ese sentido de la fe y la experiencia de los santos […]Los dogmas todos referentes a María tienen por fuente su digna maternidad divina; y los requisitos o postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca razón lógica del sabio” (F. MARÍN SOLA, La evolución homogénea del Dogma Católico. Edición del P. E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, p.-405).

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Ecclesia de Eucharistia*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2013

ECCLESIA DE EUCHARISTIA
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA EUCARISTÍA
EN SU RELACIÓN CON LA IGLESIA

INTRODUCCIÓN

1. La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ».(1) « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ».(2) Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

2. Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo. El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros » (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados » (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años.

Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

3. Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia que nos ofrecen los Hechos de los Apóstoles: « Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones » (2, 42).La « fracción del pan » evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primigenia de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen al Triduo pascual: a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena y después de ella. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en Getsemaní. Vemos a Jesús que sale del Cenáculo, baja con los discípulos, atraviesa el arroyo Cedrón y llega al Huerto de los Olivos. En aquel huerto quedan aún hoy algunos árboles de olivo muy antiguos. Tal vez fueron testigos de lo que ocurrió a su sombra aquella tarde, cuando Cristo en oración experimentó una angustia mortal y « su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra » (Lc 22, 44).La sangre, que poco antes había entregado a la Iglesia como bebida de salvación en el Sacramento eucarístico, comenzó a ser derramada; su efusión se completaría después en el Gólgota, convirtiéndose en instrumento de nuestra redención: « Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros […] penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna » (Hb 9, 11-12).

4. La hora de nuestra redención. Jesús, aunque sometido a una prueba terrible, no huye ante su « hora »: « ¿Qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! » (Jn 12, 27). Desea que los discípulos le acompañen y, sin embargo, debe experimentar la soledad y el abandono: « ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación » (Mt 26, 40-41). Sólo Juan permanecerá al pie de la Cruz, junto a María y a las piadosas mujeres. La agonía en Getsemaní ha sido la introducción a la agonía de la Cruz del Viernes Santo. La hora santa, la hora de la redención del mundo. Cuando se celebra la Eucaristía ante la tumba de Jesús, en Jerusalén, se retorna de modo casi tangible a su « hora », la hora de la cruz y de la glorificación. A aquel lugar y a aquella hora vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella.

« Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos ». A las palabras de la profesión de fe hacen eco las palabras de la contemplación y la proclamación: « Ecce lignum crucis in quo salus mundi pependit. Venite adoremus ». Ésta es la invitación que la Iglesia hace a todos en la tarde del Viernes Santo. Y hará de nuevo uso del canto durante el tiempo pascual para proclamar: « Surrexit Dominus de sepulcro qui pro nobis pependit in ligno. Aleluya ».

5. « Mysterium fidei! – ¡Misterio de la fe! ». Cuando el sacerdote pronuncia o canta estas palabras, los presentes aclaman: « Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús! ».

Con éstas o parecidas palabras, la Iglesia, a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia. Si con el don del Espíritu Santo en Pentecostés la Iglesia nace y se encamina por las vías del mundo, un momento decisivo de su formación es ciertamente la institución de la Eucaristía en el Cenáculo. Su fundamento y su hontanar es todo el Triduum paschale, pero éste está como incluido, anticipado, y « concentrado » para siempre en el don eucarístico. En este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual. Con él instituyó una misteriosa « contemporaneidad » entre aquel Triduum y el transcurrir de todos los siglos.

Este pensamiento nos lleva a sentimientos de gran asombro y gratitud. El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una « capacidad » verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. Este asombro ha de inundar siempre a la Iglesia, reunida en la celebración eucarística. Pero, de modo especial, debe acompañar al ministro de la Eucaristía. En efecto, es él quien, gracias a la facultad concedida por el sacramento del Orden sacerdotal, realiza la consagración. Con la potestad que le viene del Cristo del Cenáculo, dice: « Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros… Éste es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros ». El sacerdote pronuncia estas palabras o, más bien, pone su boca y su voz a disposición de Aquél que las pronunció en el Cenáculo y quiso que fueran repetidas de generación en generación por todos los que en la Iglesia participan ministerialmente de su sacerdocio.

6. Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este « asombro » eucarístico, en continuidad con la herencia jubilar que he querido dejar a la Iglesia con la Carta apostólica Novo millennio ineunte y con su coronamiento mariano Rosarium Virginis Mariae. Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el « programa » que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ».(3)Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron » (Lc 24, 31).

7. Desde que inicié mi ministerio de Sucesor de Pedro, he reservado siempre para el Jueves Santo, día de la Eucaristía y del Sacerdocio, un signo de particular atención, dirigiendo una carta a todos los sacerdotes del mundo. Este año, para mí el vigésimo quinto de Pontificado, deseo involucrar más plenamente a toda la Iglesia en esta reflexión eucarística, para dar gracias a Dios también por el don de la Eucaristía y del Sacerdocio: « Don y misterio ».(4) Puesto que, proclamando el año del Rosario, he deseado poner este mi vigésimo quinto año bajo el signo de la contemplación de Cristo con María, no puedo dejar pasar este Jueves Santo de 2003 sin detenerme ante el rostro eucarístico » de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este « pan vivo » se alimenta. ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?

8. Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación. El Hijo de Dios se ha hecho hombre, para reconducir todo lo creado, en un supremo acto de alabanza, a Aquél que lo hizo de la nada. De este modo, Él, el sumo y eterno Sacerdote, entrando en el santuario eterno mediante la sangre de su Cruz, devuelve al Creador y Padre toda la creación redimida. Lo hace a través del ministerio sacerdotal de la Iglesia y para gloria de la Santísima Trinidad. Verdaderamente, éste es el mysterium fidei que se realiza en la Eucaristía: el mundo nacido de las manos de Dios creador retorna a Él redimido por Cristo.

9. La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es de lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. Así se explica la esmerada atención que ha prestado siempre al Misterio eucarístico, una atención que se manifiesta autorizadamente en la acción de los Concilios y de los Sumos Pontífices. ¿Cómo no admirar la exposición doctrinal de los Decretos sobre la Santísima Eucaristía y sobre el Sacrosanto Sacrificio de la Misa promulgados por el Concilio de Trento? Aquellas páginas han guiado en los siglos sucesivos tanto la teología como la catequesis, y aún hoy son punto de referencia dogmática para la continua renovación y crecimiento del Pueblo de Dios en la fe y en el amor a la Eucaristía. En tiempos más cercanos a nosotros, se han de mencionar tres Encíclicas: la Mirae Caritatis de León XIII (28 de mayo de 1902),(5) Mediator Dei de Pío XII (20 de noviembre de 1947)(6)y la Mysterium Fidei de Pablo VI (3 de septiembre de 1965).(7)

El Concilio Vaticano II, aunque no publicó un documento específico sobre el Misterio eucarístico, ha ilustrado también sus diversos aspectos a lo largo del conjunto de sus documentos, y especialmente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium y en la Constitución sobre la Sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium.

Yo mismo, en los primeros años de mi ministerio apostólico en la Cátedra de Pedro, con la Carta apostólica Dominicae Cenae (24 de febrero de 1980),(8) he tratado algunos aspectos del Misterio eucarístico y su incidencia en la vida de quienes son sus ministros. Hoy reanudo el hilo de aquellas consideraciones con el corazón aún más lleno de emoción y gratitud, como haciendo eco a la palabra del Salmista: « ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre » (Sal 116, 12-13).

10. Este deber de anuncio por parte del Magisterio se corresponde con un crecimiento en el seno de la comunidad cristiana. No hay duda de que la reforma litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. En muchos lugares, además, la adoración del Santísimo Sacramento tiene cotidianamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad. La participación devota de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia de Dios, que cada año llena de gozo a quienes toman parte en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico.

Desgraciadamente, junto a estas luces, no faltan sombras. En efecto, hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística. A esto se añaden, en diversos contextos eclesiales, ciertos abusos que contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este admirable Sacramento. Se nota a veces una comprensión muy limitada del Misterio eucarístico. Privado de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado y valor que el de un encuentro convival fraterno. Además, queda a veces oscurecida la necesidad del sacerdocio ministerial, que se funda en la sucesión apostólica, y la sacramentalidad de la Eucaristía se reduce únicamente a la eficacia del anuncio. También por eso, aquí y allá, surgen iniciativas ecuménicas que, aun siendo generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe. ¿Cómo no manifestar profundo dolor por todo esto? La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones.

Confío en que esta Carta encíclica contribuya eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio.

CAPÍTULO I

MISTERIO DE LA FE

11. « El Señor Jesús, la noche en que fue entregado » (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos.(9) Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamación del « misterio de la fe » que hace el sacerdote: « Anunciamos tu muerte, Señor ».

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues « todo lo que Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de la eternidad divina y domina así todos los tiempos… ».(10)

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y « se realiza la obra de nuestra redención ».(11) Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don.(12) Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida.

12. Este aspecto de caridad universal del Sacramento eucarístico se funda en las palabras mismas del Salvador. Al instituirlo, no se limitó a decir « Éste es mi cuerpo », « Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre », sino que añadió « entregado por vosotros… derramada por vosotros » (Lc 22, 19-20). No afirmó solamente que lo que les daba de comer y beber era su cuerpo y su sangre, sino que manifestó su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde, para la salvación de todos. « La misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el Cuerpo y la Sangre del Señor ».(13)

La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, « el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio ».(14) Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: « Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón el sacrificio es siempre uno sólo […]. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces y que jamás se consumirá ».(15)

La Misa hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica.(16) Lo que se repite es su celebración memorial, la « manifestación memorial » (memorialis demonstratio),(17) por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo. La naturaleza sacrificial del Misterio eucarístico no puede ser entendida, por tanto, como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario.

13. Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico, como si se tratara del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual. En efecto, el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: « sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo “obediente hasta la muerte” (Fl 2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección ».(18)

Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II enseña que « al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella ».(19)

14. La Pascua de Cristo incluye, con la pasión y muerte, también su resurrección. Es lo que recuerda la aclamación del pueblo después de la consagración: « Proclamamos tu resurrección ». Efectivamente, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía « pan de vida » (Jn 6, 35.48), « pan vivo » (Jn 6, 51). San Ambrosio lo recordaba a los neófitos, como una aplicación del acontecimiento de la resurrección a su vida: « Si hoy Cristo está en ti, Él resucita para ti cada día ».(20) San Cirilo de Alejandría, a su vez, subrayaba que la participación en los santos Misterios « es una verdadera confesión y memoria de que el Señor ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro ».(21)

15. La representación sacramental en la Santa Misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrección, implica una presencia muy especial que –citando las palabras de Pablo VI– « se llama “real”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro ».(22) Se recuerda así la doctrina siempre válida del Concilio de Trento: « Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. Esta conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica ».(23) Verdaderamente la Eucaristía es « mysterium fidei », misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patrísticas sobre este divino Sacramento. « No veas –exhorta san Cirilo de Jerusalén– en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa ».(24)

« Adoro te devote, latens Deitas », seguiremos cantando con el Doctor Angélico. Ante este misterio de amor, la razón humana experimenta toda su limitación. Se comprende cómo, a lo largo de los siglos, esta verdad haya obligado a la teología a hacer arduos esfuerzos para entenderla.

Son esfuerzos loables, tanto más útiles y penetrantes cuanto mejor consiguen conjugar el ejercicio crítico del pensamiento con la « fe vivida » de la Iglesia, percibida especialmente en el « carisma de la verdad » del Magisterio y en la « comprensión interna de los misterios », a la que llegan sobre todo los santos.(25) La línea fronteriza es la señalada por Pablo VI: « Toda explicación teológica que intente buscar alguna inteligencia de este misterio, debe mantener, para estar de acuerdo con la fe católica, que en la realidad misma, independiente de nuestro espíritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesús son los que están realmente delante de nosotros ».(26)

16. La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, « derramada por muchos para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: « Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). Jesús mismo nos asegura que esta unión, que Él pone en relación con la vida trinitaria, se realiza efectivamente. La Eucaristía es verdadero banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento. Cuando Jesús anuncia por primera vez esta comida, los oyentes se quedan asombrados y confusos, obligando al Maestro a recalcar la verdad objetiva de sus palabras: « En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros » (Jn 6, 53). No se trata de un alimento metafórico: « Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida » (Jn 6, 55).

