Hacia la unión con Dios

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Akatisthos (himno a la Madre de Dios)*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

El himno Akathistos

Un arcángel excelso

fue enviado del Cielo

a decir «Dios te salve» a María.

Contemplándote, oh Dios, hecho hombre

por virtud de su angélico anuncio,

extasiado quedó ante la Virgen,

y así le cantaba:

 

Salve, por ti resplandece la dicha;

salve, por ti se eclipsa la pena.

 

Salve, levantas a Adán, el caído;

salve, rescatas el llanto de Eva.

 

Salve, oh cima encumbrada

a la mente del hombre;

salve, abismo insondable

a los ojos del ángel.

 

Salve, tú eres de veras

el trono del Rey;

salve, tú llevas en ti

al que todo sostiene.

 

Salve, lucero que el sol nos anuncia;

salve, regazo del Dios que se encarna.

 

Salve, por ti la creación se renueva;

salve, por ti el Creador se hace niño.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Conociendo la Santa

que era a Dios consagrada,

al arcángel Gabriel le decía:

«Tu mensaje es arcano a mi oído

y difícil resulta a mi alma;

insinúas de Virgen el parto

exclamando: ¡Aleluya!.»

 

Deseaba la Virgen

comprender el misterio

y al heraldo divino pregunta:

«¿Podrá dar a luz criatura

una Virgen?, responde, te ruego».

Reverente Gabriel contestaba,

y así le cantaba:

 

Salve, tú guía el eterno consejo;

salve, tú prenda de arcano misterio.

 

Salve, milagro primero de Cristo;

salve, compendio de todos sus dogmas.

 

Salve, celeste escalera

que Dios ha bajado;

salve, oh puente que llevas

los hombres al Cielo.

 

Salve, de angélicos coros

solemne portento;

salve, de turba infernal

lastimero flagelo.

 

Salve, inefable, la luz alumbraste;

salve, a ninguno dijiste el secreto.

 

Salve, del docto rebasas la ciencia;

salve, del fiel iluminas la mente.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

La virtud de lo alto

la cubrió con su sombra

e hizo Madre a la Esposa inviolada.

Aquel seno por Dios fecundado

germinó como fértil arada

para todo el que busca la gracia

y aclama: ¡Aleluya!

 

Con el Niño en su seno

presurosa María,

a su prima Isabel visitaba.

El pequeño en el seno materno

exultó al oír el saludo,

y con saltos cual cantos de gozo,

a la Madre aclamaba:

 

Salve, oh tallo del verde retoño;

salve, oh rama del fruto incorrupto.

 

Salve, al pío Arador tú cultivas;

salve, tú plantas quien planta la vida.

 

Salve, oh campo fecundo

de gracias copiosas;

salve, oh rama repleta

de dones divinos.

 

Salve, un prado germinas

de toda delicia;

salve, al alma preparas

asilo seguro.

 

Salve, incienso de grata plegaria;

salve, ofrenda que al mundo concilia.

 

Salve, clemencia de Dios para el hombre;

salve, del hombre con Dios confianza.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Con la mente en tumulto,

inundado de dudas,

el prudente José se debate.

Te conoce cual Virgen intacta;

desposorio secreto sospecha.

Al saber que es acción del Espíritu,

exclama: ¡Aleluya!

 

Los pastores oyeron

los angélicos coros

que al Señor hecho hombre cantaban.

Para ver al Pastor van corriendo;

un Cordero inocente contemplan,

que del pecho materno se nutre,

y a la Virgen le cantan:

 

Salve, nutriz del Pastor y Cordero;

salve, aprisco de fieles rebaños.

 

Salve, barrera a las fieras hostiles;

salve, ingreso que da al Paraíso.

 

Salve, por ti con la tierra

exultan los cielos;

salve, por ti con los cielos

se alegra la tierra.

 

Salve, de apóstoles boca

que nunca enmudece;

salve, de mártires fuerza

que nadie somete.

 

Salve, de fe inconcuso cimiento;

salve, fulgente estandarte de gracia.

 

Salve, por ti es despojado el averno;

salve, por ti revestimos la gloria.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Observando la estrella

que hacia Dios los guiaba,

sus fulgores siguieron los magos.

Era antorcha segura en su ruta;

los condujo hasta el Rey Poderoso.

Al llegar hasta el Inalcanzable

le cantan: ¡Aleluya!

 

Contemplaron los magos

entre brazos maternos

al que al hombre plasmó con sus manos.

Comprendieron que era Él su Señor,

a pesar de su forma de esclavo;

presurosos le ofrecen sus dones

y a la Madre proclaman:

 

Salve, oh Madre del Sol sin ocaso;

salve, aurora del místico día.

