Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Voluntad’

Si tengo fe, ¿por qué no veo milagros?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2019

Misas y congresos de sanación, imposición de manos, narraciones de curaciones…, toda una parafernalia en torno a milagros, dones, carismas, etc.

Además, se está popularizando cada vez más la idea de que acudir a Dios es prodigioso y que lo es de modo instantáneo. Hoy, por ejemplo, se repite con frecuencia: «Si te acercas a Dios te vas a curar»; «Tenga confianza en Dios; Él le arreglará ese problema y cualquier otro»; «A usted le va mal es porque no se ha acercado a Dios»…

Y, por otra parte, hay muchos que se preguntan: «¿Por qué Dios no me hace el milagrito que le estoy pidiendo?» «Yo pido y pido, ¡y nada!».

Dios lo puede todo y podría darnos gusto siempre. Pero sabe más que nosotros. Y ama a cada ser humano más de lo que él mismo pueda amarse o de lo que se pueda imaginar. Por eso, todo cuanto ocurre, especialmente cuando el mal nos aflige, sucede porque es lo más conveniente y lo mejor para cada uno, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes. Si nos negamos a recibir de las manos de Dios las tribulaciones a las que hemos sido destinados, obramos en contra de nuestros mejores intereses.

Lo que hay que hacer es pedir lo que deseamos, pero adecuando nuestra voluntad a la suya, como lo hizo Jesús: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Y dejar todo en sus manos.

Si Él decide que lo mejor es concedernos el favor, ¡Bendito sea! Si no lo hace, es porque sabe que lo mejor para nosotros es que carguemos con esa cruz que nos beneficiará aun cuando no lo notemos.

Pero a veces, lo que se pide es algo que a todas luces es bueno, como la conversión de una persona; y, sin embargo, parece que Dios tampoco nos escucha.

¿Qué puede estar pasando? Tal vez sea que el modo de pedir no sea el correcto:

Lo primero que hay que hacer es una oración confiada y perseverante: no es bueno desistir ni descansar.

Segundo, ofrecer algunos pequeños sacrificios que nos unan a la Cruz de Cristo, porque es ahí donde está la eficacia; además, esas pequeñas mortificaciones purificarán la intención con la que se está pidiendo el favor y nos hará más santos.

Y, por último, esperar el momento que Dios crea más oportuno.

Siguiendo esta secuencia, veremos milagros.

Posted in La Cruz, Oraciones, Reflexiones | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Si tengo fe, ¿por qué no veo milagros?

Sequedad en la Oración

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2018

 

Cuando el Espíritu Santo quiere hacer santa a una persona, como parte del itinerario normal del avance espiritual hacia la unión con Él, propicia o permite algunas “dificultades” en la oración: falta de fervor, sequedad o aridez espiritual; pero en realidad esas no son verdaderas dificultades: Él quiere que la persona descubra que la mejor oración, la que le agrada a Dios, no es esa en la que la persona se siente bien, sino la que la persona hace, a pesar de no sentirse bien; cuando hace eso, significa que ya la persona no piensa en sí misma, sino en Dios: quiere que Él se sienta bien; y —efectivamente— Dios se siente bien, porque ve que su hijo hace la oración para complacerlo, no para complacerse a sí mismo.

Esto significa que la oración que le gusta al Señor no es la que se hace “con el corazón” o “con mucho fervor” como dicen algunos, sino con la voluntad, es decir: por complacerlo, para amarlo. Y así es como la persona avanza en la vida espiritual.

Algunos sienten que terminan con “la sensación de vacío o de no haber orado”. Pero, aunque así lo sientan, si cumplen el horario destinado a orar, en realidad están haciendo la mejor oración de todas, porque es una oración sacrificada: no sienten nada, pero Jesús sí: se pone contento; es por eso que santa Teresa de Jesús decía que en esa oración no hay ninguna pérdida de tiempo, sino mucha ganancia espiritual.