17. Por la comunión de su cuerpo y de su sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. Escribe san Efrén: « Llamó al pan su cuerpo viviente, lo llenó de sí mismo y de su Espíritu […], y quien lo come con fe, come Fuego y Espíritu. […]. Tomad, comed todos de él, y coméis con él el Espíritu Santo. En efecto, es verdaderamente mi cuerpo y el que lo come vivirá eternamente ».(27)La Iglesia pide este don divino, raíz de todos los otros dones, en la epíclesis eucarística. Se lee, por ejemplo, en la Divina Liturgia de san Juan Crisóstomo: « Te invocamos, te rogamos y te suplicamos: manda tu Santo Espíritu sobre todos nosotros y sobre estos dones […] para que sean purificación del alma, remisión de los pecados y comunicación del Espíritu Santo para cuantos participan de ellos ».(28) Y, en el Misal Romano, el celebrante implora que: « Fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu ».(29) Así, con el don de su cuerpo y su sangre, Cristo acrecienta en nosotros el don de su Espíritu, infundido ya en el Bautismo e impreso como « sello » en el sacramento de la Confirmación.

18. La aclamación que el pueblo pronuncia después de la consagración se concluye oportunamente manifestando la proyección escatológica que distingue la celebración eucarística (cf. 1 Co 11, 26): « … hasta que vuelvas ». La Eucaristía es tensión hacia la meta, pregustar el gozo pleno prometido por Cristo (cf. Jn 15, 11); es, en cierto sentido, anticipación del Paraíso y « prenda de la gloria futura ».(30) En la Eucaristía, todo expresa la confiada espera: « mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo ».(31) Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: « El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día » (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el « secreto » de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico « fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte ».(32)

19. La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, a los ángeles, a los santos apóstoles, a los gloriosos mártires y a todos los santos. Es un aspecto de la Eucaristía que merece ser resaltado: mientras nosotros celebramos el sacrificio del Cordero, nos unimos a la liturgia celestial, asociándonos con la multitud inmensa que grita: « La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero » (Ap 7, 10). La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino.

20. Una consecuencia significativa de la tensión escatológica propia de la Eucaristía es que da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas. En efecto, aunque la visión cristiana fija su mirada en un « cielo nuevo » y una « tierra nueva » (Ap 21, 1), eso no debilita, sino que más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente.(33) Deseo recalcarlo con fuerza al principio del nuevo milenio, para que los cristianos se sientan más que nunca comprometidos a no descuidar los deberes de su ciudadanía terrenal. Es cometido suyo contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios.

Muchos son los problemas que oscurecen el horizonte de nuestro tiempo. Baste pensar en la urgencia de trabajar por la paz, de poner premisas sólidas de justicia y solidaridad en las relaciones entre los pueblos, de defender la vida humana desde su concepción hasta su término natural. Y ¿qué decir, además, de las tantas contradicciones de un mundo « globalizado », donde los más débiles, los más pequeños y los más pobres parecen tener bien poco que esperar? En este mundo es donde tiene que brillar la esperanza cristiana. También por eso el Señor ha querido quedarse con nosotros en la Eucaristía, grabando en esta presencia sacrificial y convival la promesa de una humanidad renovada por su amor. Es significativo que el Evangelio de Juan, allí donde los Sinópticos narran la institución de la Eucaristía, propone, ilustrando así su sentido profundo, el relato del « lavatorio de los pies », en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio (cf. Jn 13, 1-20). El apóstol Pablo, por su parte, califica como « indigno » de una comunidad cristiana que se participe en la Cena del Señor, si se hace en un contexto de división e indiferencia hacia los pobres (Cf. 1 Co 11, 17.22.27.34).(34)

Anunciar la muerte del Señor « hasta que venga » (1 Co 11, 26), comporta para los que participan en la Eucaristía el compromiso de transformar su vida, para que toda ella llegue a ser en cierto modo « eucarística ». Precisamente este fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio, hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana: « ¡Ven, Señor Jesús! » (Ap 22, 20).

CAPÍTULO II

LA EUCARISTÍA EDIFICA LA IGLESIA

21. El Concilio Vaticano II ha recordado que la celebración eucarística es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. En efecto, después de haber dicho que « la Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio, crece visiblemente en el mundo por el poder de Dios »,(35) como queriendo responder a la pregunta: ¿Cómo crece?, añade: « Cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado (1 Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención. El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un sólo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10, 17) ».(36)

Hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia. Los evangelistas precisan que fueron los Doce, los Apóstoles, quienes se reunieron con Jesús en la Última Cena (cf. Mt 26, 20; Mc 14, 17; Lc 22, 14). Es un detalle de notable importancia, porque los Apóstoles « fueron la semilla del nuevo Israel, a la vez que el origen de la jerarquía sagrada ».(37)Al ofrecerles como alimento su cuerpo y su sangre, Cristo los implicó misteriosamente en el sacrificio que habría de consumarse pocas horas después en el Calvario. Análogamente a la alianza del Sinaí, sellada con el sacrificio y la aspersión con la sangre,(38) los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la nueva Alianza.

Los Apóstoles, aceptando la invitación de Jesús en el Cenáculo: « Tomad, comed… Bebed de ella todos… » (Mt 26, 26.27), entraron por vez primera en comunión sacramental con Él. Desde aquel momento, y hasta al final de los siglos, la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: « Haced esto en recuerdo mío… Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío » (1 Co 11, 24-25; cf. Lc 22, 19).

22. La incorporación a Cristo, que tiene lugar por el Bautismo, se renueva y se consolida continuamente con la participación en el Sacrificio eucarístico, sobre todo cuando ésta es plena mediante la comunión sacramental. Podemos decir que no solamente cada uno de nosotros recibe a Cristo, sino que también Cristo nos recibe a cada uno de nosotros. Él estrecha su amistad con nosotros: « Vosotros sois mis amigos » (Jn 15, 14). Más aún, nosotros vivimos gracias a Él: « el que me coma vivirá por mí » (Jn 6, 57). En la comunión eucarística se realiza de manera sublime que Cristo y el discípulo « estén » el uno en el otro: « Permaneced en mí, como yo en vosotros » (Jn 15, 4).

Al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en « sacramento » para la humanidad,(39)signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos.(40)La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: « Como el Padre me envió, también yo os envío » (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo.(41)

23. Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: « Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan » (1 Co 10, 16-17). El comentario de san Juan Crisóstomo es detallado y profundo: « ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un sólo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo ».(42) La argumentación es terminante: nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu (cf. 1 Co 12, 13.27).

La acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia, continúa en la Eucaristía. Bien consciente de ello es el autor de la Liturgia de Santiago: en la epíclesis de la anáfora se ruega a Dios Padre que envíe el Espíritu Santo sobre los fieles y sobre los dones, para que el cuerpo y la sangre de Cristo « sirvan a todos los que participan en ellos […] a la santificación de las almas y los cuerpos ».(43)La Iglesia es reforzada por el divino Paráclito a través la santificación eucarística de los fieles.

24. El don de Cristo y de su Espíritu que recibimos en la comunión eucarística colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano y, al mismo tiempo, eleva la experiencia de fraternidad, propia de la participación común en la misma mesa eucarística, a niveles que están muy por encima de la simple experiencia convival humana. Mediante la comunión del cuerpo de Cristo, la Iglesia alcanza cada vez más profundamente su ser « en Cristo como sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano ».(44)

A los gérmenes de disgregación entre los hombres, que la experiencia cotidiana muestra tan arraigada en la humanidad a causa del pecado, se contrapone la fuerza generadora de unidad del cuerpo de Cristo. La Eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres.

25. El culto que se da a la Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas especies que se conservan después de la Misa –presencia que dura mientras subsistan las especies del pan y del vino(45)–, deriva de la celebración del Sacrificio y tiende a la comunión sacramental y espiritual.(46) Corresponde a los Pastores animar, incluso con el testimonio personal, el culto eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento y la adoración de Cristo presente bajo las especies eucarísticas.(47)

Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el « arte de la oración »,(48) ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!

Numerosos Santos nos han dado ejemplo de esta práctica, alabada y recomendada repetidamente por el Magisterio.(49) De manera particular se distinguió por ella San Alfonso María de Ligorio, que escribió: « Entre todas las devociones, ésta de adorar a Jesús sacramentado es la primera, después de los sacramentos, la más apreciada por Dios y la más útil para nosotros ».(50) La Eucaristía es un tesoro inestimable; no sólo su celebración, sino también estar ante ella fuera de la Misa, nos da la posibilidad de llegar al manantial mismo de la gracia. Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo, en el espíritu que he sugerido en las Cartas apostólicas Novo millennio ineunte y Rosarium Virginis Mariae, ha de desarrollar también este aspecto del culto eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del cuerpo y sangre del Señor.

CAPÍTULO III

APOSTOLICIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE LA IGLESIA

26. Como he recordado antes, si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se deduce que hay una relación sumamente estrecha entre una y otra. Tan verdad es esto, que nos permite aplicar al Misterio eucarístico lo que decimos de la Iglesia cuando, en el Símbolo niceno-constantinopolitano, la confesamos « una, santa, católica y apostólica ». También la Eucaristía es una y católica. Es también santa, más aún, es el Santísimo Sacramento. Pero ahora queremos dirigir nuestra atención principalmente a su apostolicidad.

27. El Catecismo de la Iglesia Católica, al explicar cómo la Iglesia es apostólica, o sea, basada en los Apóstoles, se refiere a un triple sentido de la expresión. Por una parte, « fue y permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles” (Ef 2, 20), testigos escogidos y enviados en misión por el propio Cristo ».(51) También los Apóstoles están en el fundamento de la Eucaristía, no porque el Sacramento no se remonte a Cristo mismo, sino porque ha sido confiado a los Apóstoles por Jesús y transmitido por ellos y sus sucesores hasta nosotros. La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acción de los Apóstoles, obedientes al mandato del Señor.

El segundo sentido de la apostolicidad de la Iglesia indicado por el Catecismo es que « guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles ».(52) También en este segundo sentido la Eucaristía es apostólica, porque se celebra en conformidad con la fe de los Apóstoles. En la historia bimilenaria del Pueblo de la nueva Alianza, el Magisterio eclesiástico ha precisado en muchas ocasiones la doctrina eucarística, incluso en lo que atañe a la exacta terminología, precisamente para salvaguardar la fe apostólica en este Misterio excelso. Esta fe permanece inalterada y es esencial para la Iglesia que perdure así.

28. En fin, la Iglesia es apostólica en el sentido de que « sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los Obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia ».(53) La sucesión de los Apóstoles en la misión pastoral conlleva necesariamente el sacramento del Orden, es decir, la serie ininterrumpida que se remonta hasta los orígenes, de ordenaciones episcopales válidas.(54) Esta sucesión es esencial para que haya Iglesia en sentido propio y pleno.

La Eucaristía expresa también este sentido de la apostolicidad. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, los fieles « participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de su sacerdocio real »,(55) pero es el sacerdote ordenado quien « realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo ».(56) Por eso se prescribe en el Misal Romano que es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio.(57)

29. La expresión, usada repetidamente por el Concilio Vaticano II, según la cual el sacerdote ordenado « realiza como representante de Cristo el Sacrificio eucarístico »,(58) estaba ya bien arraigada en la enseñanza pontificia.(59) Como he tenido ocasión de aclarar en otra ocasión, in persona Christi « quiere decir más que “en nombre”, o también, “en vez” de Cristo. In “persona”: es decir, en la identificación específica, sacramental con el “sumo y eterno Sacerdote”, que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie ».(60) El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena.

La asamblea que se reúne para celebrar la Eucaristía necesita absolutamente, para que sea realmente asamblea eucarística, un sacerdote ordenado que la presida. Por otra parte, la comunidad no está capacitada para darse por sí sola el ministro ordenado. Éste es un don que recibe a través de la sucesión episcopal que se remonta a los Apóstoles. Es el Obispo quien establece un nuevo presbítero, mediante el sacramento del Orden, otorgándole el poder de consagrar la Eucaristía. Pues « el Misterio eucarístico no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado, como ha enseñado expresamente el Concilio Lateranense IV.(61)

30. Tanto esta doctrina de la Iglesia católica sobre el ministerio sacerdotal en relación con la Eucaristía, como la referente al Sacrificio eucarístico, han sido objeto en las últimas décadas de un provechoso diálogo en el ámbito de la actividad ecuménica. Hemos de dar gracias a la Santísima Trinidad porque, a este respecto, se han obtenido significativos progresos y acercamientos, que nos hacen esperar en un futuro en que se comparta plenamente la fe. Aún sigue siendo del todo válida la observación del Concilio sobre las Comunidades eclesiales surgidas en Occidente desde el siglo XVI en adelante y separadas de la Iglesia católica: « Las Comunidades eclesiales separadas, aunque les falte la unidad plena con nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio eucarístico, sin embargo, al conmemorar en la santa Cena la muerte y resurrección del Señor, profesan que en la comunión de Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa ».(62)

Los fieles católicos, por tanto, aun respetando las convicciones religiosas de estos hermanos separados, deben abstenerse de participar en la comunión distribuida en sus celebraciones, para no avalar una ambigüedad sobre la naturaleza de la Eucaristía y, por consiguiente, faltar al deber de dar un testimonio claro de la verdad. Eso retardaría el camino hacia la plena unidad visible. De manera parecida, no se puede pensar en reemplazar la santa Misa dominical con celebraciones ecuménicas de la Palabra o con encuentros de oración en común con cristianos miembros de dichas Comunidades eclesiales, o bien con la participación en su servicio litúrgico. Estas celebraciones y encuentros, en sí mismos loables en circunstancias oportunas, preparan a la deseada comunión total, incluso eucarística, pero no pueden reemplazarla.

El hecho de que el poder de consagrar la Eucaristía haya sido confiado sólo a los Obispos y a los presbíteros no significa menoscabo alguno para el resto del Pueblo de Dios, puesto que la comunión del único cuerpo de Cristo que es la Iglesia es un don que redunda en beneficio de todos.

31. Si la Eucaristía es centro y cumbre de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero que la Eucaristía « es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella ».(63)

Las actividades pastorales del presbítero son múltiples. Si se piensa además en las condiciones sociales y culturales del mundo actual, es fácil entender lo sometido que está al peligro de la dispersión por el gran número de tareas diferentes. El Concilio Vaticano II ha identificado en la caridad pastoral el vínculo que da unidad a su vida y a sus actividades. Ésta –añade el Concilio– « brota, sobre todo, del sacrificio eucarístico que, por eso, es el centro y raíz de toda la vida del presbítero ».(64) Se entiende, pues, lo importante que es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la Iglesia y del mundo, que ponga en práctica la recomendación conciliar de celebrar cotidianamente la Eucaristía, « la cual, aunque no puedan estar presentes los fieles, es ciertamente una acción de Cristo y de la Iglesia ».(65) De este modo, el sacerdote será capaz de sobreponerse cada día a toda tensión dispersiva, encontrando en el Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y de su ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los diversos quehaceres pastorales. Cada jornada será así verdaderamente eucarística.

Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio.

32. Toda esto demuestra lo doloroso y fuera de lo normal que resulta la situación de una comunidad cristiana que, aún pudiendo ser, por número y variedad de fieles, una parroquia, carece sin embargo de un sacerdote que la guíe. En efecto, la parroquia es una comunidad de bautizados que expresan y confirman su identidad principalmente por la celebración del Sacrificio eucarístico. Pero esto requiere la presencia de un presbítero, el único a quien compete ofrecer la Eucaristía in persona Christi. Cuando la comunidad no tiene sacerdote, ciertamente se ha de paliar de alguna manera, con el fin de que continúen las celebraciones dominicales y, así, los religiosos y los laicos que animan la oración de sus hermanos y hermanas ejercen de modo loable el sacerdocio común de todos los fieles, basado en la gracia del Bautismo. Pero dichas soluciones han de ser consideradas únicamente provisionales, mientras la comunidad está a la espera de un sacerdote.

El hecho de que estas celebraciones sean incompletas desde el punto de vista sacramental ha de impulsar ante todo a toda la comunidad a pedir con mayor fervor que el Señor « envíe obreros a su mies » (Mt 9, 38); y debe estimularla también a llevar a cabo una adecuada pastoral vocacional, sin ceder a la tentación de buscar soluciones que comporten una reducción de las cualidades morales y formativas requeridas para los candidatos al sacerdocio.

33. Cuando, por escasez de sacerdotes, se confía a fieles no ordenados una participación en el cuidado pastoral de una parroquia, éstos han de tener presente que, como enseña el Concilio Vaticano II, « no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía ».(66) Por tanto, considerarán como cometido suyo el mantener viva en la comunidad una verdadera « hambre » de la Eucaristía, que lleve a no perder ocasión alguna de tener la celebración de la Misa, incluso aprovechando la presencia ocasional de un sacerdote que no esté impedido por el derecho de la Iglesia para celebrarla.

CAPÍTULO IV

EUCARISTÍA
Y COMUNIÓN ECLESIAL

34. En 1985, la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos reconoció en la « eclesiología de comunión » la idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II.(67) La Iglesia, mientras peregrina aquí en la tierra, está llamada a mantener y promover tanto la comunión con Dios trinitario como la comunión entre los fieles. Para ello, cuenta con la Palabra y los Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual « vive y se desarrolla sin cesar »,(68) y en la cual, al mismo tiempo, se expresa a sí misma. No es casualidad que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime Sacramento.

La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo. Un insigne escritor de la tradición bizantina expresó esta verdad con agudeza de fe: en la Eucaristía, « con preferencia respecto a los otros sacramentos, el misterio [de la comunión] es tan perfecto que conduce a la cúspide de todos los bienes: en ella culmina todo deseo humano, porque aquí llegamos a Dios y Dios se une a nosotros con la unión más perfecta ».(69) Precisamente por eso, es conveniente cultivar en el ánimo el deseo constante del Sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la « comunión espiritual », felizmente difundida desde hace siglos en la Iglesia y recomendada por Santos maestros de vida espiritual. Santa Teresa de Jesús escribió: « Cuando […] no comulgáredes y oyéredes misa, podéis comulgar espiritualmente, que es de grandísimo provecho […], que es mucho lo que se imprime el amor ansí deste Señor ».(70)

35. La celebración de la Eucaristía, no obstante, no puede ser el punto de partida de la comunión, que la presupone previamente, para consolidarla y llevarla a perfección. El Sacramento expresa este vínculo de comunión, sea en la dimensión invisible que, en Cristo y por la acción del Espíritu Santo, nos une al Padre y entre nosotros, sea en la dimensión visible, que implica la comunión en la doctrina de los Apóstoles, en los Sacramentos y en el orden jerárquico. La íntima relación entre los elementos invisibles y visibles de la comunión eclesial, es constitutiva de la Iglesia como sacramento de salvación.(71) Sólo en este contexto tiene lugar la celebración legítima de la Eucaristía y la verdadera participación en la misma. Por tanto, resulta una exigencia intrínseca a la Eucaristía que se celebre en la comunión y, concretamente, en la integridad de todos sus vínculos.

36. La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace « partícipes de la naturaleza divina » (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el « cuerpo » y con el « corazón »; (72) es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, « la fe que actúa por la caridad » (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: « Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa » (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: « También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo ».(73)

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: « Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar ».(74) Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, « debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal ».(75)

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: « En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento ex- terno grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que « obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave ».(76)

38. La comunión eclesial, como antes he recordado, es también visible y se manifiesta en los lazos vinculantes enumerados por el Concilio mismo cuando enseña: « Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión ».(77)

La Eucaristía, siendo la suprema manifestación sacramental de la comunión en la Iglesia, exige que se celebre en un contexto de integridad de los vínculos, incluso externos, de comunión. De modo especial, por ser « como la consumación de la vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos »,(78)requiere que los lazos de la comunión en los sacramentos sean reales, particularmente en el Bautismo y en el Orden sacerdotal. No se puede dar la comunión a una persona no bautizada o que rechace la verdad íntegra de fe sobre el Misterio eucarístico. Cristo es la verdad y da testimonio de la verdad (cf. Jn 14, 6; 18, 37); el Sacramento de su cuerpo y su sangre no permite ficciones.

39. Además, por el carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación que tiene con ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que « el Sacrificio eucarístico, aun celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad: ésta, en efecto, recibiendo la presencia eucarística del Señor, recibe el don completo de la salvación, y se manifiesta así, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y verdadera presencia de la Iglesia una, santa, católica y apostólica ».(79) De esto se deriva que una comunidad realmente eucarística no puede encerrarse en sí misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonía con todas las demás comunidades católicas.

La comunión eclesial de la asamblea eucarística es comunión con el propio Obispo y con el Romano Pontífice. En efecto, el Obispo es el principio visible y el fundamento de la unidad en su Iglesia particular.(80) Sería, por tanto, una gran incongruencia que el Sacramento por excelencia de la unidad de la Iglesia fuera celebrado sin una verdadera comunión con el Obispo. San Ignacio de Antioquía escribía: « se considere segura la Eucaristía que se realiza bajo el Obispo o quien él haya encargado ».(81) Asimismo, puesto que « el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles »,(82) la comunión con él es una exigencia intrínseca de la celebración del Sacrificio eucarístico. De aquí la gran verdad expresada de varios modos en la Liturgia: « Toda celebración de la Eucaristía se realiza en unión no sólo con el propio obispo sino también con el Papa, con el orden episcopal, con todo el clero y con el pueblo entero. Toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma ».(83)

40. La Eucaristía crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad de la Eucaristía con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraterna (cf. 1 Co 11, 17-34). San Agustín se hizo eco de esta exigencia de manera elocuente cuando, al recordar las palabras del Apóstol: « vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte » (1 Co 12, 27), observaba: « Si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros ».(84) Y, de esta constatación, concluía: « Cristo el Señor […] consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad. El que recibe el misterio de la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí ».(85)

41. Esta peculiar eficacia para promover la comunión, propia de la Eucaristía, es uno de los motivos de la importancia de la Misa dominical. Sobre ella y sobre las razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles, me he ocupado en la Carta apostólica sobre la santificación del domingo Dies Domini,(86) recordando, además, que participar en la Misa es una obligación para los fieles, a menos que tengan un impedimento grave, lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto.(87) Más recientemente, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, al trazar el camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar un relieve particular a la Eucaristía dominical, subrayando su eficacia creadora de comunión: Ella –decía– « es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad ».(88)

42. La salvaguardia y promoción de la comunión eclesial es una tarea de todos los fieles, que encuentran en la Eucaristía, como sacramento de la unidad de la Iglesia, un campo de especial aplicación. Más en concreto, este cometido atañe con particular responsabilidad a los Pastores de la Iglesia, cada uno en el propio grado y según el propio oficio eclesiástico. Por tanto, la Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participación frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe administrar la comunión. El esmero en procurar una fiel observancia de dichas normas se convierte en expresión efectiva de amor hacia la Eucaristía y hacia la Iglesia.

43. Al considerar la Eucaristía como Sacramento de la comunión eclesial, hay un argumento que, por su importancia, no puede omitirse: me refiero a su relación con el compromiso ecuménico. Todos nosotros hemos de agradecer a la Santísima Trinidad que, en estas últimas décadas, muchos fieles en todas las partes del mundo se hayan sentido atraídos por el deseo ardiente de la unidad entre todos los cristianos. El Concilio Vaticano II, al comienzo del Decreto sobre el ecumenismo, reconoce en ello un don especial de Dios.(89) Ha sido una gracia eficaz, que ha hecho emprender el camino del ecumenismo tanto a los hijos de la Iglesia católica como a nuestros hermanos de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales.

La aspiración a la meta de la unidad nos impulsa a dirigir la mirada a la Eucaristía, que es el supremo Sacramento de la unidad del Pueblo de Dios, al ser su expresión apropiada y su fuente insuperable.(90) En la celebración del Sacrificio eucarístico la Iglesia eleva su plegaria a Dios, Padre de misericordia, para que conceda a sus hijos la plenitud del Espíritu Santo, de modo que lleguen a ser en Cristo un sólo un cuerpo y un sólo espíritu.(91) Presentando esta súplica al Padre de la luz, de quien proviene « toda dádiva buena y todo don perfecto » (St 1, 17), la Iglesia cree en su eficacia, pues ora en unión con Cristo, su cabeza y esposo, que hace suya la súplica de la esposa uniéndola a la de su sacrificio redentor.

44. Precisamente porque la unidad de la Iglesia, que la Eucaristía realiza mediante el sacrificio y la comunión en el cuerpo y la sangre del Señor, exige inderogablemente la completa comunión en los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos y del gobierno eclesiástico, no es posible concelebrar la misma liturgia eucarística hasta que no se restablezca la integridad de dichos vínculos. Una concelebración sin estas condiciones no sería un medio válido, y podría revelarse más bien un obstáculo a la consecución de la plena comunión, encubriendo el sentido de la distancia que queda hasta llegar a la meta e introduciendo o respaldando ambigüedades sobre una u otra verdad de fe. El camino hacia la plena unidad no puede hacerse si no es en la verdad. En este punto, la prohibición contenida en la ley de la Iglesia no deja espacio a incertidumbres,(92) en obediencia a la norma moral proclamada por el Concilio Vaticano II.(93)

De todos modos, quisiera reiterar lo que añadía en la Carta encíclica Ut unum sint, tras haber afirmado la imposibilidad de compartir la Eucaristía: « Sin embargo, tenemos el ardiente deseo de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más “con un mismo corazón” ».(94)

45. Si en ningún caso es legítima la concelebración si falta la plena comunión, no ocurre lo mismo con respecto a la administración de la Eucaristía, en circunstancias especiales, a personas pertenecientes a Iglesias o a Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia católica. En efecto, en este caso el objetivo es satisfacer una grave necesidad espiritual para la salvación eterna de los fieles, singularmente considerados, pero no realizar una intercomunión, que no es posible mientras no se hayan restablecido del todo los vínculos visibles de la comunión eclesial.

En este sentido se orientó el Concilio Vaticano II, fijando el comportamiento que se ha de tener con los Orientales que, encontrándose de buena fe separados de la Iglesia católica, están bien dispuestos y piden espontáneamente recibir la eucaristía del ministro católico.(95) Este modo de actuar ha sido ratificado después por ambos Códigos, en los que también se contempla, con las oportunas adaptaciones, el caso de los otros cristianos no orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica.(96)

46. En la Encíclica Ut unum sint, yo mismo he manifestado aprecio por esta normativa, que permite atender a la salvación de las almas con el discernimiento oportuno: « Es motivo de alegría recordar que los ministros católicos pueden, en determinados casos particulares, administrar los sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia, de la Unción de enfermos a otros cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, pero que desean vivamente recibirlos, los piden libremente, y manifiestan la fe que la Iglesia católica confiesa en estos Sacramentos. Recíprocamente, en determinados casos y por circunstancias particulares, también los católicos pueden solicitar los mismos Sacramentos a los ministros de aquellas Iglesias en que sean válidos ».(97)

Es necesario fijarse bien en estas condiciones, que son inderogables, aún tratándose de casos particulares y determinados, puesto que el rechazo de una o más verdades de fe sobre estos sacramentos y, entre ellas, lo referente a la necesidad del sacerdocio ministerial para que sean válidos, hace que el solicitante no esté debidamente dispuesto para que le sean legítimamente administrados. Y también a la inversa, un fiel católico no puede comulgar en una comunidad que carece del válido sacramento del Orden.(98)

La fiel observancia del conjunto de las normas establecidas en esta materia(99) es manifestación y, al mismo tiempo, garantía de amor, sea a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, sea a los hermanos de otra confesión cristiana, a los que se les debe el testimonio de la verdad, como también a la causa misma de la promoción de la unidad.

CAPÍTULO V

DECORO DE LA CELEBRACIÓN
EUCARÍSTICA

47. Quien lee el relato de la institución eucarística en los Evangelios sinópticos queda impresionado por la sencillez y, al mismo tiempo, la « gravedad », con la cual Jesús, la tarde de la Última Cena, instituye el gran Sacramento. Hay un episodio que, en cierto sentido, hace de preludio: la unción de Betania. Una mujer, que Juan identifica con María, hermana de Lázaro, derrama sobre la cabeza de Jesús un frasco de perfume precioso, provocando en los discípulos –en particular en Judas (cf. Mt 26, 8; Mc 14, 4; Jn 12, 4)– una reacción de protesta, como si este gesto fuera un « derroche » intolerable, considerando las exigencias de los pobres. Pero la valoración de Jesús es muy diferente. Sin quitar nada al deber de la caridad hacia los necesitados, a los que se han de dedicar siempre los discípulos –« pobres tendréis siempre con vosotros » (Mt 26, 11; Mc 14, 7; cf. Jn 12, 8)–, Él se fija en el acontecimiento inminente de su muerte y sepultura, y aprecia la unción que se le hace como anticipación del honor que su cuerpo merece también después de la muerte, por estar indisolublemente unido al misterio de su persona.

En los Evangelios sinópticos, el relato continúa con el encargo que Jesús da a los discípulos de preparar cuidadosamente la « sala grande », necesaria para celebrar la cena pascual (cf. Mc 14, 15; Lc 22, 12), y con la narración de la institución de la Eucaristía. Dejando entrever, al menos en parte, el esquema de los ritos hebreos de la cena pascual hasta el canto del Hallel (cf. Mt 26, 30; Mc 14, 26), el relato, aún con las variantes de las diversas tradiciones, muestra de manera tan concisa como solemne las palabras pronunciadas por Cristo sobre el pan y sobre el vino, asumidos por Él como expresión concreta de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Todos estos detalles son recordados por los evangelistas a la luz de una praxis de la « fracción del pan » bien consolidada ya en la Iglesia primitiva. Pero el acontecimiento del Jueves Santo, desde la historia misma que Jesús vivió, deja ver los rasgos de una « sensibilidad » litúrgica, articulada sobre la tradición veterotestamentaria y preparada para remodelarse en la celebración cristiana, en sintonía con el nuevo contenido de la Pascua.

48. Como la mujer de la unción en Betania, la Iglesia no ha tenido miedo de « derrochar », dedicando sus mejores recursos para expresar su reverente asombro ante el don inconmensurable de la Eucaristía. No menos que aquellos primeros discípulos encargados de preparar la « sala grande », la Iglesia se ha sentido impulsada a lo largo de los siglos y en las diversas culturas a celebrar la Eucaristía en un contexto digno de tan gran Misterio. La liturgia cristiana ha nacido en continuidad con las palabras y gestos de Jesús y desarrollando la herencia ritual del judaísmo. Y, en efecto, nada será bastante para expresar de modo adecuado la acogida del don de sí mismo que el Esposo divino hace continuamente a la Iglesia Esposa, poniendo al alcance de todas las generaciones de creyentes el Sacrificio ofrecido una vez por todas sobre la Cruz, y haciéndose alimento para todos los fieles. Aunque la lógica del « convite » inspire familiaridad, la Iglesia no ha cedido nunca a la tentación de banalizar esta « cordialidad » con su Esposo, olvidando que Él es también su Dios y que el « banquete » sigue siendo siempre, después de todo, un banquete sacrificial, marcado por la sangre derramada en el Gólgota. El banquete eucarístico es verdaderamente un banquete « sagrado », en el que la sencillez de los signos contiene el abismo de la santidad de Dios: « O Sacrum convivium, in quo Christus sumitur! » El pan que se parte en nuestros altares, ofrecido a nuestra condición de peregrinos en camino por las sendas del mundo, es « panis angelorum », pan de los ángeles, al cual no es posible acercarse si no es con la humildad del centurión del Evangelio: « Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo » (Mt 8, 8; Lc 7, 6).

49. En el contexto de este elevado sentido del misterio, se entiende cómo la fe de la Iglesia en el Misterio eucarístico se haya expresado en la historia no sólo mediante la exigencia de una actitud interior de devoción, sino también a través de una serie de expresiones externas, orientadas a evocar y subrayar la magnitud del acontecimiento que se celebra. De aquí nace el proceso que ha llevado progresivamente a establecer una especial reglamentación de la liturgia eucarística, en el respeto de las diversas tradiciones eclesiales legítimamente constituidas. También sobre esta base se ha ido creando un rico patrimonio de arte. La arquitectura, la escultura, la pintura, la música, dejándose guiar por el misterio cristiano, han encontrado en la Eucaristía, directa o indirectamente, un motivo de gran inspiración.

Así ha ocurrido, por ejemplo, con la arquitectura, que, de las primeras sedes eucarísticas en las « domus » de las familias cristianas, ha dado paso, en cuanto el contexto histórico lo ha permitido, a las solemnes basílicas de los primeros siglos, a las imponentes catedrales de la Edad Media, hasta las iglesias, pequeñas o grandes, que han constelado poco a poco las tierras donde ha llegado el cristianismo. Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio. Igualmente se puede decir de la música sacra, y basta pensar para ello en las inspiradas melodías gregorianas y en los numerosos, y a menudo insignes, autores que se han afirmado con los textos litúrgicos de la Santa Misa. Y, ¿acaso no se observa una enorme cantidad de producciones artísticas, desde el fruto de una buena artesanía hasta verdaderas obras de arte, en el sector de los objetos y ornamentos utilizados para la celebración eucarística?

Se puede decir así que la Eucaristía, a la vez que ha plasmado la Iglesia y la espiritualidad, ha tenido una fuerte incidencia en la « cultura », especialmente en el ámbito estético.

50. En este esfuerzo de adoración del Misterio, desde el punto de vista ritual y estético, los cristianos de Occidente y de Oriente, en cierto sentido, se han hecho mutuamente la « competencia ». ¿Cómo no dar gracias al Señor, en particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las grandes obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición greco-bizantina y de todo el ámbito geográfico y cultural eslavo? En Oriente, el arte sagrado ha conservado un sentido especialmente intenso del misterio, impulsando a los artistas a concebir su afán de producir belleza, no sólo como manifestación de su propio genio, sino también como auténtico servicio a la fe. Yendo mucho más allá de la mera habilidad técnica, han sabido abrirse con docilidad al soplo del Espíritu de Dios.

El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en el Oriente y Occidente cristianos son un patrimonio universal de los creyentes, y llevan en sí mismos una esperanza y una prenda, diría, de la deseada plenitud de comunión en la fe y en la celebración. Eso supone y exige, como en la célebre pintura de la Trinidad de Rublëv, una Iglesia profundamente « eucarística » en la cual, la acción de compartir el misterio de Cristo en el pan partido está como inmersa en la inefable unidad de las tres Personas divinas, haciendo de la Iglesia misma un « icono » de la Trinidad.

En esta perspectiva de un arte orientado a expresar en todos sus elementos el sentido de la Eucaristía según la enseñanza de la Iglesia, es preciso prestar suma atención a las normas que regulan la construcción y decoración de los edificios sagrados. La Iglesia ha dejado siempre a los artistas un amplio margen creativo, como demuestra la historia y yo mismo he subrayado en la Carta a los artistas.(100) Pero el arte sagrado ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia y según las indicaciones pastorales oportunamente expresadas por la autoridad competente. Ésta es una consideración que vale tanto para las artes figurativas como para la música sacra.

51. A propósito del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada « inculturación ». En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.

No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está llamada confrontarse. El « tesoro » es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, « esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal ».(101)

52. De todo lo dicho se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla in persona Christi, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia. Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al « formalismo » ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones (skísmata) y a la formación de facciones (airéseis) (cf. 1 Co 11, 17-34). También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas debería ser redescubierta y valorada como reflejo y testimonio de la Iglesia una y universal, que se hace presente en cada celebración de la Eucaristía. El sacerdote que celebra fielmente la Misa según las normas litúrgicas y la comunidad que se adecua a ellas, demuestran de manera silenciosa pero elocuente su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas litúrgicas, he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia Romana que preparen un documento más específico, incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal.

CAPÍTULO VI

EN LA ESCUELA DE MARÍA,
MUJER « EUCARÍSTICA »

53. Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.(102) Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, « concordes en la oración » (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos « en la fracción del pan » (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

54. Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: « ¡Haced esto en conmemoración mía! », se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: « Haced lo que él os diga » (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: « no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida” ».

55. En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió « por obra del Espíritu Santo » era el « Hijo de Dios » (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

« Feliz la que ha creído » (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en « tabernáculo » –el primer « tabernáculo » de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como « irradiando » su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

56. María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén « para presentarle al Señor » (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería « señal de contradicción » y también que una « espada » traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el « stabat Mater » de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de « Eucaristía anticipada » se podría decir, una « comunión espiritual » de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como « memorial » de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: « Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros » (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

57. « Haced esto en recuerdo mío » (Lc 22, 19). En el « memorial » del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: « !He aquí a tu hijo¡ ». Igualmente dice también a todos nosotros: « ¡He aquí a tu madre! » (cf. Jn 19, 26.27).

