Hacia la unión con Dios

Archive for the ‘La Virgen María’ Category

Vea la película: TIERRA DE MARÍA

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2015

Querida familia de INFINITO + 1 en Colombia,

¡Muchísimas gracias por todo vuestro cariño, vuestro trabajo de promoción y, sobre todo, vuestras oraciones!

Gracias a la generosidad de incontables personas, TIERRA DE MARÍA se ha podido estrenar en salas de cine colombianas, permaneciendo varios meses en cartelera. Pero la mayor alegría no viene del número de espectadores o de salas, ni de cuántas semanas ha permanecido en cartelera. El gran aplauso surge espontáneo cuando recibimos mensajes preciosos de algunos espectadores para los que TIERRA DE MARÍA ha significado una invitación sencilla y directa a la conversión, a la alegría, a la esperanza… y han aceptado esa propuesta del Cielo. ¡Qué alegría tan grande! No se limitan a decir “me ha gustado” o “no me ha gustado”, sino que Dios se les ha colado en el corazón desde la pantalla, con intención de renovárselo. Hemos de aplaudir esa acción del Espíritu Santo. Sin su intervención, TIERRA DE MARÍA sería un puro entretenimiento o un simple éxito cinematográfico, en el mejor de los casos. No es el fin de ninguna de las produccion es de INFINITO + 1.

Ahora ya tenéis a la venta el DVD de TIERRA DE MARÍA, y el visionado ON LINE en varias plataformas digitales, autorizadas como iTunes y Amazon. También podéis hacer vuestro pedido escribiendo a tierrademariacolombia@infinitomasuno.org o llamando al 3005602294.

También podéis ver TIERRA DE MARÍA en copias piratas o en plataformas piratas. Es la opción de muchas personas, que quieren ver las películas, pero no desean contribuir con su dinero a que sigamos produciéndolas. Que Dios bendiga a todos, sin excepción. Os agradecemos, muy sinceramente, a todos los que soportáis económicamente nuestro trabajo, mediante el pago de la entrada al cine, del DVD o del visionado ON LINE.

Por último, os pido que sigáis rezando por nosotros y por todos los espectadores de TIERRA DE MARÍA en el mundo. Su periplo continúa. Los próximos países: República Dominicana y Brasil.

¡Un grandísimo abrazo a cada uno de vosotros!

Juan Manuel Cotelo

INFINITO MÁS UNO

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El demonio ataca a María

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2014

Veamos lo que le pasó a san José cuando se enteró de que María estaba embarazada, para entender un modo que todavía usa el demonio para atacar a la Virgen y, con ello, destruir al cristianismo.

Dice el primer capítulo del Evangelio de san Mateo que José era un hombre justo. Así son la mayoría de los cristianos que no veneran a María, los protestantes o evangélicos: hombres y mujeres buenos, como José. Pero, como José, deciden abandonar a María, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre justo, es probable que tengan miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel, y que está narrada en el primer capítulo del Evangelio de san Lucas.

Debe notarse que allí María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos simplemente cumpliendo las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo. Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del mismo fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama Madre del Señor?

Pero lo que más exalta su personalidad es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima respondió diciendo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava”.

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la más grande criatura, sino la más humilde de todas.

Y para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María: «Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» [1]

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido: «¡Qué alegría más grande: habían visto otra vez a la estrella! Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» [2]

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús: «Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» [3]

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María: «Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» [4]

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

[1] Lc 2, 16

[2] Mt 2, 10-11

[3] Jn 2, 1-2

[4] Jn 19, 25

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Poemas a la Virgen dolorosa*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2014

 


Por la desaparición de su Hijo

¡Dónde estará!, ¡dónde estará!, pensabas,

María, tú, la Madre estremecida;

dónde estará su corazón, su vida

y de momento no lo adivinabas.

 

¡Dónde estará!, ¡dónde estará!, llorabas

y era una intensa lágrima escondida

tu corazón sin tiempo y sin medida,

sólo buscándolo te consolabas.

 

No puedo imaginar lo que sentiste

cuando al fin te miraste en su mirada,

sus ojos resplandor de resplandores.

 

No acabo de saber lo que supiste,

tú, la Madre pendiente y angustiada,

Jesús entre palabras y doctores.

 Anónimo

.

Al encontrarse con Jesús camino del Calvario

¡Ay qué amargura de piedra

por las calles encharcadas!

Nadie lo ayuda un poquito,

todos lo empujan.

¡Que se desangra!

 

Ya se ha quedado sin hombros;

partido lleva el aliento,

las rodillas desgarradas.

Nadie lo ayuda un poquito.

Todos lo empujan.

¡Que se desangra!

 

Tan sólo las tres Marías,

llorando por las murallas.

 Rafael Alberti

.

En esta cuarta estación

hirió a la Madre y el Hijo

el cuchillo que predijo

el anciano Simeón.

 

A Jesús, ver a María

de tantos dolores llena,

le causó una mayor pena

que la cruz que lo oprimía.

 

Mira qué angustia tan grande

los atormenta a los dos.

Que esto te obligue a llorarlos

y responder con amor.

 Anónimo

.

¡Oh, las madres que visteis morir entre los brazos

a un solo único hijo, llevándose a pedazos

el corazón! Recordad el dolor

de aquella última noche del pulso, del termómetro,

del hielo, del sudor; de la sábana limpia y del mullir la almohada.

 

Y ese bajar, escalón a escalón, la escalera empinada

del «ya no habla…», «ya no mira»,

«ya no se siente el pulso…», «ya apenas sí respira».

 

La estación cuarta es una madre, acongojada y fiel,

en un sendero: aceptando la pena que venía por él…

No dice una palabra: que las palabras todas han huido

como en día de truenos los pájaros del nido.

José María Pemán

.

Todo se torna adverso, Señor, todo;

nada te dan por tus milagros, nada;

alborotada chusma, alborotada

lodo de insultos te devuelven, lodo.

 

Ya, sin fuerzas, pareces un beodo;

mirada amiga busca tu mirada;

lacerada tu alma, lacerada,

das, por fin, con tu madre, en un recodo.

 

Os miráis en silencio… Y, en la hiel

de vuestra mutua pena, pone miel

el encuentro fugaz de aquel instante.

 

Vuelve tus ojos… Mírame por dentro.

Si yerro, al caminar, sal a mi encuentro.

Tu mirada es mi grito de ¡Adelante!

José María Jiménez Marqués

.

Flaquea de Jesús la reciedumbre,

suda sangre en el huerto, y Dios envía

un ángel que lo aliente en su agonía

hasta llegar del Gólgota a la cumbre.

 

Mas luego de su cruz la reciedumbre

postrólo en tierra y ni seguir podía;

ya un ángel no bastaba, y fue María

a erguirlo de sus ojos con la lumbre.

 

Clávanse ambos un mirar profundo;

el de ella dice: «El mundo aguarda, Hijo,

tu sacrificio en bienes tan fecundo».

 

Y recobró vigor el moribundo.

La besó con sus ojos, y le dijo:

«¡Sí, Madre, llegaré!: ¡Salvaré al mundo!».

Eijo Garay

.

María junto a la Cruz

Estaba la Dolorosa

junto al leño de la Cruz.

¡Qué alta palabra de luz!

¡Qué manera tan graciosa

de enseñarnos la preciosa

lección del callar doliente!

Tronaba el cielo rugiente.

La tierra se estremecía.

Bramaba el agua… María

estaba, sencillamente.

José María Pemán

.

Con el hijo muerto, sobre las rodillas

He aquí, helados cristalinos,

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo,

aquellos miembros divinos.

 

Huyeron los asesinos.

¡Qué soledad sin colores!

¡Oh Madre mía, no llores!

 

¡Cómo lloraba María!

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.

Gerardo Diego

.

Se aumenta aquí la agonía

al bajarte de la cruz.

No eres ahora tú, Jesús,

ahora es tu madre, María,

la que muere de dolor

al recibirte en sus brazos tan llagado,

totalmente desangrado

y tus ojos apagados,

siendo del mundo la luz.

 

Yo fui quien le dio esa muerte,

Virgen madre,

a tu hijo, mi Señor;

no busques otro culpable,

pues, por desgracia, fui yo.

 

Yo 1o he puesto en esta suerte,

pero estoy muy arrepentido.

Déjame llorar su muerte

y sufrir también contigo.

Anónimo

.

María, en sus rodillas, ya tiene derrotado

todo el poder y toda la grandeza.

La pasión se ha acabado. La compasión empieza.

 

Para sufrir hasta morir, Jesús estuvo

ante los hombres todos, en la cruz, descubierto.

 

Pero María tiene ahora escondida,

para ella sola, la soledad de su hijo muerto.

 

En su falda y su manto, cubierto el cuerpo puro,

dueña y señora del futuro,

ella empieza a ser todo: evangelio, sepultura,

mirra, sudario, ungüento. La primera y más pura

Iglesia: todo, todo.

 

Ella el ejemplo, la ocasión, el modo;

y la corredención y la pureza;

el canal de la gracia y la belleza…

 

Ella el altar y el sacerdote; el vino y el cenáculo.

Se ha acabado la cruz. Comenzó el tabernáculo.

 

Las nubes que se encienden en la cumbre atardecida del Calvario

son ya luces cristianas ante el primer sagrario.

José María Pemán

.

Fue entonces cuando supo tu balanza

el peso de tus hijos. Los tenías

a todos en tus brazos. Es verdad,

«no hubo dolor igual a tu dolor».

Y estaban todos muertos

en tu regazo, Madre,

que en Él también dormías nuestra muerte.

Rafael Alfaro Alfaro

.

Saetas

Dos cosas hay en el mundo

que no se pueden contar:

las lágrimas de la Virgen

y las arenas del mar.

 

A Jesús las golondrinas

las espinas le arrancaban:

¿quién te arrancará a ti, Madre,

las que llevas en el alma?

 

Dos cositas que te pido,

siquiera por tus dolores:

que llores por mí a Jesús,

y que yo mis culpas llore.

Juan F. Muñoz Pabón

.

 

 

María baja del Calvario

Palidecidas las rosas

de tus labios angustiados;

mustios los lirios morados

de tus mejillas llorosas;

recordando las gozosas

horas idas en Belén,

sin consuelo ya y sin bien

que tus soledades llene…

 

¡Miradla por dónde viene,

hijas de Jerusalén!

José María Pemán

.

 

Con profunda devoción

llevan ya muerto a Jesús;

pero en esta procesión

faltas tú.

 

Únete a ellos y verás

que Jesús no quedará

sepultado para siempre.

Como él lo había anunciado,

pronto resucitará.

Anónimo

.

A las lágrimas de la Virgen Dolorosa

Llenad del amplio mar toda su hondura,

con el llanto del hombre escarnecido,

oíd del huracán fuerte silbido,

eco del desamor en noche oscura.

 

Y hallaréis reunida la amargura,

ante tanto Calvario repetido,

tanto Cristo del rostro entristecido

marcado por la guerra y la tortura.

 

Lágrimas de la Virgen Dolorosa,

en cada Vía Crucis de la vida,

en cada Viernes Santo prolongado.

 

Venero celestial, mirra olorosa,

llore contigo el alma arrepentida,

sembrando amor a un mundo atormentado.

 Paquita Sánchez Remiro

.

 

 

Al dolor silencioso de María

Por tu dolor sin testigos,

por tu llanto sin piedades,

maestra de soledades,

enséñame a estar contigo.

 

Que al quedarte tú conmigo

partido ya de tu vera

el hijo que en la madera

de la santa cruz dejaste,

yo sé que en ti lo encontraste

de una segunda manera.

 

Yo en mi alma, madre, lavada

de las bajas suciedades,

a fuerza de soledades

le estoy haciendo morada.

 

Quiero yo que el alma mía

tenga de sí vaciada, su soledad preparada

para la gran compañía.

 

Con nueva paz y alegría

quiero, por amor, tener

la vida muerta al placer

y muerta al mundo, de suerte

que cuando venga la muerte

le quede poco que hacer.

 

Pero en tanto que él asoma,

Señora, por las cañadas,

-¡por tus tocas enlutadas

y tus ojos de paloma!-

recibe mi angustia y toma

en tus manos mi ansiedad.

 

Y séame por piedad,

Señora del mayor duelo,

tu soledad sin consuelo,

consuelo en mi soledad.

 José María Pemán

.

 

Dame la mano, María

Dame tu mano, María,

la de las tocas moradas;

clávame tus siete espadas

en esta carne baldía.

Quiero ir contigo en la impía

tarde negra y amarilla.

Aquí, en mi torpe mejilla,

quiero ver si se retrata

esa lividez de plata,

esa lágrima que brilla.

 

Déjame que te restañe

ese llanto cristalino

y a la vera del camino

permite que te acompañe.

Deja que en lágrimas bañe

la orla negra de tu manto

a los pies del árbol santo,

donde tu fruto se mustia.

Capitana de la angustia:

no quiero que sufras tanto.

 

Qué lejos, Madre, la cuna

y tus gozos de Belén:

«No, mi Niño, no. No hay quien

de mis brazos te desuna».

Y rayos tibios de luna,

entre las pajas de miel,

le acariciaban la piel

sin despertarle. ¡Qué larga

es la distancia y qué amarga

de Jesús muerto a Emmanuel!

¿Dónde está ya el mediodía

luminoso en que Gabriel,

desde el marco del dintel,

te saludó: «Ave, María»?

Virgen ya de la agonía,

tu Hijo es el que cruza ahí.

Déjame hacer junto a ti

ese augusto itinerario.

Para ir al monte Calvario,

cítame en Getsemaní.

 

A ti, doncella graciosa,

hoy maestra de dolores,

playa de los pecadores,

nido en que el alma reposa,

a ti ofrezco, pulcra rosa,

las jornadas de esta vía.

A ti, Madre, a quien quería

cumplir mi humilde promesa.

A ti, celestial princesa,

Virgen sagrada María.

 Gerardo Diego

.

Virgen de la Soledad

 

Virgen de la Soledad:

rendido de gozos vanos,

en las rosas de tus manos

se ha muerto mi voluntad.

 

Cruzadas con humildad

en tu pecho sin aliento,

la mañana del portento,

tus manos fueron, Señora,

la primera cruz redentora:

la cruz del sometimiento.

 

Como tú te sometiste,

someterme yo quería:

para ir haciendo mi vía

con sol claro o noche triste.

Ejemplo santo nos diste

cuando, en la tarde deicida,

tu soledad dolorida

por los senderos mostrabas:

tocas de luto llevabas,

ojos de paloma herida.

 

La fruta de nuestro Bien

fue de tu llanto regada:

refugio fueron y almohada

tus rodillas, de su sien.

Otra vez, como en Belén,

tu falda cuna le hacía,

y sobre Él tu amor volvía

a las angustias primeras…

Señora: si tú quisieras

contigo lo lloraría.

 José María Pemán

.

 

Otros poemas

Al pie de la Cruz, María

llora con Magdalena

y aquel a quien en la Cena

sobre todos prefería.

 

Ya palmo a palmo se enfría

el dócil torso entreabierto.

 

Ya pende el cadáver yerto

como de la rama el fruto.

Cúbrete, cielo, de luto

porque ya la vida ha muerto.

 

Profundo misterio. El Hijo

del Hombre, el que era la Luz

y la Vida, muere en Cruz,

en una cruz crucifijo.

 

Ya desde ahora te elijo

mi modelo en el estrecho

tránsito. Baja a mi lecho

el día que yo me muera,

y que mis manos de cera

te estrechen sobre mi pecho.

 Gerardo Diego

.

He aquí helados, cristalinos

sobre el virginal regazo,

muertos ya para el abrazo,

aquellos miembros divinos.

Huyeron los asesinos.

Qué soledad sin colores.

¡Oh, Madre mía, no llores!

¡Cómo lloraba, María!

La llaman desde aquel día

la Virgen de los Dolores.

 

¿Quién fue el escultor que pudo

dar morbidez al marfil?

¿Quién apuró su buril

en el prodigio desnudo?

Yo, Madre mía, fui el rudo

artífice, fui el profano

que moldeé con mi mano

ese triunfo de la muerte

sobre el cual tu piedad vierte

cálidas perlas en vano.

 Gerardo Diego

.

Bajo el árbol santo

la Virgen suspira,

viendo muerto el fruto,

el fruto de vida;

que el fruto es Jesús

Ella bien sabía.

 

Sus siete palabras

a su alma contristan:

-Yo tenía un hijo,

mejor no lo había;

lo han preso y atado

y ahora en cruz expira.

 

Rosal de los cielos

que en mí florecías,

¿dónde están tus flores,

que sólo hay espinas?

 

Decid, peregrinos,

que vais por la vida,

¿qué pena habéis visto

igual que la mía?

 Jacinto Verdaguer

.

¡SOLEDAD!

¡Dulce Estrella matutina!

¡Virgen de la soledad!

Yo también puse una espina

sobre la frente divina

del Sol de la humanidad.

 

¡ Sola está mi Madre,

la Virgen María!…

Sola está llorando

a lágrima viva…

 

Al Hijo que amaba

con fiebre divina,

le dio muerte horrenda

la humana perfidia.

 

Está sola… sola,

sin más compañía

que las hondas penas

que la martirizan.

 

Bajó del Calvario

triste y dolorida

dejando allí muerto

al que era su vida…

 

Ya no hay en mi casa,

ya no hay alegría,

el silencio solo

y el dolor la habitan.

 

— o —

¡Madre mía, Madre mía!

Llorando yo soledades,

que eran como una agonía,

dije que nadie sufría

tan horrendas ansiedades.