También dicen que no logran “rezar con el corazón”, pero esa no es la oración que más le gusta a Dios (la que se hace con el corazón), sino la que persevera, a pesar de no sentir nada en el corazón. Y esa oración hace madurar en la vida espiritual. Así, pues, quien está pasando por esta etapa, debe alegrarse, pues, aunque no lo parezca, el Señor lo está haciendo progresar.

Con frecuencia, en esta situación muchos sienten “desasosiego y descontento”, pero es entonces cuando le son más útiles a Dios, si le ofrecen esas sensaciones, pues así: 1) Él les perdonará sus pecados 2) conseguirán gracias para la salvación de sus seres queridos, 3) le ayudarán al Señor a convertir a muchas personas, 4) sacarán almas del Purgatorio, 5) consolarán a Jesús por los pecados con los que el Mundo lo ofende, 6) avanzarán hacia la santidad y 7) conseguirán un grado de gloria más alto en el Cielo.

Resumiendo lo dicho, lo que nos debe importar no es cómo nos sentimos nosotros en la oración, sino cómo se siente Jesús, el Esposo de nuestra alma: ¡Qué dicha saber que lo que nos hace sentir mal, a Él lo puede ayudar y complacer, y le da gloria al Padre!

 

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Sequedad en la Oración

Adulterio de los hombres: ¿culpa de las esposas?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 6, 2015

Infidelidad PFMEn una homilía, un sacerdote dijo, dirigiéndose a las mujeres presentes en una Eucaristía:

“¿Saben por qué sus maridos se consiguen otras mujeres? —Porque ustedes no los atienden.”

¿Es posible que alguien crea esto?

Si una esposa no atiende a su marido — y él la ama—, no se va a buscar otras mujeres, precisamente porque la ama, pues el amor auténtico es fiel; la única razón para el adulterio es el desamor.

Además, los seres humanos no se dejan llevar por los instintos: a diferencia de los animales, tienen voluntad, voluntad libre.

Aunque el cura no se dé cuenta, su criterio hace de todos los hombres unos imbéciles, esclavos de sus pasiones —unos animalitos— y, de paso, carga a sus esposas de las culpas de sus maridos: ¡además del sufrimiento que les produce la infidelidad de sus maridos, según este sacerdote, deben asumir el pecado de sus pervertidos esposos! No: san Pablo dice que “cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo” (Rm 14, 12).

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Adulterio de los hombres: ¿culpa de las esposas?

Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

Posted in Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Las profundas cavernas del sentido*

La Muerte Mística* (para religiosos)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 18, 2011

LA MUERTE MÍSTICA

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser un mártir y fidelísimo hijo hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí mismo, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirado de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movido por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumiso y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contento de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí mismo en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privado del mismo; antes bien, muy dispuesto a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contento y resignado volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolado, muerto y sepultado en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligido, abandonado, desolado, le haré compañía en el huerto. Si despreciado, injuriado, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimido y angustiado en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencido de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí mismo, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unido a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí mismo; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mío. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí mismo para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerto, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

 

LA MUERTE MÍSTICA Y EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí mismo, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísimo como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadido únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remiso en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome todo a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí mismo y gozaré de verme despreciado por los demás, y pospuesto a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacido. En resumen, intentaré ser pobrísimo, y verme privado de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerto, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santo y, por fin, bienaventurado. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser todo de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí mismo para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contento con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesto a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener un religioso muerto a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santo. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser un gran santo.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí mismo!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí mismo, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré todo en mi oficio, dejando la dirección a mi compañero, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandado como el menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicado joven, pero gran penitente y humildísimo: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unido a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducido a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichoso yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

Posted in Religiosos | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en La Muerte Mística* (para religiosos)

La Muerte Mística* (para religiosas)

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 17, 2010

 

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser una mártir y fidelísima hija hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA

COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí misma, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirada de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movida por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumisa y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contenta de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí misma en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privada del mismo; antes bien, muy dispuesta a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contenta y resignada volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolada, muerta y sepultada en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligida, abandonada, desolada, le haré compañía en el huerto. Si despreciada, injuriada, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimida y angustiada en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencida de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí misma, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unida a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí misma; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mía. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí misma para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerta, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

LA MUERTE MÍSTICA Y

EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí misma, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísima como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadida únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remisa en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome toda a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí misma y gozaré de verme despreciada por los demás, y pospuesta a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacida. En resumen, intentaré ser pobrísima, y verme privada de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerta, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santa y, por fin, bienaventurada. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser toda de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí misma para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contenta con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesta a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener una religiosa muerta a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santa. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí misma, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser una gran santa.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí misma!