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

58. En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con » Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la « pobreza » de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se « derriba del trono a los poderosos » y se « enaltece a los humildes » (cf. Lc 1, 52). María canta el « cielo nuevo » y la « tierra nueva » que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su ‘diseño’ programático. Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!

CONCLUSIÓN

59. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine! ». Hace pocos años he celebrado el cincuentenario de mi sacerdocio. Hoy experimento la gracia de ofrecer a la Iglesia esta Encíclica sobre la Eucaristía, en el Jueves Santo de mi vigésimo quinto año de ministerio petrino. Lo hago con el corazón henchido de gratitud. Desde hace más de medio siglo, cada día, a partir de aquel 2 de noviembre de 1946 en que celebré mi primera Misa en la cripta de San Leonardo de la catedral del Wawel en Cracovia, mis ojos se han fijado en la hostia y el cáliz en los que, en cierto modo, el tiempo y el espacio se han « concentrado » y se ha representado de manera viviente el drama del Gólgota, desvelando su misteriosa « contemporaneidad ». Cada día, mi fe ha podido reconocer en el pan y en el vino consagrados al divino Caminante que un día se puso al lado de los dos discípulos de Emaús para abrirles los ojos a la luz y el corazón a la esperanza (cf. Lc 24, 3.35).

Dejadme, mis queridos hermanos y hermanas que, con íntima emoción, en vuestra compañía y para confortar vuestra fe, os dé testimonio de fe en la Santísima Eucaristía. « Ave, verum corpus natum de Maria Virgine, / vere passum, immolatum, in cruce pro homine! ». Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias. Aquí fallan nuestros sentidos –« visus, tactus, gustus in te fallitur », se dice en el himno Adoro te devote–, pero nos basta sólo la fe, enraizada en las palabras de Cristo y que los Apóstoles nos han transmitido. Dejadme que, como Pedro al final del discurso eucarístico en el Evangelio de Juan, yo le repita a Cristo, en nombre de toda la Iglesia y en nombre de todos vosotros: « Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna » (Jn 6, 68).

60. En el alba de este tercer milenio todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso. Como he escrito en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, no se trata de « inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste ».(103) La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucaristía.

Todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión de la Iglesia, toda puesta en práctica de planes pastorales, ha de sacar del Misterio eucarístico la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su culmen. En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia?

61. El Misterio eucarístico –sacrificio, presencia, banquete –no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entonces es cuando se construye firmemente la Iglesia y se expresa realmente lo que es: una, santa, católica y apostólica; pueblo, templo y familia de Dios; cuerpo y esposa de Cristo, animada por el Espíritu Santo; sacramento universal de salvación y comunión jerárquicamente estructurada.

La vía que la Iglesia recorre en estos primeros años del tercer milenio es también la de un renovado compromiso ecuménico. Los últimos decenios del segundo milenio, culminados en el Gran Jubileo, nos han llevado en esa dirección, llamando a todos los bautizados a corresponder a la oración de Jesús « ut unum sint » (Jn 17, 11). Es un camino largo, plagado de obstáculos que superan la capacidad humana; pero tenemos la Eucaristía y, ante ella, podemos sentir en lo profundo del corazón, como dirigidas a nosotros, las mismas palabras que oyó el profeta Elías: « Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti » (1 Re 19, 7). El tesoro eucarístico que el Señor ha puesto a nuestra disposición nos alienta hacia la meta de compartirlo plenamente con todos los hermanos con quienes nos une el mismo Bautismo. Sin embargo, para no desperdiciar dicho tesoro se han de respetar las exigencias que se derivan de ser Sacramento de comunión en la fe y en la sucesión apostólica.

Al dar a la Eucaristía todo el relieve que merece, y poniendo todo esmero en no infravalorar ninguna de sus dimensiones o exigencias, somos realmente conscientes de la magnitud de este don. A ello nos invita una tradición incesante que, desde los primeros siglos, ha sido testigo de una comunidad cristiana celosa en custodiar este « tesoro ». Impulsada por el amor, la Iglesia se preocupa de transmitir a las siguientes generaciones cristianas, sin perder ni un solo detalle, la fe y la doctrina sobre el Misterio eucarístico. No hay peligro de exagerar en la consideración de este Misterio, porque « en este Sacramento se resume todo el misterio de nuestra salvación ».(104)

62. Sigamos, queridos hermanos y hermanas, la enseñanza de los Santos, grandes intérpretes de la verdadera piedad eucarística. Con ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de la experiencia vivida, nos « contagia » y, por así decir, nos « enciende ».Pongámonos, sobre todo, a la escucha de María Santísima, en quien el Misterio eucarístico se muestra, más que en ningún otro, como misterio de luz. Mirándola a ella conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor. Al contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo vemos un resquicio del « cielo nuevo » y de la « tierra nueva » que se abrirán ante nuestros ojos con la segunda venida de Cristo. La Eucaristía es ya aquí, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación: « Veni, Domine Iesu! » (Ap 22, 20).

En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites.

Hagamos nuestros los sentimientos de santo Tomás de Aquino, teólogo eximio y, al mismo tiempo, cantor apasionado de Cristo eucarístico, y dejemos que nuestro ánimo se abra también en esperanza a la contemplación de la meta, a la cual aspira el corazón, sediento como está de alegría y de paz:

« Bone pastor, panis vere,
Iesu, nostri miserere… ».

“Buen pastor, pan verdadero,
o Jesús, piedad de nosotros:
nútrenos y defiéndenos,
llévanos a los bienes eternos
en la tierra de los vivos.

Tú que todo lo sabes y puedes,
que nos alimentas en la tierra,
conduce a tus hermanos
a la mesa del cielo
a la alegría de tus santos”.

Roma, junto a San Pedro, 17 de abril, Jueves Santo, del año 2003, vigésimo quinto de mi Pontificado y Año del Rosario.

IOANNES PAULUS II


(1)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(2)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.

(3)Cf. Carta ap. Rosarium Virginis Mariae (16 octubre 2002), 21: AAS 95 (2003), 19.

(4)Éste es el título que he querido dar a un testimonio autobiográfico con ocasión del quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio.

(5)Leonis XXIII Acta(1903), 115-136.

(6)AAS 39 (1947), 521-595.

(7)AAS 57 (1965), 753-774.

(8)AAS 72 (1980), 113-148.

(9)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 47: « Salvator noster […] Sacrificium Eucharisticum Corporis et Sanguinis sui instituit, quo Sacrificium Crucis in saecula, donec veniret, perpetuaret… ».

(10)Catecismo de la Iglesia Católica, 1085.

(11)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3.

(12)Cf. Pablo VI, El « credo » del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 24: AAS 60 (1968), 442; Juan Pablo II, Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 9: AAS 72 (1980).

(13)Catecismo de la Iglesia Católica, 1382.

(14)Catecismo de la Iglesia Católica, 1367.

(15)Homilías sobre la carta a los Hebreos, 17, 3: PG 63, 131.

(16)Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XXII, Doctrina de ss. Missae sacrificio, cap. 2: DS 1743: « En efecto, se trata de una sola e idéntica víctima y el mismo Jesús la ofrece ahora por el ministerio de los sacerdotes, Él que un día se ofreció a sí mismo en la cruz: sólo es diverso el modo de ofrecerse ».

(17)Cf. Pío XII, Carta enc. Mediator Dei (20 noviembre 1947): AAS 39 (1947), 548.

(18)Carta enc. Redemptor hominis (15 marzo 1979), 20: AAS 71 (1979), 310.

(19)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(20)De sacramentis, V, 4, 26: CSEL 73, 70.

(21)Sobre el Evangelio de Juan, XII, 20: PG 74, 726.

(22)Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 764.

(23)Ses. XIII, Decr. de ss. Eucharistia, cap. 4: DS 1642.

(24)Catequesis mistagógicas, IV, 6: SCh 126, 138.

(25)Cf.Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 8.

(26)El « credo » del Pueblo de Dios (30 junio 1968), 25: AAS 60 (1968), 442-443.

(27)Homilía IV para la Semana Santa: CSCO 413/ Syr. 182, 55.

(28)Anáfora.

(29)Plegaria Eucarística III.

(30)Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, antífona al Magnificat de las II Vísperas.

(31)Misal Romano, Embolismo después del Padre nuestro.

(32)Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661.

(33)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 39.

(34)« ¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque el mismo que dijo: “esto es mi cuerpo”, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: “Tuve hambre y no me disteis de comer”, y más adelante: “Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer” […].¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo »: San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 50, 3-4: PG 58, 508-509; cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987): AAS 80 (1988), 553-556.

(35)Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 3.

(36)Ibíd.

(37)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 5.

(38)« Entonces tomó Moisés la sangre, roció con ella al pueblo y dijo: “Ésta es la sangre de la Alianza que Yahveh ha hecho con vosotros, según todas estas palabras” » (Ex 24, 8).

(39)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

(40)Cf. ibíd., n. 9.

(41)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5. El mismo Decreto dice en el n. 6: « No se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía ».

(42)Homilías sobre la 1 Carta a los Corintios, 24, 2: PG 61, 200; cf. Didaché, IX, 5: F.X. Funk, I, 22; San Cipriano, Ep. LXIII, 13: PL 4, 384.

(43)PO 26, 206.

(44)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.

(45)Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII, Decretum de ss. Eucharistia, can. 4: DS 1654.

(46)Cf. Rituale Romanum: De sacra communione et de cultu mysterii eucharistici extra Missam, 36 (n. 80).

(47)Cf. ibíd., 38-39 (nn. 86-90).

(48)Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 32: AAS 93 (2001), 288.

(49)« Durante el día, los fieles no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que debe estar reservado en un sitio dignísimo con el máximo honor en las iglesias, conforme a las leyes litúrgicas, puesto que la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo Nuestro Señor, allí presente »: Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965), 771.

(50)Visite al SS. Sacramento ed a Maria Santissima, Introduzione: Opere ascetiche, IV, Avelino 2000, 295.

(51)N. 857.

(52)Ibíd.

(53)Ibíd.

(54)Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Sacerdotium ministeriale (6 agosto 1983), III.2: AAS 75 (1983), 1005.

(55)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.

(56)Ibíd.

(57)Cf. Institutio generalis: Editio typica tertia, n. 147.

(58)Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10 y 28; Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 2.

(59)« El ministro del altar actúa en la persona de Cristo en cuanto cabeza, que ofrece en nombre de todos los miembros »: Pío XII, Carta enc. Mediator Dei 20 noviembre 1947: AAS 39 (1947), 556; cf. Pío X, Exhort. ap. Haerent animo (4 agosto 1908): Pii X Acta, IV, 16; Carta enc. Ad catholici sacerdotii (20 diciembre 1935): AAS 28 (1936), 20.

(60)Carta ap. Dominicae Cenae, 24 febrero 1980, 8: AAS 72 (1980), 128-129.

(61)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Sacerdotium ministeriale (6 agosto 1983), III. 4: AAS 75 (1983), 1006; cf. Conc. Ecum. Lateranense IV, cap. 1. Const. sobre la fe católica Firmiter credimus: DS 802.

(62)Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.

(63)Carta ap. Dominicae Cenae (24 febrero 1980), 2: AAS 72 (1980), 115.

(64)Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros 14.

(65)Ibíd., 13; cf. Código de Derecho Canónico, can. 904; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 378.

(66)Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 6.

(67)Cf. Relación final, II. C.1: L’Osservatore Romano (10 diciembre 1985), 7.

(68)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 26.

(69)Nicolás Cabasilas, La vida en Cristo, IV, 10: Sch 355, 270.

(70)Camino de perfección, c. 35, 1.

(71)Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 4: AAS 85 (1993), 839-840.

(72)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.

(73)Homilías sobre Isaías6, 3: PG 56, 139.

(74)N. 1385; cf. Código de Derecho Canónico, can. 916; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 711.

(75)Discurso a la Sacra Penitenciaría Apostólica y a los penitenciarios de las Basílicas Patriarcales romanas (30 enero 1981): AAS 73 (1981), 203. Cf. Conc. Ecum. Tridentino, Ses. XIII, Decretum de ss. Eucharistia, cap. 7 et can. 11: DS 1647, 1661.