 

Y hoy, que al ver tu duelo santo

vislumbré, anegado en llanto,

un punto de su grandeza,

me han causado igual espanto

tu dolor y mi flaqueza.

 

¡Dolorida, gran Señora!

tu soledad, ¡ay! ha sido

la segunda Redentora

de este corazón herido

que tu soledad adora.

 

(Ambas poesías del libro: Cristo paciente,

de Fray Antonino de Madrianos)

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El Credo Mariano, de san Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 25, 2014

 

1 Creo, como revelaste a santa Brígida, que eres la reina del cielo, madre de misericordia, el gozo y el camino de los pecadores hacia Dios, y que nadie hay tan maldito que, mientras viva, le falte tu misericordia, y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 

2 Creo que Tú eres la madre de todos los hombres y que, en san Juan, a todos los recibiste por hijos según la voluntad de Jesús.

 

3 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida, madre de todos los pecadores que desean enmendarse, y que suplicas misericordia para el alma pecadora.

 

4 Creo que Tú eres nuestra vida.

Digo con san Bernardino de Siena que todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo que hayan sido hechas sólo por Dios (incluyendo a Jesús); y, después de Dios, te llamaré, con san Agustín, la única esperanza de los pecadores.

Te creo, tal como te vio santa Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que Tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

 

5 Por ti recibimos el inestimable don de la santa perseverancia.

Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome Tú no temeré, conduciéndome Tú no me cansaré, con tu favor llegaré a ti.

 

6 Creo que Tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a santa Brígida, que Tú, como madre, los asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a san Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte.

 

7 Tú eres la esperanza de todos, especialmente, de los pecadores; Tú, la ciudad de refugio, y en particular de los privados de todo socorro.

 

8 Tú eres la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados; y, tal como oyó santa Brígida que Jesús te decía: “Sería misericordioso incluso con el demonio si me lo pidiere con humildad”, creo que no rechazas al pecador por fétido que sea; y si te suplicare, te diré con san Bernardo, Tú lo arrancarás del abismo de la desesperación, con mano piadosa.

 

9 Creo que quieres ayudar al que te invoca, y que eres la salvación de los que te invocan, y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos.

 

10 Creo, como hiciste saber a santa Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno.

Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda; y que aquél a quien tú quieres, se salvará.

 

11 Creo, como dijiste a santa Brígida que, cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas.

 

12 Confieso con san Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió del Cielo, y te fue impuesto por orden divina.

Reconozco, con san Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que san Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído.

 

13 Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad.

Y con tu san Buenaventura confieso que no se puede devotamente pronunciar tu Nombre sin utilidad del que lo pronuncie.

Y creo lo que dijiste a santa Brígida: que nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu Nombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio.

 

14 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las gracias que Dios nos da pasan por tus manos; que todas las misericordias dispensadas a los hombres nos vienen por tu mediación; y que nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta.

Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria.

 

15 Creo que eres la cooperadora de nuestra justificación: reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; colaboradora de la redención, la salvadora del mundo.

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no son recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tiene acceso a la salvación; y que nadie se salvará si no es por ti.

 

16 Creo que Dios ha dispuesto no conceder nada si no es por ti; que nuestra salvación está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que en vano reza a los santos aquél a quien tú no ayudas; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin ellos; y que si tú callas, nadie ayudará, nadie pedirá; orando tú, todos ayudarán y orarán.

Y finalmente, te digo con santo Tomás: eres toda esperanza de vida; y con san Agustín: Sólo Tú y únicamente Tú confesamos que se preocupa en el Cielo de nosotros.

 

17 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que, quien te encuentra, encuentra todo bien.

 

18 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los santos juntos; y confieso con san Juan Damasceno que puedes ciertamente salvarnos a todos.

Creo que eres la abogada que no rehúsa defender las causas de los pobres miserables.

Te diré, con san Andrés Cretense: “Salve divina reconciliación de los hombres”.

Y con san Germán: “tu defensa es inagotable”.

 

19 Te contemplo como la pacificadora entre Dios y los pecadores, te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombres, y especialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a santa Catalina de Siena.

Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a santa Brígida: Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como san Epifanio, “toda ojos”; confirmado por lo que entendió santa Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo: “Madre, pídeme lo que quieras”, contestaste: “Pido misericordia para los miserables”.

 

20 Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice san Buenaventura.

Y así como los cuerpos celestes y terrestres son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de ti, de la divina misericordia, según revelaste a santa Brígida.

Por lo que, con san Buenaventura, creo que contra ti, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican.

Por tanto, estoy persuadido como el mismo santo, de que quien obra en obsequio tuyo, lejos está de la perdición.

Yo creo con san Hilario que sucederá que, por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti, jamás perecerá para siempre.

 

21 [Creo] con san Buenaventura que quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación.

 

22 La devoción a Vos, creo con san Efrén, que es pasaje para el Cielo.

Creo con san Anselmo que aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el “¡ay!” eterno [la condenación].

Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios concede sólo a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.

Por lo que, con san Antonino, concluiré: así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos, defendiéndolos, se salvarán y alcanzarán la Gloria.

 

23 Creo, como revelaste a santa Brígida, que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, y todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, a toda hora serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con san Alfonso, “grandemente felices y afortunados son tus devotos”.

San Bernardino asegura que especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio; así como lo que santa Brígida escuchó que decía Jesús: “Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio”.

 

24 Creo que Tú, estando para subir al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

Creo también, como prometiste al Papa Juan XXII, que los inscritos [en la, cofradía del] Carmen, en el sábado después de su muerte serán liberados del purgatorio.

Pero más felices son tus devotos, porque se les abrirá la puerta del cielo. Tú eres: la apertura de la Jerusalén celestial, puerta del cielo, feliz puerta del cielo, vehículo que conduce al cielo.

 

25 Creo que tu poder actúa en la Jerusalén [celestial] ordenando lo que quieres, e introduciendo allí a los que quieres.

Por ti se abrió el cielo, y se vació el infierno; fue instaurada la Jerusalén celestial.

Y has dado la vida a los miserables que esperaban la condenación (san Bernardo).

 

26 Creo que quienes obran según Tú, no pecarán; los que te descubren, tendrán la vida eterna.

Te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a santa María Magdalena de Pazzi.

Por tanto, como san Bernardo, diré que tu devoción es certísimo signo para conseguir la vida eterna; y con el beato Alano, que practicar esta devoción [saludarla siempre con el Ave], es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.

Y concluiré, con el Abad Guerrico que quien te sirve, está tan seguro del Paraíso, como si ya estuviera en él.

 

27 Creo con san Antonino que no hay entre todos los santos quien se compadezca en las enfermedades como tú, beatísima Virgen María.

Tú, das mucho más de lo que se te pide. Donde hay miseria allí acudes, allá corres y socorres con tu misericordia. Tú siempre miras en derredor tuyo buscando a quien salvar.

Te diré con el abad de Celles: Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar.

Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: “Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia”.

Sostengo con san Fulgencio que el cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si Tú no los sostuvieses con tus ruegos.

 

28 Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles; y tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Creo que lo próximo a ser Dios, es ser la Madre de Dios.

Y, por consiguiente: no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios (Alberto Magno).

 

29 Creo que vuestra dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto.

Y confieso con san Buenaventura que ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a una pura criatura: es la más grande [gracia] que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo más espacioso; pero no puede hacer nada mayor que la Madre de Dios.

 

30 Creo que por ti ha sido hecho todo el universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios.

Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

 

31 Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidos a todas las criaturas; y creo al Señor, que reveló a santa Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los ángeles.

Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza.

 

32 Creo que fuiste niña, pero de la niñez sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.

 

33 Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo.

 

34 Creo, con san Alberto Magno, que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después ofreciste a Él todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;

y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José.

Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito, incluso a la dignidad de Madre de Dios.

 

35 Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que,

a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste.

Y, como dijiste a la benedictina santa Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

 

36 Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a santa Brígida, que, mereciste ser destinada a la Maternidad divina, porque pensaste y supiste que, por ti, no eras nada ni tenías nada.

 

37 Creo que por tu humildad ocultaste a san José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Santa Isabel, y siempre elegiste el último lugar.

 

38 Creo, según dijiste a santa Brígida, que tenías de ti misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada eras ni tenías, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador.

 

39 Y confieso con san Bernardino de Siena, que no existió criatura alguna que se haya humillado más que Tú. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya.

 

40 Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante; y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo.

 

41 Creo que sólo tú cumpliste el precepto: “amarás al Señor […]”, y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

 

42 Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a Sta. Brígida, sólo pensabas en Dios, y nada te agradaba sino Dios.

 

43 Creo con Suárez, Ruperto, san Bernardino y san Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma velaba. Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: “Yo duermo, pero mi corazón vela”.

Creo que, mientras vivías en la tierra, permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto.

Y que estabas tan llena de una caridad tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, de forma que heriste y robaste el divino Corazón.

 

44 Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [se te pueda igualar]…

 

45 Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que Tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado con el amor que nos tienes a cada uno de nosotros.

 

46 Te diré con san Agustín: tu fe abrió el cielo cuando asentiste al ángel anunciador.

 

47 Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste.

Te llamaré, con san Cirilo: cetro de la fe ortodoxa.

 

48 Creo que eres la Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

Creo que fuiste mortificadísima.

Creo lo que dicen de ti san Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan mortificada de los ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

 

49 Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración.

Creo lo que dijiste a santa Brígida: todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada te reservaste salvo un ligero alimento, y el vestido.

Creo que despreciabas las riquezas humanas.

Creo firmemente que hiciste voto de pobreza.

 

 

 

ESTUDIO DEL CREDO MARIANO[1]

 

Esbozo metodológico para una Mariología experiencial

 

 1.- Un texto mariano singular

El año 1896 el Ven. P. Germán de san Estanislao, CP publicaba la primera edición de los Escritos de san Gabriel de la Dolorosa[2]. Era una sencilla colección de cartas familiares con algún que otro texto menor de naturaleza ascética. Pero aquella edición contenía una verdadera joya. Era una composición del Santo que no llevaba título alguno[3], pero que entre sus devotos es conocido como el Credo de María. A la muerte de su autor desapareció ese escrito suyo[4]. Lo habían sustraído los devotos para conservarlo como reliquia. Así desapareció el manuscrito del Credo. Pero cuando se realizó la perquisición de los escritos para el proceso de beatificación, el devoto poseedor del Símbolo entregó cuidadosamente su preciada reliquia. Inmediatamente fue transcrito en el convento de los Santos Juan y Pablo de Roma, debidamente autenticado, y sometido a revisión canónica. El texto fue añadido al dossier de los escritos gabrielinos el 1 de diciembre de 1894. El 4 de junio de 1895 se expedía el decreto de la revisión realizada[5]. La edición de1896 era parcial y deficiente. Se realizaron varias otras más completas[6], pero la edición crítica se ha hecho esperar hasta el año 1986[7] .

El Símbolo fue compuesto en el último período de la vida de San Gabriel entre los años 1860‑1861[8] Consta de siete partes, de siete artículos cada una[9]. La composición del Credo fue una forma de cumplir el voto que había hecho de difundir la devoción a los Dolores de Maria. El autógrafo es un texto incompleto[10]. A pesar del juicio altamente favorable que mereció el escrito a los miembros de la revisión canónica, no ha sido valorizado como notable pieza mariológica hasta tiempos muy recientes[11].

De este Credo o Símbolo mariano se ha dicho que es “una colección de alabanzas a María”[12]. Se ha notado que es “el testimonio más hermoso de la devoción de san Gabriel a la Virgen”[13] . El P. Cavatassi llega a afirmar que “es un texto que toca los vértices más elevados de la piedad mariana occidental, y en la Historia de la Iglesia tiene sólo un precedente análogo en el celebérrimo Hymnos Acáthistos de las Iglesias Orientales”[14].

2.- El autor

El Credo no podía ser sino obra de un gran devoto de María. Y San Gabriel lo fue[15]. A esta su piedad mariana se había atribuido ya en vida, toda su santidad.[16]: El oficio litúrgico del santo se hacía eco de esta persuasión universal: “La Virgen Dolorosa fue para él —en cierta medida— el sentido de toda su vida, y la maestra de toda su santidad, hasta el punto de que los contemporáneos lo tuvieron como suscitado por Dios con el fin de que la devoción a la Dolorosa recibiera un singular desarrollo gracias a su ejemplo “.

En este marianismo singular de San Gabriel influyó mucho —sin duda— el marco histórico del siglo XIX, con el mensaje de sus grandes apariciones marianas, y de la definición dogmática de la Inmaculada (8.12.1854)[17].

La devoción a María le venía a San Gabriel de lejos. En su casa era muy venerada una imagen de la Dolorosa. Al quedarse huérfano de madre a la edad de tres años, la Virgen empieza a hacer las veces de madre. En Spoleto, a donde se traslada su familia en 1841, hay muchos lugares de gran renombre mariano. En la catedral se venera una antiquísima Santa Icone. Los PP. Servitas fomentan la devoción a la Dolorosa. Los Hermanos de La Salle, en cuyo colegio estudia Gabriel, forman su corazón en un gran amor a la Virgen. En el liceo de los PP. Jesuitas conoce la Congregación Mañana y se hace inmediatamente socio. Uno de los profesores que tuvo en el liceo jesuita le escribió desde Roma una carta donde se contenían frases de exhortación mariana como las siguientes: “Este año es el triunfo de María Inmaculada. Procúrate una imagen que represente este singularísimo privilegio, colócala en la pared de tu habitación, arrodíllate a sus pies y con gran efecto, pon toda tu alma y este asunto [el de la vocación] en sus manos. Pídele, insiste para que te dirija amorosamente, te ilumine y te preserve de los engaños del demonio. Pídele continuamente perdón de tus infidelidades. Recuérdale que Ella es tu Madre; que tú no eres tuyo sino de Ella, y que como cosa suya disponga de ti y te ponga en el camino que te lleve al paraíso. ¡Oh qué buena y amante es María!”

Una obra de santidad tan perfecta como la que realizó la Virgen en san Gabriel no podía permanecer oculta bajo el celemín de una historia sin memoria. Ella, que cantó en su Magnificat la gloria futura con que Dios la había de recompensar, proporcionó también a su devoto un renombre singular. “Desde su beatificación y canonización —escribió Juan XXIII— aquel joven brilla en la Iglesia como una nueva estrella, enseña con un ejemplo a los fieles y protege con su intercesión a sus devotos”[18].

La gloria póstuma de san Gabriel es un fenómeno bien llamativo. La canonización del santo pasionista desencadenó en la Iglesia un anhelo imitativo de su santidad que se ha eclipsado tras el Vaticano II, pero a lo largo de la primera mitad del siglo XX fue uno de los fenómenos más influyentes en el fomento de la piedad mariana de la juventud. Y hay que reconocer que su ejemplaridad fue extraordinariamente benéfica para la Iglesia[19]. El marianismo juvenil de la primera mitad del siglo XX se nutría de la lectura de san Gabriel, porque en él veía plasmado el mejor modelo de una piedad mariana seriamente vivida y dotada de un singular valor cristocéntrico[20]. “Ad Jesum per Mariam”.

 

3.- La cima de una experiencia mariana única

La composición del Credo Mariano señala en la vida de san Gabriel la cima de una experiencia mariana muy singular que empezó con su vocación. La llamada a la vida religiosa la recibió Gabriel en una manera milagrosa, cuando en la octava de la Asunción (22.8.1856) oyó que la sagrada imagen lo interpelaba claramente con estas palabras: “¡Francisco! ¿Qué haces en el mundo? El mundo no es para ti. ¡Sigue tu vocación!”. La llamada divina le llegaba de labios de María. Desde aquel momento la experiencia vocacional dejaba su vida marcada para siempre con un auténtico sello de marianismo. La Virgen que lo llamaba a la vida religiosa sería la que le ayudaría a mantenerse perseverante en ella, y lograr un nivel de heroico radicalismo.

El día 6 de septiembre del mismo año 1856 abandonó Spoleto para ingresar en la Congregación Pasionista. Al día siguiente llegó a Loreto. Allí pasó el día 8, solemne fiesta de la Natividad de María. En aquel santuario mariano y en tan solemne fiesta reflexionó sobre lo vivido desde la milagrosa llamada y decidió responder con toda generosidad a la Virgen en la nueva vida que iba a emprender. En el Noviciado cambia su nombre de bautismo (Francisco) toma el de Gabriel, en recuerdo del arcángel que anunció a María su divina maternidad. Como apellido religioso, escogió un título mariano —el más vinculado con la espiritualidad de la Congregación en que va a ingresar— la Dolorosa. Desde entonces la historia le conocerá con este nombre doblemente mariano, Gabriel de la Dolorosa. La vestición del hábito tiene lugar el día de los Dolores de María (21 de septiembre).

Una fuerte convicción guió a Gabriel desde su Noviciado, a lo largo de toda su existencia religiosa: que María es el medio imprescindible para llegar a Jesús y ser llevado por él a la Trinidad.

Desde esta inquebrantable persuasión, se empleó a fondo para hacer de su vida una imitación perfecta de la Virgen. Leyó lo mejor de la espiritualidad mariana que encontró en el Noviciado Pero, sobre todo, se entregó al fiel cumplimiento de sus obligaciones de clérigo pasionista. Para él la meta de la santidad y la mediación mariana para alcanzarla fueron consideradas como un todo inseparable. El no disoció existencialmente a María de Jesús ni de la Trinidad. Ya estaba diseñado el proyecto sobrenatural de Gabriel. La santidad del joven pasionista será toda ella obra de María. Así lo afirma la colecta de su fiesta: “¡Oh Dios, que, por medio de María, has honrado a san Gabriel con la gloria de la santidad y de los milagros!”. Pero fue un proceso lento y paulatino. Conforme alcanzaba las metas de la marianización de su vida, sintió anhelos de nuevas entregas. Hizo voto de promover la devoción a los Dolores de María. Quiso grabar sobre su pecho el nombre de María. En este ambiente, y cuando su experiencia mariana llegaba a la cumbre, decidió componer el Credo Mariano.