 

LA MUERTE MÍSTICA

EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí misma, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré toda en mi oficio, dejando la dirección a mi compañera, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandada como la menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicada joven, pero gran penitente y humildísima: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unida a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducida a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichosa yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

Posted in Religiosos | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en La Muerte Mística* (para religiosas)

Una cruz desconocida

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2009

Hechos a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), no podemos realizarnos como seres humanos hasta que no regresemos a la fuente de la que salimos: ese Dios que es Amor (1Jn 4, 16); es decir, no seremos felices si no retornamos al Amor.

Pero hay tres impedimentos:

1) Aquí en la tierra todo lo conocemos a través del sentido, esa facultad que tiene el alma, de percibir, por medio de los órganos corporales, los objetos y las circunstancias externas. El sentido también es el entendimiento o razón que usamos para discernir las cosas. Pero el sentido es incapaz de Dios, puesto que Dios es infinitamente más grande que la criatura.

2) Los medios que tenemos y usamos para alcanzar nuestras metas en esta vida terrenal tampoco sirven de herramientas para alcanzar la meta de la felicidad: el encuentro con Dios, pues esos medios son infinitamente menores que la Deidad.

3) Asimismo, la voluntad, por sí misma, no nos puede llevar a Dios: por más que lo deseemos, por más buena que sea nuestra intención, por más fuerte que sea nuestra resolución, jamás llegaremos a la divinidad.

Así pues, para volver a Dios —nuestra única posible felicidad— no nos servirá ni nuestro pobre modo de entender, ni los paupérrimos medios que poseamos, ni la voluntad que pongamos, por más esfuerzos que hagamos.

Por todo esto, se hace indispensable: 1) que dejemos a un lado ese escaso modo de entender, y nos dejemos llevar por la fe: creer con certeza que Dios está junto a nosotros y nos ama; 2) que no usemos los pobrísimos medios que poseemos y que, en cambio, todo lo esperemos de Dios, y 3) que no pongamos la voluntad en otra cosa que en amar a Dios.

Pero hacer todo esto cuesta. Es duro cambiar el modo como conocemos, los medios que usamos y la voluntad que ponemos; de hecho, no podemos.

Por eso, el Espíritu Santo nos introduce en lo que los santos místicos llaman la noche oscura del sentido; una noche tan oscura que no nos deja ver como veíamos antes, que no nos deja entender como entendíamos, que no nos deja usar los medios que usábamos, que nos elimina la voluntad que teníamos, para mostrarnos al mismísimo Dios, esplendoroso.

Es una cruz muy desconocida. Es una cruz muy dolorosa. Pero es una cruz muy útil, ¡la que sí nos llevará a Dios!

También por esta razón Dios murió en una cruz: para que supiéramos que es necesario purificar el sentido con el fin de alcanzar la felicidad auténtica.

Para ese fin, conviene que nos detengamos con frecuencia en nuestros quehaceres y repitamos la siguiente jaculatoria que lo compendia todo:

“Señor: sé que estás aquí, que me estás mirando, que me estás amando; todo lo espero de ti; y todo lo hago por amor a ti”.

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , | Comentarios desactivados en Una cruz desconocida

Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2009

 

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la que solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Las experiencias místicas

Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2008

 

 

Preparados para la muerte

 

La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible. Ninguna frase tiene tanta contundencia.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo. Y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: buscar la voluntad de Dios y hacerla. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico  y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

  

 

 

 

 

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario