Hacia la unión con Dios

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El Credo Mariano, de san Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 25, 2014

 

1 Creo, como revelaste a santa Brígida, que eres la reina del cielo, madre de misericordia, el gozo y el camino de los pecadores hacia Dios, y que nadie hay tan maldito que, mientras viva, le falte tu misericordia, y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 

2 Creo que Tú eres la madre de todos los hombres y que, en san Juan, a todos los recibiste por hijos según la voluntad de Jesús.

 

3 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida, madre de todos los pecadores que desean enmendarse, y que suplicas misericordia para el alma pecadora.

 

4 Creo que Tú eres nuestra vida.

Digo con san Bernardino de Siena que todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo que hayan sido hechas sólo por Dios (incluyendo a Jesús); y, después de Dios, te llamaré, con san Agustín, la única esperanza de los pecadores.

Te creo, tal como te vio santa Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que Tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

 

5 Por ti recibimos el inestimable don de la santa perseverancia.

Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome Tú no temeré, conduciéndome Tú no me cansaré, con tu favor llegaré a ti.

 

6 Creo que Tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a santa Brígida, que Tú, como madre, los asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a san Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte.

 

7 Tú eres la esperanza de todos, especialmente, de los pecadores; Tú, la ciudad de refugio, y en particular de los privados de todo socorro.

 

8 Tú eres la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados; y, tal como oyó santa Brígida que Jesús te decía: “Sería misericordioso incluso con el demonio si me lo pidiere con humildad”, creo que no rechazas al pecador por fétido que sea; y si te suplicare, te diré con san Bernardo, Tú lo arrancarás del abismo de la desesperación, con mano piadosa.

 

9 Creo que quieres ayudar al que te invoca, y que eres la salvación de los que te invocan, y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos.

 

10 Creo, como hiciste saber a santa Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno.

Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda; y que aquél a quien tú quieres, se salvará.

 

11 Creo, como dijiste a santa Brígida que, cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas.

 

12 Confieso con san Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió del Cielo, y te fue impuesto por orden divina.

Reconozco, con san Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que san Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído.

 

13 Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad.

Y con tu san Buenaventura confieso que no se puede devotamente pronunciar tu Nombre sin utilidad del que lo pronuncie.

Y creo lo que dijiste a santa Brígida: que nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu Nombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio.

 

14 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las gracias que Dios nos da pasan por tus manos; que todas las misericordias dispensadas a los hombres nos vienen por tu mediación; y que nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta.

Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria.

 

15 Creo que eres la cooperadora de nuestra justificación: reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; colaboradora de la redención, la salvadora del mundo.

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no son recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tiene acceso a la salvación; y que nadie se salvará si no es por ti.

 

16 Creo que Dios ha dispuesto no conceder nada si no es por ti; que nuestra salvación está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que en vano reza a los santos aquél a quien tú no ayudas; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin ellos; y que si tú callas, nadie ayudará, nadie pedirá; orando tú, todos ayudarán y orarán.

Y finalmente, te digo con santo Tomás: eres toda esperanza de vida; y con san Agustín: Sólo Tú y únicamente Tú confesamos que se preocupa en el Cielo de nosotros.

 

17 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que, quien te encuentra, encuentra todo bien.

 

18 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los santos juntos; y confieso con san Juan Damasceno que puedes ciertamente salvarnos a todos.

Creo que eres la abogada que no rehúsa defender las causas de los pobres miserables.

Te diré, con san Andrés Cretense: “Salve divina reconciliación de los hombres”.

Y con san Germán: “tu defensa es inagotable”.

 

19 Te contemplo como la pacificadora entre Dios y los pecadores, te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombres, y especialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a santa Catalina de Siena.

Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a santa Brígida: Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como san Epifanio, “toda ojos”; confirmado por lo que entendió santa Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo: “Madre, pídeme lo que quieras”, contestaste: “Pido misericordia para los miserables”.

 

20 Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice san Buenaventura.

Y así como los cuerpos celestes y terrestres son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de ti, de la divina misericordia, según revelaste a santa Brígida.

Por lo que, con san Buenaventura, creo que contra ti, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican.

Por tanto, estoy persuadido como el mismo santo, de que quien obra en obsequio tuyo, lejos está de la perdición.

Yo creo con san Hilario que sucederá que, por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti, jamás perecerá para siempre.

 

21 [Creo] con san Buenaventura que quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación.

 

22 La devoción a Vos, creo con san Efrén, que es pasaje para el Cielo.

Creo con san Anselmo que aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el “¡ay!” eterno [la condenación].

Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios concede sólo a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.

Por lo que, con san Antonino, concluiré: así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos, defendiéndolos, se salvarán y alcanzarán la Gloria.

 

23 Creo, como revelaste a santa Brígida, que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, y todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, a toda hora serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con san Alfonso, “grandemente felices y afortunados son tus devotos”.

San Bernardino asegura que especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio; así como lo que santa Brígida escuchó que decía Jesús: “Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio”.

 

24 Creo que Tú, estando para subir al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

Creo también, como prometiste al Papa Juan XXII, que los inscritos [en la, cofradía del] Carmen, en el sábado después de su muerte serán liberados del purgatorio.

Pero más felices son tus devotos, porque se les abrirá la puerta del cielo. Tú eres: la apertura de la Jerusalén celestial, puerta del cielo, feliz puerta del cielo, vehículo que conduce al cielo.

 

25 Creo que tu poder actúa en la Jerusalén [celestial] ordenando lo que quieres, e introduciendo allí a los que quieres.

Por ti se abrió el cielo, y se vació el infierno; fue instaurada la Jerusalén celestial.

Y has dado la vida a los miserables que esperaban la condenación (san Bernardo).

 

26 Creo que quienes obran según Tú, no pecarán; los que te descubren, tendrán la vida eterna.

Te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a santa María Magdalena de Pazzi.

Por tanto, como san Bernardo, diré que tu devoción es certísimo signo para conseguir la vida eterna; y con el beato Alano, que practicar esta devoción [saludarla siempre con el Ave], es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.

Y concluiré, con el Abad Guerrico que quien te sirve, está tan seguro del Paraíso, como si ya estuviera en él.

 

27 Creo con san Antonino que no hay entre todos los santos quien se compadezca en las enfermedades como tú, beatísima Virgen María.

Tú, das mucho más de lo que se te pide. Donde hay miseria allí acudes, allá corres y socorres con tu misericordia. Tú siempre miras en derredor tuyo buscando a quien salvar.

Te diré con el abad de Celles: Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar.

Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: “Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia”.

Sostengo con san Fulgencio que el cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si Tú no los sostuvieses con tus ruegos.

 

28 Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles; y tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Creo que lo próximo a ser Dios, es ser la Madre de Dios.

Y, por consiguiente: no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios (Alberto Magno).

 

29 Creo que vuestra dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto.

Y confieso con san Buenaventura que ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a una pura criatura: es la más grande [gracia] que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo más espacioso; pero no puede hacer nada mayor que la Madre de Dios.

 

30 Creo que por ti ha sido hecho todo el universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios.

Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

 

31 Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidos a todas las criaturas; y creo al Señor, que reveló a santa Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los ángeles.

Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza.

 

32 Creo que fuiste niña, pero de la niñez sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.

 

33 Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo.

 

34 Creo, con san Alberto Magno, que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después ofreciste a Él todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;

y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José.

Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito, incluso a la dignidad de Madre de Dios.

 

35 Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que,

a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste.

Y, como dijiste a la benedictina santa Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

 

36 Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a santa Brígida, que, mereciste ser destinada a la Maternidad divina, porque pensaste y supiste que, por ti, no eras nada ni tenías nada.

 

37 Creo que por tu humildad ocultaste a san José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Santa Isabel, y siempre elegiste el último lugar.

 

38 Creo, según dijiste a santa Brígida, que tenías de ti misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada eras ni tenías, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador.

 

39 Y confieso con san Bernardino de Siena, que no existió criatura alguna que se haya humillado más que Tú. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya.

 

40 Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante; y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo.

 

41 Creo que sólo tú cumpliste el precepto: “amarás al Señor […]”, y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

 

42 Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a Sta. Brígida, sólo pensabas en Dios, y nada te agradaba sino Dios.

 

43 Creo con Suárez, Ruperto, san Bernardino y san Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma velaba. Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: “Yo duermo, pero mi corazón vela”.

Creo que, mientras vivías en la tierra, permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto.

Y que estabas tan llena de una caridad tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, de forma que heriste y robaste el divino Corazón.

 

44 Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [se te pueda igualar]…

 

45 Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que Tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado con el amor que nos tienes a cada uno de nosotros.

 

46 Te diré con san Agustín: tu fe abrió el cielo cuando asentiste al ángel anunciador.

 

47 Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste.

Te llamaré, con san Cirilo: cetro de la fe ortodoxa.

 

48 Creo que eres la Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

Creo que fuiste mortificadísima.

Creo lo que dicen de ti san Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan mortificada de los ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

 

49 Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración.

Creo lo que dijiste a santa Brígida: todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada te reservaste salvo un ligero alimento, y el vestido.

Creo que despreciabas las riquezas humanas.

Creo firmemente que hiciste voto de pobreza.

 

 

 

ESTUDIO DEL CREDO MARIANO[1]

 

Esbozo metodológico para una Mariología experiencial

 

 1.- Un texto mariano singular

El año 1896 el Ven. P. Germán de san Estanislao, CP publicaba la primera edición de los Escritos de san Gabriel de la Dolorosa[2]. Era una sencilla colección de cartas familiares con algún que otro texto menor de naturaleza ascética. Pero aquella edición contenía una verdadera joya. Era una composición del Santo que no llevaba título alguno[3], pero que entre sus devotos es conocido como el Credo de María. A la muerte de su autor desapareció ese escrito suyo[4]. Lo habían sustraído los devotos para conservarlo como reliquia. Así desapareció el manuscrito del Credo. Pero cuando se realizó la perquisición de los escritos para el proceso de beatificación, el devoto poseedor del Símbolo entregó cuidadosamente su preciada reliquia. Inmediatamente fue transcrito en el convento de los Santos Juan y Pablo de Roma, debidamente autenticado, y sometido a revisión canónica. El texto fue añadido al dossier de los escritos gabrielinos el 1 de diciembre de 1894. El 4 de junio de 1895 se expedía el decreto de la revisión realizada[5]. La edición de1896 era parcial y deficiente. Se realizaron varias otras más completas[6], pero la edición crítica se ha hecho esperar hasta el año 1986[7] .

El Símbolo fue compuesto en el último período de la vida de San Gabriel entre los años 1860‑1861[8] Consta de siete partes, de siete artículos cada una[9]. La composición del Credo fue una forma de cumplir el voto que había hecho de difundir la devoción a los Dolores de Maria. El autógrafo es un texto incompleto[10]. A pesar del juicio altamente favorable que mereció el escrito a los miembros de la revisión canónica, no ha sido valorizado como notable pieza mariológica hasta tiempos muy recientes[11].

De este Credo o Símbolo mariano se ha dicho que es “una colección de alabanzas a María”[12]. Se ha notado que es “el testimonio más hermoso de la devoción de san Gabriel a la Virgen”[13] . El P. Cavatassi llega a afirmar que “es un texto que toca los vértices más elevados de la piedad mariana occidental, y en la Historia de la Iglesia tiene sólo un precedente análogo en el celebérrimo Hymnos Acáthistos de las Iglesias Orientales”[14].

2.- El autor

El Credo no podía ser sino obra de un gran devoto de María. Y San Gabriel lo fue[15]. A esta su piedad mariana se había atribuido ya en vida, toda su santidad.[16]: El oficio litúrgico del santo se hacía eco de esta persuasión universal: “La Virgen Dolorosa fue para él —en cierta medida— el sentido de toda su vida, y la maestra de toda su santidad, hasta el punto de que los contemporáneos lo tuvieron como suscitado por Dios con el fin de que la devoción a la Dolorosa recibiera un singular desarrollo gracias a su ejemplo “.

En este marianismo singular de San Gabriel influyó mucho —sin duda— el marco histórico del siglo XIX, con el mensaje de sus grandes apariciones marianas, y de la definición dogmática de la Inmaculada (8.12.1854)[17].

La devoción a María le venía a San Gabriel de lejos. En su casa era muy venerada una imagen de la Dolorosa. Al quedarse huérfano de madre a la edad de tres años, la Virgen empieza a hacer las veces de madre. En Spoleto, a donde se traslada su familia en 1841, hay muchos lugares de gran renombre mariano. En la catedral se venera una antiquísima Santa Icone. Los PP. Servitas fomentan la devoción a la Dolorosa. Los Hermanos de La Salle, en cuyo colegio estudia Gabriel, forman su corazón en un gran amor a la Virgen. En el liceo de los PP. Jesuitas conoce la Congregación Mañana y se hace inmediatamente socio. Uno de los profesores que tuvo en el liceo jesuita le escribió desde Roma una carta donde se contenían frases de exhortación mariana como las siguientes: “Este año es el triunfo de María Inmaculada. Procúrate una imagen que represente este singularísimo privilegio, colócala en la pared de tu habitación, arrodíllate a sus pies y con gran efecto, pon toda tu alma y este asunto [el de la vocación] en sus manos. Pídele, insiste para que te dirija amorosamente, te ilumine y te preserve de los engaños del demonio. Pídele continuamente perdón de tus infidelidades. Recuérdale que Ella es tu Madre; que tú no eres tuyo sino de Ella, y que como cosa suya disponga de ti y te ponga en el camino que te lleve al paraíso. ¡Oh qué buena y amante es María!”

Una obra de santidad tan perfecta como la que realizó la Virgen en san Gabriel no podía permanecer oculta bajo el celemín de una historia sin memoria. Ella, que cantó en su Magnificat la gloria futura con que Dios la había de recompensar, proporcionó también a su devoto un renombre singular. “Desde su beatificación y canonización —escribió Juan XXIII— aquel joven brilla en la Iglesia como una nueva estrella, enseña con un ejemplo a los fieles y protege con su intercesión a sus devotos”[18].

La gloria póstuma de san Gabriel es un fenómeno bien llamativo. La canonización del santo pasionista desencadenó en la Iglesia un anhelo imitativo de su santidad que se ha eclipsado tras el Vaticano II, pero a lo largo de la primera mitad del siglo XX fue uno de los fenómenos más influyentes en el fomento de la piedad mariana de la juventud. Y hay que reconocer que su ejemplaridad fue extraordinariamente benéfica para la Iglesia[19]. El marianismo juvenil de la primera mitad del siglo XX se nutría de la lectura de san Gabriel, porque en él veía plasmado el mejor modelo de una piedad mariana seriamente vivida y dotada de un singular valor cristocéntrico[20]. “Ad Jesum per Mariam”.

 

3.- La cima de una experiencia mariana única

La composición del Credo Mariano señala en la vida de san Gabriel la cima de una experiencia mariana muy singular que empezó con su vocación. La llamada a la vida religiosa la recibió Gabriel en una manera milagrosa, cuando en la octava de la Asunción (22.8.1856) oyó que la sagrada imagen lo interpelaba claramente con estas palabras: “¡Francisco! ¿Qué haces en el mundo? El mundo no es para ti. ¡Sigue tu vocación!”. La llamada divina le llegaba de labios de María. Desde aquel momento la experiencia vocacional dejaba su vida marcada para siempre con un auténtico sello de marianismo. La Virgen que lo llamaba a la vida religiosa sería la que le ayudaría a mantenerse perseverante en ella, y lograr un nivel de heroico radicalismo.

El día 6 de septiembre del mismo año 1856 abandonó Spoleto para ingresar en la Congregación Pasionista. Al día siguiente llegó a Loreto. Allí pasó el día 8, solemne fiesta de la Natividad de María. En aquel santuario mariano y en tan solemne fiesta reflexionó sobre lo vivido desde la milagrosa llamada y decidió responder con toda generosidad a la Virgen en la nueva vida que iba a emprender. En el Noviciado cambia su nombre de bautismo (Francisco) toma el de Gabriel, en recuerdo del arcángel que anunció a María su divina maternidad. Como apellido religioso, escogió un título mariano —el más vinculado con la espiritualidad de la Congregación en que va a ingresar— la Dolorosa. Desde entonces la historia le conocerá con este nombre doblemente mariano, Gabriel de la Dolorosa. La vestición del hábito tiene lugar el día de los Dolores de María (21 de septiembre).

Una fuerte convicción guió a Gabriel desde su Noviciado, a lo largo de toda su existencia religiosa: que María es el medio imprescindible para llegar a Jesús y ser llevado por él a la Trinidad.

Desde esta inquebrantable persuasión, se empleó a fondo para hacer de su vida una imitación perfecta de la Virgen. Leyó lo mejor de la espiritualidad mariana que encontró en el Noviciado Pero, sobre todo, se entregó al fiel cumplimiento de sus obligaciones de clérigo pasionista. Para él la meta de la santidad y la mediación mariana para alcanzarla fueron consideradas como un todo inseparable. El no disoció existencialmente a María de Jesús ni de la Trinidad. Ya estaba diseñado el proyecto sobrenatural de Gabriel. La santidad del joven pasionista será toda ella obra de María. Así lo afirma la colecta de su fiesta: “¡Oh Dios, que, por medio de María, has honrado a san Gabriel con la gloria de la santidad y de los milagros!”. Pero fue un proceso lento y paulatino. Conforme alcanzaba las metas de la marianización de su vida, sintió anhelos de nuevas entregas. Hizo voto de promover la devoción a los Dolores de María. Quiso grabar sobre su pecho el nombre de María. En este ambiente, y cuando su experiencia mariana llegaba a la cumbre, decidió componer el Credo Mariano.