 

4.- El contexto místico-mariano del Credo

La vida mística de san Gabriel se inicia cuando a los 18 años de su vida, tiene la milagrosa locución del icono mariano de Spoleto. Por la conexión inseparable que suele mediar entre las locuciones y las visiones, es muy probable que aquella locución de tan decisivo influjo en la vida del joven Possenti se viera acompañada de una visión de la Virgen. Este episodio marca el inicio de la vida mística de san Gabriel. Esta iniciación primera se completó luego con la difícil y precoz entrada en la pasividad mística. Estos hechos son de gran importancia en el itinerario espiritual de san Gabriel hacia la redacción del Credo.

Cuando ingresó en el Noviciado, fuertemente impresionado por la llamada de la Virgen, y aborreciendo su vida mundana precedente, que le hizo desoír tres veces la llamada divina, le embargó un fuerte anhelo de expiar sus pecados y darse a una vida de penitencia en la nueva vida que emprendía con la toma de hábito. Esto explica el fuerte sentido ascético de los primeros tiempos de su vida religiosa.

Para confirmar el voluntarismo de los primeros tiempos de su itinerario espiritual basta leer los propósitos compuestos en los primeros años de su vida religiosa. En cuarenta resoluciones había condensado toda la espiritualidad del Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del jesuita P. Rodríguez, uno de los autores más puramente ascéticos de la literatura espiritual moderna. Pero la espiritualidad de la Congregación en cuyo seno ingresaba era de orientación mística y tendía a la pasividad desde una actitud de entera sumisión al divino querer. No le fue fácil a san Gabriel dar aquel viraje. El terrible conflicto interior producido por este cambio tuvo —sin duda— su repercusión en el colapso de su salud, que degeneró en la tisis pulmonar que acabó con sus días.

¿Cómo se verificó en san Gabriel este decisivo cambio? De una manera sencilla. Fue la total entrega a María y su actuación maternal la que facilitó en su espíritu la adopción de las disposiciones propias de la contemplación infusa y la subordinación de todos sus anhelos al simplicísimo y místico deseo de no querer sino lo que Dios quería. A partir de esta evolución el absoluto de san Gabriel es el querer de Dios. Las palabras que cierran su última carta son éstas: “Dios lo quiere así; así lo quiero también yo”. Este difícil y doloroso cambio evidencia hasta qué punto es la Virgen María, la Madre de la mística cristiana, la que lleva a las almas —mediante la acción del Espíritu que en ella habita plenamente— a morir a lo natural y renacer a lo místico sobrenatural que se manifiesta en la vida según el Espíritu.

En esta etapa mística que empieza de manos de la Virgen tiene lugar —sin duda— el conjunto de experiencias marianas que lo inspiraron a componer su Credo.

5.- El contenido

 

La impresión primera que produce la lectura es que el texto es algo inconexo, por la yuxtaposición de proposiciones sueltas[21]. Según la edición crítica, el texto tenía una articulación en siete partes de siete artículos cada una, siguiendo el esquema de los siete dolores de la Virgen

Analicemos al detalle el contenido del Credo.

 

-La Divina Maternidad

La fe en el misterio mariano fundamental, que es la divina maternidad de María, aparece formulada de la siguiente forma:

Creo que la dignidad de ser Madre de Dios es, en su género, infinita. Y que su estado fue sumo, que sólo puede darse a las criaturas puras. Y confieso con san Buenaventura que: Ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a simples criaturas: es la mayor que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo mayor; pero no puede hacer nada mayor que a la Madre de Dios.

Creo que lo inmediato a ser Dios, es ser la Madre de Dios. Y, por consiguiente, “no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios” (san Alberto Magno), y que tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Como se ve, no se describe la esencia del dogma sino que se desarrollan algunas derivaciones doctrinales acerca del gran misterio. Llama la atención —sin embargo— la sobriedad y la finura de los enunciados, lo mismo que la seguridad doctrinal que su autor posee.

 

La plenitud de gracia

De la divina maternidad se deriva la plenitud de Gracia que María posee. Gabriel resume así dicha verdad:

Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidas a todas las criaturas.

 

-La relación con los ángeles y el cosmos

En dos sencillos enunciados recoge la doctrina mariana sobre el particular:

Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles.

Creo que por ti ha sido hecho todo el Universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios. Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

La vida histórica de María

Hay un amplio desarrollo de la vida histórica de María en el Credo.

Señalamos los puntos esenciales. Empieza con la imposición del nombre de María, cuyo origen y sentido detalla conforme a los libros de piedad mariana del tiempo[22]. Igualmente, se detiene en describir la belleza de María[23] .Toca también el tema la virginidad de María cuyo sentido y valor ensalza[24]. De la niñez de María recuerda su inocencia[25].

-La vida teologal de la Virgen

Singular importancia da el santo en su Credo a la vida teologal de la Virgen.

 

De la fe de María afirma:

Te diré con san Agustín: “Tu fe abrió el Cielo cuando asentiste al ángel anunciador”.

Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste. Te llamaré, con san Cirilo: Cetro de la fe ortodoxa.

 

En cuanto a la esperanza afirma:

Creo que eres Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

 

Donde se detiene con mayor interés es en el amor de María, a Dios y al prójimo:

Sobre el amor de Dios confiesa:

Creo que sólo tú cumpliste el precepto: Amarás al Señor…; y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante. Y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo

Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a santa Brígida, sólo pensabas en Dios, y que nada te agradaba sino Dios.

Creo que, mientras vivías en la tierra permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto. Y que estabas tan llena de caridad, tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, que heriste y robaste el divino Corazón.

En cuanto al amor al prójimo dice:

Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [que se te pueda igualar] … Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado al amor que nos tienes a cada uno de nosotros

Creo lo que dijiste a santa Brígida: “Todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada reservaste salvo alimento y ropa austeros”.

-Las virtudes de María

Particular atención dedica a las virtudes de la Virgen.

Ante todo enuncia el principio de que la vida virtuosa de María no estuvo exenta de esfuerzo:

Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración

 

En este ejercicio de las virtudes se fija, en primer lugar, en el desprendimiento de los bienes terrenos[26]. Le sigue la atracción por la vida contemplativa[27], el amor a la humildad[28], la mortificación[29].

 

-Asunción y Coronación

El curso de la vida histórica de María lo cierra el Credo con la mención de la Asunción y de la coronación de María[30].

-Títulos marianos

Entre los atributos de María, menciona el Credo la maternidad espiritual de María[31], la corredención[32], y la Mediación universal[33]. María es contemplada también como pacificadora[34] y la que trae la reconciliación de todos[35]. Es también el principio universal de salvación[36]. Además, María escucha toda plegaria[37].

-Madre de misericordia

El atributo que más exalta el santo es el de la misericordia de la Virgen[38]. Por eso es proclamada como la esperanza de la salvación[39]. María es también confesada como madre de la perseverancia[40], y camino seguro de santidad[41].

Para el final de la vida, la Virgen es consuelo de los agonizantes[42]. En el Purgatorio, María es intercesora poderosa para obtener de Dios la pronta salida del mismo[43].

Por fin , la devoción a María es prenda segura de salvación[44].

Este es en síntesis, el contenido del Credo mariano de San Gabriel.

 

 

6.- Un Credo muy singular

 

El texto gabrielino se denomina Credo por la frecuencia de la expresión: “creo” y equivalentes[45].

El Credo Mariano —llamado también Símbolo— es una larga lista de proposiciones teológicas relativas a la Virgen.

Es fácil relacionar el texto con las fórmulas de fe que se han elaborado en la Iglesia desde los primeros siglos cristianos hasta nuestros días, con el fin de ofrecer a los fieles un resumen de lo más esencial de la fe común de la Iglesia.

El Símbolo de san Gabriel constituye una variedad interesante dentro del género literario de los credos y confesiones de fe. Su peculiaridad primera está en el carácter personal y no público/oficial de su credo. Responde a la imagen interior que se había formado de la Virgen, cuyos títulos y grandezas resume en forma de enunciados cortos estructurados a modo de un género intermedio entre el credo y el elogio devoto. Son verdaderamente una confesión, en la que se exterioriza la interior convicción en alabanza amorosa de la Virgen. De ahí que el Símbolo no conste de enunciados de “mínimos” como suelen serlo los credos oficiales que recogen, a modo de artículos de contenido esencial, lo que en todas partes, y siempre se ha creído en la Iglesia universal. El Símbolo mariano de san Gabriel no tiene el valor dogmático de las confesiones de fe infalible, ni tiene la pretensión de elaborar un credo comparable con dichos símbolos. Es una serie de enunciados que expresan las convicciones personales del santo, en las que atribuye a la Madre de Dios todo lo mejor que un devoto puede pensar como digno de la más excelente criatura. Entre lo esencial y universal —lo que es obligatorio para todos—, y la piedad singular que acepta con asentimiento de fe determinados enunciados, hay una gama amplísima de matices en las verdades mariológicas.

La segunda característica del Credo gabrielino es su temática original. Es un credo mariológico. Prescindiendo de todo aquello que es exclusivo de la Divinidad (naturaleza divina, persona del Verbo), y rechazando lo que no es compatible con el estricto dogma católico, san Gabriel atribuye a María todos aquellos privilegios que la piedad de los santos Padres[46], los doctores[47], los santos[48], los teólogos[49], las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas[50], y la devoción popular atribuye a María.

Como en siglos pasados, los individuos y las colectividades confesaban como de fe y hacían voto de defender hasta la sangre verdades como la Concepción Inmaculada de María, su Asunción a los cielos o, en la actualidad, muchos devotos de la Virgen la creen mediadora de todas las gracias, corredentora, etc., san Gabriel fue enunciando en hermosas proposiciones la rica doctrina patrística y de tos autores marianos antiguos y modernos, hasta el más cercano a su siglo, san Alfonso María de Ligorio. Para evitar en un texto muy largo la monotonía de la expresión creo, utiliza fórmulas variadas que en su espíritu equivalen a una verdadera confesión de fe, de tipo personal. Se trata de una profesión de fe muy singular[51].

La concentración en el misterio de la Virgen matiza su fe con el referente mariano. El Credo se centra en lo divino de María, que constituye el verdadero objeto de la fe. Al mismo tiempo, subraya lo mariano de Dios en la historia de la salvación .Como la humanidad pregnante de la Madre envuelve el ser humano de del Hijo de Dios, así, la confesión de fe mariana incluye la fe en el Hijo divino. La concentración mariana no es exclusión cristológica o trinitaria del misterio de Jesús.

7.- Lo incomunicable de la experiencia personal de la fe

 

El Credo Mariano surge en la vida de Gabriel como un acto de personalización de los credos dogmáticos oficiales, en una vivencia desde la peculiaridad de su experiencia mariana. Por eso, para entender el género literario tan especial de su Credo hay que distinguir entre los actos de fe íntimos y personales, y las confesiones de fe públicas, oficiales y colectivas.

La fe es un acto siempre personal de adhesión a la verdad revelada. Este acto no recibe una formulación particular, toda vez que acontece en el ámbito de la intimidad personal. La formulación explícita se hace necesaria cuando en la profesión de la fe coinciden varias personas, las cuales expresan externamente la común creencia. Así han surgido en la Iglesia las profesiones de fe comunitarias. Esta fe común y colectiva se expresa, a su vez, en diversidad de formulaciones de géneros literarios diversos. Se dan fórmulas simples y fórmulas más desarrolladas, pero con una intención igualmente universal de expresar toda la fe. A veces las confesiones de fe se centran en algunos aspectos más concretos que forman como una unidad homogénea. Tal es el caso del Quicumque, centrado en el dogma trinitario, o las confesiones neotestamentarias de tipo formalmente cristológico.

Las confesiones de fe, generalmente, recogen aquellas verdades fundamentales que son de fe para todos los creyentes. Pero hay casos en los cuales, personas aisladas o grupos de personas pronuncian un acto de fe sobre verdades no definidas, y que —por tanto— no se imponen como de fe. Tal fue el caso de los que profesaban creer en la concepción inmaculada de María antes de la definición del 8.12.1854 o su Asunción. En esos casos se llegó a veces hasta actos de fe con un compromiso de martirio, como en los votos de sangre. Esta lista de verdades no conoce límites. Cuantas verdades no entran en conflicto con la revelación, y son aceptadas como piadosas creencias pueden ser elevadas a actos personales de fe. Se pude creen en la corredención mariana, en su mediación universal, en la impecabilidad de María, en la ciencia beatifica de la Virgen etc., etc.

En estos actos individuales de fe en verdades que no se imponen como de fe, es de suma importancia determinar la fuente íntima de donde brota la necesidad de formular en forma personal una realidad objetiva y común como es la fe codificada en fórmulas universales y colectivas.

Esa fuente oculta es la vivencia personal única, y al modo propio de la unicidad irrepetible de cada existencia personal. Nadie vive igual que otro su fe. Pero ¿quién la concientiza en esa dimensión de la unicidad e irrepetibilidad de la persona? ¿Y quién logra dar una forma personal a las vivencias incomunicables de la experiencia mística mariana?

El siglo de san Gabriel fue un siglo de grandes vivencias marianas. Pero sólo él se lanzó a expresar en un credo lo que sentía y vivía de la Virgen en su existencia personal.

8.- El motivo formal de fe en el Credo Mariano

 

¿Cuál es el motivo formal por el cual Gabriel cree en las verdades marinas de su Credo? ¿Dónde se da en tales enunciados devotos la condición de verdades reveladas necesaria para que sobre esos enunciados se apoye un acto de fe?

¿Cómo encaja este texto de las profesiones de fe? ¿Cómo se entiende la fe en los enunciados del Credo Mariano de San Gabriel?. ¿Con qué base dogmática cuenta el santo al pronunciar sobre tan numerosos y diversos aspectos del misterio de María una afirmación de fe?¿Cuál es la base mística o teológica en que se sustentan las creencias profesadas por el santo como enunciados de fe?

El Credo Mariano de San Gabriel pertenece al orden de credos de temática unificada, desde la perspectiva del misterio mariano. Es —además— una profesión de fe estrictamente personal[52], que versa sobre verdades aún no presentadas por la Iglesia como de fe divina. Estas profesiones están condicionadas por unas opciones personales de muy diferente motivación. No es una profesión de algunas pocas verdades aisladas comúnmente tenidas como de fe entre las personas piadosas y con la perspectiva de próxima definición de fe, al menos, de una posibilidad de semejante definibilidad. Es un credo universal en el cual el misterio mariano se mira en los contenidos muy detallados y especificados. En este credo está fuertemente presente la convicción de realizar un acto explícito de fe. Para ello es necesario poseer un marco de referencias de pertenencia a la fe lo suficientemente seguro como para aventurarse a expresar la creencia en términos de fe. En este aspecto, el Credo se sitúa en la franja piadosa de la credulidad que —sin ser de objetos definidos— posee una suficiente garantía como para asentar sorbe ella una afirmación de fe. Podría pensarse que el Credo no supera ese nivel de numerosos devotos de María que asienten a todas las verdades marianas que se encuentran expuestas en los libros de piedad mariana. Ciertamente, este motivo no está ausente en su texto. Pero, tratándose un santo cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas por la Iglesia, el nivel espiritual en que vive el contenido del Credo es el orden superior de lo místico y no una simple credulidad devota que se queda con lo mejor de las enseñanzas piadosas sobre la Virgen.

Para convenirse de ello es menester insistir en la metodología que rige esta selección de verdades marianas. Ya se ha dicho que el santo leyó todo lo que en la biblioteca del teologado había de literatura mariana. Más aún, el propio director de los teólogos había compuesto un tratado de mariología. Por tanto, el ambiente de estudios era de un cierto rigor y exigencia técnica en Mariología[53].

Prescindiendo de los contenidos, veamos algunos aceptos de su metodología.

Todos los enunciados están justificados por algún razonamiento teológico o la autoridad de algún autor famoso. En la selección de los enunciados, san Gabriel prefiere los testimonios basados en santos que se han distinguido por su ciencia —doctores— y su preferencia mariana: san Bernardo, san Buenaventura, etc.

En segundo lugar, vienen los grandes teólogos que han formulado con particular desarrollo la fe mariana. Tal es el caso de Guerrico, el abad de Celles Raimundo Jordán, Suárez.

Junto a los doctores, los teólogos y los santos, vienen las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas. Son las más numerosas. santa Brígida, santa Matilde, santa Gertrudis, santa Isabel, OSB. Esta preferencia da a entender con qué instinto espiritual realizaba la selección de las proposiciones. Era la congenialidad de su mundo mariano interior, con las afirmaciones de las personas que sentían lo mismo que él. Era un criterio de congenialidad espiritual.

Este instinto de congenialidad lo guió en el intento original de reducir a síntesis todas las verdades marianas que ocupan la franja de la pía credulidad que separa la mariología crítica de un Windenfeld, y la fría teología mariana especulativa.

Se podría decir formalmente que el ámbito teológico del Credo es la piedad popular marina. Su fundamento está en la vivencia personal del que ha compuesto el Credo.