 

Salve, tú apagas hogueras de errores;

salve, Dios trino al creyente revelas.

 

Salve, derribas del trono

al tirano enemigo;

salve, nos muestras a Cristo,

el Señor y el Amigo.

 

Salve, nos has liberado

de bárbaros ritos;

salve, nos has redimido

de acciones de barro.

 

Salve, destruyes el culto del fuego;

salve, extingues las llamas del vicio.

 

Salve, camino a la santa templanza;

salve, alegría de todas las gentes.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Portadores y heraldos

de Dios eran los magos

de regreso, allá en Babilonia.

Se cumplía el oráculo antiguo

cuando a todos hablaban de Cristo,

sin pensar en el necio de Herodes

que no canta: ¡Aleluya!

 

El Egipto iluminas

con la luz verdadera

persiguiendo el error tenebroso.

A tu paso caían los dioses,

no pudiendo, Señor, soportarte;

y los hombres, salvados de engaño,

a la Virgen aclaman:

 

Salve, levantas al género humano;

salve, humillas a todo el infierno.

 

Salve, conculcas engaños y errores;

salve, impugnas del odio el fraude.

 

Salve, oh mar que sumerge

al cruel enemigo;

salve, oh roca de Belén

sedientos de vida.

 

Salve, columna de fuego

que guía en tinieblas;

salve, amplísima nube

que cubres el mundo.

 

Salve, nos diste el Maná verdadero;

salve, nos sirves Manjar de delicias.

 

Salve, oh tierra por Dios prometida:

salve, en ti fluyen la miel y la leche.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Simeón, el anciano,

al final de sus días,

de este mundo dejaba la sombra.

Presentado le fuiste cual niño,

mas, al verte cual Dios poderoso,

admiró el arcano designio,

y gritaba: ¡Aleluya!

 

Renovó el Excelso

de este mundo las leyes

cuando vino a habitar en la tierra.

Germinando en un seno incorrupto

lo conservaba intacto cual era.

Asombrados por este prodigio

a la Santa cantamos:

 

Salve, azucena de intacta belleza;

salve, corona de noble firmeza.

 

Salve, la suerte futura revelas;

salve, la angélica vida desvelas.

 

Salve, frutal exquisito

que nutre a los fieles;

salve, ramaje profundo

que a todos cobija.

 

Salve, llevaste en el seno

quien guía al errante;

salve, al mundo entregaste

quien libra al esclavo.

 

Salve, plegaria ante el Juez verdadero;

salve, perdón del que tuerce el sendero.

 

Salve, atavío que cubre al desnudo;

salve, del hombre supremo deseo.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Ante el parto admirable,

alejados del mundo,

hacia el Cielo elevamos la mente.

El Altísimo vino a la tierra

con la humilde semblanza de un pobre

y enaltece hasta cumbres de gloria

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Habitaba en la tierra

y llenaba los cielos

la Palabra de Dios infinita.

Su bajada amorosa hasta el hombre

no cambió su morada suprema.

Era el parto divino de Virgen

que este canto escuchaba:

 

Salve, mansión que contiene al Inmenso;

salve, dintel del augusto Misterio.

 

Salve, de incrédulo equívoco anuncio;

salve, de fiel inequívoco orgullo.

 

Salve, carroza del Santo

que portan querubes;

salve, sitial del que adoran

sin fin serafines.

 

Salve, tú solo has unido

dos cosas opuestas;

salve, tú sola a la vez

eres Virgen y Madre.

 

Salve, por ti fue borrada la culpa;

salve, por ti Dios abrió el Paraíso.

 

Salve, tú, llave del Reino de Cristo;

salve, esperanza de bienes eternos.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Todo el orden angélico

asombrado contempla

el misterio de Dios que se encarna.

Al Señor, al que nadie se acerca,

hecho hombre, accesible, admira

caminar por humanos senderos,

escuchando: ¡Aleluya!

 

Oradores brillantes

como peces se callan

ante ti, santa Madre del Verbo,

Cómo ha sido posible no entienden

ser tú Virgen después de ser Madre.

El prodigio admiramos tus fieles,

y con fe proclamamos:

 

Salve, sagrario de arcana sapiencia;

salve, despensa de la Providencia.

 

Salve, por ti se confunden los sabios;

salve, por ti el orador enmudece.

 

Salve, por ti se aturden

sutiles doctores;

salve, por ti desfallecen

autores de mitos.

 

Salve, disuelves enredos

de agudos sofistas;

salve, rellenas las redes

de los pecadores.