 

4.- El contexto místico-mariano del Credo

La vida mística de san Gabriel se inicia cuando a los 18 años de su vida, tiene la milagrosa locución del icono mariano de Spoleto. Por la conexión inseparable que suele mediar entre las locuciones y las visiones, es muy probable que aquella locución de tan decisivo influjo en la vida del joven Possenti se viera acompañada de una visión de la Virgen. Este episodio marca el inicio de la vida mística de san Gabriel. Esta iniciación primera se completó luego con la difícil y precoz entrada en la pasividad mística. Estos hechos son de gran importancia en el itinerario espiritual de san Gabriel hacia la redacción del Credo.

Cuando ingresó en el Noviciado, fuertemente impresionado por la llamada de la Virgen, y aborreciendo su vida mundana precedente, que le hizo desoír tres veces la llamada divina, le embargó un fuerte anhelo de expiar sus pecados y darse a una vida de penitencia en la nueva vida que emprendía con la toma de hábito. Esto explica el fuerte sentido ascético de los primeros tiempos de su vida religiosa.

Para confirmar el voluntarismo de los primeros tiempos de su itinerario espiritual basta leer los propósitos compuestos en los primeros años de su vida religiosa. En cuarenta resoluciones había condensado toda la espiritualidad del Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del jesuita P. Rodríguez, uno de los autores más puramente ascéticos de la literatura espiritual moderna. Pero la espiritualidad de la Congregación en cuyo seno ingresaba era de orientación mística y tendía a la pasividad desde una actitud de entera sumisión al divino querer. No le fue fácil a san Gabriel dar aquel viraje. El terrible conflicto interior producido por este cambio tuvo —sin duda— su repercusión en el colapso de su salud, que degeneró en la tisis pulmonar que acabó con sus días.

¿Cómo se verificó en san Gabriel este decisivo cambio? De una manera sencilla. Fue la total entrega a María y su actuación maternal la que facilitó en su espíritu la adopción de las disposiciones propias de la contemplación infusa y la subordinación de todos sus anhelos al simplicísimo y místico deseo de no querer sino lo que Dios quería. A partir de esta evolución el absoluto de san Gabriel es el querer de Dios. Las palabras que cierran su última carta son éstas: “Dios lo quiere así; así lo quiero también yo”. Este difícil y doloroso cambio evidencia hasta qué punto es la Virgen María, la Madre de la mística cristiana, la que lleva a las almas —mediante la acción del Espíritu que en ella habita plenamente— a morir a lo natural y renacer a lo místico sobrenatural que se manifiesta en la vida según el Espíritu.

En esta etapa mística que empieza de manos de la Virgen tiene lugar —sin duda— el conjunto de experiencias marianas que lo inspiraron a componer su Credo.

5.- El contenido

 

La impresión primera que produce la lectura es que el texto es algo inconexo, por la yuxtaposición de proposiciones sueltas[21]. Según la edición crítica, el texto tenía una articulación en siete partes de siete artículos cada una, siguiendo el esquema de los siete dolores de la Virgen

Analicemos al detalle el contenido del Credo.

 

-La Divina Maternidad

La fe en el misterio mariano fundamental, que es la divina maternidad de María, aparece formulada de la siguiente forma:

Creo que la dignidad de ser Madre de Dios es, en su género, infinita. Y que su estado fue sumo, que sólo puede darse a las criaturas puras. Y confieso con san Buenaventura que: Ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a simples criaturas: es la mayor que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo mayor; pero no puede hacer nada mayor que a la Madre de Dios.

Creo que lo inmediato a ser Dios, es ser la Madre de Dios. Y, por consiguiente, “no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios” (san Alberto Magno), y que tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Como se ve, no se describe la esencia del dogma sino que se desarrollan algunas derivaciones doctrinales acerca del gran misterio. Llama la atención —sin embargo— la sobriedad y la finura de los enunciados, lo mismo que la seguridad doctrinal que su autor posee.

 

La plenitud de gracia

De la divina maternidad se deriva la plenitud de Gracia que María posee. Gabriel resume así dicha verdad:

Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidas a todas las criaturas.

 

-La relación con los ángeles y el cosmos

En dos sencillos enunciados recoge la doctrina mariana sobre el particular:

Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles.

Creo que por ti ha sido hecho todo el Universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios. Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

La vida histórica de María

Hay un amplio desarrollo de la vida histórica de María en el Credo.

Señalamos los puntos esenciales. Empieza con la imposición del nombre de María, cuyo origen y sentido detalla conforme a los libros de piedad mariana del tiempo[22]. Igualmente, se detiene en describir la belleza de María[23] .Toca también el tema la virginidad de María cuyo sentido y valor ensalza[24]. De la niñez de María recuerda su inocencia[25].

-La vida teologal de la Virgen

Singular importancia da el santo en su Credo a la vida teologal de la Virgen.

 

De la fe de María afirma:

Te diré con san Agustín: “Tu fe abrió el Cielo cuando asentiste al ángel anunciador”.

Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste. Te llamaré, con san Cirilo: Cetro de la fe ortodoxa.

 

En cuanto a la esperanza afirma:

Creo que eres Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

 

Donde se detiene con mayor interés es en el amor de María, a Dios y al prójimo:

Sobre el amor de Dios confiesa:

Creo que sólo tú cumpliste el precepto: Amarás al Señor…; y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante. Y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo

Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a santa Brígida, sólo pensabas en Dios, y que nada te agradaba sino Dios.

Creo que, mientras vivías en la tierra permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto. Y que estabas tan llena de caridad, tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, que heriste y robaste el divino Corazón.

En cuanto al amor al prójimo dice:

Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [que se te pueda igualar] … Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado al amor que nos tienes a cada uno de nosotros

Creo lo que dijiste a santa Brígida: “Todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada reservaste salvo alimento y ropa austeros”.

-Las virtudes de María

Particular atención dedica a las virtudes de la Virgen.

Ante todo enuncia el principio de que la vida virtuosa de María no estuvo exenta de esfuerzo:

Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración

 

En este ejercicio de las virtudes se fija, en primer lugar, en el desprendimiento de los bienes terrenos[26]. Le sigue la atracción por la vida contemplativa[27], el amor a la humildad[28], la mortificación[29].

 

-Asunción y Coronación

El curso de la vida histórica de María lo cierra el Credo con la mención de la Asunción y de la coronación de María[30].

-Títulos marianos

Entre los atributos de María, menciona el Credo la maternidad espiritual de María[31], la corredención[32], y la Mediación universal[33]. María es contemplada también como pacificadora[34] y la que trae la reconciliación de todos[35]. Es también el principio universal de salvación[36]. Además, María escucha toda plegaria[37].

-Madre de misericordia

El atributo que más exalta el santo es el de la misericordia de la Virgen[38]. Por eso es proclamada como la esperanza de la salvación[39]. María es también confesada como madre de la perseverancia[40], y camino seguro de santidad[41].

Para el final de la vida, la Virgen es consuelo de los agonizantes[42]. En el Purgatorio, María es intercesora poderosa para obtener de Dios la pronta salida del mismo[43].

Por fin , la devoción a María es prenda segura de salvación[44].

Este es en síntesis, el contenido del Credo mariano de San Gabriel.

 

 

6.- Un Credo muy singular

 

El texto gabrielino se denomina Credo por la frecuencia de la expresión: “creo” y equivalentes[45].

El Credo Mariano —llamado también Símbolo— es una larga lista de proposiciones teológicas relativas a la Virgen.

Es fácil relacionar el texto con las fórmulas de fe que se han elaborado en la Iglesia desde los primeros siglos cristianos hasta nuestros días, con el fin de ofrecer a los fieles un resumen de lo más esencial de la fe común de la Iglesia.

El Símbolo de san Gabriel constituye una variedad interesante dentro del género literario de los credos y confesiones de fe. Su peculiaridad primera está en el carácter personal y no público/oficial de su credo. Responde a la imagen interior que se había formado de la Virgen, cuyos títulos y grandezas resume en forma de enunciados cortos estructurados a modo de un género intermedio entre el credo y el elogio devoto. Son verdaderamente una confesión, en la que se exterioriza la interior convicción en alabanza amorosa de la Virgen. De ahí que el Símbolo no conste de enunciados de “mínimos” como suelen serlo los credos oficiales que recogen, a modo de artículos de contenido esencial, lo que en todas partes, y siempre se ha creído en la Iglesia universal. El Símbolo mariano de san Gabriel no tiene el valor dogmático de las confesiones de fe infalible, ni tiene la pretensión de elaborar un credo comparable con dichos símbolos. Es una serie de enunciados que expresan las convicciones personales del santo, en las que atribuye a la Madre de Dios todo lo mejor que un devoto puede pensar como digno de la más excelente criatura. Entre lo esencial y universal —lo que es obligatorio para todos—, y la piedad singular que acepta con asentimiento de fe determinados enunciados, hay una gama amplísima de matices en las verdades mariológicas.

La segunda característica del Credo gabrielino es su temática original. Es un credo mariológico. Prescindiendo de todo aquello que es exclusivo de la Divinidad (naturaleza divina, persona del Verbo), y rechazando lo que no es compatible con el estricto dogma católico, san Gabriel atribuye a María todos aquellos privilegios que la piedad de los santos Padres[46], los doctores[47], los santos[48], los teólogos[49], las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas[50], y la devoción popular atribuye a María.

Como en siglos pasados, los individuos y las colectividades confesaban como de fe y hacían voto de defender hasta la sangre verdades como la Concepción Inmaculada de María, su Asunción a los cielos o, en la actualidad, muchos devotos de la Virgen la creen mediadora de todas las gracias, corredentora, etc., san Gabriel fue enunciando en hermosas proposiciones la rica doctrina patrística y de tos autores marianos antiguos y modernos, hasta el más cercano a su siglo, san Alfonso María de Ligorio. Para evitar en un texto muy largo la monotonía de la expresión creo, utiliza fórmulas variadas que en su espíritu equivalen a una verdadera confesión de fe, de tipo personal. Se trata de una profesión de fe muy singular[51].

La concentración en el misterio de la Virgen matiza su fe con el referente mariano. El Credo se centra en lo divino de María, que constituye el verdadero objeto de la fe. Al mismo tiempo, subraya lo mariano de Dios en la historia de la salvación .Como la humanidad pregnante de la Madre envuelve el ser humano de del Hijo de Dios, así, la confesión de fe mariana incluye la fe en el Hijo divino. La concentración mariana no es exclusión cristológica o trinitaria del misterio de Jesús.

7.- Lo incomunicable de la experiencia personal de la fe

 

El Credo Mariano surge en la vida de Gabriel como un acto de personalización de los credos dogmáticos oficiales, en una vivencia desde la peculiaridad de su experiencia mariana. Por eso, para entender el género literario tan especial de su Credo hay que distinguir entre los actos de fe íntimos y personales, y las confesiones de fe públicas, oficiales y colectivas.

La fe es un acto siempre personal de adhesión a la verdad revelada. Este acto no recibe una formulación particular, toda vez que acontece en el ámbito de la intimidad personal. La formulación explícita se hace necesaria cuando en la profesión de la fe coinciden varias personas, las cuales expresan externamente la común creencia. Así han surgido en la Iglesia las profesiones de fe comunitarias. Esta fe común y colectiva se expresa, a su vez, en diversidad de formulaciones de géneros literarios diversos. Se dan fórmulas simples y fórmulas más desarrolladas, pero con una intención igualmente universal de expresar toda la fe. A veces las confesiones de fe se centran en algunos aspectos más concretos que forman como una unidad homogénea. Tal es el caso del Quicumque, centrado en el dogma trinitario, o las confesiones neotestamentarias de tipo formalmente cristológico.

Las confesiones de fe, generalmente, recogen aquellas verdades fundamentales que son de fe para todos los creyentes. Pero hay casos en los cuales, personas aisladas o grupos de personas pronuncian un acto de fe sobre verdades no definidas, y que —por tanto— no se imponen como de fe. Tal fue el caso de los que profesaban creer en la concepción inmaculada de María antes de la definición del 8.12.1854 o su Asunción. En esos casos se llegó a veces hasta actos de fe con un compromiso de martirio, como en los votos de sangre. Esta lista de verdades no conoce límites. Cuantas verdades no entran en conflicto con la revelación, y son aceptadas como piadosas creencias pueden ser elevadas a actos personales de fe. Se pude creen en la corredención mariana, en su mediación universal, en la impecabilidad de María, en la ciencia beatifica de la Virgen etc., etc.

En estos actos individuales de fe en verdades que no se imponen como de fe, es de suma importancia determinar la fuente íntima de donde brota la necesidad de formular en forma personal una realidad objetiva y común como es la fe codificada en fórmulas universales y colectivas.

Esa fuente oculta es la vivencia personal única, y al modo propio de la unicidad irrepetible de cada existencia personal. Nadie vive igual que otro su fe. Pero ¿quién la concientiza en esa dimensión de la unicidad e irrepetibilidad de la persona? ¿Y quién logra dar una forma personal a las vivencias incomunicables de la experiencia mística mariana?

El siglo de san Gabriel fue un siglo de grandes vivencias marianas. Pero sólo él se lanzó a expresar en un credo lo que sentía y vivía de la Virgen en su existencia personal.

8.- El motivo formal de fe en el Credo Mariano

 

¿Cuál es el motivo formal por el cual Gabriel cree en las verdades marinas de su Credo? ¿Dónde se da en tales enunciados devotos la condición de verdades reveladas necesaria para que sobre esos enunciados se apoye un acto de fe?

¿Cómo encaja este texto de las profesiones de fe? ¿Cómo se entiende la fe en los enunciados del Credo Mariano de San Gabriel?. ¿Con qué base dogmática cuenta el santo al pronunciar sobre tan numerosos y diversos aspectos del misterio de María una afirmación de fe?¿Cuál es la base mística o teológica en que se sustentan las creencias profesadas por el santo como enunciados de fe?

El Credo Mariano de San Gabriel pertenece al orden de credos de temática unificada, desde la perspectiva del misterio mariano. Es —además— una profesión de fe estrictamente personal[52], que versa sobre verdades aún no presentadas por la Iglesia como de fe divina. Estas profesiones están condicionadas por unas opciones personales de muy diferente motivación. No es una profesión de algunas pocas verdades aisladas comúnmente tenidas como de fe entre las personas piadosas y con la perspectiva de próxima definición de fe, al menos, de una posibilidad de semejante definibilidad. Es un credo universal en el cual el misterio mariano se mira en los contenidos muy detallados y especificados. En este credo está fuertemente presente la convicción de realizar un acto explícito de fe. Para ello es necesario poseer un marco de referencias de pertenencia a la fe lo suficientemente seguro como para aventurarse a expresar la creencia en términos de fe. En este aspecto, el Credo se sitúa en la franja piadosa de la credulidad que —sin ser de objetos definidos— posee una suficiente garantía como para asentar sorbe ella una afirmación de fe. Podría pensarse que el Credo no supera ese nivel de numerosos devotos de María que asienten a todas las verdades marianas que se encuentran expuestas en los libros de piedad mariana. Ciertamente, este motivo no está ausente en su texto. Pero, tratándose un santo cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas por la Iglesia, el nivel espiritual en que vive el contenido del Credo es el orden superior de lo místico y no una simple credulidad devota que se queda con lo mejor de las enseñanzas piadosas sobre la Virgen.

Para convenirse de ello es menester insistir en la metodología que rige esta selección de verdades marianas. Ya se ha dicho que el santo leyó todo lo que en la biblioteca del teologado había de literatura mariana. Más aún, el propio director de los teólogos había compuesto un tratado de mariología. Por tanto, el ambiente de estudios era de un cierto rigor y exigencia técnica en Mariología[53].

Prescindiendo de los contenidos, veamos algunos aceptos de su metodología.

Todos los enunciados están justificados por algún razonamiento teológico o la autoridad de algún autor famoso. En la selección de los enunciados, san Gabriel prefiere los testimonios basados en santos que se han distinguido por su ciencia —doctores— y su preferencia mariana: san Bernardo, san Buenaventura, etc.

En segundo lugar, vienen los grandes teólogos que han formulado con particular desarrollo la fe mariana. Tal es el caso de Guerrico, el abad de Celles Raimundo Jordán, Suárez.

Junto a los doctores, los teólogos y los santos, vienen las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas. Son las más numerosas. santa Brígida, santa Matilde, santa Gertrudis, santa Isabel, OSB. Esta preferencia da a entender con qué instinto espiritual realizaba la selección de las proposiciones. Era la congenialidad de su mundo mariano interior, con las afirmaciones de las personas que sentían lo mismo que él. Era un criterio de congenialidad espiritual.