9.- Carácter estrictamente personal

 

¿Con qué finalidad lo compuso el santo? El hecho de haber querido escribirlo con su sangre y llevar un trozo del mismo sobre el corazón denota su finalidad estrictamente personal. Esto crea —como ya hemos dicho— una variante muy original entre las confesiones de fe utilizadas en la Iglesia con una finalidad estrictamente colectiva y grupal, y las expresiones de fe personal que dan salida a las convicciones no impuestas como de fe dogmática. En este sentido, la composición del Credo tenía en san Gabriel una doble finalidad. En primer lugar debió de sentir una presión interior que lo llevó a dar expresión al mundo de convicciones interiores sobre las maravillas del misterio mariano. Es sabido que la intensidad de las vivencias interiores busca su salida expresiva en muy variadas formas. Una de ellas es la escritura. La pérdida de cuaderno autobiográfico del santo, quemado por expresa petición del mismo, poco antes de morir, encuentra una compensación en este texto en que es muy fácil seguir sus preferencias espirituales. No habla, p. e., de la Inmaculada, siendo así que conoció su definición dogmática cuando tenía 16 años. Tampoco habla de la Asunción, cuya fiesta se celebraba en la Congregación pasionista con gran solemnidad, precedida de una cuarentena de prácticas piadosas. La preferencia por el motivo de la misericordia debía de recordarle su conversión por la llamada de María en una locución sobrenatural el 22 de agosto de 1856. La insistencia en el motivo de las virtudes de María tiene su razón de ser en una práctica marina de tipo seriamente imitativo.

Otra motivación importante a la hora de pasar al papel sus convicciones de fe sobre la Virgen fue la de tener a mano un resumen de todos los títulos y grandezas de María. En este sentido, lo había precedido su propio Director Espiritual, autor de una devota mariología que recogía gran número de textos patrísticos sobre la Virgen.

Pero tal vez el principal móvil interior que lo lanzó a componer su Credo no tenía una explicación a nivel de conciencia clara. Era un impulso más fuerte que él. Era un fuego interior que no podía retener sin darle salida al exterior con la forma de un texto escrito. Con fuerza análoga los grandes artistas se ven impulsados a crear. Un parecido impulso interior incoercible llevó también a los autores inspirados a componer sus textos, cuyo sentido se descubriría en la recepción de la comunidad creyente a la cual destinaba tales escritos. En otras palabras, el impulso interior que llevó a san Gabriel a redactar su Credo tenía mucho que ver con su misión de suscitar de la devoción[54] mariana en el siglo XX. Con razón este siglo ha sido llamado saeculum marianum; y san Gabriel fue uno de los santos que más decisivamente influyeron para que en él se viviera tan intensamente la piedad mariana, especialmente en la juventud[55]. La redacción de su Credo tenía mucho que ver con esa su misión de santo mariano, suscitador de la piedad mariana en los jóvenes de la primera mitad del siglo XX. La redacción del Credo era un efecto primero de aquel voto suyo especial, de propagar la devoción a los Dolores de la Virgen que se ha mencionado ya. Para propagarla tenía que conocerla. Para hablar de la Virgen, tenía que tener a mano un bosquejo completo de los títulos y grandezas de María. Así nació el Credo Mariano.

9.- Actualidad del Credo

¿Qué lugar ocupa en la mariología actual la síntesis personal de san Gabriel en su Credo Mariano? El editor crítico y comentarista del mismo se inclina a creer que el Santo pertenece –teológicamente- a la corriente que en el Vaticano II se llamó maximalista, pero “con tanto equilibrio y tacto, con tal apertura a la armonía de los dogmas, con tal atracción por el misterio de Dios, con tal adhesión a Cristo, y con tal atención al pensamiento de la Iglesia, que parece anticiparse a los nuevos tiempos y a la nueva teología mariana[56]

El enfoque del B. Juan XXIII en punto al marianismo del santo pasionista –según las palabras pronunciadas en el centenario de su muerte- mira más al testimonio de una piedad mariana autenticada por la práctica de las virtudes[57] .Sin embrago, ni la clasificación del Santo entre los mariólogos maximalistas, ni su reducción al rango de un puro testimonio mariano confirmado por la vida virtuosa hacen justicia a la imagen mariológica del santo que emerge de su Credo Mariano. La verdad es que el Creo ofrece auténticas aportaciones en el campo estrictamente teológico.

En primer lugar estamos ante un tipo nuevo de credo o profesión de fe.

Este Credo es una profesión de fe viva y personal. Nada tiene de convencional, sino que es de gran originalidad. Tampoco es colectivo. Es individual, de uso privado, no destinado a la publicidad. Por esto mismo, no es oficial a ningún nivel eclesiástico. No tenía investidura alguna para darle tal rango. No es genérico ni de tenor esencial al modo de de todos los credos desde el Símbolo Apostólico hasta el reciente “Ad tuendam fidem” de Juan Pablo II. Es un Credo amplio, desarrollado, minucioso, detallado hasta la minucia. En este campo de las formulaciones de la fe San Gabriel testimonia la originalidad de una fe personalizada, vivida desde la unicidad irrepetible de todo creyente. No hay dos fieles que crean del mismo modo. San Gabriel es un santo mariano de características únicas. Y también lo es su Credo. La fe es una realidad de todos, mas cada uno la vive, y la formula al modo propio. Así es también la Mariología

El Credo de San Gabriel da actualidad al hecho vaticinado por Jeremías (31,34), de una palabra interior presente en el corazón de todos. Confirma la enseñanza de Jesús, de que todos serán instruidos personalmente por el Espíritu (Jn. 6,45) y por tanto, cada uno posee un modo íntimo de creer personal y único dentro del marco de la misma fe de la Iglesia. Junto a los credos oficiales y colectivos, hay modos de creer personales, y el credo de san Gabriel es una muestra de esa fe personal e íntima.

Aun siendo tan interesante y tan vital este aspecto de las formulaciones personales de la fe, no es la aportación más válida del Credo Mariano de San Gabriel. Más allá de todo lo personal de semejante Credo, hay también aportaciones de orden objetivo y metodológico en el ámbito de la Mariología[58], y también de la ciencia teológica en general. En el orden de Mariología el Credo de San Gabriel no se sitúa en el ámbito dogmática, que se impone como de fe a todo creyente, y consta de los cuatro dogmas marianos de la Inmaculada Concepción, la Divina Maternidad, la perpetua virginidad, y la Asunción corporal cielo. El Credo Mariano no es de finalidad dogmática. ¿Pertenecerá, entonces, al orden de la Mariología científica que profundiza los contenidos de la dogmática mariana?. Tampoco parece ser el caso. El Credo Mariano no tiene el aire de una Mariología científica racional y abstracta, que desarrolla sistemáticamente y en forma rigurosa lo implícito de los cuatro dogmas marianos. Su inspiración es otra. Den efecto, junto a la Mariología dogmática y la sistemática, Junto a ellas, hay una Mariología que ofrece sus contenidos doctrinales por el despliegue interno de los datos marianos concientizados por vía mística, mediante la actuación de los dones intelectuales del Espíritu santo. Esta es una verdadera Mariología y -como tal- es también susceptible de una expresión y exposición sistemática analógica a la racional/científica, pero desde una metodología diferente. Es la Mariología mística de base experimental[59].

Esta es la Mariología que en el curso de los siglos ha hecho progresar el dogma mariano, más que la racional/científica. Es la que ha llevado al progreso dogmática que ha culminado en las grandes definiciones, como la Inmaculada y la Asunción, y quizás también la misma maternidad divina de María[60]. Marín-Sola expuso la teoría del doble progreso de la teología y del dogma, por vía intelectual, y por vía donal o de experiencia mística. El Credo de san Gabriel codifica las leyes y la metodología de esta vía del progreso de la Mariología por vía vivencial y mística. Con todo lo imperfecto e incompleto que resultó su Credo, y -a pesar de su deficiente realización- no hay duda que en la Mariología ha creado un género literario único.

A. M. Artola, CP.

Profesor de Sagrada Escritura

En el Seminario “Redemptoris Mater”

CALLAO-LIMA

Texto en el idioma original (italiano)

 

 

Contenuti del Simbolo

 

1 – Credo [o Maria] come rivelaste a S. Brigida:

Quod es regina caeli, Mater misericordiae, iustorum gaudium et aditus peccatorum ad Deum;

e che: Nullus est adeo maledictus, qui quamdiu vivit,careat tua misericordia;

e che: Nullus est ita abiectus a Deo, qui si te invocaverit, non revertatur ad Deum et habiturus sit

misericordiam;et miser erit qui ad misericordem, cum possit,non accedit.

2 – Credo che: voi siate la madre di tutti gli uomini,

e che in Giovanni li riceveste tutti per figli, giusta la volontà di Gesù.

3 – Credo che voi siate quale alla vostra Brigida vi dichiaraste:

Quasi mater omnium peccatorum volentium se emendare;

e che: Clamas pro anima peccatrice: “Miserere mei”.

4 – Credo che: Voi siate la nostra vita.

Dico con S. Bernardino da Siena che: Omnes indulgentias factas in veteri Testamento,

non ambigo Deum fecisse solum (non escluso Gesù),

et, post Deum, spes unica peccatorum, vi dirò con S. Agostino.

Vi credo quale vi vide S. Geltrude, col manto aperto in cui stavano rifugiate molte fiere, leoni, orsi, tigri, e che voi non solo non li cacciavate, ma con gran pietà gli accoglievate ed accarezzevate.

5 – Per voi, noi riceviamo il dono inestimabile della S. Perseveranza:

Te sequens non deviam, te rogans non desperabo, te tenente non corruam, te protegente non metuam,

te duce non faticabor, te propitia perveniam ad te.

6 – Voi siete il respiro dei cristiani ed il loro aiuto, massime in morte, conforme diceste a S. Brigida:

Quod tu ut mater occurris eis in morte, ut ipsi consolationem et refrigerium habeant,

e che: Non est tuum – come diceste a S. Giovanni di Dio –

quod non est tuum, in mortis hora, tuos devotos derelinquere.

7 – Voi siete la speranza di tutti, massime dei peccatori;

Tu civitas refugii,

e di quelli specialmente che son privi d’ogni soccorso.

8 – Voi siete: Protectrix damnatorum, spes desperatorum;

e come intese S. Brigida che vi diceva Gesù che:

Etiam diabolo misericordiam exhiberes, si humiliter peteret;

Tu peccatorem quantumcumque foetidum non horres;

si ad te suspiraverit – vi dirò con S. Bernardo –

tu illum a desperationis barathro pia manu retrahis.

9 – Credo che: voi voliate ad aiutare chi vi invoca;

e che siate: Salus te invocantium;

e che: Plus vis tu facere nobis bonum, quam nos

accipere concupiscimus.

10 – Credo, come voi significaste a S. Geltrude, che:

aprite il manto per accogliere tutti quelli che a voi ricorrono, e che gli Angeli attendono a difendere

i vostri devoti dalle infestazioni dell’inferno.

Voi preoccupate quei che vi cercano, ed anche non richiesta, correte pronta in aiuto;

e che: Quern tu vis, salvus erit.

11 – Credo, come diceste a S. Brigida, che:

Daemones audientes Mariam, statim relinquunt animam.

12 – Confesso con S. Epifanio, Antonino ed altri,che il vostro Nome

scese dal Cielo e fu imposto per divina ordinazione.

Riconosco con S. Antonio da Padova nel Nome vostro

le stesse dolcezze che S. Bernardo considera nel Nome di Gesù:

Nomen tuum, o Maria, iubilus in corde, mel in ore, in aure melos.

13 – Credo che, dopo il Nome di Gesù, [Non] sit aliud nomen

unde tantum gratiae, spei et suavitatis piae mentes concipiant.

E col vostro S. Bonaventura confesso che:

Nomen tuum devote nominari non potest sine nominantis utilitate.

E credo ciò che diceste a S. Brigida, che:

Nullus est in hac vita tarn frigidus ab amore Dei, qui, si invocaverit Nomen tuum cum proposito poenitendi, statim diabolus ab ipso non discedat.

14 – Credo che: la vostra intercessione sia moralmente necessaria per la nostra salute;

che tutte le grazie che Dio ci dispensa passino per [le] vostre mani;

e che tutte le misericordie che si sono dispensate agli uomini,

tutte sono venute per mezzo vostro;

e che: Nullus potest caelum intrare, nisi per te transeat tamquam per portam;

credo che la vostra intercessione sia non solo a noi utile, ma necessaria, moralmente.

15 – Credo che: voi siate la Cooperatrice di nostra giustificazione;

homninum Reparatricem;

salutis hominum auctricem;

totius bumani generis reparatricem;

adiutri[cem] redemptionis;

mundi salvatricem.

Che nel mare di questa terra restan sommersi tutti quei

che non si troveranno ricevuti nella vostra nave;

e per conseguenza credo che:

Nemini, nisi per te, pateat aditus ad salutem,

e che: Nemo est qui salvus fiat, nisi per te.

16 – Credo che:

Deus decrevit nihil dare nisi per te;

che: salus nostra in manu tua est,

e che: qui petit sine te, sine alis tentat volare;

credo altresì che: frustra alios Sanctos oraret quem tu non adiuvares,

e che: quod possunt omnes isti tecum, tu sola potes sine illis omnibus,

e che: te tacente, nullus iuvabit, nullus orabit;

te orante, omnes iuvabant et orabunt.

E finalmente vi dico con S. Tommaso: Omnis spes vitae;

e vi dico con S. Agostino: Unam ac te solam pro nobis in Caelo fatemur esse sollicitam.

17 – Credo che: voi siate la tesoreria di Gesù,

e che: Nemo donum Dei suscipit nisi per te;

e che: Inventa te, invenitur omne bonum.

18 – Credo che: Unum suspirium tuum plus potest quam omnium Sanctorum simul suffragia,

e confesso con S. Giovanni Damasceno che: Potes quidem omnes salvare.

Vi credo che siate quell’Avv[ocata] che non ricusate difendere le cause dei più miserabili.

Vi dirò con S. Andrea Cretense: Salve, divina hominum reconciliatio.

E con S. Germano: Non est satietas defensionis tuae.

19 – Vi ravviso per la Paciera tra peccatori e Dio,

e vi credo per quell’esca dolcissima creata da Dio

Per prender gli uomini e specialmente i peccatori per tirarli a lui,

come E[gli] stesso lo rivelò a S. Caterina da Siena;

ed in conseguenza: Sicut magnes attrahit ferrum,sic tu attrahis dura corda, come diceste a S. Brigida.

Voi siete tutt’occhi per compatire e soccorrere le nostre miserie,

onde vi dirò con S. Epifanio multoculam”;

e ciò lo conferma quel che intese S. Brigida, quando voi richiesta da Gesù:

Mater, pete quid vis a me, voi rispondeste: Misericordiam peto pro miseris.

20 – Credo che quell’innata misericordia delle vostre materne viscere che aveste pellegrina ancora su questa terra verso dei miseri, sia superata in grandezza adesso che regnate in cielo, in quel modo che il sole supera in grandezza di splendore la luna, mi dice S. Bonav[entura].

E che siccome i corpi celesti e terreni sono illuminati dal sole, così non vi e nel mondo chi per vostro mezzo non partecipi della divina misericordia, come rivelaste a S. Brigida;

onde credo con S. Bonav[entura] che: In te, Domina,peccant non solum qui tibi iniuriam irrogant,

sed etiam qui te non rogant.

Onde è che mi persuado col medesimo Santo che: Qui praestat in obsequio tuo, procul fiet a perditione;

e ciò credo con S. Ilario che avverrà: Quantumcumque quis fuerit peccator, si [tui djevotus extiterit,

numquam in aeternum peri[bi]t.

21 – Con S. Bonav[entura]: Qui neglexerit te, morietur in peccatis suis

Qui non invocat te in hac vita, non pervenient ad regnum Dei;

.. .a quibus averteris vultum tuum, non erit spes ad salutem.

22 – La vostra devozione credo con S. Efrem che sia Charta libertatis.

Credo con S. Anselmo che: Aeternum “vae” non sentiet ille pro quo semel tu oraveris.

E che la vostra devozione è avere certe armi di salute, che Iddio non concede

se non a coloro che Egli vuol salvi, come m’assicura il Damasceno.

Onde concluderò con S. Antonino: Sicut impossibile est ut illi a quibus tu oculos tuae misericordiae avertis,

salventur, ita necessarium quod hi, ad quos convertis oculos tuos pro eis advocans, salventur et glorificentur.

23 – Credo, come già rivelaste a S. Brigida:

esser voi la Madre di tutte le anime purganti, mentre tutte le pene che esse meritano per le colpe commesse

in vita, in ogni ora per le vostre preghiere sono in qualche modo mitigate.

Troppo dunque felici e fortunati, vi dirò con S. Alfonso, sono i vostri devoti,

[e l’unica volta in cui S. Alfonso è citato esplicitamente nel Simbolo]

mentre ci assicura S. Bernardino che: A tormentis purgatorii liberas maxime devotos tuos,

conforme a ciò che intese S. Brigida che vi diceva Gesù: Tu es Mater mea, tu Mater misericordiae,

tu consolatio eorum qui sunt in purgatorio.

24 – Credo che Voi, stando per andare al Paradiso domandaste, e senza dubbio otteneste,

di potervi condurre con voi tutte le anime che si trovavano in purg[atorio].

Credo altresì, come prometteste al Papa Giovanni XXII, che gli ascritti al Carmine,

nel sabato dopo la morte sarebbero liberati dal purg[atorio].

Ma più felici sono i vostri devoti, poiché: Porta caeli reserabitur eis.