 

Salve, levantas de honda ignorancia;

salve, nos llenas de ciencia suprema.

 

Salve, navío del que ama salvarse;

salve, oh puerto en el mar de la vida.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por salvar todo el orbe,

el divino Alfarero

hasta el mundo bajó porque quiso.

Por ser Dios era el Pastor nuestro;

se mostró por nosotros Cordero;

como igual sus iguales atrae;

cual Dios oye: ¡Aleluya!

 

Virgen, Madre de Cristo,

Baluarte de vírgenes

y de todo el que en ti se refugia;

el divino Hacedor te dispuso

al tomar de ti carne en tu seno;

y enseña a que todos cantemos

en tu honor, oh inviolada.

 

Salve, columna de sacra pureza;

salve, umbral de la vida perfecta.

 

Salve, tú inicias la nueva progenie;

salve, dispensas bondades divinas.

 

Salve, de nuevo engendraste

al nacido en deshonra;

salve, talento infundiste

al hombre insensato.

 

Salve, anulaste a Satán,

seductor de las almas;

salve, nos diste al Señor,

sembrador de los castos.

 

Salve, regazo de nupcias divinas;

salve, unión de los fieles con Cristo.

 

Salve, de vírgenes Madre y Maestra;

salve, al Esposo conduces las almas.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Impotente es el canto

que alabar presumiera

de tu gracia el caudal infinito.

Como inmensa es la arena en la playa

pueden ser nuestros himnos, Rey santo,

mas no igualan los dones que has dado

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Como antorcha luciente

del que yace en tinieblas

resplandece la Virgen María.

Ha encendido la luz increada;

su fulgor ilumina las mentes

y conduce a la ciencia celeste

suscitando este canto:

 

Salve, oh rayo del Sol verdadero;

salve, destello de luz sin ocaso.

 

Salve, fulgor que iluminas las mentes;

salve, cual trueno enemigos aterras.

 

Salve, surgieron de ti

luminosos misterios;

salve, brotaron en ti

caudalosos arroyos.

 

Salve, figura eres tú

de salubre piscina;

salve, tú limpias las manchas

de nuestros pecados.

 

Salve, oh fuente que lavas las almas;

salve, oh copa que vierte alegría.

 

Salve, fragancia de ungüento de Cristo;

salve, oh vida de sacro banquete.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por querer perdonarnos

el pecado primero,

el que paga las deudas de todos,

de sus prófugos busca el asilo,

libremente del Cielo exiliado.

Mas, rasgado el quirógrafo antiguo,

oye un canto: ¡Aleluya!

 

Celebrando tu parto,

a una voz te alabamos

como templo viviente, Señora.

Ha querido encerrarse en tu seno

el que todo contiene en su mano,

el que santa y gloriosa te ha hecho,

el que enseña a cantarte:

 

Salve, oh tienda del Verbo divino;

salve, más grande que el gran santuario.

 

Salve, oh arcana que Espíritu dora;

salve, tesoro inexhausto de vida.

 

Salve, diadema preciosa

de reyes devotos;

salve, orgullo glorioso

de sacros ministros.

 

Salve, firmísimo alcázar

de toda la Iglesia;

salve, muralla invencible

de todo el Imperio.

 

Salve, por ti enarbolamos trofeos;

salve, por ti sucumbió el adversario.

 

Salve, remedio eficaz de mi carne;

salve, inmortal salvación de mi alma.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Digan de toda loa,

Madre santa del Verbo,

el más santo entre todos los santos.

Nuestra ofrenda recibe en el canto;

salva al mundo de todo peligro;

del castigo inminente libera

a quien canta: ¡Aleluya!

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

(Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, nº 207)

 

El venerable himno a la Madre de Dios, denominado Akathistos —esto es, cantado de pie— representa una de las más altas y célebres expresiones de piedad mariana en la tradición bizantina. Obra de arte de la literatura y de la teología, contiene en forma orante todo cuanto la Iglesia de los primeros siglos ha creído sobre María, con el consenso universal. Las fuentes que inspiran este himno son la Sagrada Escritura, la doctrina definida en los concilios ecuménicos de Nicea (325), de Éfeso (431) y de Calcedonia (451), y la reflexión de los Padres orientales de los siglos IV y V. Se celebra solemnemente en el año litúrgico oriental, el quinto sábado de cuaresma; el himno Akathistos se canta también en otras muchas ocasiones, y se recomienda a la piedad del clero, de los monjes y de los fieles.