Este instinto de congenialidad lo guió en el intento original de reducir a síntesis todas las verdades marianas que ocupan la franja de la pía credulidad que separa la mariología crítica de un Windenfeld, y la fría teología mariana especulativa.

Se podría decir formalmente que el ámbito teológico del Credo es la piedad popular marina. Su fundamento está en la vivencia personal del que ha compuesto el Credo.

9.- Carácter estrictamente personal

 

¿Con qué finalidad lo compuso el santo? El hecho de haber querido escribirlo con su sangre y llevar un trozo del mismo sobre el corazón denota su finalidad estrictamente personal. Esto crea —como ya hemos dicho— una variante muy original entre las confesiones de fe utilizadas en la Iglesia con una finalidad estrictamente colectiva y grupal, y las expresiones de fe personal que dan salida a las convicciones no impuestas como de fe dogmática. En este sentido, la composición del Credo tenía en san Gabriel una doble finalidad. En primer lugar debió de sentir una presión interior que lo llevó a dar expresión al mundo de convicciones interiores sobre las maravillas del misterio mariano. Es sabido que la intensidad de las vivencias interiores busca su salida expresiva en muy variadas formas. Una de ellas es la escritura. La pérdida de cuaderno autobiográfico del santo, quemado por expresa petición del mismo, poco antes de morir, encuentra una compensación en este texto en que es muy fácil seguir sus preferencias espirituales. No habla, p. e., de la Inmaculada, siendo así que conoció su definición dogmática cuando tenía 16 años. Tampoco habla de la Asunción, cuya fiesta se celebraba en la Congregación pasionista con gran solemnidad, precedida de una cuarentena de prácticas piadosas. La preferencia por el motivo de la misericordia debía de recordarle su conversión por la llamada de María en una locución sobrenatural el 22 de agosto de 1856. La insistencia en el motivo de las virtudes de María tiene su razón de ser en una práctica marina de tipo seriamente imitativo.

Otra motivación importante a la hora de pasar al papel sus convicciones de fe sobre la Virgen fue la de tener a mano un resumen de todos los títulos y grandezas de María. En este sentido, lo había precedido su propio Director Espiritual, autor de una devota mariología que recogía gran número de textos patrísticos sobre la Virgen.

Pero tal vez el principal móvil interior que lo lanzó a componer su Credo no tenía una explicación a nivel de conciencia clara. Era un impulso más fuerte que él. Era un fuego interior que no podía retener sin darle salida al exterior con la forma de un texto escrito. Con fuerza análoga los grandes artistas se ven impulsados a crear. Un parecido impulso interior incoercible llevó también a los autores inspirados a componer sus textos, cuyo sentido se descubriría en la recepción de la comunidad creyente a la cual destinaba tales escritos. En otras palabras, el impulso interior que llevó a san Gabriel a redactar su Credo tenía mucho que ver con su misión de suscitar de la devoción[54] mariana en el siglo XX. Con razón este siglo ha sido llamado saeculum marianum; y san Gabriel fue uno de los santos que más decisivamente influyeron para que en él se viviera tan intensamente la piedad mariana, especialmente en la juventud[55]. La redacción de su Credo tenía mucho que ver con esa su misión de santo mariano, suscitador de la piedad mariana en los jóvenes de la primera mitad del siglo XX. La redacción del Credo era un efecto primero de aquel voto suyo especial, de propagar la devoción a los Dolores de la Virgen que se ha mencionado ya. Para propagarla tenía que conocerla. Para hablar de la Virgen, tenía que tener a mano un bosquejo completo de los títulos y grandezas de María. Así nació el Credo Mariano.

9.- Actualidad del Credo

¿Qué lugar ocupa en la mariología actual la síntesis personal de san Gabriel en su Credo Mariano? El editor crítico y comentarista del mismo se inclina a creer que el Santo pertenece –teológicamente- a la corriente que en el Vaticano II se llamó maximalista, pero “con tanto equilibrio y tacto, con tal apertura a la armonía de los dogmas, con tal atracción por el misterio de Dios, con tal adhesión a Cristo, y con tal atención al pensamiento de la Iglesia, que parece anticiparse a los nuevos tiempos y a la nueva teología mariana[56]

El enfoque del B. Juan XXIII en punto al marianismo del santo pasionista –según las palabras pronunciadas en el centenario de su muerte- mira más al testimonio de una piedad mariana autenticada por la práctica de las virtudes[57] .Sin embrago, ni la clasificación del Santo entre los mariólogos maximalistas, ni su reducción al rango de un puro testimonio mariano confirmado por la vida virtuosa hacen justicia a la imagen mariológica del santo que emerge de su Credo Mariano. La verdad es que el Creo ofrece auténticas aportaciones en el campo estrictamente teológico.

En primer lugar estamos ante un tipo nuevo de credo o profesión de fe.

Este Credo es una profesión de fe viva y personal. Nada tiene de convencional, sino que es de gran originalidad. Tampoco es colectivo. Es individual, de uso privado, no destinado a la publicidad. Por esto mismo, no es oficial a ningún nivel eclesiástico. No tenía investidura alguna para darle tal rango. No es genérico ni de tenor esencial al modo de de todos los credos desde el Símbolo Apostólico hasta el reciente “Ad tuendam fidem” de Juan Pablo II. Es un Credo amplio, desarrollado, minucioso, detallado hasta la minucia. En este campo de las formulaciones de la fe San Gabriel testimonia la originalidad de una fe personalizada, vivida desde la unicidad irrepetible de todo creyente. No hay dos fieles que crean del mismo modo. San Gabriel es un santo mariano de características únicas. Y también lo es su Credo. La fe es una realidad de todos, mas cada uno la vive, y la formula al modo propio. Así es también la Mariología

El Credo de San Gabriel da actualidad al hecho vaticinado por Jeremías (31,34), de una palabra interior presente en el corazón de todos. Confirma la enseñanza de Jesús, de que todos serán instruidos personalmente por el Espíritu (Jn. 6,45) y por tanto, cada uno posee un modo íntimo de creer personal y único dentro del marco de la misma fe de la Iglesia. Junto a los credos oficiales y colectivos, hay modos de creer personales, y el credo de san Gabriel es una muestra de esa fe personal e íntima.

Aun siendo tan interesante y tan vital este aspecto de las formulaciones personales de la fe, no es la aportación más válida del Credo Mariano de San Gabriel. Más allá de todo lo personal de semejante Credo, hay también aportaciones de orden objetivo y metodológico en el ámbito de la Mariología[58], y también de la ciencia teológica en general. En el orden de Mariología el Credo de San Gabriel no se sitúa en el ámbito dogmática, que se impone como de fe a todo creyente, y consta de los cuatro dogmas marianos de la Inmaculada Concepción, la Divina Maternidad, la perpetua virginidad, y la Asunción corporal cielo. El Credo Mariano no es de finalidad dogmática. ¿Pertenecerá, entonces, al orden de la Mariología científica que profundiza los contenidos de la dogmática mariana?. Tampoco parece ser el caso. El Credo Mariano no tiene el aire de una Mariología científica racional y abstracta, que desarrolla sistemáticamente y en forma rigurosa lo implícito de los cuatro dogmas marianos. Su inspiración es otra. Den efecto, junto a la Mariología dogmática y la sistemática, Junto a ellas, hay una Mariología que ofrece sus contenidos doctrinales por el despliegue interno de los datos marianos concientizados por vía mística, mediante la actuación de los dones intelectuales del Espíritu santo. Esta es una verdadera Mariología y -como tal- es también susceptible de una expresión y exposición sistemática analógica a la racional/científica, pero desde una metodología diferente. Es la Mariología mística de base experimental[59].

Esta es la Mariología que en el curso de los siglos ha hecho progresar el dogma mariano, más que la racional/científica. Es la que ha llevado al progreso dogmática que ha culminado en las grandes definiciones, como la Inmaculada y la Asunción, y quizás también la misma maternidad divina de María[60]. Marín-Sola expuso la teoría del doble progreso de la teología y del dogma, por vía intelectual, y por vía donal o de experiencia mística. El Credo de san Gabriel codifica las leyes y la metodología de esta vía del progreso de la Mariología por vía vivencial y mística. Con todo lo imperfecto e incompleto que resultó su Credo, y -a pesar de su deficiente realización- no hay duda que en la Mariología ha creado un género literario único.

A. M. Artola, CP.

Profesor de Sagrada Escritura

En el Seminario “Redemptoris Mater”

CALLAO-LIMA

Texto en el idioma original (italiano)

 

 

Contenuti del Simbolo

 

1 – Credo [o Maria] come rivelaste a S. Brigida:

Quod es regina caeli, Mater misericordiae, iustorum gaudium et aditus peccatorum ad Deum;

e che: Nullus est adeo maledictus, qui quamdiu vivit,careat tua misericordia;

e che: Nullus est ita abiectus a Deo, qui si te invocaverit, non revertatur ad Deum et habiturus sit

misericordiam;et miser erit qui ad misericordem, cum possit,non accedit.

2 – Credo che: voi siate la madre di tutti gli uomini,

e che in Giovanni li riceveste tutti per figli, giusta la volontà di Gesù.

3 – Credo che voi siate quale alla vostra Brigida vi dichiaraste:

Quasi mater omnium peccatorum volentium se emendare;

e che: Clamas pro anima peccatrice: “Miserere mei”.

4 – Credo che: Voi siate la nostra vita.

Dico con S. Bernardino da Siena che: Omnes indulgentias factas in veteri Testamento,

non ambigo Deum fecisse solum (non escluso Gesù),

et, post Deum, spes unica peccatorum, vi dirò con S. Agostino.

Vi credo quale vi vide S. Geltrude, col manto aperto in cui stavano rifugiate molte fiere, leoni, orsi, tigri, e che voi non solo non li cacciavate, ma con gran pietà gli accoglievate ed accarezzevate.

5 – Per voi, noi riceviamo il dono inestimabile della S. Perseveranza:

Te sequens non deviam, te rogans non desperabo, te tenente non corruam, te protegente non metuam,

te duce non faticabor, te propitia perveniam ad te.

6 – Voi siete il respiro dei cristiani ed il loro aiuto, massime in morte, conforme diceste a S. Brigida:

Quod tu ut mater occurris eis in morte, ut ipsi consolationem et refrigerium habeant,

e che: Non est tuum – come diceste a S. Giovanni di Dio –

quod non est tuum, in mortis hora, tuos devotos derelinquere.

7 – Voi siete la speranza di tutti, massime dei peccatori;

Tu civitas refugii,

e di quelli specialmente che son privi d’ogni soccorso.

8 – Voi siete: Protectrix damnatorum, spes desperatorum;

e come intese S. Brigida che vi diceva Gesù che:

Etiam diabolo misericordiam exhiberes, si humiliter peteret;

Tu peccatorem quantumcumque foetidum non horres;

si ad te suspiraverit – vi dirò con S. Bernardo –

tu illum a desperationis barathro pia manu retrahis.

9 – Credo che: voi voliate ad aiutare chi vi invoca;

e che siate: Salus te invocantium;

e che: Plus vis tu facere nobis bonum, quam nos

accipere concupiscimus.

10 – Credo, come voi significaste a S. Geltrude, che:

aprite il manto per accogliere tutti quelli che a voi ricorrono, e che gli Angeli attendono a difendere

i vostri devoti dalle infestazioni dell’inferno.

Voi preoccupate quei che vi cercano, ed anche non richiesta, correte pronta in aiuto;

e che: Quern tu vis, salvus erit.

11 – Credo, come diceste a S. Brigida, che:

Daemones audientes Mariam, statim relinquunt animam.

12 – Confesso con S. Epifanio, Antonino ed altri,che il vostro Nome

scese dal Cielo e fu imposto per divina ordinazione.

Riconosco con S. Antonio da Padova nel Nome vostro

le stesse dolcezze che S. Bernardo considera nel Nome di Gesù:

Nomen tuum, o Maria, iubilus in corde, mel in ore, in aure melos.

13 – Credo che, dopo il Nome di Gesù, [Non] sit aliud nomen

unde tantum gratiae, spei et suavitatis piae mentes concipiant.

E col vostro S. Bonaventura confesso che:

Nomen tuum devote nominari non potest sine nominantis utilitate.

E credo ciò che diceste a S. Brigida, che:

Nullus est in hac vita tarn frigidus ab amore Dei, qui, si invocaverit Nomen tuum cum proposito poenitendi, statim diabolus ab ipso non discedat.

14 – Credo che: la vostra intercessione sia moralmente necessaria per la nostra salute;

che tutte le grazie che Dio ci dispensa passino per [le] vostre mani;

e che tutte le misericordie che si sono dispensate agli uomini,

tutte sono venute per mezzo vostro;

e che: Nullus potest caelum intrare, nisi per te transeat tamquam per portam;

credo che la vostra intercessione sia non solo a noi utile, ma necessaria, moralmente.

15 – Credo che: voi siate la Cooperatrice di nostra giustificazione;

homninum Reparatricem;

salutis hominum auctricem;

totius bumani generis reparatricem;

adiutri[cem] redemptionis;

mundi salvatricem.

Che nel mare di questa terra restan sommersi tutti quei

che non si troveranno ricevuti nella vostra nave;

e per conseguenza credo che:

Nemini, nisi per te, pateat aditus ad salutem,

e che: Nemo est qui salvus fiat, nisi per te.

16 – Credo che:

Deus decrevit nihil dare nisi per te;

che: salus nostra in manu tua est,

e che: qui petit sine te, sine alis tentat volare;

credo altresì che: frustra alios Sanctos oraret quem tu non adiuvares,

e che: quod possunt omnes isti tecum, tu sola potes sine illis omnibus,

e che: te tacente, nullus iuvabit, nullus orabit;

te orante, omnes iuvabant et orabunt.

E finalmente vi dico con S. Tommaso: Omnis spes vitae;

e vi dico con S. Agostino: Unam ac te solam pro nobis in Caelo fatemur esse sollicitam.

17 – Credo che: voi siate la tesoreria di Gesù,

e che: Nemo donum Dei suscipit nisi per te;

e che: Inventa te, invenitur omne bonum.

18 – Credo che: Unum suspirium tuum plus potest quam omnium Sanctorum simul suffragia,

e confesso con S. Giovanni Damasceno che: Potes quidem omnes salvare.

Vi credo che siate quell’Avv[ocata] che non ricusate difendere le cause dei più miserabili.

Vi dirò con S. Andrea Cretense: Salve, divina hominum reconciliatio.

E con S. Germano: Non est satietas defensionis tuae.

19 – Vi ravviso per la Paciera tra peccatori e Dio,

e vi credo per quell’esca dolcissima creata da Dio

Per prender gli uomini e specialmente i peccatori per tirarli a lui,

come E[gli] stesso lo rivelò a S. Caterina da Siena;

ed in conseguenza: Sicut magnes attrahit ferrum,sic tu attrahis dura corda, come diceste a S. Brigida.

Voi siete tutt’occhi per compatire e soccorrere le nostre miserie,

onde vi dirò con S. Epifanio multoculam”;

e ciò lo conferma quel che intese S. Brigida, quando voi richiesta da Gesù:

Mater, pete quid vis a me, voi rispondeste: Misericordiam peto pro miseris.

20 – Credo che quell’innata misericordia delle vostre materne viscere che aveste pellegrina ancora su questa terra verso dei miseri, sia superata in grandezza adesso che regnate in cielo, in quel modo che il sole supera in grandezza di splendore la luna, mi dice S. Bonav[entura].

E che siccome i corpi celesti e terreni sono illuminati dal sole, così non vi e nel mondo chi per vostro mezzo non partecipi della divina misericordia, come rivelaste a S. Brigida;

onde credo con S. Bonav[entura] che: In te, Domina,peccant non solum qui tibi iniuriam irrogant,

sed etiam qui te non rogant.

Onde è che mi persuado col medesimo Santo che: Qui praestat in obsequio tuo, procul fiet a perditione;

e ciò credo con S. Ilario che avverrà: Quantumcumque quis fuerit peccator, si [tui djevotus extiterit,

numquam in aeternum peri[bi]t.

21 – Con S. Bonav[entura]: Qui neglexerit te, morietur in peccatis suis

Qui non invocat te in hac vita, non pervenient ad regnum Dei;

.. .a quibus averteris vultum tuum, non erit spes ad salutem.

22 – La vostra devozione credo con S. Efrem che sia Charta libertatis.

Credo con S. Anselmo che: Aeternum “vae” non sentiet ille pro quo semel tu oraveris.

E che la vostra devozione è avere certe armi di salute, che Iddio non concede

se non a coloro che Egli vuol salvi, come m’assicura il Damasceno.

Onde concluderò con S. Antonino: Sicut impossibile est ut illi a quibus tu oculos tuae misericordiae avertis,

salventur, ita necessarium quod hi, ad quos convertis oculos tuos pro eis advocans, salventur et glorificentur.

23 – Credo, come già rivelaste a S. Brigida:

esser voi la Madre di tutte le anime purganti, mentre tutte le pene che esse meritano per le colpe commesse

in vita, in ogni ora per le vostre preghiere sono in qualche modo mitigate.

Troppo dunque felici e fortunati, vi dirò con S. Alfonso, sono i vostri devoti,

[e l’unica volta in cui S. Alfonso è citato esplicitamente nel Simbolo]

mentre ci assicura S. Bernardino che: A tormentis purgatorii liberas maxime devotos tuos,

conforme a ciò che intese S. Brigida che vi diceva Gesù: Tu es Mater mea, tu Mater misericordiae,

tu consolatio eorum qui sunt in purgatorio.

24 – Credo che Voi, stando per andare al Paradiso domandaste, e senza dubbio otteneste,

di potervi condurre con voi tutte le anime che si trovavano in purg[atorio].

Credo altresì, come prometteste al Papa Giovanni XXII, che gli ascritti al Carmine,

nel sabato dopo la morte sarebbero liberati dal purg[atorio].

Ma più felici sono i vostri devoti, poiché: Porta caeli reserabitur eis.

Voi siete: Reseramentum caelestis Jerusalem, sIanua caeli, 6Felix caeli porta, 7Vehiculum ad caelum.

25 – Credo che: ln Jerusalem potestas tua imperando quod vis et quos vis introducendo.

Per te caelum apertum est, infernus evacuatus, instaurata caelestis Jerusalem,

miseris damnationem expectantibus vita data est. S. Bern[ardo].

26 – Credo che: Qui operantur in te non peccabunt, qui elucidant te vitam aeternam habebunt;

e vi riconosco per quella celeste nocchiera, che conducete all’eterno porto i vostri devoti ricoverati nella

navicella della vostra protezione, come mostraste a S. M[aria] Maddalena dei Pazzi;

onde la vostra devozione, dirò con S. Bernardo, certissimum est signum salutis aeternae consequendae,

e col B. Alano: Habens devotionem hanc (salutandi saepe cum Ave) (8), signum est praedestinationis

permagnum ad gloriam.

Onde concluderò con Guerrico Abate: Qui tibi famulatur, ita securus est de Paradiso, ac si esset in Paradiso.

27 – Credo con S. Antonino che: Non reperitur aliquis Sanctorum, ita compati in infirmitatibus,

sicut tu, Beatissima Virgo Maria.

Date più di quel che vi si chiede. Voi, ubicumque fuerit miseria, tua curris et succurris misericordia.

Tu semper circuis quaerens quem salves.

Saepe, vi dirò coll’Abate di Celles, quos iustitia Filii tui potest damnare,tu Mater misericordiae liberas.

Onde credo ciò che il Signore disse a S. Brigida: Nisi praeces tuae intervenirent, non esset spes misericordiae.

Onde tengo con S. Fulgenzio che: Caelum et terra iamdudum ruissent si tu tuis precibus non sustentasses.

28 – Credo che la vostra altezza sia superiore a tutti i Santi ed Angeli;

e che: Tanta est perfectio tua, ut soli Deo cognoscenda reservetur.

Credo che: Immediate post esse Deum, est esse Matrem Dei; e che in conseguenza: Magis Deo coniungi non

potuisti, nisi fieres Deus (Alber[to] Magno).

29 – Credo che Dignitas Matris Dei, suo genere est infinita,

e che il vostro stato fu sommo, quae purae creaturae dari possit.

E confesso con S. Bonaventura che: Esse Matrem Dei, est gratia maxima purae creaturae conferibilis: ipsa est quam maiorem facere non potest Deus. Maiorem mundum facere potest Deus, maius caelum, maiorem quam Matrem Dei facere non potest.

30 – Credo quod propter te totus mundus factus est,

e che: Tua dispositione perseverat mundus quem et tu cum Deo ab initio fundasti,.

e che per amor tuo non distrusse Iddio l’uomo dopo il peccato.

31 – Credo che Iddio vi abbia dotata in sommo grado di tutte le grazie e doni generali e particolari

conferiti a tutte le creature;

e credo al Signore che rivelò a S. Brigida che la vostra bellezza superò la bellezza di tutti gli uomini

e degli Angeli.

Credo che la vostra bellezza fugava moti impuri ed ingeriva purità.

32 – Credo che foste bambina, ma di essa [aveste] solo1’innocenza e non già il difetto d’incapacità.

Foste Vergine prima, nell’atto e dopo il parto; senza la sterilità foste madre, ma Vergine.

Nella vita attiva operavate, ma senza che 1’operare vi distogliesse dall’unione con Dio;

nella contemplativa stavate raccolta in Dio, ma senza negligenza alcuna dei vostri doveri.

33 – A voi toccò la morte, ma senza le sue angustie e senza la corruzione del corpo.

34 – Credo, con S. Alberto Magno, che foste la prima che, senza consiglio e senza esempio di altri,

offriste a Dio la vostra verginità; e poi gli donaste tutte le Vergini che vi hanno imitato,

e che di esse ne siate la gonfaloniera;

e che per voi si mantenne vergine il vostro purissimo Sposo Giuseppe,

e che sareste stata pronta per conservare la verginità a rinunziare, col divino beneplacito,

anche la dignità di Madre di Dio.

35 – Credo, come fu rivelato a S. Matilde, quod ita modeste de te sentiebas, ut cum tot gratias haberes,

nulli te praetulisti;

e come diceste a S. Elisabetta benedettina, tengo per fermo quod te repu[ta]bas vilissimam

et gratia Dei indignam.

36 – Credo, o Madre mia, giusta voi lo esprimeste a S. Brig[ida], quod promeruisti Maternitatem Dei,

quia cogitasti et scivisti nihil a te esse et habere.

37 –Credo che per la vostra umiltà celaste a S. Giuseppe la divina Maternità, ad onta che il manifestarlo

pareva necessario.

Serviste a S. Elisabetta, 3e sempre vi eleggeste l’ultimo posto.

38 – Credo, secondo diceste a S. Brig[ida], essere di si basso concetto presso voi stessa, eo quod cogitasti et

scivisti nihil a te esse et habere, et ideo noluisti laudem tuam, sed solum Datoris et Creatoris.

39 – E confesso con S. Bernardino da Siena,1che non vi sia stata creatura che più si sia umiliata di voi,

e che nel mondo non vi è di umiltà neppure il minimo grado a confronto della vostra umiltà.

40 – Credo essere stato tanto il fuoco di cui voi ardevate verso Dio che, posto in quello tutto il cielo e la terra

in un momento si sarebbero consumati;

e che al vostro confronto eran aure fresche tutti gli ardori dei Serafini.

41 – Credo che voi sola perfettamente adempiste il precetto: Diliges Dominum…,

e che voi, nel primo momento del viver vostro, avanzaste 1’amore di tutti gli Angeli e uomini verso Dio;

e che i beati Serafini potevano scendere ad imparare nel vostro cuore il modo di amare Dio.

42 – Credo che per un tal fuoco divino — con S. Bonav[entura] — che giammai foste tentata,

e che, in una parola, come già rivelaste a S. Brigida: Nihil nisi Deum cogitabas, nulla tibi nisi Deus placuerunt.

43 – Credo con il Suarez, Ruperto, S. Bernardino, S. Ambrogio, che: Cum quiesceret corpus tuum,

vigilabat animus,

e che a voi il sonno non impediva [di] amare Iddio.

Onde a voi ancora appartiene quell’Ego dormio et cor meum vigilat,

e che, in una parola, mentre viveste in terra, continuamente stavate amando Dio;

e che giammai faceste se non quello che conosceste esser di suo gusto,

e che foste sì riempita di tanta carità, qualis et quanta percipi potest a pura creatura in terra,

in modo che vulnerasti et rapuisti divinum Cor.

44 – Credo che voi talmente amaste il prossimo, che […]

non vi e stato né vi sarà chi più di voi lo abbia amato,

e per conseguenza non vi è al mondo creatura che

45 – E che se si unisse 1’amore che tutte le madri portano ai figli, tutti gli sposi alle loro spose e tutti i Santi

ed Angeli ai loro devoti, non giunge all’amore che voi portate ad un’anima sola;

e che 1’amore che tutte le madri han portato ai loro figli, è un’ombra a paragone dell’amore che ad uno solo

di noi ci portate.

46 – Vi dirò con S. Agostino: Fides tua Caelum aperuit cum Angelo nuntianti consensit.

47 – Credo, col Suarez, che ayeste più fede che tutti gli uomini ed Angeli,

e che, etiam discipulis dubitantibus, non dubitasti.

Onde dirò con S. Cirillo: Sceptrum orthodoxae fidei.

48 – Credo che voi siate Mater Sanctae Spei,

ed il tipo della confidenza in Dio.

Voi foste mortificatissima.

Credo a ciò che di voi S. Epifanio e il Damasceno ci dicono, che foste sì mortificata negli occhi, che li

tenevate sempre bassi e giammai li fissavate in alcuno.

49 – Credo ciò che voi rivelaste a S. Elisabetta benedettina:

che non aveste alcuna virtù senza fatica ed orazione.

Credo ciò che diceste a S. Brigida: Omnia quae potuisti habere, dedisti indigentibus

nihilque nisi cibum tenuem et vestitum reservasti,

Credo che mundanae divitiae velut lutum tibi vilescebant.

Credo fermamente che faceste voto di povertà.

 


[1] Texto leído el 6 de diciembre de 2004, en el XXI Congreso Mariológico Internacional de Roma (4-8 diciembre del 2004) con el título de La fe, forma radical de acogida a la acción divina en la Historia. El “Credo Mariano” de San Gabriel de la Dolorosa.

[2] Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata, della Congregazione dei Passionisti, per cura del P. Germano di S.Stanislao, della stessa Congregazione, Milano, 1896, 125-131)

[3] No es uniforme la terminología que se utiliza para designar el escrito de san Gabriel. El original no llevaba título alguno. El confesor del santo -Ven. P. Norberto Casinelli- habla de Símbolo della Madonna. En el texto presentado a la revisión canónica de los escritos el Ven. P. Germán le puso como título Symbolus Marianus. Con este título se subrayaba el sentido de contraseña o distintivo mariano. Pero el uso posterior ha preferido el neutro symbolum que se utiliza para designar Íos simbolos de fe en la terminología eclesiástica. ( v.g. Symbolum Apostolorum etc.).Luego el uso ha preferido este último sentido, de ahí la variante de Credo Mariano .Este Credo ha entrado a formar parte de las prácticas piadosas marianas. Así el agustino P. Valerio Rodrigo lo incluyó entre las devociones mañanas en su devocionario LUZ Y CONSUELO DEL ALMA (Madrid,1955) como la primera dichas prácticas, con el título de Símbolo Mariano (pp.354‑357)

[4] En la deposición procesal para la canonización de Gabriel, su director espiritual el Ven. Norberto de Santa María recordaba sencillamente lo siguiente: “Había compuesto para sí un símbolo que llama Símbolo de la Virgen, símbolo que bien guardado, lo llevaba pendiente del cuello con protestas de devoción a su querida Reina y Señora. Si mal no recuerdo, cuando lo compuso y trataba de copiado para colgársela al cuello, me suplicó e importunó para que le permitiese escribirlo con su propia sangre. No le concedí el permiso, por eso lo escribió con tinta. Siento de veras no poder dar a conocer el contenido de tal símbolo, porque no lo recuerdo. A su muerte no se le pudo encontrar, ni siquiera, por cuanto recuerdo, cuando se quitó el hábito, porque quizá había encontrado modo de destruirlo, para que no fuese visto por ninguno de los que debían cuidado”. (Deposición canónica del Ven. Norberto, en FONTI storico-biografiche di san Gabriele dell´Addolorata, Edizione critica a cura di NATALE CAVATASSI, C.P. e FABIANO GIORGINI, C.P. Edizioni ”Eco” 1969,p.133, línea 20.

[5] No se recuperó todo el texto. Una parte de las hojas del cuadernillo que llevaba sobre el pecho, fue arrancada. Tal vez era la parte más importante, pues probablemente contendía los artículos sobre los Dolores de María (.Cf. N. CAVATASSI; Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104)

[6] Ver la historia de estas ediciones en N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata en SAN GABRIELE DELL’ADDOLORATA E IL SUO TEMPO .Studi, Ricerche, Documenti. Editrice”Eco”103-105., San Gabriele ,Teramo,19861,pp.122‑150.

[7]N.CAVATASSI,San Gabríele dell’Addolorata e il suo Tempo.Studi, Ricerche, Documenti, Editrice Eco, San Gabriele ,Teramo, 19861, pp. 122‑150.

[8] Probablemente se escribió a fines de 1861.Las pistas cronológicas son las siguientes. El voto de propagar la devoción a los Dolores se coloca por los años 1860-6l. Inmediatamente después de emitir este voto, el Santo procedió a redactar el texto. La negativa del permiso para copiarla en limpio con la propia sangre debe datarse de la última época de la vida del Santo (1861).Por ello, la fecha más probable corresponde a los meses entre final de 1860 y todo el año 1861.Por entornes el santo estaba cursando la última etapa de los estudios de Teología.

[9] Las siete partes las ha dividido el P. Cavatassi en la edición crítica del Símbolo, de la siguiente forma: 1‑Privilegios marianos;¸II-Las virtudes de la Virgen;III‑La maternidad espiritual de María: IV‑La maternidad espiritual que se extiende a las almas del purgatorio; V‑La mediación de las gracias; VI‑La devoción a María, garantía de salvación; VI ‑Las actitudes interiores de María

[10] La idea de perfeccionar el texto en una redacción definitiva que llevaría cabo cuando la escribiese con su sangre, le impidió dejar el Credo en redacción completa. Con frecuencia deja espacios en blanco con la idea de completar más tarde el párrafo introduciendo las citas escogidas. Hay señales de que trabajaba con papelitos sueltos –a modo de fichas- donde tenía copiados los textos que luego incluiría en el lugar apropiado. Así, en la pg.3 hay un espacio libre de dos o tres líneas, que dejó en blanco para añadir alguna idea. Toda la página cuatro está en blanco. La quinta sólo contiene un artículo incompleto. La octava y la novena tienen también espacios en blanco. La décima sólo lleva escrita una mitad. La undécima está en blanco. La duodécima lleva sólo la dirección del P. Norberto -y de otra mano-. De la decimotercera y decimocuarta sólo quedan algunos rasgos. La decimoquinta y décimosexta, están escritas en caligrafía más cuidada, eran las que llevaba en una bolsita sobre su pecho. Contenían 14 artículos. Un parte de esta hoja está quedó intencionadamente recortada. Con toda probabilidad, a la muerte del santo, alguien la sustrajo pro devoción, y no la restituyó nunca. El editor piensa que esta parte que falta correspondería a la sección dedicada los Dolores de María. (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104).

[11] Los estudios se han publicado en las Actas de dos congresos de estudios gabrielistas tenidos en Isola del gran Sasso en los años 1984 y 1985 (San Gabriele dell’Adídolorata e ii suo tempo Studi, Ricerche, Documentazione) editados en los años 1986‑1987 respectivamente.

[12] Stanislao BATTISTELLI, C.P.,S. Gabriele dell`Addolorata.San Gabriel, 10 ed. 1970,p. 138.En la primera edición de 1896 llevaba como subtítulo: “Corona di elogi alla Madre diu Dio” (Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata…, p 125)

[13] Fusto POZZI, CP. S. Gabriele dell`Addolorata .S. Gabriele, 1974, p. 206

[14] N.CAVATASSI, San Gabriele e il suo tempo,p.113

 

[15] San Gabriel de la Dolorosa (en el siglo Francisco Possenti), nació en Asís (Italia) el 1 de marzo de 1838.Huérfano de madre a los cuatro años, en 1844 empieza la enseñanza primaria en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Después de su primera comunión (1850) frecuenta el liceo de los Jesuitas de Spoleto. A raíz de un a primera enfermedad grave, piensa en hacerse religioso, pero no lleva a la práctica su piadosa decisión. En una segunda enfermedad decide entrar entre los jesuitas, sin poner por obra su buen deseo. El 22 de agosto de 1856,octava de la Asunción, en la solemne procesión de la Santa Icone de Spoleto, la Virgen le llama a la vida religiosa. Dejando su vida mundana, pide ingresar entre los pasionistas. Entra en el Noviciado de Morravalle (Italia) el 9 de septiembre de 1856. Viste el hábito el 21 de septiembre del mismo año, y el 22 de septiembre de 1857 emite la profesión religiosa. A los 24 años de edad muere en el convento pasionista de Isola del Gran Sasso el 27 de febrero de 1862 .Se introduce su causa de canonización en 1891.En 1908 es beatificado, viviendo todavía su Director espiritual el P. Norberto de Santa María. El 13 de mayo de 1920 es canonizado.”Difícilmente se hallará una existencia más enraizada en la devoción a María, más unida en sus destinos a la Santísima Virgen, y más en íntima dependencia de su protección verdaderamente materna ” (Cf. Benito del MORAL, Almas marianas Madrid 1954, p. 19).

[16] « A la intervención maternal de Nuestra Señora hay que atribuir en Gabriel, desde su actuación vocacional hasta su popularidad de Santo Taumaturgo” E. S. GIBERT, Sobre las cumbre del Gran Sasso, Madrid 1973, 47, nota 68.

[17] Cuando nació Gabriel en 1838, hacía sólo ocho años que había tenido lugar en París la aparición de la Milagrosa. Contaba cuatro años de edad, cuando en 1842, acontecía en Roma la sensacional conversión del judío Alfonso María de Ratisbona. En 1846 ‑ Gabriel contaba a razón ocho años de edad ‑ toda Europa se sorprende con la visión de la Virgen de La Saleta cuyos destinatarios eran Maximino y Melania. Gabriel tenía dieciséis años cuando el B. Pío IX definió la Inmaculada Concepción. Poco después, en Lourdes se dejaba ver la Inmaculada Concepción. El mismo año de su muerte –1862- el 18 de enero tenía lugar la aprobación oficial de las apariciones de Lourdes. Este ambiente mariano favoreció la eclosión de genios religiosos profundamente influenciados por la acción de la Virgen María. San Gabriel de la Dolorosa fue uno de ellos.

Los tres últimos años de su vida transcurrieron en un convento de larga historia mariana. Isola del Gran Sasso poseía un convento fundado por San Francisco, donde se dio culto a la Inmaculada antes que en ningún otro lugar de Italia.

[18] Este estudiante pasionista fue el primer santo joven canonizado en la Iglesia después de la triada jesuita de San Luis, San Estanislao y San Juan Berchmans. Hacía varios siglos que no subían a los altares jóvenes que ofrecieran el modelo de continuidad con la santidad joven de tiempos antiguos. Y ese ejemplo era necesario. San Gabriel abre la serie. Cuando el fue beatificado en 1908 todavía no se había introducido la causa de Teresita de Lisieux. San Gabriel fue canonizado en 1920 y la santa de Lisieux no era todavía beata. La glorificación del joven santo pasionista provocó un numeroso ejército de émulos. El año 1923 tenía Jugar la beatificación de Teresita; el año 1925 su canonización. Luego ha venido la pléyade de santos jóvenes que es la gloria del presente siglo.

[19]Desde la beatificación en 1908, fue grande el influjo de Gabriel en las Casas de Formación. No había en aquellos años Noviciado, Escolasticado, Seminario, o internado católico donde no se leyera la biografía de San Gabriel. Los hermanos de La Salle lo consideraban como un aventajado ejemplar de la educación impartida en sus colegios. Los jesuitas propagaban su conocimiento como antiguo discípulo del Liceo de Spoleto. San Gabriel se convirtió en el modelo de los jóvenes aspirantes al sacerdocio en la difícil etapa de su formación.

[20] El concepto que de san Gabriel se tenía en la Iglesia preconciliar se transparenta bien en un detalle del año 1962 en que se abrió el Vaticano II. El mismo día en que se celebraba el centenario de la muerte del Santo (27 de febrero) Juan XXIII presidió una sesión de la comisión Central Preparatoria del Concilio. El papa aprovechó la coincidencia para hablar así a los miembros de la Comisión: “En este sencillo acto de nuestra presencia entusiasta en la continuación de la preparación del Concilio, deseamos encontrar nuevos auspicios de fervor al conmemorar hoy el centenario de la muerte de la selecta flor de la Congregación de los Padres Pasionistas, San Gabriel de la Dolorosa que San Pío X y Benedicto XV ofrecieron a la veneración de la Iglesia universal” (Ecclesia, 1962, vol. I, p,299).

[21] Esta falta de conexión se debe al hecho de que el Santo no pudo realzar la refundición definitiva de sus textos

[22] Confieso con S. Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió Cielo, y te fue impuesto por orden divina. Reconozco, con S. Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que S. Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído

               

Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad. Y con vuestro San Buenaventura confieso que no se pude devotamente

pronunciar tu nombe sin utilidad del que lo lo pronuncie. Y creo lo que dijiste a Sta. Brígida, que: Nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu ombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio

[23] Y creo al Señor, que reveló a Sta. Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los Ángeles. Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza

[24] Creo, con S. Alberto Magno,que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después le ofreciste todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José. Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito incluso a la dignidad de Madre de Dios . Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

[25] Creo que fuiste niña, pero de ella sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

[26] Creo que considerabas las riquezas mundanas como vil barro

[27] En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.          Creo con Suárez, Ruperto, S. Bernardino y S. Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma vigilaba.     Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: Yo duermo, pero mi corazón vela

[28] Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que, a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste. Y, como dijiste a la benedictina Sta. Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a Sta. Brígida, que, si mereciste ser destinada a la Maternidad divina, ni pensaste ni supiste serlo por ti

Creo que por tu humildad ocultaste a S. José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Isabel, y siempre elegiste allí el último lugar

Creo, según dijiste a Sta. Brígida, que tenías de tí misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada se te debía, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador

Y confieso con S. Bernardino de Siena,que no existió criatura alguna que se haya humillado más

que tú.. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya

[29] Creo que fuiste ¿mortificadísima.Creo lo que dicen de ti S. Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan sacrificada de ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

[30] Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo Creo [¡oh María!], como revelaste a Sta. Brígida: Que eres Reina del cielo

[31] Creo quetú eres la madre de todos los hombres y que, en Juan, a todos recibiste por hijos según la voluntad de Jesús

 

 

[32] Creo que tú eres la Cooperadora de nuestra justificación: Reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; ayuda para nuestra redención;

[33] Creo que Dios ha dispuesto no dar nada sino es por ti; que: nuestra salva-ción está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que: en vano reza a los Santos aquél a quien tú no ayudes; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin todos ellos; y que si tú callas ayudará, nadie orará; orando tú, todos ayudarán y orarán. Y finalmente, te digo con Sto. Tomás: Toda esperanza de vida; te preocupas por nosotros

 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las misericordias dispensadas a los hombres, todas vienen por tu mediación; y que Nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta .

 Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria

 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que : Nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que: El que te encuentra, encuentra todo bien.

 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los Santos juntos; y confieso con S. Juan Damasceno que: Puedes cierta-mente salvarnos a todos.

 Creo que eres aquella Abogada que no rehusa defender las causas de los pobres miserables. Y con San Germán:Tu defensa es inagotable.

 Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia.

Sostengo con S. Fulgencio que: El cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si tu no los sostuvieses con tus ruegos.

[34] Te contemplo como la Pacificadora entre Dios y los pecadores.

[35] Te diré, con S. Andrés Cretense: Salve divina reconciliación de los hombres (XVIII,4)

[36] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. Por lo que, con S. Antonino, concluiré: Así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos por ellos invocantes, se salvarán y glorificarán

 Creo que: Tu poder en Jerusalén dispone lo que deseas introduciendo a los que quieres.

 Por ti está el cielo abierto, y el infierno vacío, instaurada la Jerusalén celestial, se ha dado la vida a los míseros que esperaban la condenación.

[37] Creo que quieres ayudar al que te invoca; das mucho más de lo que se te pide.

Tú, acudes y socorres a donde se encuentre la miseria. Tú siempre miras a tu alrededor buscando a quien salvar.

[38]Creo, como revelaste a Sta. Brígida: Que eres […] el camino de los pecadores hacia Dios;

 y que nadie hay tan malo que, mientras viva, le falte tu misericordia;y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida:Madre de todos los pecadores que desean enmendarse;

 y que suplicas “Misericordia” para el alma pecadora )

 Creo que tú eres nuestra vida. Digo con S. Bernardino de Siena que: Todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo hayan sido hechas sólo por Dios (sin excluir a Jesús); y te llamaré, con S. Agustín,después de Dios, esperanza única de los pecadores

 Te creo tal como te vio Sta. Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

Tú eres la esperanza de todos; especialmente, de los pecadores: Tu, ciudad de reugio, y en particular de los privados de todo socorro .Tú eres: Protectora de los condenados, esperanza de los desesperados;y tal como entendió Sta. Brígida, que Jesús te decía: sería misericordioso incluso con el demonio, si me lo pidiere con humildad; que no rechazas al pecador aunque apeste, si te suplicara –te diré con S. Bernardo,tu le arrancarás del abismo de la desesperación con mano piadosa

 Te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombre, y espe-cialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a Sta. Ca-talina de Siena. Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a Sta. Brígida.

Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como S.Epifanio, “todaojos”; confirmado por lo que entendió Sta. Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo Madre, pídeme lo que quieras, contestaste: Pido misericordia para los miserables.

Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice S. Buenaventura. Y así como los cuerpos celestes y terrenos son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de tí, de la divina misericordia, según revelaste a Sta. Brígida. Por lo que, con :S. Buenaventura, creo que: Contra Tí, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican. De ahí que coincido con el mismo Santo en que: El que obra en tu obsequio, lejos está de la perdición.

Yo creo con S. Hilario que sucederá que: Por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti jamás perecerá para siempre.

Creo con S. Antonino que: no hay entre todos los Santos quien se compadezca en las enfermedades

como tú, Beatísima Virgen María. Tu, te diré con el Abad de Celles, Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar

Creo, como hiciste saber a Sta. Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los Ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno. Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda.; y que aquél a quien tú quieres, se salvará .

[Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. (XV)

[39] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. . Con S. Buenaventura: Quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación

Creo que:los que obran según tú no pecarán, los que de descubren tendrán la vida eterna.

Y te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a Sta. María Magdalena de Pazzi.

Y concluiré, con el Abad Guerrico: Quien te sirve, está tan seguro del Paraíso como si ya estuviera en él.

Creo, como dijiste a Sta. Brígida, que cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas y que eres la salvación de los que te invocan; y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti.

[40] Por ti recibimos el inestimable don de la Santa Perseverancia.

[41] Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome tú no temeré, conduciéndome tú no cansaré, con tu favor llegaré a ti

[42] Creo que tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a Sta. Brígida: Que tú, como madre, les asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a S. Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte

[43] Creo, como revelaste a Sta. Brígida: que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, aunque todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, en cualquier momento serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con S. Alfonso, que felices y afortunados son tus devotos [es la única vez que se cita expresamente a S. Alfonso en el Símbolo]. Y S. Bernardino asegura que: Especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio. Así como lo que Sta. Brígida enscuchó que decía Jesús: Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio (XXIII)

 

 Creo que tú, próxima a encaminarte al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

 Creo también que , como prometiste al Papa Juan XXII que los inscitos [en la , cofradía del] Carmen,

en el sábado después de su muetre serán liberados del purgatorio.Pero más felices son tus devotos,

porque: Les está reservada la puerta del cielo.

 Tú eres: la garantía de la Jerusalén celestial, Puerta del cielo,Feliz puerta del cielo, Vehículo que conduce al cielo

[44] Creo con S. Anselmo que: Aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el eterno “¡ay de ti!”. Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios sólo concede a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.Por lo que, como S. Bernardo, diré que tu devoción es ciertísimo signo para conseguir la vida eterna;

 y con el Beato Alano: Practicar esta devoción ( saludarla siempre con el Ave), es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.)

[45] La palabra “creo” aparece 53 veces. Es por mucho la fórmula más frecuente. La expresión “confieso” como sinónimo de la precedente, se utiliza 5 veces…El circunloquio ”Os diré”, con igual sentido que las voces anteriores, se repite 5 veces. ”Vos sois”, en sentido asertivo, 4 veces. “Digo”, como afirmación de fe, 3 veces, lo mismo que “Os creo”. “Reconozco, 2 veces. “Concluiré” en el sentido de una conclusión teológica, se cita dos veces. Una sola vez aparecen usadas las expresiones:”Tengo (sostengo),”Tengo seguro (fermo)”,”Estoy persuadido” “Os contemplo (vi ravviso), “Me asegura”;”Creo al Señor que reveló”

[46] Entre los Padres aparecen citados en el Credo: Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Andrés de Creta, Epifanio, Cirilo de Alejandría, Germán de Constantinopla, Fulgencio de Ruspe, Juan Damasceno, Efrén de Nisibe. m

[47] Además de los citados en la nota anterior, están: San Bernardo, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Alfonso de Ligorio.

[48] san Bernardino de Siena, San Antonino de Florencia, San Juan de Dios. B. Alain de la Roche.

[49] Guerrico, Ruperto de Deutz, Bernardino de Bustis, Ricardo de San Lorenzo, Conrado de Sajonia, Juan XXII, Raimundo Jordán, Justino de Miechow, Luis de Blois, Francisco Suárez,

[50] Santa Brígida, Santa Matilde, Santa Gertrudis, Santa Isabel de Schônau, OSB, Santa Catalina de Siena, Santa María Magdalena de`Pazzi.

[51] El segundo caso de un “credo” personal es el que se encuentra entre los escritos del místico lasalliano H. Estanislao José .En un texto titulado “Mi Credo” expresa sus convicciones personales sobre la acción de Dios en su vida, y la presencia de María en la misma. Es un escrito bien articulado de30 puntos. En él ocupa la Virgen un puesto relevante, mas no es un credo de tipo teológico, sino existencial y personal, al estilo de la confianza que en Dios ponían los personajes de AT como Abrahán., y os piadosos salmistas.(Cf. Ginés de María, FSC, Hermano Estanislao José. Un joven heroico desconocido, Madrid, 1983,p. 104-107).)

[52] El autor de la edición crítica excluye toda finalidad de difusión pública del escrito gabrielino (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p. 115

[53] El editor crítico del Credo niega explícitamente que se den contactos literarios entre la Mariología del P. Norberto y el Credo de San Gabriel (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p.106).Pero no se puede excluir unba inspiración común.Sin duda, el santo se violanzado a compoenr su credo, sigyiuendo el ejemplo del Director del Teologado.

[54] El editor crítico del Credo cree que la conservación y publicación del Credo se relacionan implícitamente con el voto de propagar la devoción a al Virgen (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.115)

[55] Cuando fue beatificado en 1908, no había ningún joven de los tiempos modernos elevado a la gloria de los altares. Sólo se recordaban los ejemplos de san Luis, san Estanislao y san Juan Berchmans. Cuando Gabriel fue canonizado en 1920, Teresita de Lisieux no había sido beatificada. El fervor por la santidad joven que se encendió a principios de siglo y caldeó los corazones de los jóvenes en período de formación, tuvo su mejor modelo en san Gabriel de la Dolorosa’

[56] N.CAVATASSI, N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p. 113.

[57] Con motivo del primer centenario de la muerte de san Gabriel (1862‑1962) el Papa Juan XXIII escribió al P. General de los Pasionistas una carta ‑ la Sanctitatis Altrix‑ en que subrayaba el carácter práctico de la piedad mariana del santo:”:”Resplande­ció en san Gabriel un‑a singular devoción a la Virgen Maria, y este amor no fue en él un entusiasmo

probado con las obras.”. (Ecclesia, 1962, vol. I, p. 297)

[58] El Credo de San Gabriel es un Símbolo Mariano. Por ello, su aportación original está en el campo de la Mariología.,

[59] “Hay, pues, dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. […]. Correlativamente a estas dos fuentes deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. […]. De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos“. (F. MARÍN SOLA; La evolución homogénea del Dogma Católico. Edic de E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, pp. 403-404).

[60] “Ni la Inmaculada, ni la perpetua virginidad de María, ni la exención de toda culpa actual hubieran sido propuestas como dogmas, de no haber mediado ese sentido de la fe y la experiencia de los santos […]Los dogmas todos referentes a María tienen por fuente su digna maternidad divina; y los requisitos o postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca razón lógica del sabio” (F. MARÍN SOLA, La evolución homogénea del Dogma Católico. Edición del P. E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, p.-405).

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La posición oficial de la Iglesia sobre los mensajes de Fátima*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 3, 2011

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

EL MENSAJE DE FÁTIMA

PRESENTACIÓN 

En el tránsito del segundo al tercer milenio, Juan Pablo II ha decidido hacer público el texto de la tercera parte del « secreto de Fátima ».

Tras los dramáticos y crueles acontecimientos del siglo XX, uno de los más cruciales en la historia del hombre, culminado con el cruento atentado al « dulce Cristo en la Tierra », se abre así un velo sobre una realidad, que hace historia y la interpreta en profundidad, según una dimensión espiritual a la que la mentalidad actual, frecuentemente impregnada de racionalismo, es refractaria.

Apariciones y signos sobrenaturales salpican la historia, entran en el vivo de los acontecimientos humanos y acompañan el camino del mundo, sorprendiendo a creyentes y no creyentes. Estas manifestaciones, que no pueden contradecir el contenido de la fe, deben confluir hacia el objeto central del anuncio de Cristo: el amor del Padre que suscita en los hombres la conversión y da la gracia para abandonarse a Él con devoción filial. Éste es también el mensaje de Fátima que, con un angustioso llamamiento a la conversión y a la penitencia, impulsa en realidad hacia el corazón del Evangelio.

Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas. La primera y la segunda parte del « secreto » —que se publican por este orden por integridad de la documentación— se refieren sobre todo a la aterradora visión del infierno, la devoción al Corazón Inmaculado de María, la segunda guerra mundial y la previsión de los daños ingentes que Rusia, en su defección de la fe cristiana y en la adhesión al totalitarismo comunista, provocaría a la humanidad.

Nadie en 1917 podía haber imaginado todo esto: los tres pastorinhos de Fátima ven, escuchan, memorizan, y Lucía, la testigo que ha sobrevivido, lo pone por escrito en el momento en que recibe la orden del Obispo de Leiria y el permiso de Nuestra Señora.

Por lo que se refiere la descripción de las dos primeras partes del « secreto », por lo demás ya publicado y por tanto conocido, se ha elegido el texto escrito por Sor Lucía en la tercera memoria del 31 de agosto de 1941; después añade alguna anotación en la cuarta memoria del 8 de diciembre de 1941.