Voi siete: Reseramentum caelestis Jerusalem, sIanua caeli, 6Felix caeli porta, 7Vehiculum ad caelum.

25 – Credo che: ln Jerusalem potestas tua imperando quod vis et quos vis introducendo.

Per te caelum apertum est, infernus evacuatus, instaurata caelestis Jerusalem,

miseris damnationem expectantibus vita data est. S. Bern[ardo].

26 – Credo che: Qui operantur in te non peccabunt, qui elucidant te vitam aeternam habebunt;

e vi riconosco per quella celeste nocchiera, che conducete all’eterno porto i vostri devoti ricoverati nella

navicella della vostra protezione, come mostraste a S. M[aria] Maddalena dei Pazzi;

onde la vostra devozione, dirò con S. Bernardo, certissimum est signum salutis aeternae consequendae,

e col B. Alano: Habens devotionem hanc (salutandi saepe cum Ave) (8), signum est praedestinationis

permagnum ad gloriam.

Onde concluderò con Guerrico Abate: Qui tibi famulatur, ita securus est de Paradiso, ac si esset in Paradiso.

27 – Credo con S. Antonino che: Non reperitur aliquis Sanctorum, ita compati in infirmitatibus,

sicut tu, Beatissima Virgo Maria.

Date più di quel che vi si chiede. Voi, ubicumque fuerit miseria, tua curris et succurris misericordia.

Tu semper circuis quaerens quem salves.

Saepe, vi dirò coll’Abate di Celles, quos iustitia Filii tui potest damnare,tu Mater misericordiae liberas.

Onde credo ciò che il Signore disse a S. Brigida: Nisi praeces tuae intervenirent, non esset spes misericordiae.

Onde tengo con S. Fulgenzio che: Caelum et terra iamdudum ruissent si tu tuis precibus non sustentasses.

28 – Credo che la vostra altezza sia superiore a tutti i Santi ed Angeli;

e che: Tanta est perfectio tua, ut soli Deo cognoscenda reservetur.

Credo che: Immediate post esse Deum, est esse Matrem Dei; e che in conseguenza: Magis Deo coniungi non

potuisti, nisi fieres Deus (Alber[to] Magno).

29 – Credo che Dignitas Matris Dei, suo genere est infinita,

e che il vostro stato fu sommo, quae purae creaturae dari possit.

E confesso con S. Bonaventura che: Esse Matrem Dei, est gratia maxima purae creaturae conferibilis: ipsa est quam maiorem facere non potest Deus. Maiorem mundum facere potest Deus, maius caelum, maiorem quam Matrem Dei facere non potest.

30 – Credo quod propter te totus mundus factus est,

e che: Tua dispositione perseverat mundus quem et tu cum Deo ab initio fundasti,.

e che per amor tuo non distrusse Iddio l’uomo dopo il peccato.

31 – Credo che Iddio vi abbia dotata in sommo grado di tutte le grazie e doni generali e particolari

conferiti a tutte le creature;

e credo al Signore che rivelò a S. Brigida che la vostra bellezza superò la bellezza di tutti gli uomini

e degli Angeli.

Credo che la vostra bellezza fugava moti impuri ed ingeriva purità.

32 – Credo che foste bambina, ma di essa [aveste] solo1’innocenza e non già il difetto d’incapacità.

Foste Vergine prima, nell’atto e dopo il parto; senza la sterilità foste madre, ma Vergine.

Nella vita attiva operavate, ma senza che 1’operare vi distogliesse dall’unione con Dio;

nella contemplativa stavate raccolta in Dio, ma senza negligenza alcuna dei vostri doveri.

33 – A voi toccò la morte, ma senza le sue angustie e senza la corruzione del corpo.

34 – Credo, con S. Alberto Magno, che foste la prima che, senza consiglio e senza esempio di altri,

offriste a Dio la vostra verginità; e poi gli donaste tutte le Vergini che vi hanno imitato,

e che di esse ne siate la gonfaloniera;

e che per voi si mantenne vergine il vostro purissimo Sposo Giuseppe,

e che sareste stata pronta per conservare la verginità a rinunziare, col divino beneplacito,

anche la dignità di Madre di Dio.

35 – Credo, come fu rivelato a S. Matilde, quod ita modeste de te sentiebas, ut cum tot gratias haberes,

nulli te praetulisti;

e come diceste a S. Elisabetta benedettina, tengo per fermo quod te repu[ta]bas vilissimam

et gratia Dei indignam.

36 – Credo, o Madre mia, giusta voi lo esprimeste a S. Brig[ida], quod promeruisti Maternitatem Dei,

quia cogitasti et scivisti nihil a te esse et habere.

37 –Credo che per la vostra umiltà celaste a S. Giuseppe la divina Maternità, ad onta che il manifestarlo

pareva necessario.

Serviste a S. Elisabetta, 3e sempre vi eleggeste l’ultimo posto.

38 – Credo, secondo diceste a S. Brig[ida], essere di si basso concetto presso voi stessa, eo quod cogitasti et

scivisti nihil a te esse et habere, et ideo noluisti laudem tuam, sed solum Datoris et Creatoris.

39 – E confesso con S. Bernardino da Siena,1che non vi sia stata creatura che più si sia umiliata di voi,

e che nel mondo non vi è di umiltà neppure il minimo grado a confronto della vostra umiltà.

40 – Credo essere stato tanto il fuoco di cui voi ardevate verso Dio che, posto in quello tutto il cielo e la terra

in un momento si sarebbero consumati;

e che al vostro confronto eran aure fresche tutti gli ardori dei Serafini.

41 – Credo che voi sola perfettamente adempiste il precetto: Diliges Dominum…,

e che voi, nel primo momento del viver vostro, avanzaste 1’amore di tutti gli Angeli e uomini verso Dio;

e che i beati Serafini potevano scendere ad imparare nel vostro cuore il modo di amare Dio.

42 – Credo che per un tal fuoco divino — con S. Bonav[entura] — che giammai foste tentata,

e che, in una parola, come già rivelaste a S. Brigida: Nihil nisi Deum cogitabas, nulla tibi nisi Deus placuerunt.

43 – Credo con il Suarez, Ruperto, S. Bernardino, S. Ambrogio, che: Cum quiesceret corpus tuum,

vigilabat animus,

e che a voi il sonno non impediva [di] amare Iddio.

Onde a voi ancora appartiene quell’Ego dormio et cor meum vigilat,

e che, in una parola, mentre viveste in terra, continuamente stavate amando Dio;

e che giammai faceste se non quello che conosceste esser di suo gusto,

e che foste sì riempita di tanta carità, qualis et quanta percipi potest a pura creatura in terra,

in modo che vulnerasti et rapuisti divinum Cor.

44 – Credo che voi talmente amaste il prossimo, che […]

non vi e stato né vi sarà chi più di voi lo abbia amato,

e per conseguenza non vi è al mondo creatura che

45 – E che se si unisse 1’amore che tutte le madri portano ai figli, tutti gli sposi alle loro spose e tutti i Santi

ed Angeli ai loro devoti, non giunge all’amore che voi portate ad un’anima sola;

e che 1’amore che tutte le madri han portato ai loro figli, è un’ombra a paragone dell’amore che ad uno solo

di noi ci portate.

46 – Vi dirò con S. Agostino: Fides tua Caelum aperuit cum Angelo nuntianti consensit.

47 – Credo, col Suarez, che ayeste più fede che tutti gli uomini ed Angeli,

e che, etiam discipulis dubitantibus, non dubitasti.

Onde dirò con S. Cirillo: Sceptrum orthodoxae fidei.

48 – Credo che voi siate Mater Sanctae Spei,

ed il tipo della confidenza in Dio.

Voi foste mortificatissima.

Credo a ciò che di voi S. Epifanio e il Damasceno ci dicono, che foste sì mortificata negli occhi, che li

tenevate sempre bassi e giammai li fissavate in alcuno.

49 – Credo ciò che voi rivelaste a S. Elisabetta benedettina:

che non aveste alcuna virtù senza fatica ed orazione.

Credo ciò che diceste a S. Brigida: Omnia quae potuisti habere, dedisti indigentibus

nihilque nisi cibum tenuem et vestitum reservasti,

Credo che mundanae divitiae velut lutum tibi vilescebant.

Credo fermamente che faceste voto di povertà.

 


[1] Texto leído el 6 de diciembre de 2004, en el XXI Congreso Mariológico Internacional de Roma (4-8 diciembre del 2004) con el título de La fe, forma radical de acogida a la acción divina en la Historia. El “Credo Mariano” de San Gabriel de la Dolorosa.

[2] Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata, della Congregazione dei Passionisti, per cura del P. Germano di S.Stanislao, della stessa Congregazione, Milano, 1896, 125-131)

[3] No es uniforme la terminología que se utiliza para designar el escrito de san Gabriel. El original no llevaba título alguno. El confesor del santo -Ven. P. Norberto Casinelli- habla de Símbolo della Madonna. En el texto presentado a la revisión canónica de los escritos el Ven. P. Germán le puso como título Symbolus Marianus. Con este título se subrayaba el sentido de contraseña o distintivo mariano. Pero el uso posterior ha preferido el neutro symbolum que se utiliza para designar Íos simbolos de fe en la terminología eclesiástica. ( v.g. Symbolum Apostolorum etc.).Luego el uso ha preferido este último sentido, de ahí la variante de Credo Mariano .Este Credo ha entrado a formar parte de las prácticas piadosas marianas. Así el agustino P. Valerio Rodrigo lo incluyó entre las devociones mañanas en su devocionario LUZ Y CONSUELO DEL ALMA (Madrid,1955) como la primera dichas prácticas, con el título de Símbolo Mariano (pp.354‑357)

[4] En la deposición procesal para la canonización de Gabriel, su director espiritual el Ven. Norberto de Santa María recordaba sencillamente lo siguiente: “Había compuesto para sí un símbolo que llama Símbolo de la Virgen, símbolo que bien guardado, lo llevaba pendiente del cuello con protestas de devoción a su querida Reina y Señora. Si mal no recuerdo, cuando lo compuso y trataba de copiado para colgársela al cuello, me suplicó e importunó para que le permitiese escribirlo con su propia sangre. No le concedí el permiso, por eso lo escribió con tinta. Siento de veras no poder dar a conocer el contenido de tal símbolo, porque no lo recuerdo. A su muerte no se le pudo encontrar, ni siquiera, por cuanto recuerdo, cuando se quitó el hábito, porque quizá había encontrado modo de destruirlo, para que no fuese visto por ninguno de los que debían cuidado”. (Deposición canónica del Ven. Norberto, en FONTI storico-biografiche di san Gabriele dell´Addolorata, Edizione critica a cura di NATALE CAVATASSI, C.P. e FABIANO GIORGINI, C.P. Edizioni ”Eco” 1969,p.133, línea 20.

[5] No se recuperó todo el texto. Una parte de las hojas del cuadernillo que llevaba sobre el pecho, fue arrancada. Tal vez era la parte más importante, pues probablemente contendía los artículos sobre los Dolores de María (.Cf. N. CAVATASSI; Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104)

[6] Ver la historia de estas ediciones en N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata en SAN GABRIELE DELL’ADDOLORATA E IL SUO TEMPO .Studi, Ricerche, Documenti. Editrice”Eco”103-105., San Gabriele ,Teramo,19861,pp.122‑150.

[7]N.CAVATASSI,San Gabríele dell’Addolorata e il suo Tempo.Studi, Ricerche, Documenti, Editrice Eco, San Gabriele ,Teramo, 19861, pp. 122‑150.

[8] Probablemente se escribió a fines de 1861.Las pistas cronológicas son las siguientes. El voto de propagar la devoción a los Dolores se coloca por los años 1860-6l. Inmediatamente después de emitir este voto, el Santo procedió a redactar el texto. La negativa del permiso para copiarla en limpio con la propia sangre debe datarse de la última época de la vida del Santo (1861).Por ello, la fecha más probable corresponde a los meses entre final de 1860 y todo el año 1861.Por entornes el santo estaba cursando la última etapa de los estudios de Teología.

[9] Las siete partes las ha dividido el P. Cavatassi en la edición crítica del Símbolo, de la siguiente forma: 1‑Privilegios marianos;¸II-Las virtudes de la Virgen;III‑La maternidad espiritual de María: IV‑La maternidad espiritual que se extiende a las almas del purgatorio; V‑La mediación de las gracias; VI‑La devoción a María, garantía de salvación; VI ‑Las actitudes interiores de María

[10] La idea de perfeccionar el texto en una redacción definitiva que llevaría cabo cuando la escribiese con su sangre, le impidió dejar el Credo en redacción completa. Con frecuencia deja espacios en blanco con la idea de completar más tarde el párrafo introduciendo las citas escogidas. Hay señales de que trabajaba con papelitos sueltos –a modo de fichas- donde tenía copiados los textos que luego incluiría en el lugar apropiado. Así, en la pg.3 hay un espacio libre de dos o tres líneas, que dejó en blanco para añadir alguna idea. Toda la página cuatro está en blanco. La quinta sólo contiene un artículo incompleto. La octava y la novena tienen también espacios en blanco. La décima sólo lleva escrita una mitad. La undécima está en blanco. La duodécima lleva sólo la dirección del P. Norberto -y de otra mano-. De la decimotercera y decimocuarta sólo quedan algunos rasgos. La decimoquinta y décimosexta, están escritas en caligrafía más cuidada, eran las que llevaba en una bolsita sobre su pecho. Contenían 14 artículos. Un parte de esta hoja está quedó intencionadamente recortada. Con toda probabilidad, a la muerte del santo, alguien la sustrajo pro devoción, y no la restituyó nunca. El editor piensa que esta parte que falta correspondería a la sección dedicada los Dolores de María. (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104).

[11] Los estudios se han publicado en las Actas de dos congresos de estudios gabrielistas tenidos en Isola del gran Sasso en los años 1984 y 1985 (San Gabriele dell’Adídolorata e ii suo tempo Studi, Ricerche, Documentazione) editados en los años 1986‑1987 respectivamente.

[12] Stanislao BATTISTELLI, C.P.,S. Gabriele dell`Addolorata.San Gabriel, 10 ed. 1970,p. 138.En la primera edición de 1896 llevaba como subtítulo: “Corona di elogi alla Madre diu Dio” (Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata…, p 125)

[13] Fusto POZZI, CP. S. Gabriele dell`Addolorata .S. Gabriele, 1974, p. 206

[14] N.CAVATASSI, San Gabriele e il suo tempo,p.113

 

[15] San Gabriel de la Dolorosa (en el siglo Francisco Possenti), nació en Asís (Italia) el 1 de marzo de 1838.Huérfano de madre a los cuatro años, en 1844 empieza la enseñanza primaria en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Después de su primera comunión (1850) frecuenta el liceo de los Jesuitas de Spoleto. A raíz de un a primera enfermedad grave, piensa en hacerse religioso, pero no lleva a la práctica su piadosa decisión. En una segunda enfermedad decide entrar entre los jesuitas, sin poner por obra su buen deseo. El 22 de agosto de 1856,octava de la Asunción, en la solemne procesión de la Santa Icone de Spoleto, la Virgen le llama a la vida religiosa. Dejando su vida mundana, pide ingresar entre los pasionistas. Entra en el Noviciado de Morravalle (Italia) el 9 de septiembre de 1856. Viste el hábito el 21 de septiembre del mismo año, y el 22 de septiembre de 1857 emite la profesión religiosa. A los 24 años de edad muere en el convento pasionista de Isola del Gran Sasso el 27 de febrero de 1862 .Se introduce su causa de canonización en 1891.En 1908 es beatificado, viviendo todavía su Director espiritual el P. Norberto de Santa María. El 13 de mayo de 1920 es canonizado.”Difícilmente se hallará una existencia más enraizada en la devoción a María, más unida en sus destinos a la Santísima Virgen, y más en íntima dependencia de su protección verdaderamente materna ” (Cf. Benito del MORAL, Almas marianas Madrid 1954, p. 19).

[16] « A la intervención maternal de Nuestra Señora hay que atribuir en Gabriel, desde su actuación vocacional hasta su popularidad de Santo Taumaturgo” E. S. GIBERT, Sobre las cumbre del Gran Sasso, Madrid 1973, 47, nota 68.

[17] Cuando nació Gabriel en 1838, hacía sólo ocho años que había tenido lugar en París la aparición de la Milagrosa. Contaba cuatro años de edad, cuando en 1842, acontecía en Roma la sensacional conversión del judío Alfonso María de Ratisbona. En 1846 ‑ Gabriel contaba a razón ocho años de edad ‑ toda Europa se sorprende con la visión de la Virgen de La Saleta cuyos destinatarios eran Maximino y Melania. Gabriel tenía dieciséis años cuando el B. Pío IX definió la Inmaculada Concepción. Poco después, en Lourdes se dejaba ver la Inmaculada Concepción. El mismo año de su muerte –1862- el 18 de enero tenía lugar la aprobación oficial de las apariciones de Lourdes. Este ambiente mariano favoreció la eclosión de genios religiosos profundamente influenciados por la acción de la Virgen María. San Gabriel de la Dolorosa fue uno de ellos.

Los tres últimos años de su vida transcurrieron en un convento de larga historia mariana. Isola del Gran Sasso poseía un convento fundado por San Francisco, donde se dio culto a la Inmaculada antes que en ningún otro lugar de Italia.

[18] Este estudiante pasionista fue el primer santo joven canonizado en la Iglesia después de la triada jesuita de San Luis, San Estanislao y San Juan Berchmans. Hacía varios siglos que no subían a los altares jóvenes que ofrecieran el modelo de continuidad con la santidad joven de tiempos antiguos. Y ese ejemplo era necesario. San Gabriel abre la serie. Cuando el fue beatificado en 1908 todavía no se había introducido la causa de Teresita de Lisieux. San Gabriel fue canonizado en 1920 y la santa de Lisieux no era todavía beata. La glorificación del joven santo pasionista provocó un numeroso ejército de émulos. El año 1923 tenía Jugar la beatificación de Teresita; el año 1925 su canonización. Luego ha venido la pléyade de santos jóvenes que es la gloria del presente siglo.

[19]Desde la beatificación en 1908, fue grande el influjo de Gabriel en las Casas de Formación. No había en aquellos años Noviciado, Escolasticado, Seminario, o internado católico donde no se leyera la biografía de San Gabriel. Los hermanos de La Salle lo consideraban como un aventajado ejemplar de la educación impartida en sus colegios. Los jesuitas propagaban su conocimiento como antiguo discípulo del Liceo de Spoleto. San Gabriel se convirtió en el modelo de los jóvenes aspirantes al sacerdocio en la difícil etapa de su formación.

[20] El concepto que de san Gabriel se tenía en la Iglesia preconciliar se transparenta bien en un detalle del año 1962 en que se abrió el Vaticano II. El mismo día en que se celebraba el centenario de la muerte del Santo (27 de febrero) Juan XXIII presidió una sesión de la comisión Central Preparatoria del Concilio. El papa aprovechó la coincidencia para hablar así a los miembros de la Comisión: “En este sencillo acto de nuestra presencia entusiasta en la continuación de la preparación del Concilio, deseamos encontrar nuevos auspicios de fervor al conmemorar hoy el centenario de la muerte de la selecta flor de la Congregación de los Padres Pasionistas, San Gabriel de la Dolorosa que San Pío X y Benedicto XV ofrecieron a la veneración de la Iglesia universal” (Ecclesia, 1962, vol. I, p,299).

[21] Esta falta de conexión se debe al hecho de que el Santo no pudo realzar la refundición definitiva de sus textos

[22] Confieso con S. Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió Cielo, y te fue impuesto por orden divina. Reconozco, con S. Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que S. Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído

               

Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad. Y con vuestro San Buenaventura confieso que no se pude devotamente

pronunciar tu nombe sin utilidad del que lo lo pronuncie. Y creo lo que dijiste a Sta. Brígida, que: Nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu ombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio

[23] Y creo al Señor, que reveló a Sta. Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los Ángeles. Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza

[24] Creo, con S. Alberto Magno,que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después le ofreciste todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José. Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito incluso a la dignidad de Madre de Dios . Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

[25] Creo que fuiste niña, pero de ella sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

[26] Creo que considerabas las riquezas mundanas como vil barro

[27] En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.          Creo con Suárez, Ruperto, S. Bernardino y S. Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma vigilaba.     Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: Yo duermo, pero mi corazón vela

[28] Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que, a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste. Y, como dijiste a la benedictina Sta. Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a Sta. Brígida, que, si mereciste ser destinada a la Maternidad divina, ni pensaste ni supiste serlo por ti

Creo que por tu humildad ocultaste a S. José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Isabel, y siempre elegiste allí el último lugar

Creo, según dijiste a Sta. Brígida, que tenías de tí misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada se te debía, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador

Y confieso con S. Bernardino de Siena,que no existió criatura alguna que se haya humillado más

que tú.. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya

[29] Creo que fuiste ¿mortificadísima.Creo lo que dicen de ti S. Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan sacrificada de ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

[30] Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo Creo [¡oh María!], como revelaste a Sta. Brígida: Que eres Reina del cielo

[31] Creo quetú eres la madre de todos los hombres y que, en Juan, a todos recibiste por hijos según la voluntad de Jesús

 

 

[32] Creo que tú eres la Cooperadora de nuestra justificación: Reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; ayuda para nuestra redención;

[33] Creo que Dios ha dispuesto no dar nada sino es por ti; que: nuestra salva-ción está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que: en vano reza a los Santos aquél a quien tú no ayudes; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin todos ellos; y que si tú callas ayudará, nadie orará; orando tú, todos ayudarán y orarán. Y finalmente, te digo con Sto. Tomás: Toda esperanza de vida; te preocupas por nosotros

 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las misericordias dispensadas a los hombres, todas vienen por tu mediación; y que Nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta .

 Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria

 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que : Nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que: El que te encuentra, encuentra todo bien.

 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los Santos juntos; y confieso con S. Juan Damasceno que: Puedes cierta-mente salvarnos a todos.

 Creo que eres aquella Abogada que no rehusa defender las causas de los pobres miserables. Y con San Germán:Tu defensa es inagotable.

 Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia.

Sostengo con S. Fulgencio que: El cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si tu no los sostuvieses con tus ruegos.

[34] Te contemplo como la Pacificadora entre Dios y los pecadores.

[35] Te diré, con S. Andrés Cretense: Salve divina reconciliación de los hombres (XVIII,4)

[36] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. Por lo que, con S. Antonino, concluiré: Así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos por ellos invocantes, se salvarán y glorificarán

 Creo que: Tu poder en Jerusalén dispone lo que deseas introduciendo a los que quieres.

 Por ti está el cielo abierto, y el infierno vacío, instaurada la Jerusalén celestial, se ha dado la vida a los míseros que esperaban la condenación.

[37] Creo que quieres ayudar al que te invoca; das mucho más de lo que se te pide.

Tú, acudes y socorres a donde se encuentre la miseria. Tú siempre miras a tu alrededor buscando a quien salvar.

[38]Creo, como revelaste a Sta. Brígida: Que eres […] el camino de los pecadores hacia Dios;

 y que nadie hay tan malo que, mientras viva, le falte tu misericordia;y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida:Madre de todos los pecadores que desean enmendarse;

 y que suplicas “Misericordia” para el alma pecadora )

 Creo que tú eres nuestra vida. Digo con S. Bernardino de Siena que: Todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo hayan sido hechas sólo por Dios (sin excluir a Jesús); y te llamaré, con S. Agustín,después de Dios, esperanza única de los pecadores

 Te creo tal como te vio Sta. Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

Tú eres la esperanza de todos; especialmente, de los pecadores: Tu, ciudad de reugio, y en particular de los privados de todo socorro .Tú eres: Protectora de los condenados, esperanza de los desesperados;y tal como entendió Sta. Brígida, que Jesús te decía: sería misericordioso incluso con el demonio, si me lo pidiere con humildad; que no rechazas al pecador aunque apeste, si te suplicara –te diré con S. Bernardo,tu le arrancarás del abismo de la desesperación con mano piadosa

 Te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombre, y espe-cialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a Sta. Ca-talina de Siena. Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a Sta. Brígida.

Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como S.Epifanio, “todaojos”; confirmado por lo que entendió Sta. Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo Madre, pídeme lo que quieras, contestaste: Pido misericordia para los miserables.

Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice S. Buenaventura. Y así como los cuerpos celestes y terrenos son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de tí, de la divina misericordia, según revelaste a Sta. Brígida. Por lo que, con :S. Buenaventura, creo que: Contra Tí, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican. De ahí que coincido con el mismo Santo en que: El que obra en tu obsequio, lejos está de la perdición.

Yo creo con S. Hilario que sucederá que: Por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti jamás perecerá para siempre.

Creo con S. Antonino que: no hay entre todos los Santos quien se compadezca en las enfermedades

como tú, Beatísima Virgen María. Tu, te diré con el Abad de Celles, Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar

Creo, como hiciste saber a Sta. Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los Ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno. Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda.; y que aquél a quien tú quieres, se salvará .

[Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. (XV)

[39] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. . Con S. Buenaventura: Quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación

Creo que:los que obran según tú no pecarán, los que de descubren tendrán la vida eterna.

Y te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a Sta. María Magdalena de Pazzi.

Y concluiré, con el Abad Guerrico: Quien te sirve, está tan seguro del Paraíso como si ya estuviera en él.

Creo, como dijiste a Sta. Brígida, que cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas y que eres la salvación de los que te invocan; y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti.

[40] Por ti recibimos el inestimable don de la Santa Perseverancia.

[41] Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome tú no temeré, conduciéndome tú no cansaré, con tu favor llegaré a ti

[42] Creo que tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a Sta. Brígida: Que tú, como madre, les asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a S. Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte

[43] Creo, como revelaste a Sta. Brígida: que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, aunque todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, en cualquier momento serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con S. Alfonso, que felices y afortunados son tus devotos [es la única vez que se cita expresamente a S. Alfonso en el Símbolo]. Y S. Bernardino asegura que: Especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio. Así como lo que Sta. Brígida enscuchó que decía Jesús: Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio (XXIII)

 

 Creo que tú, próxima a encaminarte al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

 Creo también que , como prometiste al Papa Juan XXII que los inscitos [en la , cofradía del] Carmen,

en el sábado después de su muetre serán liberados del purgatorio.Pero más felices son tus devotos,

porque: Les está reservada la puerta del cielo.

 Tú eres: la garantía de la Jerusalén celestial, Puerta del cielo,Feliz puerta del cielo, Vehículo que conduce al cielo

[44] Creo con S. Anselmo que: Aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el eterno “¡ay de ti!”. Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios sólo concede a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.Por lo que, como S. Bernardo, diré que tu devoción es ciertísimo signo para conseguir la vida eterna;

 y con el Beato Alano: Practicar esta devoción ( saludarla siempre con el Ave), es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.)

[45] La palabra “creo” aparece 53 veces. Es por mucho la fórmula más frecuente. La expresión “confieso” como sinónimo de la precedente, se utiliza 5 veces…El circunloquio ”Os diré”, con igual sentido que las voces anteriores, se repite 5 veces. ”Vos sois”, en sentido asertivo, 4 veces. “Digo”, como afirmación de fe, 3 veces, lo mismo que “Os creo”. “Reconozco, 2 veces. “Concluiré” en el sentido de una conclusión teológica, se cita dos veces. Una sola vez aparecen usadas las expresiones:”Tengo (sostengo),”Tengo seguro (fermo)”,”Estoy persuadido” “Os contemplo (vi ravviso), “Me asegura”;”Creo al Señor que reveló”

[46] Entre los Padres aparecen citados en el Credo: Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Andrés de Creta, Epifanio, Cirilo de Alejandría, Germán de Constantinopla, Fulgencio de Ruspe, Juan Damasceno, Efrén de Nisibe. m

[47] Además de los citados en la nota anterior, están: San Bernardo, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Alfonso de Ligorio.

[48] san Bernardino de Siena, San Antonino de Florencia, San Juan de Dios. B. Alain de la Roche.

[49] Guerrico, Ruperto de Deutz, Bernardino de Bustis, Ricardo de San Lorenzo, Conrado de Sajonia, Juan XXII, Raimundo Jordán, Justino de Miechow, Luis de Blois, Francisco Suárez,

[50] Santa Brígida, Santa Matilde, Santa Gertrudis, Santa Isabel de Schônau, OSB, Santa Catalina de Siena, Santa María Magdalena de`Pazzi.

[51] El segundo caso de un “credo” personal es el que se encuentra entre los escritos del místico lasalliano H. Estanislao José .En un texto titulado “Mi Credo” expresa sus convicciones personales sobre la acción de Dios en su vida, y la presencia de María en la misma. Es un escrito bien articulado de30 puntos. En él ocupa la Virgen un puesto relevante, mas no es un credo de tipo teológico, sino existencial y personal, al estilo de la confianza que en Dios ponían los personajes de AT como Abrahán., y os piadosos salmistas.(Cf. Ginés de María, FSC, Hermano Estanislao José. Un joven heroico desconocido, Madrid, 1983,p. 104-107).)

[52] El autor de la edición crítica excluye toda finalidad de difusión pública del escrito gabrielino (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p. 115

[53] El editor crítico del Credo niega explícitamente que se den contactos literarios entre la Mariología del P. Norberto y el Credo de San Gabriel (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p.106).Pero no se puede excluir unba inspiración común.Sin duda, el santo se violanzado a compoenr su credo, sigyiuendo el ejemplo del Director del Teologado.

[54] El editor crítico del Credo cree que la conservación y publicación del Credo se relacionan implícitamente con el voto de propagar la devoción a al Virgen (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.115)

[55] Cuando fue beatificado en 1908, no había ningún joven de los tiempos modernos elevado a la gloria de los altares. Sólo se recordaban los ejemplos de san Luis, san Estanislao y san Juan Berchmans. Cuando Gabriel fue canonizado en 1920, Teresita de Lisieux no había sido beatificada. El fervor por la santidad joven que se encendió a principios de siglo y caldeó los corazones de los jóvenes en período de formación, tuvo su mejor modelo en san Gabriel de la Dolorosa’

[56] N.CAVATASSI, N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p. 113.

[57] Con motivo del primer centenario de la muerte de san Gabriel (1862‑1962) el Papa Juan XXIII escribió al P. General de los Pasionistas una carta ‑ la Sanctitatis Altrix‑ en que subrayaba el carácter práctico de la piedad mariana del santo:”:”Resplande­ció en san Gabriel un‑a singular devoción a la Virgen Maria, y este amor no fue en él un entusiasmo

probado con las obras.”. (Ecclesia, 1962, vol. I, p. 297)

[58] El Credo de San Gabriel es un Símbolo Mariano. Por ello, su aportación original está en el campo de la Mariología.,

[59] “Hay, pues, dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. […]. Correlativamente a estas dos fuentes deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. […]. De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos“. (F. MARÍN SOLA; La evolución homogénea del Dogma Católico. Edic de E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, pp. 403-404).

[60] “Ni la Inmaculada, ni la perpetua virginidad de María, ni la exención de toda culpa actual hubieran sido propuestas como dogmas, de no haber mediado ese sentido de la fe y la experiencia de los santos […]Los dogmas todos referentes a María tienen por fuente su digna maternidad divina; y los requisitos o postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca razón lógica del sabio” (F. MARÍN SOLA, La evolución homogénea del Dogma Católico. Edición del P. E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, p.-405).

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Consagración de sí mismo a Jesucristo por medio de María*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2010

 

Oh Jesús, Sabiduría Eterna y Encarnada, te adoro en la gloria del Padre durante la eternidad y en el seno virginal de María en el tiempo de tu encarnación.

Te agradezco que hayas venido al mundo —hombre entre los hombres y servidor del Padre— para librarme de la esclavitud del pecado.

Te alabo y glorifico porque has vivido en obediencia amorosa a María para hacerme fiel discípulo tuyo; desgraciadamente no he guardado las promesas y compromisos de mi bautismo, no soy digno de llamarme hijo de Dios.

Por ello acudo a la misericordiosa intercesión de tu Madre, esperando obtener por su ayuda el perdón de mis pecados y una continua comunión contigo, Sabiduría Encarnada.

Te saludo, pues, oh María Inmaculada, templo viviente de Dios; en ti ha puesto su morada la Sabiduría Eterna para recibir la adoración de los ángeles y de los hombres.

Te saludo, oh Reina del cielo y de la tierra: a ti están sometidas todas las criaturas ¡todos experimentan tu gran misericordia! Acepta los anhelos que tengo de la Divina Sabiduría y mi consagración total. Consciente de mi vocación cristiana, renuevo hoy en tus manos mis compromisos bautismales.

Renuncio a Satanás, a sus seducciones y a sus obras, y me consagro a Jesucristo para llevar mi cruz con Él, en la fidelidad de cada día a la voluntad del Padre.

En presencia de toda la Iglesia te reconozco ahora como mi Madre y Soberana; te ofrezco y consagro mi persona, mi vida y el valor de mis buenas acciones pasadas, presentes y futuras; dispón de mí y de cuanto me pertenece para la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad.

Madre del Señor, acepta mi oración y preséntala a tu Hijo: si Él me redimió con tu colaboración, debe ahora recibir de tu mano el don total de mí mismo.

Que yo viva plenamente esta consagración para prolongar en mí la amorosa obediencia de tu Hijo y dar respuesta vital a la misión que Dios te ha confiado en la historia de la salvación.

Madre de la misericordia, alcánzame la verdadera sabiduría de Dios y hazme plenamente disponible a tu acción maternal.

Oh Virgen fiel, haz de mí un auténtico discípulo de tu Hijo, la Sabiduría Encarnada.

Contigo, Madre y modelo de mi vida, llegaré a la perfecta madurez de Jesucristo en la tierra y a la gloria del cielo. Amén.

 Oración a Jesucristo

Gracias, Señor Jesucristo, por haberme concedido la gracia de consagrarme a María.

Ella será mi socorro que, levantándome de mi propia miseria, me introducirá más y más profundamente en tu amistad.

Ay, Señor, débil como soy, sin ella ya hubiera naufragado en mis pecados. Sí ¡María me hace falta ante ti y en todas partes!

Con ella, en cambio, me libraré del pecado y de sus consecuencias, y podré acercarme a ti, dialogar contigo y agradarte en todo; aceptar radicalmente tu Evangelio, salvarme e irradiar tu amor y salvación a mis hermanos. ¡Cómo quisiera, oh Jesús, publicar ante todas las criaturas tu gran misericordia en favor mío! Y hacer que todo el mundo reconozca que, de no ser por María, hace tiempo estaría yo condenado. ¡Y agradecerte dignamente ese favor!

¡María está conmigo! ¡Qué tesoro tan precioso! ¡Qué alegría tan inmensa!

Pero, Señor, amor con amor se paga: qué ingratitud la mía si no me consagrara a ella totalmente.