En los últimos años este himno se ha difundido mucho, también en las comunidades de fieles de rito latino. Especialmente han contribuido a su conocimiento algunas solemnes celebraciones marianas que tuvieron lugar en Roma, con la asistencia del Santo Padre y con amplia resonancia eclesial[1]. Este himno antiquísimo[2], que constituye el fruto maduro de la más antigua tradición de la Iglesia indivisa en honor de María, es una llamada e invocación a la unidad de los cristianos bajo la guía de la Madre del Señor: «Tanta riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas manifestaciones de la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que esta vuelva a respirar plenamente con sus “dos pulmones”, Oriente y Occidente»[3].

 


[1] Con el canto Akathistos en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, el 7 de junio de 1981 se conmemoraron los aniversarios de los concilios de Constantinopla (381) y de Éfeso (431); el himno resonó también en el 450º aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, en México, el 10-12 de diciembre de 1981. Durante el año mariano, el 25 de marzo de 1988, en la basílica de Santa María sopra Minerva, Juan Pablo II presidió el oficio matutino con el Akathistos, en rito bizantino–eslavo. Mencionado explícitamente en la bula Incarnationis Mysterium entre las prácticas jubilares para lucrar la indulgencia del año santo, el Akathistos —cantado en las lenguas griega, paleoeslava, húngara, ucraniana, rumena y árabe— ha sido objeto de una solemne celebración presidida por el Papa Juan Pablo II, el 8 de diciembre de 2000, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, con la participación de representantes de varias Iglesias bizantinas católicas.

[2] Trasmitido como anónimo, la crítica científica actual tiende a datarlo en los años siguientes al Concilio de Calcedonia; la versión latina, compuesta por el obispo Cristóbal de Venecia hacia el año 800, que tanto influjo tuvo en la piedad de la edad media occidental, lo atribuye a Germán de Constantinopla (†733).

[3] Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater, 34.

 

 

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A la Santísima Virgen María*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

(Compuesta por Nuestro Señor)

 

¡Oh Madre tierna y amante! ¡Virgen Purísima! ¡Madre de mi Redentor! Vengo a saludarte con el más filial amor de que es capaz el corazón de un(a) hijo(a).

 

Sí, Madre mía, soy hijo(a) tuyo(a), y como mi impotencia es grande, muy grande, me apropiaré de los ardores del Corazón de tu hijo Jesús y con El te saludaré como a la más pura de las criaturas, formada según los deseos del Dios tres veces Santo.

 

Concebida sin mancha de pecado original, exenta de toda corrupción siempre fiel a todos los movimientos de la gracia, tu alma atesoró esos méritos que te han levantado sobre todas las criaturas.

 

Escogida para Madre de Jesucristo, le has guardado como en un santuario purísimo, y el que venía a dar vida a las almas, la ha tomado de ti, y ha recibido de ti su sustento.

 

¡Oh, Virgen incomparable! ¡Virgen Inmaculada! ¡Delicias de la Trinidad Beatísima! ¡Admirada de los ángeles y de los santos! ¡Eres la alegría de los Cielos! Estrella de la mañana, rosal florido de la primavera, azucena blanquísima, lirio esbelto y gracioso, violeta perfumada, jardín cerrado y cultivado para delicia del Rey de los Cielos.

 

Eres mi Madre ¡Virgen prudentísima, arca preciosa donde se encierran todas las virtudes! Eres mi Madre, ¡Virgen poderosísima, Virgen clemente, Virgen fiel! Eres mi Madre ¡refugio de los pecadores! Te saludo y me regocijo al ver que el Todopoderoso te ha otorgado tales dones y te ha enriquecido con tantas prerrogativas.

 

Bendita y alabada seas, ¡Madre de mi Redentor! ¡Madre de los pobres pecadores! Ten piedad de nosotros y protégenos con tu maternal solicitud.

 

Yo te saludo en nombre de todos los hombres, de todos los santos y de todos los ángeles.

 

Deseo amarte con el amor y los ardores de los más encendidos serafines, y como aun esto es muy poco para saciar mis deseos, te saludo y te amo con tu Divino Hijo que es mi Redentor, mi Salvador, mi Padre y mi Esposo.

 

Te saludo con la santidad de la adorable Trinidad y con la pureza del Espíritu Santo, tu Esposo. Me regocijo y te bendigo con estas Divinas Personas y deseo tributarte eternamente un homenaje filial y puro.

 

¡Virgen incomparable! Bendíceme, ya que soy tu hijo(a).

 

Bendice a todos los hombres, protégelos y ruega por ellos al que es Todopoderoso y nada te puede negar.

 

Adiós, ¡tierna y querida Madre! Te saludo día y noche, en el tiempo y en la eternidad.

 

 

 

Del libro:

Un llamamiernto al amor

 

 

 

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