La tercera parte del « secreto » fue escrita « por orden de Su Excelencia el Obispo de Leiria y de la Santísima Madre…. » el 3 de enero de 1944.

Existe un único manuscrito, que se aquí se reproduce en facsímile. El sobre lacrado estuvo guardado primero por el Obispo de Leiria. Para tutelar mejor el « secreto », el 4 de abril de 1957 el sobre fue entregado al Archivo Secreto del Santo Oficio. Sor Lucía fue informada de ello por el Obispo de Leiria.

Según los apuntes del Archivo, el 17 de agosto de 1959, el Comisario del Santo Oficio, Padre Pierre Paul Philippe, O.P., de acuerdo con el Emmo. Card. Alfredo Ottaviani, llevó el sobre que contenía la tercera parte del « secreto de Fátima » a Juan XXIII. Su Santidad, « después de algunos titubeos », dijo: « Esperemos. Rezaré. Le haré saber lo que decida ».1

En realidad, el Papa Juan XXIII decidió devolver el sobre lacrado al Santo Oficio y no revelar la tercera parte del « secreto ».

Pablo VI leyó el contenido con el Sustituto, S. E. Mons. Angelo Dell’Acqua, el 27 de marzo de 1965 y devolvió el sobre al Archivo del Santo Oficio, con la decisión de no publicar el texto.

Juan Pablo II, por su parte, pidió el sobre con la tercera parte del « secreto » después del atentado del 13 de mayo de 1981.S. E. Card.Franjo Seper, Prefecto de la Congregación, entregó el 18 de julio de 1981 a S. E. Mons. Martínez Somalo, Sustituto de la Secretaría de Estado, dos sobres: uno blanco, con el texto original de Sor Lucía en portugués, y otro de color naranja con la traducción del « secreto » en italiano. El 11 de agosto siguiente, Mons. Martínez devolvió los dos sobres al Archivo del Santo Oficio.2

Como es sabido, el Papa Juan Pablo II pensó inmediatamente en la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María y compuso él mismo una oración para lo que definió « Acto de consagración », que se celebraría en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, solemnidad de Pentecostés, día elegido para recordar el 1600° aniversario del primer Concilio Constantinopolitano y el 1550° aniversario del Concilio de Éfeso. Estando ausente el Papa por fuerza mayor, se transmitió su alocución grabada. Citamos el texto que se refiere exactamente al acto de consagración:

« Madre de los hombres y de los pueblos,Tú conoces todos sus sufrimientos y sus esperanzas, Tú sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que sacuden al mundo, acoge nuestro grito dirigido en el Espíritu Santo directamente a tu Corazón y abraza con el amor de la Madre y de la Esclava del Señor a los que más esperan este abrazo, y, al mismo tiempo, a aquellos cuya entrega Tú esperas de modo especial. Toma bajo tu protección materna a toda la familia humana a la que, con todo afecto a ti, Madre, confiamos. Que se acerque para todos el tiempo de la paz y de la libertad, el tiempo de la verdad, de la justicia y de la esperanza ».3

Pero el Santo Padre, para responder más plenamente a las peticiones de « Nuestra Señora », quiso explicitar durante el Año Santo de la Redención el acto de consagración del 7 de junio de 1981, repetido en Fátima el 13 de mayo de 1982. Al recordar el fiat pronunciado por María en el momento de la Anunciación, en la plaza de San Pedro el 25 de marzo de 1984, en unión espiritual con todos los Obispos del mundo, precedentemente « convocados », el Papa consagra a todos los hombres y pueblos al Corazón Inmaculado de María, en un tono que evoca las angustiadas palabras pronunciadas en 1981.

« Y por eso, oh Madre de los hombres y de los pueblos, Tú que conoces todos sus sufrimientos y esperanzas, tú que sientes maternalmente todas las luchas entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas que invaden el mundo contemporáneo, acoge nuestro grito que, movidos por el Espíritu Santo, elevamos directamente a tu corazón: abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor a este mundo humano nuestro, que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos.

De modo especial confiamos y consagramos a aquellos hombres y aquellas naciones, que tienen necesidad particular de esta entrega y de esta consagración.

¡“Nos acogemos a tu protección, Santa Madre de Dios”!

¡No deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades! ».

Acto seguido, el Papa continúa con mayor fuerza y con referencias más concretas, comentando casi el triste cumplimiento del Mensaje de Fátima:

« He aquí que, encontrándonos hoy ante ti, Madre de Cristo, ante tu Corazón Inmaculado, deseamos, junto con toda la Iglesia, unirnos a la consagración que, por amor nuestro, tu Hijo hizo de sí mismo al Padre cuando dijo: “Yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Queremos unirnos a nuestro Redentor en esta consagración por el mundo y por los hombres, la cual, en su Corazón divino tiene el poder de conseguir el perdón y de procurar la reparación.

El poder de esta consagracióndura por siempre, abarca a todos los hombres, pueblos y naciones, y supera todo el mal que el espíritu de las tinieblas es capaz de sembrar en el corazón del hombre y en su historia; y que, de hecho, ha sembrado en nuestro tiempo.

¡Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para nuestro mundo contemporáneo, en unión con Cristo mismo! En efecto, la obra redentora de Cristo debe ser participada por el mundo a través de la Iglesia.

Lo manifiesta el presente Año de la Redención, el Jubileo extraordinario de toda la Iglesia.

En este Año Santo, bendita seas por encima de todas las creaturas, tú, Sierva del Señor, que de la manera más plena obedeciste a la llamada divina.

Te saludamos a ti, que estás totalmente unida a la consagración redentora de tu Hijo.

Madre de la Iglesia: ilumina al Pueblo de Dios en los caminos de la fe, de la esperanza y de la caridad. Ilumina especialmente a los pueblos de los que tú esperas nuestra consagración y nuestro ofrecimiento. Ayúdanos a vivir en la verdad de la consagración de Cristo por toda la familia humana del mundo actual.

Al encomendarte, oh Madre, el mundo, todos los hombres y pueblos, te confiamos también la misma consagración del mundo, poniéndola en tu corazón maternal.

¡Corazón Inmaculado! Ayúdanos a vencer la amenaza del mal, que tan fácilmente se arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre la vida presente y da la impresión de cerrar el camino hacia el futuro.

¡Del hambre y de la guerra, líbranos!

¡De la guerra nuclear, de una autodestrucción incalculable y de todo tipo de guerra, líbranos!

¡De los pecados contra la vida del hombre desde su primer instante, líbranos!

¡Del odio y del envilecimiento de la dignidad de los hijos de Dios, líbranos!

¡De toda clase de injusticias en la vida social, nacional e internacional, líbranos!

¡De la facilidad de pisotear los mandamientos de Dios, líbranos!

¡De la tentativa de ofuscar en los corazones humanos la verdad misma de Dios, líbranos!

¡Del extravío de la conciencia del bien y del mal, líbranos!

¡De los pecados contra el Espíritu Santo, líbranos!, ¡líbranos!

Acoge, oh Madre de Cristo, este grito lleno de sufrimiento de todos los hombres. Lleno del sufrimiento de sociedades enteras.

Ayúdanos con el poder del Espíritu Santo a vencer todo pecado, el pecado del hombre y el « pecado del mundo », el pecado en todas sus manifestaciones.

Aparezca, una vez más, en la historia del mundo el infinito poder salvador de la Redención: poder del Amor misericordioso. Que éste detenga el mal.Que transforme las conciencias.Que en tu Corazón Inmaculado se abra a todos la luz de la Esperanza».4

Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora (« Sim, està feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984 »: « Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido »: carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.

En la documentación que se ofrece, a los manuscritos de Sor Lucía se añaden otros cuatro textos: 1) la carta del Santo Padre a Sor Lucía, del 19 de abril del 2000; 2) una descripción del coloquio tenido con Sor Lucía el 27 de abril del 2000; 3) la comunicación leída por encargo del Santo Padre en Fátima el 13 de mayo actual por el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado; 4) el comentario teológico de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Una indicación para la interpretación de la tercera parte del « secreto » la había ya insinuado Sor Lucía en una carta al Santo Padre del 12 de mayo de 1982. En ella se dice:

« La tercera parte del secreto se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no [Rusia] diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán destruidas” (13-VII-1917).

La tercera parte es una revelación simbólica, que se refiere a esta parte del Mensaje, condicionado al hecho de que aceptemos o no lo que el mismo Mensaje pide: “si aceptaren mis peticiones, la Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, diseminará sus errores por el mundo, etc.”.

Desde el momento en que no hemos tenido en cuenta este llamamiento del Mensaje, constatamos que se ha cumplido, Rusia ha invadido el mundo con sus errores. Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos. Si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc.

Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo. Dios nos advierte con premura y nos llama al buen camino, respetando la libertad que nos ha dado; por eso los hombres son responsables ».5

La decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del « secreto » de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia.

La acción de Dios, Señor de la Historia, y la corresponsabilidad del hombre en su dramática y fecunda libertad, son los dos goznes sobre los que se construye la historia de la humanidad.

La Virgen que se apareció en Fátima nos llama la atención sobre estos dos valores olvidados, sobre este porvenir del hombre en Dios, del que somos parte activa y responsable.

 

Tarcisio Bertone, SDB
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario de la Congregación
para la Doctrina de la Fe

EL « SECRETO » DE FATIMA

PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL « SECRETO »

EN LA REDACCIÓN HECHA POR SOR LUCÍA
EN LA « TERCERA MEMORIA » DEL 31 DE AGOSTO DE 1941
DESTINADA AL OBISPO DE LEIRIA-FÁTIMA

(texto original)

 

 

(Traducción) 6

Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.

¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.

Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos.

La primera fue, pues, la visión del infierno.

Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.

Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.7

 

TERCERA PARTE DEL « SECRETO »

(texto original)

 

 



(Traducción)8

« J.M.J.

Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.

Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

Tuy-3-1-1944 ».

INTERPRETACIÓN DEL « SECRETO »

 

CARTA DE JUAN PABLO II

A SOR LUCÍA

(texto original)

 

 

(Traducción)

 Reverenda Sor
María Lucía
Convento de Coimbra

En el júbilo de las fiestas pascuales, le presento el augurio de Cristo Resucitado a sus discípulos: « ¡la paz esté contigo! »

Tendré el gusto de poder encontrarme con Usted en el tan esperado día de la beatificación de Francisco y Jacinta que, si Dios quiere, beatificaré el próximo 13 de mayo.

Sin embargo, teniendo en cuenta que ese día no habrá tiempo para un coloquio, sino sólo para un breve saludo, he encargado ex profeso a Su Excelencia Monseñor Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que vaya a hablar con Usted. Se trata de la Congregación que colabora más estrechamente con el Papa para la defensa de la fe católica y que ha conservado desde 1957, como Usted sabe, su carta manuscrita que contiene la tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria, Fátima.

Monseñor Bertone, acompañado del Obispo de Leiria, su Excelencia Monseñor Serafim de Sousa Ferreira e Silva, va en mi nombre para hacerle algunas preguntas sobre la interpretación de la « tercera parte del secreto ».

Reverenda Sor Lucía, puede hablar abierta y sinceramente a Monseñor Bertone, que me referirá sus respuestas directamente a mí.

Ruego ardientemente a la Madre del Resucitado por Usted, por la Comunidad de Coimbra y por toda la Iglesia.

María, Madre de la humanidad peregrina, nos mantenga siempre estrechamente unidos a Jesús, su amado Hijo y Hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

Con una especial Bendición Apostólica.

JUAN PABLO II

Vaticano, 19 de abril de 2000.

 

 

COLOQUIO
CON SOR MARÍA LUCÍA DE JESÚS
Y DEL INMACULADO CORAZÓN

 

La cita de Sor Lucía con Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, encargado por el Santo Padre, y de Su Excia. Mons. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, Obispo de Leiria-Fátima, tuvo lugar el pasado jueves 27 de abril en el Carmelo de Santa Teresa de Coimbra.

Sor Lucía estaba lúcida y serena; estaba muy contenta del viaje del Papa a Fátima para la beatificación, que ella tanto esperaba, de Francisco y Jacinta.

El Obispo de Leiria-Fátima leyó la carta autógrafa del Santo Padre que explicaba los motivos de la visita. Sor Lucía se sintió honrada y la releyó personalmente, teniéndola en sus propias manos. Dijo estar dispuesta a responder francamente a todas las preguntas.

Llegados a este punto, Su Excia. Mons. Tarcisio Bertone le presentó dos sobres, uno externo y otro dentro con la carta que contenía la tercera parte del « secreto » de Fátima, y ella dijo inmediatamente, tocándola con los dedos: « es mi carta »; y después, leyéndola: « es mi letra ».

Con la ayuda del Obispo de Leiria-Fátima, se leyó e interpretó el texto original, que está en portugués. Sor Lucía estuvo de acuerdo en la interpretación según la cual la tercera parte del secreto consiste en una visión profética comparable a las de la historia sagrada. Reiteró su convicción de que la visión de Fátima se refiere sobre todo a la lucha del comunismo ateo contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de las víctimas de la fe en el siglo XX.

A la pregunta: « El personaje principal de la visión, ¿es el Papa? », Sor Lucía respondió de inmediato que sí y recuerda que los tres pastorcitos estaban muy apenados por el sufrimiento del Papa y Jacinta repetía: « Coitandinho do Santo Padre, tenho muita pena dos peccadores! » (« ¡Pobrecito el Santo Padre, me da mucha pena de los pecadores! »). Sor Lucía continúa: « Nosotros no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos ha dicho el nombre del Papa, no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era el Papa que sufría y nos hacía sufrir también a nosotros ».

Por lo que se refiere al pasaje sobre el obispo vestido de blanco, esto es, el Santo Padre —como se dieron cuenta inmediatamente los pastorcitos durante la “visión”—, que es herido de muerte y cae por tierra, Sor Lucía está completamente de acuerdo con la afirmación del Papa: « una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, 13 de mayo de 1994).

Puesto que Sor Lucía, antes de entregar al entonces Obispo de Leiria-Fátima el sobre lacrado que contenía la tercera parte del « secreto », había escrito en el sobre exterior que sólo podía ser abierto después de 1960, por el Patriarca de Lisboa o por el Obispo de Leiria, Su Excia. Mons. Bertone le preguntó: « ¿por qué la fecha tope de 1960? ¿Ha sido la Virgen quien ha indicado esa fecha? Sor Lucía respondió: « no ha sido la Señora, sino yo la que ha puesto la fecha de 1960, porque según mi intuición, antes de 1960 no se hubiera entendido, se habría comprendido sólo después. Ahora se puede entender mejor. Yo he escrito lo que he visto, no me corresponde a mí la interpretación, sino al Papa ».

Finalmente, se mencionó el manuscrito no publicado que Sor Lucía ha preparado como respuesta a tantas cartas de devotos de la Virgen y de peregrinos. La obra lleva el título « Os apelos da Mensagen da Fatima » y recoge pensamientos y reflexiones que expresan sus sentimientos y su límpida y simple espiritualidad, en clave catequética y parenética. Se le preguntó si le gustaría que la publicaran, y ha respondido: « Si el Santo Padre está de acuerdo, me encantaría, si no, obedezco a lo que decida el Santo Padre ». Sor Lucía desea someter el texto a la aprobación de la Autoridad eclesiástica, y tiene la esperanza de poder contribuir con su escrito a guiar a los hombres y mujeres de buena voluntad por el camino que conduce a Dios, última meta de toda esperanza humana.

El coloquio se concluyó con un intercambio de rosarios: a Sor Lucía se le dio el que le había regalado el Santo Padre y ella, a su vez, entrega algunos rosarios confeccionados por ella personalmente.

La bendición impartida en nombre del Santo Padre concluyó el encuentro.

 

COMUNICADO DE SU EMINENCIA EL CARD. ANGELO SODANO
SECRETARIO DE ESTADO DE SU SANTIDAD

 

Al final de la solemne Concelebración Eucarística presidida por Juan Pablo II en Fátima, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, ha pronunciado en portugués las palabras que aquí reproducimos en traducción española.

 

Hermanos y hermanas en el Señor:

Al concluir esta solemne celebración, siento el deber de presentar a nuestro amado Santo Padre Juan Pablo II la felicitación más cordial, en nombre de todos los presentes, por su próximo 80° cumpleaños, agradeciéndole su valioso ministerio pastoral en favor de toda la Santa Iglesia de Dios.

En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima.

Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico.

La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX.

Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada recientemente por Sor Lucia, el « Obispo vestido de blanco » que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego.

Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido « una mano materna quien guió la trayectoria de la bala », permitiendo al « Papa agonizante » que se detuviera « en el umbral de la muerte » (Juan Pablo II, Meditación desde el Policlínico Gemelli a los Obispos italianos, en: Insegnamenti, vol. XVII1, 1994, p. 1061). Con ocasión de una visita a Roma del entonces Obispo de Leiria-Fátima, el Papa decidió entregarle la bala, que quedó en el jeep después del atentado, para que se custodiase en el Santuario. Por iniciativa del Obispo, la misma fue después engarzada en la corona de la imagen de la Virgen de Fátima.

Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. También por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad. « La Señora del mensaje parecía leer con una perspicacia especial los signos de los tiempos, los signos de nuestro tiempo … La invitación insistente de María santísima a la penitencia es la manifestación de su solicitud materna por el destino de la familia humana, necesitada de conversión y perdón » (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 1997, n. 1, en: Insegnamenti, vol. XIX2, 1996, p. 561).

Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del « secreto », después de haber preparado un oportuno comentario.

Hermanos y hermanas, agradecemos a la Virgen de Fátima su protección. A su materna intercesión confiamos la Iglesia del Tercer Milenio.

Sub tuum praesidium confugimus, Santa Dei Genetrix! Intercede pro Ecclesia. Intercede pro Papa nostro Ioanne Paulo II. Amen.

Fátima, 13 de mayo de 2000.

 

COMENTARIO TEOLÓGICO

 

Quien lee con atención el texto del llamado tercer “secreto” de Fátima, que tras largo tiempo, por voluntad del Santo Padre, viene publicado aquí en su integridad, tal vez quedará desilusionado o asombrado después de todas las especulaciones que se han hecho. No se revela ningún gran misterio; no se ha corrido el velo del futuro. Vemos a la Iglesia de los mártires del siglo apenas transcurrido representada mediante una escena descrita con un lenguaje simbólico difícil de descifrar. ¿Es esto lo que quería comunicar la Madre del Señor a la cristiandad, a la humanidad en un tiempo de grandes problemas y angustias? ¿Nos es de ayuda al inicio del nuevo milenio? O más bien ¿son solamente proyecciones del mundo interior de unos niños crecidos en un ambiente de profunda piedad, pero que a la vez estaban turbados por las tragedias que amenazaban su tiempo? ¿Cómo debemos entender la visión, qué hay que pensar de la misma?

Revelación pública y revelaciones privadas — su lugar teológico

Antes de iniciar un intento de interpretación, cuyas líneas esenciales se pueden encontrar en la comunicación que el Cardenal Sodano pronunció el 13 de mayo de este año al final de la celebración eucarística presidida por el Santo Padre en Fátima, es necesario hacer algunas aclaraciones de fondo sobre el modo en que, según la doctrina de la Iglesia, deben ser comprendidos dentro de la vida de fe fenómenos como el de Fátima. La doctrina de la Iglesia distingue entre la « revelación pública » y las « revelaciones privadas ». Entre estas dos realidades hay una diferencia, no sólo de grado, sino de esencia. El término « revelación pública » designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama « revelación » porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. No se trata, pues, de comunicaciones intelectuales, sino de un proceso vital, en el cual Dios se acerca al hombre; naturalmente en este proceso se manifiestan también contenidos que tienen que ver con la inteligencia y con la comprensión del misterio de Dios. El proceso atañe al hombre total y, por tanto, también a la razón, aunque no sólo a ella. Puesto que Dios es uno solo, también es única la historia que él comparte con la humanidad; vale para todos los tiempos y encuentra su cumplimiento con la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado así mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento. El Catecismo de la Iglesia Católica, para explicar este carácter definitivo y completo de la revelación, cita un texto de San Juan de la Cruz: « Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra…; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer cosa otra alguna o novedad » (n. 65, Subida al Monte Carmelo, 2, 22).

El hecho de que la única revelación de Dios dirigida a todos los pueblos se haya concluido con Cristo y en el testimonio sobre Él recogido en los libros del Nuevo Testamento, vincula a la Iglesia con el acontecimiento único de la historia sagrada y de la palabra de la Biblia, que garantiza e interpreta este acontecimiento, pero no significa que la Iglesia ahora sólo pueda mirar al pasado y esté así condenada a una estéril repetición. El Catecismo de la Iglesia Católica dice a este respecto: « Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos » (n. 66). Estos dos aspectos, el vínculo con el carácter único del acontecimiento y el progreso en su comprensión, están muy bien ilustrados en los discursos de despedida del Señor, cuando antes de partir les dice a los discípulos: « Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta… Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros » (Jn 16, 12-14). Por una parte el Espíritu, que hace de guía y abre así las puertas a un conocimiento, del cual antes faltaba el presupuesto que permitiera acogerlo; es ésta la amplitud y la profundidad nunca alcanzada de la fe cristiana. Por otra parte, este guiar es un « tomar » del tesoro de Jesucristo mismo, cuya profundidad inagotable se manifiesta en esta conducción por parte del Espíritu. A este respecto el Catecismo cita una palabra densa del Papa Gregorio Magno: « la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura » (Catecismo de la Iglesia Católica, 94; Gregorio, In Ez 1, 7, 8). El Concilio Vaticano II señala tres maneras esenciales en que se realiza la guía del Espíritu Santo en la Iglesia y, en consecuencia, el « crecimiento de la Palabra »: éste se lleva a cabo a través de la meditación y del estudio por parte de los fieles, por medio del conocimiento profundo, que deriva de la experiencia espiritual y por medio de la predicación de « los obispos, sucesores de los Apóstoles en el carisma de la verdad » (Dei Verbum, 8).

En este contexto es posible entender correctamente el concepto de « revelación privada », que se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima. Escuchemos aún a este respecto antes de nada el Catecismo de la Iglesia Católica: « A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia… Su función no es la de… “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia » (n. 67). Se deben aclarar dos cosas:

1. La autoridad de las revelaciones privadas es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe; en efecto, en ella, a través de palabras humanas y de la mediación de la comunidad viviente de la Iglesia, Dios mismo nos habla. La fe en Dios y en su Palabra se distingue de cualquier otra fe, confianza u opinión humana. La certeza de que Dios habla me da la seguridad de que encuentro la verdad misma y, de ese modo, una certeza que no puede darse en ninguna otra forma humana de conocimiento. Es la certeza sobre la cual edifico mi vida y a la cual me confío al morir.

2. La revelación privada es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública. El Cardenal Próspero Lambertini, futuro Papa Benedicto XIV, dice al respecto en su clásico tratado, que después llegó a ser normativo para las beatificaciones y canonizaciones: « No se debe un asentimiento de fe católica a revelaciones aprobadas en tal modo; no es ni tan siquiera posible. Estas revelaciones exigen más bien un asentimiento de fe humana, según las reglas de la prudencia, que nos las presenta como probables y piadosamente creíbles ». El teólogo flamenco E. Dhanis, eminente conocedor de esta materia, afirma sintéticamente que la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo publico, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión (E. Dhanis, Sguardo su Fatima e bilancio di una discussione, en: La Civiltà Cattolica 104, 1953, II. 392-406, en particular 397). Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por eso no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.

El criterio de verdad y de valor de una revelación privada es, pues, su orientación a Cristo mismo. Cuando ella nos aleja de Él, cuando se hace autónoma o, más aún, cuando se hace pasar como otro y mejor designio de salvación, más importante que el Evangelio, entonces no viene ciertamente del Espíritu Santo, que nos guía hacia el interior del Evangelio y no fuera del mismo. Esto no excluye que dicha revelación privada acentúe nuevos aspectos, suscite nuevas formas de piedad o profundice y extienda las antiguas. Pero, en cualquier caso, en todo esto debe tratarse de un apoyo para la fe, la esperanza y la caridad, que son el camino permanente de salvación para todos. Podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Domini y del Sagrado Corazón de Jesús. Desde un cierto punto de vista, en la relación entre liturgia y piedad popular se refleja la relación entre Revelación y revelaciones privadas: la liturgia es el criterio, la forma vital de la Iglesia en su conjunto, alimentada directamente por el Evangelio. La religiosidad popular significa que la fe está arraigada en el corazón de todos los pueblos, de modo que se introduce en la esfera de lo cotidiano. La religiosidad popular es la primera y fundamental forma de « inculturación » de la fe, que debe dejarse orientar y guiar continuamente por las indicaciones de la liturgia, pero que a su vez fecunda la fe a partir del corazón.

Hemos pasado así de las precisiones más bien negativas, que eran necesarias antes de nada, a la determinación positiva de las revelaciones privadas: ¿cómo se pueden clasificar de modo correcto a partir de la Sagrada Escritura? ¿Cuál es su categoría teológica? La carta más antigua de San Pablo que nos ha sido conservada, tal vez el escrito más antiguo del Nuevo Testamento, la Primera Carta a los Tesalonicenses, me parece que ofrece una indicación. El Apóstol dice en ella: « No apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinad cada cosa y quedaos con lo que es bueno » (5, 19-21). En todas las épocas se le ha dado a la Iglesia el carisma de la profecía, que debe ser examinado, pero que tampoco puede ser despreciado. A este respecto, es necesario tener presente que la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro. El que predice el futuro se encuentra con la curiosidad de la razón, que desea apartar el velo del porvenir; el profeta ayuda a la ceguera de la voluntad y del pensamiento y aclara la voluntad de Dios como exigencia e indicación para el presente. La importancia de la predicción del futuro en este caso es secundaria. Lo esencial es la actualización de la única revelación, que me afecta profundamente: la palabra profética es advertencia o también consuelo o las dos cosas a la vez. En este sentido, se puede relacionar el carisma de la profecía con la categoría de los « signos de los tiempos », que ha sido subrayada por el Vaticano II: « …sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? » (Lc 12, 56). En esta parábola de Jesús por « signos de los tiempos » debe entenderse su propio camino, el mismo Jesús. Interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe significa reconocer la presencia de Cristo en todos los tiempos. En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia —y por tanto también en Fátima— se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos.

La estructura antropológica de las revelaciones privadas

Una vez que con las precedentes reflexiones hemos tratado de determinar el lugar teológico de las revelaciones privadas, antes de ocuparnos de una interpretación del mensaje de Fátima, debemos aún intentar aclarar brevemente un poco su carácter antropológico (psicológico). La antropología teológica distingue en este ámbito tres formas de percepción o « visión »: la visión con los sentidos, es decir la percepción externa corpórea, la percepción interior y la visión espiritual (visio sensibilis – imaginativa – intellectualis). Está claro que en las visiones de Lourdes, Fátima, etc. no se trata de la normal percepción externa de los sentidos: las imágenes y las figuras, que se ven, no se hallan exteriormente en el espacio, como se encuentran un árbol o una casa. Esto es absolutamente evidente, por ejemplo, por lo que se refiere a la visión del infierno (descrita en la primera parte del « secreto » de Fátima) o también la visión descrita en la tercera parte del « secreto », pero puede demostrarse con mucha facilidad también en las otras visiones, sobre todo porque no todos los presentes las veían, sino de hecho sólo los « videntes ». Del mismo modo es obvio que no se trata de una « visión » intelectual, sin imágenes, como se da en otros grados de la mística. Aquí se trata de la categoría intermedia, la percepción interior, que ciertamente tiene en el vidente la fuerza de una presencia que, para él, equivale a la manifestación externa sensible.

Ver interiormente no significa que se trate de fantasía, como si fuera sólo una expresión de la imaginación subjetiva. Más bien significa que el alma viene acariciada por algo real, aunque suprasensible, y es capaz de ver lo no sensible, lo no visible por los sentidos, una especie de visión con los « sentidos internos ». Se trata de verdaderos « objetos », que tocan el alma, aunque no pertenezcan a nuestro habitual mundo sensible. Para esto se exige una vigilancia interior del corazón que generalmente no se tiene a causa de la fuerte presión de las realidades externas y de las imágenes y pensamientos que llenan el alma. La persona es transportada más allá de la pura exterioridad y otras dimensiones más profundas de la realidad la tocan, se le hacen visibles. Tal vez por eso se puede comprender por qué los niños son los destinatarios preferidos de tales apariciones: el alma está aún poco alterada y su capacidad interior de percepción está aún poco deteriorada. « De la boca de los niños y de los lactantes has recibido la alabanza », responde Jesús con una frase del Salmo 8 (v.3) a la crítica de los Sumos Sacerdotes y de los ancianos, que encuentran inoportuno el grito de « hosanna » de los niños (Mt 21, 16).

La « visión interior » no es una fantasía, sino una propia y verdadera manera de verificar, como hemos dicho. Pero conlleva también limitaciones. Ya en la visión exterior está siempre involucrado el factor subjetivo; no vemos el objeto puro, sino que llega a nosotros a través del filtro de nuestros sentidos, que deben llevar a cabo un proceso de traducción. Esto es aún más evidente en la visión interior, sobre todo cuando se trata de realidades que sobrepasan en sí mismas nuestro horizonte. El sujeto, el vidente, está involucrado de un modo aún más íntimo. Él ve con sus concretas posibilidades, con las modalidades de representación y de conocimiento que le son accesibles. En la visión interior se trata, de manera más amplia que en la exterior, de un proceso de traducción, de modo que el sujeto es esencialmente copartícipe en la formación como imagen de lo que aparece. La imagen puede llegar solamente según sus medidas y sus posibilidades. Tales visiones nunca son simples « fotografías » del más allá, sino que llevan en sí también las posibilidades y los límites del sujeto perceptor.

Esto se puede comprender en todas las grandes visiones de los santos; naturalmente, vale también para las visiones de los niños de Fátima. Las imágenes que ellos describen no son en absoluto simples expresiones de su fantasía, sino fruto de una real percepción de origen superior e interior, pero no son imaginaciones como si por un momento se quitara el velo del más allá y el cielo apareciese en su esencia pura, tal como nosotros esperamos verlo un día en la definitiva unión con Dios. Más bien las imágenes son, por decirlo así, una síntesis del impulso proveniente de lo Alto y de las posibilidades de que dispone para ello el sujeto que percibe, esto es, los niños. Por este motivo, el lenguaje imaginativo de estas visiones es un lenguaje simbólico. El Cardenal Sodano dice al respecto: « … no se describen en sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetizan y condensan sobre un mismo fondo, hechos que se extienden en el tiempo según una sucesión y con una duración no precisadas ». Esta concentración de tiempos y espacios en una única imagen es típica de tales visiones que, por lo demás, pueden ser descifradas sólo a posteriori. A este respecto, no todo elemento visivo debe tener un concreto sentido histórico. Lo que cuenta es la visión como conjunto, y a partir del conjunto de imágenes deben ser comprendidos los aspectos particulares. Lo que es central en una imagen se desvela en último término a partir del centro de la « profecía » cristiana en absoluto: el centro está allí donde la visión se convierte en llamada y guía hacia la voluntad de Dios.

Un intento de interpretación del secreto de Fátima

La primera y segunda parte del secreto de Fátima han sido ya discutidas tan ampliamente por la literatura especializada que ya no hay que ilustrarlas más. Quisiera sólo llamar la atención brevemente sobre el punto más significativo. Los niños han experimentado durante un instante terrible una visión del infierno. Han visto la caída de las « almas de los pobres pecadores ». Y se les dice por qué se les ha hecho pasar por ese momento: para « salvarlas », para mostrar un camino de salvación. Viene así a la mente la frase de la Primera Carta de Pedro: « meta de vuestra fe es la salvación de las almas » (1,9). Para este objetivo se indica como camino -de un modo sorprendente para personas provenientes del ámbito cultural anglosajón y alemán- la devoción al Corazón Inmaculado de María. Para entender esto puede ser suficiente aquí una breve indicación. « Corazón » significa en el lenguaje de la Biblia el centro de la existencia humana, la confluencia de razón, voluntad, temperamento y sensibilidad, en la cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior. El «corazón inmaculado » es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, « ve a Dios ». La « devoción » al Corazón Inmaculado de María es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el « fiat » —hágase tu voluntad— se convierte en el centro animador de toda la existencia. Si alguno objetara que no debemos interponer un ser humano entre nosotros y Cristo, se le debería recordar que Pablo no tiene reparo en decir a sus comunidades: imitadme (1 Co 4, 16; Flp 3,17; 1 Ts 1,6; 2 Ts 3,7.9). En el Apóstol pueden constatar concretamente lo que significa seguir a Cristo. ¿De quién podremos nosotros aprender mejor en cualquier tiempo si no de la Madre del Señor?

Llegamos así, finalmente, a la tercera parte del « secreto » de Fátima publicado íntegramente aquí por primera vez. Como se desprende de la documentación precedente, la interpretación que el Cardenal Sodano ha dado en su texto del 13 de mayo, había sido presentada anteriormente a Sor Lucia en persona. A este respecto, Sor Lucia ha observado en primer lugar que a ella misma se le dio la visión, no su interpretación. La interpretación, decía, no es competencia del vidente, sino de la Iglesia. Ella, sin embargo, después de la lectura del texto, ha dicho que esta interpretación correspondía a lo que ella había experimentado y que, por su parte, reconocía dicha interpretación como correcta. En lo que sigue, pues, se podrá sólo intentar dar un fundamento más profundo a dicha interpretación a partir de los criterios hasta ahora desarrollados.

Como palabra clave de la primera y de la segunda parte del « secreto » hemos descubierto la de « salvar las almas », así como la palabra clave de este « secreto » es el triple grito: « ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! ». Viene a la mente el comienzo del Evangelio: « paenitemini et credite evangelio » (Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto.

Examinemos ahora más de cerca cada imagen. El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego. La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De ese modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron, no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. Toda la visión tiene lugar en realidad sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva. El sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del « secreto » que, por ejemplo, dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento del plan divino guiado por la Providencia y que, por tanto, no habría actuado libremente, así como otras ideas semejantes que circulan. La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos.