Salvador mío amadísimo, antes morir que vivir sin ella… Mil   y mil veces, como Juan ante la Cruz, he aceptado a María como tu don más precioso y cuántas veces me he consagrado a ella ¡aunque todavía con tanta imperfección!

Por eso, quiero ahora, con la madurez y disponibilidad que esperas de mí, consagrarme a ella nuevamente.

Arranca de mi ser todo lo no que pertenezca a tan augusta Reina, pues si no es digno de ella, tampoco es digno de ti. Amén

 Oración al Espíritu Santo

Oh, Espíritu Santo, ayúdame a cumplir mi compromiso, concédeme todas las gracias: planta y cultiva en mí el árbol de la vida verdadera, que es la amabilísima María, para que crezca y dé flores y frutos abundantes.

Oh, Espíritu Santo, concédeme amar y venerar a María, tu esposa fidelísima, apoyarme en su amparo maternal y recurrir a ella confiadamente en toda circunstancia. Forma con ella en mí a Jesucristo hasta la plena madurez espiritual. Amén.

Oración a María

¡Oh María, hija predilecta del Padre, Madre admirable del Hijo, esposa fidelísima del Espíritu Santo!

Tú eres mi Madre espiritual, mi admirable maestra y soberana, mi gozo, mi corona, mi corazón y mi alma.

Tú eres toda mía, por bondad del Señor, y yo te pertenezco por justicia.

Mas, aún no soy tuyo cuanto debo; por ello, hoy me consagro a ti, en disponibilidad plena y eterna, comprometiéndome a arrancar de mí cuanto desagrade a mi Dios, y a plantar, levantar y producir todo lo que tú quieras.

Que la luz de tu fe disipe las tinieblas de mi espíritu, que tu humildad profunda sustituya a mi orgullo, que tu contemplación contenga mi alocada fantasía, que tu visión no interrumpida de Dios llene con su presencia mi memoria, que el fuego de tu ardiente caridad incendie la tibieza y frialdad de mi pecho, que mis pecados cedan al paso de tus virtudes y que el fulgor de tu gracia me acompañe al encuentro con Dios.

Madre mía amantísima, alcánzame la gracia de no tener más espíritu que el tuyo para conocer a Jesús y su Evangelio, más alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor, más corazón que el tuyo para amar a Dios como tú lo amas.

No te pido visiones, ni revelaciones, ni gustos, ni consuelos aun espirituales.

Para ti el ver claro, sin tinieblas ni dudas; para ti el saborear el gozo pleno; para ti el triunfar junto a tu Hijo; para ti el dominar cielos y tierra, y humillar los poderes del maligno; para ti el difundir como tú quieras los dones del Altísimo. Esta es tu mejor parte, que no te será nunca arrebatada, y me llena de gozo el corazón.

Para mí solamente gozarme en tu alegría, seguirte en tu camino: creer confiado solamente en Dios, sufrir con alegría cerca a Cristo, morir al egoísmo cada día, colaborar contigo para salvar al mundo.

Te pido solamente poder decir 3 veces «amén»: amén a cuanto hiciste en este mundo, amén a todo lo hoy que haces en el cielo, amén a todo lo ahora que haces en mi alma, para que en ella Cristo sea glorificado en plenitud, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Oraciones compuestas por san Luis María Grignion de Montfort

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El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

Por don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

 

1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, “se realiza la obra de nuestra redención” [2] y de ahí se pueda afirmar que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia” [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, “en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz” [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha “amado primero”.

Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella “hora”, Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que “en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual” [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y “concentrado” para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la “hora” de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn 19,26.27).

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado” [9]. Por eso “vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (…) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.

La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y “además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, “por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” [12].

 

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.

2.1. El Confiteor.  En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propia. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participacitio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (…). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” [13].

El acto penitencial, que “se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad” [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel “estar con Dios” y a la vez nos “fuerza” a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI “el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” [15].

El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem”. “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (…) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” [17].

Santa María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” [20].

2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano “dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)” [21].

Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el “sí” de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. “La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:

“tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor” (PE II)

“El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (PE IV)

En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.

Como señala Juan Pablo II, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.

Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. “La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor” [24].

La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza: “in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei, et Domini nostri Iesu Christi” veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” (Canon Romano).

Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, “Genetrix Dei” es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.

El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: “por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección”.

En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna: “así con María, la Virgen Madre de Dios, (…) merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (PE II)

“con María, la Virgen Madre de Dios, (…) por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda” (PE III) [31]

“Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios (…) y allí, junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte,

te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro… (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.

En esta oración se lee: “Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis…; et in honorem beatae Mariae semper Virginis…”

Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que “en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María” [33].

La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:

“Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris: et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (…) da propitius pacem in diebus nostris…”

Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual” [34]. De hecho, esta oración nos muestra que “por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo” [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: “Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (…) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre” [36].

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1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.

2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.

3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.

4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.

5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.

7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.

8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.

15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.

16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.

17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.

18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.

21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.

22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.

24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

25 Cf. S. MEO, “La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo” in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.

26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.

27 M. AUGE, L’anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247

28 Cfr. J. CASTELLANO, “In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana”, Rivista liturgica 75 (1988) 59.

29 “La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

30 “La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

31 “La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)

32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.

33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.

34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.

35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.

36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.

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¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2010

 

S.S. Juan Pablo II, 21 de agosto de 1997

1.  El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.

Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente,  [el desposorio] introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa. En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.

2.  Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encamación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.

El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación. El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.

José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encamación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. exhortación apostólica Redemptoris custos, 7).

La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevaba a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.

  

 

 

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Acto de consagración de los jóvenes a María Santísima*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 17, 2009

 

Virgen de Fátima, Madre mía tan amada, adhiriéndome al Movimiento Mariano, hoy me consagro —de modo especialísimo— a tu Corazón inmaculado.

Con este acto solemne te ofrezco toda mi vida, mi corazón, mi alma y mi cuerpo, especialmente este período que estoy viviendo de mi juventud.

Guíame por la senda que nos trazó Jesús: la del amor, de la bondad, de la santidad.

Ayúdame a huir del pecado, del mal, del egoísmo, y a rechazar las tentaciones de la violencia, de la impureza y de la droga.

Te prometo confesarme con frecuencia y recibir a Jesús en mi corazón como alimento espiritual de vida, observar los mandamientos de Dios, caminar por la vía del amor y la pureza, recitar cada día el Santo Rosario.

Quiero ser testimonio de unidad con gran amor al Papa, al obispo y a mis sacerdotes.

Te amo, Madre mía dulcísima, y te ofrezco mi juventud por el triunfo de tu Corazón Inmaculado en el mundo.

 “En estos tiempos, la Madre celeste os pide obras de penitencia y de conversión.

La oración vaya siempre acompañada de interior y fecunda mortificación.

Mortificad vuestros sentidos para que podáis ejercitar el dominio sobre vosotros mismos y sobre vuestras pasiones desordenadas.

Los ojos sean verdaderos espejos del alma: abridlos para recibir y para dar la luz del bien y de la gracia, y cerradlos a cualquier influjo del mal y del pecado.

La lengua se suelte para decir palabras de bondad, de amor y de verdad, y, por tanto, el más profundo silencio rodee siempre la formación de cada palabra.

La mente se abra solo a pensamientos de paz y de misericordia, de comprensión y de salvación, y jamás quede desflorada por el juicio y la crítica, y mucho menos por la maldad y la condena.

El corazón se cierre con firmeza a todo desordenado apego a vosotros mismos, a las criaturas y al mundo en que vivís, para que pueda abrirse a la plenitud del amor a Dios y al prójimo.”

 

La Santísima Virgen María al padre Esteban Gobby, marzo 4 de 1981.

 

Acto de consagración al Corazón Inmaculado de María

 

Virgen de Fátima, Madre de misericordia, Reina del cielo y de la tierra, refugio de los pecadores, nosotros, adhiriéndonos al Movimiento Mariano, nos consagramos de modo especialísimo a tu Corazón Inmaculado.

Con este acto de consagración queremos vivir contigo y por medio de ti todos los compromisos asumidos con nuestra consagración bautismal. Nos comprometemos también a realizar en nosotros aquella interior conversión, tan requerida por el Evangelio, que nos libre de todo apego a nosotros mismos y a los fáciles compromisos con el mundo, para estar, como tú, siempre dispuestos a cumplir solo la voluntad del Padre.

Y, mientras, queremos confiarte, Madre dulcísima y misericordiosa, nuestra existencia y vocación cristiana, para que tú dispongas de ella para tus designios de salvación en esta hora decisiva que pesa sobre el mundo; nos comprometemos a vivirla según tus deseos, particularmente en lo que se refiere a un renovado espíritu de oración y de penitencia, a la participación fervorosa en la celebración de la Eucaristía y al apostolado, al rezo diario del Santo Rosario y a un austero modo de vida conforme al evangelio, que sirva a todos de buen ejemplo en la observancia de la Ley de Dios y en el ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente de la pureza.

Te prometemos también estar unidos al Santo Padre, a la jerarquía y a nuestros sacerdotes, para oponer así una barrera al proceso de oposición al Magisterio que amenaza los fundamentos mismos de la Iglesia.

Bajo tu protección queremos ser los apóstoles de esta hoy tan necesaria unidad de oración y de amor al Papa, para quien te suplicamos una especial protección.

Finalmente te prometemos conducir a las almas con las que entremos en contacto a una renovada devoción hacia ti.

Conscientes de que el ateísmo ha hecho naufragar en la Fe a un gran número de fieles, que la desacralización ha entrado en el Templo santo de Dios, que el mal y el pecado invaden cada vez más al mundo, nos atrevemos a levantar confiados los ojos a ti, Madre de Jesús y Madre nuestra misericordiosa y poderosa, e invocar también hoy y esperar de ti la salvación para todos tus hijos, oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

 

(Con aprobación eclesiástica)

 

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Angelus y Regina coeli*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2009

Angelus

 –El ángel del Señor anunció a María.

–Y concibió por obra del Espíritu Santo.

–Dios te salve, María, llena eres de gracia,…

–Santa María, Madre de Dios, ruega por…

–He aquí la esclava del Señor.

–Hágase en mí según tu palabra.

–Dios te salve, María, llena eres de gracia,…

–Santa María, Madre de Dios, ruega por…

–Y el Hijo de Dios se hizo Hombre.

–Y habitó entre nosotros.

–Dios te salve, María, llena eres de gracia,…

–Santa María, Madre de Dios, ruega por…

–Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

–Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

–Te suplicamos, Señor, que infundas tu gracia en nuestras almas, para que los que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la Encarnación de tu Hijo Jesucristo seamos llevados, por los méritos de su Pasión y de su Cruz, a la gloria de su Resurrección, por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

–Amén.

  

Regina cœli

(Se reza, a cambio delAngelus las 7 semanas de Pascua:

desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés)

 –Alégrate, Reina del Cielo; aleluya.

–Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

–Ha resucitado según predijo; aleluya.

–Ruega por nosotros a Dios; aleluya.

–Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

–Porque ha resucitado Dios verdaderamente; aleluya.

 –Oh Dios, que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por la intercesión de su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna; por el mismo Cristo, Nuestro Señor.

–Amén.

  

 

 

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Acordaos*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2009

 

Acuérdate,

¡oh piadosísima Virgen María!,

que jamás se ha oído decir

que uno solo de cuantos

han acudido a tu protección

o implorado tu auxilio

haya sido desamparado por ti.

Yo, pecador,

animado en tal confianza,

acudo a ti,

¡oh Madre,

Virgen de las vírgenes!,

a ti vengo,

delante de ti me presento gimiendo…

No querrás,

oh Madre del Verbo,

despreciar mis súplicas,

antes bien

despáchalas favorablemente.

Amén.

 

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Por qué tanto interés en la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 19, 2009

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace entre cien y doscientos mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

Extractado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué tantas apariciones de la Virgen?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2009

 

Todo comenzó, por decirlo así, hace millones de millones de años… Más bien sucedió en eso que llamamos eternidad: es un estado en el que no hay tiempo, la perpetuidad sin principio, la sucesión sin fin; porque allí no se está limitado por el tiempo. Tampoco estaban limitados por el espacio: ni existía el allá ni el acá…

En esa eternidad se hallaba un padre que tenía un hijo único: vivían rodeados de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y este la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión. Estos seres espirituales eran perfectos, y tanto se amaban, tanta era la perfección de su amor, que en la eternidad sucedió algo maravilloso: ese amor se personificó en una tercera persona. Pero la unión de estas tres personas era tan perfecta que hacían un solo ser: Dios; tan grande, tan maravilloso, que es indefinible, inefable, en una palabra: perfecto.

Con el poder creador que poseían decidieron hacer nacer a otros seres, espirituales como ellos, a quienes llamaron ángeles: millones y millones de ángeles que, agradecidos por el don la vida que se les había dado, se pusieron de inmediato a alabar y a adorar sin descanso a esas tres personas maravillosas. Todos tenían nombre propio, de acuerdo con sus cualidades; se llamaban unos a otros con alegría y con amor, virtud heredada de su Creador.

Uno de ellos, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Pero otro ángel, Miguel, que amaba entrañablemente a las tres Personas divinas con un amor inmenso, gritó:

–¡Quién como Dios!

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Para ese entonces, Dios ya había creado al universo, la tierra ya se había condensado y ya existían las plantas y los animales, vivificados por las almas que Dios les había otorgado: almas vegetativas para las plantas y almas sensibles para los animales de todas las especies.

Además, ya existía la obra maestra de la creación visible: el hombre, a quien Dios le infundió un alma espiritual, sustancia inmortal, capaz de entender, querer y sentir. Hecho a la imagen y semejanza de Dios, el ser humano es tan bello ejemplar, que la Santísima Trinidad lo amaba con infinito amor: tanto al hombre como a la mujer.

Sin embargo, los ángeles, superiores en naturaleza, no tenían nada qué envidiarles. Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios. Padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Sabía que Dios creó al hombre por amor, y que lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; y sabía también que para esto el hombre había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador. Por eso se “encarnó” en la serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Dios había hecho y dijo a la mujer:

–¿Es cierto que Dios les ha dicho: «No coman de ninguno de los árboles del jardín»?

La mujer respondió a la serpiente:

–Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, pero no de ese árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo prueben siquiera, porque si lo hacen morirán».

La serpiente dijo a la mujer:

–No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.

Sabía el demonio que esa tentación de ser como dioses, la misma en la que él cayó, sería una trampa mortal.

A la mujer le gustó ese árbol que atraía la vista y que era tan excelente para alcanzar el conocimiento. Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido que andaba con ella, quien también lo comió.

Así fue como el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso y justo, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

La narración del Apocalipsis (capítulo 12) continúa:

Apareció en el cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Es la Virgen María, que está embarazada.

El dragón —Luzbel— se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, Jesús, que ha de salvar a todas las naciones; pero Jesús resucitó y fue llevado ante Dios y su trono.

Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la Mujer que había dado a luz al varón. Pero la Mujer huyó al desierto. El desierto, que significa silencio, ocultamiento, es el corazón y el alma de todos aquellos que acogen a María.

Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara. Estas aguas son las doctrinas que tratan de oscurecer la figura de María, Madre de la Iglesia, negando sus privilegios, redimensionando la devoción a ella y ridiculizando a todos sus devotos. Basta recordar el rechazo constante a sus apariciones o a las mociones interiores recibidas por algunos, aun en aras de la defensa de la doctrina de la Iglesia (la Iglesia ya aceptó y confirmó varias de sus apariciones, como las acaecidas en Lourdes y en Fátima).

Entonces el dragón se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús y que, además, acogen a María.

Ahora sí se puede ver el mundo como es en realidad: dos ejércitos: uno, al mando del dragón que pretende ganar a los hombres para el infierno; y otro, capitaneado por la Virgen–Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

Las estrategias del demonio son las tentaciones; quien cede a ellas cae en la trampa y se gana el infierno.

Las de la Virgen son: la humildad (saber que somos criaturas), la pureza (ser insensibles a todo lo que no sea amor), la pobreza (tener los bienes como medios, no como fines).

Si se cree en Dios y en su Iglesia, si se obedecen sus mandamientos de amor y si se ama a Dios y a los demás hombres, se llegará al cielo.

Por eso, la vida de los hombres no es otra cosa que un combate diario en el que se juegan su paz, su dicha y su felicidad eterna en el cielo.

Es a Capitana debe estar presente en la lucha; por eso se aparece con tanta frecuencia y en ta  ntos lugares; debe dirigir la batalla.

   

 

 

  

 

 

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Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

 

María, el más dulce nombre

que pueda emitir el hombre;

con tu Hijo el Amor trajiste

y la senda a la eternidad nos diste.

 

A ti  siempre hemos recurrido

en toda necesidad;

por consuelo hemos acudido,

confiados en tu generosidad.

 

Refrescas la vida con tu amor,

haciendo desaparecer todo dolor;

a Jesús nos llevas de las manos

y así nos sentimos hermanos.

 

Ir contigo, oh Virgen pura,

de triunfo es señal segura;

por eso acudimos a rogarte

y nuestro matrimonio consagrarte.

 

Al fin del camino de tu manto asidos

el mundo entero podrá proclamar

que quienes deseen permanecer unidos

es a tu Hijo a quien deben amar.

 

 

 

 

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Akatisthos (himno a la Madre de Dios)*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

El himno Akathistos

Un arcángel excelso

fue enviado del Cielo

a decir «Dios te salve» a María.

Contemplándote, oh Dios, hecho hombre

por virtud de su angélico anuncio,

extasiado quedó ante la Virgen,

y así le cantaba:

 

Salve, por ti resplandece la dicha;

salve, por ti se eclipsa la pena.