(76)Can.915; cf. Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 712.

(77)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 14.

(78)Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 73, a. 3c.

(79)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 11: AAS 85 (1993), 844.

(80)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

(81)Carta a los Esmirniotas, 8: PG 5, 713.

(82)Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

(83)Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio (28 mayo 1992), 14: AAS 85 (1993), 847.

(84)Sermón 272: PL 38, 1247.

(85)Ibíd., 1248.

(86)Cf. nn. 31-51: AAS 90 (1998), 731-746.

(87)Cf. ibíd., nn. 48-49: AAS 90 (1998), 744.

(88)N. 36: AAS 93 (2001), 291-292.

(89)Cf.Decr. Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 1.

(90)Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.

(91)« Haz que nosotros, que participamos al único pan y al único cáliz, estemos unidos con los otros en la comunión del único Espíritu Santo »: Anáfora de la Liturgia de san Basilio.

(92)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 908; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 702; Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio para el ecumenismo (25 marzo 1993), 122-125, 129-131: AAS 85 (1993), 1086-1089; Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Ad exsequendam (18 mayo 2001): AAS 93 (2001), 786.

(93)« La comunicación en las cosas sagradas que daña a la unidad de la Iglesia o lleva consigo adhesión formal al error o peligro de desviación en la fe, de escándalo o indiferentismo, está prohibido por la ley divina »: Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 26.

(94)N. 45: AAS 87 (1995), 948.

(95)Cf. Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre las Iglesias orientales católicas, 27.

(96)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 844 §§ 3-4; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671 §§ 3-4.

(97)N. 46: AAS 87 (1995), 948.

(98)Cf.Conc. Ecum. Vat. II, Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 22.

(99)Cf. Código de Derecho Canónico, can. 844; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671.

(100)Cf. AAS 91 (1999), 1155-1172.

(101)N. 22: AAS 92 (2000), 485.

(102)Cf. n. 21: AAS 95 (2003), 20.

(103)N. 29: AAS 93 (2001), 285.

(104)Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 83, a. 4 c.

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Tiempo de Navidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

(Desde la Vigilia de Navidad hasta el Bautismo del Señor)

 

1.- Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida de Juez.

Desde Navidad sigue la Iglesia paso por paso a Jesucristo e su obra redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas las gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean —como dice S. Pablo— «la esposa sin mácula, sin arruga, santa e inmaculada», que podrá presentar Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es término de todas las fiestas del calendario cristiano.

Al recorrer las páginas que el Misal y la Liturgia de las Horas dedican al tiempo de Navidad, se ve están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.

La Liturgia celebra la manifestación al pueblo judío (Natividad) y al gentil (Epifanía) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo «engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos», con la humanidad, «engendrada de la substancia de su Madre en el mundo». Y ese Misterio se completa mediante unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza -divina de su Padre, que «eleva a sí la humanidad» que le da en el tiempo la Virgen santísima, y que se une en el trascurso de los siglos a nuestras almas, cons­tituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

a. – Nacimiento eterno del Verbo

Dice san Pablo que «Dios habita en una inaccesible luz» y que, precisamente para darnos a conocer a su Padre, baja Jesús a la tierra. «Nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y aquel a quien plugiere al Hijo revelarlo». Así el Verbo hecho carne es la mani­festación de Dios al hombre.

A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que, por decirlo así, se ha tornado visible y palpable. «Quien me ve al Padre ve», decía Jesús. «Por el misterio de la Encar­nación del Verbo —añade un prefacio de Navidad— conocemos a Dios bajo una forma visible» y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles san Juan y san Pablo, ambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.

La espléndida Liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con la Santísima Virgen María y san José ante ese Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: «Cristo nos ha nacido, venid, adorémoslo» ; «con toda la milicia celestial» nos hace cantar : «Gloria a Dios» ; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda «alabar y glorificar a Dios»; y, por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos «hinquemos delante del Niño y lo adoremos».

b.- Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

«Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al Rey de los reyes, que procede del Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial». «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, antes nos podamos acercar a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente en conocer los misterios de la infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.

María da al mundo su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque, como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque —como dice Bossuet— «así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre».

Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tantas preciosas perlas engastadas en los textos de la Liturgia de Navidad: «María, Madre de Jesús, se había desposado con José»; «Hallaron a María, a José y al Niño», «José y María, Madre de Jesús», «José toma al Niño y a su Madre», « ¡Hijo mío!, ¡tu padre y yo te andábamos bus­cando!»

c. Nacimiento espiritual del Cuerpo místico de Jesús

Pero dice santo Tomás que, «si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia»[1].

A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. «El Cristo total —añade san Agustín— lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es Cabeza y nosotros miembros». Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo[2].

Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Hincadas en tierra las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; que bajó de los Cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. Creo en la santa Iglesia,que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el Bautismo.

2. – Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar, la Virgen benditísima dio al mundo a su Hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV, que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la Liturgia citaba dos textos proféticos, uno de Isaías: «El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor», y aquél de Habacuc: «Señor, te manifestarás en medio de dos animales».

En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados hasta que, avisados por el ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. «¿Qué es lo que habéis visto? Decídnoslo. ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra?» Y ellos responden: «Hemos visto a un recién nacido y coros de ángeles que alaba­ban al Señor: ¡Aleluya, aleluya!»

Ocho días después el di­vino Infante fue circunci­dado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús, se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.

Tras del cortejo pastoril viene el de los Magos, los cuales llegan del Oriente a Jerusalén guiados por una estrella. Infor­mados por los mismos príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el profeta Miqueas predijo que había de nacer el Mesías. Y en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María, su Madre y, postrándose a sus plantas, lo adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.

Herodes, que les había pedido que le dijesen dónde estaba el Niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los Judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José y le dijo que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquelao en vez de Herodes su padre, como aquél era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.

Los padres de Jesús lo perdieron un día en Jerusalén por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días lo encontraron entre los Doctores en el templo. Vuelto a Nazaret, crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por san Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

 

3. – Exposición litúrgica

Litúrgicamente, el Tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta solemnidad y termina con la fiesta del Bautismo del Señor (para el santoral este tiempo se extiende hasta la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen Santísima, el 2 de febrero).

Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de «gran regocijo para todo el pueblo». Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles, andemos «embargados de un intenso gozo» y cantemos con la Iglesia un alegre «Gloria in excelsis», ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa,

Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al Cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.

Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. «Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, Señor, bajó de su regio trono» Por eso y por un privilegio especial, se celebra en Navidad una Misa a media noche, seguida de otra a la aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los santos Padres de la Iglesia, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el «Sol de Justi­cia». «Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer»[3]. La solemnidad de Natividad el 25 de Diciembre —que corresponde con la fecha del 25 de Marzo—, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebraban en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.

La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor —que representa a Belén—, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del Salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació[4].

Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros, muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la Misa sólo se refieren al misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.

En toda casa cristiana debiera haber un pequeño pesebre, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] S. Thom. Summa, III q. 37 a. 3, ad 2

[2] S. León VI, Sermón de la Natividad

[3] Agustín, Sermón de la Natividad.

[4] Aquella gruta era ya a mediados del siglo II visitada por numerosos pere­grinos, y la emperatriz santa Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica, que quiso que fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacía el siglo VIII la cuna de plata desapareció, se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

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Tiempo de Adviento*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2010

 

(Del primer domingo de Adviento al 24 de diciembre). 

 

1.- Exposición dogmática

La lectura de los textos litúrgicos, de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento, nos descubre claramente su intención de que asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Videntes de Israel, quienes suspiraban por la llegada del Mesías en su doble adveni­miento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los progenitores del Señor, y especialmente a Abraham, a Isaac y a Jacob.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar de las promesas que les fueron hechas relativas al Mesías. A todos ellos los vemos desfilar cada año, formando el magnífico cortejo que a Cristo precedió en los siglos. Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel y Daniel, Isaías, san Juan Bautista, José y sobre todo María, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, pues de su fiat pende su cumplimiento. Todos a una ansían porque venga el Salvador y lo llaman con ardientes gemidos. Al recorrer las misas y los oficios de Adviento siéntese el alma impresionada por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías: «Ven, Señor, y no tardes». «Venid y adoremos al Rey que va a venir». «El Señor está cerca, venid y adorémoslo». «Manifiesta, Señor, tu poder y ven» «¡Oh Sabiduría! Ven a enseñarnos el camino de la prudencia». «Oh Dios, guía de la casa de Israel, ven a rescatarnos». «Oh Vástago de Jesé, ven a redimirnos, y no tardes». «Oh, llave de David y cetro de la casa de Israel, ven y saca a tu cautivo sumido en tinieblas y som­bras de muerte». «Oh, Oriente resplandor de la Luz eterna, ven y alúmbranos». «Oh, Rey de las Naciones y su deseado, ven a salvar al hombre que formaste del barro». «Oh, Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador nuestro, ven a salvarnos Señor y Dios nuestro». 

El Mesías esperado es el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su  pueblo, al que todas las naciones habrán de servir, Y como la divina misericordia alcanza no solo a Israel, sino a todo el gentilismo, debemos hacer nuestro aquel Veni,  y decir a Jesús: «Oh, Piedra angular, que reúnes en ti a todos los pueblos, ven». Todos seremos guiados juntos por un mismo Pastor. «Él —dice Isaías— pastoreará a su rebaño, y acogerá a los corderitos en sus brazos, y los llevará en sus haldas; Él, que es nuestro Dios y Señor».

Esta venida de Cristo, anunciada ya por los profetas, a la que el pueblo de Dios aspira, es una venida de misericordia. El divino Redentor se apareció en la tierra bajo la humilde condición de nuestra humana existencia. Es también una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad al fin del mundo, como Juez y supremo Remunerador de los hombres. Los Videntes del Antiguo Testamento no separaron estos dos advenimientos, por lo que también la liturgia del Adviento, al traer sus palabras, habla indistintamente de ambos. San Gregorio explica que san Juan Bautista, Precursor del Redentor, es Elías en espíritu y en virtud, es el Precursor del Juez.

Por lo demás, ¿acaso estos dos sucesos no tienen una misma finalidad? Si el Hijo de Dios se ha bajado hasta nosotros haciéndose hombre (1er advenimiento), ha sido precisamente para hacernos subir hasta su Padre, introduciéndonos en su reino celestial (2° advenimiento). Y la sentencia que el Hijo del hombre, a quien será entregado todo juicio, ha de fallar cuando por segunda vez viniere a este mundo, dependerá del recibi­miento que se le hubiere hecho al venir por vez primera. «Este niño —dijo Simeón— está puesto para ruina y para resurrección de muchos, y será una señal que excitará la contradicción». El Padre y el Espíritu darán testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios, y el mismo Jesús lo probará bien por sus palabras y sus milagros. Y los mismos hombres deberán dar ese doble testimonio de un Dios en tres personas, decidiendo así ellos mismos de su suerte futura. «Bienaventurados los que no se escandalizaren por mi causa», porque «el que pusiere en Cristo su confianza no será confundido». Y al contrario, ¡ay de aquél que chocare contra esa piedra de salvación!, porque quedará desmenuzado. «Si alguno se avergüenza de Mí o de mis palabras, —dice Jesús—, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la de su Padre y sus santos Ángeles». «Cuando el Hijo del hombre venga en su majestad, y con Él todos sus Ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Y reuniendo las Naciones todas en torno suyo, separará a los unos de los otros, como separa el pastor a las ovejas de los cabritos. Y colocaré las ovejas a su derecha y los cabritos a su siniestra. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo”. Y luego dirá a los de su izquierda: “Apartaos, malditos, e id al fuego eterno que el diablo y sus ángeles os tienen dispuesto”» (Mal 25, 31-46).

A todos cuantos hubieren negado a Cristo en la tierra, Él los desechará de Sí, separándolos para siempre de los que le han sido fieles, y juntando en torno suyo a cuantos lo hubieren acogido por su fe y su amor, los hará entrar en pos de Sí en el Reino de su Padre. Estrechamente unidos al Hijo de Dios humanizado, serán eternamente «Cristo y su místico cuerpo», o lo que san Agustín llama «el Cristo total». Y por ese motivo justificará Jesús su sentencia judicial, que separará a los buenos de los malos, diciendo: «Todo cuanto habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho; y lo que no habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo no lo habéis hecho».