Las siguientes frases del texto muestran una vez más muy claramente el carácter simbólico de la visión: Dios permanece el inconmensurable y la luz que supera todas nuestras visiones. Las personas humanas aparecen como en un espejo. Debemos tener siempre presente esta limitación interna de la visión, cuyos confines están aquí indicados visivamente. El futuro se muestra sólo « como en un espejo de manera confusa » (cf. 1 Co 13,12). Tomemos ahora en consideración cada una de las imágenes que siguen en el texto del « secreto ». El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una grande ciudad medio en ruinas y, finalmente, una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma.

Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco (« hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre »), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertos. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis, como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. Se puede ver representada en esta imagen la historia de todo un siglo. Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son presentados de forma compacta. En la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el « espejo » de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios. A este respecto, parece oportuno mencionar una frase de la carta que Sor Lucia escribió al Santo Padre el 12 de mayo de 1982: « la tercera parte del “secreto” se refiere a las palabras de Nuestra Señora: “Si no (Rusia) diseminará sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, varias naciones serán destruidas” ».

En el viacrucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papas, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellas por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del « secreto », reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: « …fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte » (13 de mayo de 1994). Que una « mano materna » haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

La conclusión del « secreto » recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella. Ellos completan en favor del Cuerpo de Cristo lo que aún falta a sus sufrimientos (cf. Col 1,24). Su vida se ha convertido en Eucaristía, inserta en el misterio del grano de trigo que muere y se hace fecundo. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, ha dicho Tertuliano. Así como de la muerte de Cristo, de su costado abierto, ha nacido la Iglesia, así la muerte de los testigos es fecunda para la vida futura de la Iglesia. La visión de la tercera parte del « secreto », tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con un imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente, una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre. En las manos amorosas de Dios no han sido acogidos únicamente los que sufren como Lázaro, que encontró el gran consuelo y representa misteriosamente a Cristo que quiso ser para nosotros el pobre Lázaro; hay algo más, del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica.

Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el « secreto » de Fátima? ¿Qué nos dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: « …los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del « secreto » de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado ». En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen al pasado. Quien había esperado en impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del « secreto »: la exhortación a la oración como camino para la « salvación de las almas » y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión.

Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del « secreto », que con razón se ha hecho famosa: « mi Corazón Inmaculado triunfará ». ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este « sí » Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: « padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo » (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa.

 

Joseph Card. Ratzinger

Prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe


 NOTAS

(1) Del diario de Juan XXIII, 17 agosto 1959: « Audiencias: P. Philippe, Comisario del S.O. que me trae la carta que contiene la tercera parte de los secretos de Fátima. Me reservo leerla con mi Confesor ».

(2) Se puede recordar el comentario que hizo el Santo Padre en la Audiencia General del 14 de octubre de 1981 sobre « evento del 13 de mayo »: « la gran prueba divina », en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 2, Città del Vaticano 1981, 409-412.

(3) Radiomensaje durante el Rito en la Basílica de Santa María la Mayor. Veneración, acción de gracias, consagración a la Virgen María Theotokos, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IV, 1, Città del Vaticano 1981, 1246.

(4) En la Jornada Jubilar de las Familias, el Papa consagra a los hombres y las naciones a la Virgen, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, VII, 1, Città del Vaticano 1984, 775-777.

(5) (aquí hay un manuscrito)

(6) En la « cuarta memoria », del 8 de diciembre de 1941, Sor Lucía escribe: « Comienzo, pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V. E. Rvma. y los deseos del sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada. Supongo que se me podrán quedar en el tintero sólo unos pocos detalles de mínima importancia ».

(7) En la citada « cuarta memoria », Sor Lucía añade: « En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc… ».

(8) En la traducción se ha respetado el texto original incluso en las imprecisiones de puntuación que, por otra parte, no impiden la comprensión de lo que la vidente ha querido decir.

 

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Ciclo A, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Una señal

 

Aunque a todos nos gusta recibir buenas noticias, no siempre nos las dan. Los medios de comunicación, que viven tras la noticia de mayor impacto, más bien nos alarman constantemente con malas noticias: muertes, asesinatos, secuestros, masacres, etc. Y hay incluso algunos que ya no se asombran al enterarse de esas atrocidades…

Evangelio significa Buena Nueva, es decir, Buena Noticia. Y realmente fue la mejor noticia que recibió la especie humana. Como cuenta Isaías, fue una señal que estremeció a las profundidades del lugar oscuro y a las alturas del Cielo: la joven Virgen está embarazada por obra del Espíritu Santo y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.

Dios, dejando la gloria que le pertenece, desciende para estar con nosotros, se hace hombre como nosotros, para compartir nuestra vida, nuestras ansias, nuestro dolor, nuestras alegrías…; todo, menos el pecado. Así nos dimos cuenta de que nos comprende más que nadie.

Además, no deja que seamos castigados: paga por nosotros el pecado original.

Pero hay más: Jesús nos da las enseñanzas necesarias para que alcancemos el Cielo, lugar de eterna dicha y consuelo, de paz y descanso. Nos lo había prometido: en la casa de mi Padre hay muchas moradas…

Y nos promete su compañía por los siglos de los siglos: está en los sagrarios, realmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, a la espera de nuestras quejas, de nuestras peticiones, de nuestro amor… Y nos da al Espíritu Santo, para que podamos decirle a Dios Padre: «Papá» y para que nos ayude en la lucha diaria por conseguir la felicidad. Esta Buena Nueva anunciada de antemano por sus profetas en las Santas Escrituras se refiere a su Hijo que al resucitar de entre los muertos nos abrió el camino al Cielo.

Por eso hacemos la novena de aguinaldos, por eso celebramos junto a los seres queridos, por eso estamos felices.

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¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2010

 

S.S. Juan Pablo II, 21 de agosto de 1997

1.  El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.

Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente,  [el desposorio] introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa. En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.

2.  Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encamación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.

El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación. El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.

José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encamación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. exhortación apostólica Redemptoris custos, 7).

La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevaba a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.

  

 

 

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Por qué tanto interés en la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 19, 2009

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace entre cien y doscientos mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

Extractado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué tantas apariciones de la Virgen?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2009

 

Todo comenzó, por decirlo así, hace millones de millones de años… Más bien sucedió en eso que llamamos eternidad: es un estado en el que no hay tiempo, la perpetuidad sin principio, la sucesión sin fin; porque allí no se está limitado por el tiempo. Tampoco estaban limitados por el espacio: ni existía el allá ni el acá…

En esa eternidad se hallaba un padre que tenía un hijo único: vivían rodeados de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y este la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión. Estos seres espirituales eran perfectos, y tanto se amaban, tanta era la perfección de su amor, que en la eternidad sucedió algo maravilloso: ese amor se personificó en una tercera persona. Pero la unión de estas tres personas era tan perfecta que hacían un solo ser: Dios; tan grande, tan maravilloso, que es indefinible, inefable, en una palabra: perfecto.

Con el poder creador que poseían decidieron hacer nacer a otros seres, espirituales como ellos, a quienes llamaron ángeles: millones y millones de ángeles que, agradecidos por el don la vida que se les había dado, se pusieron de inmediato a alabar y a adorar sin descanso a esas tres personas maravillosas. Todos tenían nombre propio, de acuerdo con sus cualidades; se llamaban unos a otros con alegría y con amor, virtud heredada de su Creador.

Uno de ellos, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Pero otro ángel, Miguel, que amaba entrañablemente a las tres Personas divinas con un amor inmenso, gritó:

–¡Quién como Dios!

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Para ese entonces, Dios ya había creado al universo, la tierra ya se había condensado y ya existían las plantas y los animales, vivificados por las almas que Dios les había otorgado: almas vegetativas para las plantas y almas sensibles para los animales de todas las especies.

Además, ya existía la obra maestra de la creación visible: el hombre, a quien Dios le infundió un alma espiritual, sustancia inmortal, capaz de entender, querer y sentir. Hecho a la imagen y semejanza de Dios, el ser humano es tan bello ejemplar, que la Santísima Trinidad lo amaba con infinito amor: tanto al hombre como a la mujer.

Sin embargo, los ángeles, superiores en naturaleza, no tenían nada qué envidiarles. Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios. Padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Sabía que Dios creó al hombre por amor, y que lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; y sabía también que para esto el hombre había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador. Por eso se “encarnó” en la serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Dios había hecho y dijo a la mujer:

–¿Es cierto que Dios les ha dicho: «No coman de ninguno de los árboles del jardín»?

La mujer respondió a la serpiente:

–Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, pero no de ese árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo prueben siquiera, porque si lo hacen morirán».

La serpiente dijo a la mujer:

–No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.

Sabía el demonio que esa tentación de ser como dioses, la misma en la que él cayó, sería una trampa mortal.

A la mujer le gustó ese árbol que atraía la vista y que era tan excelente para alcanzar el conocimiento. Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido que andaba con ella, quien también lo comió.

Así fue como el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso y justo, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

La narración del Apocalipsis (capítulo 12) continúa:

Apareció en el cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Es la Virgen María, que está embarazada.

El dragón —Luzbel— se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, Jesús, que ha de salvar a todas las naciones; pero Jesús resucitó y fue llevado ante Dios y su trono.

Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la Mujer que había dado a luz al varón. Pero la Mujer huyó al desierto. El desierto, que significa silencio, ocultamiento, es el corazón y el alma de todos aquellos que acogen a María.

Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara. Estas aguas son las doctrinas que tratan de oscurecer la figura de María, Madre de la Iglesia, negando sus privilegios, redimensionando la devoción a ella y ridiculizando a todos sus devotos. Basta recordar el rechazo constante a sus apariciones o a las mociones interiores recibidas por algunos, aun en aras de la defensa de la doctrina de la Iglesia (la Iglesia ya aceptó y confirmó varias de sus apariciones, como las acaecidas en Lourdes y en Fátima).

Entonces el dragón se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús y que, además, acogen a María.

Ahora sí se puede ver el mundo como es en realidad: dos ejércitos: uno, al mando del dragón que pretende ganar a los hombres para el infierno; y otro, capitaneado por la Virgen–Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

Las estrategias del demonio son las tentaciones; quien cede a ellas cae en la trampa y se gana el infierno.

Las de la Virgen son: la humildad (saber que somos criaturas), la pureza (ser insensibles a todo lo que no sea amor), la pobreza (tener los bienes como medios, no como fines).

Si se cree en Dios y en su Iglesia, si se obedecen sus mandamientos de amor y si se ama a Dios y a los demás hombres, se llegará al cielo.

Por eso, la vida de los hombres no es otra cosa que un combate diario en el que se juegan su paz, su dicha y su felicidad eterna en el cielo.

Es a Capitana debe estar presente en la lucha; por eso se aparece con tanta frecuencia y en ta  ntos lugares; debe dirigir la batalla.

   

 

 

  

 

 

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Ciclo B, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2008

Dios entre los hombres

 

Los hombres andamos pensando en construir una casa para Dios, el infinito, el que no cabe en ninguna parte, el inconmensurable… Y Dios nos hace reaccionar. Fue lo que le pasó a David:

«Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me construirá una casa para que Yo permanezca en ella? Yo fijaré un lugar para mi pueblo, yo pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas, y afirmaré su poder. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu descendencia y tu reino estarán presentes ante mí. Tu trono estará firme hasta la eternidad.»

Los planes de Dios no solamente son distintos a los del hombre sino que siempre los superan: de la descendencia de David nacerá el Rey, el Dios–con–nosotros; y así, su descendencia y su reino estarán presentes ante Él; y reinará hasta la eternidad. ¡Él mismo bajará a la tierra! Es una promesa. Promesa que se cumplió siete siglos después de Isaías, como lo cuenta hoy san Lucas:

El ángel le dijo a la Virgen: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre y su reinado no terminará jamás.»

Por eso san Pablo grita emocionado: «¡Gloria sea dada al que tiene poder para afirmarlos en el Evangelio y en la proclamación de Cristo Jesús! Pues se está descubriendo el plan misterioso mantenido oculto desde tantos siglos, y que acaba de ser llevado a la luz. ¡A Dios, el único sabio, por medio de Cristo Jesús, a él sea la gloria por siempre! Amén.»

¿Nos damos cuenta de que en esta Navidad estamos alistándonos para esa llegada de Dios? ¿Nos estamos preparando para recibirlo? ¿Ya hicimos una confesión general? Ya viene Dios a vivir entre los hombres; ¿estamos haciendo la novena de aguinaldos conscientes de esto? Todavía hay tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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Aprovechar la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2008

Al empezar la Misa, póngase bajo la protección de la Santísima Virgen; pídale que le haga comprender la grandeza y el valor inapreciable del Santo Sacrificio de la Misa, y de las gracias innumerables que puede alcanzar para usted misma y para los demás. ¡Ah, si usted pudiese comprender el valor de una sola Misa sobre el Corazón de Dios, y los bie­nes que se podrían conseguir por ese divino sacrificio, si siquiera se molestase en pedir ese conocimiento! Lo que le va a ofrecer al Padre Celestial es la Sangre de Jesucristo: ¡con esta Sangre preciosa puede pagar todas sus deudas, satisfacer su justicia por usted y por sus prójimos, convertir a los pecadores, salvar a las almas, abrir las cárceles del purgatorio a sus parientes, a sus amigos y a tantas pobres almas que gimen lejos de Dios y reclaman el socorro de su caridad! Usted puede glorificar a Dios más por esa sola acción que por las penitencias más austeras y los actos de virtud más heroicos. […]

En el ofertorio ofrézcase a Dios por manos del sacerdote, pídale que le cambie sus inclinaciones y su corazón, que la haga amar la virtud, sobre todo la humildad. Dígale que usted quiere que todo en usted sea sacrificado. Pídale al Señor que reciba la ofrenda de todos sus pensamientos, de todos sus afectos, de todo su ser.

En la consagración, represéntese estar a los pies de la Cruz de Nuestro Señor, y que la Sangre de Jesús penetre en su alma gota a gota; este es el momento más precioso para alcanzar gracias del buen Dios.

Pídale en ese momento al Señor por las ánimas del purgatorio, para que su Sangre apague todas las llamas, pues entonces Jesús no rehusa nada.

En la Comunión, únase a las disposiciones de la Santísima Virgen; pídale que le preste su corazón y reciba en él a Jesús, lo adore, ame y glorifique por usted. No deje nunca en sus comuniones de hacer una intención por las ánimas; acuérdese de que Nuestro Señor mismo quiere que ruegue por su libertad, y que nada le negará a usted su Padre, pidiéndole en su nombre.

 

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Como durante todo el día se están celebrando misas, hará bien en unirse a ellas.

Evite apresurarse en lo que deba hacer, y nunca deje sus comuniones […]; no puede comprender cuánto pierde en omitir­las; haga a menudo la comunión espiritual.

 

 

Mensaje de María Sofía Claux (alma del purgatorio),

dirigido a la hermana Margarita María Mousset,

del monasterio de la Visitación de San–Ceré, 1863


 

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¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace unos cien mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Lo que debe saber un cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿Dónde está lo que debe saber un cristiano? ¿En la Biblia?, ¿en lo que el Espíritu Santo nos hace interpretar cuando lo invocamos?, ¿en los mensajes de las apariciones de la Virgen?, ¿en lo que dicen los videntes?, ¿en lo que declara el Papa?, ¿en lo que enseña la Iglesia?…

Hay algunos cristianos que se guían únicamente por la interpretación personal de la Biblia: escogen (casi siempre al azar) un texto, le piden inspiración al Espíritu Santo, y la interpretación que intuyen la consideran Palabra de Dios.

Debe recordarse, sin embargo, que ahí, en la Biblia, el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Entonces, ¿cómo leer e interpretar correctamente la Biblia?

En la misma Biblia está la respuesta: Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

En ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Por lo tanto, sólo a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

La autoridad de los apóstoles quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Pero Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios? Sus sucesores, los obispos unidos al Papa, es decir, el Magisterio de la Iglesia.

Hay también algunos cristianos que se “forman” únicamente leyendo, oyendo y tratando de experimentar manifestaciones sobrenaturales (apariciones, locuciones, visiones, mensajes, olores a rosas, caída de escarcha, etc.), cosas que, casi siempre, provienen de apariciones todavía no aprobadas por la Iglesia. La Iglesia tarda mucho en estudiar estas cosas, pues lo hace con gran seriedad y profundidad. Mientras tanto, se puede caer fácilmente en errores.

Dejarse guiar únicamente por el Magisterio de la Iglesia, no por cosas que pueden estar erradas, es garantía para no equivocarse nunca.

Quien quiera saber lo básico, debe leer el Catecismo de la Iglesia Católica, meditarlo, estudiarlo; después hacer lo mismo con la Biblia: leerla, meditarla y estudiarla; y, por último, leer, meditar y estudiar el Código de Derecho Canónico. Es lo mínimo que debería saber un cristiano.

Y después, leer las cartas y encíclicas del Papa, los documentos de la Iglesia, los emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos, el derecho canónico, la Liturgia, los escritos de los Padres de la Iglesia, de los doctores, de los santos, etc.

Esta es la doctrina segura.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

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