 

Salve, levantas a Adán, el caído;

salve, rescatas el llanto de Eva.

 

Salve, oh cima encumbrada

a la mente del hombre;

salve, abismo insondable

a los ojos del ángel.

 

Salve, tú eres de veras

el trono del Rey;

salve, tú llevas en ti

al que todo sostiene.

 

Salve, lucero que el sol nos anuncia;

salve, regazo del Dios que se encarna.

 

Salve, por ti la creación se renueva;

salve, por ti el Creador se hace niño.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Conociendo la Santa

que era a Dios consagrada,

al arcángel Gabriel le decía:

«Tu mensaje es arcano a mi oído

y difícil resulta a mi alma;

insinúas de Virgen el parto

exclamando: ¡Aleluya!.»

 

Deseaba la Virgen

comprender el misterio

y al heraldo divino pregunta:

«¿Podrá dar a luz criatura

una Virgen?, responde, te ruego».

Reverente Gabriel contestaba,

y así le cantaba:

 

Salve, tú guía el eterno consejo;

salve, tú prenda de arcano misterio.

 

Salve, milagro primero de Cristo;

salve, compendio de todos sus dogmas.

 

Salve, celeste escalera

que Dios ha bajado;

salve, oh puente que llevas

los hombres al Cielo.

 

Salve, de angélicos coros

solemne portento;

salve, de turba infernal

lastimero flagelo.

 

Salve, inefable, la luz alumbraste;

salve, a ninguno dijiste el secreto.

 

Salve, del docto rebasas la ciencia;

salve, del fiel iluminas la mente.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

La virtud de lo alto

la cubrió con su sombra

e hizo Madre a la Esposa inviolada.

Aquel seno por Dios fecundado

germinó como fértil arada

para todo el que busca la gracia

y aclama: ¡Aleluya!

 

Con el Niño en su seno

presurosa María,

a su prima Isabel visitaba.

El pequeño en el seno materno

exultó al oír el saludo,

y con saltos cual cantos de gozo,

a la Madre aclamaba:

 

Salve, oh tallo del verde retoño;

salve, oh rama del fruto incorrupto.

 

Salve, al pío Arador tú cultivas;

salve, tú plantas quien planta la vida.

 

Salve, oh campo fecundo

de gracias copiosas;

salve, oh rama repleta

de dones divinos.

 

Salve, un prado germinas

de toda delicia;

salve, al alma preparas

asilo seguro.

 

Salve, incienso de grata plegaria;

salve, ofrenda que al mundo concilia.

 

Salve, clemencia de Dios para el hombre;

salve, del hombre con Dios confianza.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Con la mente en tumulto,

inundado de dudas,

el prudente José se debate.

Te conoce cual Virgen intacta;

desposorio secreto sospecha.

Al saber que es acción del Espíritu,

exclama: ¡Aleluya!

 

Los pastores oyeron

los angélicos coros

que al Señor hecho hombre cantaban.

Para ver al Pastor van corriendo;

un Cordero inocente contemplan,

que del pecho materno se nutre,

y a la Virgen le cantan:

 

Salve, nutriz del Pastor y Cordero;

salve, aprisco de fieles rebaños.

 

Salve, barrera a las fieras hostiles;

salve, ingreso que da al Paraíso.

 

Salve, por ti con la tierra

exultan los cielos;

salve, por ti con los cielos

se alegra la tierra.

 

Salve, de apóstoles boca

que nunca enmudece;

salve, de mártires fuerza

que nadie somete.

 

Salve, de fe inconcuso cimiento;

salve, fulgente estandarte de gracia.

 

Salve, por ti es despojado el averno;

salve, por ti revestimos la gloria.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Observando la estrella

que hacia Dios los guiaba,

sus fulgores siguieron los magos.

Era antorcha segura en su ruta;

los condujo hasta el Rey Poderoso.

Al llegar hasta el Inalcanzable

le cantan: ¡Aleluya!

 

Contemplaron los magos

entre brazos maternos

al que al hombre plasmó con sus manos.

Comprendieron que era Él su Señor,

a pesar de su forma de esclavo;

presurosos le ofrecen sus dones

y a la Madre proclaman:

 

Salve, oh Madre del Sol sin ocaso;

salve, aurora del místico día.

 

Salve, tú apagas hogueras de errores;

salve, Dios trino al creyente revelas.

 

Salve, derribas del trono

al tirano enemigo;

salve, nos muestras a Cristo,

el Señor y el Amigo.

 

Salve, nos has liberado

de bárbaros ritos;

salve, nos has redimido

de acciones de barro.

 

Salve, destruyes el culto del fuego;

salve, extingues las llamas del vicio.

 

Salve, camino a la santa templanza;

salve, alegría de todas las gentes.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Portadores y heraldos

de Dios eran los magos

de regreso, allá en Babilonia.

Se cumplía el oráculo antiguo

cuando a todos hablaban de Cristo,

sin pensar en el necio de Herodes

que no canta: ¡Aleluya!

 

El Egipto iluminas

con la luz verdadera

persiguiendo el error tenebroso.

A tu paso caían los dioses,

no pudiendo, Señor, soportarte;

y los hombres, salvados de engaño,

a la Virgen aclaman:

 

Salve, levantas al género humano;

salve, humillas a todo el infierno.

 

Salve, conculcas engaños y errores;

salve, impugnas del odio el fraude.

 

Salve, oh mar que sumerge

al cruel enemigo;

salve, oh roca de Belén

sedientos de vida.

 

Salve, columna de fuego

que guía en tinieblas;

salve, amplísima nube

que cubres el mundo.

 

Salve, nos diste el Maná verdadero;

salve, nos sirves Manjar de delicias.

 

Salve, oh tierra por Dios prometida:

salve, en ti fluyen la miel y la leche.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Simeón, el anciano,

al final de sus días,

de este mundo dejaba la sombra.

Presentado le fuiste cual niño,

mas, al verte cual Dios poderoso,

admiró el arcano designio,

y gritaba: ¡Aleluya!

 

Renovó el Excelso

de este mundo las leyes

cuando vino a habitar en la tierra.

Germinando en un seno incorrupto

lo conservaba intacto cual era.

Asombrados por este prodigio

a la Santa cantamos:

 

Salve, azucena de intacta belleza;

salve, corona de noble firmeza.

 

Salve, la suerte futura revelas;

salve, la angélica vida desvelas.

 

Salve, frutal exquisito

que nutre a los fieles;

salve, ramaje profundo

que a todos cobija.

 

Salve, llevaste en el seno

quien guía al errante;

salve, al mundo entregaste

quien libra al esclavo.

 

Salve, plegaria ante el Juez verdadero;

salve, perdón del que tuerce el sendero.

 

Salve, atavío que cubre al desnudo;

salve, del hombre supremo deseo.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Ante el parto admirable,

alejados del mundo,

hacia el Cielo elevamos la mente.

El Altísimo vino a la tierra

con la humilde semblanza de un pobre

y enaltece hasta cumbres de gloria

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Habitaba en la tierra

y llenaba los cielos

la Palabra de Dios infinita.

Su bajada amorosa hasta el hombre

no cambió su morada suprema.

Era el parto divino de Virgen

que este canto escuchaba:

 

Salve, mansión que contiene al Inmenso;

salve, dintel del augusto Misterio.

 

Salve, de incrédulo equívoco anuncio;

salve, de fiel inequívoco orgullo.

 

Salve, carroza del Santo

que portan querubes;

salve, sitial del que adoran

sin fin serafines.

 

Salve, tú solo has unido

dos cosas opuestas;

salve, tú sola a la vez

eres Virgen y Madre.

 

Salve, por ti fue borrada la culpa;

salve, por ti Dios abrió el Paraíso.

 

Salve, tú, llave del Reino de Cristo;

salve, esperanza de bienes eternos.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Todo el orden angélico

asombrado contempla

el misterio de Dios que se encarna.

Al Señor, al que nadie se acerca,

hecho hombre, accesible, admira

caminar por humanos senderos,

escuchando: ¡Aleluya!

 

Oradores brillantes

como peces se callan

ante ti, santa Madre del Verbo,

Cómo ha sido posible no entienden

ser tú Virgen después de ser Madre.

El prodigio admiramos tus fieles,

y con fe proclamamos:

 

Salve, sagrario de arcana sapiencia;

salve, despensa de la Providencia.

 

Salve, por ti se confunden los sabios;

salve, por ti el orador enmudece.

 

Salve, por ti se aturden

sutiles doctores;

salve, por ti desfallecen

autores de mitos.

 

Salve, disuelves enredos

de agudos sofistas;

salve, rellenas las redes

de los pecadores.

 

Salve, levantas de honda ignorancia;

salve, nos llenas de ciencia suprema.

 

Salve, navío del que ama salvarse;

salve, oh puerto en el mar de la vida.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por salvar todo el orbe,

el divino Alfarero

hasta el mundo bajó porque quiso.

Por ser Dios era el Pastor nuestro;

se mostró por nosotros Cordero;

como igual sus iguales atrae;

cual Dios oye: ¡Aleluya!

 

Virgen, Madre de Cristo,

Baluarte de vírgenes

y de todo el que en ti se refugia;

el divino Hacedor te dispuso

al tomar de ti carne en tu seno;

y enseña a que todos cantemos

en tu honor, oh inviolada.

 

Salve, columna de sacra pureza;

salve, umbral de la vida perfecta.

 

Salve, tú inicias la nueva progenie;

salve, dispensas bondades divinas.

 

Salve, de nuevo engendraste

al nacido en deshonra;

salve, talento infundiste

al hombre insensato.

 

Salve, anulaste a Satán,

seductor de las almas;

salve, nos diste al Señor,

sembrador de los castos.

 

Salve, regazo de nupcias divinas;

salve, unión de los fieles con Cristo.

 

Salve, de vírgenes Madre y Maestra;

salve, al Esposo conduces las almas.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Impotente es el canto

que alabar presumiera

de tu gracia el caudal infinito.

Como inmensa es la arena en la playa

pueden ser nuestros himnos, Rey santo,

mas no igualan los dones que has dado

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Como antorcha luciente

del que yace en tinieblas

resplandece la Virgen María.

Ha encendido la luz increada;

su fulgor ilumina las mentes

y conduce a la ciencia celeste

suscitando este canto:

 

Salve, oh rayo del Sol verdadero;

salve, destello de luz sin ocaso.

 

Salve, fulgor que iluminas las mentes;

salve, cual trueno enemigos aterras.

 

Salve, surgieron de ti

luminosos misterios;

salve, brotaron en ti

caudalosos arroyos.

 

Salve, figura eres tú

de salubre piscina;

salve, tú limpias las manchas

de nuestros pecados.

 

Salve, oh fuente que lavas las almas;

salve, oh copa que vierte alegría.

 

Salve, fragancia de ungüento de Cristo;

salve, oh vida de sacro banquete.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por querer perdonarnos

el pecado primero,

el que paga las deudas de todos,

de sus prófugos busca el asilo,

libremente del Cielo exiliado.

Mas, rasgado el quirógrafo antiguo,

oye un canto: ¡Aleluya!

 

Celebrando tu parto,

a una voz te alabamos

como templo viviente, Señora.

Ha querido encerrarse en tu seno

el que todo contiene en su mano,

el que santa y gloriosa te ha hecho,

el que enseña a cantarte:

 

Salve, oh tienda del Verbo divino;

salve, más grande que el gran santuario.

 

Salve, oh arcana que Espíritu dora;

salve, tesoro inexhausto de vida.

 

Salve, diadema preciosa

de reyes devotos;

salve, orgullo glorioso

de sacros ministros.

 

Salve, firmísimo alcázar

de toda la Iglesia;

salve, muralla invencible

de todo el Imperio.

 

Salve, por ti enarbolamos trofeos;

salve, por ti sucumbió el adversario.

 

Salve, remedio eficaz de mi carne;

salve, inmortal salvación de mi alma.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Digan de toda loa,

Madre santa del Verbo,

el más santo entre todos los santos.

Nuestra ofrenda recibe en el canto;

salva al mundo de todo peligro;

del castigo inminente libera

a quien canta: ¡Aleluya!

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

(Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, nº 207)

 

El venerable himno a la Madre de Dios, denominado Akathistos —esto es, cantado de pie— representa una de las más altas y célebres expresiones de piedad mariana en la tradición bizantina. Obra de arte de la literatura y de la teología, contiene en forma orante todo cuanto la Iglesia de los primeros siglos ha creído sobre María, con el consenso universal. Las fuentes que inspiran este himno son la Sagrada Escritura, la doctrina definida en los concilios ecuménicos de Nicea (325), de Éfeso (431) y de Calcedonia (451), y la reflexión de los Padres orientales de los siglos IV y V. Se celebra solemnemente en el año litúrgico oriental, el quinto sábado de cuaresma; el himno Akathistos se canta también en otras muchas ocasiones, y se recomienda a la piedad del clero, de los monjes y de los fieles.

En los últimos años este himno se ha difundido mucho, también en las comunidades de fieles de rito latino. Especialmente han contribuido a su conocimiento algunas solemnes celebraciones marianas que tuvieron lugar en Roma, con la asistencia del Santo Padre y con amplia resonancia eclesial[1]. Este himno antiquísimo[2], que constituye el fruto maduro de la más antigua tradición de la Iglesia indivisa en honor de María, es una llamada e invocación a la unidad de los cristianos bajo la guía de la Madre del Señor: «Tanta riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas manifestaciones de la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que esta vuelva a respirar plenamente con sus “dos pulmones”, Oriente y Occidente»[3].

 


[1] Con el canto Akathistos en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, el 7 de junio de 1981 se conmemoraron los aniversarios de los concilios de Constantinopla (381) y de Éfeso (431); el himno resonó también en el 450º aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, en México, el 10-12 de diciembre de 1981. Durante el año mariano, el 25 de marzo de 1988, en la basílica de Santa María sopra Minerva, Juan Pablo II presidió el oficio matutino con el Akathistos, en rito bizantino–eslavo. Mencionado explícitamente en la bula Incarnationis Mysterium entre las prácticas jubilares para lucrar la indulgencia del año santo, el Akathistos —cantado en las lenguas griega, paleoeslava, húngara, ucraniana, rumena y árabe— ha sido objeto de una solemne celebración presidida por el Papa Juan Pablo II, el 8 de diciembre de 2000, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, con la participación de representantes de varias Iglesias bizantinas católicas.

[2] Trasmitido como anónimo, la crítica científica actual tiende a datarlo en los años siguientes al Concilio de Calcedonia; la versión latina, compuesta por el obispo Cristóbal de Venecia hacia el año 800, que tanto influjo tuvo en la piedad de la edad media occidental, lo atribuye a Germán de Constantinopla (†733).

[3] Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater, 34.

 

 

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A la Santísima Virgen María*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

(Compuesta por Nuestro Señor)

 

¡Oh Madre tierna y amante! ¡Virgen Purísima! ¡Madre de mi Redentor! Vengo a saludarte con el más filial amor de que es capaz el corazón de un(a) hijo(a).

 

Sí, Madre mía, soy hijo(a) tuyo(a), y como mi impotencia es grande, muy grande, me apropiaré de los ardores del Corazón de tu hijo Jesús y con El te saludaré como a la más pura de las criaturas, formada según los deseos del Dios tres veces Santo.

 

Concebida sin mancha de pecado original, exenta de toda corrupción siempre fiel a todos los movimientos de la gracia, tu alma atesoró esos méritos que te han levantado sobre todas las criaturas.

 

Escogida para Madre de Jesucristo, le has guardado como en un santuario purísimo, y el que venía a dar vida a las almas, la ha tomado de ti, y ha recibido de ti su sustento.

 

¡Oh, Virgen incomparable! ¡Virgen Inmaculada! ¡Delicias de la Trinidad Beatísima! ¡Admirada de los ángeles y de los santos! ¡Eres la alegría de los Cielos! Estrella de la mañana, rosal florido de la primavera, azucena blanquísima, lirio esbelto y gracioso, violeta perfumada, jardín cerrado y cultivado para delicia del Rey de los Cielos.

 

Eres mi Madre ¡Virgen prudentísima, arca preciosa donde se encierran todas las virtudes! Eres mi Madre, ¡Virgen poderosísima, Virgen clemente, Virgen fiel! Eres mi Madre ¡refugio de los pecadores! Te saludo y me regocijo al ver que el Todopoderoso te ha otorgado tales dones y te ha enriquecido con tantas prerrogativas.

 

Bendita y alabada seas, ¡Madre de mi Redentor! ¡Madre de los pobres pecadores! Ten piedad de nosotros y protégenos con tu maternal solicitud.

 

Yo te saludo en nombre de todos los hombres, de todos los santos y de todos los ángeles.

 

Deseo amarte con el amor y los ardores de los más encendidos serafines, y como aun esto es muy poco para saciar mis deseos, te saludo y te amo con tu Divino Hijo que es mi Redentor, mi Salvador, mi Padre y mi Esposo.

 

Te saludo con la santidad de la adorable Trinidad y con la pureza del Espíritu Santo, tu Esposo. Me regocijo y te bendigo con estas Divinas Personas y deseo tributarte eternamente un homenaje filial y puro.

 

¡Virgen incomparable! Bendíceme, ya que soy tu hijo(a).

 

Bendice a todos los hombres, protégelos y ruega por ellos al que es Todopoderoso y nada te puede negar.

 

Adiós, ¡tierna y querida Madre! Te saludo día y noche, en el tiempo y en la eternidad.

 

 

 

Del libro:

Un llamamiernto al amor

 

 

 

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