 

2.- Exposición histórica

Los oráculos proféticos se habían ya cumplido: la herencia del pueblo escogido de Dios había pasado a poder de los romanos y el cetro le había sido arrebatado a la casa de Judá por la dinastía pagana de los Idumeos. El Mesías debía, pues, venir ya; el mundo lo aguardaba, y más todavía los Judíos.

Juan Bautista dócil a la voz del Señor, abandona el desierto en donde paso toda la infancia; y viniendo a la región del Jordán, junto a Betania, administra el bautismo de penitencia para preparar las almas a la venida de Cristo. Sus virtudes son tan excelsas, que se diría ser el mismo Mesías; por lo cual los fariseos le envían desde Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas para informarse de ello. Mas Juan les responde que él es aquél de quien Isaías dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor». Jesús viene entonces al Jordán para ser bautizado por Juan, y éste declara que Él es el Cordero de Dios, cuya Sangre borrará los pecados de los hombres.

Luego Juan Bautista es apresado en el castillo de Maqueronte, al oriente del Mar Muerto, y allí tiene noticia de los innumerables milagros que obra Jesús, y probablemente de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, acaecida en Galilea en el año segundo de su ministerio público. Entonces Juan envía desde la cárcel a dos de sus discípulos, para que Cristo manifieste pública­mente a todos su divina misión: «¿Eres tú el que debe venir?», y Jesús responde con las palabras que Isaías decía del Mesías: «Dios mismo vendrá y nos visitará. Entonces los ojos de los ciegos verán, y las orejas de los sordos se abrirán; en­tonces saltará el cojo como un ciervo y será desatada la lengua de los mudos». Todos esos portentos vaticinados por Isaías los obra el Hijo de María: luego Él es el Mesías.

Respecto a Juan, prosigue el Maestro, de él dejó escrito Isaías: «He aquí que Yo envío delante de vosotros a mi Ángel para que os preceda y os prepare el camino». Juan es el precursor de Jesús y «ha venido para dar testimonio de la Luz», testimonio que dio ya a los judíos en su tiempo y que sigue dándonos todos los días, y con mayor insistencia los Evangelios del Adviento.

Antiguamente los Domingos de Adviento se sucedían en orden inverso al de hoy, siendo llamado Domingo primero el más próximo a Navidad, y así los demás por este orden retrospectivo. Así los Evangelios que hablan del Bautista se sucedían por su orden histórico.

 

3.- Exposición litúrgica

La fecha inicial del año litúrgico era en el siglo V la festividad de la Anunciación. Celebrada al principio en marzo, esta solem­nidad fue trasladada a Diciembre. En el siglo X, el año comenzaba el primer domingo de Adviento, o sea, unas cuatro o cinco semanas antes de Navidad. En un Concilio de Zaragoza (año 380) se prescribe una preparación de ocho días para la fiesta de Navidad. En el Concilio de Tours de 563, se menciona al Adviento como período litúrgico que tiene ya sus ritos y fórmulas propias. El Domingo 1° de Adviento es el que cae más cerca del día de la fiesta de san Andrés (30 de Noviembre). La alegría que engendra el pensamiento de poseer dentro de poco al Salvador, fue y es todavía como la nota dominante del santo Adviento; por eso no se deja de cantar el Aleluya, y las campanas voltean mientras en el coro se entonan las grandes antífonas: ¡Oh! El 3er domingo, el altar se ve engalanado con flores, los ornamentos pueden ser de color rosa y se vuelven a oír las suaves melodías del órgano.

En el siglo VII se dio también a este Tiempo un carácter penitencial llamándose en la Edad Media «Cuaresma de Navidad», por lo cual muchos ayunaban a diario y hasta cubrían las sagradas imágenes, como ahora en el Tiempo de Pasión. Ese espíritu de penitencia se trasluce en la omisión del Gloria y de los ornamentos morados y en muchos textos litúrgicos.

En el santo Adviento no nos preocupemos sólo de su venida misericordiosa, al revés de los judíos, que únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías. Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia y digamos con la Iglesia: «Veni, Domine», ven, Salvador y Juez mío. Líbrame aquí de mis pecados, y llévame algún día a tu Cielo. Adveniat regnum tuum. Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti pongo toda mi esperanza. Per Adventum tuum, libera nos, Domine.

¡Oh, cuan benéfica es la liturgia de este tiempo, que así nos dispone a celebrar el advenimiento de Jesús en vista del segundo, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez! «Haz, Señor —pide la Iglesia—, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios, ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarlo seguros cuando viniere a juzgarnos». 

Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia del mundo, la cual comienza con la esperanza de su venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso adveni­miento. Y la Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino. Si Cristo bajó a la tierra, accediendo a los apremiantes llamamientos de los justos del Antiguo Testamento, bajará también hoy día en vista de las llamadas que le dirige la humanidad, generación tras generación, y vendrá sobre todo por Navidad a las almas fieles con una infu­sión nueva de gracia. Vendrá por fin Jesús, llamado por los últi­mos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Nuestras aspiraciones a Cristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Oficio Divino y el Misal ponen en nuestros labios las palabras mismas que ellos en otros tiempos pronunciaron. ¿No es, pues, uno mismo el grito de fe, de esperanza y amor que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos? Animémonos de los mismos entusiasmos y de las mismas súplicas de un Isaías, de un Juan Bautista y de la benditísima Virgen María, de esas tres figuras que cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento; aspiremos con sinceridad, con amor, con impaciencia, por Jesús, en su doble advenimiento: «Al Rey que va a venir, venid adorémoslo».

Se nota que las iniciales de las grandes antífonas ¡Oh! dan por orden inverso estas dos palabras: Ero cras, que significa: Mañana estaré, es decir, estaré con vosotros.

  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

  

 

 

 

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

Por don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

 

1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, “se realiza la obra de nuestra redención” [2] y de ahí se pueda afirmar que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia” [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, “en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz” [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha “amado primero”.

Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella “hora”, Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que “en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual” [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y “concentrado” para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la “hora” de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn 19,26.27).

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado” [9]. Por eso “vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (…) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.

La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y “además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, “por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” [12].

 

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.

2.1. El Confiteor.  En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propia. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participacitio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (…). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” [13].

El acto penitencial, que “se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad” [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel “estar con Dios” y a la vez nos “fuerza” a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI “el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” [15].

El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem”. “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (…) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” [17].

Santa María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” [20].

2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano “dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)” [21].

Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el “sí” de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. “La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:

“tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor” (PE II)

“El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (PE IV)

En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.

Como señala Juan Pablo II, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.

Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. “La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor” [24].

La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza: “in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei, et Domini nostri Iesu Christi” veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” (Canon Romano).

Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, “Genetrix Dei” es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.

El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: “por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección”.

En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna: “así con María, la Virgen Madre de Dios, (…) merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (PE II)

“con María, la Virgen Madre de Dios, (…) por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda” (PE III) [31]

“Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios (…) y allí, junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte,

te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro… (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.

En esta oración se lee: “Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis…; et in honorem beatae Mariae semper Virginis…”

Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que “en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María” [33].

La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:

“Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris: et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (…) da propitius pacem in diebus nostris…”

Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual” [34]. De hecho, esta oración nos muestra que “por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo” [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: “Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (…) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre” [36].

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1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.

2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.

3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.

4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.

5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.

7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.

8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.

15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.

16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.

17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.

18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.

21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.

22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.

24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

25 Cf. S. MEO, “La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo” in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.

26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.

27 M. AUGE, L’anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247

28 Cfr. J. CASTELLANO, “In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana”, Rivista liturgica 75 (1988) 59.

29 “La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

30 “La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

31 “La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)

32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.

33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.

34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.

35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.

36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.

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Ciclo C, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 25, 2010

«Todavía no ha llegado mi hora»

 

La respuesta de Jesús a su propia Madre, dura en palabras, pero dulce por el tono de voz: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora» hace pensar a todos que el Señor sabía con exactitud en qué momento habría de comenzar su misión, haciendo milagros por todas partes y enseñando el camino del amor.

También se deduce la inicial seguridad que tenía, al dirigirse a María como «mujer», criatura al fin y al cabo y, quizá por eso, ignorante de los planes salvíficos en la economía de la salvación.

En ese contexto, sorprende saber que a la insinuación «No les queda vino» de María —prudente y delicada por excelencia—, parezca que Jesús aceptaría un cambio de planes: admirados leemos lo que dijo a los sirvientes, sin esperar la aceptación explícita de su Hijo: «Haced lo que Él diga». Y con pasmo aún mayor escuchamos a Jesús ordenar: «Llenad las tinajas de agua»…

Por un lado, es lógico pensar que el Espíritu Santo fue quien iluminó a la Santísima Virgen María para que su Hijo hiciera ese favor a sus amigos y para que se manifestara su gloria y creciera la fe de sus discípulos en Él.

Pero también podemos deducir que la intercesión de Nuestra Señora es poderosa en supremo grado: podríamos decir que ¡llegó a cambiar los planes sapientísimos trazados por la Santísima Trinidad desde la eternidad!

¿Qué esperamos para aprovecharnos de eso? También es nuestra Madre y nada nos negará, si acudimos, como hijos que somos, a pedirle cualquier cosa.

Hay algo que debemos hacer para que, de hoy en adelante, consigamos de Ella cualquier cosa: escuchar, como dichas para nosotros, sus palabras: «Haced lo que Él diga», obedecerlo en todo, comportarnos como hijos buenos.

El Evangelio nos dice que así creció la fe de sus discípulos en Jesús. Probémoslo también nosotros y, al ver los milagros que nos conseguirá Nuestra Madre de su Hijo, se aumentará también nuestra fe en Él, como les sucedió a los discípulos, y como ellos veremos más milagros.

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¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2010

 

S.S. Juan Pablo II, 21 de agosto de 1997

1.  El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.

Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente,  [el desposorio] introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa. En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.

2.  Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encamación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.

El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación. El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.

José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encamación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. exhortación apostólica Redemptoris custos, 7).

La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevaba a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.

  

 

 

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Navidad del Señor (2)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 1, 2010

Y el verbo se hizo carne

Ante nuestros ojos se abre la celebración de la Navidad.

Nosotros, los que sabemos qué finalidad tienen nuestras vidas, los que sabemos de dónde venimos y para dónde vamos, los que tenemos presente que ésta es sólo una etapa más de nuestra vida sin fin, llevamos en el alma la alegría que permanece, la alegría que no depende de las épocas o de los momentos…; es decir, la verdadera alegría: ¡saberse hijos de Dios!: saber que todos nuestros pasos son observados por el Padre más amoroso de todos, saber que hay una Madre poderosísima que vela por nuestro bienestar corporal y espiritual.

Y esto guía nuestros pasos: ¡nos da fuerza para no decaer en la lucha por la Verdad, nos da ánimo para soportar las penalidades que Dios permita que nos sobrevengan, nos da la paz que tanto anhelan los habitantes del mundo moderno!

Sumado a todo esto, vemos a nuestro Dios hecho niño como nosotros, más asequible, más cercano, para que lo amemos con el mismo corazón con que nos amamos los seres humanos que, aunque esté lleno de miserias, fue hecho a imagen y semejanza del suyo, el de un Dios majestuoso.

Ojalá podamos decir con Él que poco o nada nos importa el morir o el vivir, siempre y cuando se haga la voluntad de su Padre —¡nuestro Padre!—, antes que la nuestra. Ojalá que el móvil de nuestra vida sea el suyo: devolverle toda la gloria que le quitamos al Padre con nuestros pecados, realizar la redención de los seres humanos, sus hijos, y sembrar su Reino de amor en cada uno de los corazones de los hombres y mujeres del mundo, cueste lo que cueste.

Así podremos vivir la época final, en la que se hará manifiesta la gloria y honor de este Niño–Dios que se acercó a nosotros para que, asidos de su pequeñita mano, caminemos por la senda del amor y de la verdad, que nos llevará al lugar de felicidad perenne, esa que sacia sin saciar, junto a la dulcísima Virgen, nuestra Madre María. Vale la pena. Y, como si fuera poco, este es el camino para encontrar también la felicidad en esta vida.

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Ciclo C, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en enero 1, 2010

«Me has preparado un cuerpo»

Ofrecer sacrificios a sus dioses ha sido una idea predominante en casi todas las religiones. Machos cabríos, toros, tórtolas, pichones y otros animales se inmolaban al Señor en el tiempo de Jesús, buscando con esa sangre, la remisión de los pecados. Dondequiera, la conciencia humana tiene impreso el sello del pecado original y busca continuamente borrar esa herida.

Pero los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibió Dios, ya que eran despreciables y sin valor ante Él, eterno y todopoderoso. Sólo la oblación del cuerpo de Jesucristo y su preciosísima Sangre eran aceptas a su Padre.

Este único sacrificio que se repite, incruento, en cada misa a la que asistimos nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Siete siglos antes estaba escrito: en Belén, pequeño entre los clanes de Judá, nacerá el Salvador.

Una mujer humilde que vivía en la ciudad que hoy se llama In Caria dice a su prima: Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor. Efectivamente, hacía pocos días que la Virgen, nuestra Madre, llevaba en su vientre al Verbo encarnado, que luego habría de derramar su Sangre y ofrecer su Cuerpo por nosotros.

Hoy estamos celebrando que ese embarazo llega casi a su fin, y nos aprestamos a observar —de nuevo, y con el alma abierta a las gracias que Dios da por estos días— el espectáculo más grande que puede ver un ser humano: Dios–Hombre, perfecto Dios y perfecto hombre, en una pequeña criatura que, como todos, sonríe al ver a su Madre, llora cuando tiene hambre, se duerme al son de la canción de cuna que, con una sonrisa, le canta la santísima Virgen María…

Con ese corazón humano que palpita hoy, siete días antes del parto, nos ama a cada uno de nosotros; nos lo demostrará entregándose para pagar todas nuestras culpas, sufriendo lo indecible y muriendo por nosotros.

¿Lo amamos así?

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Acto de consagración de los jóvenes a María Santísima*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2009

 

Virgen de Fátima, Madre mía tan amada, adhiriéndome al Movimiento Mariano, hoy me consagro —de modo especialísimo— a tu Corazón inmaculado.

Con este acto solemne te ofrezco toda mi vida, mi corazón, mi alma y mi cuerpo, especialmente este período que estoy viviendo de mi juventud.

Guíame por la senda que nos trazó Jesús: la del amor, de la bondad, de la santidad.

Ayúdame a huir del pecado, del mal, del egoísmo, y a rechazar las tentaciones de la violencia, de la impureza y de la droga.

Te prometo confesarme con frecuencia y recibir a Jesús en mi corazón como alimento espiritual de vida, observar los mandamientos de Dios, caminar por la vía del amor y la pureza, recitar cada día el Santo Rosario.

Quiero ser testimonio de unidad con gran amor al Papa, al obispo y a mis sacerdotes.

Te amo, Madre mía dulcísima, y te ofrezco mi juventud por el triunfo de tu Corazón Inmaculado en el mundo.

 “En estos tiempos, la Madre celeste os pide obras de penitencia y de conversión.

La oración vaya siempre acompañada de interior y fecunda mortificación.

Mortificad vuestros sentidos para que podáis ejercitar el dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestras pasiones desordenadas.

Los ojos sean verdaderos espejos del alma: abridlos para recibir y para dar la luz del bien y de la gracia, y cerradlos a cualquier influjo del mal y del pecado.

La lengua se suelte para decir palabras de bondad, de amor y de verdad, y, por tanto, el más profundo silencio rodee siempre la formación de cada palabra.

La mente se abra solo a pensamientos de paz y de misericordia, de comprensión y de salvación, y jamás quede desflorada por el juicio y la crítica, y mucho menos por la maldad y la condena.

El corazón se cierre con firmeza a todo desordenado apego a vosotros mismos, a las criaturas y al mundo en que vivís, para que pueda abrirse a la plenitud del amor a Dios y al prójimo.”

 

La Santísima Virgen María al padre Esteban Gobby, marzo 4 de 1981.

 

Acto de consagración al Corazón Inmaculado de María

 

Virgen de Fátima, Madre de misericordia, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores, nosotros, adhiriéndonos al Movimiento Mariano, nos consagramos de modo especialísimo a tu Corazón Inmaculado.

Con este acto de consagración queremos vivir contigo y por medio de ti todos los compromisos asumidos con nuestra consagración bautismal. Nos comprometemos también a realizar en nosotros aquella interior conversión, tan requerida por el Evangelio, que nos libre de todo apego a nosotros mismos y a los fáciles compromisos con el mundo, para estar, como tú, siempre dispuestos a cumplir solo la voluntad del Padre.

Y, mientras, queremos confiarte, Madre dulcísima y misericordiosa, nuestra existencia y vocación cristiana, para que tú dispongas de ella para tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo; nos comprometemos a vivirla según tus deseos, particularmente en lo que se refiere a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la participación fervorosa en la celebración de la Eucaristía y al apostolado, al rezo diario del Santo Rosario y a un austero modo de vida conforme al evangelio, que sirva a todos de buen ejemplo en la observancia de la Ley de Dios y en el ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente de la pureza.

Te prometemos también estar unidos al Santo Padre, a la jerarquía y a nuestros sacerdotes, para oponer así una barrera al proceso de oposición al Magisterio que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia.

Bajo tu protección queremos ser los apóstoles de esta hoy tan necesaria unidad de oración y de amor al Papa, para quien te suplicamos una especial protección.

Finalmente te prometemos conducir a las almas con las que entremos en contacto a una renovada devoción hacia ti.

Conscientes de que el ateísmo ha hecho naufragar en la Fe a un gran número de fieles, que la desacralización ha entrado en el Templo santo de Dios, que el mal y el pecado invaden cada vez más al mundo, nos atrevemos a levantar confiados los ojos a ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, e invocar también hoy y esperar de ti la salvación para todos tus hijos, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

 

(Con aprobación eclesiástica)

 

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Por qué tanto interés en la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 19, 2009

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace entre cien y doscientos mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

Extractado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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Ciclo B, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2008

Dios entre los hombres

 

Los hombres andamos pensando en construir una casa para Dios, el infinito, el que no cabe en ninguna parte, el inconmensurable… Y Dios nos hace reaccionar. Fue lo que le pasó a David:

«Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me construirá una casa para que Yo permanezca en ella? Yo fijaré un lugar para mi pueblo, yo pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas, y afirmaré su poder. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu descendencia y tu reino estarán presentes ante mí. Tu trono estará firme hasta la eternidad.»

Los planes de Dios no solamente son distintos a los del hombre sino que siempre los superan: de la descendencia de David nacerá el Rey, el Dios–con–nosotros; y así, su descendencia y su reino estarán presentes ante Él; y reinará hasta la eternidad. ¡Él mismo bajará a la tierra! Es una promesa. Promesa que se cumplió siete siglos después de Isaías, como lo cuenta hoy san Lucas:

El ángel le dijo a la Virgen: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre y su reinado no terminará jamás.»

Por eso san Pablo grita emocionado: «¡Gloria sea dada al que tiene poder para afirmarlos en el Evangelio y en la proclamación de Cristo Jesús! Pues se está descubriendo el plan misterioso mantenido oculto desde tantos siglos, y que acaba de ser llevado a la luz. ¡A Dios, el único sabio, por medio de Cristo Jesús, a él sea la gloria por siempre! Amén.»

¿Nos damos cuenta de que en esta Navidad estamos alistándonos para esa llegada de Dios? ¿Nos estamos preparando para recibirlo? ¿Ya hicimos una confesión general? Ya viene Dios a vivir entre los hombres; ¿estamos haciendo la novena de aguinaldos conscientes de esto? Todavía hay tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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Inmaculada Concepción de la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Anuncio: ¿de qué?

 

¿Qué es lo que le anuncia el arcángel a la Virgen María? ¿Por qué se le da tanta importancia a este hecho?

Lo explican claramente las lecturas de hoy: primero, se nos narra cómo Dios Padre creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta que llegara a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Pero el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado; por eso san Pablo grita en la segunda lectura: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales!

Y la primera beneficiada será, anticipadamente, la Madre de ese Niño–Dios: por sus méritos, ¡la hizo nacer sin pecado original! Él —Dios— podía hacerlo, quería hacerlo, así que lo hizo.

Después seguiremos nosotros si, como dice el Apóstol, permanecemos en su presencia santos y sin mancha.

   

(Tomado del libro: Un llamamiento al amor

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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¿Lujuria?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2008

Pocos se animan a hablar abiertamente de los ataques de los demonios de la lujuria, lo que ocurre a todo ser humano y muchas más veces de las que creemos.

Cuando esto ocurre, debemos deducir que el demonio está atacando, porque percibe que Dios quiere llevarnos hacia la santidad y sabe que, de no hacerlo, nos escaparemos de sus manos. Por eso es necesario que pongamos los remedios.

Lo primero que se debe hacer es mantenerse en gracia de Dios: si se ha caído, confesarse con dolor de haber ofendido a ese Dios tan bueno, con arrepentimiento sincerísimo y con un propósito firmísimo de no querer ofender nunca más a nuestro Señor. Este acto de obediencia a Dios (Jn 20, 21-13) trae al alma una fuerza espiritual (la gracia) para no seguir cayendo en este pecado.

Segundo, es necesario frecuentar los sacramentos (comunión y confesión), para seguir recibiendo esa fuerza del Cielo para no caer.

Tercero, hacer oración. Dedicar todos los días unos minutos a estar con Jesús; aprovechar ese tiempo para pedirle perdón y gracia para no caer más.

Cuarto, una gran devoción a la Santísima Virgen: rezar todas las noches las 3 avemarías antes de acostarse, pidiendo la pureza; rezar diariamente el Rosario y tratarla con frecuencia.

Quinto: cuidar la vista. Si no se es capaz de mirar a las personas del otro sexo en los ojos, recordando que son almas a quienes Dios quiere con todas sus fuerzas, mirar al cielo o al suelo. Nunca ver imágenes eróticas en televisión (cambiar inmediatamente de canal) o en Internet, no asistir a cine sin verificar qué tipo de película es la que queremos ver, cerrar las revistas que contengan ese tipo de imágenes.

Sexto: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la impureza son la pereza y la gula. No permitir ni un minuto de pereza: máximo 7 horas de sueño y media hora de descanso después de las comidas. Y, por otra parte, nunca quedar llenos después de comer: que siempre se sienta que faltó comer alguna cosa más.

Séptimo: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la virtud de la pureza son el pudor y la modestia. Pudor y modestia en vestirse, en la forma como nos portamos, caminamos, miramos, nos expresamos, hablamos, etc.

Y, particularmente, en los momentos de tentación, es necesario luchar contra ella, haciendo 2 cosas: rezar varias veces, y con mucho cariño y fervor, la oración: “Bendita sea tu pureza…” y quitar el pensamiento que nos está llevando al pecado, si es necesario haciéndonos violencia, como san Francisco de Asís y otros santos que, por preservar la hermosísima virtud de la pureza, llegaron al extremo de echarse a un estanque helado o a una zarza llena de espinas… Y así lograron la gema de esta virtud angélica, con la que ahora engalanan al mismo Cielo.

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Asunción

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

¡Bendita tú entre las mujeres!

 

Nos dice hoy san Pablo que el último enemigo en ser destruido será la Muerte, porque por Cristo viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo.

Pero, como lo especifica el Apóstol, cada cual en su rango. La más alta de rango, por supuesto, es la Madre de Dios y Madre nuestra.

Y esto es lo que celebramos hoy: la Virgen María es llevada a recibir el premio, como nos lo hace entrever el Apocalipsis: se abrió el Santuario de Dios en el Cielo, y apareció el arca de su alianza: la Mujer por antonomasia, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Y se oyó entonces una fuerte voz que decía en el Cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo».

Por esto fue que cuando se puso en camino María a la casa de Zacarías y saludó a Isabel, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos:

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿de dónde a mí que venga a verme la Madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Se cumplió lo que nos había dicho el Señor acerca de la felicidad eterna en el Cielo: María llegó al Cielo: ¡es feliz!, ¡totalmente feliz!, ¡y para siempre!

Y, por sus palabras, podemos saber cómo lograrlo también nosotros:

«Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha visto la humildad de su esclava»; por eso, porque fue humilde, desde ahora todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Nosotros también seremos bienaventurados; solo hay una condición: que Dios vea nuestra humildad.

 

 

 

 

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